La competencia no necesita una ley que la defienda

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 2/10/16 en: http://economiaparatodos.net/la-competencia-no-necesita-una-ley-que-la-defienda/

Más que hacer una ley de defensa de la competencia, hace falta implementar las reformas estructurales necesarias para que las empresas puedan competir

Todo parece indicar que la llamada ley de defensa de la competencia va tomando fueza y se convertirá en ley. Uno de sus objetivos es la promoción y el fomento de la competencia, lo cual realmente resulta bastante insólito porque es justamente el estado el que hoy en día limita, frena, reduce y desalienta la competencia.

Por empezar, cuando se habla de competencia la lógica más elemental indica que el estado no debe establecer barreras a la entrada de nuevos competidores ni obstaculizar con su política económica la posibilidad de competir con productos importados a los productores locales. Los políticos creen que la competencia es cuestión de la burocracia y para eso prevén crear una serie de organismos burocráticos que lo único que conseguirán es incrementar el gasto público, por lógica consecuencia la carga tributaria y como corolario de la mayor carga tributaria reducirá la capacidad de competir de las empresas. Todo al revés de lo buscado.

Realmente no hay nada más absurdo que escuchar a la corporación política hablar de defensa de la competencia cuando ellos impulsan y votan restringir la competencia en el mercado electoral estableciendo restricciones cada vez mayores para que nuevos competidores puedan ingresar a la competencia electoral. La corporación política viene levantando cada vez más restricciones al ingreso de nuevos candidatos. Es más, en este mismo momento la corporación política está impulsando una ley de igualdad de género por el cual no por capacidad e idoneidad sino porque la ley así lo manda, el 50% de los puestos en las listas de candidatos tienen que ser ocupados por mujeres. Habrá que ver si es una ley de igualdad de género o ley del puesto para mi amante.

Pero volviendo al tema de la competencia de las empresas, aquí los pasos serían los siguientes. En primer lugar Argentina debería incorporarse el mundo estableciendo un arancel único para todos los productos. Es decir, la tasa del impuesto de importación sería la misma se importe una nave espacial o una camisa. Arancel único. Podría empezarse con un arancel del 12% e ir reduciendo ese arancel 1 punto porcentual todos los años hasta llegar a un arancel uniforme del 3 o 4 por ciento solo con fines de ingresos fiscal para el tesoro.

En el período de baja de arancel el estado debería reducir la carga impositiva para las empresas de manera que puedan ser competitivas. Con esta carga impositiva ninguna empresa puede competir. Ahora, claro que junto con la baja de la carga tributaria hay que bajar el gasto público. No es cuestión de transferirle al grueso de la población la mochila el estado bobo e ineficiente que tenemos con el impuesto inflacionario.

Otro punto que debería impulsarse para estimular la competencia, como pretende la ley, consiste en una profunda reforma laboral para que las empresas tomen más personal. La actual legislación laboral solo busca proteger a los que tienen trabajo y deja fuera del mercado laboral a quienes están desocupados.

Por supuesto que hay que tener disciplina fiscal para que haya moneda y pueda recrearse un mercado de capitales que permita financiar las inversiones y el capital de trabajo a tasas de interés compatibles con la actividad productiva. Eso requiere de un BCRA que se retire del mercado de LEBACs y, además, deje flotar libremente el tipo de cambio para que no se distorsione su cotización estimulando artificialmente las importaciones o las exportaciones.

¿Por qué es importante que la economía argentina se incorpore al mundo? Porque si en vez de producir para 40 millones de consumidores se produce para el mundo, las unidades producidas son mucho mayores y disminuyen los costos fijos por unidad producida. El sueldo de mi secretaria baja en relación a la cantidad de unidades producidas.

Al tener que producir más unidades se requieren más inversiones y aumenta la demanda de trabajo mejorando los salarios reales.

Por otro lado, cuando se busca estimular la competencia, lo que en última instancia se quiere lograr es beneficiar al consumidor. Por eso, la mejor manera de beneficiarlo es que con el fruto de su trabajo compre el producto qué él quiera, sea ese producto fabricado en Argentina o en el exterior. Es el derecho de los consumidores a usar el fruto de su trabajo como mejor le parezca.

