Los mercenarios rusos

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 26/12/19 en:  https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/los-mercenarios-rusos-nid2318795

 

En la Federación Rusa existen diversas organizaciones privadas, presuntamente paraestatales, que están dispuestas a ofrecer y brindar servicios militares a quien los necesite, en casi cualquier rincón del mundo.

Sus contingentes están integrados por modernos mercenarios, experimentados, bien entrenados y mejor armados, con pertrechos militares de última generación.

La más conocida, pero ciertamente no la única, es la denominada “Grupo Wagner”. Esas organizaciones se organizan y mantienen porque, supuestamente, con ellas “se aumenta la competitividad y el prestigio internacional de la Federación Rusa” y se “amplían los mercados para la venta de bienes y servicios rusos”. Incluyendo las ventas de armas y la posibilidad de explotación, por parte de empresas rusas de yacimientos de hidrocarburos que estén fuera de la Federación.

Con ellas, por lo demás, la Federación Rusa expande constantemente sus múltiples programas de cooperación en el capítulo de la industria bélica. E impide, o morigera -al menos teóricamente- el impacto de la imposición de eventuales sanciones económicas contra la propia Federación, por parte de otras naciones del mundo.

Esas organizaciones no sólo prestan servicios específicos y generalmente bien definidos, de índole militar, sino que proveen, además, asesoramiento en ese mismo capítulo a quienes de pronto lo requieran.

Son entonces esencialmente, como lo son también sus pares occidentales, contratistas de servicios. Sin necesariamente estar obligadas a rendir cuentas a las autoridades políticas de su propio país de origen.

Para Rusia misma, la posibilidad de recurrir a sus servicios le permite poder sostener que el país no es responsable de las actividades concretas y puntuales de sus patológicos contratistas.

Hoy esas organizaciones paramilitares rusas trabajan u operan en más de 30 diferentes Estados, fundamentalmente en África. Y ayudan a Rusia a exportar, significativamente, armas y pertrechos militares de última tecnología. Sin que esto las comprometa a asegurarse de que, en sus operaciones, los mercenarios necesariamente respeten algunos límites, como sucede, por ejemplo, con las normas destinadas a que se asegure, siempre, la vigencia y protección de los derechos humanos.

Es bastante frecuente que los elementos y equipos militares que en cada caso se requieran sean, en paralelo, simplemente alquilados por otras organizaciones u empresas rusas a quien contrata a los mercenarios rusos, para ser usados específicamente por los propios mercenarios rusos o por las fuerzas del gobierno local que trabajan con ellos, según sea el caso.

La Federación Rusa está, por ejemplo, utilizando activamente mercenarios en Crimea, en operaciones de combate y de patrullaje. Sus actividades no pueden, sin embargo, ser directamente atribuidas a la Federación Rusa, que niega sistemáticamente estar detrás o ser responsable de lo que sus mercenarios de pronto hagan, especialmente cuando se manejan con un nivel de atrocidad o brutalidad simplemente inaceptable.

Moscú, por otra parte, niega siempre, absolutamente de plano, tener algo que ver con los mercenarios de nacionalidad rusa que, como hemos apuntado, operan abiertamente en varios de los conflictos más agudos del mundo.

Volviendo al antes mencionado “Grupo Wagner”, se trata de una organización opaca, que aparentemente responde a un oligarca cercano al presidente Vladimir Putin. Esto es, a Yevgeny Prigozhin. El referido “empresario” ruso está personalmente sancionado por los EEUU, acusado de haber intervenido, desde la oscuridad, en procura de manipular las elecciones norteamericanas de 2016. Ese sujeto tan particular emergió al tiempo del conflicto armado en Ucrania, en el este del referido país, específicamente en la llamada región de Donbas, donde con su labor apoyó a los grupos separatistas locales, esto es a aquellos que procuraron seguir estrechamente vinculados a Moscú y a su soberanía nacional.

Hay otras conocidas organizaciones rusas similares, tales como: Shield, Patriot y Vega. La segunda de las antes nombradas estaría vinculada con el propio ministro de defensa de la Federación Rusa, a la manera de curiosa “inversión personal”.

Hoy esas fuerzas actúan, por ejemplo, en el conflicto bélico que azota a la desmembrada Libia. Combaten allí junto a las fuerzas del general libio, Khalifa Haftar, quien aparentemente las ha convocado para ello. Haftar es un aliado estratégico de los Emiratos Árabes Unidos y de Egipto, razón por la cual la presencia y actuación de los mercenarios rusos tiene un impacto geopolítico que va ciertamente más allá del conflicto específico en el que ellos operan.

Todos ellos cooperan contra el actual gobierno libio con sede en Trípoli, que hoy es, cabe recordar, mayoritariamente reconocido por la comunidad internacional.

Los militares rusos reservan para sí mismos otras misiones algo menos visibles y riesgosas, como son aquellas de los francotiradores, o la operación de toda suerte de “drones” militares, o el necesario entrenamiento del contingente militar local.

El personal de las organizaciones mercenarias rusas individualmente gana algunos miles de dólares mensuales y, además, sus familiares cercanos con alguna frecuencia están cubiertos por una suerte de seguro de vida o pensión, del orden de unos US$50.000, que cubre el posible fallecimiento de alguno de los mercenarios.

Curiosamente, en la propia Rusia, ser mercenario es delito. Y por ello las empresas que contratan mercenarios y los proveen a clientes del exterior suelen ser apenas sociedades “de papel”, sin activos, ni antecedentes demasiado significativos.

Para Rusia, la existencia de los mercenarios permite alejar de su propia casa a personajes muy complejos y, con alguna frecuencia, hasta indeseables, por sus tendencias a la violencia. Mantenerlos más o menos alejados de su propio país es, cuanto menos, una política prudente, entonces.

La labor de los paramilitares hoy parece estar concentrada en obtener contratos en África central. Ella tiene ciertamente sus riesgos. No hace sino algunos meses, tres de sus representantes o promotores fueron muertos a balazos en Siria, en el pasado mes de junio. Los mercenarios rusos, cabe recordar, fueron absolutamente decisivos en las operaciones militares que se llevaron a cabo, en 2016 y 2017, para reconquistar la ciudad de Palmira.

