¿Qué son las “necesidades básicas”?

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com

“Las necesidades básicas son todas aquellas necesidades vitales que contribuyen directa o indirectamente a la supervivencia de una persona, siendo éstas:
1. comer,
2. beber y
3. dormir.
En la sociedad actual, en la que hay división de trabajo, a las necesidades básicas se suman los siguientes aspectos:
1. El trabajo como un medio para el sustento y, por tanto, para la supervivencia de la propia persona o de la familia.
2. La vivienda como un lugar para vivir y dormir.
3. La protección contra ataques a la vida y a la propiedad que la persona requiere para sobrevivir.
Por tanto, las ideas fuerza políticas referidas a las necesidades básicas rezan:
1. Procurar alimentos a precios y en lugares accesibles para todos.
2. Procurar agua en cantidad y en calidad suficiente a precios y en lugares accesibles para todos.
3. Procurar espacio habitacional en la cantidad y con la calidad necesarias a precios y en lugares accesibles para todos.
4. Combatir la pobreza, si la satisfacción de las necesidades es un problema de la pobreza.
5. Procurar puestos de trabajo para aquellos que buscan trabajo.
6. Combatir la criminalidad para proteger la vida y la propiedad requerida para sobrevivir.
En tanto en una sociedad o en partes importantes de la misma existan problemas para satisfacer las necesidades básicas, éstas deben tratarse prioritariamente, o al menos mencionarse, en la discusión.”[1]
Más allá de lo cuestionable de hablar de “ideas fuerza políticas” en relación a este tema, podemos observar que -según este autor- habría “necesidades básicas” anteriores a la “sociedad actual” (no aclara tampoco dónde daría comienzo, o cual sería el punto de partida que considera para dar inicio a lo que llama “la sociedad actual”) y posteriores a dicho “misterioso” comienzo de “la sociedad actual”.
Vemos, además, como el concepto de “necesidades básicas” cambia con el tiempo.
No es tan importante entonces tratar de establecer una definición de “necesidades básicas” sino que lo que parece más urgente es dar por sentado que el ser humano tiene necesidades, y a partir de allí estudiar cual es la mejor forma, vía o camino para lograr cubrirlas. En este aspecto, sólo existen dos posibles: el estado-nación o el mercado como únicas dos rutas factibles para dicha satisfacción.
Lo que interesa destacar es que el nebuloso concepto de “necesidades básicas” siempre ha sido manejado políticamente:
“Hagenbuch arguye (págs. 9-12) que “sin darnos cuenta nos deslizamos hacia un sistema en el que todos dependen permanentemente del estado para ciertas necesidades básicas, incrementándose, a la vez, de modo inevitable, tal dependencia. No es ya que los servicios sociales dejan de autofinanciarse, sino que se autopropagan…No cabe la menor duda que existen profundas diferencias entre un sistema que proporciona, ocasional y temporalmente, a unos pocos seres desgraciados una ayuda que les permite sobreponerse a un infortunio y aquel otro sistema que decididamente aspira a canalizar, de modo permanente, una gran porción de los ingresos de cada individuo a través del estado. La ausencia de correlación entre lo que el individuo pone y lo que el individuo toma; la situación política que se crea en cuanto es objeto de discusión cualquier especie de desigualdad en la distribución de las rentas, y el extremado paternalismo que a todo se aplica anuncia la rápida desaparición de esa escasa porción de la renta nacional, que no circula a través del lago común de los servicios sociales, y la aparición, en cambio, de una tendencia hacia el completo control de todas las rentas…Por lo tanto, cabe anunciar el conflicto político que a largo plazo ha de plantearse como sigue: por una parte, podemos apuntar a un sistema de servicios sociales que acabe con la pobreza haciendo pobres a todas las gentes (o rica, según el criterio de cada crítico), otorgando beneficios de tipo universal y socializando la renta nacional. Por otra parte, cabe aspirar a un sistema de previsión social que haga desaparecer a los necesitados mediante elevar a aquellos que se encuentran por debajo del nivel de pobreza, concediendo subsidios tan sólo a grupos de gentes necesitadas, sobre la base de la prueba de recursos en las categorías aseguradas y teniendo presente que llegará un día en que tales servicios ya no serán necesarios porque incluso el nivel de vida de los grupos con rentas más bajas se hallará por encima del nivel de pobreza”.[2]
El problema de este último enfoque es que la noción de pobreza es relativa como lo muestra su misma definición:
“pobreza. Carencia de los bienes y servicios necesarios para satisfacer las necesidades básicas. El concepto, como lo indica su propia definición, es de índole relativa: se es pobre -o rico, en este contexto- con respecto a la situación de otras personas o países, pues la misma idea de necesidades “básicas” es imprecisa y porque los individuos nunca pueden satisfacer por completo sus necesidades.”[3]
Y esta relatividad inherente, es la que a menudo se pasa por alto en todos los estudios de pobreza, especialmente los efectuados por parte de organismos estatales que dicen tener por objeto la eliminación del flagelo.
Por otro lado, lamentablemente, la experiencia ha demostrado en todas partes del mundo que el sistema de subsidios “temporales”, se ha convertido -con el tiempo- en permanente por varias razones. Entre ellas destacan:
1.    Los incentivos que reciben los subsidiados a seguir percibiendo el “beneficio social” en lugar de buscar un trabajo por sus propios medios o medios ajenos. Es decir, se estimula perpetuar la condición desubsidiado, al tiempo que se desalienta el menor esfuerzo por generarse recursos propios en aquel.
2.     Los incentivos políticos que se traducen en que los políticos no tardan en descubrir que el ofrecimiento de prebendas y subsidios al electorado en sus compañas aumenta considerablemente su caudal de votos.
Ambos factores se retroalimentan mutua e incesantemente.