En definitiva, más que hacer una ley de defensa de la competencia, hace falta implementar las reformas estructurales necesarias para que las empresas puedan competir entre ellas (eliminar barreras de entrada en el mercado interno) y competir con los productos que llegan del exterior e incluso salir a competir para poder exportar más. La idea es ser competitivos, no regular la competencia como pretende esa mal llamada ley de defensa de la competencia. Su nombre correcto, tal cual está, debería ser: ley para regular la actual y escasa competencia.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

La pobreza cero se consigue con apertura económica

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 27/12/15 en: http://economiaparatodos.net/la-pobreza-cero-se-consigue-con-apertura-economica/

 

Es abriendo la economía que se fuerzan inversiones y se termina con la pobreza

Uno de los argumentos centrales del macrismo, argumento que comparto, es que una de las prioridades de su gestión consistirá en llegar a la pobreza cero, y que para lograr ese objetivo hace falta crear más puestos de trabajo atrayendo inversiones. Es decir, no solo estoy de acuerdo en el objetivo, también estoy de acuerdo en la secuencia.  No es posible terminar con la pobreza sin previamente atraer inversiones. Es imposible combatir la pobreza en un país en el que todos los puestos de trabajo los crea el estado porque, en rigor, no son puestos de trabajo, sino que son subsidios para sostener a gente que consume y no produce riqueza. Una forma de mentir estadísticamente sobre la verdadera desocupación.

Confieso que me llamó la atención la afirmación del presidente Macri y luego de alguno de sus funcionarios sosteniendo que si las empresas no bajaban los precios iban a abrir la economía. Es decir, un intento por frenar la inflación vía una mayor oferta de bienes importados. Una advertencia del gobierno a los productores locales para que no subieran los precios.

Es que la apertura de la economía no es un instrumento para frenar la inflación. Cada herramienta económica sirve para objetivos diferentes. Pretender frenar la inflación abriendo la economía es como querer clavar un clavo con un destornillador.

La inflación se domina teniendo disciplina fiscal para poder tener disciplina monetaria. En otras palabras, la inflación se domina eliminando o bajando el déficit fiscal para que el BCRA no tenga que emitir tanta moneda para cubrir el rojo del tesoro. Nada tiene que ver la apertura de la economía en ese proceso.

La apertura de la economía sirve para hacer más eficiente la economía.  Con la apertura de la economía se logra forzar mayores inversiones para mejorar la calidad de los productos y bajar sus precios. En la medida que las empresas tengan que producir no solo para el mercado interno, sino también para exportar, aumentan los volúmenes de producción y bajan los costos fijos por unidad producida. Ejemplo, en una economía cerrada que produce solo para abastecer el mercado interno, el costo de la secretaria se divide por, digamos, 10.000 unidades producidas. En una economía abierta que apunta a exportar y produce 100.000 unidades, el sueldo de la secretaria se divide por esas 100.000 unidades. No hace falta ser Einstein para advertir que los costos fijos por unidad producida disminuyen y se hace más eficiente la empresa. Si uno traslada este criterio a toda la economía, mejora notablemente la productividad.

Además, para pasar de producir solo 10.000 unidades a 100.000 unidades, hacen falta inversiones y es así como se crean más puestos de trabajo, más demanda laboral y primero baja la desocupación y luego mejoran los salarios reales.

Es falso que primero haya que proteger a la industria nacional y luego abrir la economía para que compita. En la medida que un sector productivo sea protegido, no tendrá ningún interés para hacer inversiones y mejorar su productividad. Sabe que tiene un mercado cautivo al cual venderle productos de mala calidad y a precios más elevados. Cuando llega el momento de obligarlos a competir siempre saltan con el argumento de defender los puestos de trabajo, de protegerse de la invasión de productos importados y palabras que parecen reflejar más una guerra que una competencia económica.

Recuerdo que en los 90 tuve un fuerte debate por el famoso régimen automotriz que protegía a los productores nacionales. La restricción a las importaciones de autos era para todos los países pero el argumento para ponerle cupo a la cantidad de autos importados era que los coreanos hacían dumping social,  es decir, les pagaban poco a sus trabajadores. Los explotaban. La realidad es que, aun aceptando ese loco argumento, el cupo regía para los autos que se producían en cualquier país, con lo cual se suponía que los alemanes con el BMW, los suecos con el Saab, los italianos con el Alfa Romeo o los ingleses con el Rover, también hacían dumping social para destruir a los productores locales. Una versión modelo 90 del discurso k según el cual en Alemania hay más pobres que en Argentina.

Volviendo a las declaraciones de Macri y sus funcionarios del área, me parece que para frenar la inflación no hace falta hablar de la apertura de la economía como una amenaza hacia los empresarios. Solo hay que tener disciplina fiscal para lograr la disciplina monetaria que frene la inflación. Esa es la madre de todas las batallas contra la inflación. No la amenaza de abrir la economía.

