Argentina se recupera de su propia tragedia chavista

Por Iván Carrino. Publicado el 11/8/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/08/11/argentina-se-recupera-de-su-propia-tragedia-chavista/

 

En el año 2013, Argentina y Venezuela transitaban caminos similares. Mientras la región crecía al 3 % anual con una inflación de 4,5 %, las naciones comandadas por Nicolás Maduro y Cristina Fernández mostraban números mucho peores.

En Venezuela, la economía creció 1,3 % ese año, pero con una inflación de 56,2 % según el FMI. En Argentina, el crecimiento fue un tanto superior (2,4 %), mientras que la inflación estuvo un escalón por debajo, en el 28,3 % anual según datos privados.

Otra característica que hermanaba las economías de Argentina y Venezuela era el control de cambios. En ambos países el gobierno decretaba un tipo de cambio oficial al cual solo podía acceder un puñado de autorizados. El resto debía operar con el dólar del mercado paralelo.

En Argentina, la brecha promedio entre ambos tipos de cambio fue de 60 % ese año. En Venezuela, ya se había disparado al 456 %.

El intervencionismo, el discurso anticapitalista, la inflación, los controles de precios y los avances sobre la prensa y la justicia independiente fueron también características propias de Argentina y Venezuela.

Hoy el país caribeño se hunde en el desastre. La economía sufre hiperinflación e hiper-recesión. Solo un dato ilustra la debacle: en 2016 se fabricaron no más de 3.000 vehículos, mientras en 2007 la cifra alcanzó los 170.000. Es una caída de 98 % en diez años. El sistema político, además, mutó de una democracia populista a una dictadura socialista al estilo cubano.

Argentina, por el contrario, vive una realidad diferente. A pesar de la caída de la economía en 2016, hoy está en pleno proceso de recuperación. Si todo sale como indican las estimaciones privadas, la inflación será la más baja en siete años, mientras que el crecimiento será el más elevado en cinco años. En el plano político, la prensa trabaja libremente, la justicia no se encuentra amenazada y el gobierno de Macri tiende relaciones diplomáticas con el mundo civilizado.

¿Qué pasó con Argentina? Para resumir la respuesta: en las elecciones de 2015, el pueblo le dijo NO al modelo chavista.

 

Reformas urgentes

Tras haberse impedido el proyecto re-reeleccionista de Cristina Fernández de Kirchner, los argentinos asistieron a las urnas en octubre de 2015. Los candidatos de ese entonces ya prometían cambiar de rumbo. El debate, entonces, era si el cambio debía ser gradual o de shock, pero ya no se discutía que había que cambiar.

Finalmente, en la segunda vuelta electoral se impuso Mauricio Macri, el más “antikirchnerista” de los candidatos.

Rápidamente se tomaron algunas medidas que modificaron el ecosistema económico:

1) Se eliminó el control de cambios.

2) Se eliminaron la mayoría de los impuestos a la exportación.

3) Se liberalizaron parcialmente los precios de los servicios públicos como agua, luz y gas.

4) Se normalizaron los procesos para importar, haciéndoselos menos discrecionales.

5) Se implantó en el BCRA un sistema de “metas de inflación” para cuidar el valor del peso.

6) Se implantó un plan de “metas fiscales”, con la propuesta de reducir el déficit paulatinamente.

Las reformas urgentes implementadas por Macri dejaron al descubierto el delicado equilibrio de la economía argentina. Familias y empresas, al tener que pagar más por las tarifas energéticas, restringieron otros consumos. Algunos negocios, incluso, debieron cerrar sus puertas.

Al mismo tiempo, el sinceramiento mostró la verdadera inflación que se ocultaba detrás de los controles y se disparó al 41 % anual.

No obstante, otros indicadores mejoraron. De acuerdo con la Fundación Heritage, el país mejoró su “Libertad Económica” en 6,6 puntos. En dicha mejora destacan los rubros “derechos de propiedad”, “libertad financiera” y “libertad para la inversión”.

Por otro lado, de acuerdo con la Fundación Libertad y Progreso, luego de caer 94 posiciones en su Índice de Calidad Institucional entre 1996 y 2015, el país recuperó cuatro posiciones en 2016.

Menos chavismo, más inversión

Abortar el camino del socialismo venezolano e imponer ciertas reformas liberalizadoras mejoraron el clima de inversión local.

Eso se verifica en los números. De acuerdo con el Banco Central, la inversión extranjera directa creció 92,8 % en 2016; mientras que en los primeros seis meses de este año sigue avanzando a un ritmo del 12,4 %. Por otro lado, de acuerdo con el centro de estudios de Orlando Ferreres y Asociados, en julio “la inversión volvió a mostrar un resultado positivo en el sexto mes del año y acumula cuatro meses consecutivos de expansión”. En el año acumula un avance de 6,4 %.

La consecuencia más palpable es la recuperación económica que mencionábamos. De 15 sectores que componen el PBI, 11 están creciendo en términos interanuales, destacándose el sector agrícola, la construcción, y el transporte y las comunicaciones.

Seguro que Macri no es todo lo liberal que uno desearía. Seguro que todavía queda mucho por hacer para que el país abrace el crecimiento sostenible y vuelva a formar parte del club de los países ricos.

Sin embargo, una conclusión se hace más que evidente: socialismo es sinónimo de pobreza, y abortar el camino hacia él por lo menos ofrece la posibilidad de salir de la misma.