[1] Schröder, Peter. Estrategias políticas / ISBN 0-8270-4733-9 p. 147

[2] Friedrich A. von Hayek. Los fundamentos de la libertad.
[3] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz respectiva.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

La libertad en las calles

Por Mario Vargas Llosa: Publicado el 9/2/14 en: http://elpais.com/elpais/2014/03/06/opinion/1394116119_987776.html

 

Hace ya cuatro semanas que los estudiantes venezolanos comenzaron a protestar en las calles de las principales ciudades del país contra el Gobierno de Nicolás Maduro y, pese a la dura represión —20 muertos y más de 300 heridos reconocidos hasta ahora por el régimen, y cerca de un millar de detenidos, entre ellos Leopoldo López, uno de los principales líderes de la oposición—, la movilización popular sigue en pie. Ha sembrado Venezuela de “Trincheras de la Libertad” en las que, además de universitarios y escolares, hay ahora obreros, amas de casa, empleados, profesionales, una ola popular que parece incluso haber desbordado a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la organización sombrilla de todos los partidos y grupos políticos gracias a los cuales Venezuela no se ha convertido todavía en una segunda Cuba.

Pero que esas son las intenciones del sucesor del comandante Hugo Chávez es evidente. Todos los pasos que ha dado en el año que lleva en el poder que le legó su predecesor son inequívocos. El más notorio, la asfixia sistemática de la libertad de expresión. El único canal de televisión independiente que sobrevivía —Globovisión— fue sometido a un acoso tal por el Gobierno, que sus dueños debieron venderlo a empresarios adictos, que lo han alineado ahora con el chavismo. El control de las estaciones de radio es casi absoluto y las que todavía se atreven a decir la verdad sobre la catastrófica situación económica y social del país tienen los días contados. Lo mismo ocurre con la prensa independiente, a quien el Gobierno va eliminando poco a poco mediante el sistema de privarla de papel.

Sin embargo, aunque el pueblo venezolano ya casi no pueda ver, oír ni leer una información libre, vive en carne propia la descarnada y trágica situación a la que los desvaríos ideológicos del régimen —las nacionalizaciones, el intervencionismo sistemático en la vida económica, el hostigamiento a la empresa privada, la burocratización cancerosa— han llevado a Venezuela y esta realidad no se oculta con demagogia. La inflación es la más alta de América Latina y la criminalidad una de las más altas del mundo. La carestía y el desabastecimiento han vaciado los anaqueles de los almacenes y la imposición de precios oficiales para todos los productos básicos ha creado un mercado negro que multiplica la corrupción a extremos de vértigo. Solo la nomenclatura conserva altos niveles de vida, mientras la clase media se encoge cada día más y los sectores populares son golpeados de una manera inmisericorde que el régimen trata de paliar con medidas populistas —estatismo, colectivismo, repartos de dádivas— y mucha, mucha propaganda acusando a la “derecha”, el “fascismo” y el “imperialismo norteamericano” del desbarajuste y caída en picado de los niveles de vida del pueblo venezolano.

El historiador mexicano Enrique Krauze recordaba hace algunos días el fantástico dispendio que ha hecho el régimen chavista, en los 15 años que lleva en el poder, de los 800.000 millones de dólares que ingresaron al país en este periodo gracias al petróleo (las reservas petroleras de Venezuela son las más grandes del mundo). Buena parte de ese irresponsable derroche ha servido para garantizar la supervivencia económica de Cuba y para subvencionar o sobornar a esos Gobiernos que, como el nicaragüense del comandante Ortega, el argentino de la señora Kirchner o el boliviano de Evo Morales, se han apresurado en estos días a solidarizarse con Nicolás Maduro y a condenar la protesta de los estudiantes “fascistas” venezolanos.

La prostitución de las palabras, como lo señaló Orwell, es la primera proeza de todo Gobierno de vocación totalitaria. Nicolás Maduro no es un hombre de ideas, como advierte de inmediato quien lo oye hablar; los lugares comunes embrollan sus discursos, que él pronuncia siempre rugiendo, como si el ruido pudiera suplir la falta de razones, y su palabra favorita parece ser “¡fascista!”, que endilga sin ton ni son a todos los que critican y se oponen al régimen que ha llevado a uno de los países potencialmente más ricos del mundo a la pavorosa situación en que se encuentra. ¿Sabe el señor Maduro lo que fascismo significa? ¿No se lo enseñaron en las escuelas cubanas donde recibió su formación política? Fascismo significa un régimen vertical y caudillista, que elimina toda forma de oposición y, mediante la violencia, anula o extermina las voces disidentes; un régimen invasor de todos los dominios de la vida de los ciudadanos, desde el económico hasta el cultural y, principalmente, claro está, el político; un régimen donde los pistoleros y matones aseguran mediante el terror la unanimidad del miedo y el silencio y una frenética demagogia a través de los medios tratando de convencer al pueblo día y noche de que vive en el mejor de los mundos. Es decir, el fascismo es lo que va viviendo cada día más el infeliz pueblo venezolano, lo que representa el chavismo en su esencia, ese trasfondo ideológico en el que, como explicó tan bien Jean-François Revel, todos los totalitarismos —fascismo, leninismo, estalinismo, castrismo, maoísmo, chavismo— se funden y confunden.

Es contra esta trágica decadencia y la amenaza de un endurecimiento todavía peor del régimen —una segunda Cuba— que se han levantado los estudiantes venezolanos, arrastrando con ellos a sectores muy diversos de la sociedad. Su lucha es para impedir que la noche totalitaria caiga del todo sobre la tierra de Simón Bolívar y ya no haya vuelta atrás. Leo, esta mañana, un artículo de Joaquín Villalobos en EL PAÍS (Cómo enfrentarse al chavismo), desaconsejando a la oposición venezolana la acción directa que ha emprendido y recomendándole que espere, más bien, que crezcan sus fuerzas para poder ganar las próximas elecciones. Sorprende la ingenuidad del exguerrillero convertido (en buena hora) a la cultura democrática. ¿Quién garantiza que habrá futuras elecciones dignas de ese nombre en Venezuela? ¿Lo fueron las últimas, en las condiciones de desventaja absoluta para la oposición en que se dieron, con un poder electoral sometido al régimen, una prensa sofocada y un control obsceno de los recuentos por los testaferros del Gobierno? Desde luego que la oposición pacífica es lo ideal, en democracia. Pero Venezuela ya no es un país democrático, está mucho más cerca de una dictadura como la cubana que de lo que son, hoy en día, países como México, Chile o Perú. La gran movilización popular que hoy día vive Venezuela es, precisamente, para que, en el futuro, haya todavía elecciones de verdad en ese país y no sean esas rituales operaciones circenses como eran las de la Unión Soviética o son todavía las de Cuba, donde los electores votan por candidatos únicos, que ganan, oh sorpresa, siempre, por el 99% de los votos.

