El mérito y la generalidad del impuesto

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/02/el-merito-y-la-generalidad-del-impuesto.html

“El mayor mérito de este tipo de impuesto es haber logrado el principio de la generalidad, lo cual no ocurre con los otros impuestos. ¿Quiénes resultan los sujetos de esta clase de imposición? Los jefes de familia, los que gozan de rentas propias y todas las entidades de carácter jurídico gocen o no de personería legal. Entre estas últimas cabe englobar a todas las corporaciones organizadas bajo la forma de sociedades por acciones o anónimas, las empresas comerciales que se establezcan de acuerdo a cualquiera de los sistemas que reconoce el Código de comercio: sociedades colectivas, cooperativas, de capital e industria, en participación, etcétera. Debe establecerse que, en este rubro, como en cualquier otro tipo de imposición no se debe afirmar nada en forma absoluta, como lo hacen los partidarios del “impuesto único” sobre el capital; a su vez, los que admiten en forma absoluta el impuesto a la renta, rechazan categóricamente el otro. Wagner, preconizador entusiasta del segundo impuesto, no desconoce la importancia del impuesto sobre el capital. Por eso se limita a sostener, juiciosamente, que el de la renta es fuente “normal” y “principal”, pero no única.”[1]

No sabemos de qué se ufana el autor. Cuanto más general es el impuesto significa que sus efectos dañinos se expanden de la misma manera. Y esos efectos dañosos ya los hemos probado y comprobado. Si los impuestos generan pobreza -como hemos mostrado- un impuesto generalizado lo que hace es generalizar esa pobreza. Pero claro, desde el punto de vista del fisco va de suyo que un impuesto general implica mayor recaudación lo que naturalmente el fisco busca, quiere y lo beneficia a él, no a la gente. Mientras se generaliza la pobreza del pueblo, también se generaliza la riqueza del gobierno. Y desde este ángulo de visión es una buena noticia para la burocracia en su conjunto y muy mala para los gobernados “contribuyentes”.

El mérito de un impuesto no es ser general sino ser de bajo impacto para la economía doméstica del expoliado, dejando de lado que el mérito supremo de un impuesto es que no exista impuesto alguno.

Pero esa generalidad ya existía como también hemos dejado en claro en todas estas notas. Sucede que el autor es un jurista y habla desde lo jurídico y nosotros lo hacemos desde la economía y fundamentalmente desde lo praxeológico. Simplemente el jurista ignora en este punto la distinción dentro el expoliado de hecho y de derecho y esto se da con cualquier tipo de impuestos sea sobre la renta o sobre los capitales, temas a los que hemos aludido antes.

Repitámoslo una vez más: aunque un impuesto afecte de iure a unas pocas personas (contribuyentes de derecho) ese mismo impuesto perjudicará a un número mucho más amplio de personas (contribuyentes de hecho). Sean rentas o capitales gravados siempre fue, es y será así en la medida que se mantenga el elemento coactivo del impuesto. El secreto consiste en entender cómo funciona la ley de oferta y demanda y de qué manera el impuesto altera su correcto mecanismo.

Todos, desde el multimillonario más empinado en la escala económica hasta el mendigo que pide limosna en la calle pagarán ese impuesto. Ninguno podrá eludirlo por muchas leyes que se dicten que digan lo contrario.

Pero nuestro autor sigue preocupado en efectuar calificaciones y clasificaciones, agrupar a los expoliados en categorías, grupos, etc. eludiendo el fondo del asunto y evitando a toda costa entrar en el mismo.

Dice el autor que en materia de impuestos “no se debe afirmar nada en forma absoluta”. Naturalmente el autor es un estatista, y a los estatistas no les conviene que se cierre la discusión sobre la positividad o negatividad del impuesto, de este, o de aquel otro, o de todos, porque de esa manera el estatista desea dejar abierta la posibilidad de multiplicar impuestos o crear novedosos. En cambio, sí se demuestra -como lo hemos hecho nosotros y otros antes que nosotros- que el impuesto es un robo, allí quedaría cerrado el debate, cosa que el estatista fiscal no puede permitir, porque quedaría cercenada la posibilidad de sumar impuestos tras impuestos según sus conveniencias.