Los primeros “brotes verdes” de la economía argentina así lo prueban.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

El verso de la brecha del ingreso

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 19/12/16 en: http://economiaparatodos.net/el-verso-de-la-brecha-del-ingreso/

 

No es casualidad que los países con menor seguridad jurídica, impuestos altos, gasto público elevado, regulaciones y estatismo, terminen generando condiciones de vida para el grueso de la población similares a la edad media

De acuerdo a los datos publicados por el INDEC la pobreza alcanza al 32,2% de los habitantes, dato que nuevamente se ha vuelto a publicar luego que el kirchnerismo escondiera la pobreza detrás del famoso argumento de Kicillof que era para no estigmatizar a los pobres. Aclaremos que el dato del INDEC está en línea con los datos que publica la UCA sobre pobreza, de manera que, si bien el ajuste parcial de algunos precios relativos que había dejado el kirchnerismo pudo haber aumentado un par de punto la pobreza heredada del kirchnerismo, es claro que 12 años de una economía cerrada, con sustitución de importaciones, estatizaciones, regulaciones de precio, control de cambios, aumento del gasto público, presión impositiva descomunal y planes sociales solo consiguieron aumentar la tasa de pobreza. El kirchnerismo es el ejemplo más categórico de lo letal que es el intervencionismo estatal, el estatismo y el estado benefactor para la calidad de vida de la población.

En este sentido, sería bueno que el macrismo reflexione y entienda que no es cuestión de administrar “bien” un sistema con incentivos perverso como el que dejó tantos pobres con el kirchnerismo. Tampoco tiene que concentrarse el gobierno en la distribución del ingreso. Hablar de la distribución del ingreso no tiene sentido, pero sí tiene sentido bajar la pobreza.

Respecto a la distribución del ingreso voy a dar un ejemplo de lo tramposo que puede ser el tema. Supongamos que en el momento 1 el sector que menos gana tiene un ingreso de 10.000 y el que más gana de 50.0000, la diferencia entre el que más gana y el que menos gana es de 5 veces.

Supongamos que vamos a una economía de mercado y el que, sin inflación, el que menos gana tiene un ingreso de 55.000 y el que más gana de 550.000. La diferencia entre ambos es de 10 veces. O sea, la distribución del ingreso empeoró respecto al momento 1 pero resulta que ahora el que menos gana multiplicó por 5,5 veces su ingreso respecto al que menos gana del momento 1 y encima gana más que el que más ganaba en el momento 1. ¿Cuál es, entonces, el problema que la distribución del ingreso haya “empeorado”? El problema no es la distribución del ingreso, que es en lo que se concentran los políticos populistas, sino el nivel de pobreza.

El problema es que los políticos, para conseguir más votos y retener el poder, apuestan siempre al corto plazo, esto es, suelen señalar como a los que más ganan como los responsables de la pobreza de los que menos ganan. Por eso hay que expoliarlos con impuestos. Hay que matar con impuestos a las empresas y a los que más ganan para redistribuir ese dinero entre los más pobres en nombre de la solidaridad social, la justicia social y todo lo que tenga como adjetivo social. Siempre queda bien para lucir sensible como político para conseguir más votos.

Ahora, ¿cuál es el resultado de este tipo de trampa política que se ocupa de perseguir a los que más ganan? Muy sencillo, al castigarse con mayor intensidad a los que invierten y son emprendedores se quitan los incentivos para invertir, generar más puestos de trabajo y mejorar la productividad, factores que permitirán aumentar el ingreso real de los que menos tienen. El progresismo y el populismo lo que logran es igualar hacia abajo. Que todos sean pobres en vez de que los más pobres sean cada vez más ricos y mejoren su calidad de vida.

Durante décadas Argentina ha tenido políticas de castigar impositivamente la inversión y perseguir a los innovadores obteniendo como resultado este 32% de pobreza. Porque, además, para poder incrementar la carga tributaria, el estado tiene que disponer cada vez de más poder arbitrario para expropiar impositivamente a la gente, creando inseguridad jurídica y espantando las inversiones.

Mucho bien le harían los políticos a los pobres si en vez de mirar a los ricos se miraran a sí mismos y se dieran cuenta que no es persiguiendo al innovador y al que invierte como se elimina la pobreza. Que el problema no es la distribución del ingreso, sino que el haber perseguido a las inversiones es lo que genera la pobreza.

No es casualidad que los países con menor seguridad jurídica, impuestos altos, gasto público elevado, regulaciones y estatismo, terminen generando condiciones de vida para el grueso de la población similares a la edad media, con gente sin agua potable, corriente eléctrica, ni cloacas, mala alimentación y sin un sistema de salud eficiente.

Vean la Venezuela chavista con su modelo socialista del siglo XXI. Ha sumergido al grueso de la población en la pobreza más aberrante. Los emprendedores y de mayor ingreso emigraron hace rato y la única gran diferencia en la distribución del ingreso es entre los jerarcas chavistas, que tienen todas las comodidades a punta de fusil (copiando el modelo de Fidel Castro) mientras el resto de la población revuelve la basura para encontrar comida y los saqueos están a la orden del día.

Con la historia de la distribución del ingreso, lo que se ha conseguido no es sacar a los pobres de la pobreza, sino bajar a la condición de pobres a la clase media, dejar a los pobres en la pobreza, hacer que los emprendedores emigren y ampliar la brecha entre los más ricos y los más pobres, pero con la característica que los más ricos pasaron a ser los dirigentes políticos que decían que iban a reducir la brecha entre ricos y pobres. En síntesis, el negocio de los políticos ha sido el hablar de la brecha entre ricos y pobres. La dirigencia política ha sido la gran ganadora del verso de la brecha entre ricos y pobres.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Ni industria ni campo: libertad económica es el camino para Argentina

Por Iván Carrino. Publicado el 27/9/16 en: https://es.panampost.com/ivan-carrino/2016/09/27/argentina-libertad-economica/

 
La idea de que el país debe ser industrializado es, a grandes rasgos, pensar que el gobierno debe tomar políticas activas para que en la economía se desarrolle la industria manufacturera. 
Axel Kicillof es, junto con Yanis Varoufakis y Jorge Giordani, uno de los pocos ex ministros de economía del siglo XXI de profunda formación marxista. A juzgar por sus resultados, está claro que su cosmovisión del mundo no es la más adecuada para resolver los problemas actuales.