Lo que es triste, aunque no sorprendente, es la soledad en que los valientes venezolanos que ocupan las “Trincheras de la Libertad” están luchando por salvar a su país, y a toda América Latina, de una nueva satrapía comunista, sin recibir el apoyo que merecen de los países democráticos o de esa inútil y apolillada OEA (Organización de Estados Americanos), en cuya carta principista, vaya vergüenza, figura velar por la legalidad y la libertad de los países que la integran. Naturalmente, qué otra cosa se puede esperar de Gobiernos cuyos presidentes comparecieron, prácticamente todos, en La Habana, a celebrar la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y a rendir un homenaje a Fidel Castro, momia viviente y símbolo animado de la dictadura más longeva de la historia de América Latina.

Sin embargo, este lamentable espectáculo no debe desmoralizarnos a quienes creemos que, pese a tantos indicios en contrario, la cultura de la libertad ha echado raíces en el continente latinoamericano y no volverá a ser erradicada en el futuro inmediato, como tantas veces en el pasado. Los pueblos en nuestros países suelen ser mejores que sus Gobiernos. Ahí están para demostrarlo los venezolanos, como los ucranios ayer, jugándose la vida en nombre de todos nosotros, para impedir que en la tierra de la que salieron los libertadores de América del Sur desaparezcan los últimos resquicios de libertad que todavía quedan. Tarde o temprano, triunfarán.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

DETROIT: ¿LA PUNTA DEL ICEBERG?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hace tiempo que economistas de la talla de Peter Schiff, juristas de la envergadura de Andrew Napolitano, políticos del calado de Ron Paul y periodistas con la cobertura de  John Stossel, Glenn Beck y el especializado en economía Stuart Varney vienen advirtiendo de los astronómicos gastos, la deuda fenomenal, la elevadísima presión tributaria, los mayúsculos déficit fiscales y las insoportables y absurdas reglamentaciones paridas en algunos estados y ciudades de Estados Unidos, a lo que se agrega la política estatista y monetariamente expansiva del gobierno central en un contexto del peligroso sistema bancario de reserva fraccional, en última instancia manipulado por la Reserva Federal.

 

Medios periodísticos orales y escritos estadounidenses han recogido estas severas advertencias, a veces con sorna y descreimiento y a veces con alarma sin que muchas de las opiniones profesionales del ámbito financiero la hayan tomado seriamente en sus denodados esfuerzos por seguir generando arbitrajes y no espantar a inversionistas pertenecientes a las carteras bajo sus administraciones. Unas de las destacadas excepciones internacionales a esto último han sido el antes referido Peter Schiff (Euro Pacific Capital), Jim Rogers (Rogers Holdings) y Fernando Tessore (Inversor Global) que le otorgan el debido peso al problema con reflexiones y asesoramientos sumamente atinados.

 

Ahora, en la ciudad de Detroit, tradicionalmente una de las más populosas de Estados Unidos, el gobernador de Michigan Rick Snyder junto al administrador de emergencia Kevyn Orr y al intendente Dave Bing pretenden acogerse al capítulo 9 sección 11 de la US Bankrupcy Code para evitar que se sigan apilando juicios frente a la imposibilidad de hacerse cargo de los abrumadores compromisos que el gobierno local debería afrontar. La jueza Rosemarie Aquilina ha fallado sosteniendo que la Constitución de Michigan no autoriza la bancarrota de la ciudad, mientras que el Procurador General ha declarado que apelará esa decisión judicial.

Desde los años cincuenta Detroit perdió prácticamente la mitad de su población que la retrotrae a la que tenía en 1910, drenaje que precisamente se debe al fenomenal peso del Leviatán, gente que, en busca de horizontes más promisorios, huyen del lugar.

 

Ya antes las tres grandes automotrices (General Motors, Chrysler, y Ford) abrieron plantas en otros estados como consecuencia del acoso sindical en Michigan (el desempleo es ahora del dieciocho por ciento) y a las cargas que significaba lo anteriormente mencionado. En medio de esta situación, algunas de las automotrices comenzaron a tener problemas económicos y financieros por lo que el ex candidato presidencial Mitt Romney (su padre fue presidente de American Motors) escribió un célebre artículo señalando que los barquinazos se incrementarían si el gobierno además les otorgaba ayudas monetarias con el fruto del trabajo ajeno, lo cual sostenía disminuiría la competitividad de esas empresas que no se esforzarían en mejorar su eficiencia.

 

Tal vez el gobierno de Obama apunte a tapar el problema con más financiación proveniente del bolsillo de los contribuyentes (aunque esto está en discusión), pero en todo caso esto no es eterno cuando el eje central de la economía está averiado, por más que las perspectivas se encuentren anestesiadas por una performance bursátil que se debe al implacable proceso inflacionario que comienza a ponerse de manifiesto. Hay índices de precios al consumidor construidos con rigor metodológico en la ponderación de diversos bienes que muestran el deterioro en el poder adquisitivo del dólar, especial aunque no exclusivamente en lo relativo a la alimentación y la energía, lo cual convierte en infladas las supuestas ganancias exhibidas y, a veces, las transforman en pérdidas (por otra parte, no es muy difícil para cualquiera comprobar el incremento interanual de productos como las hamburguesas, las entradas al cine y similares). No hay disimulo posible ni alquimia que cubra eventuales quiebras de facto en cadena si no se toman medidas de fondo que reviertan la situación.

 

Hay antecedentes con lo ocurrido en ciudades como Vallejo y Stockton pero ahora los riesgos incluyen a Cincinnati, Minneapolis, Portland, Santa Fe y La Vegas y también situaciones sumamente complicadas de estados enteros como el de California y el de New York (que ya recibió hace tiempo un jugoso bailout para evitar la quiebra) que vienen padeciendo pésimas administraciones. Pero, hasta ahora, ninguna ciudad tan importante como Detroit ha sufrido estos embates gubernamentales (si bien era la cuarta ciudad más importante y hoy es la dieciochava, sigue siendo de peso).

 

No voy a repetir aquí lo que he escrito en diversos medios sobre la situación estadounidense plasmado en el transcurso de quinientas páginas en mi libro Estados Unidos contra Estados Unidos cuya primera edición del Fondo de Cultura Económica se encuentra agotada y acaba de aparecer una segunda por Unión Editorial de Madrid. De todos modos, es del caso destacar que la deuda del gobierno central es hoy del 105% del producto bruto interno y el déficit fiscal alcanza al 14% de ese guarismo, en un contexto en el que el gasto público se duplicó solamente durante la última década con un agravado desajuste financiero especialmente en las áreas de pensiones y salud.

