La información y el sentido de la vida

Por Sergio Sinay: Publicado el 3/1/18 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/

 

No vivimos ya en una sociedad de productores y ni siquiera de ciudadanos, sino en una sociedad de consumidores. Se nos incita a consumir, se nos adiestra para ello, se nos crea deseos que se inoculan como necesidades, se instala subliminal y directamente la idea de que si cesa el consumo sobrevendrá el fin del mundo, de que no hay otro modelo posible para que las sociedades funcionen, se nos conduce a una insatisfacción permanente porque solo sobre la base de ella puede funcionar el consumismo, dado que quien está satisfecho con su vida, con sus relaciones, con sus proyectos existenciales, se siente en paz, no desea más, consume lo necesario y lo hace racionalmente.

También en el plano de la información esta matriz está presente. ¿Cuánta información es necesaria? La respuesta de Perogrullo sería: la que necesitamos, no más que eso. Sin embargo, no es tan fácil saber lo que se necesita. Requiere un tiempo de introspección, de reflexión, de separar mentalmente la paja del trigo, lo superfluo de lo esencial. Requiere contacto con la propia interioridad, escucha de las voces internas y aceptación de lo que dicen. Muchas veces ellas pueden oponerse a la urgencia de los deseos y proponer calma, sobriedad y sensatez. En los tiempos que corren no hay propensión a ese ejercicio de auto observación. Se vive en la superficie, a toda prisa, con predominio de lo fugaz y lo descartable. No son las mejores condiciones para reconocer lo que es una necesidad auténtica, nacida de adentro, y para diferenciarla de un deseo urgente y ansioso estimulado desde afuera.

Una sociedad de consumidores es, a su vez, una sociedad de clientes. Lo que se espera de ellos es que compren. Y lo que se busca es venderles (…) Donde dice “productos” se puede, y se debe, leer también “información”. Hoy la información es un producto. Si no hay noticias urge inventarlas. Si las que hay no tienen suficiente morbo se descartan y se remplazan por otras, artificiales. De acuerdo con el periodista y ensayista gallego Ignacio Ramonet, quien dirigió la prestigiosa publicación francesa Le Monde Diplomatique y se ha especializado en el estudio de las relaciones de los medios con la ideología y la política, entre la última década del siglo XX y las dos primeras del XXI, se produjo en el mundo más información que en los 5 mil (cinco mil, sí) años anteriores”. En un ejemplar dominical del The New York Times, según Ramonet, hay más información de la que un ciudadano del siglo XIX podía recibir en toda su vida. Y nadie diría que el siglo XIX no dejó enormes contribuciones para la humanidad en todos los campos: filosofía, política, tecnología, ciencia, arte.

También mucho antes de las computadoras, de internet, de los teléfonos celulares y de las tablets, en épocas durante las cuales sus creadores no estaban atosigados de información como los llamados “innovadores” y los consumidores de hoy, nacieron valiosos legados que enriquecieron la historia y la experiencia humana (cosa ignorada por buena parte de la población actual del planeta). Y no solo perduraron, sino que jamás fueron superadas. Ahí están como prueba la rueda, la imprenta, el avión, la máquina de vapor, los barcos, extraordinarios monumentos (como las pirámides egipcias y mexicanas), catedrales, teatros, el automóvil, la electricidad, el cine, la televisión, la penicilina, los antibióticos, la anestesia, la telegrafía con y sin hilos, el Canal de Panamá, la Torre Eiffel, el mítico Empire State, los rayos X, los cohetes que exploran el espacio y tantas cosas más. Podríamos seguirlas enumerando durante páginas y páginas.

Más información no parece significar, de manera automática, más conocimiento, más inspiración, más visión estratégica, más inteligencia aplicada. Un viejo dicho aconseja no confundir gordura con hinchazón  (…)

