LA IMPORTANCIA DE LOS CONTRATOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Uno de los pilares de mayor peso en la sociedad abierta consiste en las relaciones contractuales. Desde que nos levantamos a la mañana se hacen patentes los contratos: abrimos la heladera, usamos el microondas, engullimos mermelada, tostadas y queso que son todos fruto de contratos de compra-venta. Tomamos un colectivo (contrato de transporte), llevamos a nuestros hijos al colegio (contrato de educación), si voy en el automóvil al trabajo cargo nafta (contrato de compra-venta de energía), lo dejo en una playa de estacionamiento (contrato de locación), llego al trabajo (contrato laboral), voy al banco (contrato de depósito) o solicito un crédito (contrato de mutuo), concedo una garantía (contrato de fianza), entrego una suma de dinero a una Fundación (contrato de donación), encargo aun funcionario que gestione un trámite (mandato) etc.

 

El contrato presupone la propiedad ya que significa intercambio de valores entre las partes para lo cual usan y disponen de lo propio o por encargo de terceros. Depende del valor de que se trate, el contrato puede ser escrito o tácito (de adhesión como, por ejemplo, cuando se adquiere un boleto en el subterráneo o una entrada al cine se presupone que la contrapartida del contrato es prestar el servicio correspondiente.

 

Como la característica medular de los bienes económicos es su escasez, es decir, no hay para todos, de lo contrario no serían bienes económicos y, como el aire, en este planeta en este momento simplemente se usa sin que se pague precio alguno. La propiedad y el precio son términos correlativos. No hay lo uno sin lo otro. Donde se ha abolido la propiedad no hay precios y, por ende, no hay posibilidad alguna de contabilidad ni evaluación de proyectos, situación que consecuentemente no permite saber cual es el estado de la economía: cuanto se consume de capital.

 

El respeto al contrato permite la civilización, la cual se ha derrumbado cada vez que los megalómanos de turno la han emprendido contra esta institución vital. En realidad, dejando de lado las horribles masacres, la falta de respeto al contrato explica la caída del Muro de la Vergüenza en Berlín: el caos económico que siempre repercute sobre aspectos cruciales de lo social.

 

Vía la asignación de derechos de propiedad,  las diferencias patrimoniales se van estableciendo según sean las votaciones diarias en el supermercado y afines. Como se ha reiterado tantas veces, el que da en la tecla sobre los gustos de su prójimo obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Las posiciones patrimoniales no son irrevocables, antes al contrario proceden de los gustos y preferencias del consumidor. Este proceso permite optimizar las tasas de capitalización que son la única causa de la elevación en el nivel de vida de la gente, muy especialmente de los más necesitados.

 

Por supuesto que este proceso no ocurre cuando operan pseudoempresarios que viene a expensas de los demás quienes son explotados por quienes acrecientan sus fortunas no por servir mejor a su prójimo sino merced a los privilegios que le otorga el poder de turno en un intercambio de favores siempre trubio.

 

En la medida en que los aparatos estatales intervienen en el mercado, en esa media se deteriora el contrato y, por tanto, necesariamente se va perdiendo el rumbo de la economía puesto que los operadores no cuentan con la información que se requiere para invertir o desinvertir en las distintas áreas.

 

Debilitar el contrato definitivamente destruye incentivos al atacar el derecho de propiedad. Por ejemplo, si no se asignan derechos de propiedad en un edificio los que viven allí actuarán en línea con “la tragedia de los comunes”, es decir, como lo que es de todos no es de nadie, habrá conflictos sin resolver entre los que habitan ese edificio (incluso los modales serán poco corteses e incluso la basura se tratará de modo muy poco conveniente en cuyo contexto todos se echarán la culpa recíprocamente y se tenderá a que nadie asuma costos al pretender ser free-rider del vecino). Sin embargo, si cada uno tiene su propiedad, el titular cuidará de lo suyo con esmero y, a menos que se trate de un ladrón para lo cual hay otras soluciones, no se inmiscuirá en lo ajeno e intentará lograr un clima de concordia.

 

El derecho de propiedad y, por tanto el cumplimiento del contrato son inseparables de la justicia ya que su definición clásica es el “dar a cada uno lo suyo” y también inseparable de la libertad ya que de este modo cada uno puede elegir como proceder con el fruto de su trabajo.

