Cristianismo, democracia y capitalismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 12/6/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/06/cristianismo-democracia-y-capitalismo.html

 

A veces se discute vivamente sobre si la democracia es un sistema compatible con el capitalismo, y si no lo fuera, si existe alguna manera o via mediante la cual permitir -al menos- una armoniosa convivencia entre ambos. Al respecto, resulta de interés repasar lo que K. R. Popper escribía en la década del cuarenta del siglo pasado:

“En cuanto al término «liquidar», cabe citar el siguiente exabrupto moderno del radicalismo: « ¿No es obvio que si hemos de llegar al socialismo —de forma real y permanente- debe “liquidarse” (es decir, tornar políticamente inactiva mediante la inhabilitación y, en caso necesario, mediante la prisión) toda oposición de importancia?». Esta notable pregunta retórica se halla impresa en la página 18 del folleto, todavía más notable, de Gilbert Cope, Christians in the Class Struggle, con un prefacio del obispo de Brudford (1942; en cuanto al historicismo de este folleto, ver la nota 4 al capítulo l). El obispo acusa en su prefacio al «actual sistema económico» de «inmoral y anticristiano» y expresa que «cuando una cosa es tan abiertamente obra del mal, nada puede excusar a un ministro de la Iglesia de emplear todas sus fuerzas en su destrucción”. En consecuencia, declara que «este folleto constituye un análisis lúcido y penetrante».”[1]

Sorprende la actualidad del párrafo si es que lo comparamos con nuestro mundo actual, donde -algunas veces más otras veces menos- se sigue discutiendo sobre la misma cuestión, aunque no falten quienes (en realidad abundan) continúan pregonando “el fin de las ideologías”. La cita es interesante porque, a estas alturas, y pese a los desacuerdos, ya casi nadie niega que lo opuesto al capitalismo sea el socialismo. Quizás no se usen con tanta frecuencia estos rótulos (por ejemplo, hoy en día mucha gente prefiere hablar de “populismo” en lugar de socialismo aunque, analizados ambos a fondo, las diferencias sean mínimas y, en muchos supuestos, inexistentes. En todo caso, ya hemos expuesto que el populismo no es más que una clase o derivación del socialismo y, en la peor de las hipótesis, de un neologismo, o una forma más “simpática” de llamar al socialismo). Si bien nos consta que hay muchos cristianos que se oponen al socialismo, no nos resulta tan claro que sean la generalidad, aunque también podríamos asegurar que la mayoría de los cristianos tampoco apoyan al capitalismo. Veamos ahora algo mucho más clarificador respecto de la posición de los socialistas en relación a la democracia:

“No estará de más citar algunas otras frases de ese trabajo. «Dos partidos pueden garantizar una democracia parcial; pero una verdadera democracia sólo puede establecerse mediante un partido único» (pág. 17). «En el período de transición… los trabajadores deben ser conducidos y organizados por un solo partido que no tolere la existencia de ningún otro partido fundamentalmente opuesto al mismo» (pág. 19). «La libertad en el Estado socialista significa que a nadie le está permitido atacar el principio de la propiedad común; por el contrario, todos deben esforzarse por lograr su materialización y funcionamiento más efectivos. La importante cuestión de cómo ha de anularse a la oposición depende de los métodos utilizados por dicha oposición” (pág. 18).”[2]

Se sigue transcribiendo el texto del autor cristiano mencionado al comienzo. No podemos dejar de reflexionar sobre el notable paralelismo que -en el caso argentino- tiene con lo expuesto el accionar del FpV (Frente para la Victoria) de los Kirchner, que gobernaran el país durante un lapso en extremo dilatado. Trataron de gobernar como un verdadero partido único, manteniendo la fachada de una democracia formal que no practicaban y en la que -en el fondo- no creían. O mejor dicho, su visión de la democracia no era otra que la que se describe en el párrafo referido arriba. Sus discursos –asimismo- abundaban en elogios a los trabajadores y a la necesidad de que fuera exclusivamente el matrimonio el que los condujera al bienestar y a la felicidad, y no ninguna otra agrupación política. Hicieron un culto respecto de cómo anular a la oposición, cometido que lograron durante una muy buena parte de su extensa gestión. Y en cuanto a la propiedad común trataron de establecerla en base a subvenciones y subsidios, a la par que violentos ataques a la propiedad individual mediante instrumentos fiscales, controles de precios y exacerbado gasto público. Se hubieran declarado socialistas o no, lo cierto es que como “Al árbol por sus frutos lo conoceréis”, los frutos de su régimen fueron extremadamente similares a los que describe K. R. Popper. En su accionar, parecían creer -con Marx- que el capitalismo constituía una negación en sí mismo:

“«El método capitalista de apropiación… -expresa Marx- constituye la primera negación de la propiedad privada individual basada en el trabajo individual. Pero con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza, la producción capitalista engendra su propia negación. Es la negación de la negación. Esta segunda negación… establece… la propiedad común de la tierra y de los medios de producción.»> (Para una derivación dialéctica más detallada del socialismo, véase la nota 5 al capítulo 18.)”[3]

Lo cierto es que, las fortunas personales que acumularon estos populistas-socialistas o popu-socialistas como prefiero llamarlos, es la mejor negación de lo “mucho” que “aman” al socialismo y una excelente afirmación de lo incontable que adoran al capitalismo al que tanto condenan y que no quieren para los demás, pero si para ellos mismos. Las riquezas amontonadas por los popu-socialistas hablan a las claras que -para ellos- el capitalismo no es ninguna “negación”. Por el contrario, se niegan a practicar para si el socialismo con el que se llenan la boca, en tanto no quieren saber nada de “propiedad común” para con sus propias haciendas particulares. Posiblemente Marx fuera sincero en lo que expresaba en la cita transcripta. Lo que no nos cabe ninguna duda es que sus modernos seguidores de ningún modo pueden serlo si es que tiene sus ojos y mentes bien abiertos.

[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág.  623

[2] Popper. La sociedad abierta ….ob. cit. Pág. 623

[3] Popper. La sociedad abierta ….ob. cit. Pág. 742

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Sola

Por Sergio Sinay: Publicado el 8/12/15 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2015/12/sola-porsergio-sinay-la-soledad-que.html

 

Hay soledades que se sufren y soledades que se eligen. Soledades necesarias y soledades humillantes. Soledades reparadoras y soledades trágicas. Soledades transitorias y soledades eternas. Hay soledades que son aprendizajes y soledades que desnudan un vacío existencial profundo y sin fondo.

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El ejercicio del poder es, para quien sepa entenderlo y cuente con recursos emocionales e intelectuales para asumirlo, preámbulo de soledad, a veces momentánea, a veces permanente. Qué tipo de soledad, será en cada caso una elección. Y esa elección se habrá hecho a lo largo de los años en que se ejercitó el poder. Cuando se lo hizo con soberbia, con prepotencia, con impiedad, sin el menor rasgo de empatía, con avaricia, sin escrúpulos, por encima de las instituciones y de las normas que lo regulan, con desprecio por los otros, con egoísmo, con autoritarismo, todo eso revestido de grosería y sin el menor rasgo del estilo y de la cortesía que requiere cualquier vínculo humano, la inevitable soledad posterior acaso llegue a ser lo más parecido al infierno en la tierra. Es difícil afirmarlo, las experiencias humanas más íntimas son intransferibles e inenarrables. Pero una ley de la vida dice que se cosecha lo que se siembra. No hay quejas válidas, ni culpables al respecto. Sólo responsabilidad. La responsabilidad es siempre individual y llama a hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos y de las propias decisiones, y a responder por esas secuelas. La respuesta es ineludible y no se puede limitar a la palabra. Se responde con todo el ser.

Las consecuencias llegan a veces como una recompensa no buscada. Así ocurre con las acciones morales, centradas en el respeto por el otro y por su dignidad, en el enaltecimiento de los valores de la convivencia y de la cooperación para mejorar el mundo compartido, en el ejercicio de la humildad, la gratitud, la generosidad. No será este el caso de quien, en el cierre de una de las décadas más oscuras de la reciente historia argentina, y clausurando su ciclo al frente del gobierno más corrupto y autoritario desde la recuperación de la democracia, exhibió sin restos de pudor y casi con altivez, una clara ignorancia de las reglas de la democracia, desprecio por las instituciones y normas republicanas, ultraje a las pautas elementales de la comunicación, del lenguaje y de la sintaxis (ahí quedan para la historia sus innumerables tuits, que a medida que pasen los años se leerán posiblemente con incredulidad, con carcajadas o con horror). La última y póstuma semana de mandato fue pródiga en delirios paranoicos, en necedad, en narcisismo desbordado, en negación de la realidad y en recargado resentimiento.