Los países europeos están trabajando intensamente con los norteamericanos, tratando de obtener toda la información posible sobre los mercenarios rusos y sus objetivos y capacidades reales, con el propósito central de no sólo identificarlos debidamente y estimar sus capacidades, sino también para poder sancionarlos individualmente.

No es posible olvidar que esos mercenarios combatieron en el noreste de Siria contra los propios militares norteamericanos en la que fuera una verdadera e inesperada batalla campal que aconteciera en febrero de 2018. Hablamos de lo sucedido en esa región, en Deir Ezzor, donde los mercenarios rusos habrían perdido varios centenares de efectivos militares.

Algunos sospechan que la presencia militar rusa en Venezuela está basada en la presencia y el trabajo de algunos grupos de mercenarios del tipo de los descriptos en esta breve nota. Otros, en cambio, sostienen que ellos están dedicados a otros menesteres, concretamente a custodiar las operaciones venezolanas de la enorme petrolera rusa Rosneft.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

De pronto, Rusia juega fuerte en Siria

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 22/9/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1830101-de-pronto-rusia-juega-fuerte-en-siria

 

La Federación Rusa, sorpresivamente, está desplegando su poderío militar en Siria. Lo hace en defensa del régimen de Bashar al-Assad. Esto sucede en torno al puerto de Latakia. A menos de cien kilómetros de la única base naval rusa emplazada en el Mediterráneo, la de Tartus.

Hablamos de trabajos -sustantivos e importantes- de expansión de las instalaciones portuarias rusas y de dos pistas paralelas de aterrizaje que están siendo rápidamente ampliadas y modernizadas. También, de la llegada de viviendas portátiles que pueden alojar a por lo menos un millar de soldados rusos. Ya han arribado también cuatro modernos cazas SU-27; cuatro helicópteros de transporte HIP y otros cuatro similares, pero artillados. Así como tanques T-90 y centenares de infantes de marina. Con una flotilla de aviones Cóndor de transporte, Rusia está enviando -sin pausa- pertrechos militares a Siria. Lo hace a través del espacio aéreo iraquí, desde que Bulgaria, presionada por Estados Unidos y la Unión Europea, no le concedió derecho de paso.

Estados Unidos no esperaba, para nada, ese despliegue, que los tomó por sorpresa. Apoyo militar que supone un endoso mayúsculo para al-Assad, que ya ha dado frutos desde que los norteamericanos que se negaban a convocar a al-Assad (por sus actos criminales vinculados con el uso reiterado de armas químicas contra su propio pueblo) a cualquier negociación de paz, ahora dicen que podría ser parte de ella. Pero no de la solución. Rusia, quizás tenga otras ideas.

Hasta ahora Rusia había sido esencialmente una proveedora de armas para al-Assad. Hoy lo apoya con sus propias fuerzas militares en el terreno. A la manera de Irán o de Hezbollah, los dos grandes responsables de la frágil supervivencia del régimen de la familia Assad. El general iraní Qasem Suleimani acaba de estar, una vez más, en Moscú, seguramente coordinando las acciones de ambos países.

Ante lo sucedido, uno podría suponer que Rusia se apresta a luchar directamente contra el Estado Islámico, algunos de cuyos jefes pertenecen a los movimientos insurgentes de Chechenia. Pero el tipo particular de armamentos recientemente desplegados parecería sugerir otra cosa. Distinta. Porque se trata, entre otros, de modernos sistemas de defensa anti-aérea. Y los islamistas simplemente no tienen aviones.

Se supone entonces que el objetivo central ruso podría -como hemos dicho- ser proteger a al-Assad. Incluso contra una posible incursión aérea desde el exterior. De la aviación turca o de la norteamericana, cuyos cazas operan desde la base aérea turca en Incirlik. O de la aviación militar francesa, que se apresta a intervenir más activamente contra el Estado Islámico en apoyo de las fuerzas que lo combaten en el suelo. O de otros miembros de la coalición que, desde el aire, también operan contra los islamistas, como es el caso de Australia o el de Gran Bretaña.

La trascendente decisión rusa puede tener efectos cruciales de naturaleza geopolítica. Porque, por ejemplo, podría prolongar la guerra civil siria, al fortalecer a las fuerzas de al-Assad, que estaban muy debilitadas. Pese a que está claro que sin perjuicio del acuerdo de 2011 que presuntamente lo privara de armas químicas, al-Assad ha seguido utilizando criminalmente gas mostaza.

O, alternativamente, podría también apuntar a procurar una solución de partición, aceptando que hoy no es fácil reconstituir completamente la dañada integridad territorial de Siria. Una división que podría incluir la escisión de una franja costera en el occidente sirio que quedaría en manos de los “alawitas” (shiitas) de al-Assad que -por lo demás- la habitan. Y otros pedazos, uno de los cuales podría ser gobernado por los kurdos, para preocupación de Turquía que, con su importante población kurda doméstica, teme que ello genere nuevamente impulsos secesionistas kurdos en su propia casa.

Para los norteamericanos, que han evitado a toda costa empantanarse en el conflicto sirio, el despliegue ruso los ha obligado a coordinar sus acciones con Rusia, para por lo menos evitar accidentes. Pero la alternativa de procurar maximizar la eficiencia de las acciones militares de ambas naciones parecería ser un eventual próximo paso.

Para el segregado Vladimir Putin aparece ahora una nueva oportunidad de tratar de salir del aislamiento en que él y su país quedaran luego de la ilegal anexión, por la fuerza, de Crimea y Sebastopol y de sus permanentes acciones militares encubiertas, pero ciertamente desestabilizadoras, en Ucrania. Así como de sus constantes provocaciones militares aéreas ocurridas en todo el ámbito del Báltico. Que podría derivar en poder, finalmente, reunirse con su par norteamericano, Barack Obama, con quien lo cierto es que no ha tenido nunca una relación fluida, sino fría.

Una reunión entre ambos jefes de Estado podría ocurrir pronto, desde que ellos caminarán en los próximos días los corredores de las Naciones Unidas en oportunidad del nuevo período de su Asamblea General, como lo harán también casi todos los gobernantes y Jefes de Estado del mundo. Una reunión en ese ámbito particular es factible y relativamente fácil de generar.

Putin, por lo demás, aparentemente planea usar el podio de la organización internacional para, desde allí, instar fuertemente al mundo a actuar -sin más demoras y decisivamente- contra el Estado Islámico, deteniendo la marcha de su preocupante expansión y derrotándolo.

