El Derecho (6° parte)

Por Gabriel Boragina Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/06/el-derecho-6-parte.html

 

“Contrariamente, otros muchos autores, entre ellos Jellinek, Giner de los Ríos, Merkel, Posada, Windscheid y Bonilla San Martín, han negado que la coercibilidad sea indispensable al Derecho. Cathrein ha sostenido concretamente que “si la coacción viene detrás del Derecho, teniéndolo como fin y como objeto, no será nunca un elemento esencial del mismo, sino algo que desde fuera se le asocia y viene en su ayuda”. Otros argumentos apoyan esta tesis, como el que señala la existencia de un Derecho Internacional, que regula o trata de regular las relaciones entre los diversos Estados, pese a carecer de elementos coactivos, porque la guerra no sólo no es el elemento coactivo en que se apoya el Derecho Internacional, sino que tampoco representa precisamente la negación de tal Derecho.”[1]

Esta es pues, al fin, la postura correcta. Como ya expusimos: la coacción es un elemento natural, es, en suma, un hecho, que puede o no acompañar al Derecho, pero también se presenta en situaciones claramente antijurídicas, como el ejemplo ya dado del delincuente que echa mano de ella para perpetrar sus crímenes, donde -desde luego- no sólo el Derecho está ausente, sino que su accionar es contra todo Derecho, ya que no existe un “Derecho” a violar el Derecho. La fuerza (coacción) existe como elemento natural o connatural, en tanto el Derecho no, porque este es una construcción mental primero, y social después cuando se generaliza y se expande entre un grupo o sociedad. La guerra es, ciertamente, un elemento coactivo -quizás el peor de todos ellos- pero también resulta muy claro que no forma parte del Derecho -más bien es su más perfecta negación- y no se aplica de ninguna manera al caso de la violación de un tratado internacional. La guerra no implica que el Derecho no existe ni que no deba cumplirse con él.

“Se dice también que la coacción no entra en apoyo del Derecho sino cuando éste es perturbado, sin que sea necesario que esa perturbación se produzca. Es decir que el Derecho existe sin el elemento coaccionante mientras la infracción no tiene lugar.”[2]

Naturalmente, esto es absolutamente correcto. Como ya dijimos, la coacción existe de manera independiente al Derecho, y aquella puede emplearse, incluso, en forma contraria al Derecho, como sucede típicamente en los casos de comisión de delitos. Notemos que la coacción es esencial al delito en la mayoría de los casos, pero tampoco es inherente al delito. Ciertos tipos de delitos se cometen sin el concurso de la coacción (muchos tipos de estafas o amenazas son ejemplos de esto último). Es más, el Derecho puede ser conculcado sin que, necesariamente, se reaccione con el sustrato coactivo que lo complementa.

“No faltan tampoco quienes, con dudoso acierto, tratan de probar que la coercibilidad no es esencial al Derecho, basándose en la circunstancia de que, pese a la realidad de las relaciones jurídicas entre el Estado y los particulares, éstos no tienen medios coactivos de obligar a aquél al cumplimiento de sus obligaciones.”[3]

No obstante, las dudas del autor citado nosotros consideramos muy plausible esta crítica. Resulta cierto que, quien muchas veces es el principal violador del Derecho es el estado-nación mismo. Y también es correcto que, cuando ello ocurre, el particular queda inerme frente a tal infracción, porque carece del elemento coercible para ver resarcido su Derecho a la sazón, lesionado. Puede ser que el autor citado diga “con dudoso acierto” porque quizás esté pensando en que, en tal caso, el ciudadano tiene la posibilidad de ocurrir a los tribunales de Justicia para ver reconocido su Derecho y reclamar que sean estos quienes ejecuten la coercibilidad contra el infractor (en dicho supuesto el “estado” mismo). Pero, si recordamos que la Justicia es un órgano del “estado” deviene la paradoja que -en este caso- el “estado” se estaría coaccionando a sí mismo, sólo que, a instancias de un particular, de donde queda incólume la tesis de que el particular carece de coercibilidad propia contra el estado, y sólo puede lograr -como hipótesis de máxima- que el estado consiga (a través de su rama judicial) coaccionarse e a sí mismo. La práctica indica que esto último muy rara vez ocurre, por lo que acogemos la tesis referida en la cita anterior.