Varoufakis estuvo poco tiempo en funciones, pero fue suficiente para generar un pánico financiero en Grecia que terminó con la imposición de un corralito bancario. Jorge Giordani, quien saltó del barco de la economía venezolana en 2014, fue el artífice de la destrucción del país y cómplice de la hiperinflación y escasez que hoy asolan a su población.
Kicillof, por su parte, es responsable directo de la gestación de la bomba económica que el gobierno de Macri todavía está tratando de desactivar. Inflación, controles de precios, control de cambios, juicios sin pagar y déficit fiscal récord son solo alguna de las medallas que el joven exministro puede colgarse en su cuello. Otras son la economía frenada por 4 años, la caída del PBI per cápita y el aumento sostenido del nivel de pobreza. Nada para festejar.

Recientemente, Axel Kicillof fue entrevistado por el conocido periodista argentino Nelson Castro, en su programa “El Juego Limpio”. La entrevista se transformó en un cruce de acusaciones y tuvo momentos de contrapuntos picantes y tensos. Castro acusaba al exministro por su responsabilidad en la crisis actual, mientras que Kicillof intentó desligarse, echándole la culpa a la nueva política económica.

Al margen del cruce circunstancial entre el periodista y el economista, hubo un comentario al pasar sobre el que vale la pena reflexionar. En un momento de la conversación, Kicillof afirmó:

“Nuestro programa económico es un programa que se proponía una meta difícil: industrializar la Argentina”

En este momento de la charla, si bien hubo desacuerdo respecto de cómo lograr esa meta, nadie debatió el punto más importante. Es decir, si debe o no, darse dicha industrialización.

Analicemos este punto.

La idea de que el país debe ser industrializado es, a grandes rasgos, pensar que el gobierno debe tomar políticas activas para que en la economía se desarrolle la industria manufacturera. Trabas a las importaciones, subsidios directos, créditos blandos e inflación, todo vale para promover a los industriales del país. Si estas políticas dañan a otros sectores más competitivos o perjudican a los consumidores, eso no debería verse como un problema, ya que la industrialización es el camino para garantizar el progreso de todos.

Esta perspectiva sobre el rol que la industria manufacturera tiene en el desarrollo nacional puede provenir de una errónea interpretación de la historia de los Estados Unidos y otros países desarrollados. Durante el siglo XX, en Estados Unidos la industria tuvo un desarrollo muy marcado. Se estima que en 1840, solo representaba el 20% del PBI, mientras que a principios del Siglo XX ese porcentaje había llegado a superar el 40%. En paralelo a este verdadero proceso de industrialización, el nivel de vida de los americanos creció notablemente.

De ahí que muchos crean que la base de la riqueza se encuentra en la industria.

Sin embargo, hay dos puntos a destacar. El primero es que esta industrialización no fue producto de un deseo deliberado del gobierno de ese país, sino del desarrollo natural de las fuerzas del mercado, que fueron dejando el campo y llegaron a las ciudades en busca de mayores beneficios para sus inversiones. El segundo punto es que, a partir de la década del 70, la participación de la industria en el PBI cayó notablemente, sin que esto significara un problema para su economía. Hoy más del 70% de la producción norteamericana está en los servicios y el país sigue siendo uno de los que mejores niveles de vida tienen en el mundo.

En Argentina solemos enfrascarnos en una discusión anacrónica y obsoleta entre “industrialización” o “modelo agroexportador”, olvidando las bases verdaderas de la prosperidad económica de largo plazo. Es que no hace la diferencia si la economía tiene una mayor participación de un sector u otro, sino si ésta, como un todo, puede crecer de manera sostenible, generando progreso y bienestar para todos.

Estados Unidos no se convirtió en el primer país del mundo gracias a su industria, sino gracias a la libertad económica. Y fue esta libertad económica la que permitió a sus ciudadanos explorar un nuevo sector llamado industria a principios del siglo pasado. Fue la libertad la que industrializó al país. Y la misma libertad hoy permite el desarrollo del sector de servicios.

Para que nuestro país crezca, debemos dejar de lado viejas confrontaciones. La clave del desarrollo no está en la mano visible del estado, que decide qué sectores deben ser prioritarios, sino la mano invisible del mercado. Es ella, dejada a su libre albedrío, la que mejor garantiza el crecimiento de la producción, y en aquéllos sectores que más demandan los consumidores.

Si dejamos a la economía en libertad, no sabemos qué sectores se desarrollarán de manera más intensa, pero sí podemos pronosticar que todos viviremos mejor. Ése es el verdadero parámetro para medir el éxito de un programa económico.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Carta abierta al nuevo gobierno:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 20/1/16 en: http://www.cronista.com/columnistas/Carta-abierta-al-nuevo-gobierno-20151130-0020.html

 

Si no aparece algún estropicio adicional del gobierno en funciones que pretenda empañar lo que se ha decidido en las urnas por el voto mayoritario, nos habremos librado de un aparato estatal que no solo ha degradado instituciones fundamentales del sistema republicano sino que ha deteriorado en grado sumo todos los indicadores de la economía.

