Impacto visual, infantilismo, medios y educación

Por Gabriel Boragina Publicado  el 17/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/impacto-visual-infantilismo-medios-y.html

 

La necesidad popular de un líder carismático se proyecta en muchos ámbitos que exceden -por supuesto- el político.

La gente con débil personalidad, aunque tenga buena formación y lo -que para los parámetros habituales- se denomina un “buen nivel cultural”, demuestra cotidianamente su necesidad de tener un referente o un líder.

Algunos los buscan en la universidad o centro de estudios donde cursan. Otros, en sus empleos o trabajos, y finalmente, estás demandas terminan proyectándose en el ámbito político.

La necesidad y rastreo de un líder viene determinado -a mi juicio- por la falta de autoestima que convive o desemboca en una personalidad dependiente.

A pesar de tener ambos una fonética muy similar, dependencia e interdependencia marcan dos conceptos emparentados, pero en esencia disimiles.

Las personas de alta autoestima, amor propio, etc. son interdependientes. Las que carecen de esos atributos o son portadores de sus contrarios, conforman el grupo de los dependientes. Estos, por regla general, necesitan de un soporte externo o patrón que les indique en todo tiempo (o muy a menudo) cómo, dónde y de qué manera han de actuar, conducirse, pensar, hablar, etc. Sin este punto de referencia son incapaces de valerse por si mismos para todos esos menesteres. Esto no significa que el líder que ellos elijan para dichos fines haya de ser siempre el mismo. Porque si el líder de turno perdiera la capacidad de dirigir a otros, inmediatamente sus seguidores lo abandonarían e irían detrás de otro que demuestre si tener la condición de mando adecuada.

Encuentran esos sus tentáculos externos (fuera de los lideres domésticos que los gobiernan en sus áreas específicas) en el ámbito político, periodístico, y del mundo del espectáculo[1].

Otra de las características de estos temperamentos dependientes de débil personalidad es la grandísima influencia que tienen sobre ellos los medios audiovisuales, que es donde acuden ávidamente para encontrar esos apoyos idolátricos que necesitan para saber cómo deben pensar, decir y actuar. De allí, la alta demanda por parte de este tipo de personas de productos televisivos y audiovisuales en general.

Este es el perfil que doy en llamar infantil o infantilista[2]

Siempre me pareció muy revelador el contenido de los medios masivos audiovisuales que, como todo producto comercial, ofrecen al público lo que ese público demanda. Por ejemplo, lo que siempre consideré como un espacio deprimente y vulgar como es la televisión argentina, donde cada vez es más raro encontrar excepciones a esta regla (aunque hay 1 de cada 100) que juzgué y sigo entendiendo muy demostrativo en el sentido que vengo exponiendo.

No me refiero a los programas documentales, o aquellos canales como “National Geografic”, “Animal Planet”, “Discovery Channel”, o por el estilo. De hecho, el contenido de estos canales es consumido por gente con un contorno más independiente y -por consiguiente- muy minoritario.

Aludo, más bien, a los canales de noticias, policiales, espectáculos, etc. que son los de mayor audiencia o televidencia, y cuya característica encuadra, en su mayoría, en el prototipo infantilista[3], con las salvedades del caso.

El personaje infantilista necesita ver o escuchar programas periodísticos para darse cuenta de lo que está ocurriendo en el país y, por, sobre todo, está atento a lo que el periodista que se lo muestra le indica que debe pensar al respecto. Su antítesis, el independiente -en cambio- armado de un buen bagaje intelectual, simplemente está atento a lo que ve y escucha en su entorno, en su diaria actividad laboral y social (valga la redundancia) y analiza todo ello a la luz de lo que sus estudios profundos sobre tales cuestiones le sugieren. Su fuente primaria de formación son los libros y no los periódicos o los noticieros.

Las personas que tuvieron la suerte de tener una buena educación que les dio las herramientas para darse cuenta de cuando un país mejora o empeora son tan escasas como particularmente afortunadas, y son las más capacitadas para dirigir. Lo que -por supuesto- no dice nada de las condiciones morales de tales sujetos, quienes podrán emplear sus habilidades adquiridas para bien o para mal, dependiendo de su vocación de servicio hacia otros o, exclusivamente, hacia si mismo.

