Davos, lo que el mercado no es

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 24/1/18 en: https://elnuevodiario.com.do/davos-lo-mercado-no/

 

Es llamativo el que parte de la opinión pública tenga una imagen negativa del mercado natural cuando éste no son sino las personas, esa misma opinión pública que lo rechaza. El mercado natural, subrayo, es el conjunto de los seres humanos desde el punto de vista de la cooperación voluntaria, pacífica, espontánea entre las personas con el fin de vivir y mejorar.

Sucede que la idea de mercado se ha deformado hasta contrariar su verdadero sentido. Tomemos por caso el Foro Económico de Davos, que está de moda. Se presenta como “pro mercado” cuando no lo es, confundiendo al público. En primer lugar, como dije, el mercado está compuesto por 7500 millones de personas -la población mundial- y los “líderes” llegados a Davos ni 2000, ni la millonésima parte.

En segundo lugar, en esta costosísima reunión en la que -entre el 23 y 26 de enero- se encuentran diez presidentes de empobrecidos países africanos, nueve de oriente medio y norte de África, seis de Latinoamérica además de occidentales, como Emmanuel Macron y la primera ministra británica Theresa May. En total, 350 líderes políticos, incluidos más de 60 jefes de Estado. El primer ministro de India dio el discurso inaugural y Trump antes de la clausura. Luego, una entrega de premios con la asistencia de Cate Blanchett, Shah Rukh Khan y Elton John.

O sea, son muchos burócratas estatales, de esos que se dedican a “regular” al mercado -a interferirlo coactivamente- los que allí concurrieron. Y los temas en la agenda son temas -algunos casi hilarantes como “la hipnosis para evitar los dolores físicos”- de cómo el Estado debe regular al mercado natural, cómo estos gobernantes deben coartar a las personas de acuerdo con el “sector privado” allí presente. Y, por cierto, nunca olvidan “cómo mejorar los sistemas de impuestos” porque de ellos viven.

Ahora, este “sector privado” -que no es ni la millonésima del mercado- está conformado por empresarios como Bill Gates que ha amasado una fortuna exagerada gracias, precisamente, a privilegios otorgados por los burócratas presentes, como el “copyright” que es un monopolio intelectual impuesto coactivamente al mercado. Otros, como los CEOs de Coca-Cola, Nestlé y Dell, y en particular el de Alibaba, Jack Ma, interactúan intentando que no los regulen o no los perjudiquen, política errada en mi opinión.

Y los discursos son incoherentes. Trump intenta “hallar maneras de fortalecer la cooperación internacional para defender intereses compartidos”, cuando en realidad es solo un golpe mediático más del egocéntrico promotor del “America first”. Por su parte, los políticos latinoamericanos están preocupados por la pobreza que ellos mismos crean, por ejemplo, con abusivos impuestos que terminan pagando los más pobres ya que los empresarios los derivan subiendo precios, bajando salarios, etc.

Insólitamente, el presidente argentino, cuyo país exhibe un nivel de pobreza que alcanza al 30% de la población, es uno de los que más ha gastado abriendo una “Casa Argentina” donde recibió -inútilmente- a empresarios que no han invertido precisamente porque la carga fiscal es muy alta y el país no crece.

Irónicamente, quizás no estaba errado el conservador sitio online Breitbart cuando describía al foro como “un colectivo de élites izquierdistas y sus compinches corporativos multinacionales que debaten sobre cómo configurar las agendas globales para dividir el botín”.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

 

UN RELATO EN TORNO AL IGUALITARISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

La otra noche un matrimonio amigo nos invitó a mi mujer y a mí a comer a un restaurante. Muy agradable resultó el convite y los temas fueron muchos y muy jugosos, pero hubo un asunto que pasó desapercibido y quedó oculto debido a que inmediatamente se superpusieron otros temas que coparon los intercambios de ideas.

 

Ese asunto a que me refiero trata de un relato que fue contado brevemente a raíz de otro comentario de los anfitriones de la jornada. El cuento se refería a que en un pueblito africano se estableció un concurso deportivo en el que participaban varios niños, el cual consistía en correr una carrera con el anuncio de que quien llegara primero obtendría un premio. Los niños a poco de deliberar y cuchillar graciosamente se agarraron todos de la mano y corrieron a la par todos juntos hacia la línea de llegada (por mi parte agrego que a los efectos podrían haber ido caminando con el mismo resultado final).

