Política y educación económica

Por Gabriel Boragina Publicado  el 5/11/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/11/politica-y-educacion-economica.html

 

Se ha dicho a menudo que los políticos suelen embarcarse en promesas irrealizables por lo contradictorias que ellas son en sí mismas. Como ya hemos analizado antes, puede suceder que, con el afán de obtener votos y plena conciencia de la imposibilidad concreta de llevar adelante propuestas económicas contradictorias, simplemente se amolden a los deseos de sus potenciales votantes, en la inteligencia que todos los seres humanos aspiran siempre a conseguir más por menos. Un mito popular a este respecto es el referido al gasto público:

“Muchos electores miran con esperanza el ma­yor gasto público como un medio de creación de empleos, carreteras y viviendas, pero pocos cuestionan a los candidatos de dónde van a sacar los recursos para el mayor gasto público”.[1]

Es posible también que los postulantes a cargos públicos compartan la misma ignorancia de portan aquellos de los que dependen sus votos. El analfabetismo generalizado en materia económica, por mucho que sea sostenido por una mayoría, no transforma una mentira en una verdad, ni un error en un acierto. Lo único que demuestra es que el número de ignorantes es muy grande, de la misma manera que, cuando se creía en forma mayoritaria y en tiempos lejanos que la tierra era plana no por ello tal masivo dogma contribuía ni un ápice a convertir la redondez de la tierra en una planicie. Una mentira -o un error- sigue siendo tal, por mucha que sea la gente y la condición social de las personas que crean en él. Esto se soluciona únicamente con una mayor cultura económica.

“Los recursos de un mayor gasto público, al que también le atribuyen el milagro de multiplicar la actividad económica -como Cristo multipli­có los panes-, proviene principalmente de más impuestos, más deuda o impresión de dinero, que a mediano y largo plazo empobrecen a los ciudadanos, generan inflación, desempleo y re­ducen la construcción de viviendas.”[2]

Es tan cierto lo anterior que, como veníamos diciendo, resulta bastante difícil imaginar como el presidente Macri en Argentina va a conciliar sus declaraciones de reducir el gasto público y la inflación con sus simultáneas intenciones de acrecentar la obra pública, que es uno de sus “caballitos de batalla” preferidos de su gestión. O, como dijéramos en otra oportunidad anterior, como piensa concordar su estrategia económica de corte desarrollista (que, por definición, requiere de un elevado gasto público y un rol activo del gobierno en emprendimientos de infraestructura) con sus afirmaciones sobre la necesidad de bajar la inflación, el gasto, incentivar el empleo y fortalecer el rol de la empresa privada. Se tratan de objetivos competitivos y no complementarios, dado que decidirse por unos excluye a los restantes.

“La mayoría de los programas llamados “socia­les”, que teóricamente luchan contra la pobreza y el hambre, sólo sirven en la práctica como una fuente para comprar votos y dejar más pobres a quienes lo vendieron por una dádiva inmedia­ta a costa de perpetuar su miseria (ver resulta­do de los programas sociales en libro Políticas económicas).”[3]

He aquí otro punto contradictorio en el discurso del presidente Macri, cuyo equipo de gobierno se ufana de haber otorgado durante su corta gestión más planes “sociales” que los conferidos por el anterior gobierno del FpV[4]. Resulta claro -para quien maneja elementales herramientas económicas- que el mantenimiento de tales planes “sociales” sólo es posible elevando o conservando en altos niveles el gasto público. Ergo, no se condice declamar, por un lado, que hay que bajar ese gasto al tiempo que -no sin menos fuerza- se sostiene que se prolongarán los subsidios “sociales”. Nuevamente: se tratan de objetivos contrapuestos y, por las mismas razones ya explicitadas, excluyentes entre sí.

“No sólo los pobres aceptan planteamientos de­magógicos, también algunos académicos, comunicadores, empresarios y sacerdotes, que, por sus ideologías, ignorancia, intereses polí­ticos o económicos, secundan la demagogia económica.”[5]

Esto quizás es lo más terrible de todo, porque estas personas tienen una enorme influencia sobre grandes conjuntos de otras que las siguen “a pie juntillas” y sin capacidad de crítica alguna. Como bien dice el autor citado, existen diferentes motivos por los cuales los individuos mencionados secundan la demagogia económica. Cualquieras sean esas razones, lo relevante -aquí como en tantos otros casos- son las consecuencias letales que sus enseñanzas, o ejemplos, dan a personas que, sumidas en la ignorancia económica, creen de buena fe un discurso engañoso para sus propios intereses. En el mejor de los casos, se trata de una ignorancia compartida con quienes los escuchan y convencen. En el peor, un ardid deliberado para sacar fruto y provecho de los más necesitados. Con claro perjuicio para estos últimos.