Bulimia informativa y desigualdad social

Priscila López, investigadora de la subsecretaría de Comunicaciones de Chile, y Martín Hilbert, que fue asesor de la ONU y es investigador y profesor en la Universidad de California, dieron a conocer en 2012 un trabajo en el que estudiaron la capacidad mundial de almacenamiento de información entre 1986 y 2007. Una de sus conclusiones fue que, mientras los medios de almacenamiento y producción de información se habían desarrollado espectacularmente en ese lapso, al igual que la cantidad de información, la capacidad de transmitirla había crecido de una manera modesta. Desde 1990 la tecnología digital copó el escenario informativo y hacia 2007 la mayor parte (el 94%) de la memoria de la humanidad estaba almacenada digitalmente. Esto equivalía a 61 CD-Roms por cada habitante del planeta. Unas 80 veces más información por persona que la existente en la Biblioteca de Alejandría 300 años antes de Cristo. Si esa información hubiese estado almacenada en papel, se habría necesitado un 17% más que el Producto Bruto Interno de Estados Unidos para comprarla. Había una cantidad de bytes de información por persona equivalente a todas las estrellas de la galaxia. Si cada byte fuera representado por un grano de arena, habría sido necesaria una cantidad de arena 315 veces mayor a la de todas las playas del planeta. Cada ser humano recibía en el lapso estudiado una cantidad de información diaria equivalente a 174 periódicos y emitía un monto igual al de 6 diarios con todos sus suplementos.

Surge una pregunta inmediata y quizás ingenua: ¿en cuánto contribuyó todo eso a mejorar el mundo, a luchar contra el hambre, a elevar la plenitud existencial de la población planetaria, a elevar la calidad de la justicia, a generar equidad, a disminuir las guerras y la violencia, a trabajar por la aceptación, la compasión y la empatía, a disminuir las tasas de egoísmo o a hacer más dignas las condiciones de vida de grandes masas de población? (…)

Si la información no es aplicada deja de ser un medio y pasa a ser un fin. Cuando eso ocurre, importa más la cantidad que la calidad. Y la bulimia informativa aparta a enormes mayorías de personas de la vida real, ya que les quita tiempo, atención, vinculación y horizontes existenciales. (…) Si la cantidad de información circulante sobrepasa la posibilidad de absorción y metabolización por parte de las personas, si estas reciben, retransmiten o emiten datos sin procesarlos, sin reflexionar, sin discriminación, los seres humanos pasan a ser simples herramientas de la maquinaria informativa cuyos intereses principales son económicos en primer lugar y políticos en segundo. Economía y política son instrumentos esenciales en la construcción de una comunidad humana fundada en valores, en cooperación y en visiones trascendentes. Pero dejan de ser instrumentos cuando se convierten en fines en sí mismos inspirados por la ambición de acumular poder y ejercerlo. Chatarra tecnológica y chatarra informativa polucionan hoy al planeta tanto en el plano físico como en el mental y espiritual. La monstruosa cantidad de información, de la cual el informe citado es apenas un testimonio, es imposible de asimilar, ordenar, procesar y orientar hacia fines dignos. Se trata de un tsunami que desbarata cualquier estructura mental y la reduce a escombros, aunque sus consumidores crean que no es así y estén convencidos (como sucede con los adictos respecto de aquello que los somete) de que lo controlan.

El pensamiento crítico, ese gran antídoto

¿Se puede hacer algo frente a esta pandemia de superficialidad dañina? (…) Se trata de reivindicar el valor del pensamiento, de estimular su ejercicio (en progresivo desuso), de auto adiestrarse y adiestrar a otros en la capacidad de reconocer y seleccionar la información valiosa y descartar la inútil, tendenciosa, amañada, especulativa, manipuladora y falsa. Se trata de aprender (o reaprender) a reconocer fuentes fiables de las que no lo son, cosa posible para una persona que piense por su cuenta, que no tercerice sus pensamientos, que venza a la pereza intelectual, que mantenga despierta la atención y que saque conclusiones (dos más dos siempre es cuatro y muchas veces hay fuentes que lo presentan como cinco, valiéndose de falacias). Se trata de atreverse a investigar por cuenta propia, de dedicar tiempo a la reflexión que sigue a la lectura. Se trata de una mayor comunicación con los seres y las situaciones reales que nos rodean y menos conexión que con la virtualidad y la digitalización que nos achatan y secuestran.

A la educación, tanto la esencial que se inicia en los hogares con liderazgo y ejemplos (sobre todos conductuales y morales) como a la formal, que corre por cuenta de escuelas, colegios y universidades, le cabe un papel sustancial en este emprendimiento. Las educadoras Inés Aguerrondo y Agustina Blanco apuntan que “la tecnología en las escuelas es un componente indispensable a considerar, si el sistema busca reducir las brechas de oportunidades”. Pero advierten: “El hecho de acceder a la información y al conocimiento no garantiza su comprensión, su apropiación y su uso. Es necesario dotar a las generaciones jóvenes de herramientas para sumergirse de modo eficaz en el océano de información que hoy está al alcance inmediato de todos, poder diferenciar lo importante de lo irrelevante, lo confiable de lo espurio, así como saber analizar las fuentes de información” (…)

Allí está el antídoto que puede y debe suministrarse desde la misma formación de la identidad y de la ciudadanía, antes de que sea tarde y la avalancha de información tóxica sepulte a chicos y jóvenes y los convierta en adultos zombis (…).