Resultó tarde para victimizarse como “mujer sola”. Sobre todo si quien lo hacía ejerció el poder con los peores rasgos del machismo. Y si nunca mostró empatía y solidaridad de género (o simplemente humana) con miles de mujeres golpeadas y asesinadas por ser mujeres, con madres del dolor, con madres de la pobreza (bajo su mandato los pobres se reprodujeron y al mismo tiempo se ocultaron), con las hijas, las madres y las viudas de quienes murieron en accidentes viales y ferroviarios producto de la corrupción que ella acaudilló, con las madres cuyas hijas fueron devoradas por la trata de personas, con las madres de hijos destruidos por la droga mientras el narcotráfico crecía ante su indiferencia cómplice, con las madres, hijas y esposas  víctimas de la inseguridad que canallescamente se denominó “sensación”. Hay demasiadas verdaderas mujeres solas por múltiples motivos que no le son ajenos a ella. Pretender ser una de ellas es ofenderlas. Una ofensa más en la despedida.

Otras mujeres requieren y requerirán atención, acompañamiento, empatía, oportunidades. Hay que mirarlas a ellas, estar a su lado. El mundo está lleno de mujeres que han sabido y saben rodearse de amores, de amigas, de cariño. Mujeres que avanzan por una vida plena de sentido, en hermosas compañías. Cada quien cosecha lo que siembra.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

Gobiernos en campaña permanente

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 9/4/13 en http://www.lanacion.com.ar/1570810-gobiernos-en-campana-permanente

Desde hace tres décadas, la estrategia de las llamadas “campañas permanentes” se ha afincado en el mundo de la política. Supone unificar constantemente la acción de gobierno con la propaganda y las acciones publicitarias que hasta no hace mucho eran propias de las campañas políticas propiamente dichas. Como si ambas cosas fueran absolutamente inseparables con el propósito obvio de procurar mantener vigente la popularidad de los gobernantes electos.

Cabe recordar que esta modalidad de acción política se originó en los Estados Unidos. Conceptualmente, es hija de uno de los estrategas de Jimmy Carter, Patrick Cadell. La racionalizó luego el periodista Sidney Blumenthal. Pero su utilización devino durante la presidencia de Bill Clinton, que la trasformó en prioridad permanente.

Por su parte, el presidente Barack Obama la acaba de profundizar al crear -pese a que naturalmente no persigue una reelección, prohibida por la Constitución de su país- el grupo privado denominado “Organizados para la Acción”. Con ese grupo que actúa formalmente desde “fuera” de su administración, apuntalará ante la opinión pública las acciones de su gobierno y de su partido, con el apoyo de muchos de aquellos donantes que ayer aportaron los fondos utilizados en la campaña presidencial. No con fondos públicos, sin embargo, y la diferencia no es menor.

Tony Blair y Silvio Berlusconi, en sus respectivas gestiones, recurrieron a la “campaña permanente”. Sin descanso. Lo mismo hicieron Hugo Chávez, desde 1998, y Rafael Correa, en los últimos años. Así como algunos de nuestros gobernantes, a partir de Carlos Menem. Tanto es así, que Néstor Kirchner afirmó, en julio de 2005, suelto de cuerpo: “Sí, estoy en campaña permanente”.

Las “campañas permanentes” suponen -por definición- que los encuestadores y expertos en comunicaciones estén operando constantemente junto con los líderes políticos, de modo de modelar sin descanso sus actitudes, sus mensajes y sus conductas, para que impacten positivamente en la opinión pública. Esto es, para exagerar sus logros y ensalzar sus imágenes. Y lograr que sus desaciertos no se adviertan o se disimulen. De alguna manera, parecería que interesa más “cómo” se comunica la acción de gobierno que cuál es su sustancia. La forma por encima del fondo.

Todo parece así subordinarse a la búsqueda de popularidad, sin descanso ni límites, como se hace evidente en las democracias frágiles y de valores relativos donde se llega incluso al sacrificio de la verdad con la manipulación de cifras, de circunstancias y hasta de la historia.

La acción de gobierno se transforma en un persistente plebiscito. Por ello, las técnicas de comunicación, las encuestas y el escrutinio constante de lo que piensan los llamados focus groups se entrelazan profundamente con el andar de los gobiernos, en inédita simbiosis. La escenografía y el espectáculo se apoderan de las reuniones y de los eventos. El ruido ahoga al discurso. Y la presencia de los gobernantes de turno se adueña monopólicamente de los escenarios. En ese ambiente, el uso de las “cadenas nacionales” se multiplica, en actitudes que hasta generan hastío.

En algunas partes el tema es aún más complejo. Porque, como consecuencia de las “campañas permanentes”, se da un paso agresivo más. Las críticas a la oposición devienen permanentes y despiadadas. La retórica se adueña de los mensajes de manera agresiva y casi sin límites. Hasta el insulto se instala en lo que debe ser un diálogo normal. Y la intimidación se transforma en instrumento de la lucha política, degradando el clima de convivencia y lastimando a la sociedad a la que se procura polarizar.

