REFLEXIONES SOBRE EL FAMOSO MURO DE TRUMP.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 10/1/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/01/reflexiones-sobre-el-famoso-muro-de.html

 

La situación de Trump y su famoso muro ha llegado a un punto límite que da lugar a reflexiones relevantes para el liberalismo clásico.

Consideremos primero la historia del problema. Para la tradición liberal clásica, especialmente el EEUU originario como el liberalismo clásico de Mises, los muros eran inexitentes o explícitamente rechazados. El derecho a la emigración siempre fue obvio, y el derecho a la inmigración estaba implíticamete admitido por las circunstancias históricias. EEUU fue precisamente un lugar único en la historia conformado esenciamente por inmigrantes. Dejemos de lado en esta entrada qué hubiera pasado si se hubieran encontrado con un muro levantado por los indígenas del lugar; por ahora destaquemos que ese grupo de inmigrantes fue en primer lugar los que traían consigo la tradición del common law británico tratando de huir de los problemas religiosos de la misma Inglaterra y sobre todo de Europa Continental. Pero conformadas ya las 13 colonias como una nación independiente de Jorge III, EEUU se llenó naturalmente de más protestantes, de católicos, judíos, agnósticos, y si contamos por regiones, de italianos, irlandeses, alemanes, polacos, y en menor medida chinos e hispanos. Todos ellos no necesitaban hacer un master para entender el pacto político originario de los EEUU. Todos ellos sólo pretendían trabajar y comerciar en paz, y vivir sus respectivas creencias religiosas sin ser molestados y sin molestar a nadie. Y punto. No esperaban nada del estado. Dependían de ellos y ya era demasiado que un shefiff, “la ley” lograra defenderlos de asesinos y ladrones, porque, por lo demás, estaban acostumbrados a defenderse solos. De allí la Segunda Enmienda. Por lo demás, los puertos y caminos ya eran en gran parte bienes públicos en los EEUU, y si bien entonces los votantes podrían haber planteado el problema de quién entraba a lo que ellos pagaban, a nadie se le ocurrió el “issue”. En parte por lo que el Public Choice llama ignorancia racional, pero en parte también porque todos vivían la circunstancia cultural y política anteriormenente referida.

Ante esas circunstancias, el problema de la inmigración no existía.

Pero pasaron las décadas, cambiaron las ideologías y la geo-política mundial, y entonces el problema comienza a aparecer, cada vez en mayor grado. Primero porque surge el New Deal, la provisión federal de seguridad social, y por ende los incentivos cambian. Ahora muchos saben que pueden llegar a vivir sin trabajar, cosa insólita tanto en San Pablo como en los EEUU originarios. Entonces sí, uno más es un gasto más del Estado Federal, mientras antes, el pérfido libre mercado y el estado limitado implicaban que uno más era uno más trabajando y produciendo. Cosa que comienza a dejar de ser así, también, con salarios mínimos y con sindicatos y regulaciones que producen desocupación.

Segundo porque ya no es tan obvio que todos van a trabajar en paz y a practicar libremente su Fe. No es así con los narcotraficantes, claro, aunque si no se persiguiera al comercio de drogas, sería una industria más, aunque no santa, como la de los cigarrillos y el alcohol. No es así con los traficantes de personas, pero eso es así, claro, porque ya existen los controles fronterizos y las visas. Y menos aún es así con los terroristas, para cuyos países las visas están obviamente jutificadas, situación impensable entre los siglos XVI al XIX.

Por lo tanto, EEUU se cierra relativamente: hay inmigración, pero legal: hay visas, controles, pasaportes, regulación. Y, para colmo, toda América Latina, desde México para abajo, es una miseria total de instituciones e inversiones. Aunque los latinoamericanos no entiendan nada de la historia de EEUU, siempre lo vieron como un lugar donde el que trabaja sale adelante y no expropiado, expoliado y encarcelado. EEUU sigue siendo la meca de todos, incluso la de los hipócritas que no paran de demonizarlo pero viven allí ganando sus buenos millones de dólares.