Ahora bien, si el objetivo es ir a la pobreza cero, Argentina necesita grandes volúmenes de inversiones y esos grandes volúmenes no se consiguen para abastecer solo a un mercado interno de 40 millones de habitantes. La gran batalla contra la pobreza y la desocupación se gana con más puestos de trabajo para producir volúmenes de producción que apunten a abastecer al mundo. Para eso se necesita ser competitivo y ahí el estado tiene mucho para hacer.

El primer paso,  a mi juicio,  sería salir del MERCOSUR y establecer un arancel único para todos los productos. Digamos del 11 o 12 por ciento y hacer un cronograma de reducción anual de aranceles para forzar cada vez mayores grados de eficiencia.

Mientras tanto, el gobierno tendrá que eliminar las trabajas que le impiden a las empresas ser competitivas. Bajar el gasto público, la carga tributaria, eliminar la legislación laboral que encarece los costos de producción, generar una fuerte corriente inversora en infraestructura (trenes, rutas,  puertos, energía, etc.) para abaratar los costos de producción, eliminar trámites burocráticos y otras medidas por el estilo. Es decir, el estado debe dejar de ser un estorbo para el que produce y, como contrapartida, forzarlo a competir.

Si queremos cambiar en serio, Argentina tiene que generar un verdadero tsunami de inversiones para ir a la pobreza cero. Pero ese tsunami de inversiones se va a producir compitiendo con el mundo. No seguir mirándonos el ombligo y siempre poner un argumento para decir que no se puede competir.

Cambiar es hacer de la Argentina una gran exportador como lo fue a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. A diferencia de cambiar, Continuemos es seguir con este nefasto modelo de sustitución de importaciones.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Se necesita un doble plan económico

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 1/11/15 en: http://economiaparatodos.net/se-necesita-un-doble-plan-economico/

 

La habilidad de Cambiemos estará en lograr un plan económico que apague el incendio que deja CF y el rumbo de esta decadencia

Todo parece indicar que el kirchnerismo tiene perdida la batalla si estamos de acuerdo en que el 25 de octubre el voto mayoritario fue un categórico no a la continuidad del kirchnerismo. Si con la cantidad de puestos públicos que crearon, la catarata de subsidios que entregaron y el consumo artificial que impulsaron, el oficialismo perdió en la provincia de Buenos Aires y en la mayoría de las intendencias de la provincia, en Jujuy, en Santa Cruz y en Santa Fe, parece bastante claro que la gente dijo basta al kirchnerismo. El gran interrogante es si la gente le dijo basta al fondo del problema, a las formas del kirchnerismo o a ambas cosas.

Lo cierto es que sería un error pensar que la crisis que deja el kirchnerismo es una crisis aislada del resto de las crisis anteriores. En rigor es una crisis más en un proceso de la larga decadencia argentina producido por décadas de populismo. Tal vez el populismo extremo al que llegó el kirchnerismo opaque las anteriores etapas populistas, pero no hay que confundirse, esta crisis es producto de desbordes del gasto público, déficit fiscal, regulaciones, carga impositiva, etc. como todas las anteriores. Una vez más asistimos a un proceso populista que, luego de distorsionar los precios relativos y recurrir a todos los mecanismos de financiamiento de la fiesta populista, termina colapsando. Que el colapso final se lo dejen al próximo gobierno no quiere decir que no sea un colapso. Es más, no sería la primera vez que esto ocurre.

Pero decía antes que, a mi juicio, esta es una crisis más dentro de una larga decadencia. Si uno tiene en claro este tema, queda en evidencia que el problema heredado no se arregla solamente retocando el tipo de cambio, las tarifas de los servicios públicos o haciendo algunas correcciones en el sistema tributario. La realidad es que los fundamentos institucionales del país están tan podridos de populismo que se hace imposible reconstruir la economía argentina sobre estas bases. No vaya a ser cosa que si gana Macri, por limitarse a hacer solo retoques, terminemos en otra crisis al final del camino y con el regreso triunfante de la que generó este fenomenal descalabro u otro populista que continúe con el proceso de larga decadencia.