Esto es indudablemente para celebrar. Sin embargo, dada la bipolaridad de muchos argentinos en cuanto a pasar de la euforia a la depresión, debemos evitar este zigzagueo que ha ocurrido repetidas veces en la decadente historia argentina de las últimas largas décadas. Esto viene ocurriendo desde al golpe fascista de los años 30 que pretendió una Constitución corporativa y estableció el control de cambios, el impuesto progresivo, la banca central, las juntas reguladoras y la embestida contra el federalismo fiscal, un estatismo que fue mucho más acentuado a partir del peronismo y sus imitadores donde el Leviatán estrangula libertades esenciales.

Ahora se presenta una oportunidad de enderezar las cosas aunque más no sea parcialmente. El clima del que no salta es un inglés debe sustituirse por meditaciones calmas y sustanciales.

Es cierto que en el nivel político no puede articularse un discurso que vaya más allá de lo que la opinión pública puede digerir. El problema de fondo es educativo, pero no debe caerse en la ingenuidad de pensar que es suficiente una buena gestión por parte de profesionales competentes puesto que no queremos un campo minado bien gestionado, ni siquiera se trata de seguir con un campo minado sin la lacra de la corrupción. De lo que se trata es de remover las minas.

En este sentido, es insoportable un aparato estatal sobredimensionado. Es imprescindible eliminar funciones incompatibles con un sistema republicano, no simplemente podar porque como en la jardinería la planta crece con más vigor. Resulta indispensable cortar el fenomenal gasto público y centrar la atención en las funciones esenciales de todo gobierno que opera en una sociedad abierta.

Lo que no se hace en los primeros meses no se hará aunque el primer tramo esté cubierto por fundadas denuncias de corrupción del gobierno anterior radicadas en la Justicia a través del debido proceso y cubierto por las medidas saludables respecto a la dictadura venezolana y el inaudito memorándum del sonado caso iraní vinculado a las masacres que son de público conocimiento.

La decencia y las buenas intenciones son condiciones necesarias pero no suficientes para que nuestro país vuelva a ubicarse a la vanguardia de las naciones civilizadas, como cuando venían nuestros ancestros a hacerse la América debido a que las condiciones de vida eran mucho más atractivas que las de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España.

Entonces, no se trata de hacer la plancha y administrar la bomba de tiempo existente y operar con la misma estructura estatista financiado con más deuda, sino de remover cuanto antes el peligro al efecto de transferir recursos a los bolsillos de la gente y así brindar el mejor nivel de vida, especialmente para los más necesitados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

El paralelo, más real que el oficial

Por Iván Carrino. Publicado el 23/12/15 en: http://www.ivancarrino.com/el-paralelo-mas-real-que-el-oficial/

 

Finalmente, luego de cuatro años de férreo control de cambios, el nuevo gobierno decidió terminar con el cepo de un día para el otro.

Si bien el nuevo dólar del mercado unificado mostró una tendencia a la baja en los primeros días de libre cotización, lo cierto es que luego de la unificación, el tipo de cambio se ubicó mucho más cerca de aquél que prevalecía en el mercado paralelo que de aquél que el gobierno buscaba imponer en el “mercado” oficial.

Si se lo compara contra el precio que la divisa tenía en el mercado “blue” antes de la salida del cepo, el dólar abrió solo 4% por debajo de ese valor, mientras que en la comparación con el “precio” que tenía en el mercado oficial, la diferencia fue de 42%.

A la luz de estos datos, queda claro que el mercado paralelo era largamente más representativo del verdadero precio del dólar que el mercado oficial.

En este marco, muchos llaman devaluación a lo que, en realidad, no fue más que reconocer la realidad. Igualmente, no fueron pocos los que acusaron a los grandes complejos agroexportadores de ser los beneficiarios directos de esta medida.

Recientemente se estimó en $ 60.000 anuales el ingreso adicional que recibirán solamente los exportadores de soja producto del reconocimiento del verdadero valor de la divisa. Ahora si bien la matemática puede ser cierta, lo cierto es que aquí se está contando solamente una parte de la película.

En términos sencillos, si el lector vende un producto al extranjero por USD 100, y el tipo de cambio pasa de 10 a 14, claramente recibirá un 40% más de pesos de los que recibía antes. Sin embargo, si por el producto que debería cobrar $ 14, arbitrariamente recibía $ 10, eso quiere decir que estuvo cobrando menos de lo que debería por todo el período de vigencia de esa situación.

Es que el control de cambios, al fijar un precio arbitrariamente bajo para la divisa norteamericana, constituyó un verdadero impuesto a todos los fabricantes de dólares. O sea, a todos los exportadores.

Así que teniendo en cuenta lo liquidado por exportaciones y la diferencia cambiaria, podemos estimar el valor total del impuesto cobrado a los exportadores de cereales y oleaginosas solamente. Si tomamos los montos en dólares que debieron liquidar en el mercado oficial desde enero de 2012, se obtiene un total de $ 676.000 millones. Sin embargo, si hubiesen recibido el verdadero valor del dólar (que suponemos en un 4% por debajo del blue de cada momento), entonces el resultado habría ascendido a $ 948.000 millones.

De la diferencia entre ambos montos se obtiene el suculento impuesto cobrado a los que venden en el extranjero soja y otros cereales: $ 320.000 millones. Si repetimos la estimación para todo el sector exportador, el monto asciende a $ 840.000 millones, un 17% del PBI.

Claro que este impuesto no lo cobra el estado de manera directa, sino que se destina automáticamente a todas las actividades subsidiadas por el “dólar barato”, entre las que se encuentra la importación (para el que podía conseguir el permiso), los consumos en el exterior, o el dólar ahorro, que regaló a la clase acomodada del país unos $ 35.000 millones.