Lo tragicómico es que todos coinciden en que tiene que haber diferencia entre la inmigración legal e ilegal. En todo el mundo, claro, pero sobre todo en EEUU, donde los demócratas han apoyado siempre la inmigración legal y por ende, han estado en contra de la ilegal. Tal vez, antes de Trump, la diferencia entre demócratas y republicanos, al respecto, era la que había entre el diretor del aeropuerto de New York y su supervisor en la película La Terminal . El director era coherente y se tomaba su trabajo, legal, hasta sus últimas consecuencias. El supervisor era el incoherente compasivo que le decía que las normas tienen que existir “pero no tanto”.

Trump y sus partidarios son como el director del aeropuerto. Se toman en serio las leyes que demócratas y conservadores apoyan. Los controles fronterizos existen especialmente desde fines de la segunda guerra en adelante, y ningun gobierno demóctata estuvo en contra. Obama siempre los defendió y la ley que establece separar a los menores de los padres que cruzan ilegalmente la frontera fue muy bien aplicada durante el gobierno de Obana pero, claro, con la CNN y el Partido Demócrata ambos muy calladitos, por supuesto.

Trump y sus partidarios, en cambio, se toman en serio la ley –cosa insólita para muchos-. Y además reconocen con franqueza la crisis de hace décadas en la frontera con México, crisis que ahora los demócratas llaman, todos como un coro, “manufacturada” por Trump. Hace décadas que los inmigrantes latinoamericanos, especialmente de centro-américa para arriba, mueren literalmente intentando llegar al maléfico EEUU (¡pero qué tonta que es la gente, no!?) y son esclavizados por los tratantes de personas pero no, eso no es una crisis. Es fruto de la mente enloquecida de Trump…

Pero que Trump se tome en serio la ley y vea realmente el problema no quiere decir que su diagnóstico y su solución sean los adecuados. Cabría preguntarse, por qué no, qué pasaría si no hubiera Welfare State. Qué sucedería si, de vuelta, todo el que camina un metro ya adentro de los EEUU sabe que va a tener que trabajar y punto terminado. Qué sucedería si no hubiera salarios mínimos y sindicatos con poder de coacción para impedir el ingreso de extranjeros a los puestos que ellos dejan con sus huelgas. ¿Qué sucedería? Que la inmigración sería una solución, no un problema. Y si abandonaran la inútil guerra contra las drogas, el narcotráfico se acabaría ipso facto. Simplemente habría que ver qué hacer con los que viene de regiones donde pulula el terrorismo: se les pide un visado. Más no se puede. Ser ciudadana norteamericana, hija de inmigrantes palestinos legales, no garantiza que no haya una bomba de tiempo que sea ya diputada demócrata, en el centro mismo de las instituciones legislativas norteamericanas.

 

Trump no puede ver nada de esto –Ron Paul sí- y como es un tipo sin vueltas ha cerrado el gobierno. Y los demócratas no le van a dar el dinero para su famoso muro. Ceder, para cualquiera de los dos bandos, es una derrota política crucial. Puede ser que Trump abra el gobierno federal, pero el problema va a seguir. Puede ser que los demócratas cedan y le den los fondos para el bendito muro, pero las gentes seguirán muriendo para cruzarlo. Puede ser que Trump intente una executive order con apoyo de la corte para construirlo, pero el problema va a seguir igual.  El problema es el Welfare State, el acabamiento del pacto político originario y la falta de liderazgo para revivirlo, lo cual es una mayor responsabilidad del partido Republicano, más nacionalista que classcial liberal. O sea que el problema no tiene mucha solución por ahora, como el mundo entero, en última instancia, tampoco la tiene. Pero no porque sea posible un paraiso, sino porque un mundo de personas trabajando en paz y libremente ha sido ya elminado por todos los soviets mayores o menores que habitan nuestras mentes y, por ende, este por ahora solitario planeta.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Liberalismo norteamericano

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 30/12/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/liberalismo-norteamericano/

 

Los elementos antiliberales han estado siempre presentes en Estados Unidos, pero sobre todo en tiempos recientes, como apunta el economista Robert Higgs en The Independent Review.