Lo que tiene enorme importancia, en momentos en los que existe la sensación de que el Estado islámico no sólo no ha sido vencido, sino que está ganando algunas batallas importantes y creciendo significativamente como peligro -real e inminente- para la paz y seguridad internacionales. Alimentado por los importantes ingresos derivados de su actual control de todos los yacimientos de hidrocarburos que existen en suelo sirio. Por esto la enorme ola de desesperados migrantes que en las últimas semanas se ha precipitado conmovedoramente sobre la Vieja Europa.

Putin seguramente supone que éste puede ser una suerte de “merecido dividendo” que debería poder cobrar después de su decisiva cooperación respecto del acuerdo de la comunidad internacional con Irán sobre el peligroso programa nuclear de los persas.

La decisión rusa ha tonificado a Bashar al-Assad y a sus fuerzas, evitando lo que ciertamente lucía como un inminente derrumbe. Y demuestra que, pese a su debilidad económica, Rusia es capaz de actuar por su cuenta en el escenario del mundo, como muy pocos países. Hasta en conflictos peligrosos, cuando sus intereses están en juego. Más allá de su mala experiencia en Afganistán, que en su momento precipitara la desaparición de la entonces Unión Soviética.

La repentina aparición rusa en Siria ha modificado la relación de fuerzas hasta ahora existente en el conflicto que azota a ese país. Es un audaz movimiento geopolítico de peso, que la región y el mundo observan. Y que ya ha obligado precipitadamente a los Estados Unidos a tratar de coordinar sus propias acciones militares en suelo sirio con las de Rusia. Una maniobra inesperada por Occidente que hasta podría abrir la puerta para que las acciones militares, que estén en marcha contra el Estado Islámico de pronto fueran más robustas, eficaces y convincentes. Como posible cambio de rumbo, es sustantivo. Su impacto podría entonces ser fundamental no sólo para encontrar una solución que evite que la guerra civil siria se prolongue indefinidamente, sino para que el Estado Islámico deje de ser un descontrolado foco de violencia inhumana.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Posible nuevo amanecer en Gaza

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 6/8/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1715980-posible-nuevo-amanecer-en-gaza

 

La sensación es de algún alivio. Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos. Ya no vuelan los misiles hacia Israel. Ni se oye el fragor de sus cañones. Hay una tregua. Frágil, pero allí está.

En las últimas horas habían aparecido las primeras señales de que los combates y acciones militares podrían quizás haber entrado en una lenta fase final. Ocurre que, desde el domingo pasado, Israel había comenzado ya a retirar buena parte de sus efectivos de las zonas pobladas de Gaza y a estacionarlos cerca de la frontera, aunque todavía dentro del territorio de Gaza. Con excepción de aquellas tropas que aún operaron activamente en las inmediaciones del paso fronterizo de Rafah, que fuera escenario de las últimas acciones militares. Hoy esos efectivos están ya en territorio israelí.

Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos

También Hamas -presumiblemente como consecuencia de los bombardeos israelíes- parecía haber disminuido un tanto la intensidad de sus disparos de misiles contra Israel. En los cinco primeros días del reciente estallido de violencia -esto es, desde el 8 al 13 de julio pasado- los disparos indiscriminados de misiles palestinos contra Israel alcanzaron un ritmo realmente aterrador: 300 misiles diarios. La magnitud de esos ataques había ido disminuyendo paulatinamente, hasta llegar a los 55 misiles que se dispararan durante el domingo pasado. Y a los 53 del lunes, el día previo a la tregua acordada.

Las cifras de bajas acumuladas en la reciente espiral de violencia son de horror: 1834 muertos palestinos (de los que bastante más de 1000 han sido civiles inocentes) y 9370 heridos. A los que hay que sumar las 64 muertes de soldados israelíes y los tres muertos israelíes, civiles inocentes.

Israel había, entonces, comenzado a cerrar unilateralmente su tercer enfrentamiento militar abierto en la Franja de Gaza contra los milicianos de Hamas. El final, si esto se consolida, podría ser parecido al que ocurriera a comienzos de 2009, en oportunidad del primer ciclo de combates entre ambas partes. De hecho. Sin que exista un cese el fuego explícito, convenido entre las partes. No obstante, ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera.

Ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera

Para Israel, el objetivo de inutilizar, destruir o, por lo menos, neutralizar la enorme red de 32 túneles construida por Hamas que penetraban en el territorio de Israel, parece haber sido sustancialmente alcanzado. No obstante, Hamas tiene aún un inventario importante de misiles no utilizados, estimado en unos 3000. Esa es una obvia amenaza para la paz. Lo que se evidencia con sólo recordar que, desde el 8 de julio pasado, desde el interior de Gaza se dispararon nada menos que unos 3300 misiles contra Israel. Indiscriminadamente. Lo que está expresamente prohibido por el derecho humanitario internacional.

Para Hamas, alcanzar el objetivo del levantamiento del bloqueo que, por ocho años, es cierto, ha lastimado profundamente a la población de la Franja de Gaza sigue siendo prioritario. Lo cierto es que lograrlo no pasa por las acciones militares, sino por los andariveles de la diplomacia. Y es de esperar que esto se comprenda y que, cuando una oportunidad parece haber aparecido, no se desaproveche.

El gobierno de Egipto ha sido decisivo en el logro del cese el fuego provisorio. Apoyado por las Naciones Unidas y los Estados Unidos. Su gestión debe continuar. Porque el camino de la paz no admite el cansancio. Egipto merece ahora el reconocimiento y el apoyo que corresponde.

En Israel, el premier Benjamin Netanyahu cuenta con el abrumador respaldo de la población de su país. Que ha tomado plena conciencia del peligro que corre. Hablamos de nada menos que un 85% de esa población. Los pacifistas se han hecho oír, pero los sondeos confirman que su peso en la opinión pública israelí es débil.

Las defensas antimisilísticas israelíes han demostrado una vez más su tremenda eficacia, destruyendo en el aire a los misiles que podían caer en los centros poblados o sobre blancos estratégicos. Pero el tema de la “proporcionalidad” de la reacción militar israelí es -y será siempre- una cuestión harto difícil, donde las opiniones estarán divididas.