 

Varias son las teorías que atentan abiertamente contra la propiedad y los contratos. En primer lugar, la llamada teoría del “abuso del derecho” lo cual constituye una logomaquia ya que un mismo acto no puede ser simultáneamente conforme y contrario al derecho. Como ha dicho M. Planiol el abuso comienza cuando termina el derecho. M.A. Risolía a su vez subraya la peligrosidad de otorgar al juez la facultad de distinguir un abuso dentro de la misma regulación jurídica.

 

La teoría de “la lesión” está también en línea con el llamado “abuso del derecho” suponiendo una posible lesión aun dentro de la norma vigente (en todo caso si esto fuera así habría que sustituirla por otra norma a través del Poder Legislativo pero no otorgar al juez la posibilidad de modificar de facto la ley) y, a su vez, la teoría de “la imprevisión” difiere de la lesión respecto a la temporalidad (la lesión se juzga al momento de celebrarse el contrato, mientras que la imprevisión en un momento futuro porque una de las partes no previó lo que iba a ocurrir). J. A. Bibiloni ha escrito en este sentido que “no hay sociedad posible si por circunstancias no previstas se pretende resarcimiento. El contrato exige que el deudor respete sus compromisos, arruinándose si fuera necesario”.

 

En cuarto lugar, la teoría del “enriquecimiento ilícito” no en el sentido de quien se enriqueció con el fraude lo cual debe ser castigado sino en un sentido bien diferente: el que se enriqueció más allá de lo que el juez arbitrariamente considera excede “lo razonable”, situación que ignora el sentido mismo del contrato.

 

Finalmente, la novel teoría de “la penetración” por la que se sostiene que los accionistas de una sociedad anónima son responsables con sus bienes, respondiendo por los actos de la empresa de la que son copropietarios. Se consideran solidaria e ilimitadamente responsables por los actos de las personas de existencia ideal que han emitido los títulos, lo cual de hecho extingue la personería jurídica de las sociedades anónimas.

 

De más está decir que cuando nos referimos al derecho de cada cual no estamos aludiendo a la supuesta facultad de saquear al vecino, lo cual lamentablemente hoy día en no pocos lares estos pillajes se conocen como “nuevos derechos”, situación, claro está, que significa pretender un pseudoderecho contra el derecho, es decir, de arremeter contra el bolsillo del prójimo con el apoyo del aparato estatal. En otros términos, cuando se concluye que el sentido del monopolio de la fuerza es para garantizar y proteger derechos de los gobernados se alude principalmente al derecho de propiedad comenzando por el propio cuerpo, la libertad de expresar el propio pensamiento y el uso y disposición de lo adquirido lícitamente a través de contratos implícitos o escritos al efecto de intercambiar valores libre y voluntariamente entre las partes.

 

Antes he escrito parcialmente sobre lo que sigue pero ilustra nuestro tema de hoy. Cuenta Paul Johnson que le informaron a Jorge iv que su peor enemigo había muerto, “¿no me diga que finalmente ha muerto Carolina?” interrogó sorprendido el rey (aludiendo a su mujer, por lo menos oficialmente) a lo que el informante respondió “No su majestad, ha muerto Napoleón”. He aquí un malentendido. Salvo contadas excepciones parecería que estamos metidos hasta el tuétano en un tejido espeso de malos entendidos y conversaciones entre sordos. El segundero pasa rápido y no tenemos siete vidas como los gatos. ¿Estaremos destinados a repetir lo mismo ad nauseam una y otra vez? Si fueran errores, pero por lo menos nuevos, tendría la ventaja de generar debates que estimulan la imaginación. Pero repetir y repetir produce bostezos que entumecen al más despabilado e inquieto de los mortales. Siempre entre la ciénaga de la corrupción y los manotazos estatistas de los gobiernos que bajo una u otra etiqueta hacen más o menos lo mismo con distintas modalidades y modales.

 

Es que no hay magias. Seguramente sería atractivo que los problemas se pudieran arreglar con la mera expresión de deseos y con el decreto o decretazo. Pero, lamentablemente, las cosas no son así. Existen nexos causales que no pueden ignorarse sin pagar un precio muy alto. Rompiendo el termómetro no se baja la temperatura. Hay que tomarse el asunto con calma y analizar las causas de los males con un poco mas de enjundia. Subas incesantes en el gasto público, astronómicos incrementos en la deuda gubernamental y déficit fiscal incontenible, en el contexto de la degradación de organismos de contralor, “robos para la corona”, corrupciones de toda índole y una agraviante farandulización. Esto y no un movimiento mecánico explica las vueltas del péndulo. Afortunadamente hay signos de una revitalización de la justicia en diversos lares,  es de esperar que se confirmen para no limitarnos a repetir aquello de la herencia recibida.