Se requiere, a mi juicio, entonces, un doble plan económico que tiene que estar perfectamente ensamblado uno con el otro. Un plan sería el plan contra incendio que es para enfrentar la herencia que dejará el kirchnerismo. Un poco por ideología e ignorancia y mucho por pura maldad, dejan serios problemas cambiarios, de tarifas de los servicios públicos, de altísimo nivel de gasto público junto con una presión impositiva que está destruyendo la actividad privada y encima déficit fiscal que genera expansión monetaria e inflación.

Por otro lado, hay que pensar en una estrategia de crecimiento de largo plazo para abandonar esta larga decadencia. Ello implica cambiar los valores perversos que imperan en la sociedad y que fueron potenciados por estos 12 años de populismo k. Me refiero a esa cultura que impulso el kircherismo de que unos tienen derecho a vivir del trabajo ajeno. Esa perversa idea que un grupo de personas tiene la obligación de mantener a una legión de gente que figura como “empleados” del sector público y planes sociales. Otros se sienten con derecho a no tener que competir y a que el estado les reserve una parte del mercado para ellos solos. Hay que cambiar esta cultura de creer que el estado puede hacer cualquier cosa con el contribuyente y cobrarle impuestos disparatados en nombre de la solidaridad social. Argentina tiene que ser competitiva en materia impositiva para atraer inversiones. Tiene que desregular la economía para generar inversiones competitivas que atiendan las necesidades de los consumidores. Inversiones que puedan abastecer el mercado internacional porque son eficientes y pueden competir. Es decir, salir de esta lógica de barrio que impulsa el kirchnerismo según la cual tenemos que darle la espalda al mundo y producir solo para el reducido mercado interno.

En su ignorancia supina, los k no terminan de entender que al producirse en cantidades reducidas solo para el mercado interno, el peso de los costos fijos es mayor por cada unidad producida. En cambio, si uno produce para el mercado interno y para exportar las unidades producidas son muchas más y, en consecuencia, los costos fijos por unidad se reducen. Ejemplo, el costo de la secretaria del presidente de la empresa pesa menos si se divide sobre 1000 unidades producidas que si se divide sobre 100.000 unidades producidas. Esta matemática tan elemental parece no entrar en el cerebro k, que luce estar limitado a los cantos desde el patio de las palmeras y a aplaudir los discursos más disparatados de los que puedan tenerse memoria.

Mi principal preocupación es que, de confirmarse la victoria de Cambiemos el 22 de noviembre, logre frenar el proceso a la chavización que impulsa el kirchnerismo pero subestime el incendio económico que deja el kirchnerismo y tengamos una crisis social y política que no permita salir de esta destrucción populista que domina la Argentina desde hace décadas. Es decir, que el descontrol de corto plazo impida cambiar el rumbo populista para iniciar el rumbo de un mercado libre, con disciplina fiscal,  monetaria y respeto por los derechos de propiedad.

El kirchnerismo deja un verdadero campo minado que puede evitarse y debe evitarse para no seguir en este populismo decadente. La habilidad de Cambiemos estará en lograr un plan económico que apague el incendio que deja CF y, al mismo tiempo, cambie el rumbo de esta decadencia. Enfrentar y controlar lo coyuntural y, al mismo tiempo, poner las bases sólidas de lo estructural para ser lo que fuimos cuando en nuestro país imperaron los principios de la constitución nacional de 1853/60.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

El costo de aislarnos del mundo

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/9/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1832109-el-costo-de-aislarnos-del-mundo

 

Uno de los grandes dramas de la economía argentina ha sido cerrarse al comercio mundial.

Aislarnos por miedo a competir. Aislamiento que trajo un creciente deterioro de la productividad y aumento de la pobreza.

Pero resulta que ahora no sólo se habla de sustituir importaciones, el nefasto mecanismo por el cual se somete al consumidor a la oferta de unos pocos productores locales que venden productos de baja calidad y a altos precios, sino que quieren inventar la pólvora lanzando la idea de sustituir exportaciones, entendiendo por tal cosa que en vez de exportar mercaderías hay que ponerle barreras a las exportaciones de esos productos para que se consuman internamente.

En rigor, este “invento” ya lo llevó a cabo el kirchnerismo limitando las exportaciones de carne para que se consumiera internamente. El resultado fue que se liquidaron 12 millones de cabezas de ganado vacuno y hoy comer carne es un verdadero lujo. La sustitución de exportaciones hizo que, finalmente, la carne fuera más cara y se perdieran miles de puestos de trabajo por la cantidad de frigoríficos que tuvieron que cerrar.

