El conflicto entre Rusia y Ucrania divide a la Iglesia Ortodoxa

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 1/11/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2187438-el-conflicto-rusia-ucrania-divide-iglesia-ortodoxa

 

Ucrania está convulsionada y dramáticamente dividida. Su gobierno central controla
sólo la mayor parte de su territorio, con excepción de buena parte del mismo que está,
desde hace cuatro años ya, en manos de separatistas cuyas propuestas incluyen la de
volver a integrarse con la Federación Rusa. Hablamos del este del país.
El tema no es sólo político y no tiene que ver únicamente con la soberanía sobre
espacios territoriales concretos. También conforma -como veremos- una difícil
cuestión religiosa que afecta muy seriamente a la Iglesia Ortodoxa. Por su
envergadura confesional, que no es demasiado distinta a la reforma protestante
ocurrida hace ya cinco siglos.
En Ucrania, más de las dos terceras partes de la población pertenece a esa Iglesia.
Pero, en función de acuerdos que llevan más de tres siglos de vigencia, buena parte de
los ortodoxos ucranianos han estado, religiosamente, bajo la autoridad del Patriarca
de Moscú que, naturalmente, ahora está siendo cuestionada.
La Iglesia Ortodoxa, a diferencia de la católica, no tiene un Patriarca supremo. Nada,
ni parecido, al Papa de los católicos. Cada Patriarca es considerado supremo en su
propia jurisdicción. Cada Iglesia Ortodoxa es entonces -por definición- «autocéfala»,
es decir, esencialmente independiente.
Todos los Patriarcas ortodoxos se consideran entonces como líderes que están a la par,
con excepción de un tema crucial: aquel que tiene que ver con la determinación y
extensión de sus respectivas jurisdicciones, respecto del cual el Patriarca de
Constantinopla dirime históricamente los conflictos y diferencias. Hoy es el Patriarca
Bartolomé, basado en la ciudad de Estambul, sede patriarcal desde que
Constantinopla -en su momento- se transformara en la capital del Imperio Bizantino.
El fuerte conflicto político y militar entre Rusia y Ucrania generó tensiones muy
ríspidas dentro de la Iglesia Ortodoxa ucraniana. A punto tal, que ella decidió
separarse del Patriarca de Moscú y transformarse en un Patriarcado autónomo. Para
ello -como era de suponer- solicitó la opinión al mencionado Patriarca Bartolomé
quien -luego de convocar a un sínodo «ad hoc» de tres días- dictaminó, sin mayores
demoras, en contra de Moscú, reconociendo autonomía completa a la Iglesia Ortodoxa
ucraniana basada en la ciudad de Kiev, donde precisamente naciera -en su origen- la
propia Iglesia Ortodoxa.
Las tensiones entre Rusia y Ucrania han generado un cisma entre las iglesias
ortodoxas de ambos países, ahora reconocido como tal por el mencionado Patriarca
Bartolomé.
Para el Patriarca Ortodoxo de Moscú, ello supone una derrota evidente. Los lazos
entre el Patriarca de Moscú, Kyril I, y Vladimir Putin, no sólo son estrechos, sino
sumamente ostensibles. Por esto, todos los líderes ortodoxos en Moscú rechazan la
decisión del Patriarca Bartolomé, al que ahora -de pronto- no consideran como el
primer Patriarca entre iguales.
La Iglesia Ortodoxa está dividida en 14 regiones, algunas de las cuales coinciden con
naciones de Europa Oriental y otras con las viejas regiones del Imperio Bizantino. En
Ucrania existen parroquias que conforman nada menos que un tercio de aquellas que
el Patriarca de Moscú considera que están bajo su jurisdicción directa. El tema,
aunque esencialmente religioso, tiene claramente una complicada arista económica,
desde que tiene que ver con quién es finalmente el propietario de las iglesias, los
conventos, y otros inmuebles de la Iglesia Ortodoxa.
Para Vladimir Putin, al haberse extinguido los elementos sobre los que -en tiempos
del comunismo- se edificaba culturalmente su nación, todo lo que hoy suponga valores