En otro andarivel, pero en el mismo vecindario, cabe destacar que una buena parte de los líderes árabes esta vez pareció no apoyar a Hamas. Sucede que su propio mundo está inmerso en la fragilidad de una peligrosísima confrontación facciosa -increíblemente violenta- que se ha extendido por el mundo árabe, dividiéndolo profundamente. La que tiene como protagonistas a los fundamentalismos, tanto “shiitas” como “sunnis”. Con acciones que, con frecuencia, evidencian un nivel de barbarie desesperante, absolutamente de espaldas a las normas del derecho humanitario internacional; esto es, a las leyes de la guerra.

Son pocos, felizmente, los que procuran que Gaza se convierta, de pronto, en una nueva Mosul. Sería una pesadilla. Multiplicando exponencialmente su fragilidad y acercándose así al abismo impredecible de la guerra religiosa. Adquiriendo, además, otro nivel de peligrosidad e irracionalidad. Con un marco de decapitaciones y circuncisión masiva de las mujeres. Con expulsión -o muerte- de quienes no comulgan con la versión del Islam que abrazan los “jihadistas”.

Por todo esto quizás, Egipto, Jordania, Arabia Saudita y los Emiratos han estado casi en silencio. Sin apoyar abiertamente a Hamas. A diferencia de Turquía y Qatar, que endosaron a ese movimiento.

El presidente de Egipto, el ex general Abdel Fattah al Sisi, mantuvo su cooperación con Israel respecto del bloqueo de Gaza, así como en la tarea de inutilización de la red de túneles de Hamas. Mientras luchaba, en paralelo, contra el “jihadismo islámico” en su propia tierra. Especialmente en el norte de Sinaí, al norte mismo de la Franja de Gaza. A lo que cabe agregar que su principal enemigo doméstico -al que ha calificado formalmente de organización terrorista- es la Hermandad Musulmana, organización islámica que tiene intimidad con Hamas.

No obstante, Egipto, como correspondía en esta emergencia al país “decano” de la diplomacia africana, ha ayudado a Hamas en el capítulo de la ayuda humanitaria. Y ha tenido éxito en poder concertar el reciente cese del fuego. Lo que debe ser apoyado.

Irán, alejado de Hamas desde que el movimiento se negara a cooperar -como lo hiciera Hezbollah- en la represión de la insurgencia siria, está sobreextendido en su apoyo -en Siria- al clan Assad y al gobierno de Irak, ambos invadidos por las bien entrenadas fuerzas “jihadistas sunnis” que, luego de tres años de guerra en Siria, han conformado ahora el califato al que se ha llamado: ISIS. Y siguen expandiéndolo. En los últimos días han avanzado mucho tanto sobre la zona kurda de Irak, como sobre el Líbano. Como si sus contingentes fueran imparables. Hablamos de un fenómeno de enorme peligrosidad, que acaba de infectar a Libia, donde las fuerzas fundamentalistas que se han apoderado de la ciudad de Benghazi, han proclamado -también allí- un califato.

La aislada Rusia, con su ilegal manotazo sobre Crimea y Sebastopol, ha dañado severamente al derecho internacional, infectando al escenario internacional de anomia. Lo que naturalmente no ayuda en temas como el de Gaza. Como, además, Rusia mantiene su propio conflicto armado interno contra los fundamentalistas islámicos, en Chechenia y Dagestán, no ha mostrado simpatía por la causa de Hamas. Y no ha asumido en Gaza rol protagónico alguno. A diferencia de lo sucedido en Siria.

Algo bastante parecido sucede con China, donde el conflicto similar que el país oriental mantiene con los “uighures” en el noroeste de su territorio, ha crecido fuertemente en intensidad a lo largo de las últimas semanas.

Jordania está también en tensión, con las fuerzas de ISIS en su frontera controlando la ciudad de Ar Rudba. Y con cientos de miles de ansiosos palestinos refugiados, desde hace décadas, en su interior. Por su parte, tanto Siria como el Líbano e Irak son ya presas de la guerra facciosa que divide -cada vez más- al islamismo.

Frente a todo esto, releyendo el discurso de Elie Wiesel cuando recibiera el Premio Nobel a la Paz, en 1986, uno encuentra palabras proféticas y certeras que, 28 años después, mantienen su actualidad. “El sufrimiento humano en cualquier parte aflige a los hombres y mujeres en todas partes. Esto se aplica también a los palestinos, respecto de cuya situación soy sensible, pero cuyos métodos deploro. Los deploro cuando conducen a la violencia. La violencia no es la respuesta. El terrorismo es la más peligrosa de las respuestas. Ellos están frustrados. Lo que es comprensible. Algo debe estar mal. Los refugiados y su miseria. Los chicos y sus miedos. Los desarraigados y su desesperanza. Algo debe hacerse respecto de esta situación. Tanto el pueblo judío como el pueblo palestino han perdido demasiados hijos e hijas y han derramado demasiada sangre. Esto debe terminar y todos los intentos porque termine deben ser alentados.”

El clamor, entonces, debe hoy ser uno solo: el de mantener el cese total de la violencia. Y comenzar a edificar, sin pausas, una paz duradera. Sabiendo que la tarea es bien compleja y que debe ser abordada sin demoras. Y con absoluto realismo. Aunque, seguramente, edificarla lleve su tiempo.

Los misiles palestinos no deben seguir volando en procura de sembrar la muerte. Las reacciones militares israelíes, por inevitables que sean, llenan al mundo de congoja. Por esto, la Franja de Gaza (que hoy contiene a unos 260.000 desplazados) debería ser desmilitarizada, con un adecuado control internacional. Mientras, en paralelo, se comienza a trabajar sobre cómo levantar la manta de miseria que se ha extendido sobre su población, que lleva años de indescriptibles sufrimientos y frustraciones.

En el escenario actual, la acción de las Naciones Unidas (como aconteciera en los casos de Timor Oriental y Kosovo) podría ser central y el aporte y apoyo de todos para que ella se concrete resulta indispensable. Es hora de pasar de la retórica y los oportunismos a empujar las soluciones duraderas, incluyendo la acción humanitaria. Lo que supone apoyar, sin titubeos, a los actores capaces de impedir que la violencia vuelva, de pronto, a apoderarse de la Franja de Gaza..

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Las coincidencias del Kremlin con los populismos latinoamericanos.

