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Soplan vientos de cambio

Por Alejandra Salinas:

 

Les propongo desoír el exceso de optimismo (que sobredimensiona habilidades y exagera la posibilidad de éxito), así como el exceso de pesimismo (que minimiza o paraliza los esfuerzos y aniquila la ilusión del logro). Les propongo dejar de lado por unos minutos las encuestas, porcentajes, alianzas, y proyecciones electorales. En vez, los invito a imaginar que la construcción de un nuevo orden político en la Argentina  ya empezó, y que la tarea nos exige salir con urgencia de la profundísima crisis moral, económica, política y social del país actual. Hay que refundar la Argentina, así como hace casi doscientos años hubo que inventarla.

Soplan vientos de cambio, cabe preguntar entonces ¿hacia dónde vamos? Recordemos que Platón entendía el arte de gobernar una sociedad como el arte de guiar una nave. Pues bien, la nave Argentina no sólo necesita de un buen capitán, requiere de un motor que haga funcionar cada parte del sistema de modo armonioso y coordinado, y de un mapa adecuado que nos facilite la navegación. Capitán, motor y mapa son elementos indispensables de esta metáfora náutica, pero no son los únicos ni los más importantes. Lo que otorga sentido a un viaje es el lugar o destino al que queremos llegar. David Schmidtz expresa esta idea con elegancia: “Un mapa no nos puede indicar una dirección hasta que no elijamos un destino. El destino elegido no está en el mapa, más bien lo volcamos al mapa. Hay varias razones para elegir un destino (…). Una vez que elijamos, si somos lo bastante precisos sobre dónde queremos ir, haremos algo parecido a probar el terreno – constatar si una determinada ruta es apta para ir desde acá hacia allá” (“When Justice Matters”).

La pregunta crucial es, entonces, a qué destino quiere arribar la sociedad argentina, entendiéndolo como aquel ideal político que presente las mejores condiciones para que las personas puedan realizar sus diversos proyectos individuales y comunitarios, que son el motor del progreso y del bienestar general. Es oportuno, primero, aclarar lo que un ideal político no es: continuando con la analogía náutica, el ideal político no es una transacción de prestaciones a cambio de pagos; tampoco es un servicio de mantenimiento de la nave ni la construcción de un relato acerca de quién y cómo la construyó; y definitivamente no es un puerto de aguas estancadas donde los navegantes esperan pasivamente que alguien abra las compuertas. Más bien, el ideal político es un objetivo o destino común a alcanzar siguiendo el recorrido de un doble canal: el de las instituciones republicanas y el de la cultura democrática.

Por el canal republicano –lo sabemos más de lo que lo practicamos- se navega de acuerdo a las coordenadas del juego político moderno: transparencia en la gestión pública, rotación en los cargos (y límites a la duración de los mandatos), rendición de cuentas, separación de poderes, administración imparcial e independiente de justicia, y un sistema de partidos genuinamente competitivo. Refundar la república significa volver al momento constitucional, a un acuerdo general que exprese el compromiso de conducir la vida política entre boyas republicanas. Refundar la república exige también no descuidar más el momento post-constitucional, que hace al cumplimiento y ejecución del acuerdo constitucional. Ello dependerá de que exista una proporción adecuada de elementos éticos (auto-restricción), culturales (voluntad de cumplir con la ley fundamental) y políticos (decisión de sancionar las infracciones a esa ley). Por último, refundar la república es terminar con el populismo, tanto en su costado más prosaico de clientelismo de elites y de masas, como en su aspecto retórico que inunda de sentimentalidad la imaginaria relación entre líder y pueblo.

Por su parte, el canal de la cultura democrática es el que nos aleja de todo pensamiento autoritario, de la forzada homogeneidad nacionalista, de la educación como instrumento de adoctrinamiento político, de la discrecionalidad irrespetuosa, de las imposiciones mayoritarias arbitrarias, de la violencia facciosa como método y como símbolo, y del miedo a la aceptación de nuevas y sanas voces e ideas, vengan de donde vengan.