religiosos capaces de unificar socialmente y de conformar el núcleo central de una
nacionalidad tiene una enorme importancia.
La Iglesia Ortodoxa, recordemos, nació en 1054, cuando el Imperio Romano se dividió
entre Oriente y Occidente. La Iglesia Ortodoxa ucraniana, por su parte, ha estado bajo
la jurisdicción del Patriarcado de Moscú desde 1686. Desde hace más de tres siglos,
entonces. Por esto último el tema es urticante.
La tensión religiosa entre Rusia y Ucrania en el seno de la Iglesia Ortodoxa
inevitablemente se ha extendido a varias otras naciones del este europeo. Entre ellas,
a Serbia, cuya iglesia ortodoxa es muy cercana a la de Moscú, ciudad a la que
considera como una tercera Roma. Y a Grecia, donde los ortodoxos tienen gran
vinculación no sólo con sus pares serbios, sino con el propio Patriarca de Moscú.
Hasta en el importante monasterio del Monte Athos las opiniones están divididas. La
reciente anulación por parte del Patriarca de Constantinopla de la dependencia de la
Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarca de Moscú ha provocado también remezones
en Bielorrusia y Lituania que, por su parte, han sido históricamente más cercanas al
Patriarca de Kiev.
Todo un complejo entuerto de poder en el ámbito religioso ha estallado, afectando la
convivencia pacífica en el interior de la Iglesia Ortodoxa y abriendo grietas profundas,
que no será nada fácil cerrar. Particularmente cuando, en el plano de lo religioso, las
emociones suelen estar a flor de piel.
Lo que sucede en Ucrania genera ciertamente desconfianza externa respecto de la
Federación Rusa. Más allá de la Iglesia Ortodoxa. Muy especialmente porque otros
episodios recientes han provocado también preocupación en Occidente. Me refiero a
los envenenamientos recientes en Salisbury, de los que habrían sido partícipes espías
rusos, y al descubrimiento, también reciente, de centros de espionaje rusos en
territorio de Holanda.
En idéntico sentido, también generan nerviosismo las constantes provocaciones de
aviones y naves militares rusos, en diversas fronteras y espacios aéreos que parecen
haberse transformado en una suerte de peligrosa constante. Estas actitudes
conforman un clima de tensión nuevo, que recuerda al que en su momento existiera
entre la Federación Rusa y las naciones occidentales, cuando la llamada Guerra Fría.
Las consecuencias de esas provocaciones pueden ser graves. Sin ir más lejos, la ilegal
ocupación rusa de la Península de Crimea generó enfrentamientos armados en el este
de Ucrania con un saldo terrible de 10.000 muertos, del que pocos hablan. De
aquellos que son imposibles de olvidar.
Para hacer las cosas aún más complejas Ucrania aspira abiertamente a poder ser
miembro de la OTAN. A la manera de presunto «seguro» de que no volverá a caer bajo
el poder ruso. Esa aspiración, sin embargo, no se ha concretado. Quizás porque ella
supone trasponer una «línea roja» para Vladimir Putin, quien sostiene que el ingreso
de Ucrania a la OTAN equivaldría, para Rusia, a un «acto de agresión».
Complementando el tumulto en el plano religioso, la Iglesia Ortodoxa de Macedonia
acaba de reclamar que se reconozca su propia independencia.
Mientras todo esto sucede, el gobierno norteamericano no acepta la legitimidad de la
ocupación rusa de Crimea y Sebastopol y, por ello, mantiene duras sanciones
económicas impuestas por la Casa Blanca contra la Federación Rusa.
Hasta 2014, Ucrania tenía un gobierno pro-ruso. Estaba encabezado por Viktor
Yanukovych. El expresidente ucraniano -asediado por las masivas protestas callejeras huyó
de su país en febrero de 2014 y desde entonces está refugiado en la Federación
Rusa, lo que es toda una señal. «Real politik», entonces. Hasta en los ambientes
religiosos, lo que conforma una realidad propia del agitado tiempo en que todos
vivimos.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y fue Vice Presidente de ESEADE.