“Es importante enseñar sin tecnicismos los prin­cipios de la ciencia económica. Esa es la función del libro Políticas económicas, que difunde ar­gumentos para aclarar que promesas de los candidatos son viables y positivas y cuales de­magógicas, que agravan los problemas socioe­conómicos en lugar de ayudar a solucionarlos”.[6]

Muchos libros se han escrito con esa misma finalidad, pero -lamentablemente- son más los que se escribieron exactamente para lo contrario. Y más aún lo son los que se lanzaron al mercado editorial bajo la confusión de conceptos, doctrinas erróneas, buenas intenciones y expresiones de deseos, que poco tienen que ver con el rigor científico y la veracidad que exige una ciencia como la economía. Tampoco ayuda la fuerte tendencia de la gente común a dar crédito a lo que escuchan en la radio o en la TV que, como la argentina, es un océano de mediocridad, y donde la aguda escasez de luminarias económicas confunde más que aclaran.

“Si no tomamos el camino correcto en las polí­ticas económicas se agrandarán los problemas socioeconómicos en lugar de solucionarse. Si no queremos políticos irresponsables, populis­tas, que se aprovechan de la ignorancia de los ciudadanos y ganen elecciones con políticas económicas empobrecedoras, debemos impulsar una mayor educación económica.”[7]

Pero, como he expresado desde hace tiempo, no se trata de cualquier educación económica. Sino de la que el genial Ludwig von Mises llama la sana economía. Es decir, no cualquier economía, ya que de esta todo el mundo habla, y es la que se enseña en casi todas las universidades del mundo. Por eso, es que considero que el problema no es tanto de ignorancia económica sino de confusión económica. Dado que, en las escuelas secundarias ya se dan los primeros rudimentos de una economía que -como la keynesiana- no es sana, y que, pese a sus notables desaciertos y errores, sigue siendo el paradigma base de los economistas del mainstream.

[1] Luis Pazos. Educación económica contra demagogia electorera, Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empre­sa, A.C. (CISLE) pág. 3

[2] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 3

[3] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 3.

[4] Siglas del “Frente para la Victoria”. Secta del peronismo conformada por el nefasto matrimonio Kirchner.

[5] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 3 y 4.

[6] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 4

[7] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 4 y 5.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

 

 

Recesión en ciernes en la Argentina

Por Alejandro Tagliavini: Publicado el 4/6/12 en http://www.territoriodigital.com/edimpresa.aspx?s=6&f=04%2F06%2F2012

Más allá de aumentos artificiales en pocos rubros, como la venta de autos que terminará mayo 7% arriba, básicamente debido al aprovechamiento coyuntural de corto plazo que hacen muchos ahorristas de la brecha de cerca del 30% del dólar con el oficial, lo cierto es que el país se encamina a una recesión como consecuencia de la mayor injerencia estatal en la economía.
De hecho, en lo que va del año la fuga (verdadera estampida) de divisas ya ronda los US$ 15 mil millones que han salido del país o están en cajas de seguridad o debajo del colchón. Y la brecha podría aumentar si consideramos que “corregido por inflación” real, el dólar de $ 3, después de desarmada la convertibilidad, hoy llegaría a $ 6,60.
Tomemos como indicador económico el clásico de los clásicos, no sólo como instrumento de inversión sino como motor del PBI y, casi nada, la construcción de viviendas en un país donde el déficit habitacional es tremendo, al punto de que en la mismísima plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno Nacional y de la Ciudad, duermen cada noche más personas, llegando hoy a unas 30, incluidos inválidos y niños.
Debido al asfixiante control sobre el dólar impuesto por el Gobierno, la compraventa de inmuebles para esta primera mitad del año arroja la peor cifra desde el 2002, y mayo cerrará con una baja de al menos 30% en el total de transacciones, con una tendencia a caer aún más. Sucede que ante la imposibilidad de comprar dólares, entre los propietarios crece la reticencia a vender y los compradores prefieren conservar los billetes verdes, que prometen seguir subiendo descontroladamente. Así, todo indica que, con el dólar blue disparado, los precios en dólares de las propiedades no bajarán.
Por cierto que esto repercute de manera directa sobre la construcción. Durante el primer cuatrimestre del 2012, los permisos de construcción en la Ciudad de Buenos Aires cayeron 40% en relación al mismo período de 2011. Ahora, además de que el crédito hipotecario ya era insuficiente, se le suma que al que quiere comprar dólares para ir ahorrando y adquirir una propiedad le resulta mucho más complicado. A lo que hay que agregarle el ritmo inflacionario que hace que los valores de la construcción seguirán con fuertes aumentos. Algo similar ocurre con los campos, nadie vende, nadie compra, nadie invierte.
Ahora se habla acerca de la posibilidad de “pesificar” las operaciones y que el Estado designe a una entidad financiera pública como “veedora” que apruebe todas las operaciones inmobiliarias. Aunque esto sería el colmo del disparate y seguramente no ocurrirá, viene bien como introito a la explicación filosófica de por qué estas intervenciones estatales están provocando tanto daño.
 Es que una intervención estatal significa la utilización del poder de policía para imponer (en uso del monopolio de la violencia estatal) las reglamentaciones en cuestión. Y la violencia, ya lo sabemos, siempre destruye. Lamentablemente, la tendencia de este Gobierno es a aumentar la utilización de su poder de policía en lugar de retirarlo, es decir, profundizar la destrucción.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.