Por Ricardo Lopez Göttig: Publicado el 14/7/14 en: http://opinion.infobae.com/ricardo-lopez-gottig/2014/07/14/las-coincidencias-del-kremlin-con-los-populismos-latinoamericanos/

 

En busca del protagonismo mundial que su país perdió tras el desplome de la Unión Soviética, el presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin, visitó la Argentina pocos meses después de que anexó por la fuerza a la península de Crimea y de seguir en conflicto con Ucrania. Lejos está de la prominencia que tuvo el zar Alejandro I, que se instaló en París para elegir al sucesor del emperador Napoleón en el trono de Francia; también está distante del pasado soviético reciente, que desde Stalin en adelante puso en vilo a la humanidad por su carrera atómica con Occidente.

El régimen de Putin, un ex agente de la desaparecida KGB, se sostiene por un férreo nacionalismo que sirve para legitimar un sistema político con fuertes connotaciones autoritarias y de fachada democrática, ya que se celebran elecciones en las que las fuerzas opositoras liberales apenas pueden hacerse oír. El actual mandamás del Kremlin es el beneficiario de la transición de hierro de Rusia, en el que la antigua nomenklatura se reconvirtió para seguir manipulando la economía y la política. Es la figura central de la política rusa desde que llegó a ser primer ministro en 1998, cuando Boris Yeltsin era presidente. Ocupó la primera magistratura desde el 2000 al 2008, hizo un enroque con Dmitri Medvedev como primer ministro del 2008 al 2012, y volvió a ser presidente de la Federación de Rusia desde entonces.

La presidente Cristina Fernández de Kirchner da una señal tan clara como equivocada hacia el mundo democrático, al invitar a la cena con Vladimir Putin a Nicolás Maduro y Evo Morales. Y es que Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua fueron países que votaron en contra de la resolución que rechazaba la anexión de Crimea y la desintegración territorial de Ucrania, aprobada por los representantes de cien naciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas en marzo de este año. Si bien la República Argentina se abstuvo, las expresiones públicas de la presidente Fernández de Kirchner fueron de simpatía hacia la posición de Putin.

Tras la fuerte presión que Putin ejerció sobre el entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukóvich, para que no firmara el acuerdo de asociación con la Unión Europea, tratando a Ucrania como si fuese un país vasallo, despertó la ira de sus vecinos. A partir de la anexión de la península de Crimea y el apoyo a los rusoparlantes que viven en Ucrania, Putin ha salido en busca de nuevos socios en el mundo para afianzar su posición, virando hacia los regímenes autoritarios del Asia Central y la República Popular China. Con esos países tiene vínculos militares a través de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), la Organización para la Cooperación de Shangai (SCO) y comerciales con la Unión Aduanera con Bielorrusia y Kazajistán. Los medios de comunicación en Rusia se han hecho eco de un discurso xenófobo y fuertemente hostil hacia Europa y los Estados Unidos, fomentando la sensación de aislamiento en la opinión pública.

La cultura y la ciencia rusas, tan ricas y geniales, no han dotado al gigante eslavo de gobernantes demócratas respetuosos del derecho. Los rusos de hoy, desprovistos de la ideología imperial zarista que heredaron de Bizancio y del marxismo en versión leninista, apoyan hoy mayoritariamente a Putin como el hombre fuerte que los volvió a instalar como una nación con presencia en el escenario mundial. Pero para ello necesita socios, aun cuando sean lejanos como los de América latina y sólo los una el rechazo hacia la esencia limitante del poder del constitucionalismo liberal. Aquí es donde entran en sintonía la autocracia de Putin y los populismos latinoamericanos, buscando crear lazos comerciales para prolongar el sustento material de sus regímenes, a la vez que ponen frenos al desarrollo de la sociedad civil, a la prensa independiente y al surgimiento de economías de mercado competitivas que no estén manipuladas por los amigos y cómplices del poder.

 

Ricardo López Göttig es Profesor y Doctor en Historia, egresado de la Universidad de Belgrano y de la Universidad Karlova de Praga (República Checa). Es Profesor titular de Teoría Social en la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Cambios y preocupación en el escenario mundial

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 24/4/14 en http://www.lanacion.com.ar/1683918-cambios-y-preocupacion-en-el-escenario-internacional

La anexión de Crimea y Sebastopol a la Federación Rusa está consumada. Pero es un hecho tóxico. Por esto ha sido ampliamente repudiado por la comunidad internacional que previsiblemente no reconoce a Crimea como parte del territorio ruso.

Mientras tanto, un clima de absoluta fragilidad se ha apoderado del este de Ucrania. No está nada claro sobre lo que puede suceder -al menos en el futuro inmediato- en ese convulsionado rincón del país. Particularmente en la denominada República Popular de Donestsk. Allí donde, en la localidad de Zaporozhia, se fabrican hoy prácticamente todos los motores de los helicópteros rusos (incluyendo el MI-24), cuyas entregas están ahora suspendidas, lo que demuestra cuán diversas son las múltiples complejidades del conflicto en Ucrania.

Por la gravedad de lo ocurrido, el escenario internacional ha cambiado. Mucho. Como consecuencia de una conducta y un intento de justificación por parte de Rusia que lucen inaceptables. Porque han conmovido los cimientos de la arquitectura estructural de las Naciones Unidas. En efecto, hay ahora un precedente que luce como un aliciente para el uso de la fuerza y, peor aún, una suerte de justificación para tratar de poseer armas nucleares.

Porque se han desconocido -a cara descubierta- tres principios fundacionales de la comunidad internacional: el de la igualdad de los Estados, el de la santidad de la integridad territorial y el principio de “no intervención”. A lo que debe agregarse el uso ostensible de tropas sin sus insignias nacionales, práctica vedada expresamente por las Convenciones de Ginebra. Y la violación abierta de convenios internacionales que estaban vigentes, como el Memorándum de Budapest de 1994, en virtud del cual Ucrania renunció a su arsenal nuclear a cambio del respeto explícito a su integridad territorial. Por todo ello, el impacto exterior de lo sucedido es grande.

Más allá de los recientes acuerdos de Ginebra, de los que participara ciertamente Rusia, la confianza de la comunidad internacional en ese país ha desaparecido. Por esto, la sospecha de que sigue manipulando insidiosamente a los insurgentes en el este ucraniano deviene inevitable. Particularmente frente a los esfuerzos rusos por evitar que Ucrania tenga elecciones nacionales el próximo 25 de mayo, en búsqueda urgente de un mínimo de legitimidad en el actuar.