Lamentablemente, todo esto se hace con los dineros públicos, a los que se tiene como una suerte de combustible inagotable, lo que inclina el tablero a favor de quienes circunstancialmente están en el poder. El ambiente de la política se puebla de ataques y demonizaciones que procuran dividir, desprestigiar, denigrar y difamar a todo aquel que pueda hacer sombra a quienes (insaciablemente sedientos, como acaba de señalar el papa Francisco) buscan acumular poder y mantenerlo el mayor tiempo posible.

Los medios de comunicación independientes -esto es, aquellos que no se prestan a acompañar los requerimientos y las exigencias de las “campañas permanentes”- se transforman en enemigos intolerables, simplemente porque no contribuyen al discurso que se impulsa desde el poder. Por ende, pronto son blancos a destruir y silenciar. Por esta razón seguramente, la libertad de expresión e información de pronto parece incomodar a tantos en nuestra región. Y, por esto también, aparecen las acusaciones difusas contra las “corporaciones” o los “poderes fácticos” que, en rigor de verdad, son todos aquellos quienes -por las razones que fueren- no se someten al poder de turno.

Por todo esto las sociedades pierden la civilidad y se dividen y enfrentan. Lastimadas por las confrontaciones continuas, resultan presas fáciles de las convulsiones provocadas por un lenguaje de guerra. El disenso se califica de “reaccionario” o “destituyente”. La tolerancia y el respeto recíproco no importan. Es más, molestan.

De este modo, la calidad de la democracia se deteriora como resultado de los intentos constantes de dominar a todas las instituciones desde el Poder Ejecutivo, empeñado en la tarea de concentrar el poder en sus manos. Los equilibrios y contrapesos -esenciales en las democracias- perturban a los gobernantes; razón por la cual se procura eliminarlos o desnaturalizarlos de mil distintas maneras. En las democracias frágiles, la técnica de la “campaña permanente” puede, queda visto, tener efectos sociales y políticos bien serios.

Ante el fenómeno descripto, los límites a las reelecciones no son sólo importantes, sino también esenciales. Y la alternancia en el poder, también; así como la urgencia de establecer límites verificables al uso de los dineros públicos para financiar las “campañas permanentes”. Porque éstas, al dañar la textura de las sociedades, imposibilitan el camino de la unidad e impiden la generación de los consensos mínimos para una visión común del destino de las sociedades. Lamentablemente, hasta la libertad misma puede de repente quedar amenazada cuando las técnicas de las “campañas permanentes” tiñen indeleblemente la acción cotidiana de los gobiernos.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Un mundo basado en la unanimidad

Por Enrique Edmundo Aguilar. Publicado el 16/1/13 en: http://www.elimparcial.es/mundo/un-mundo-basado-en-la-unanimidad-117156.html

Un rasgo distintivo de toda democracia que no se defina solamente por la legitimidad electoral es la convivencia pacífica entra mayorías y minorías. En otras palabras, la aceptación de que la existencia de partidos opositores es consustancial al sistema mismo y a su normal funcionamiento.

Vistas así las cosas, razones no faltan para dudar de las genuinas convicciones democráticas de un gobernante que no admita la discrepancia y que divida al mundo entre leales y excluidos, cualesquiera sean el grado o los motivos de disidencia de estos últimos.

Las reacciones cada vez más desproporcionadas de la presidenta argentina frente a quienes se atreven a cuestionar el menor aspecto de su gestión o de su trayectoria son testimonio, en este sentido, de su escaso apego por aquella parte sustantiva del credo democrático que la coloca en pie de igualdad con otros líderes latinoamericanos, como Chávez o Correa, con los que mantienen ciertamente una indisimulada amistad.

Así se trate de un fallo judicial que le resulte adverso, o de las declaraciones de un galardonado actor como Ricardo Darín quien, en el marco de una entrevista, aludió tímidamente a su enriquecimiento patrimonial, la presidenta no pierde ocasión de reprender a quien no le rinda pleitesía en un tono tan agresivo y descalificador que se diría provoca menos miedo que preocupación: un signo de fragilidad en lugar de firmeza.

Ahora bien, conviene recordar a este respecto que semejantes muestras de intolerancia no sólo resultan incompatibles con la democracia. También, como toda postura que se presuma infalible y propenda a la unanimidad, son contrarias a la política misma, salvo que se la entienda como una guerra en la que el discurso reemplaza a las armas y en la que no hay espacio sino para los vencedores.

 Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.