 

Ese fue el relato y quedó en el aire la interpretación o las interpretaciones y moralejas puesto que, como digo, se pasó a otro tema pisando lo anterior, como a veces suele ocurrir en reuniones sociales por más armónicas y amigables que resulten.

 

Cuando llegamos a mi casa esa noche me disponía a leer mis correos electrónicos cuando henos aquí que súbitamente me vino a la memoria el cuento de los niños en África. Abandoné entonces el cometido de revisar mi correspondencia y me puse a anotar mis ocurrencias sobre el cuento al efecto de escribir una columna sobre el tema que me pareció con aristas de interés aunque no lo advirtiera durante la comida de marras, operación que estoy haciendo en este momento puesto que no hay nada mejor para aclarar ideas que escribirlas.

 

Independientemente de cual fue el sentido del relato por parte de quien lo expuso tan telegráficamente, quiero explayarme sobre los sentidos y las facetas que le encuentro a este inocente comportamiento, aunque no tan inocente la interpretación más corriente si se la coloca en el contexto de nuestro mundo, sin descartar otra en un plano bien distinto.

 

Las inclinaciones que hoy dominan nuestro mundo se traducen en constantes críticas a un capitalismo inexistente debido precisamente a las referidas críticas y embates que han convertido a los gobiernos en aparatos infernales que intervienen en los más mínimos detalles de las vidas y haciendas ajenas, lo cual se refleja en gastos públicos siderales, en deudas estatales mayúsculas, en impuestos insoportables y regulaciones asfixiantes.

 

Dada esta situación que abarca los más diversos ámbitos, no es de sorprender que la moraleja del cuento apunte a una embestida contra la competencia. La idea obtusa estriba en que la competencia provoca la lucha de todos contra todos en lugar de la cooperación amable y despojada de todo vestigio de rivalidad.

 

No parece comprenderse que la competencia en el mercado, empuja la emulación recíproca por satisfacer las preferencias y deseos del prójimo y constituye el estímulo y los incentivos para mejorar bienes y servicios en el contexto de un proceso de cooperación voluntaria y pacífica.

 

Al contrario, la guillotina horizontal  y el consiguiente igualitarismo arranca esos incentivos para bien y los convierte en conflictos insalvables entre los que se sienten desposeídos y los que disponen con prepotencia del fruto del trabajo ajeno.

 

Los mejores en la competencia en el rubro de que se trate no adquieren posiciones irrevocables. Antes al contrario, tienen que esforzarse permanentemente si no quieren  ser sustituidos por otros que prestan mejores servicios. El que acierta en las preferencias de los demás obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. El cuadro de resultados es el termómetro que indica la calidad de lo ofrecido a juicio de los consumidores.

 

Desde luego que esto no sucede cuando operan ladrones de guante blanco mal llamados empresarios quienes obtienen sus riquezas como consecuencia del latrocinio, es decir, fruto de sus alianzas con el poder de turno de los que obtienen prebendas, dádivas, privilegios y mercados cautivos de diversa naturaleza.

 

Obsérvese los esfuerzos de quienes operan en competencia abierta, en contraste con la desidia de quienes tienen  sus espaldas cubiertas de que compitan otros en  sus reglones, provengan éstos del exterior o del mismo país en el  que se desenvuelven.

 

En los deportes ocurre el mismo fenómeno. Imaginemos que sentido tendrían los eventos deportivos si cada cual estaría bloqueado de mostrar sus habilidades y talentos. Más aun, si se impusiera el sistema que emplearon los niños del cuento habría que eliminar los deportes porque carecerían de sentido (un certamen de cien metros llanos con el procedimiento de no permitir que se obtenga el primer lugar es tan ridículo como vender una máquina de lavar que no  lave).

 

La competencia abre caminos para mejorar la marca cada vez más, siempre a criterio  de la gente. Esto no quiere decir que nos deba gustar lo que las mayorías deciden. Por ejemplo, personalmente no me gustan algunos de los cantantes de moda y todo lo que los rodea, pero eso de ningún modo me autoriza a recurrir a la fuerza para cambiar hábitos y preferencias que no lesionan derechos de terceros. En todo caso, puede haber un tema axiológico para lo cual  eventualmente puede recurrirse a la persuasión.