Sobre la referencia a Wagner (preferido del autor citado por la cantidad de veces que lo menciona) poniendo de ejemplo de una persona que no descarta ningún impuesto a priori, sus falacias ya las hemos refutado antes. Wagner cree que el impuesto a la renta no afecta al capital, y ya hemos demostrado con ejemplos numéricos incluso que su idea es falsa.

“Sintetizando los puntos de vista sobre las ventajas del impuesto sobre la renta, pueden destacarse las siguientes: a) La generalidad con que alcanza a todos los patrimonios, b) La equidad con que se hace proporcional a las diversas condiciones económicas, c) Su elasticidad, d) Su repercusión sobre las riquezas disponibles, sobre las destinadas a gastos y consumas, sin afectar a los capitales.”[2]

Todos los puntos ya los hemos refutado, son todos falsos. El problema es constante: el jurista ignora economía y cree que toda realidad parte de la ley jurídica y no de la ley económica. Si se le puede decir “ventaja” la única que podría tener es la de ser menos pernicioso que el impuesto sobre el capital, pero sólo en el sentido que perturba menos al capital que un impuesto directo sobre este. Pero si eso es una “ventaja” realmente no hemos entendido “que es” una “ventaja”.

La “generalidad” no es una ventaja, es una desgracia, porque que muchos sean más pobres que pocos no pueden llamarse “ventaja”, sería una broma de mal gusto hacerlo.

Además, que quite todo o parte del fruto del trabajo de otra persona sin su consentimiento no es equitativo. Ya nos hemos explayado también sobre este punto. Y también sorprende que se considere “ventaja” que el impuesto reduce el consumo. Cualquier escolar sabe que lo ventajoso es aumentar el consumo no reducirlo y menos por la vía fiscal.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Sobre la importancia que le damos a lo que habitualmente no la tiene

Por Gabriel Boragina Publicado  el 31/12/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/12/sobre-la-importancia-que-le-damos-lo.html

 