Los datos son tan diáfanos como asombrosos. Por ejemplo, hoy los empleados públicos en EE UU superan al conjunto de los trabajadores de su sector industrial. Y la cantidad de regulaciones, controles, prohibiciones, impuestos, subsidios, etc., es la mayor de su historia.

Ante la pregunta de por qué nadie ha protestado de un modo lo suficientemente extenso como para tener relevancia política, dice Higgs: “La respuesta parece ser que el crecimiento del Estado en los últimos 50 o 100 años ha sido lo suficientemente gradual como para que la mayoría de los americanos probablemente piense que así es cómo el Estado de EE UU debiera ser y como ha sido siempre”.

La realidad es justo la contraria. Entre 1800 y 1992 el gasto público en EE UU se multiplicó por 10.000, pero el grueso del incremento se registró en los últimos 40 años.

El gasto público en dólares de 1990 era de 100 millones en 1800, de 600 millones en 1850 y de 8.300 millones en 1900. La explosión llegó en el siglo XX. En 1950 el gasto público total era de 235.100 millones de dólares, y en 1992 de 1,45 billones de dólares.

Esto no tiene que ver con el incremento de la población, porque el crecimiento del Estado superó con mucho el demográfico. Así, el gasto público per cápita pasó en esos mismos años de 15 dólares en 1800 a 4.760 en 1990. Todo esto sin incluir el gasto derivado de la pléyade de regulaciones que dificultan y encarecen la producción de bienes y servicios.

Se dirá que se trata de un gasto público que no es gasto “social”. Falso. El gasto en sanidad era de 100 millones de dólares en 1900 y subió hasta 156.000 millones en 1990. También se disparó notablemente en términos per cápita.

Otra ficción es que en los años considerados “liberales”, básicamente la década de 1980, el crecimiento del Estado se dio la vuelta y se redujo. También es falso: siguió creciendo a escala federal, estatal y local.

La deuda pública explotó: los intereses eran 1.000 millones anuales en 1900, 31.000 en 1960, y 200.000 millones de dólares en 1992.

Se dirá que el gasto benefició a los más pobres. Esto no es así en ninguna parte, y tampoco en EE UU: “más de la mitad de los reciben subsidios públicos tenían rentas por encima de la línea de la pobreza antes de recibirlos”.

Suelo decir que la última vez que el gasto público fue gratis fue con el maná. Desde entonces hay que pagarlo, y lo han pagado los ciudadanos en EE UU. Y cada vez más. En 1930, los trabajadores norteamericanos pagaban un dólar en impuestos por cada ocho que ingresaban. En 1950 pagan un dólar de cada cuatro. Y en 1992 pagaban un dólar de cada tres que ganaban. Si esto es liberalismo, que venga Adam Smith y lo vea.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Unicornios socialistas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 26/9/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/unicornios-socialistas/

 

La ausencia de pensamiento crítico es analizada por Michael Munger en su libro The Thing Itself, de 2015. En efecto, vivimos rodeados de unicornios, legendarios animales que seguramente jamás pensaron que iban a sobrevivir a la Ilustración y llegar vivitos y coleando hasta nuestros días. Y así ha sido, de la mano de nuestros socialistas de todos los partidos, que insisten en que todo es posible, como con los unicornios, que sólo comen del arco iris, pueden ayunar durante años sin dificultad, transportar pesadas cargas sin agotarse “y sus flatulencias huelen como fresas puras y frescas, con lo que estar en un carromato detrás de ellos es un verdadero placer”.

Dirá usted: esto es un disparate, cualquiera sabe que los unicornios no existen. Problema: los socialistas creen firmemente en un gran unicornio: el Estado. Puede que no les gusten los políticos y el funcionamiento real de la democracia, usurpadora y corrupta, o el espionaje, los controles, las prohibiciones, los impuestos, y las mil y una formas en que el Estado viola nuestros derechos y libertades. Pero en todos los casos su “solución” a los problemas del Estado es… ¡más Estado!