“Si se examinan los argumentos aducidos en pro de la existencia de un Derecho sin coacción, parece que el único valido es el que sostiene que la coercibilidad no es el Derecho en sí, sino el elemento que garantiza su efectividad. Enunciado así el problema, se advierte en seguida la diferencia entre ambos conceptos: si una cosa garantiza a otra, es porque la primera existe, ya que no cabría dar efectividad a una cosa inexistente. Las fuerzas de la naturaleza son útiles al hombre en cuanto éste pueda captarlas en su beneficio, más el hecho de que no pueda emplearlas, y aun de que las desconozca, no quiere decir que no existan.”[4]

La coercibilidad es accidental al Derecho. Y puede usarse tanto en contra del Derecho como a favor del Derecho. Por consiguiente, la coercibilidad es un elemento instrumental y solamente eso. Como un martillo puede servir tanto para construir como para destruir. En realidad, la formulación es parcialmente correcta. No sólo la primera existe, sino también la segunda. Tanto la coercitividad como el Derecho existen como realidades, sólo que lo hacen por separado, y no se tratan meramente de la misma cosa (como sostienen erróneamente los positivistas). Pero planteado como lo hace la cita, pareciera que lo único existente es el Derecho y no la coercibilidad. La realidad es que, concurren ambos por separado, coercibilidad que -en el caso- viene a garantizar la efectividad del Derecho, como bien se dice. Y, por otro lado, el Derecho como elemento autónomo garantizado. Garante y garantizado respectivamente distintos, pero unidos para un fin específico, que es el fin (objeto) del Derecho.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 294 y sigtes.

[2] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

[3] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

[4] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

“No se comprende cómo hay argentinos que siguen votando por el peronismo”

Entrevista a Mario Vargas Llosa, realizada por Andres Oppenheimer. Publicada el 9/1/15 en http://www.infobae.com/2015/01/09/1620046-vargas-llosa-no-se-comprende-como-hay-argentinos-que-siguen-votando-el-peronismo

 

El consagrado escritor peruano Mario Vargas Llosa fue el orador central del evento que organizó este viernes el Bank Julius Baer en el hotel Conrad de Punta del Este, al que asistió Infobae. Entrevistado por el periodista Andres Oppenheimer, el premio Nobel de Literatura ofreció un minucioso análisis de la realidad política latinoamericana y también dio su punto de vista del ataque terrorista en París que conmueve el mundo.

“Tengo una gran admiración por Argentina -confesó-. Siempre recuerdo, y me gusta recordarles a quienes ya lo han olvidado, que fue un país del primer mundo cuando tres cuartas partes de Europa eran del subdesarrollo”.

El intelectual indicó que el país a comienzos del siglo XX la Argentina “tenía un sistema educativo que fue el mejor del mundo” y fue el primer país que acabó con el analfabetismo.

“Argentina fue un extraordinario país, con una cultura asombrosa. Fue la nación más ilustrada de América Latina”, insistió. Y entonces se preguntó: “¿Cómo es posible que un país con esa tradición viva la catástrofe política y económica que es hoy día?“. De inmediato dio con la respuesta: “Por razones puramente políticas, no son razones económicas, nadie ha invadido Argentina”.

Vargas Llosa fue claro en identificar lo que a su juicio torció el destino del país: “La razón del fracaso, de la catástrofe Argentina, tiene un nombre: es el peronismo. No hay ninguna duda, es el peronismo“.

Fue entonces que reflexionó: “No se comprende cómo existen argentinos que sigan votando” por el peronismo. “¿Cómo es posible esa perseverancia en el error? No se entiende”, ahondó.

Reconoció luego su “esperanza” en que las elecciones presidenciales de octubre resulten en un “cambio” y que ” el peronismo sufra la derrota que merece”. Y no ocultó su favoritismo por uno de los candidatos: el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri. “Queridos amigos argentinos, no se equivoquen una vez más: ¡voten por Macri! Voten por Macri. Yo estoy dispuesto a hacer campaña por Macri”.