Es importante aclarar que una buena educación no significa cualquier educación[4].

Los individuos que apliquen dichos conocimientos a la realidad política y económica podrán entender que nada bueno podía suceder en ambos campos si, por ejemplo (en el caso argentino) el peronismo volvía al poder como lamentablemente sucedió después de la caída del ex-presidente De la Rúa. Poco importa si era el peronismo K o alguna otra variante de ese partido. Las herramientas para poder prever los acontecimientos sociales son -en mi opinión- poseer buenos estudios de economía, política, filosofía e historia (diría que, en ese mismo orden, aunque no es determinante). Pero insisto, no basta tener tales sapiencias, lo crucial pasa por el uso que se haga de los mismos. Lo cual -a su turno- requiere de otro tipo de erudiciones.

Muchas personas saben la diferencia entre lo malo y lo bueno, pero, a la hora de actuar, deciden aplicar lo malo en lugar de lo bueno si, en el caso, aprecian que tal proceder les acarreará a ellos (o a los suyos) beneficios concretos en el corto plazo. Por eso -antes dijimos- salimos del plano gnoseológico y entramos en el campo de lo moral.

Lo malo y lo bueno lo son siempre en el largo plazo, aunque en el corto plazo uno y otro pueden beneficiar o perjudicar a ciertos individuos o grupos. Por citar un ejemplo clásico: que un político se corrompa es bueno para él y malo para la sociedad en el corto plazo, pero en el largo plazo será malo para todos incluyendo al corrupto en cuestión, porque el día que ya no esté más en el poder también el sufrirá (como miembro de la misma sociedad a la cual estafó) las consecuencias económicas que los actos de corrupción acarrean (siendo bastante probable que las secuelas -en dicho plazo- sean aún más malas para el corrupto del ejemplo, en caso de que esa sociedad cuente con un poder judicial eficiente y justo, que envíe a la cárcel al corrupto en cuestión.

 

[1] Ver mi nota La política “farandular”

[2] Ver mi nota Discurso político y paternalismo

[3] Ver mi nota Paternalismo e infantilismo

[4]Véase mi libro La educación (una primera mirada)

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Dólar o Plazo Fijo: ¿es esa la cuestión?

Por Iván Carrino. Publicado el 5/1/16 en: http://www.elpuntodeequilibrio.com/Articulo/Vista/Dolar+o+Plazo+Fijo+es+esa+la+cuestion

 

Según el Banco Central, un dólar en 1940 costaba 4,37 pesos moneda nacional. En la actualidad, una unidad de moneda norteamericana se consigue por aproximadamente $ 13,5. Pero dado que un peso de hoy equivale a 10 billones de pesos moneda nacional de entonces, si nunca se hubiese cambiado el signo monetario, hoy habría que pagar 135 billones (135.000.000.000.000) de pesos de 1940 por cada billete emitido por la Fed.

Semejante aumento en el precio del dólar ha alimentado la idea de que los argentinos tenemos una adicción a la moneda yanqui. Sin embargo, detrás de este aumento aparece la brutal historia inflacionaria del país y la sistemática violación del derecho de propiedad.

La desconfianza en la moneda local es producto de su desvalorización permanente derivada de la monetización del déficit fiscal, una práctica que en Argentina se remonta al siglo XIX. La desconfianza en las instituciones financieras, por su parte, es el resultado de tasas de interés que son negativas en términos reales y, además, de sucesivos eventos traumáticos en donde la riqueza ahorrada se vio confiscada por medidas del gobierno como el “Plan Bonex” de 1989, o el “Corralito” de 2001.

En este contexto, la compra de dólares por parte de los argentinos no es más que una natural búsqueda de refugio frente a tan inclementes condiciones. La consecuencia, sin embargo, es que ese ahorro en dólares no tiene forma de ser canalizado hacia el sector productivo local, lo que restringe el crédito de largo plazo y, por tanto, la inversión y el crecimiento económico.

Ahora bien, a pesar de cargar con semejante historial, esto no quiere decir que a futuro tenga que pasar siempre lo mismo.

