El grave error de confundir lo intelectual con lo político

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/12/19 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/12/07/el-grave-error-de-confundir-lo-intelectual-con-lo-politico/

 

Casa Rosada (iStock)

Casa Rosada (iStock)

En esta nota periodística planteo un tema que estimo muy fundamental pero que muchas veces se pasa por alto y no se le otorga la suficiente entidad. Son frecuentes las airadas protestas por lo que dicen y, sobre todo, por lo que hacen los políticos en funciones. La crítica es desde luego necesaria al efecto de corregir desvíos y abusos, pero no se contempla que el político procede conforme a lo que conjetura que la gente entiende y comparte, por lo menos es lo que anuncia. No puede proceder en otra dirección, pues si comienza a decir y hacer lo que nadie entiende ni mucho menos comparte estará perdido como político. No se sostiene el funcionario que opera a contramano de lo que la opinión pública demanda.

Como queda dicho, si un político comienza a pontificar desde la tribuna sobre asuntos que los destinatarios no comprenden ni aceptan, su final inexorablemente será el fracaso y se verá obligado a dejar el cargo.

Si las cosas son así, el enfoque debe ser la batalla cultural para modificar el pensamiento dominante y comprender y aceptar otras ideas. Solo así el político podrá cambiar su discurso. El político está determinado a recurrir a un lenguaje y a conceptos que se mantienen en un plafón de máxima y mínima. Si se sale por arriba o por debajo de esas marcas, sus días como político estarán contados. Y resulta de gran importancia percatarse de que el antedicho plafón está siempre configurado por las ideas que flotan en la opinión pública y, a su vez, estas ideas provienen de un territorio completamente distinto: del plano intelectual, que comienza en cenáculos reducidos y cuando se va ampliando va tocando segmentos cada vez mayores hasta que el mensaje le llega al político que, para ser exitoso, debe adoptar los nuevos criterios originalmente concebidos y promovidos por intelectuales.

Con mucha razón John Stuart Mill ha escrito que “todas las buenas ideas pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Miremos a nuestro alrededor y comprobaremos que antaño si alguien hubiera dicho que la telefonía operaría sin cable, que aparecerían aparatos que denominaríamos robots, que aparecerían máquinas que vuelan que llamaríamos aviones, Internet, que enfermedades consideradas incurables se curarían, que podría trabajarse la estructura genética de alimentos para reproducirlos exponencialmente y tantísimas otras cosas que siempre están primero en la mente de alguien que generalmente es considerado un demente hasta que la idea se aplica y entonces se toma como algo dado y natural como si siempre hubiera estado presente.

Entonces sobre la base de este cuadro de situación lo que debe mirarse con suma atención es la batalla cultural, puesto de de allí emana todo. La faena política obliga al pragmatismo y a la negociación para poder funcionar en democracia. Los puentes y los consensos son indispensables puesto que no se puede imponer lo que se cree a las otras partes sin caer en una dictadura. En este plano no hay más remedio que “tragarse sapos”. Sin embargo, en el campo intelectual no hay ningún “sapo que tragarse” puesto que se trata de marcar el rumbo. Si, por ejemplo, un liberal asume el gobierno debe pedir, reclamar y exigir críticas de sus compañeros de ruta al efecto de poder acercarse a su ideario pero de ningún modo puede actuar como le gustaría, debe adaptarse al clima de la opinión pública. Por otra parte, un intelectual pragmático es un oximoron: el intelectual está obligado siempre a expresar lo mejor, a subir la vara y nunca adaptarse ni negociar frente a lo que otros demandan; lo contrario es un impostor. Nada hay más triste que observar a supuestos intelectuales que la juegan de políticos, quienes al no ser lo uno ni lo otro se convierten en embaucadores que buscan afanosamente un cargo en el gobierno de turno pero finalmente son repudiados en ambos andariveles.