Durante la entrevista, el escritor y ensayista fue consultado acerca de si la caída del precio del petróleo derivará en el fin del ciclo del gobierno bolivariano en Venezuela. El panorama que dio sobre la realidad que enfrenta ese país fue por demás sombrío. “Hace 10 años el chavismo era una alternativa, que presentaba la utopía del igualitarismo y el estatismo que podía seducir a las mayorías. Hoy ese peligro está totalmente descartado. Venezuela es una catástrofe, un colapso económico con el segundo índice de criminalidad más alto del mundo”. Y aseveró que “Venezuela se ha empobrecido con el chavismo”.

De todos modos, evaluó que esa fuerza está cada vez más debilitada. “El apoyo popular al chavismo es minoritario. (Nicolás) Maduro solo puede ganar las elecciones con un fraude descomunal, crímenes, injusticia, encerrando a los opositores, destrozando la libertad de prensa“, afirmó.

“A esta altura, la mayoría de los venezolanos sabe que el chavismo ha sido una mentira y una catástrofe. Una dictadura que ha fracasado estrepitosamente. Así como cayó el muro de Berlín, la dictadura de Maduro va a caer, ojalá que caiga pacíficamente; si no, va a caer por las malas. No porque lo impulsen los designios imperialistas de los EEUU, sino por la angustia, la insatisfacción, la indignación de la gente en Venezuela”, dijo. Y observó: “Es una vergüenza que gobiernos democráticos no denuncien la dictadura, o peor, que se manifiesten solidarios con Maduro en lugar de con los verdaderos demócratas venezolanos. Maduro es un dictador corrupto y asesino”.

En otro tramo de la charla surgió de manera inexorable la noticia que acapara la atención de la comunidad internacional en las últimas horas: el brutal atentado terrorista contra la revista Charlie Hebdo, en París. Al respecto, dijo: “Occidente debe tener la clara conciencia de que hay una guerra que enfrentar; sin vacilaciones, sin complejo de inferioridad, porque está en peligro la esencia misma de la cultura de la libertad“.

Vargas Llosa vaticinó que “el terrorismo islámico es tan anacrónico que no va a alcanzar una victoria nunca” y remarcó que las principales víctimas de sus atrocidades no son los judíos ni los cristianos sino los propios musulmanes. “Por eso hay que mantener la cabeza fría, no todos los musulmanes son culpables. Debemos actuar con justicia”, acotó.

Por último, evaluó que “quienes defienden la democracia no deben caer en la complacencia ni en una actitud pasiva”. Y exhortó a “atacar a los multimillonarios que financian el terror”.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

HANNAH ARENDT

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

En 1968 cuando fuí becado por la Foundation for Economic Education en New York, en uno de los seminarios de Murray Rothbard,  paralelos a los regulares, nos recomendó a los asistentes una obra de una persona que hasta el momento no había escuchado nombrar. Se trataba de The Origins of Totalitarianism de Hannah Arendt. Una intelectual alemana que trabajó su tesis doctoral con Jaspers (a quien se refiere con admiración en “Karl Jaspers: A Laudiatio” incluido en su Men in Dark Times), amante de Martín Heidegger (que se volvió nazi) y finalmente, después de un breve matrimonio terminado en divorcio, casada con el filósofo-poeta marxista Heinrich Blücher. Luego de largos e intensos estudios, Arent se trasladó a Estados Unidos donde enseñó en las universidades de Princeton, Chicago,Columbia, Berkley y Yale.

 

El libro mencionado básicamente trata de las características comunes de los sistemas impuestos por Stalin y por Hitler (uno se alzó con el poder después de la revolución bolchevique y el otro a través del proceso electoral). La autora muestra las ideas y políticas comunes de estos dos monstruos del siglo XX: la infernal maquinaria de propaganda, las mentiras más descaradas, el terror, la eliminación de opiniones disidentes, la necesidad de fabricar enemigos externos e internos para aglutinar y enfervorizar a las masas, el extermino de toda manifestación de individualidad en aras de lo colectivo, el antisemitismo, el estatismo rampante y las extendidas y sistemáticas purgas, torturas y matanzas.