 

Cuando éramos niños, nos han preguntado muchas veces “¿quiere que le cuente el cuento del gallo pelado?”. Si uno respondía “bueno” nos decían “No le digo que diga bueno, le pregunto si quiere que le cuente el cuento del gallo pelado”. Cuando uno replicaba “si” para introducir una variante, el interlocutor insistía “No le digo que diga si, pregunto si quiere que le cuente el cuento del gallo pelado” y así sucesivamente, no había forma de entrarle al asunto. No había diálogo posible. Esto está pasando hoy. Al repetir recetas anacrónicas y perimidas estamos contándonos el cuento del gallo pelado. Hay que salir de la trampa y retomar sendas que han dado resultado y que nos sacarán de encima el pesado lastre que llevamos. No está a nuestro alcance corregir los acontecimientos alejados, pero por lo menos pongamos un poco de entusiasmo para enmendar lo que tenemos a la mano. Como escribió Einstein “los problemas no pueden resolverse con quienes los han creado”.

 

Un modo de comenzar a revertir nuestros problemas consiste en respetar los contratos, lo cual conlleva otras consideraciones vitales para el futuro de la sociedad libre.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Los fondos buitres no existen

Publicado el 19 de Junio de 2014 en http://www.liberallibertario.org/home/index.php/prensa/archivo/565-los-fondos-buitres-no-existen

 

El economista y académico Guillermo Covernton, del Movimiento Liberal Libertario, destacó: “Los fondos buitres no existen. Hay distintos tipos de acreedores. Lo que tienen en común es que poseen deuda que el Estado Argentino emitió. Unos tienen menos capacidad de resistencia y prefirieron acordar los términos que el gobierno impuso unilateralmente, mientras que otros poseen más capacidad de incurrir en gastos y litigar”.

Para Covernton, un gobierno que cataloga de buitres a los tenedores de deuda está reconociendo que cuando emitió esos títulos estaba vendiendo carne podrida y, al admitir que ellos compraron deuda a muy bajo precio, no hace otra cosa que reconocer su absoluta incompetencia. “Si los títulos llegaron a valer tan poco, no hay justificativo para que el mismo gobierno no los haya comprado, cancelando así su obligación a una mínima fracción de su valor originario”.

Por su parte, el referente económico del movimiento liberal destacó que es una mala señal que la oposición y los medios caigan en la trampa de utilizar la terminología impuesta por el populismo. “Esto parece dejar en claro la corresponsabilidad de prácticamente todo el espectro político argentino, que festejaba cuando se repudió la deuda que ahora está en litigio. Practicamente todos los sectores estuvieron representados en esa fallida maniobra que ha destruido la credibilidad del Estado argentino en todos los mercados financieros y que exigirá muchísimos años de conducta antes de ser reestablecida”, manifestó.

“Es muy simple caer en un nacionalismo infantil, pero la ciudadanía debe comprender que este comportamiento se traduce en un perjuicio para los argentinos, ya que la historia termina con menos crédito e inversión, lo que significa menos trabajo y salarios miserables”, concluyó.

 

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía, Microeconomía, Economía Política y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Es director académico de la Fundación Bases.

 

La crisis en cinco actos:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 13/4/12 en: http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7229

En esta nota periodística ensayaré resumir los ejes centrales de esta nueva crisis iniciada en 2008 que, de un tiempo a esta parte, con mayor o menor rigor, tiene en vilo al mundo y que a nuestro juicio todavía no se ha develado en toda su magnitud.
Como los anteriores desbarranques, el origen se sitúa en los atropellos y descalabros de un aparato estatal desbocado que formula promesas de imposible cumplimiento, se entromete en los arreglos contractuales pacíficos entre las personas, manipula la moneda, el crédito y la tasa de interés en el contexto del inaudito sistema bancario de reserva fraccional administrado por la banca central, decreta disposiciones laborales que expulsan del mercado a los que más requieren de empleo, incrementa el gasto de modo astronómico, eleva el déficit fiscal a límites exorbitantes, aumenta el endeudamiento público a alturas inconcebibles para cualquier mente responsable y llena volúmenes y volúmenes con legislaciones, controles, regulaciones y reglamentos que asfixian la economía y relegan el derecho a meras declamaciones sin contenido y sin brújula ni parámetros extramuros de la norma positiva, en un contexto de aniquilación de la división horizontal de poderes.
 