Hay la malsana costumbre de considerar al político como un “dirigente”. En verdad no dirige nada, es dirigido por la opinión pública lo cual no niega el hecho de que hay políticos que a través de la historia han sabido ubicarse con el apoyo de lo mejor de la opinión pública y muchos otros con lo peor, pero en todos los casos no resulta posible proceder a espaldas de lo que la gente comprende, y reiteramos la comprensión viene de la mano de los esfuerzos educativos que llevan a cabo los intelectuales (para bien o para mal según la tradición de pensamiento a la que adhieran). Mucho menos aceptable es la expresión “líder” que remite al Duce y al Führer y que en la práctica es aquel que explota lo peor de la opinión pública. La palabra adecuada es “referente” pero en rigor se aplica a intelectuales que abren caminos y amplían horizontes y no a políticos que, como decimos, deben adaptarse a los reclamos de la gente para seguir en funciones.

El intelectual que abdica de su rol y formula propuestas que sabe no apuntan a lo mejor para ser “políticamente correcto” tiene que saber que los políticos están embretados en la necesidad de negociar y si apuntan al techo -esto es a lo óptimo como deben- la negociación en la esfera política hará que el debate se ubique en la mitad de la pared, pero si el pseudointelectual apunta a la mitad de la pared, inmediatamente las negociaciones políticas harán que la propuesta se ubique en el zócalo.

Como apuntamos al comienzo, no es que no deba criticarse a los políticos en funciones, muy por el contrario es una faena sumamente higiénica y necesaria para intentar que, dado el clima cultural vigente, se saque la mejor partida de lo que puede hacerse ya que la clientela electoral no es nunca uniforme, pueden y deben aprovecharse los fragmentos de lo que se estima son buenos proyectos y evitar caer en las fauces de los que propugnan retrocesos.

Se repite la perogrullada de que “la política es el arte de lo posible” lo cual es evidentemente cierto, no se puede ir más lejos de lo que al momento se acepta. Por ello es que en esta instancia del proceso de evolución cultural el político en democracia está obligado a tejer y zurcir acuerdos con las distintas representaciones políticas, no puede ni debe operar en base a su propio grupo sin atender los otros. Pero lo curioso es que hay quienes pretenden otra cosa en el campo político sin interiorizarse de lo que ocurre en el plano educativo. Les parece que la educación es otra cosa sin ver que precisamente es en eso que hay que trabajar si se desea que la política cambie su fisonomía.

Reiteramos que esto no quiere decir que no haya políticos incapaces de extraer el máximo fruto de lo que existe y, por tanto, desperdician oportunidades muy valiosas. Desafortunadamente hay muchísimos casos de estos. Pero al efecto de ilustrar nuestro tema es bueno centrar la atención en el significado de la educación que no consiste en trasmitir cualquier cosa en cualquier sentido sino la trasmisión de valores y principios consistentes con el respeto recíproco, en eso estriba la conducta civilizada. Como es sabido, la etimología de educar proviene de la acepción latina ex ducere que remite a sacar de dentro, desarrollar las potencialidades de cada uno en el contexto señalado.

Si hemos comprendido estos puntos clave, entonces solo queda que cada uno contribuya con sus estudios y la correspondiente difusión de los valores que conducen al respeto recíproco. ¿O es que se preferirá la actitud cómoda de seguir parlando livianamente de los políticos agazapados en el poder o de coyunturas más o menos irrelevantes? Concretamente el examen de conciencia diario debería ser el preguntarnos que hicimos durante la jornada para modificar de raíz la situación.

Para sacar y guiar las máximas potencialidades de las características y condiciones de cada uno como ser irrepetible y único en la historia de la humanidad, es menester contar ante todo con un sistema competitivo y abierto en el que se aprovechen del mejor modo posible los conocimientos disponibles en un proceso de prueba y error puesto que nadie tiene una receta de lo que todos deben hacer. Hay muchas maneras de proponer conocimientos en el contexto de corroboraciones siempre provisorias abiertas a posibles refutaciones. Entonces el peor escenario es contar con ministerios o reparticiones oficiales que impongan desde el vértice del poder estructuras curriculares o pautas para todos los establecimientos educativos, puesto que el oxígeno y las puertas y ventanas abiertas de par en par es requisito indispensable para el progreso científico y el consiguiente nivel de excelencia.

Una vez comprendido lo anterior, es importante percatarse de que las personas que nunca vieron una planilla fiscal son las que más pagan impuestos cuando los contribuyentes de jure se hacen cargo de altos gravámenes, puesto que al contraer sus inversiones disminuyen las tasas de capitalización que es la única causa de salarios e ingresos en términos reales, por tanto, el peso principal de los tributos recae sobre los contribuyentes de facto, los más pobres ya que un peso para un pobre no tiene el mismo significado que un peso para un rico.