La sobredosis de información narcotiza, hace perder de vista el foco de la propia existencia, los pilares esenciales sobre los que esta se sostiene. Tomar el timón de esa existencia conlleva establecer cuál es el espacio y el tiempo que la información ocupará en nuestra vida, para qué y cómo la necesitamos y la usaremos, cómo nos aproximaremos a ella, qué consecuencias tendrá esa relación no solo en nosotros sino en nuestro entorno vincular, ciudadano y físico. El modo en que nos vinculemos con la información dirá si decidimos ser sujetos de nuestra vida u objetos manipulables de los intereses de otros. Acaso todo esto pueda resumirse en una frase: dime cómo, de dónde y para qué te informas y te diré cómo vives.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Valores que se promueven y reflejan a través del mercado, no a través de decretos: el caso Airbnb

Por Martín Krause. Publicada el 10/11/16 en: http://bazar.ufm.edu/valores-que-se-promueven-y-reflejan-a-traves-del-mercado-no-a-traves-de-decretos-el-caso-airbnb/

 

Cada vez que encontramos un problema, solemos buscar una solución a través de una política pública que exigimos el Estado imponga. Pero dejamos de ver que hay otros caminos, otros mecanismos, a través de los que ciertas conductas se generalizan en la sociedad.

Por ejemplo, si consideramos el tema de la discriminación, pensamos en seguida en qué estará haciendo el Estado al respecto, y si tiene alguna Secretaria u organismo contra la discriminación, y si existe alguna legislación al respecto.

Pero dejamos de ver que si ciertos valores predominan en la sociedad, el mercado mismo buscará promoverlos e impulsarlos, o atender a ellos, de la misma forma en que los emprendedores buscan satisfacer las necesidades de los consumidores. Esas necesidades no son solamente de ciertos bienes o servicios sino también de ciertos valores que importan a los consumidores.

Aquí tenemos un ejemplo de eso. En estos días Airbnb ha enviado un mensaje respecto a conductas relacionadas con la discriminación. ¿Por qué lo hace? Bueno, responde a las preferencias de los consumidores, que ahora dan un valor negativo a la discriminación.

Este es el texto del mensaje:

El compromiso de la comunidad de Airbnb

“Hola:

Al principio de este año iniciamos un proceso exhaustivo para luchar contra los prejuicios y la discriminación en la comunidad de Airbnb. Como resultado, pediremos a todos los miembros de Airbnb que acepten el compromiso de la comunidad a partir del 1 de noviembre de 2016. El hecho de aceptar o no este compromiso afectará tu actividad en Airbnb, por esta razón te avisamos con antelación.

¿Qué es el compromiso de la comunidad de Airbnb?

Te comprometes a tratar con respeto y sin prejuicios a los demás miembros de la comunidad de Airbnb, independientemente de cuál sea su edad, raza, sexo, religión, nacionalidad, identidad de género u orientación sexual, o de si tienen alguna discapacidad.

¿Cómo puedo aceptar este compromiso?

A partir del 1 de noviembre, aparecerá un mensaje con el compromiso cuando inicies sesión en Airbnb o accedas al sitio web o la aplicación para móviles o tabletas y se te solicitará automáticamente que lo aceptes.

¿Qué sucede si no acepto este compromiso?

Si rechazas el compromiso, no podrás hospedar o reservar alojamientos con Airbnb y aparecerá una opción para cancelar tu cuenta. En caso de hacerlo, todas las reservas que tengas pendientes también se cancelarán y no podrás reservar alojamientos, aunque tendrás la posibilidad de seguir navegando por nuestra web.”

Así evolucionan las conductas, no a través de normas impuestas y agencias gubernamentales. El mercado busca darle a la gente lo que gente demanda, incluyendo cierto tipo de conductas, que nos gustarán o no, pero son las que la gente prefiere en un determinado momento. Esta disciplina es mucho más eficaz que cualquier resolución gubernamental.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Camioneros, carteros y los sobres de los bancos: abajo los celulares, el correo electrónico, y los blogs!