Es cierto, Vladimir Putin se reinventó y relegitimó en su patria. En medio de una ola de nacionalismo, su popularidad doméstica es ahora enorme. Con un tsunami publicitario, a la manera del que alguna vez caracterizara al repugnante Goebbels, los medios rusos -que poco y nada tienen de independientes- alaban constantemente a Putin y denuestan, en unísono, a los países occidentales. Como ocurriría, curiosamente, en un ambiente cercano a un conflicto bélico.

Mientras tanto, los objetivos inmediatos de un Vladimir Putin que ha asumido el rol de “restaurador” del pasado ruso permanecen -más allá de las declamaciones públicas, frecuentemente contradictorias- envueltos en el misterio.

Se advierte entonces preocupación en la comunidad internacional por las eventuales repercusiones externas de lo sucedido en Crimea y Sebastopol. Ella se centra en algunos conflictos puntuales. Como el que tiene que ver con los espacios marítimos en los que China mantiene disputas de soberanía con Japón, Vietnam, Filipinas y Corea del Sur. Allí, en 2012, China actuó manu militari en el llamado “Scarborough Shoal”, en el Mar del Sur de China, en desmedro de Filipinas. También hay intranquilidad respecto de las negociaciones referidas al peligroso programa nuclear iraní que, sin embargo, han continuado evolucionando y avanzando positivamente, aparentemente sin mayores dificultades. Y con relación a la cada vez más volátil e impredecible Corea del Norte.

La integración de Rusia con el resto del mundo después de la Guerra Fría ha sido lenta y parcial. Esto es, tan sólo relativa. Los principales avances fueron los registrados durante la etapa en la que Dimitri Medvedev ejerciera la presidencia de su país. Me refiero a: un nuevo tratado Start; las sanciones dispuestas contra Irán; el tránsito de las tropas norteamericanas de y hacia Afganistán a través de suelo ruso; o el acceso ruso a la Organización Mundial del Comercio. Ellos no fueron luego seguidos por otros pasos similares, de mayor acercamiento y cooperación en ésta, la tercera presidencia de Vladimir Putin. En paralelo, Rusia se ha transformado en una autocracia, lo que aumenta la desconfianza externa.

Por todo esto, es probable que Rusia sea -en más- objeto de relativo aislamiento. Sin cortar puentes, pero sin que exista la confianza mínima para actuar con ella de consuno. Esto supone que de pronto Rusia podría quedar de lado cuando, en algunas circunstancias, de actuar desde la comunidad internacional se trate. Será presumiblemente objeto de vigilancia para tratar de limitar lo que ahora luce como una clara inclinación al expansionismo. Con una posibilidad de cooperación que ahora es marginal.

Es probable que el nuevo enviado a Moscú de la administración del presidente Barack Obama sea John F. Tefft, un diplomático de carrera, familiarizado en las cuestiones que tienen que ver con Ucrania, Georgia y Lituania, donde ha prestado servicios. Un hombre de gran experiencia, queda visto.

En el escenario actual no es imposible que -de pronto- se den a conocer otras sanciones económicas de carácter personal contra algunos personajes rusos muy cercanos al presidente Putin, limitando sus posibilidades de actuar en los mercados internacionales de crédito y de comerciar libremente. Y evidenciando que existe una elite rusa poderosa, que funciona en torno al líder ruso, sospechada de corrupción. Por esto las acciones y los títulos de la deuda rusa caen. Y el rublo se debilita, en medio de una renovada fuga de capitales. También por esto una previsible caída de las inversiones externas en Rusia.

El cambio en el escenario internacional no supone necesariamente cortar vínculos que son imprescindibles entre Rusia y la comunidad internacional. Como los que tiene que ver con el programa espacial conjunto de norteamericanos y rusos. O aquellos que se refieren a la inutilización de las armas nucleares rusas que, vencidas, ya no pueden guardarse sin riesgos. O continuar juntos trabajando en el impostergable desarme sirio en materia de armas químicas.

La relación bilateral entre los Estados Unidos y Rusia estará -en más- presumiblemente marcada por el distanciamiento. Lo que no supone dejar de actuar en conjunto en algunas cuestiones comunes, como son las antes referidas.

Pero la normalidad está afectada y la confianza de Occidente en Rusia ha desaparecido. Pronto esto comenzará a ser evidente más allá de Ucrania. Lo ya sucedido tiene una entidad tal que es imposible pensar que no traerá aparejados profundos cambios relacionales, como los que anticipamos.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Ucrania: se abre un espacio para la diplomacia

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/4/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1677278-ucrania-se-abre-un-espacio-para-la-diplomacia

 

La  reciente -y sorpresiva- anexión de Crimea a la Federación Rusa con el poco convincente disfraz de un referendo es un hecho consumado. Ilegítimo e ilegal. Con consecuencias geopolíticas serias.

Hasta hace algunas horas, la crisis de Ucrania parecía ir camino a agravarse. Pero el llamado telefónico de Vladimir Putin a Barack Obama del pasado viernes parece haber abierto un espacio para la diplomacia. Esto ocurrió mientras Rusia acumulaba tropas en la frontera con Ucrania, sugiriendo así que podría intentar otro zarpazo sobre la integridad territorial del país vecino.

Los cancilleres de los Estados Unidos y Rusia, John Kerry y Sergei Lavrov, tienen ahora el delicado encargo de negociar una alternativa de contención que sea potable para todos. Estabilizadora, entonces. Con el telón de fondo relativamente tranquilizador de las declaraciones de Vladimir Putin al Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, en el sentido que no hay por parte de Rusia “intención de invadir nuevamente a Ucrania”. Las que fueron reiteradas expresamente por el propio canciller ruso, Sergei Lavrov.

Rusia ha puesto sobre la mesa sus condiciones. Son pocas. Y poco flexibles. Que Ucrania sea un país neutral. No alineado, entonces. A la manera de Finlandia o Austria. Esto es que no sueñe siquiera con ingresar a la OTAN. Que, además, adopte una estructura constitucional federal. Y acepte esa debilidad, que mañana Rusia podría aprovechar para intentar otra aventura expansionista. Que se proteja la identidad de las minorías rusas en Ucrania. Esto último tiene principio de ejecución, desde que el gobierno provisional ucraniano ha vetado la provocativa -e inoportuna- norma en virtud de la cual desde el Parlamento se había eliminado el ruso como segundo idioma oficial de Ucrania.