Habiendo dicho lo anterior, se sigue que no hay tal cosa como educación gratis y que las instituciones estatales de educación constituyen una injusticia y una carga para las personas más pobres. Como la denominada “educación gratuita y estatal” es la vaca sagrada del momento, puede que la ficción continúe pero alguna vez será necesario hacer un alto en el camino y vislumbrar que se basa en falacias sustanciales y que no puede educarse para libertad y la independencia de criterio en base a la coacción, lo cual se acerca en definitiva al adoctrinamiento que es la antítesis de la educación en cuya situación se termina enseñando en que debe pensarse en lugar de ejercitarse en como pensar, a cuestionar y a criticar.

Proteger y cuidar las características educativas es el prerrequisito para liberar energías creativas que cambien el clima político opresivo. Cuando se declara que determinados fulanos deben “juntarse para ver que país queremos” se están sentando los cimientos para el establecimiento de un sistema autoritario puesto que solo la más amplia libertad puede producir resultados de excelencia. En esta línea argumental, cito una vez más al marxista Antonio Gramsci que desde el otro lado del mostrador tenía mucha razón al aconsejar que se “tome la cultura y la educación, el resto se da por añadidura”.

Los hay quienes con la mejor buena voluntad confunden lo intelectual con lo político y carecen de cintura política por lo que pretenden dejar de lado lo que en realidad sucede y abandonan los territorios que cuentan con mayor apoyo electoral para defender lo defendible al momento, por ejemplo, la libertad de prensa y la independencia de la Justicia aunque en lo demás dejen mucho que desear. Es que lo primero es primero: si esto no se apuntala, nada de lo demás resulta posible con lo que los desubicados políticamente se estrellan una y otra vez contra la pared, sobre todo si ambicionan la presidencia en lugar de algo más modesto y efectivo que es concentrarse en las legislaturas mientras se abren posibilidades de continuar con la batalla cultural. Como consigna Anthony de Jasay, “no es imposible poner la carreta delante de los caballos, pero es poco práctico”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Los intelectuales y la política:

Por Alberto Benegas Lynch. Publicado el 18/10/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7533

 La función primordial de los ámbitos académicos es evaluar, discutir y proponer ideas independientemente de su comprensión o incomprensión por parte de la opinión pública. Es un microcosmos del que parten las novedades. En este nivel es irrelevante si las ideas en cuestión son o no son populares, lo importante es su validez o invalidez a juicio de sus propulsores.

A veces se presentan posiciones como si fueran mutuamente excluyentes, pero miradas desde una perspectiva abarcadora no resultan incompatibles. Veamos este asunto por partes. La función primordial de los ámbitos académicos es evaluar, discutir y proponer ideas independientemente de su comprensión o incomprensión por parte de la opinión pública. Es un microcosmos del que parten las novedades. John Stuart Mill ha dicho que todas las nuevas ideas expresadas con la suficiente insistencia indefectiblemente pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción. En este nivel es irrelevante si las ideas en cuestión son o no son populares, lo importante es su validez o invalidez a juicio de sus propulsores.

Hay en este plano un efecto multiplicador tal como ocurre con una piedra arrojada en un estanque: se forman círculos concéntricos que abarcan radios cada vez mayores a medida que, en nuestro caso, se van abriendo paso las nuevas ideas. Todo lo que disponemos con naturalidad hoy ha sido la creación solitaria de alguna mente que muchas veces se la juzgó como demente hasta que se la adoptó, luego de lo cual la gente actúa como si siempre hubiera estado presente la innovación, es como si hubiera aparecido por ósmosis. Los prácticos de este mundo no hacen más que aplicar buenas teorías fabricadas trabajosamente por otros, de allí el aforismo de que “nada hay más práctico que una buena teoría”.

En esta instancia del proceso evolutivo, la política opera en un sentido completamente distinto. Su material discursivo es lo que se comprendió y aceptó, no lo que eventualmente va a ocurrir. Su función no es abrir caminos sino transitar los que ya se encuentran a disposición de la gente. No proceden ni pueden proceder con independencia de los que ha digerido la opinión pública.