Esto es tan absurdo que, como dice Munger, la única explicación lógica es que los intervencionistas realmente creen en los unicornios. Es decir, creen en “un Estado con las propiedades, motivaciones, conocimientos y capacidades que ellos imaginan que debería tener”. Aquello en lo que creen ha sido el objeto de la crítica liberal desde hace tres siglos. Adam Smith habló de que el problema no estribaba en las personas que actúan en el Estado sino en el propio “system of government”. Edmund Burke ironizó sobre los que creen que todo se puede arreglar con unas nuevas elecciones, ignorando los abusos que representa el Estado mismo, y Mises saludó a los pocos que perciben que el conocimiento requerido para muchas reformas es inalcanzable, y añadió: “la mayoría de los hombres soportan el sacrificio del intelecto mejor que el sacrificio de sus fantasías”. Como dijo Hayek: “la curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que realmente saben sobre que imaginan que pueden diseñar”.

Según Michael Munger, los liberales pierden mucho tiempo luchando contra los unicornios de los socialistas, porque para ellos el animal es sabio, benevolente y omnipotente. “Decirles que yerran en sus elucubraciones es inútil. Si insistimos en que nuestros adversarios están equivocados sobre las propiedades de un Estado que no existe, o al menos no existe tal como los estatistas fantasean, entonces perderemos la atención de muchas personas que podrían simpatizar con nosotros y que están principalmente interesadas en las consecuencias del Estado. Parafraseando a Hayek, la curiosa tarea de los liberales es persuadir a los demás ciudadanos de que nuestros oponentes son idealistas, porque creen en los unicornios, y entienden muy poco sobre el Estado que imaginan que pueden diseñar.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Capitalismo, empleo y plusvalía.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 21/9/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/09/capitalismo-empleo-y-plusvalia.html

 