 

La competencia en modo alguno autoriza a recurrir a procedimientos fraudulentos, la trampa y la lesión a los derechos de otros que indudablemente deben ser debidamente castigados. Eso si, se debe estar prevenido de falsas acusaciones de fraude basadas en la pura envidia respecto a los que se destacan en el proceso de mercado. Este es el caso del monopolio cuando surge como consecuencia del apoyo del prójimo. Como he  dicho antes, si hubiera habido una ley antimonopólica en la época de las cavernas y el garrote, no hubiera podido utilizarse el arco y la flecha porque el primero que lo manejó era monopolista y así con todos los inventos sean electrónicos, medicinales etc. Lo grave y peligroso es el monopolista que surge como consecuencia del apoyo gubernamental, sea privado o estatal puesto que siempre significa la explotación de sus congéneres a través de precios más elevados, calidad inferior o las dos cosas al mismo tiempo.

 

Este análisis me recuerda a la sandez de sostener que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientra haya quienes carezcan de lo necesario”. ¿Es serio mantener esto, es decir que nadie puede ir a la universidad mientras alguien no tiene vitaminas suficientes para ingerir o que nadie puede tocar el piano mientras haya quienes no pueden ir a la escuela primaria?

 

Otra vez el espectro de la guillotina horizontal y la muy contraproducente e inconducente política de la “redistribución de ingresos”, a saber, volver al distribuir con el uso de la violencia lo que pacífica y voluntariamente distribuyó la gente con sus compras y abstenciones de comprar en el supermercado y afines. Y aquello con el agravante del derroche de los siempre escasos recursos con lo que los salarios e ingresos en términos reales inexorablemente disminuyen puesto que las tasas de capitalización se contraen.

 

Finalmente, la otra interpretación del cuento es que los niños se burlaron de los organizadores del evento puesto que si todos ganaban habría que darles un premio a cada uno sin que nadie perdiera (salvo los organizadores que debieron multiplicar los premios…a menos que se decidiera dividir el mismo premio anunciado entre todos los participantes-ganadores).

 

Pero esta interpretación tiene sus bemoles ya que, nuevamente, si ese procedimiento se generaliza, por un lado, desaparece el deporte, por lo menos ese tipo de carreras, pero por otro, la técnica de referencia no  puede aplicarse al mundo de los negocios ya que si todos ofrecen lo mismo queda amputada la posibilidad de mejora y de guía para el progreso.

 

No es infrecuente que se tilde a la competencia y a los mercados libres como “darwinismo social”. Gran error. Darwin se refería al proceso evolutivo en el campo biológico y tomó su idea de Mandeville quien aplicó la evolución al proceso cultural. En el primer campo hay selección de especies y los más aptos eliminan a los menos aptos, mientras que en el segundo territorio la selección es en cuanto a las normas y, sobre todo, los más fuertes trasmiten  su fortaleza a los más débiles como una consecuencia no buscada vía las tasas de capitalización que, como queda dicho, constituyen el único factor para elevar salarios.

 

No me quiero poner técnico en una columna periodística, pero en no pocas de las facultades de economía todavía se enseña “el modelo de competencia perfecta” que presupone conocimiento perfecto de los factores relevantes, lo cual, en la práctica, significa que no hay posibilidad de arbitraje y por ende tampoco de empresarios ni de competencia. Es una contradicción en los términos que induce a los alumnos a tener una versión completamente desfigurada de la competencia.

 

No se trata de imponer gustos y preferencia a los demás sino de competir por el aprecio de los consumidores. La falacia de que la publicidad determina la demanda no tiene en cuenta que influye pero no determina, de lo contrario, con suficiente publicidad podría convencerse a la gente que es mejor el monopatín que el automóvil y a precio mayor o que se suspenda la luz eléctrica y se retorne a la luz de las velas y también a precios más elevados. Igual que el  abogado intenta persuadir al juez de la razón de su cliente,  o el que intenta persuadir a su novia que contraiga nupcias, la publicidad intenta persuadir a consumidores de la calidad de su producto o de su servicio. En Estados Unidos, de cada diez productos que se lanzan con gran despliegue publicitario, siete fracasan en su intento.

 

Sin perjuicio del valor de la competencia como factor externo por las antedichas razones de peso, es muy fértil interiormente competir con uno mismo en el sentido de ser mejor persona hoy respecto de ayer y mañana mejorar la marca de hoy.

 

Ludwig von Mises en su obra La acción humana. Tratado de economía explica que la competencia (que aquí hemos denominado “exterior”) es el proceso de cooperación por excelencia, mientras que en sistemas autoritarios -y en la medida que lo sean- hay otro tipo de competencia de naturaleza bien distinta: se traduce en buscar y priorizar el favor del mandamás del momento.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.