 

La indispensable reducción en el gasto público significa transferir recursos de las manos políticas a los bolsillos de la gente, lo cual, a su turno, permite reasignar los siempre escasos factores de producción, y los empleados públicos en áreas no productivas deberán colocarse en sectores productivos mientras se incrementan empleos y salarios en las áreas a las que la gente le atribuye prioridad.  Es sabido que no hay acción sin costos, de lo que se trata es de no seguir minando el futuro y evitar una debacle generalizada.

 

Para ilustrar gastos improductivos, Ronald Reagan, que siempre insistía que “el gobierno no es la solución sino el problema”, en una de sus visitas a Londres, recordaba que, en Inglaterra, se estableció a principios del siglo diecinueve un cargo para una persona que se apostaba en una colina con un catalejo a los efectos de avisar si se avecinaban tropas napoleónicas “¡y el cargo recién se eliminó en 1945! “, con lo que concluía que “si en Estados Unidos se mantienen esos tipos de empleos, el futuro será verdaderamente negro”.

 

Circulan unas fotografías por Internet verdaderamente patéticas  de muchos de los lugares públicos en Detroit: hospitales, bibliotecas, colegios, reparticiones burocráticas varias que constituyen un calco de los más atrasados países subdesarrollados africanos, al tiempo que también se exhiben espectáculos entristecedores de comercios en pésimo estado en una ciudad, como queda dicho, otrora a la vanguardia de la modernidad. No pocas opiniones se han levantado desde distintos rincones para señalar  la posibilidad de manifestaciones violentas frente a un cuadro de situación desolador (la tasa de criminalidad en Detroit es cinco veces superior a la media de Estados Unidos).

 

Hasta no hace mucho -según revistas especializadas- la arquitectura de Detroit era comparada con las más sofisticadas y elegantes de las ciudades más importantes del mundo, pero hoy hay decenas de miles de edificios abandonados y cerca de la mitad del alumbrado público no está operativo, veredas en estado deplorable y las dos terceras partes de las ambulancias municipales están fuera de servicio. Esta catástrofe se adiciona a que Detroit fue uno de los epicentros de la ruinosa política hipotecaria de G. W. Bush.

 

La formidable energía creadora de Estados Unidos fruto de las garantías a los derechos de propiedad consecuencia de marcos institucionales que siguieron los sabios consejos de los Padres Fundadores, valores que poco a poco se fueron revirtiendo para latinoamericanizarse en el peor sentido de la expresión. Recordemos que al comienzo, los primeros ciento dos inmigrantes que llegaron a las costas norteamericanas en el barco Mayflower, en 1620, establecieron en la colonia Plymouth un sistema comunista de propiedad en común que a poco andar hubo que abandonar abruptamente debido a las hambrunas que producía “la tragedia de los comunes”, reversión cuyos resultados condujeron al extraordinario florecimiento de las cosechas lo cual se viene celebrando desde entonces en el Día de Gracias…no sea cosa que se corra el riesgo de que vuelva a esa dolorosa experiencia anterior, puesto que nada es inexorable en el terreno humano. Reiteramos que esto para nada significa que está todo perdido ni mucho menos, hay personas e instituciones que trabajan cotidianamente para explicar la imperiosa necesidad de retomar los valores tradicionales de ese extraordinario pueblo, en el contexto de una justicia que mantiene su independencia.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

La muerte lenta del chavismo.

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 5/5/13 en http://elpais.com/elpais/2013/05/03/opinion/1367582921_288595.html

 Una fiera malherida es más peligrosa que una sana pues la rabia y la impotencia le permiten causar grandes destrozos antes de morir. Ese es el caso del chavismo, hoy, luego del tremendo revés que padeció en las elecciones del 14 de abril, en las que, pese a la desproporción de medios y al descarado favoritismo del Consejo Nacional Electoral —cuatro de cuyos cinco rectores son militantes gobiernistas convictos y confesos— el heredero de Chávez, Nicolás Maduro, perdió cerca de 800 mil votos y probablemente sólo pudo superar a duras penas a Henrique Capriles mediante un gigantesco fraude electoral. (La oposición ha documentado más de 3,500 irregularidades en perjuicio suyo durante la votación y el conteo de los votos).

Advertir que “el socialismo del siglo XXI”, como denominó el comandante Hugo Chávez al engendro ideológico que promocionó su régimen, ha comenzado a perder el apoyo popular y que la corrupción, el caos económico, la escasez, la altísima inflación y el aumento de la criminalidad, van vaciando cada día más sus filas y engrosando las de la oposición, y, sobre todo, la evidencia de la incapacidad de Nicolás Maduro para liderar un sistema sacudido por cesuras y rivalidades internas, explica los exabruptos y el nerviosismo que en los últimos días ha llevado a los herederos de Chávez a mostrar la verdadera cara del régimen: su intolerancia, su vocación antidemocrática y sus inclinaciones matonescas y delincuenciales.

Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos

Así se explica la emboscada de la que fueron víctimas el martes 30 de abril los diputados de la oposición —miembros de la Mesa de la Unidad Democrática—, en el curso de una sesión que presidía Diosdado Cabello, un ex militar que acompañó a Chávez en su frustrado levantamiento contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez. El Presidente del Congreso comenzó por quitar el derecho de la palabra a los parlamentarios opositores si no reconocían el fraude electoral que entronizó a Maduro e hizo que les cerraran los micros. Cuando los opositores protestaron, levantando una bandera que denunciaba un “Golpe al Parlamento”, los diputados oficialistas y sus guardaespaldas se abalanzaron a golpearlos, con manoplas y patadas que dejaron a varios de ellos, como Julio Borges y María Corina Machado, con heridas y lesiones de bulto. Para evitar que quedara constancia del atropello, las cámaras de la televisión oficial apuntaron oportunamente al techo de la Asamblea. Pero los teléfonos móviles de muchos asistentes filmaron lo ocurrido y el mundo entero ha podido enterarse del salvajismo cometido, así como de las alegres carcajadas con que Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos y molida a patadas por los valientes revolucionarios chavistas.