La política exterior de Vladimir Putin en Medio Oriente

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 3/3/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1875839-la-politica-exterior-de-vladimir-putin-en-medio-ambiente

 

Es cierto, la economía rusa está en mal estado. Ello es consecuencia de la fuerte caída de los precios internacionales del petróleo crudo y del gas natural. La gente en Rusia está tensa, nerviosa, preocupada. No obstante, al menos por el momento, ello no parece haber debilitado a Vladimir Putin, cuya popularidad y liderazgo continúan intactos.

Ocurre que el líder ruso ha capitalizado con éxito los resultados de su política exterior, particularmente en Crimea y Sebastopol; pero también en Medio Oriente, utilizándola para encender -y alimentar- el nacionalismo en una nación que aún siente nostalgia por la pérdida de la preeminencia que tuviera en tiempos de la Unión Soviética.

En Medio Oriente, Rusia ha demostrado que sus fuerzas armadas, contra lo que algunos suponían, están en un gran nivel de preparación y condiciones operativas y que su armamento está lejos de ser obsoleto, como otros sostenían.

Sus aviones militares realizan más operaciones en un día (hasta 96) que las de la coalición internacional liderada por los norteamericanos en todo un mes. Lo hacen, además, con eficiencia. Sus misiles de larga distancia, disparados desde el Mar Caspio, esto es desde más de mil kilómetros de distancia, dan en los blancos con precisión y cumplen las funciones tácticas para los que se los utilizó. Sus defensas antiaéreas, con tecnología de punta, disuaden a los demás de volar en su cercanía o ignorarlas. Están instaladas en Latakia. Como en Crimea y Kaliningrado, generando respeto.

Hasta Israel las evalúa con sumo cuidado, pensando en la pesadilla operativa -y estratégica- que supondría que ellas (llamadas S-400 o Triumph) cayeran en manos de Irán o de sus aliados, afectando negativamente la primacía aérea israelí. Lo que ya no es imposible para un Irán que, liberado de las sanciones económicas que lo afectaran, nada en efectivo. A lo que se agrega que Rusia está además usando otros equipos electrónicos eficazmente, con los que virtualmente neutraliza a los radares y satélites norteamericanos.

Putin ha desplegado una estrategia audaz, cuya tenaz implementación luce impecable. Ilegal quizás, pero efectiva. Su presencia militar en Siria ha sido determinante para la supervivencia del régimen de los Assad, también apoyado por Irán, que ahora opera contra los insurgentes, en lo que puede ser un momento «bisagra» en la guerra civil siria. Por ello, de asediado y debilitado, el gobierno sirio ha pasado a presionar a los insurgentes.

Lo cierto es que desde que la presencia militar rusa en Siria se materializara, la guerra civil de ese país parece haber cambiado de rumbo. Lo que lucía como un inevitable final amargo para el clan Assad, se ha transformado ahora en una situación de equilibrio. La permanencia en el poder de un régimen que no ha vacilado en usar armas químicas contra su propio pueblo en lo que supone un crimen de guerra de magnitud inaceptable para la comunidad internacional ya no luce imposible.

El cambio de rumbo es tan grande que hasta las conversaciones de paz que tuvieron lugar en Ginebra bajo el patrocinio de la ONU y con el beneplácito norteamericano, debieron suspenderse cuando la aviación rusa abriera paso a las fuerzas de Assad que avanzan en procura de reconquistar Alepo, la segunda ciudad siria que ha estado por largo rato en manos de los insurgentes, en lo que podría ser una victoria significativa, capaz de alterar el rumbo del conflicto.

La ciudad vieja de Alepo, una joya medioeval de valor incalculable, ha sido dañada severamente por los bombardeos e incendios. Hasta el minarete de la Gran Mezquita ha sido derrumbado. Para el patrimonio cultural del mundo, una pérdida irreparable. Una más en la devastada Siria.