Si nos enfocamos en lo que sucedió después de la salida del cepo, hay dos motivos para la esperanza. Por un lado, el precio del dólar, que se mantiene estable en el entorno de los $13,5. Por el otro, el crecimiento de los depósitos a plazo fijo, que acumula $ 35.500 millones en el último mes y avanzó un 46,3% en términos anuales.

Lo que se extrae de estos datos es que los ahorristas están pensando que en 2016 la tasa de interés les ganará al dólar y a la inflación, algo que, dado el cambio de enfoque de la política económica y las declaraciones del presidente del BCRA, es probable que suceda.

Pero la cuestión no pasa por cuál alternativa será mejor en el corto plazo, sino más bien por si el nuevo gobierno será capaz de recrear un marco de confianza en que los argentinos no estemos pensando en cómo evitar que los gobernantes saqueen nuestra riqueza, sino en cómo invertirla de manera productiva.

Para esto se necesitará una mayor profundización de las medidas liberalizadoras tomadas hasta ahora (como la eliminación de retenciones, trabas para exportar, la reforma del impuesto a las ganancias o la desregulación de las tasas de interés de los bancos) pero también un ajuste por el lado fiscal, ya que ningún país puede crecer de manera sostenible si el estado gasta sistemáticamente más de lo que ingresa.

Si esto efectivamente sucede, podemos ilusionarnos con un país en crecimiento y un ahorro que se vea incentivado y dé sus frutos, no solo para los ahorristas, sino para el conjunto de la sociedad. Pero si el nuevo gobierno, por evitar hacer las reformas necesarias, elige el atajo y se enfoca nuevamente en el corto plazo, entonces nos veremos condenados a repetir la historia.

Es decir, a seguir agregándole ceros a los billones y trillones de pesos moneda nacional que habrá que poner para comprar un dólar.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Argentina, Australia, Canadá y la falta de perspectiva

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 22/8/13 en; http://economiaparatodos.net/argentina-australia-canada-y-la-falta-de-perspectiva-2/

Argentina, Canadá y Australia y los dichos de CFK

Cierta curiosidad causaron los recientes dichos de Cristina F. de Kirchner dando a entender que Argentina se encuentra mejor que Australia Y Canadá. No hace un análisis muy profundo para ver lo errado de dicha afirmación. No obstante, los dichos de Kirchner ofrecen una buena oportunidad para poner un poco de perspectiva, que tanto falta no sólo en el Kirchnerismo, sino también en una gran parte de la oposición.

La situación económica y social de un país no depende de políticas de corto plazo, ni mucho menos de la puesta en escena de discursos o cadenas nacionales. La situación económica y social de un país es el resultado de largo plazo de las instituciones presentes en el país. Las políticas económicas pueden alterar en el corto plazo la situación de un país en torno a su a tendencia, pero no van a modificar al tendencia de largo plazo. De poco sirve, por ejemplo, cambiar ministros de economía sino se modifican las instituciones políticas y económicas de fondo.

El siguiente gráfico, tomado de un artículo de Adrian Guissarri (entre los mejores profesores que he tenido el gusto de tener en la UCA, con quien tomé no uno, sino tres cursos) muestra la evolución del PBI real per cápita justamente para Argentina, Australia, Canadá y Estados Unidos para el período 1875 – 2001. El paper es, si recuerdo bien, del año 2002. Es cierto que el gráfico no incluye al período Kirchnerista, pero eso no es relevante para el punto en cuestión. Como muestra el gráfico, Argentina se encontraba en una situación relativamente similar a la de esos 3 países. El punto es que Argentina perdió el rumbo en la década del 30. En términos relativos, Argentina se volvió (en promedio) un país más pobre frente al mundo.

 

Dejo a especulación del lector decidir si fue la aparición del peronismo lo que llevó a Argentina a una camino de empobrecimiento respecto al resto del mundo, o si esto fue casualidad. Ciertamente el resto del mundo siguió creciendo luego de la Segunda Guerra Mundial, por lo que este no puede haber sido el motivo de la floja tendencia Argentina.

Conviene tener presente que esta tendencia no es sólo frente a estos países. El Prof. Guissarri selecciono esta muestra dada la similuted de estos países con Argentina alrededor del 1900. Es decir, el gráfico muestra que hoy día Argentina podría ser otra Australia, Canada o Estados Unidos. Como decía, el mismo resultado se ve si comparamos a Argentina con el mundo. La siguiente tabla (tomada de un Twitter de Roberto) muestra que Argentina ha crecido a un menor ritmo que el promedio del mundo.