Por Martín Krause. Publicada el 19/2/16 en: http://bazar.ufm.edu/camioneros-carteros-y-los-sobres-de-los-bancos-abajo-los-celulares-el-correo-electronico-y-los-blogs/

 

Dicen que durante una visita de Milton Friedman a China fue llevado a visitar una obra donde un gran número de trabajadores excavaban un canal con palas y transportaban la tierra en bolsas. Asombrado por esa circunstancia, Friedman preguntó por qué no utilizaban máquinas excavadoras y camiones. La respuesta fue que de esta forma se generaban más empleos, a lo cual Friedman sugirió que en lugar de palas le dieran cucharas a los trabajadores. Que de esa forma se generarían muchos más.

Carteros

En verdad, lo que hacían los funcionarios chinos tenía sentido, ya que seguramente el trabajo era el recurso más barato, y juntar a, digamos, diez mil trabajadores podría ser más barato que contratar una excavadora, dada la miseria de salario que cobraban. De todas formas, como no había precios de mercado era imposible realizar el cálculo económico que permitiera determinar si convenía un método u otro.

Pero dejemos eso de lado y vayamos al punto anterior, que una tecnología más antigua genera más puestos de trabajo que una más moderna. Este tema resurgió en la Argentina cuando el Banco Central, en un ataque de ambientalismo dirigista resolvió que de ahora en adelante todos los estados de cuentas de los bancos serían distribuidos electrónicamente, y no en papel, para ahorrar vaya a saber cuántos árboles talados. El sindicato de camioneros salió a la calle inmediatamente para oponerse a tal medida, argumentando que esos envíos con ahora casi un tercio de todos los que se realizan por correo y que prohibirlos determinaría una clara pérdida de empleos para el sector.

Detengámonos a considerar la lógica de este argumento. El dirigente sindicalista, reclamaba esta medida mientras atendía a las radios por su celular y enviaba correos electrónicos por doquier, al igual que todos los manifestantes que los acompañaban. Al hacerlo, no se daban cuenta que era algo similar a boicotearse a sí mismos, pues cada llamada telefónica y cada mail contribuían a la desaparición de puestos de trabajo entre sus mismos afiliados.

Imaginemos cuál sería la situación si no hubiera celulares y correos electrónicos. El sindicalista hubiera tenido que invitar a la marcha por carta, o por afiches en las calles. También por ese medio tendría que haber enviado sus opiniones a los medios. Todo esto hubiera necesitado del trabajo de muchos obreros en imprentas, muchos carteros en el correo y camioneros para llevar la gran cantidad de cartas. Es más, podríamos ir un poco más atrás, y si esas cartas se enviaran a pie o en carros a caballo hubieran sido necesarios muchos más carteros, más muchos más caballos con los consiguientes servicios para atenderlos e incluso para limpiar las calles a su paso.

La tecnología del camión, y ni que hablar la del celular y el correo electrónico, todas ellas utilizadas por los compañeros camioneros, ha desplazado a otras tantas tecnologías y ha dejado en la calle a una gran cantidad de gente, por la que habría que hacer algo. ¿Qué culpa tienen los caballos? ¿Y qué ha pasado con las familias de los criadores y dueños de carros? ¿Dónde está su sindicato peleando por sus puestos de trabajo?

Volvamos ahora a la resolución del Banco Central. ¿Ha de ser decidido esto de esa forma? Pues, tal vez, lo correcto hubiera sido que cada cliente decida si quiere su resumen de cuenta en papel o electrónico, y que todo el que lo quiera en papel, pague tanto el material, como su impresión y su entrega. Y que el sindicato, en todo caso, vaya a quejarse a los mismos consumidores, de los que ellos también forman parte. En ese mismo acto debería repudiar los celulares y borrar sus cuentas de mail y proponernos a todos que abandonemos eso para volver a las cartas escritas. Y nada de blogs, por supuesto.

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

¿Quién fija los salarios en el capitalismo? Segun Mises no son los empresarios, son los consumidores

Por Martín Krause. Publicado el 29/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/quien-fija-los-salarios-en-el-capitalismo-segun-mises-no-son-los-empresarios-son-los-consumidores/

 

En Junio de 1959, Ludwig von Mises dictó seis conferencias en Buenos Aires. Éstas fueron luego publicadas y las estaremos considerando con los alumnos de la UBA en Derecho. Comienza con una exposición sobre el Capitalismo. Algunos párrafos:

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Los ataques contra el capitalismo – especialmente en lo que respecta al mayor nivel salarial – comienzan del falso supuesto que dichos salarios son en última instancia pagados por gente que es diferente de quienes están empleados en las fábricas. Es correcto para los economistas y los estudiantes de teorías económicas distinguir entre el trabajador y el consumidor y establecer una diferencia entre ellos. Pero el hecho es que cada consumidor debe, de una u otra manera, ganar el dinero que gasta, y la inmensa mayoría de los consumidores son precisamente las mismas personas que trabajan como empleados en las empresas que producen las cosas que ellos consumen.