A pesar de los dichos del presidente Obama, los días de los Assad, gracias a Rusia e Irán no parecen hoy estar «contados». Las fuerzas insurgentes, muy divididas, cuentan con unos 36.000 combatientes de otros países, de los cuales unos 6.600 provienen de Occidente, pero su futuro está comprometido. Los rusos, de hecho, como hemos dicho, cambiaron la marcha de la guerra civil.

Para hacer todo más complicado y peligroso, particularmente para Turquía, su rival histórico, Rusia ahora apoya abiertamente a los kurdos en Siria, cuyas fuerzas se han lucido -como ninguna otra, hasta ahora- en la lucha en tierra contra el Estado Islámico. Sin embargo, la aviación turca los ataca desde el aire, con reiteración y eficacia relativa. Lo hace en procura de evitar que controlen el norte de Siria -en la región de Agaz- y, con ello, alimenten el separatismo de la importante población kurda en la propia Turquía.

La rivalidad histórica entre rusos y turcos está claramente en un nuevo punto de desencuentro. Y una chispa o un error podrían provocar una hoguera de dimensiones imprevisibles. En paralelo, Rusia ha vuelto a aproximarse al gobierno de Egipto con el que alguna vez tuviera una intimidad importante. Todo esto sucede frente a los ojos de los norteamericanos, de andar notoriamente vacilante en Medio Oriente.

Rusia sabe lo que quiere, tiene fuerza y está empleándola abiertamente. Arriesga y actúa con decisión. Lo que rinde frutos, alterando el equilibrio de poderes en la región. En apenas cuatro meses.

Todo esto ocurre mientras Irán (pese a sus desmentidos) también interviene militarmente en la guerra civil siria. Pese a todo, por el momento al menos, Rusia no se ocupa prioritariamente del Estado Islámico.

Las monarquías «sunnis», en cambio, se limitan a actuar (con suerte variada) en el conflicto yemení, conteniendo allí a los aliados de Irán: los «Houthis». Pero no están activas en Siria donde -más allá de las amenazas- sólo aportan dinero y armamentos a los insurgentes.

Occidente, por lo demás, no enfrenta a Rusia. Se resigna a verla actuar. Y, sin opciones, la deja hacer. Por momentos coopera con ella, cuando los intereses coinciden. Pero no la contiene. Quizás porque no puede hacerlo sin generar un escenario en el que las tensiones de pronto adquirirían otro orden y magnitud.

Luego de que el Consejo de Seguridad de la ONU lo aprobara, Siria vive un momento de paz: el de un cese el fuego que deberá durar por lo menos dos semanas y abrir un espacio para reanudar las conversaciones de paz, en Ginebra. Para la desgarrada población civil, un alivio momentáneo y una nueva esperanza de paz.

El proyecto de resolución aprobado unánimemente por el Consejo fue redactado sólo por Rusia y los EE.UU. Como en tiempos de la Guerra Fría.

Por ahora, el cese el fuego se respeta sustancialmente. Pese a algunas violaciones, más bien menores. No incluye al fundamentalismo del Estado Islámico y Al-Nosra, conflicto que parece ser conducido por otro andarivel.

En el terreno, el equilibrio de fuerzas entre el régimen de los Assad y los insurgentes se ha restablecido. Gracias a la acción rusa. Esto supone que hay ahora un marco adecuado para que las negociaciones de paz puedan avanzar. Ocurre que, nuevamente, hoy nadie tiene certeza de poder triunfar en una de las guerras civiles más crueles de la historia reciente.