Las conversaciones entre las dos grandes potencias están en curso. Suceden cuando la propia Ucrania, desde la deposición del corrupto ex presidente Viktor Yanukovich, no tiene autoridades cuya legitimidad pueda ser reconocida por todos. Sólo posee un gobierno interino, de transición. Débil, entonces.

En rigor, Ucrania va, como debe ser, camino a elecciones nacionales, que tendrán lugar el próximo 25 de mayo. En ellas se enfrentarán, por ahora, varios contendores.

Entre ellos, un billonario fabricante de chocolates: Petro Olekseyvich Poroshenko, de 48 años. Dueño de “Roshen”, una gran empresa chocolatera ucraniana, con presencia en Rusia. Un hombre serio y respetado, que participó en las protestas de la Plaza Maidan, en Kiev. Aquellas que tumbaron a Yanukovich. Poroshenko es un hombre de centro y un no violento. Hoy es, además, claramente proeuropeo. Con una amplia experiencia política, desde que ha sido diputado. Fue proruso en sus comienzos. A partir de 2001 militó en la Revolución Naranja. Además, ha sido canciller, ministro de Economía y Presidente del Consejo Nacional de Seguridad de su país. Apoyándolo, el campeón de boxeo Vitali Klitschko, que hasta no hace mucho fuera candidato presidencial, lo acaba de endosar, retirándose de la carrera. Aunque reservándose expresamente para competir por la alcaldía de Kiev.

Del lado de la oposición, aparece asimismo la ex premier, Yulia Tymoshenko, que acaba de salir de la cárcel, después de dos años y medio de duro cautiverio.

Poroshenko tiene hoy una amplia ventaja en las encuestas de opinión, la que debería crecer luego del apoyo de Klitschko.

A ellos dos se agrega un seguidor del depuesto Yanukovich. Otro billonario. En este caso, Mikhail Dobkin, proruso. Tiene pocas posibilidades de ganar, particularmente luego de la unificación de las dos principales fuerzas políticas opositoras proeuropeas.

La conducta del Vladimir Putin ha dejado claro que tiene resentimientos contra Occidente derivados de la derrota que Rusia sufriera en la Guerra Fría. Fenómeno que Putin siente como una verdadera humillación y al que ha denominado “la peor catástrofe geopolítica del siglo XX”.

 

A lo que suma su preocupación estratégica por la expansión de la OTAN en torno a su país, que incluye a ex miembros del Pacto de Varsovia. Por ello Putin aspira a conformar una “zona de influencia” con las naciones vecinas, con Rusia como eje. Para esto Putin tiene un horizonte de mediano plazo.

En los últimos tiempos ha sumado algunos éxitos que parecen haberlo envalentonado. Como el rescate de Bashar Assad, en Siria, y el haber acogido -desafiante- a Edward Snowden. Por ello la revista Forbes lo destacó -el año pasado- como “el hombre más poderoso del mundo”.

Además de Ucrania, Rusia ha invadido militarmente a Georgia en 2008, donde sus tropas aún ocupan los dos enclaves rusos. Los de Osetia del Sur y Abkhazia. Ha asimismo forzado a Armenia a alejarse de la Unión Europea. Y ahora amenaza a Moldova por Transnistria, otro enclave ruso en el exterior.

Como actor central de la comunidad internacional, con lo sucedido en Crimea Putin ha perdido credibilidad. Restablecer la confianza hoy extraviada no será nada fácil. Ni ocurrirá rápidamente. Porque detrás de su cara impávida está claro que existe un huracán nacionalista. Hablamos de un hombre audaz, al que se le ha perdonado hasta el hecho de haber plagiado su tesis de graduación como abogado, según cuenta Masha Gessen, en su excelente biografía del líder ruso, escrita en 2012 El hombre sin cara. El improbable ascenso de Vladimir Putin.

Lo cierto es que, como consecuencia de lo sucedido en Ucrania, hay cosas que parecen haber cambiado.

Por ejemplo, la aletargada OTAN puede haber recuperado su razón de ser. La alianza militar de 28 estados para su defensa colectiva iba camino a una reunión a celebrarse en septiembre, en Gales, donde iba a discutir su futuro, que hoy parece estar algo más claro. Porque la anexión de Crimea a Rusia puede haberle dado una nueva “razón de ser”.

Dos de sus miembros más jóvenes han decidido duplicar sus presupuestos militares, llevándolos al 2% de los gastos totales. Ellos son Latvia y Lituania, muchos de cuyos habitantes tienen aún presente el horror de su existencia durante la era soviética.

Hasta el totalitario y estalinista presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, preocupado, se refiere ahora a lo sucedido en Crimea como a algo que ha sentado “un mal precedente”. Ocurre que sabe que el memorando por el que, en Budapest, en 1994, Rusia garantizara su respeto a la integridad territorial de Ucrania, ha quedado en el olvido. Y que Rusia se ha auto asignado el derecho de intervenir militarmente cada vez que cree que hay una minoría rusa en el exterior a la que no se respeta. En Bielorrusia hay un 11% de población rusa y el 70% de la gente habla ruso. Bielorrusia, como Ucrania -cabe recordar- entregó también su arsenal atómico, a cambio de una garantía idéntica a la que recibiera Ucrania con relación a su integridad territorial, hoy hecha añicos.

Europa sabe ahora que debe apuntar seriamente a cortar su dependencia energética de Rusia. No sólo porque Rusia cierra esa canilla cuando quiere. Como sucediera en 2009. También porque advierte que es demasiado vulnerable frente a una potencia que no inspira confianza puesto que no respeta el derecho internacional.

En Crimea misma, la minoría tártara ha sido objeto de intimidaciones. Sabe que está en peligro. Hablamos del 13% de la población de la península, cuya religión es la musulmana. Maltratada y expulsada en tiempos de la Unión Soviética, cuando gobernaba José Stalin, que los acusó de haber colaborado con los nazis, está nuevamente intranquila.