El nivel de salarios – bajo el capitalismo – no está fijado por una clase de gente diferente de la clase de gente que gana los salarios; ellos son la misma gente. No es la empresa cinematográfica de Hollywood quien paga los salarios de una estrella del cine; es la gente que paga su entrada para ver las películas. Y no es el empresario de una pelea de boxeo quien paga las enormes sumas que demandan los boxeadores de cartel; es la gente que paga su boleto para ver la pelea. A través de la distinción entre empleador y empleado, una diferenciación se establece en la teoría económica, pero no hay una diferenciación en la vida real; en ésta, el empleador y el empleado son, en última instancia, una persona, la misma persona.

Hay gente en muchos países que considera muy injusto que un hombre, quien debe mantener una familia con varios hijos, reciba el mismo salario que un hombre quien solamente debe mantenerse a sí mismo. Pero la cuestión no es si el empleador debe tener una mayor responsabilidad por el tamaño de la familia de su trabajador. La pregunta que debemos hacernos en este caso es: ¿Está Ud. dispuesto – como un individuo – a pagar más por algo, por ejemplo, una hogaza de pan, si se le dice que el hombre que produjo este pan tiene seis hijos? La persona honesta ciertamente contestará por la negativa y dirá: ‘En principio sí, pero de hecho, si cuesta menos, mejor compraría el pan producido por un hombre sin hijos’ El hecho es que, si los compradores no le pagan al empleador lo suficiente para permitirle pagar a sus trabajadores, se tornará imposible para el empleador permanecer en el negocio.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

¿Acaso la competencia entre jurisdicciones ‘protege’ al contribuyente como al consumidor en el Mercado?

Por Martín Krause. Publicado el 19/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/acaso-la-competencia-entre-jurisdicciones-protege-al-contribuyente-como-al-consumidor-en-el-mercado/

 

Con los alumnos de Economía e Instituciones, de OMMA-Madrid, vemos el Capítulo 10 sobre Globalización y Competencia Institucional.

El proceso competitivo del mercado es eficiente, porque obliga a los proveedores a prestar atención a los consumidores y a sus necesidades. Esto es así porque los primeros necesitan la aprobación voluntaria de los últimos en un intercambio que tiene que ser mutuamente beneficioso para realizarse. En el ámbito de las acciones del Estado eso no sucede, porque quien ofrece los servicios no requiere tal aprobación, al menos directamente. Esta desvinculación entre prestación y pago está en la raíz del problema, y mientras exista el problema de la ineficiencia del monopolio y el abuso de poder subsistirá.

En tal sentido, el proceso de competencia intra-, inter- y extra-jurisdiccional actúa como un mecanismo adicional de control, ya que establece límites a lo que se puede realizar sin el consentimiento explícito de los ciudadanos. En la medida que la movilidad de los factores ejerce presiones positivas y negativas, introduce un mecanismo de premios y castigos que fuerzan al gobernante a prestar atención a esos movimientos y actuar en consecuencia.

Pero estamos hablando de monopolios territoriales, con una imperfecta (aunque creciente) movilidad por parte de los ciudadanos y con imperfecta información respecto a los costos y beneficios provenientes de las distintas jurisdicciones, debido a la ausencia de precios en estos servicios. Por eso la competencia genera mejores condiciones mientras el individuo puede trasladarse, pero, al mismo tiempo, estamos lejos del grado de competencia que existe cuando, sin necesidad de hacerlo, puede optar entre un producto o servicio y otro. Un caso similar al comentado sería el existente en algunos países en relación con las concesiones de servicios telefónicos en redes donde existen distintos proveedores, pero cada uno de ellos con un monopolio regional: el individuo puede ejercer su poder de opción trasladándose de una región a otra, pero no dentro de una de ellas.

No obstante, como hemos visto, ese traslado existe y se hace más intenso a medida que se reduce el tamaño de la jurisdicción a cargo de la provisión del servicio. De ahí que las bondades de la descentralización vayan más allá que el conocimiento de las condiciones específicas de tiempo y lugar, al permitir un incremento proporcional de la movilidad y, por ende, de la competencia.