Como puede observarse, un sistema como el que estaba instaurado era totalmente insostenible, ya que gravaba fuertemente la producción de dólares mientras subsidiaba sobremanera su consumo.

Por último, se trató siempre de un sistema injusto, ya que el estado decidió privilegiar unas actividades económicas por sobre otras, castigando arbitrariamente al sector cuyo único pecado fue producir y vender al extranjero.

La eliminación del cepo, cuando se mira la película completa, no es una transferencia de recursos de un sector a otro sino el restablecimiento de la normalidad y la justicia en la distribución de éstos. En definitiva, el que fabrica dólares tiene derecho de quedárselos, mientras que el que quiere consumirlos tiene el mismo derechos de hacerlo, pero pagando el precio que corresponde por ellos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Habrá más inflación cuando se elimine el cepo cambiario?

Por Iván Carrino. Publicado el 17/11/15 en: http://www.elpuntodeequilibrio.com/Articulo/Vista/Habra+mas+inflacion+cuando+se+elimine+el+cepo+cambiario

 

El control de cambios que impuso el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner a fines de octubre de 2011 ha demostrado ser una medida destructiva para la economía nacional. Entre otras cosas, generó una fuerte caída de las reservas internacionales, creó el dólar paralelo y la brecha cambiaria, y es el responsable del desplome del comercio internacional.

En este marco, casi no quedan dudas acerca de la necesidad de eliminar el cepo y liberar el tipo de cambio. Sin embargo, muchos se preocupan por las consecuencias que dicha medida podría tener.

Numerosos economistas y analistas especializados entienden que la liberación del tipo de cambio, que hará que el dólar oficial suba hasta el valor del dólar “blue” (o que ambos encuentren un valor intermedio), tendrá un impacto inflacionario indeseable.

El argumento es el siguiente: dado que los productos importados pueden comprarse al tipo de cambio oficial, una suba del mismo hará que estos productos se encarezcan. Por otro lado, los productos que pueden exportarse, hoy lo hacen a $ 9,5, mientras que si pudieran exportarse a $ 15, entonces sus precios en Argentina también aumentarían hasta ese nivel.

Este punto de vista suena razonable, pero antes de profundizar en él prestemos atención a los siguientes números:

  • En la zona euro, el dólar trepó desde diciembre de 2014 a octubre de 2015 un 9,8%. Sin embargo, en el mismo lapso el nivel de precios avanzó solamente un 0,4%.

  • En Chile, el dólar subió 11,8% desde diciembre de 2014 a octubre de 2015. Pero los precios solo treparon 4,8%, menos que el mismo período del año anterior, cuando la devaluación había sido menor.

  • En Brasil, la suba del dólar fue de 46,7% en el período analizado. Los precios, por su parte, treparon 8,5%, acelerándose respecto del mismo período del año anterior.

Lo que muestran estos datos es que la relación “devaluación-entonces-inflación” no es tan directa. 

Otra cosa importante a mencionar es que la inflación depende de la política monetaria. El aumento del nivel de precios es la contracara de la pérdida de poder adquisitivo de la moneda, y la única responsable de esta pérdida es la emisión monetaria del Banco Central, especialmente cuando se emite en exceso de lo que se demanda. De hecho, es esa emisión monetaria la que hace que suba el dólar, de la misma forma en que hace subir los precios de todos los bienes de la economía.

En resumen, y como explicara Tomás Bulat: es la inflación la que genera la devaluación, no la devaluación la que genera inflación.

Por otro lado, el aumento del precio del dólar, que no es otra cosa que un bien más de la economía, debe tomarse como la suba de un precio relativo. Es decir, da lo mismo que aumente el precio del dólar a que aumente el precio del kilo de bananas. Si no hay exceso de dinero en la economía que permita aumentar el consumo de todos los bienes, el aumento del dólar tendrá como contracara la caída del precio del resto de los productos, ya que uno debe elegir entre comprar divisas o adquirir otras mercancías.

Sin nuevo dinero, si la sociedad aumenta el consumo de bananas, su precio subirá, pero necesariamente deberán caer los de los otros bienes ahora menos demandados.

En este contexto, la suba del dólar no debería generar inflación.

Dicho esto con el intento de aclarar el problema en términos conceptuales, vamos a lo concreto. La liberación del tipo de cambio sí generará un aumento del nivel de precios. Dado que los procesos de ajuste de precios relativos llevan su tiempo, lo más probable es que veamos una suba del precio de los bienes “dolarizados” sin una correspondiente baja del precio del resto de los bienes en el corto plazo.

Sin embargo, si luego del sinceramiento cambiario, o en paralelo con él, se lanza una política monetaria razonable que reduzca los niveles de emisión, la medida generará un salto de una sola vez en el nivel de precios, pero estabilizándose a medida que vayan ajustándose los precios relativos y se reduzca el ritmo de impresión de billetes.

Finalmente, si existe tal cambio en la política monetaria, hay motivos para creer que los precios saltarán en 2016, pero que podremos ver una considerable reducción de la inflación hacia el año 2017.

De no corregirse la política monetaria, sin embargo, no solo veremos más inflación en 2016, sino también en los años por venir. Pero la culpa no la tendrá la eliminación del cepo cambiario, sino la continuidad de una política económica que ya ha demostrado su fracaso.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

La devaluación de 2002 y la “devaluación” de 2016

Por Iván Carrino. Publicado el 4/11/15 en: http://www.ivancarrino.com/la-devaluacion-de-2001-y-la-devaluacion-de-2016/

 

El debate de los economistas en torno al cepo cambiario y su eventual eliminación deja algo por demás curioso: generalizando (tal vez mucho) los que hoy están en contra de cambiar el sistema cambiario y pasar a un tipo de cambio flotante son los mismos que en 2001 pedían exactamente eso.