Recorriendo el doble canal de la institucionalidad republicana y de la cultura democrática podremos, finalmente, acercarnos a nuestro multifacético destino: al ideal de la libertad sin cadenas, la igualdad sin postergaciones, la justicia nuevamente ciega, la dignidad de sabernos una sociedad más libre, más plena, más pacífica y -por qué no- más feliz. Que el faro de la sabiduría ilumine la nave Argentina y a su futuro capitán, y nos guíe hacia un buen puerto.

 

Alejandra M. Salinas es Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y Doctora en Sociología. Fue Directora del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de ESEADE y de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas. Es Secretaria de Investigación y Profesora de las Asignaturas: Teoría Social, Sociología I y Taller de Tesis de ESEADE.

 

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La afrenta al Dr.Carlos Fayt: La Resistencia como deber moral

Por Gabriela Pousa: Publicado el 7/5/15 en: http://www.perspectivaspoliticas.info/la-afrenta-al-dr-carlos-fayt-la-resisitencia-como-deber-moral/

 

Cuando se trata de analizar el escenario político nacional, todas las sorpresas son posibles. Es más, de un tiempo a esta parte, lo irracional y estrafalario suelen darse con mayor asiduidad que lo lógico y razonable. 

Los límites se han traspasado como nunca antes, y aunque la sociedad siga dando prevalencia a lo económico, aquello que nos hunde como país y como sociedad  es la crisis moral que lejos de zanjarse, tiende a ser cada vez más profunda por el simple hecho de que demasiado, no parece molestarnos.

Aprendimos a convivir con el maltrato, el desprecio, la ausencia del “por favor”, del “gracias” y el “hasta luego“. Si acaso encontramos quien escape a ello, más que tomarlo con naturalidad lo tildamos como alguien fuera de tiempo, “chapado a la antigua”. Y es que no hay conciencia de que para que las cosas cambien, evolucionen, hay parámetros que deben mantenerse inalterables e inmunes a las modas y coyunturas. 

Pero al referirnos a crisis moral, no aludimos meramente al trastocamiento de valores y principios básicos que rigen, y han regido durante siglos a la humanidad. El concepto es mucho más sencillo y visceral: se trata de un estado de confusión generalizado que impide discernir qué está bien y qué está mal. En ese desorden de cosas, la consecuencia es una sola: a todo se lo deja pasar. Da lo mismo un acto heroico o un delito promiscuo, ambos pasarán sin premio ni castigo, sin pena ni gloria.

Lo cierto es que la ausencia de criterio y de juicio crítico hacen mella, y socavan los calendarios de manera que todo es acá y ahora, ya. La premura que impone el vivir en el descaro y la inmoralidad no admite detenerse a separar la buena cosecha de la maleza. Todo es aceptado desde una especie de ceguera colectiva que en el fondo tranquiliza. Tranquiliza porque impide ver y mirar, pero también porque deniega responsabilidad.

En la Argentina actual se vive “asi no más”, “como venga la mano“, no hay juicio personal elaborado sino aceptación llana de lo que hay. ¿A quién exigir calidad? La orfandad que los ciudadanos sienten en lo político es simétrica con la orfandad manifiesta en lo social. Y quien sabe ambas tengan correlato en la insondable soledad experimentada cuando, uno mismo, no puede entablar un soliloquio que oriente y contenga sin necesidad del afuera.

Paradójicamente, hasta lo más férreos defensores de la libertad están ajenos a sí mismos, sometidos a lo colectivo. Las masas ganaron la batalla. No es el capitalismo, como algunos piensan, el responsable de esta debacle, es la pereza que nos encuentra sumidos en la cultura del ocio, del divertimento. No se acepta nada que no haga reír. Una misa, el colegio, un concierto debe ser divertido como si lo solemne ya no tuviese sentido.

Vivimos en una época donde nos maravillamos con los paisajes que vemos mientras navegamos por la web, y no abrimos las ventanas para ver que hay afuera. Todo pasa por una pantalla: desde las relaciones humanas hasta la queja. Viralizamos sentimientos, frustraciones e impotencias pero no nos hacemos cargo de ellas.  Por eso, “ser ciudadano” pesa como si se tratara de un arduo trabajo.

Ser ciudadano implica ir más allá del monitor y el celular, y hacer sentir nuestra aprobación así como nuestra disidencia. Resguardarse en la masa no aporta nada. Conformarse es aceptar que no se es capaz de salir de la cáscara del falso confort, y convertirse en artífice del propio destino.