Las semanas previas a un acto electoral nos muestran una intensa actividad, que bien podríamos denominar “competencia”: los candidatos, al menos durante ese breve periodo, compiten entre sí. ¿Es esa la única competencia en el ámbito de la política? Después de todo, la definición de un “gobierno” es la de poseer el “monopolio” de la coerción y la palabra monopolio sugiere todo lo opuesto a competencia.

No obstante, el análisis económico de la política ha señalado dos formas en las que la competencia “entre gobiernos” se manifiesta. A una de ellas podríamos llamarla “competencia por comparación”: es aquella desde que la gente observa lo que pasa en el gobierno de al lado y demanda políticamente algo similar. Para eso no hace falta que la gente o los recursos se muevan de donde están. La otra forma de competencia es, precisamente, la que genera esa posibilidad de trasladarse de una jurisdicción a otra.

Que los capitales pueden trasladarse resulta claro, pero ¿son también móviles otros recursos? En concreto, ¿se traslada la gente comparando condiciones según un gobierno u otro? La respuesta es, por supuesto, afirmativa. Basta recordar las recientes noticias sobre los africanos que querían ingresar a Europa por Ceuta y Melilla o al ocasional balsero cubano. Suele decirse que, a nivel intergubernamental, la gente “vota con los pies”, y para tener una idea de la calidad institucional en cada caso solo hace falta observar de dónde quiere salir la gente y a dónde quiere entrar.

Los gobiernos están preocupados por esta competencia: la existente entre aquellos que pierden recursos, precisamente porque se les escapa su “base imponible”, y aquellos que los reciben, porque, se sostiene, en un mundo en competencia para atraerlos hay que reducir constantemente las tasas impositivas. Ahora bien, esta es una cuestión mucho más acotada que la anterior: ¿compara la gente distintas presiones impositivas y decide mudarse de un lado a otro cuando solamente hay diferencias en los impuestos?

Feld y Reulier (2005) han estudiado este fenómeno analizando los cantones suizos desde 1984 hasta 1999. Su conclusión es que, efectivamente, existe una movilidad relativamente importante, inducida por la carga impositiva. La elección de Suiza como objeto de estudio no es caprichosa, pues en ese país los cantones pueden fijar las tasas de impuestos a los ingresos y la diferencia entre ellos es mucho más notoria que en cualquier otro país europeo. Los cantones suizos obtienen el 50% de sus ingresos de estos impuestos y las tasas varían desde el 12% en el cantón de Zug hasta el 28% en Ginebra.

Los autores descubren algunos hechos interesantes. La competencia existe y en el periodo analizado las tasas se han reducido en todos los cantones. Esta competencia parece ser mucho más intensa en cantones vecinos, ya que la gente está más dispuesta a mudarse, por ejemplo, de Zurich a Zug, pero no tanto desde Ginebra, donde las diferencias culturales y de idioma son importantes. Ginebra compite con Vaud y la ciudad de Basilea con el condado del mismo nombre.

Asimismo, esa competencia es mucho más intensa en el nivel de ingresos medios, que va desde 70 mil a 100 mil francos suizos anuales. ¿Por qué? Fled y Reulier sostienen que quienes están en esa franja suelen ser profesionales jóvenes a quienes hay que atraer. Ya después tendrán ingresos mayores, pero también menor movilidad, por cuestiones de familia: hijos, colegios, amistades. Con más ingresos y menor movilidad, ya se puede subir la tasa.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Los precios de los factores de producción (salarios incluidos), también los fijamos como consumidores

Por Martín Krause. Publicado el 30/4/15 en: http://bazar.ufm.edu/los-precios-de-los-factores-de-produccion-salarios-incluidos-tambien-los-fijamos-como-consumidores/

 

Con los alumnos de OMMA Madrid estamos leyendo a Mises, La Acción Humana, Cap XVI, (apartados 3 y 4) sobre los precios de los factores de producción. Dice Mises:

“Los precios de los bienes de orden superior (esto es, los más alejados del consumo), son finalmente determinados por los precios de los bienes de primer orden, u orden inferior, esto es, los bienes de consumo. Como consecuencia de esta dependencia, ellos están en última instancia determinados por las valoraciones subjetivas de todos los miembros de la sociedad de mercado.”

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Ahora bien, luego plantea una diferencia entre “valoraciones” y “precios”: “Sin embargo, es importante comprender que nos encontramos con conexiones de precios, no con conexiones de valoraciones”. ¿Qué quiere decir con esto?