Por el contrario, quienes en su momento rechazaban la devaluación y advertían de sus consecuencias inflacionarias, ahora se enfocan en minimizan ese efecto.

Veamos las diferencias que explican esta aparente paradoja.

En 2001 existía un sistema de tipo de cambio fijo y caja de conversión mediante el cual se limitaba la discrecionalidad del gobierno para emitir moneda de curso legal. Esta falta de “soberanía monetaria” fue juzgada por muchos como un impedimento para salir de la crisis y, por qué no, un factor de agravamiento de la misma. Así, los economistas más heterodoxos resaltaban la necesidad de devaluar la moneda y recuperar la soberanía monetaria. En la otra vereda estaban los economistas más ortodoxos, quienes advertían que la eliminación de ese límite a la emisión que daba la ley de convertibilidad terminaría abriendo las puertas a una nueva etapa de elevada inflación.

El correr de los años le dio la razón a estos últimos. Desde diciembre de 2001, la base monetaria se multiplicó por 37. Los precios, en el mismo período, se multiplicaron por 14 y la inflación es hoy el principal problema de la economía argentina.

En 2015 el sistema cambiario es el cepo, es decir, existe un control de cambios que mantiene por debajo de su verdadero nivel al dólar. Este sistema no limita la emisión monetaria. De hecho, la misma está creciendo al 31% anual según el dato de agosto publicado por el BCRA. Así, la inflación se ubica en el orden del 25%. En este marco, los economistas más heterodoxos (entre los cuales ubico a todos los que argumentan que no se puede salir del cepo y también a quienes ponen especial énfasis en el impacto inflacionario de la liberación del tipo de cambio) recomiendan, o bien mantener el statu quo, o bien proceder de una manera muy gradual.

Por el otro lado, los más ortodoxos argumentan que la inflación es un fenómeno monetario y que, si bien puede existir un impacto de corto plazo sobre el IPC, si se avanza hacia una  política monetaria más sensata, que reduzca los niveles de emisión, la eliminación del cepo podría combinarse con una reducción de la inflación en el mediano plazo.

El caso de enero de 2014 puede darnos una pista de quien lleva las de ganar en este contrapunto. En ese entonces el gobierno decidió devaluar el tipo de cambio oficial. La inflación se aceleró, pasando de un promedio de 25% en 2013, a uno de 39% en 2014. Sin embargo, el BCRA combinó la devaluación con una agresiva política de colocación de deuda y suba de tasa de interés. El gobierno también colaboró colocando deuda, lo que hizo que la inflación cayera de la zona del 40% anual a la que había llegado a mediados de 2014 hacia la zona del 25% donde está hoy.

No veo por qué, con una política monetaria que se proyecta será mucho más sensata que la actual, y con mejores expectativas frente al cambio de gobierno, no podemos tener una liberación del tipo de cambio (para muchos, devaluación, no para mí) combinada con un impacto inflacionario de una vez pero una considerable reducción del ritmo de aumento de los precios en el mediano.

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Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Los verdaderos números del atraso argentino

Por Iván Carrino. Publicado el 18/6/15 en: https://igdigital.com/2015/06/los-verdaderos-numeros-del-atraso-argentino/

 

El kirchnerismo es solo una etapa más de un largo proceso de deterioro de la economía y el estándar de vida de nuestro país. En esta nota verás la magnitud y duración de la caída que, de no haber cambios importantes, no se revertirá.

El 10 de diciembre asumirá en nuestro país un nuevo gobierno. Los ciudadanos decidirán si el triunfante es el oficialismo, representado por Daniel Scioli, quien acaba de definir una fórmula que garantiza la continuidad del kirchnerismo, o la oposición, representada por Mauricio Macri, el mejor ubicado en las encuestas para ese sector.

Sin embargo, lo que ni los ciudadanos ni el nuevo presidente podrán decidir será la herencia que recibirán de la saliente administración Kirchner. Tal como detallamos in extenso en nuestro informe especial “Los archivos desclasificados de Argentina”, el gobierno que se va deja una serie de problemas graves que se deben resolver cuanto antes. Entre ellos:

  • El déficit fiscal. El año pasado llegó al 5,3% del PBI y se espera que este año represente el 7,0%, su nivel más elevado desde 2001.
  • La inflación. La inflación en Argentina es, incluso de acuerdo con el INDEC, cinco veces el promedio mundial y en septiembre se cumplirán 10 años de inflación de dos dígitos.
  • El cepo cambiario. El control de cambios no evitó la devaluación del peso ni la pérdida de reservas, pero si colaboró reduciendo la competitividad y los incentivos a invertir.
  • Las instituciones. No hay ránking internacional de respeto por las instituciones y los límites al poder en que el país no haya mostrado un deterioro en estos años.

Esta combinación de malas políticas económicas nos han relegado a la cola del mundo, con una inversión extranjera que llega en cuenta gotas, unas tasas de interés propias de países de frontera y una economía que no crece hace 4 años.

Frente a este panorama uno podría cargar todas las tintas contra el kirchnerismo. Sin embargo, este no debe ser juzgado de manera aislada. Después de todo, Argentina arrastra ya 85 años de decadencia. El kirchnerismo es, simplemente, una nueva etapa en este proceso de deterioro.

La afirmación no es arbitraria. El camino de la decadencia es el que se desprende de observar la relación entre nuestra riqueza per cápita y la de 12 de los países más importantes del continente europeo. Lo que se observa en el gráfico es que por muchos años nuestro ingreso anual medido en dólares osciló entre un 80% y un 120% de aquél de los países desarrollados de Europa. Sin embargo, esa paridad cayó hoy a cerca del 40%, con lo que hoy un argentino gana menos de la mitad de lo que gana un europeo en un año.