Los medios de comunicación, la tecnología, pese a la apariencia de amplificar nuestra voz, la silencia, la restringe a una determinada esfera: ya sea del ciberespacio, o de la habitación donde se mira TV o se oye radio. No es igual la política vivida en un comité o en una unidad básica, que en una red social donde el aislamiento físico conlleva apenas una “protesta simbólica”.

Quizás sea menester volver a las viejas prácticas de participación para lograr verdaderas cadenas de reclamos que lleguen a buen destinatario, en lugar de quedarse con aquello que se propaga en un microclima de pares.

Mientras tanto, la política seguirá ajena al ciudadano. En tal sentido, se anula el concepto de representatividad y de “pueblo soberano” de manera que lo democrático termina siendo un slogan vacío como otros tantos. De persistir la actitud pasiva, otros construirán el futuro, y guste o no, habrá que aceptarlo como venga.

A esta altura, muchos se preguntarán que tiene que ver este sermón principista  con un análisis político. La respuesta es esta: los políticos no nacen de un repollo ni son importados de otro planeta. Emergen de esta sociedad que es la nuestra. Eso explica por qué no es factible separar una cosa de otra. Es nulo el interés de estas líneas por hacer un juzgamiento moral, pero es amplia la intención porque se comprenda dónde se originan los hechos que nos sorprenden hoy día.

Veamos: si acaso mañana, el ministro de Economía, Axel Kicillof, decreta un corralito que nos impida hacernos de nuestros ahorros, a la hora, la Plaza de Mayo estaría repleta de argentinos indignados, presentes, activos, haciendo valer sus derechos, no dejándolos al libre arbitrio. 
Qué nos confisquen los principios no moviliza siquiera, y es que, aunque suene duro, los ahorros pesan más que la moral y la ética. Se defiende el billete con mayor ahínco que la decencia. Los modelos a seguir son apenas héroes de barro, destinados a caerse de los pedestales cuando se decida volver a poner en orden las prioridades. 

Entendiendo o asumiendo esta realidad, quizás pueda entenderse por qué es más grave la afrenta oficial al Dr. Carlos Fayt que el déficit fiscal. Este último se revierte con profesionales capaces reemplazando a los mediocres que hay. En contrapartida, la falta de respeto implica un cambio cultural que no se da de un día para otro, ni lo ha de establecer por decreto un nuevo gobierno.  

La grotesca avanzada oficialista contra la Corte Suprema de Justicia no es nueva, aunque la batalla ahora resulte definitiva: es a todo o nada. El silogismo es de una simpleza magnánima: Esta Corte no garantiza impunidad a Cristina, en consecuencia algo debe hacerse con ella, y ese “algo” no es precisamente dejarla funcionar con independencia. 

La sumisión del Poder Judicial es perseguida ávidamente por los Kirchner desde el primer día que asumieron la Presidencia. Sucede que en ese entonces, el veranito económico no permitía ver más allá del electrodoméstico que iba a comprarse en cómodas cuotas…

Además, si la jurisprudencia mostrara una “obediencia debida” hacia la mandataria, la Corte no sería siquiera tema, aún cuando sus integrantes renunciasen o la vejez los afectara.

La edad del Dr. Carlos Fayt es la excusa más a mano que hallaron, pero también la de mayor bajeza. No hay adjetivo que deje en claro lo que el gobierno está haciendo con un Juez del máximo tribunal, pero sobre todo con un ser humano. Si quien hubiera cumplido 97 años fuera Eugenio Zaffaroni – y no se hubiese jubilado -, nadie prestaría atención a ese dato.

El problema real no es la edad sino el voto independiente de Fayt. Su “resistencia” debe ser la nuestra. Ya lo escribió Ernesto Sábato en su última obra, pidiendo dejar de lado los egoísmos para comprometernos porque la libertad está en peligro. Tan grave  como lo que dijo Jünger: “Si los lobos contagian a la masa, un mal día, el rebaño  se convierte en horda”

Y las gestas heroicas todavía tienen cabida en este ahora. Una de ellas es la del juez Fayt resistiendo, no a la muerte a los 97 años de edad, sino a la ignominia de un gobierno absolutamente inmoral.  

 

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.