Dos semanas antes, yo había oído a María Corina hablar sobre su país, en la Fundación Libertad, de Rosario, Argentina. Es uno de los discursos políticos más inteligentes y conmovedores que me ha tocado escuchar. Sin asomo de demagogia, con argumentos sólidos y una desenvoltura admirable, describió las condiciones heroicas en que la oposición venezolana se enfrentaba en esa campaña electoral al elefantiásico oficialismo —por cada 5 minutos de televisión de Henrique Capriles, Nicolás Maduro disponía de 17 horas—, la intimidación sistemática, los chantajes y violencias de que eran víctimas en todo el país los opositores reales o supuestos, y el estado calamitoso en que el desgobierno y la anarquía habían puesto a Venezuela luego de catorce años de estatizaciones, expropiaciones, populismo desenfrenado, colectivismo e ineptitud burocrática. Pero en su discurso había también esperanza, un amor contagioso a la libertad, la convicción de que, no importa cuán grandes fueran los sacrificios, la tierra de Bolívar terminaría por recuperar la democracia y la paz en un futuro muy cercano.

Todos quienes la escuchamos aquella mañana quedamos convencidos de que María Corina Machado desempeñaría un papel importante en el futuro de Venezuela, a menos de que la histeria que parece haberse apoderado del régimen chavista, ahora que se siente en pleno proceso de descomposición interna y ante una impopularidad creciente, le organice un accidente, la encarcele o la haga asesinar. Y es lo que puede ocurrirle también a cualquier opositor, empezando por Henrique Capriles, a quien la ministra de Asuntos Penitenciarios acaba de advertirle públicamente que ya tiene listo el calabozo donde pronto irá a parar.

No es mera retórica: el régimen ha comenzado a golpear a diestra y siniestra. Al mismo tiempo que el Gobierno de Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión en la calle se amplificaba, con la detención del general retirado Antonio Rivero y un grupo de oficiales no identificados acusados de conspirar, con las persecuciones a dirigentes universitarios y con expulsiones de sus puestos de trabajo de varios cientos de funcionarios públicos por el delito de haber votado por la oposición en las últimas elecciones. Los ofuscados herederos de Chávez no comprenden que estas medidas abusivas los delatan y en vez de frenar la pérdida de apoyos en la opinión pública sólo aumentarán el repudio popular hacia el Gobierno.

Da tristeza un Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar

Tal vez con lo que está ocurriendo en estos días en Venezuela tomen conciencia los Gobiernos de los países sudamericanos (Unasur) de la ligereza que cometieron apresurándose a legitimar las bochornosas elecciones venezolanas y yendo sus presidentes (con la excepción del de Chile) a dar con su presencia una apariencia de legalidad a la entronización de Nicolás Maduro a la Presidencia de la República. Ya habrán comprobado que el recuento de votos a que se comprometió el heredero de Chávez para obtener su apoyo, fue una mentira flagrante pues el Consejo Nacional Electoral proclamó su triunfo sin efectuar la menor revisión. Y es, sin duda, lo que hará también ahora con el pedido del candidato de la oposición de que se revise todo el proceso electoral impugnado, dado el sinnúmero de violaciones al reglamento que se cometieron durante la votación y el conteo de las actas.

En verdad, nada de esto importa mucho, pues todo ello contribuye a acelerar el desprestigio de un régimen que ha entrado en un proceso de debilitamiento sistemático, algo que sólo puede agravarse en el futuro inmediato, teniendo en cuenta el catastrófico estado de sus finanzas, el deterioro de su economía y el penoso espectáculo que ofrecen sus principales dirigentes cada día, empezando por Nicolás Maduro. Da tristeza el nivel intelectual de ese Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar, cuando uno piensa que se trata del mismo país que dio a un Rómulo Gallegos, a un Arturo Uslar Pietri, a un Vicente Gerbasi y a un Juan Liscano, y, en el campo político, a un Carlos Rangel o un Rómulo Betancourt, un Presidente que propuso a sus colegas latinoamericanos comprometerse a romper las relaciones diplomáticas y comerciales en el acto con cualquier país que fuera víctima de un golpe de Estado (ninguno quiso secundarlo, naturalmente).

Lo que importa es que, después del 14 de abril, ya se ve una luz al final del túnel de la noche autoritaria que inauguró el chavismo. Importantes sectores populares que habían sido seducidos por la retórica torrencial del comandante y sus promesas mesiánicas, van aprendiendo, en la dura realidad cotidiana, lo engañados que estaban, la distancia creciente entre aquel sueño ideológico y la caída de los niveles de vida, la inflación que recorta la capacidad de consumo de los más pobres, el favoritismo político que es una nueva forma de injusticia, la corrupción y los privilegios de la nomenclatura, y la delincuencia común que ha hecho de Caracas la ciudad más insegura del mundo. Como nada de esto puede cambiar, sino para peor, dado el empecinamiento ideológico del Presidente Maduro, formado en las escuelas de cuadros de la Revolución Cubana y que acaba de hacer su visita ritual a La Habana a renovar su fidelidad a la dictadura más longeva del continente americano, asistimos a la declinación de este paréntesis autoritario de casi tres lustros en la historia de ese maltratado país. Sólo hay que esperar que su agonía no traiga más sufrimientos y desgracias de los muchos que han causado ya los desvaríos chavistas al pueblo venezolano.

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

 

La muerte del caudillo

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 11/3/13 en http://www.lanacion.com.ar/1561926-la-muerte-del-caudillo

 MADRID.- El comandante Hugo Chávez Frías pertenecía a la robusta tradición de los caudillos que, aunque más presente en América latina que en otras partes, no deja de asomar por doquier, aun en democracias avanzadas, como Francia. Ella revela ese miedo a la libertad que es una herencia del mundo primitivo, anterior a la democracia y al individuo, cuando el hombre era masa todavía y prefería que un semidiós, al que cedía su capacidad de iniciativa y su libre albedrío, tomara todas las decisiones importantes sobre su vida. Cruce de superhombre y bufón, el caudillo hace y deshace a su antojo, inspirado por Dios o por una ideología en la que casi siempre se confunden el socialismo y el fascismo -dos formas de estatismo y colectivismo-, y se comunica directamente con su pueblo, a través de la demagogia, la retórica y espectáculos multitudinarios y pasionales de entraña mágico-religiosa.