Entiendo lo siguiente: son las valoraciones de los consumidores respecto de los bienes de consumo los que determinan luego los precios de todos los bienes intermedios y de los factores de producción que intervienen en el proceso de producción hasta llegar a la etapa final de consumo. Es decir, son las valoraciones de los consumidores de cigarros y cigarrillos las que determinan el precio del tabaco, pero en todo ese proceso que va desde la semilla del tabaco, su siembra, recolección, secado, molido y elaboración del cigarro, los precios transmiten las valoraciones de los consumidores finales, no las de los participantes de cada etapa. Estos reflejan las valoraciones finales.

De nuevo, es porque los consumidores están dispuestos a pagar cierto precio por el cigarro que luego se justifican todos los precios anteriores en la cadena de producción, hasta los primeros pasos o, como diría Mises, las etapas más alejadas.

Sigue Mises: “Los precios de los factores complementarios de producción están condicionados por los precios de los bienes de consumo. Los factores de producción son valorados en relación a los precios de los productos, y de esta valoración emergen sus precios.”…”Los precios de los bienes de consumo engendran las acciones que resultan en la determinación de los precios de los factores de producción”.

Este breve párrafo podría plantear cuestiones de importancia central en nuestras economías actuales. Por ejemplo, se deduce de ello que el nivel de la remuneración del trabajo en una cierta área de la economía depende, en última instancia, de las valoraciones de los consumidores respecto al producto final.

Esto sería difícil de entender para los sindicalistas. Deberían aceptar que las remuneraciones no están estrictamente determinadas por los empresarios que los contratan sino por los consumidores que están dispuestos a pagar el precio de los bienes que esos empresarios producen. El empresario simplemente combina factores de producción.

Esto es fácil de ver, por ejemplo, en algunos deportes o en el entretenimiento. ¿Por qué ganan tanto algunos futbolistas si no es porque los consumidores están dispuestos a pagar por ello, ya sea entradas, productos, etc? Lo mismo con actores o actrices famosos. ¿Qué explica si no sus altos niveles de remuneración?

Claro. Imagino que un sindicalista sentado a negociar los salarios con un empresario, no vería con agrado que le digan que, si quiere salarios mayores a los que pueden pagarse, vaya a hablar con los consumidores para que estos, a su vez, estén dispuesto a pagar más por los productos que ese trabajo produce. Pero eso es, en definitiva, lo que sucede. Los consumidores somos los que determinamos, en definitiva, la remuneración de los distintos factores de producción, entre ellos el trabajo, y también.

Comenta Mises más adelante:

“Compitiendo en cooperación y cooperando en competencia toda la gente es instrumental en obtener el resultado, esto es, la estructura de precios en el mercado, la asignación de factores de producción a las distintas ramas de satisfacción de necesidades, y la determinación sobre la porción de cada uno”.

Comprando o absteniéndonos de comprar, no solamente decidimos sobre las cosas que tendremos o no, sino mucho más, toda la configuración del mercado.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Un mundo de “iguales oportunidades”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 9/6/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/06/un-mundo-de-iguales-oportunidades.html

 

La aspiración, no sólo de muchos economistas sino, podemos decir a ciencia cierta, de la mayoría de las personas que conocemos, es la de arribar a una mayor “igualdad social”. En particular, se hace hincapié en la denominada “igualdad de oportunidades”. Y se apela de continuo al estado-nación como responsable de obtener dicha meta. Desde diversos ángulos, sin embargo, importantes economistas han puesto de relieve que las economías intervenidas, o con fuerte grado de intromisión estatal, logran el objetivo opuesto por diversos motivos. Uno de ellos son los deficientes marcos institucionales en los que se mueven:

“Esos son los que llamamos “marcos institucionales” y diremos que uno es mejor que otro cuando permite una mayor coordinación de las acciones de los individuos y esto les permite acceder a mayor número de oportunidades. Es lo que intentamos evaluar en este “Índice de Calidad Institucional”[1]

Por supuesto, la elección entre un mundo de mayores oportunidades y otro de iguales oportunidades es una elección entre blanco y negro. Es decir, no se puede optar por ambos fines simultáneamente. O apuntamos a una sociedad de mayores oportunidades (la llamada sociedad liberal, o -como la denominan también otros autores- la sociedad abierta, o de libre mercado, o -simplemente- el liberalismo) o su contrapartida: la sociedad igualitaria o de igualdad de oportunidades, en la cual por definición (y por teoría y su praxis histórica y actual) las oportunidades jamás serán mayores para absolutamente nadie, ya que en ella todos serán igualmente pobres.