 

Puede ser cierto que en algún momento particular países como Australia, Canada o Estados Unidos tengan problemas económicos. Pero no es menos cierto que un problema puntual no es tendencia. De tener que sufrir una crisis económica, seguramenta prefiera tenerla en cualquiera de estos países antes que en Argentina. Lo que la clase política argentina tiene que hacer es pensar mucho más seriamente porque Argentina se ha salido de curso y no logra volver. El problema es más profundo que Kirchnerismo u oposición. El próximo presidente va a necesitar una mente más abierta y estadista a la que la política Argentina se ha acostumbrado. La respuesta no se encuentra en políticas o modelos económicos, sino en las instituciones que gobiernan una nación.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Argentina sufre de inconsistencia temporal

Por Adrián Ravier. Publicado el 26/6/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/06/26/argentina-sufre-de-inconsistencia-temporal/

Es significativo el número de economistas que han llamado la atención acerca del cortoplacismo de las políticas económicas que se vienen aplicando en la Argentina, y la preocupación que se abre en el entorno político y económico para el mediano y largo plazo. Técnicamente, podemos definir este problema como inconsistencia temporal. En la política y en la economía, se trata de aquella situación en la que el gobierno tiene incentivos para abandonar un plan óptimo de largo plazo, reoptimizando constantemente sus políticas. Como su nombre lo indica, cada reoptimización es óptima en cada momento del tiempo, pero no lo son desde el punto de vista del plan original a largo plazo, y por lo tanto, dan lugar a resultados subóptimos o inferiores. De esta manera, la ausencia de una política de largo plazo y el interés del gobierno por ir reoptimizando sus políticas por períodos cortos de tiempo conduce a la Argentina a empeorar su situación de largo plazo.

Para ilustrar lo que estamos diciendo en términos más sencillos, podemos recordar aquella historia de Homero, el poeta de la Antigua Grecia, sobre Ulises y las sirenas. Ulises había escuchado que las sirenas seducían a los marineros de las embarcaciones con sus cantos para matarlos después. Si analizáramos la situación, el plan óptimo de los marineros sería navegar cerca de las sirenas, escuchar su bello canto, pero alejarse lo suficientemente pronto para evitar la muerte. Pero dado que Ulises conocía el fin de la historia, se da cuenta que ex-ante la política óptima sufre de inconsistencia temporal. Ulises encuentra una solución al problema. Pide a sus compañeros que lo aten a un mástil, y que no importa lo que suceda, cualquier orden posterior sea ignorada. Si bien no es óptima, porque se perderá el bello canto de las sirenas, esta solución le permitirá a los tripulantes mantenerse alejados del peligro, salvando su nave y su tripulación.

Cuando la embarcación pasó frente a las sirenas, efectivamente Ulises exigió a sus hombres que lo soltaran y llevaran la embarcación hacia ellas. Pero sus hombres respetaron el plan original, ignoraron la orden y salvaron sus vidas, la de Ulises y la embarcación.

La moraleja de esta historia para la política económica argentina es clara. Se necesitan reglas que impidan al gobierno verse seducido por el canto del pueblo.

El pensador clásico John Stuart Mill señaló que “la voluntad del pueblo no necesita control si es el pueblo el que decide”. Sin
embargo, Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía de 1974, advirtió el error de aquella afirmación. Hayek comprendió muy claramente que en la actualidad la voluntad de la mayoría ya no determina lo que el gobierno hace, sino que el gobierno se ve forzado a satisfacer todo tipo de intereses especiales para lograr la mayoría. James M. Buchanan agregó más tarde que dado que los beneficios se concentran en pequeños grupos y los costos se dispersan en un gran número de personas, los primeros tienen incentivos para reclamar el beneficio de ciertas partidas presupuestarias, pero los segundos no tienen incentivos para invertir tiempo en oponerse.

Argentina necesita instituciones. Necesita reglas. Necesita de una Constitución Nacional que determine ex-ante lo que el gobierno puede o no puede hacer. De otro modo, la embarcación volverá a estrellarse.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.