Su popularidad suele ser enorme, irracional, pero también efímera, y el balance de su gestión infaliblemente catastrófico. No hay que dejarse impresionar demasiado por las muchedumbres llorosas que velan los restos de Hugo Chávez; son las mismas que se estremecían de dolor y desamparo por la muerte de Perón, de Franco, de Stalin, de Trujillo, y las que mañana acompañarán al sepulcro a Fidel Castro. Los caudillos no dejan herederos y lo que ocurrirá a partir de ahora en Venezuela es totalmente incierto. Nadie, entre la gente de su entorno, y desde luego en ningún caso Nicolás Maduro, el discreto apparatchik al que designó como sucesor, está en condiciones de aglutinar y mantener unida a esa coalición de facciones, individuos e intereses encontrados que representan el chavismo, ni de mantener el entusiasmo y la fe que el difunto comandante despertaba con su torrencial energía entre las masas de Venezuela.

Pero una cosa sí es segura: ese híbrido ideológico que Hugo Chávez maquinó, llamado la revolución bolivariana o el socialismo del siglo XXI, comenzó ya a descomponerse y desaparecerá más pronto o más tarde, derrotado por la realidad concreta, la de una Venezuela -el país potencialmente más rico del mundo- al que las políticas del caudillo dejan empobrecido, fracturado y enconado, con la inflación, la criminalidad y la corrupción más altas del continente, un déficit fiscal que araña el 18% del PBI y las instituciones -las empresas públicas, la justicia, la prensa, el poder electoral, las fuerzas armadas- semidestruidas por el autoritarismo, la intimidación y la obsecuencia.

La muerte de Chávez, además, pone un signo de interrogación sobre esa política de intervencionismo en el resto del continente latinoamericano al que, en un sueño megalómano característico de los caudillos, el comandante difunto se proponía volver socialista y bolivariano a golpes de chequera. ¿Seguirá ese fantástico dispendio de los petrodólares venezolanos que han hecho sobrevivir a Cuba con los cien mil barriles diarios que Chávez poco menos que regalaba a su mentor e ídolo Fidel Castro? ¿Y los subsidios y/o compras de deuda a 19 países, incluidos sus vasallos ideológicos como el boliviano Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega, a las FARC colombianas y a los innumerables partidos, grupos y grupúsculos que a lo largo y ancho de América latina pugnan por imponer la revolución marxista? El pueblo venezolano parecía aceptar este fantástico despilfarro contagiado por el optimismo de su caudillo; pero dudo que ni el más fanático de los chavistas crea ahora que Nicolás Maduro pueda llegar a ser el próximo Simón Bolívar. Ese sueño y sus subproductos, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que integran Bolivia, Cuba, Ecuador, Dominica, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda, bajo la dirección de Venezuela, son ya cadáveres insepultos.

En los catorce años que Chávez gobernó Venezuela, el barril de petróleo multiplicó unas siete veces su valor, lo que hizo de ese país, potencialmente, uno de los más prósperos del globo. Sin embargo, la reducción de la pobreza en ese período ha sido menor en él que, digamos, en las de Chile y Perú en el mismo período. En tanto que la expropiación y nacionalización de más de un millar de empresas privadas, entre ellas de tres millones y medio de hectáreas de haciendas agrícolas y ganaderas, no desapareció a los odiados ricos, sino que creó, mediante el privilegio y los tráficos, una verdadera legión de nuevos ricos improductivos que, en vez de hacer progresar al país, han contribuido a hundirlo en el mercantilismo, el rentismo y todas las demás formas degradadas del capitalismo de Estado.

Chávez no estatizó toda la economía, a la manera de Cuba, y nunca acabó de cerrar todos los espacios para la disidencia y la crítica, aunque su política represiva contra la prensa independiente y los opositores los redujo a su mínima expresión. Su prontuario en lo que respecta a los atropellos contra los derechos humanos es enorme, como lo ha recordado con motivo de su fallecimiento una organización tan objetiva y respetable como Human Rights Watch. Es verdad que celebró varias consultas electorales y que, por lo menos algunas de ellas, como la última, las ganó limpiamente, si la limpieza de una consulta se mide sólo por el respeto a los votos emitidos, y no se tiene en cuenta el contexto político y social en que aquélla se celebra, y en la que la desproporción de medios con que el gobierno y la oposición cuentan es tal que ésta corre de entrada con una desventaja descomunal.

Pero, en última instancia, que haya en Venezuela una oposición al chavismo que en las elecciones del año pasado casi obtuvo los seis millones y medio de votos es algo que se debe, más que a la tolerancia de Chávez, a la gallardía y la convicción de tantos venezolanos que nunca se dejaron intimidar por la coerción y las presiones del régimen, y que, en estos catorce años, mantuvieron viva la lucidez y la vocación democrática, sin dejarse arrollar por la pasión gregaria y la abdicación del espíritu crítico que fomenta el caudillismo.

No sin tropiezos, esa oposición, en la que se hallan representadas todas las variantes ideológicas de la derecha a la izquierda democrática de Venezuela, está unida. Y tiene ahora una oportunidad extraordinaria para convencer al pueblo venezolano de que la verdadera salida para los enormes problemas que enfrenta no es perseverar en el error populista y revolucionario que encarnaba Chávez, sino en la opción democrática, es decir, en el único sistema que ha sido capaz de conciliar la libertad, la legalidad y el progreso, creando oportunidades para todos en un régimen de coexistencia y de paz.

Ni Chávez ni caudillo alguno son posibles sin un clima de escepticismo y de disgusto con la democracia como el que llegó a vivir Venezuela cuando, el 4 de febrero de 1992, el comandante Chávez intentó el golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, golpe que fue derrotado por un Ejército constitucionalista y que envió a Chávez a la cárcel de donde, dos años después, en un gesto irresponsable que costaría carísimo a su pueblo, el presidente Rafael Caldera lo sacó amnistiándolo. Esa democracia imperfecta, derrochadora y bastante corrompida había frustrado profundamente a los venezolanos, que, por eso, abrieron su corazón a los cantos de sirena del militar golpista, algo que ha ocurrido, por desgracia, muchas veces en América latina.