 

Tal como consigna Arendt en esa obra: “el único hombre por quien Hitler tenía respeto incondicional era Stalin” y “Stalin confiaba solo en un hombre y éste era Hitler”. Esto va para los encandilados mentales que como dice Revel en La gran mascarada no son capaces de ver la comunión de ideales entre el comunismo y el nacionalsocialismo y su odio mancomunado al liberalismo.

 

A pesar de que en algunos pocos textos Hannah Arendt resulta a nuestro juicio ambigua, confusa y, por momentos, contradictoria tal como ocurre, por ejemplo, en “The Social Question” (ensayo incluido en On Revolution) ha producido material extraordinariamente valioso donde pone de manifiesto una notable cultura y percepción (especialmente su conocimiento de la filosofía política y de la historia de los Estados Unidos). En “Lying in Politics” (trabajo incluido en Crisis of the Republic) muestra las patrañas que ocurren en los ámbitos políticos y abre su escrito con el escándalo de los llamados Papeles del Pentágono donde el gobierno de Estados Unidos pretendió ocultar horrendos sucesos en Vietnam enmascarados en “los secretos de Estado” y el “patriotismo”.

 

Las valientes denuncias e investigaciones independientes del poder en el contexto de la libertad de expresión es lo que, según Arendt, permiten el cambio puesto que “el cambio sería imposible si no pudiéramos mentalmente removernos de donde estamos físicamente ubicados e imaginar que puede ser diferente de lo que actualmente es”. Las piruetas verbales, los engaños, los fraudes y los crímenes llevados a cabo en nombre de la política tal como los describió Maquiavello, son desecados por la autora, quien concluye en “Truth and Politics” (como parte de la colección de su Between Past and Future) que “Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política están más bien en malos términos, y nadie que yo sepa ha encontrado la veracidad entre las virtudes políticas”.

 

También en la referida Crisis of the Republic aparece otro escrito de gran calado titulado “Civil Disobedience”. Veamos a vuelapluma este formidable ensayo solo para marcar sus ejes centrales.

 

Como advierte Arendt, el tema de la desobediencia civil de los que reclaman justicia (naturalmente no de los criminales) parte del hecho del “no del todo feliz casamiento entre la moral y la legalidad”, lo cual complica el andamiaje jurídico en el sentido de que no puede sostenerse legalmente lo que es contrario a la ley del momento. Sin embargo, desde Sidney y Locke el derecho a la resistencia a la opresión insoportable está sustentado por la Declaración de la Independencia norteamericana en adelante (“Cuando cualquier forma de gobierno se convierte en destructivo de éstos fines [de preservar y garantizar derechos], es el derecho de la gente alterarlo o abolirlo y establecer un nuevo gobierno”), puesto que la ley en la tradición estadounidense está basada en valores y principios extramuros de la ley positiva (en esto se basó la Revolución en el país del Norte contre Jorge III y en tantos otros lados como, por ejemplo, en Cuba contra Batista, antes de convertirse en una tenebrosa isla-cárcel o la derrota por fuerzas aliadas de Hitler quien había triunfado electoralmente para ascender al poder).

 

Dice la autora que ejemplos contemporáneos de desobediencia son los de los movimientos antiguerra y los relacionados con los derechos civiles. Cita el ejemplo de Henry David Thoreau cuando se negó a pagar impuestos a un gobierno que defendía la esclavitud e invadía México.

 

En su trabajo -titulado también “Civil Disobidience”- entre muchas otras cosas Thoreau se pregunta si “¿Debe el ciudadano en parte o en todo renunciar a su conciencia en favor del legislador? ¿Por qué entonces tenemos conciencia? Creo que debemos ser hombres primero y luego gobernados. No es deseable que se respete la ley sino el derecho […] Las leyes injustas existen: ¿debemos contentarnos con obedecerlas o debemos enmendarlas?”. Por su parte, Hannah Arendt elabora a raíz de la desobediencia civil sobre los síntomas de la pérdida de autoridad política debido a los atropellos gubernamentales “que no se cubren aun si son el resultado de decisiones mayoritarias” que en última instancia son el efecto de una “tendencia que representa a nadie más que a la maquinaria partidaria”, lo cual expresa en el contexto de lo dicho por Tocqueville en cuanto a “la tiranía de las mayorías” y de “la ficción del contrato social” en concordancia con autores de la talla de Hume.