Rusia, después de lo sucedido en Crimea, estará aislada de la comunidad, por un rato. Ya ha sido excluida del G8 -el club más exclusivo del mundo industrializado- al que pertenecía desde 1998. Porque su conducta es inaceptable para ese grupo. Particularmente cuando de responsabilidades compartidas se trata. Lo que supone que Rusia puede haber dejado de pertenecer a la categoría -no escrita- de “país normal”. Lo que es grave.

A todo ello se suman las tibias sanciones impuestas a algunos de los rusos a los que se tiene por co-responsables de lo sucedido en Ucrania. Así como a una entidad financiera a la que se considera vinculada con lo más alto del poder en Rusia.

Habrá también que ver cómo se comporta, en más, Rusia en las negociaciones entre la comunidad internacional e Irán respecto del programa nuclear del país persa. Las conversaciones, es cierto, siguen por ahora adelante en Viena, sin que Rusia haya abandonado su actitud constructiva. Pero su representante no pudo evitar una amenaza velada, aludiendo a que esas conversaciones son parte de “un juego a escala mundial”. Y que Rusia “podría cambiar de actitud”.

Rusia, por lo demás, no está económicamente bien. Ya no crece al ritmo del 7%, sino al 1,3% anual y enfrenta una fuga de capitales a un ritmo de 60 billones de dólares por año. El rublo ha perdido, en dos años y medio, un 11% de su valor frente al dólar.

Pero no nos engañemos. El futuro de Ucrania depende sustancialmente de ella misma. Está financieramente quebrada. Por la acumulación de años de mal manejo y corrupción. Recibirá un paquete de ayuda financiera del orden de los 27 billones de dólares, incluyendo los 18 billones de dólares que le suministrará el FMI. Sus líderes no pueden usarlo irresponsablemente, como hicieron con los seis “stand-by” recibidos por Ucrania del FMI entre 1995 y 2010. Deberán ordenar la casa. Esto es recortar gastos, eliminar subsidios, llevar los precios de los servicios a niveles razonables y flexibilizar sus cepos cambiarios. Por sobre todas las cosas, deberán gobernar con honestidad, en una oportunidad que no será nada fácil de repetir si se la dilapida.

Para Ucrania es hora de construir. Con orden y seriedad. Sin caer en extremismos. Respetando a las minorías. Abriéndose al mundo, sin exclusiones. Edificando, paso a paso, al país del futuro. Con una conducta eficiente y, por sobre todas las cosas, responsable. Algo que lamentablemente ha estado ausente en Ucrania desde 1991, cuando se separara de la Unión Soviética.

Para la comunidad internacional, a su vez, es hora de recordar y no repetir los errores cometidos en los acuerdos de Munich con Adolfo Hitler, en 1938, y de Yalta con José Stalin, en 1945.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

La paz y la libertad son el camino

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 10/3/14 en: http://www.hoybolivia.com/Blog.php?IdBlog=39694&tit=la_paz_y_la_libertad_son_el_camino#.Ux2bB0EjYQw

 

Inicialmente, entre los jefes de Estado y de Gobierno convocados para acordar una postura común de la Unión Europea (UE), con respecto a la crisis desatada en la península de Crimea, se han visto adhesiones en torno a dos bloques: el liderado por Reino Unido, siguiendo el trazo de EE.UU., que pretende sanciones sobre Rusia si prosigue en su despliegue de tropas, y el segundo, encabezado por Alemania, que propone mayor diálogo con el Gobierno ruso. Los líderes europeos discutían, entre otros asuntos, el apoyo económico y financiero a Ucrania para contribuir a evitar su bancarrota, si logra cerrar un acuerdo con el FMI.

Como respuesta, los senadores rusos han amenazado a Occidente que, si se decide a introducir sanciones contra Rusia, el daño será para ambas partes, como ya lo había advertido el presidente, Vladímir Putin, en su encuentro con un grupo de periodistas. En esta línea, el Consejo de la Federación (nombre oficial de la cámara alta rusa) está elaborando un proyecto de ley que permita al Kremlin, en caso de que sea necesario tomar medidas en respuesta, hasta confiscar los bienes, activos y cuentas de las compañías europeas y estadounidenses que funcionan en Rusia.

Viene bien recordar que ningún conflicto resuelve problemas: los agrava. Por caso, Cuba hoy no sería la dictadura férrea y aislada que es de no ser por la sanciones promovidas por EE.UU., que aíslan al pueblo cubano y lo encierran en su laberinto. Por el contrario, si la UE quiere salvar a Ucrania debe levantar unilateralmente toda restricción al movimiento de personas, bienes, capitales y servicios desde y hacia ese país logrando una fuerte integración que terminará por “ganar la guerra” de modo pacífico. Siendo que paz y libertad son sinónimos, en cuanto que es necesaria la coacción violenta –con las tensiones que conlleva- para limitar estos movimientos. En cuanto a los US$ 15.000 millones ofrecidos por la UE, más los 1.000 millones por EE.UU., son solo limosnas que no van al fondo.

De más está decir que la alternativa de un conflicto armado es ridícula. Es increíble, patético y hasta tragicómico que, a esta altura del desarrollo tecnológico y científico, todavía existan personas incapaces de analizar la historia de modo serio y objetivo y verificar que jamás una contienda armada obtuvo un saldo positivo. La idea de que las guerras pueden ser beneficiosas es tremendamente errónea. Sí es cierto -y esto provoca grandes confusiones- que precisamente los menos violentos –los mejores, los más justos- son los que suelen ganar las batallas. Pero la verdad final es que el conflicto pudo haberse resuelto, con superiores resultados, aplicando todo lo contrario a una acción militar: más libertad y, su sinónimo, la paz.

Ni siquiera la hollywoodense Segunda Guerra Mundial (SGM) consiguió su objetivo de “terminar con la tiranía”. Por el contrario, luego de más de 60 millones de muertos y un elevadísimo costo en destrucción del mercado y cercenamiento de libertades, sustituyó a un tirano, Hitler, por otro, Stalin, que desparramó globalmente el marxismo y la guerra fría. Otro sería el mundo hoy, probablemente sin Cuba y sin muchos populismos al estilo chavista, de no haber existido la SGM. Y la sangrienta –y no electa- tiranía soviética luego cayó por la vía pacífica, demostrando que Hitler, mucho menos poderoso que la URSS, hubiera caído pacíficamente y más rápidamente.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.