Resulta importante también poner de relieve en este tema el papel del consumidor:

“Suele criticarse el que en la competencia cataláctica no sean iguales las oportunidades de todos los que en la misma inter­vienen. Los comienzos, posiblemente, sean más difíciles para el muchacho pobre que para el hijo del rico. Lo que pasa es que a los consumidores no les importa un bledo las respectivas bases de partidas de sus suministradores. Preocúpales tan sólo el conseguir la más perfecta posible satisfacción de las propias necesidades. Si la transmisión hereditaria funciona eficazmente, la prefieren a otros sistemas menos eficientes. Contémplanlo todo desde el punto de vista de la utilidad y el bienestar social; desentendiéndose de unos supuestos, imaginarios e impracticables derechos «naturales” que facultarían a los hombres para competir entre sí con las mismas oportunidades respectivas. La plasmación práctica de tales ideas implicaría, precisamente, dificultar la actuación de quienes nacieron dotados de superior inteligencia y voluntad, lo cual sería a todas luces absurdo.”[2]

Por supuesto, esto no implica que la inteligencia y voluntad, no puedan desarrollarse, e incluso reducirse en quienes “nacieron dotados” por ellas, y hasta hemos visto casos en que pueden desaparecer por completo. Y todo esto, por la propia dinámica humana, y por el indeterminismo en el que creemos firmemente. Cualidades supuestamente “heredadas” pueden aumentar, mantenerse estáticas, disminuir o esfumarse, dependiendo de lo que cada uno de nosotros quiera y se proponga hacer en la vida. Pero para ello, también es imprescindible que gocemos de la más amplia y plena libertad de acción, de movimientos y de propósitos. Marcas comerciales de familias otrora exitosas en el mercado han desaparecido, y a veces casi por completo tras unas pocas generaciones, y otras nuevas han surgido. La diferencia radica en cuanto a si estos movimientos, ascendentes y descendentes, han sido consecuencia de acciones dirigidas por otros desde posiciones de poder (es decir, desde el estado-nación) o han sido fruto de actuaciones originadas en los propios implicados en tales éxitos y fracasos.

Lo determinante -nos parece- es que tengamos en claro la existencia de diversidades naturales entre las personas, y que estas disimilitudes no quedan estáticas, firmes ni petrificadas en el tiempo, ni entre las personas que componen el grupo social, ni en aquellos individuos (considerados en sí mismos) que gozan en determinado momento de especificas cualidades y defectos. La regla natural es la variedad, y es a partir del hecho biológico de dicha multiplicidad (que, recordemos, no implica fatalismo ni determinación irreversible) que el progreso social conjunto es posible, lo que necesariamente desembocará en mayores y mejores (no iguales) oportunidades para todos, incluyendo a los -en primera instancia- más desfavorecidos.

Para lograr todo esto, es imprescindible adoptar el principio de igualdad ante la ley, el que consideramos que está implícito o subsumido en el sistema que mejor lo logra: el capitalismo:

“Capitalismo” es un término peyorativo o despectivo. Los socialistas lo acuñaron para el sistema de Gobierno limitado (“gendarme nocturno”), que en el pasado hizo ricos a países muy pobres hace 300 o 200 años: Suiza, Holanda, Escocia, Inglaterra y EEUU.

Gobiernos limitados, en fines y funciones, en poderes y derechos, y en gastos y recursos; mercados abiertos y libres; propiedad privada.

Es el sistema de los “milagros” económicos de posguerra en Europa y Japón, y luego en los “tigres” de Asia: Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur. E igual hoy en las regiones autónomas (capitalistas) de China. Su virtud: permite crear riqueza para todos. Se basa en la libre y abierta competencia, con igualdad de oportunidades jurídicas, aunque no de hecho, cosa imposible.”[3]

En un mundo “igualitario en oportunidades”, estaría legalmente prohibido que la gente progrese, sin importar para nada cual sea la condición económica de la persona de que se trate. Porque nadie podría aspirar a oportunidades mayores que para los demás. En ese mundo, una autoridad suprema debería decidir -por sí, y a la vez por todos- dónde se debería fijar el límite del progreso. Y con el tiempo, dicho límite siempre quedaría definido en el punto más bajo posible, porque las oportunidades no son transferibles de una persona a la otra, ni son las mismas inclusive para las mismas personas, consideradas ya sea en forma individual o colectiva.

[1] Martín Krause. Índice de Calidad Institucional 2012, pág. 6 y 7

[2] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. Pág. 424-425

[3] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009, pág. 66-67

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.