Ese es el primer acto donde se sientan las bases de lo que luego indefectiblemente vendrá. El segundo acto, naturalmente consiste en el crujir de la economía que se nota con mayor intensidad en las grandes corporaciones, industriales, comerciales y financieras que amenazan con despidos en masa y con quebrantos de diversa envergadura.
 
En el tercer acto surge el pánico por la antedicha posibilidad de derrumbe en cadena de colosos del mundo de los negocios con lo que los gobiernos se abalanzan a forzar “salvatajes” en gran escala de aquellos emporios en dificultades, desde luego con recursos provenientes de aumentos adicionales en los gravámenes, con mayores presiones inflacionarias, contrayendo dosis mayores de deuda o haciendo uso de los tres canales simultáneamente.
 
El cuarto acto muestra una escalada de agitadas manifestaciones de “indignados” y otras protestas sindicales y sociales de diversa magnitud y violencia. Son los que sienten en sus bolsillos la severidad de la crisis que están financiando compulsivamente. Son los relativamente más débiles que no han tenido poder de lobby para recibir los mencionados “salvatajes” (por otra parte estas transferencias compulsivas de recursos no pueden generalizarse: siempre se llevan a cabo a favor de algunos y en contra de otros que son los que se hacen cargo de los platos rotos).
 
El quinto acto que tiene lugar en paralelo a las anteriores etapas estriba en el necesario apoyo logístico no solo de las políticas de la primera etapa (que muchos proponen acentuar) sino de las comentadas medidas de financiamiento forzoso. Estos se dividen en cuatro categorías. En primer lugar, los propios agentes gubernamentales que defienden lo hecho. En segundo término, los ideólogos keynesianos y socialistas y las nefastas burocracias internacionales y sus compañeros de ruta que alegan peligros de “crisis sistémicas” sin percatarse que de modo superlativo están contribuyendo a profundizar sus raíces y consecuencias. En tercer lugar, los integrantes de las grandes corporaciones y sus voceros que se mantienen a flote merced a lo ocurrido, sin asumir los costos por su ineptitud e irresponsabilidad, al contrario de los genuinos empresarios que operan en base a la satisfacción de sus clientes. Y en cuarto lugar, los usufructuarios de dividendos y rentas provenientes de esas empresas, quienes declaman en la sobremesa sobre el dolor de los relativamente más pobres pero les importan un bledo a la hora de recoger los frutos malhabidos, situación que es compartida también por buena parte de los administradores de carteras, concentrados y abstraídos en sus arbitrajes como si pudieran seguir con sus negocios con independencia de lo que ocurra en el mundo que los rodea.
 
Si se viera el proceso de la crisis en una secuencia cinematográfica se observaría en una punta a los mal llamados empresarios que acuerdan con el poder de turno y, en la otra, a los esquilmados en el fruto de sus trabajos, cual aspiradora gigante que succiona sus ahorros y carcome todas sus ilusiones. Pero lo llamativo del caso es que cuando estos explotados se quejan, piden más de lo mismo en cuanto a las políticas que precisamente los empobrecieron. Esto último se debe al nefasto clima educativo que hace de operación pinza: por un lado recetas socialistas, intervencionistas y estatistas y, por otro, la propaganda escolar y universitaria que en gran medida enseña que es buena la destrucción del derecho de propiedad y que la solución radica en el autoritarismo de un Leviatán cada vez más adiposo y hambriento, sin necesidad de  que las personas realicen esfuerzos ni asuman responsabilidades y afronten sus deberes.
 
Es de desear que la situación se revierta con el esfuerzo de quienes defienden los valores y principios de la sociedad abierta y combaten la prepotencia del sistemático e inmisericorde atropello gubernamental, paradójicamente encargado de proteger y garantizar los derechos de la gente, pero en los hechos convertido en el peor enemigo de las libertades individuales. Si esto no se revierte, el peso cada vez mayor sobre los más necesitados hará explotar por los aires todo vestigio de civilización. Es tragicómico en verdad que se pretenda responsabilizar de la crisis al inexistente capitalismo en una carrera desenfrenada por acentuar la desaparición de todo vestigio de aquel sistema.
 
Resulta indispensable que los estatistas asuman la responsabilidad por sus propuestas y no pretendan endosarla a corrientes de pensamiento que propugnan la libertad. Tal como ha escrito Antoine de Saint-Exupéry, que vale tanto para esto último como para los que se arrogan derechos sobre el bolsillo del vecino: “Un ser humano significa, precisamente, ser responsable”.
 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.