Si el cese el fuego se mantiene, se abre la posibilidad de reducir la violencia que azota a Siria, que ya ha provocado más de 300.000 muertos, más de un millón de heridos y la crisis de refugiados más intensa desde la Segunda Guerra Mundial que está haciendo temblar a las instituciones y valores centrales de la Unión Europea. De lo contrario, la situación en Siria podría empeorar enormemente.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

La Argentina, «socia estratégica» de Rusia

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 18/7/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1709886-la-argentina-socia-estrategica-de-rusia

 

Después de la ilegal anexión de Crimea y Sebastopol por parte de la Federación Rusa, el presidente Vladimir Putin ha estado radiado por los países occidentales. Aislado, entonces. Más aún, dejado expresamente de lado por el G-7.

Además, su país ha sido recientemente objeto de nuevas sanciones económicas que se agregan a las que ya parecían haber hecho mella en el frío líder ruso. Ocurre que la economía rusa está empantanada, cerca realmente de la recesión, y que financieramente Rusia no es, para nada, inmune a las sanciones que se le han impuesto, que la lastiman. En especial, a la poderosa -y opaca- oligarquía empresaria que se mueve en torno al presidente Vladimir Putin.

Por esto Putin parece ahora haber cambiado de estrategia respecto de Ucrania. Por ello está siendo acusado por los separatistas ucranianos -recientemente desalojados militarmente de Slovyansk y virtualmente sitiados en Donetsk y Luhansk- de haberlos traicionado.

En los últimos días los discursos de Putin no han sido ni provocativos, ni pendencieros. Putin ahora habla -en cambio- de la necesidad de atender las urgencias humanitarias de Ucrania. Y de proteger las entregas de material militar avanzado, de origen ucraniano, del que las fuerzas armadas de Rusia, curiosamente, aún dependen.

Dejando de lado la agresividad que lo impulsara a apoderarse de Crimea y Sebastopol, Vladimir Putin ha estado desplegando una estrategia diferente. La de debilitar, todo lo posible, a Ucrania. Sin que se note demasiado.

Con esta política parece haber logrado que Ucrania se olvide de intentar pertenecer a la OTAN, por el riesgo de violencia que ese ingreso supondría. Mientras tanto, Putin apunta a que Ucrania tenga un gobierno efectivamente descentralizado, de modo de que los rusos que residen en el sudeste del país desde el fin de la Guerra Fría puedan defender mejor su propia identidad.

Putin sabe bien que el panorama político de Ucrania sigue siendo volátil y que, por estar económicamente quebrada, deberá llegar a un acuerdo con Rusia en materia de abastecimiento de gas natural, antes de que llegue el invierno, que allí es bien duro. Y que, en contrapartida, Rusia deberá asegurar que Crimea y Sebastopol obtengan el abastecimiento de electricidad, de agua y las provisiones que tradicionalmente llegan desde Ucrania.

Putin tiene, es cierto, todavía unos 40.000 soldados desplegados en la frontera con Ucrania. Sigue entonces con sus amenazas. Pero casi en silencio. Mientras tanto, en el plano económico, Rusia sufre una fuga de capitales de grandes proporciones. En los primeros seis meses de este año solamente, su fugaron al exterior nada menos que unos 75.000 millones de dólares.

Por todo esto, el tono de los mensajes de Putin ha cambiado. Pero no ha despejado la desconfianza que naturalmente Putin genera después de los inaceptables episodios de Crimea y Sebastopol.

Putin, que en el fondo es populista, sabe que su accionar en Crimea y Sebastopol tiene el apoyo de prácticamente el 80% de los rusos, encendidos en su nostálgico nacionalismo por el éxito -lleno de simbolismo- alcanzado por Putin. Pero sabe también que un 66% de sus connacionales no lo acompañará si ahora trata de extender la aventura militarista a otros puntos o regiones de Ucrania. Por esto, de la belicosidad abierta, Putin pasó a la estrategia de tratar de mantener débil al país vecino, de modo de poder presionarlo fácilmente en el futuro.

Con ese escenario como transfondo, Putin ha organizado su reciente gira diplomática por nuestra región. Ella ha incluido -brevemente- a nuestro país, al que -como consecuencia de una década de actitudes provocadoras y destempladas- pocos líderes del mundo occidental hoy visitan. El ruso sabe perfectamente que, entre nosotros, recoge aplausos.