Cuando el impacto emocional de su muerte se atenúe, la gran tarea de la alianza opositora que preside Henrique Capriles estará en persuadir a ese pueblo de que la democracia futura de Venezuela se habrá sacudido de esas taras que la hundieron y habrá aprovechado la lección para depurarse de los tráficos mercantilistas, el rentismo, los privilegios y los derroches que la debilitaron y volvieron tan impopular. Y que la democracia del futuro acabará con los abusos del poder, restableciendo la legalidad, restaurando la independencia del Poder Judicial que el chavismo aniquiló, acabando con esa burocracia política elefantiásica que ha llevado a la ruina a las empresas públicas, creando un clima estimulante para la creación de la riqueza en el que los empresarios y las empresas puedan trabajar y los inversores invertir, de modo que regresen a Venezuela los capitales que huyeron, y la libertad vuelva a ser el santo y seña de la vida política, social y cultural del país del que hace dos siglos salieron tantos miles de hombres a derramar su sangre por la independencia de América latina.

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

 

Acerca de la maldad

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/6/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7312

Vez pasada publiqué una columna en la que como una anotación marginal hice mención a dos libros: Hacia una teoría general de los hijos de puta. Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad de Marcelino Cereijido y, de Stanton Samenow, Inside the Criminal Mind. A raíz de mi referencia, me llamó la atención el haber recibido correos en los que lectores me sugieren que me explaye sobre este apunte que deslicé al margen, incluso en número mayor de los e.mails ingresados que aluden al eje central de mi artículo. Pongo entonces manos a la obra, un tema sobre el cual ya he escrito y que ahora estoy en vena de volverlo a hacer explorando otros andariveles.
 
Lo primero que se me ocurre precisar es que cuando se hace alusión a la maldad no se hace referencia a aquellos actos que pueden ser viciosos e inconvenientes pero no lesionan derechos de terceros. Los grados de malicia, de perversidad, el engaño, la trampa, el daño, las acciones criminales y las abominables contra personas siempre están conectadas a la demolición de las autonomías individuales de otros.
 
Creo que debe distinguirse el vicio del crimen (que puede o no ser castigado por la ley…incluso hay leyes que son en si mismas criminales). Cuando con razón se dice que “como la luna, todos tenemos nuestro lado oscuro” no necesariamente se alude a la maldad sino al desbarranque personal en la búsqueda de la excelencia y de hábitos viciosos. Lo mismo va para lo que podríamos denominar “la psicología del doctor Jekyll y mister Hyde” (para recordar a Stevenson) donde se exponen dos costados que en el contexto de esta nota que ahora escribimos no alude necesariamente al mal en el sentido de lesionar derechos de terceros (aunque ese ingrediente esté potencialmente presente, no se actualiza debido al autocontrol).
 
Ahora bien ¿cómo es que se gesta el mal? Es un tema de razonamiento, de modo de ver el mundo y la propia persona del malvado. Es la indiferencia por el daño infringido a otros y la petulancia de considerarse superior al resto de los mortales y digno de satisfacer cualquier demanda respecto a lo que pertenece a otros. Sin duda que la educación influye en las personas para bien o para mal según lo que se trasmita, pero en el caso que nos ocupa se trata de sentimientos, de instintos que marcan la maldad del homicidio, de no hacer llorar y sufrir con deliberación y alevosía al vecino, de no engañarlo y trampearlo, no violar a sus hijas, ni sustraerle sus pertenencias, ni torturar y martirizar al prójimo. La educación y, sobre todo, la autoeducación y el ejercicio diario de abstenerse de observar hechos delictivos contribuye a formar (o, caso contrario, a desformar) la propia sensibilidad, pero no hace que la persona se convierta en una malvada. Todos nuestros ancestros provienen de las cavernas, eran rústicos, brutos y muy precarios pero no necesariamente criminales.
 
Es de gran interés prestar debida atención a lo que dice Stanton en la obra citada: “Cuando comencé este libro creía que el comportamiento criminal era un síntoma de conflictos enterrados en la persona fruto de traumas y depravaciones de un tipo u otro. Pensaba que los criminales lo eran debido a desórdenes psicológicos de algún tipo, una situación social opresiva o ambas cosas [….] sin embargo, descubrí que debía desaprender prácticamente todo lo que había aprendido en mis estudios de posgrado […] El propósito de este libro es mostrar que nuestras conclusiones habituales sobre las causas de la criminalidad están totalmente equivocadas y por qué las soluciones convencionales no son en absoluto soluciones […] La noción que los desempleados cometen crímenes es absurda, en primer lugar los desocupados no son todos delincuentes, más bien muchos de los criminales no desean trabajos honestos […] Constituye una idea racista de la peor especie el suponer que porque una persona es negra (marrón o amarilla) es inadecuada para asumir su entorno y, por ende, no puede dejar de convertirse en un criminal […] Situaciones económicas difíciles se suelen asociar a la criminalidad […] Si eso fuera correcto tendríamos mucho mas crímenes de los que tenemos. La mayor parte de de los pobres respetan la ley y la mayor parte de los que provienen de hogares destruidos no son delincuentes”. En verdad, el atribuir la criminalidad a la pobreza constituye un insulto gratuito a nuestros ancestros que provienen de las miserias más escalofriantes.
 
Stanton explica que “Los criminales causan crímenes, no padres inadecuados, la televisión, los colegios, las drogas o el desempleo. El crimen reside en la mente del criminal y no es causada por condiciones sociales […] Todo debe comenzar atribuyendo la plena responsabilidad al autor de las ofensas. Esto significa que la persona es responsable por haber cometido un crimen, independientemente de sus antecedentes sociales o de las adversidades que debió afrontar […] La conducta es consecuencia del pensamiento. Todo lo que hacemos es precedido o acompañado y seguido de pensamientos […] Los criminales aprenden a engañar a psiquiatras y a las cortes para obtener encierros en hospitales que son más cortos y benévolos que hacerlo en prisión […] Los criminales son todo menos enfermos. El criminal es frío, calculador y deliberado en sus acciones. Los criminales distinguen el bien del mal. De hecho, algunos de ellos conocen las leyes mejor que sus abogados […] Los criminales no fueron forzados por otras personas a ser criminales, ellos eligen compañeros que aprecian y admiran […] Al colocarse en la situación de víctimas, buscan la simpatía y mantienen la esperanza de ser absueltos de culpabilidad”.
 