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¿Qué nos pasó?

La crisis del ’30 fue un duro golpe para la economía mundial. En nuestro país produjo dos efectos. El efecto de corto plazo fue el desplome de las exportaciones, producto del freno a las compras desde los centros principales que ahora se volcaban al proteccionismo. A más largo plazo, los efectos serían aún peores. Es que en ese período se instaló en Argentina el encanto de las soluciones fáciles, el populismo y la demagogia, de la mano del primer golpe de estado exitoso, a cargo de José Félix Uriburu. El golpe del ’30 dio paso a la presidencia de Agustín P. Justo, que implementó a nivel local las políticas económicas del New Deal de Estados Unidos, que proponían el gasto deficitario como solución a la crisis.

Así, no solo se incrementaron el gasto público y el déficit sino que también lo hizo la participación del estado en la vida económica del país. En 1931, por decreto, se instaló el primer control de cambios de la historia. Al año siguiente se decretó el establecimiento del “impuesto a los réditos”, un supuesto impuesto de emergencia que todavía hoy está vigente con el nombre de “impuesto a las ganancias”. Por último, en 1935 se creó el Banco Central y se eliminó la convertibilidad con el oro.

El peronismo de la década del ’40 solo se limitó a “profundizar el modelo” iniciado en los ’30. Y las consecuencias se empezaron a sentir. El gobierno de Perón fue el primero en llevar la inflación por encima del 50% anual. Acto seguido, decretó precios máximos, creó “tribunales contra la especulación” y, finalmente, estatizó el Banco Central en 1946 junto con la totalidad del sistema bancario. Por otro lado, durante su gobierno se crearon 17 organismos públicos entre cámaras, comisiones, consejos y empresas estatales. Además, se estatizaron las telecomunicaciones y se expropiaron numerosas compañías privadas.

La excesiva importancia asignada al rol del estado resultó en una economía poco dinámica y en años de déficit fiscales crónicos, con sus consecuentes deudas impagables e inflaciones demoledoras. Desde el año 1975 nuestro país padece crisis recurrentes cada 10 años. Entre estas puede mencionarse el “Rodrigazo”, la hiperinflación, el fin de la convertibilidad y la estanflación en que vivimos ahora. La consecuencia sobre los niveles de pobreza es clara. A principios de la década del ’70 la pobreza afectaba solamente al 3% de la población. Hoy no baja del 25%.

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Más allá de quién gane las elecciones en octubre, si no se modifica radicalmente el modelo inaugurado en la década del ’30 y profundizado por el peronismo y los gobiernos posteriores a él, no podemos esperar una recuperación verdadera. Tenemos que prepararnos, porque mantener este statu quo, significa mantener la decadencia, sembrando el camino para una nueva gran crisis.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.

Macri y el cepo:

Por Armando Ribas. Publicado el 25/3/15 en: http://www.notiar.com.ar/index.php?option=com_content&view=article&id=6034:macri-y-el-cepo&catid=44:opinion&Itemid=87

 

Las recientes declaraciones de Macri al respecto de su decisión de eliminar el cepo cambiario tan pronto llegue a la presidencia han causado una revuelta política.

 

Como era de esperarse los primeros en contestar fueron los representantes del gobierno Kicillof y el actual presidente del Banco Central Vanoli.

 

Pero sorprendente a mi juicio ha sido la reacción de parte de la oposición -Massa mediante- respecto a una decisión que debiera ser un proyecto común indubitable. Como he parafraseado Pascal, “La política tiene razones que la razón no conoce”.

 

Lamentablemente la inflación ha sido paradigmática en la Argentina desde tiempo inmemorial. Ante ese espectro se ha repetido una y otra vez el error de tratar de controlar los precios internos vía el control del tipo de cambio. Por ello las macro devaluaciones efectuadas una y otra vez han constituido pecados capitales políticos de los gobiernos que a su llegada a la Casa Rosada no les ha quedado otro remedio que devaluar.

 

Aparentemente se ha considerado que el error ha sido del que devalúa y se ignora la responsabilidad del que provocara la necesidad de devaluar.

 

Y debiéramos saber que la re valuación de la moneda tiene un efecto que es el de causar una distorsión en los precios relativos internos. Al tiempo que se controlan los precios de los bienes transables internacionalmente se aumentan los de los no transables. Y en muchos casos de los costos de los productores de bienes transables. El impacto de esa disrupción en los precios internos tiene un impacto negativo en el comercio internacional pues caen las exportaciones y se reducen las importaciones.

 

Cuando se arriba a esa situación irredimible no hay otra alternativa que la devaluación, que por supuesto tiene un impacto negativo en muchos sectores e implica un incremento en la tasa de inflación. Obviamente la devaluación es el costo del error del desequilibrio postergado.  Pero existe otra instancia respecto al tipo de cambio, que es el control de cambios. Tal es la situación que representa actualmente el denominado cepo cambiario. El mismo afecta a las empresas que no se les permite la repatriación de sus dividendos, y así como la prohibición de importaciones de bienes que afectan la producción interna.

 

De acuerdo a mis estimaciones el peso se encontraría revaluado en un 36% respecto al dólar. Durante algún tiempo la re-valuación del peso respecto al dólar fue en alguna medida compensada por el incremento en los precios de las commodities y por la devaluación del dólar respecto del euro. Esa situación está cambiando en la actualidad, en parte por la caída en el precio de la soja y por otra por la reciente re-valuación del dólar. Ello ya ha producido una reducción apreciable en las exportaciones argentinas que en parte ha sido compensada por la reducción en las importaciones producida por las crecientes restricciones.