 

También Arendt lo cita a Sócrates cuando dice (en Gorgias, 482) que es mejor para él estar en desacuerdo con la multitud que estar en desacuerdo con él mismo (muy importante a tener en cuenta en los tiempos que corren). A lo cual cabe adicionar a las otras características de aquél filósofo como la conciencia de nuestra propia ignorancia (por otra parte, ubi dubium ibi libertas: donde no hay duda no hay libertad), sus reflexiones sobre la psyké y la importancia del esfuerzo por conocer (“la virtud es el conocimiento”) en el contexto de la excelencia (areté) que facilita su método de la mayéutica, a lo que podemos incorporar el lema de la Royal Society de Londres que es muy socrático: nullius in verba (no hay palabras finales).

 

Por último, en su interesantísmo y muy documentado libro The Life of the Mind, nos parece que hay un punto clave que está insinuado por Arendt pero que no se desarrolla ni se extraen las consecuencias de esa omisión parcial cuyo tema es muy pertinente dados los debates que actualmente se llevan a cabo en distintos campos de la ciencia.

 

Me refiero especialmente aunque no exclusivamente a la sección dedicada a la relación alma-cuerpo. Es éste un aspecto medular e inseparable a la condición humana, es decir, el libre albedrío. Si fuéramos solo kilos de protoplasma y no tuviéramos psique (alma), mente o estados de conciencia, no habría posibilidad alguna de contar con proposiciones verdaderas o falsas, no tendría sentido el pensamiento ni el debate, no habría ideas autogeneradas, ni la moral, la responsabilidad individual ni la libertad. Seríamos loros complejos, pero loros al fin.

 

Como ha explicado el premio Nobel en neurofisiología John Eccles “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuan complejo y sutil sea el condicionamiento”. Por su parte, el filósofo de la ciencia Karl Popper sostiene que “si nuestras opiniones son el resultado distinto del libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta. Así pues, un argumento que lleva a la conclusión que nuestras opiniones no son algo a lo que llegamos nosotros por nuestra cuenta, se destruye a si mismo”. Y agrega este autor que si el determinismo físico (o materialismo filosófico) fuera correcto, un físico competente, pero ignorante en temas musicales, analizando el cuerpo de Mozart, podría componer la música que ese autor compuso.

 

Como apunta en Mind and Body el prolífico profesor de metafísica John Hick: “Un mundo en el que no hubiera libertad intelectual sería un mundo en donde no existiría la racionalidad. Por tanto, la creencia del determinismo no puede racionalmente alegar que es una creencia racional. Por ello es que el determinismo resulta autorefutado o lógicamente suicida. El argumento racional no puede concluir que no hay tal cosa como una argumentación racional.”

 

Decimos que este tema es medular en vista de los frecuentes apoyos al determinismo físico en áreas de la filosofía, la psiquiatría (curiosamente el estudio de la psiquis niega frecuentemente la psique), el derecho (especialmente en ciertas posturas del derecho penal donde se afirma que el delincuente no es responsable de su crimen debido a que está determinado por su herencia genética y su medio ambiente), la economía (especialmente nada menos que en teoría de la decisión -donde paradójicamente no habría decisión- y en la novel neuroeconomics) y, en parte, en las recientemente desarrolladas neurociencias.

 

Hay sin duda valiosos aportes en defensa de la sociedad abierta con la que simpatiza Hannah Arendt, pero son alarmantemente escasas las contribuciones que aluden a este tema tan vital para la libertad y, como queda dicho, hay numerosas publicaciones en defensa del determinismo físico lo cual no augura un futuro promisorio para la sociedad abierta, a menos que se revierta esta tendencia que conduce a la negación de la libertad en sus mismos cimientos. Ningún liberal, no importa su profesión y dedicación, puede estar ausente de un asunto de tamaña envergadura del cual necesariamente derivan todas las demás conclusiones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.