Lo mismo ocurrió con las restricciones a las exportaciones de lácteos, que derivó en el cierre de miles de tambos y familias enteras sin trabajo. O con el trigo, que al limitarse su exportación lo que se ha conseguido es que este año se siembre la misma cantidad de hectáreas que se había sembrado 100 años atrás.

Tomando datos de la Organización Mundial del Comercio, a principios del siglo XX las exportaciones argentinas representaban entre el 2 y el 3 por ciento del total de las exportaciones mundiales. Esta participación se mantiene hasta casi fines de la década del 40, es decir, el primer gobierno de Perón y un poco más allá del fin de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, comienza una continua declinación de nuestra participación en las exportaciones del mundo llegando en la actualidad representar solo el 0,4% del total de las exportaciones mundiales. En toda la década del 90 y de la era kirchnerista las exportaciones argentinas representan el 0,4% de las exportaciones del mundo.

Si la Argentina se hubiese integrado al mundo como lo hicieron, por ejemplo, Canadá y Australia, y mantuviésemos un 2,5% del total de las exportaciones del mundo, las exportaciones argentinas deberían ser del orden de los U$S 475.000 millones anuales en vez de los U$S 60.000 millones que se exportarán este año.

Quienes defienden la sustitución de importaciones y de exportaciones debería formularse la siguiente pregunta: ¿Cuántos puestos de trabajo y riqueza dejaron de generarse por aislarnos del mundo? ¿Cuánta pobreza creamos al aislarnos del mundo?

Los datos muestran que cuando nos integramos al mundo, fines del siglo XIX y principios del XX, el PBI por habitante crecía al 3,6% anual y que, cuando nos aislamos del mundo, empezamos a crecer a una tasa anual del 1 por ciento.

La brecha del ingreso per cápita entre la Argentina y otros países se fue agrandando en detrimento nuestro. De acuerdo a los datos de Angus Maddison, en la década del 40, cuando definitivamente nos aislamos del mundo, la Argentina tenía un ingreso per cápita que era un 113% más elevado que el de España. En 2010, último dato disponible de la serie de Angus Maddison, España tenía un ingreso per cápita que era un 64% más alto que el nuestro.

Si hacemos la comparación con Irlanda, nosotros teníamos un ingreso per cápita que era un 48% más alto. En 2010, los irlandeses tenían un ingreso per cápita que era 115% más alto que el nuestro.

En la década del 40% el ingreso per cápita de Australia era un 52% más alto que el nuestro. En 2010 la diferencia llegaba al 150%. Con relación a Chile, en la década del 40 nuestro ingreso per cápita era 36% más alto que el de nuestro vecino y en 2010 el ingreso per cápita de Chile superaba al de la Argentina en un 35%.

Al cerrar la economía, la competitividad disminuye porque al vender sólo al mercado interno los costos fijos aumentan por unidad producida ya que se produce sólo para 40 millones de personas, algo totalmente diferente a producir para miles de millones de consumidores que podríamos captar en el mundo. Al mismo tiempo, el volumen de inversiones que se necesita para producir sólo para el mercado interno es mucho menor al que se necesita si se produce para el mundo. La inversión es menor, los puestos de trabajo se generan en menor cantidad y la productividad es tan baja que deriva en salarios reales cada vez menores.

El primer suicidio económico de la Argentina fue aislarse del comercio internacional mediante la sustitución de importaciones. Como si esto no hubiese alcanzado, ahora quieren sustituir exportaciones, algo que de hecho ya ocurrió al perder competitividad y tener una decreciente participación en el comercio mundial.

De ser un desierto, la Argentina se transformó, a partir de 1880 con la consolidación nacional, en una potencia económica. Una ola de inmigrantes, que no venían a buscar un plan social sino a trabajar, llegó a la Argentina. El valor del esfuerzo y el trabajo imperaban en estas tierras. Las inversiones fluían y las exportaciones no paraban de crecer. Ese resultado no fue casualidad, hubo un marco institucional llamado Constitución Nacional de 1853/60 que fue la base sólida sobre la cual se construyó un país que era admirado en el mundo.

Es seguro que ese enorme potencial que tenemos para crecer puede repetirse. Por supuesto que no bajo la locura de la sustitución de exportaciones e importaciones ni del populismo depredador. Puede lograrse recuperando los valores que imperaron en la Constitución que nos legó Juan Bautista Alberdi, ese genio tan ignorando en estos tiempos y que nos indicó que la integración al mundo era el camino.

Por ignorar a nuestros sabios próceres como Alberdi tiene un costo. Y así nos va.

 

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.