La experiencia en las redes sociales brinda interesantes revelaciones. Una de ellas es la excesiva importancia que se le otorga a cosas y personas que -en realidad- carecen de ellas y deberían ser “premiadas” con la indiferencia más absoluta.
Por ejemplo, ciertos personajes siniestros de nuestra política son una y otra vez citados en posteos y comentarios, positiva o negativamente. Cuando es negativamente, la mayoría de las veces es para criticarlos o burlarse de ellos.
La misma suerte corren personajes del mundo de la farándula, del periodismo, del deporte o de ciertas profesiones. Son mencionados y citados una y otra vez, con la intención de perjudicarlos o difamarlos, perdiéndose de vista que muchas veces tanta insistencia y tanto énfasis en ello puede llegar a producir el efecto contrario al buscado. Esto es: en lugar de perjudicarlos con una mala imagen, en cambio se los está poniendo inconscientemente en el centro de atención pública una atención que -en otro caso- no merecerían.
Es bastante probable que ciertos personajes extravagantes hagan despliegue público sus incongruencias adrede, y con el sólo propósito de buscar reconocimiento y notoriedad. Una notoriedad que -en caso contrario- no tendrían y en cuyos supuestos sus existencias pasarían enteramente desapercibidas. Pero como sus egos son los suficientemente grandes como para atravesar cualquier barrera del ridículo que se les oponga, no dudan en saltarlas para poder adquirir la publicidad que -de otro modo- carecerían.
Los individuos que adolecen de valores morales o que sufren ciertos desarreglos nerviosos normalmente ansían reconocimiento social, fama y riqueza. Un medio para lograrlos es hacer cosas malas o -en el mejor de los casos- absurdas porque, curiosamente, en nuestras sociedades “modernas”, las cosas buenas o conductas normales, pasan inadvertidas, precisamente por eso mismo, porque en una sociedad donde todos los valores morales de los comunicadores y/o dirigentes sociales están pervertidos lo bueno y normal es lo que hace la gente común y corriente. Lo que es noticia es lo contrario (lo absurdo, lo perverso, lo nefasto). Entonces, acuden a esta última vía.
De allí que, el periodismo comúnmente exalte lo grotesco, lo inmoral, lo repugnante, lo cruel, lo depravado, etc. Y el resto de las conductas buenas, altruistas, cooperativas y bondadosas directamente se ignoren por quienes tienen algún medio de difusión a su alcance. Otro tanto veo que sucede en las redes sociales donde se reproducen las mismas conductas a una escala menor, igual o mayor que en los medios de información masivos (TV, radio, etc.).
Entiendo que es por este mismo motivo que las pantallas de TV y las emisoras de radio comenten y entrevisten a aquel tipo de personas que encarnan los desvalores antisociales, y que sea tan frecuente escuchar en esos medios insultos, gritos y agresiones de todo tipo, incluso físicas. Estos logran gran audiencia por diferentes públicos, en parte de las personas que comparten de buen grado esas atrocidades, y en otra parte por la gente normal que no puede creer lo que ve y/o escucha. En ambos casos se le está dando rating y publicidad a quienes no los merecen.
No está mal criticar lo que se cree que está mal o elogiar lo que se cree que es meritorio. La denuncia tampoco es mala en si mimas. Sólo que es necesario que reconozcamos que nuestros comentarios -tanto en uno como en otro caso- están cargados de subjetivismo, y si nuestro propósito es que otros compartan nuestros juicios de valor, indirectamente estaremos poniendo en el centro de atención lo que pretendemos criticar o elogiar, y que nuestros objetivos pueden obtener los resultados inversos a los previstos. Pero cuando el ataque se centra sobre una persona y no sobre sus actitudes o ideas generadoras se esta agrandando su figura y empequeñeciéndose lo verdaderamente relevante, que es aquello que lo mueve a actuar como lo hizo o hace.
Esto es particularmente cierto en cuanto a los individuos, que son a los que más se les aplican los juicios valorativos que se hacen públicos y masivos en las redes, pero también en los medios tradicionales de información social (TV, radio, periódicos).
Hay muchas personas que, objetivamente, se comportan mal y aun han delinquido (como en el caso político argentino ha sucedido con el nefasto matrimonio Kirchner y sus secuaces) pero ya sea que se esté en contra o favor de ellos el permanente referirse a esas personas las posiciona en un lugar que entiendo no merecen. En su lugar, deberían exaltarse las conductas contrarias y los valores opuestos a lo que ellos hicieron. Importan las ideas y no quienes portan esas ideas.
Todo tiene una medida y una proporción, y excederse de ellas siempre produce efectos contrarios a los deseados. Es casi como la ley de la física de acción y reacción.
Debieran más bien destacarse sus actos y no sus personas, y si su accionar es malo o reñido con la ley aplicarles las penas que correspondan y olvidar sus personas (no sus conductas ni ideas). Recordar los hechos y los castigos que merecieron es más útil que hacerlo con los nombres a los cuales se les aplican o aplicaron. Porque, en última instancia, los personajes que hacen o hicieron mal en el presente o en el pasado, no son importantes. Lo que importa, son las ideas que los movieron a hacer lo que hicieron. Y de la misma manera que el nazismo no fue un resultante de Hitler, el populismo no es un resultante de los Kirchner. Hay que insistir, en cambio, en que si no queremos más Hilter´s ni más Kirchner´s debemos desterrar el populismo (el nazismo es un populismo extremo, o el populismo en su fase más alta).
Hay que insistir pues en la crítica o exaltación de las ideas, y no en el de las personas que portan esas ideas. Y en cuanto a los extravagantes, maleducados, provocadores y agraviantes, pero sólo mediáticamente, el mejor tratamiento es la indiferencia y la ignorancia de los mismos. Darles importancia o prestarles atención es magnificar lo insignificante de sus personas y sus conductas. 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.