Thomas Szasz en The Myth of Mental Ilness apunta que no hay tal cosa como “enfermedad mental” ya que la medicina enseña que la enfermedad constituye una lesión orgánica y que, por tanto, es una metáfora muy peligrosa concluir que la mente, la psique o las ideas son susceptibles de estar enfermas en el sentido en el que la patología usa esa expresión, lo cual no excluye la posibilidad de problemas orgánicos (químicos) en el cerebro situación que alude a otro plano de discusión bien distinto.
 
Hay quienes tienen la manía de atribuir estados de “enfermedad” a todos aquellos cuyas conductas estiman se apartan de la media. En este sentido, es muy provechoso prestar atención al título de una de las obras de Erich Fromm: La patología de la normalidad para mostrar que cada persona tiene sus características especiales sobre las que debe asumir su responsabilidad. La tesis contraria (y la más común) proviene de Sigmund Freud quien era determinista-materialista y, por ende, no creía en la libertad y consecuentemente atribuía todo a causas anteriores, lo cual pone de manifiesto, entre otros escritos, al referir “la ilusión de que existe algo como libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe ceder ante la demanda del determinismo lo cual se extiende a la vida de la mente” (Introductory Lectures on Psychoanalysis, en The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmond Freud, Londres, Hoargath Press, vol.XV, 1917/1974, p.106), al contrario de autores que se separaron de esa visión como Alfred Adler quien, por ejemplo, respecto a los criminales, escribió que adolecen de “una equivocada concepción del mundo y una equivocada noción de su importancia y de la importancia de otras personas” (en “Individual Psychology and Crime”, Quartely Journal of Corrections, 1930/1977), p.11).
 
Hace unos días un ex alumno mío me mostraba que había incorporado en uno de sus trabajos en curso, estadísticas de fuentes varias sobre la criminalidad en cierto país en las que se exhibía que el grueso de los crímenes eran perpetrados por jóvenes provenientes de condiciones muy pobres y, también, que la impunidad era grande debido a que la mayor parte de los imputados se los excusaba de la cárcel o, a poco andar, quedaban el libertad. En esa oportunidad pregunté si se había incluido en las referidas estadísticas a llamados empresarios que lucran en gran escala debido al favor oficial pero que, en la práctica, significa esquilmar a la gente como, por ejemplo, cuando se decreta que los bancos no deben devolver los depósitos a sus clientes y así sucesivamente. También pregunté a mi contertulio si había incluido en esos cuadros y gráficos a los crímenes de los narcotraficantes multimillonarios. La respuesta fue que no se incluyeron esos crímenes en ninguno de los dos casos, de lo contrario hubiera quedado en claro que la impunidad es mucho mayor de la que se supone, la edad promedio hubiera subido y los montos también se hubieran elevado exponencialmente.
 
Por su parte, en el trabajo mencionado de Cereijido se ilustran muy bien maldades de diverso calibre, aunque, de modo contradictorio, el autor suscribe el determinismo físico o materialismo filosófico con lo que la imputación de maldad desaparece debido a la negación del libre albedrío y el dualismo mente/cuerpo, suponiendo que los humanos somos solo kilos de protoplasma (además de los errados supuestos que surgen en el mismo libro donde se instala la suma cero como fundamento de las transacciones de mercado). Los ejemplos de perversidad son múltiples en esa obra. En este sentido, ni siquiera por haber sido la cuna de la aparición del homo sapiens se respetó a los habitantes del continente africano, puesto como escribe el autor, la “rapiña y abuso omnipresente tuvieron y siguen teniendo alturas de sublime hijoputez. Así, entre 1440 y 1870 se llevó a cabo un tráfico de esclavos que sentó las bases de muchas economías planetarias. Los africanos, hombres y mujeres, luego de su captura, eran trasportados en barcos, sin ropa, ensardinados unos junto a otros y engrillados todo el tiempo; situación en la que hacían sus necesidades, unos sobre otros”. Alude también a quienes roban y saquean en medio de catástrofes como terremotos o inundaciones. Subraya que “el político recurre a usar cierto tipo de palabras, trajes y peinados; se fotografía con su familia y su perro en un lugar apacible de la casa. Y sonríe. Hasta el más truhán logra aparecer en las fotos como un candidato moralmente sano y responsable. En algunas de éstas, carga con sus brazos a algún bebé desconocido en un acto público para que el retrato sugiera que es humano, sensible y protector”…cáscara del poder para dominar, en este sentido recordemos el aforismo de que “cuando se detenta un martillo, todos los problemas comienzan a parecer clavos”. También Cereijido sostiene que “Una forma menos obvia, pero no por ello menos maligna, es el adoctrinamiento de los niños en dogmas que perjudican su capacidad de interpretar la realidad”. Se refiere a las guerras “habitualmente hechas por unos pocos individuos que poseen gran poder (líderes nacionales, estadistas respetados), quienes en general actúan aconsejados por sus más inteligentes estrategas […] A pesar de que los cuadros los pintan blandiendo su espada a la vanguardia de sus escuadras, los generales están en verdad muy alejados del frente de batalla; normalmente, dejan su espada en el guardarropa y entran a sus despachos para dar órdenes de aniquilar al enemigo sin más agresión o emoción que cuando ordenan al jardinero cortar el césped o regar los jazmines”. Finalmente, este doctor en fisiología destaca en su libro las iniquidades de la venta de indulgencias, la Inquisición, el robo y la vejación a desvalidos y otras maldades (que, dicho sea al pasar, muchas de ellas nunca aparecieron en las estadísticas de la criminalidad).
 
Entonces, no es que la maldad resulte irreversible, el tema central es evitar a toda costa formular un diagnóstico equivocado y, a partir de eso, si se quieren corregir estos problemas, lo primero es comprender que el malvado debe asumir toda la responsabilidad y comenzar a desandar el camino percatándose y detectando sus razonamientos desquiciados, lo cual puede ser apoyado y ayudado con el concurso de terceras personas siempre y cuando se lleven a cabo con recursos propios y no succionando el fruto del trabajo ajeno…y menos aun de las propias víctimas de los crímenes.
 
Finalmente, queda para otro trabajo analizar el mal realizado por personas de buena fe pero que destruyen vidas de otros, por ejemplo, a través del aparato estatal propugnando medidas autoritarias. En este caso, nada calza mejor que aquello de que “el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones”.  

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.