Se dice que en un capitalismo “sin límites” se perjudicaría a obreros y empleados. Este es un gravísimo error, producto de ignorar lo que el sistema es. En el capitalismo no hay “anulación de límites”, sino todo lo contrario. Los límites se expanden en beneficio siempre del obrero y del empleado. El lucro del asalariado en el capitalismo no reconoce límites. Lo que sí es indudable es que los gobiernos no dejan de imponerle límites al capitalismo, los que vienen dados a través de impuestos, controles, regulaciones, restricciones, etc. Estas restricciones apuntan al achique de la economía privada en pos de la expansión del sector estatal y, por supuesto, del engrosamiento de las economías y finanzas personales de los señores burócratas y funcionarios de más alto rango, que siempre privilegian sus particulares ingresos por los de sobre cualquier otra persona o grupos de personas ajenas a la órbita política. Ponerle límites al capitalismo implica destruir fuentes de trabajo, es decir, condenar a obreros y empleados a una desocupación segura, y de allí al hambre y la inanición. Porque sólo el capitalista está en condiciones de dar empleo, y nadie más que él. Los gobiernos nunca pueden dar empleo a nadie, a excepción de que primero expolien a un capitalista para hacerlo. El mal llamado “empleo público”, que no deja de ser otra cosa que puroempleo estatal, no es más que una forma eufemística de llamar a lo que económicamente -en la realidad- no es más que un subsidio al desempleo. Es decir, el gobierno roba al capitalista lo que este hubiera pagado en salarios, para hacerlo el gobierno en su lugar. El gobierno -en este caso- destruye fuentes de trabajo en el sector privado para transferirlas al sector estatal (mal llamado “público”). La gran diferencia es que, en el empleo estatal no existe ningún parámetro que permita medir la productividad del trabajo, con lo que necesariamente se producirá despilfarro de capital. No hay manera de saber si el trabajo que el gobierno paga a sus empleados es productivo o no. En el ámbito político pierde total vigencia el concepto económico de productividad. La burocracia es la antítesis misma de la productividad. Su exacto opuesto.
El ejemplo por el cual se dice que el pintor de brocha gorda que de Calcuta se traslada a Nueva York ganará más dinero en esta última ciudad que en la primera, es porque en U.S.A. la estructura de capital es mayor que en la India. Es simple. De hecho, la emigración hacia EE.UU. radica en que -comparados con los demás países- allí todos los salarios siempre son más altos que en otras partes del mundo. Vale para pintores, escritores, limpiabotas, doctores, mucamas, conserjes, abogados, o lo que se nos ocurra. Sea la forma de vida que sea, en USA prosperará más que en la India. Esto es indiscutible. Y ello aun cuando -en nuestra particular opinión- EEUU no es el mejor ejemplo de un país con un sistema “capitalista”, aunque tampoco sea el peor. Por supuesto que, si las regulaciones laborales no fueran tantas y tan restrictivas, todos los tipos de trabajos (incluso en los EEUU), tendrían una tasa de retribución muchísimo más alta que las actuales (en donde reina una pléyade de regulaciones que restringen el mercado laboral, generando salarios cada vez más bajos y, finalmente, creando desempleo). Si la tasa de capital del nuevo lugar de trabajo es muy alta, hasta un trabajo de inferior calidad en relación al que se venía desempeñando en un país relativamente pobre se pagaría por encima del nivel en que se lo hacía en este último. Y todo ello, con absoluta independencia de la supuesta “maldad” o “bondad” de los empleadores de cada lugar (de origen y de destino). En el hipotético caso de que todos los empleadores de un determinado país fueran “pérfidos”, “malvados” y “odiaran” ferozmente a sus empleados (hipótesis de la cual parten todos los colectivistas, como si fuera un axioma) si el sistema en el cual están insertos es capitalista, a pesar de su supuesta o real “maldad” y “odio” a los trabajadores, de todas maneras, el sistema los obligaría ineludiblemente a elevar sus salarios. Caso contrario, perderían a sus empleados más pronto que tarde, ya que renunciarían a sus puestos, para irse a trabajar con otro empleador (también obligado por el mismo sistema capitalista a subir sus salarios). En suma, el capitalismo siempre empuja hacia arriba las retribuciones de obreros y empleados de todo nivel y jerarquía, desde la más baja hasta la más alta. En el capitalismo (si lo tuviéramos) las remuneraciones se elevarían mucho antes que lo pidieran los sindicatos. Y lo harían en un nivel y a una velocidad muy superior a las de las demandas sindicales, con lo cual las huelgas pasarían a ser por completo innecesarias, por superfluas.
Todos estos errores que hemos refutado, vienen de la aceptación popular de la absurda “teoría” de la “explotación” marxista, que suponía que el capitalista “robaba plusvalía” al obrero, hasta que en 1871 la Escuela Austriaca de Economía (con Menger y Eugen von Böhm Bawerk, entre otros) demostró que no existe tal cosa como “plusvalía” alguna, dado que el valor de todo producto no proviene del trabajo, sino que surge de la peculiar apreciación del consumidor. Esto es de simple sentido común. Cuando una dama va a una tienda de carteras a comprarse una, jamás le pregunta al vendedor (cuando ve una que le gusta) “cuántas horas de trabajo utilizó el obrero de la curtiembre para terminarla”. Más allá que, si alguien hiciera semejante pregunta el vendedor no sabría qué contestar, todos sabemos que la gente cuando compra jamás hace tamaña pregunta. La dama, simplemente interroga al vendedor cuál es el precio de la cartera, y si el precio le parece accesible, lo paga y se lleva la cartera, sin importarle si el obrero marroquinero empleó 1, 5, 10, 20 o 50 horas para hacerla. La ganancia del capitalista y del obrero salen de lo que la dama pagó al comprarla, sin que la señora de nuestro ejemplo le haya peguntado ni al vendedor, ni al capitalista, ni al obrero de la curtiembre que trabaja para él, cuánto deseaban ganar cada uno con la cartera. Compró y pagó, simplemente porque el precio le pareció barato en relación con su deseo de tener esa cartera. Ergo, como se ve, no existe ninguna “plusvalía”.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.