 

Creo que ante los hechos presentes la devaluación es una necesidad ineludible, por más que pueda ser discutible la política adecuada para causar el menor impacto negativo posible. Pero no solo se requiere la devaluación sino asimismo la eliminación del cepo cambiario. Al respecto nadie lo dice, pero el mismo constituye una violación paladina de los artículos 14, 17 y 19 de la Constitución Nacional.

 

Hoy Macri adelantándose a su tiempo ha reconocido públicamente la realidad que hemos descrito, y ha manifestado su decisión de eliminar el cepo cambiario a su llegada a la presidencia. También ha decidido consecuentemente eliminar las retenciones a las exportaciones, que de hecho constituyen una mayor re-valuación del peso. Entonces dada la repercusión aparentemente negativa que ha tenido la declaración de llevar a cabo esa política es posible que tenga un efecto negativo en su candidatura, pero lo que no puede haber dudas es sobre la validez de esa decisión económica.

 

La sobre-valuación del peso es un hecho indubitable y su impacto negativo sobre la actividad económica es igualmente creciente. Pero lo que es más increíble de esta situación política es que haya sido inclusive la oposición la que ignore la inconstitucionalidad del cepo cambiario. Esperemos que gane Macri y que lleve a cabo la política adecuada para superar el actual desequilibrio económico  y la inseguridad jurídica prevaleciente en la Argentina. Ello implicaría aumentar la inversión y consecuentemente el crecimiento económico no a tasa de cuento chino sino válidas.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.

Contra la devaluación, a favor de la “devaluación”.

Por Iván Carrino. Publicado el 15/9/14 en: http://opinion.infobae.com/ivan-carrino/2014/09/15/contra-la-devaluacion-a-favor-de-la-devaluacion/

 

Con una inflación que supera el 30% anualizado y un tipo de cambio fijado en el entorno de los 8 pesos desde enero de este año, el debate sobre si se debe o no devaluar vuelve a cobrar protagonismo en Argentina. En este sentido, es preciso hacer algunas aclaraciones.

La devaluación

En primer lugar, bajo ningún concepto es deseable que el gobierno devalúe la moneda. Un tipo de cambio más alto deteriora el poder de compra de los salarios empobreciendo a la población. Por poner un ejemplo, si en el mercado determinado producto se consigue a 1 dólar y el gobierno decreta que ahora se necesitan más pesos para comprar dólares, es claro que todos tendremos que trabajar más para acceder a ese producto. Puede argumentarse que los argentinos no deberíamos preocuparnos por productos cuyos precios están en dólares, pero eso sería darle la espalda al comercio internacional y, de la misma forma que no deberíamos darle la espalda al comercio con el panadero del barrio, no es sensato hacer lo mismo con los de otros países.

Se argumenta también que la devaluación es buena porque mejora la balanza comercial. En efecto, si el precio del dólar sube, exportar se hace más atractivo mientras que importar se vuelve más oneroso. Sin embargo, debe tenerse cuidado con estas afirmaciones ya que puede suceder lo que pasó en Japón, donde la reciente devaluación del Yen llevó al déficit comercial más alto de la historia. Además, incluso cuando una mejora del tipo de cambio mejore la balanza comercial, eso no quita que el efecto concreto sobre el consumidor argentino haya sido la merma de su poder de compra.

Por otra parte, una mejora del tipo de cambio no puede mágicamente dotar de competitividad a la economía o a su sector exportador. En definitiva, una empresa es más competitiva que otra cuando administra mejor sus recursos, invierte mejor y satisface mejor la demanda de sus clientes. Para el caso de los países, buenas instituciones, bajos impuestos y mercados flexibles son la clave de la competitividad, no la simple manipulación del precio del dólar.

La “devaluación”

Si bien el tipo de cambio no puede dotar mágicamente de competitividad a una economía, definitivamente sí puede quitársela. Por ejemplo, si el gobierno arbitrariamente mantiene el precio del dólar subvaluado (por ejemplo, sin dejarlo subir cuando hay inflación), entonces todos los exportadores recibirán por su trabajo menos pesos de los que recibirían en un mercado desregulado. Por otro lado, el abaratamiento del dólar subsidia las importaciones, lo que claramente conspira contra los productos de origen nacional.

Es claro cómo un sistema de tales características se vuelve inviable. Sin embargo, tal sistema termina cuando al Banco Central se le acaban las reservas internacionales, algo que el gobierno puede evitar imponiendo un control de cambios, lo que perpetúa la situación. Con un dólar artificialmente barato y un control de cambios que prolonga el sistema en el tiempo, es esperable que el sector exportador quiebre, mientras que la producción nacional también lo haga producto de la competencia extranjera subsidiada por el gobierno.

En este contexto sí se vuelve necesaria y urgente la “devaluación”, pero esta es una devaluación entre comillas, porque no se trata de subir el precio del dólar para mejorar la competitividad o la balanza comercial, sino que se trata de eliminar el control de cambios y reconocer la devaluación ya hecha para dejar de destruir esa competitividad.

Gracias al inflacionismo del gobierno, desde el año 2003 el peso se devaluó un 83% respecto de todos los bienes de la economía. Sin embargo, respecto del dólar solo lo hizo un 45% en el intervenido “mercado oficial”. La “escasez de dólares” producto de esta política de control de precios es la principal causa de la recesión que vivimos.

En conclusión, devaluar no resolverá de ninguna manera todos nuestros problemas pero, definitivamente,  “devaluar” es el primer paso para evitar que se sigan agravando.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.