Por eso, entre otras cosas, el apoyo de Putin al proyecto de Nuevo Banco de Desarrollo que se lanzó en la reunión de los Brics,en Fortaleza. Un ente financiero nuevo que aparece como desafío simbólico a la vetusta arquitectura financiera institucional del mundo. Para financiar proyectos de infraestructura con recursos del orden de los 100 billones de dólares; esto es con menos de la tercera parte de los recursos del FMI o de los del Banco Mundial. Y con un esquema financiero adicional, destinado a ayudar a sus miembros a afrontar eventuales crisis de balanza de pagos, que será de la misma magnitud, esto es de unos 100 billones de dólares, de los que China aportará 41 billones de dólares.

Pero, cuidado, los Brics están en evolución. Ya no idealizan, en conjunto, el rol del Estado en sus respectivas economías. Ni China, que crece al 7,6%. Ni ahora tampoco la India, que crece al 5% anual, pero que ha cambiado drásticamente de rumbo económico. Ni siquiera Rusia, que -con una economía sustancialmente abierta- crece anémicamente, a menos del 2% anual.

Esto es así aunque Brasil (que también crece poco, al 2% anual) y Sudáfrica (que, por su parte, crece al 2,5% anual) sigan todavía siendo bastante proclives a operar economías proteccionistas fuertemente conducidas por el Estado. No obstante, sus respectivas poco atractivas situaciones económicas sugieren que los cambios de rumbo están latentes también en sus dos horizontes.

El viaje reciente de Putin desde Cuba a la Argentina (cuya peculiar política exterior casi no ha recibido, como tal, comentarios a lo largo de una década por parte de los principales medios norteamericanos) ha sido objeto de cobertura en los Estados Unidos. Se destaca que estamos participando en el esfuerzo ruso por expandir su influencia en la región. Particularmente en el delicado capítulo de la cooperación nuclear, con fines pacíficos. Por esto Putin nos proclamó «socios estratégicos» de Rusia en la región. Como Cuba o Nicaragua.

A lo que se agrega que Rusia probablemente construirá en nuestro país una base para su sistema de observación por satélites (como lo está ya haciendo en la Nicaragua bolivariana de Daniel Ortega) y proveerá tecnología militar de distinto tipo a nuestras fuerzas armadas, incluyendo un paquete de equipos, aviones y helicópteros para las tareas que se realizan en la Antártida.

Respecto de nuestro país, cabe destacar la cita de los medios norteamericanos al comentario reiterado de nuestra Presidenta, cuando acusa sentenciosamente a Occidente de tener un «doble estándar». Presuntamente porque aprobó el referendo de las Malvinas y rechazó, en cambio, el de Crimea. Sin decir, claro está, que obviamente también hay claro «doble estándar» por parte de Rusia, que (al revés de Occidente) rechazó el referendo en las Malvinas, pero ayudó a organizar y, desde luego bendijo, el referendo similar realizado en Crimea. Y en su propia política, al haber votado de una manera en el Consejo de Seguridad y adoptar, en cambio, otra actitud fuera de ese ámbito.

Dos graves incidentes demuestran la amenaza a la paz y seguridad internacionales que supone la crisis ruso-ucraniana.

Los medios de comunicación del país del norte destacaron la poco común «cena-cumbre» organizada por nuestra Presidenta en honor de su huésped: Vladimir Putin. A la que invitó a buena parte de la más alta «crema» bolivariana regional.

En las últimas horas, dos graves incidentes demuestran la amenaza a la paz y seguridad internacionales que supone la crisis ruso-ucraniana. El derribo criminal de un avión de pasajeros de Malaysian Airlinesque sobrevolaba la tensa zona de Donetsk, todavía bajo investigación. Y el de un avión ucraniano por un caza ruso, en un acto de intervención rusa «directa» en el conflicto. La zona del conflicto es -queda visto- como un polvorín. Basta una chispa para generar explosiones descontroladas.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.