Son funciones cruzadas: si el intelectual, antes de dictar su clase, averigua que es lo que quieren escuchar sus estudiantes, estará perdido como profesor. Pero si el político no escucha debidamente lo que su audiencia le reclama y procede independientemente se sus demandas, tendrá sus días contados como político.

Ilustremos esto una vez más con un gráfico en el que se destaca el punto de máxima y de mínima que permite la opinión pública en cuanto a recetas de políticas públicas. Supongamos que se trata de más o menos libertad. Los de tendencias liberales que propongan medidas más radicales de lo que el punto de máxima marca como límite de absorción, indefectiblemente perderán apoyo electoral. Si, en cambio, el de raigambre trotskista sugiere medidas más extremas de lo que el punto de mínima permite, también será castigado en las urnas. Es inexorable, el político es en última instancia un cazador de votos, por lo que le resulta imposible navegar por fuera del aludido plafón.

Ahora bien, el asunto radica en saber de que dependen las fluctuaciones de la aparentemente misteriosa opinión pública, para lo que debemos mirar al mundo intelectual que, para bien o para mal, es responsable de los referidos corrimientos. De allí es que resultan tan trascendentales las faenas educativas. De allí procede el sentido de bautizar a cierta etapa de la historia como “la era de Marx” o “la era de Keynes”. No es que los políticos hayan leído las respectivas obras (a veces ni siquiera conocen sus títulos), es que están embretados a recurrir a un discurso que apunte en esa dirección, si es que quieren sobrevivir como políticos.

El académico que no es intransigente con sus ideas es un impostor y, por el contrario, el político que se muestra intransigente con ideas que difieren de las de la opinión pública es un mal político. Por eso es que en este último caso, se requiere conciliación, búsqueda de consensos y acuerdos entre distintas corrientes de opinión. En el caso de los intelectuales, el debate, las concordancias y las refutaciones no toman para nada en cuenta si otros aplauden o se disgustan solo apuntan a lo que estiman es al momento la verdad (subrayo lo de al momento puesto que las corroboraciones son siempre provisorias). Las discusiones en este nivel no son para lograr un consenso sino para indagar en lo que se estima es verdadero o falso.

Debemos nuevamente precisar que en todo esto nunca debe estar presente la ideología, una palabreja horrible que, a diferencia de lo que apunta el diccionario de conjunto de ideas e incluso a diferencia de la concepción marxista de “falsa conciencia de clase”, la acepción más difundida es la de algo cerrado, terminado, inexpugnable, pétreo e inamovible, lo cual es lo más distanciado y contrario que pueda concebirse del significado del conocimiento. En este sentido es que siempre destaco el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, es decir, no hay palabras finales puesto que estamos inmersos en un contexto evolutivo donde, para los mortales, no hay metas finales que puedan lograrse, estamos siempre en tránsito. De lo que se trata entonces es de valores o principios (y no de ideología) los cuales, mientras se consideren verdaderos, se mantienen incólumes en el plano intelectual y que, en el nivel político, necesariamente deben negociarse.

Por más que el político alardee de valores inmodificables, no es lo que caracteriza a las estructuras políticas. En la carrera electoral deben ceder lo necesario para lograr el objetivo. En última instancia, las plataformas valen de poco si la opinión pública espera otra cosa. No es que el político no tenga sus preferencias personales, es que debe adaptarse a la situación reinante y no anteponer principios. Los integrantes de cada partido tendrán sus ubicaciones en el espectro general pero los movimientos para un lado o para otro serán necesarios si se esperan votos. Como queda dicho, las respectivas correcciones y modificaciones en el pensamiento de los integrantes de la opinión pública viene del costado intelectual-educativo y no del fragor de la batalla política.

Lo más ridículo es observar a una especie de zombies que no saben donde ubicarse y van y vienen de un plano a otro con lo que naturalmente quedan mal con integrantes de ambos bandos. Nada más triste que el intelectual que la juega de político puesto que el rigor profesional se transforma en un derrumbe estrepitoso: son monedas falsas en ambos lados de la contienda. Esto no significa en modo alguno que el intelectual no pueda vincularse de muy diferentes maneras a la política pero es para dar su opinión sin retaceos y no para adelantarse en transacciones que no le competen. Las estrategias, las funciones y los desempeños son sustancialmente diferentes en un plano y en otro, lo cual no debe confundirse con entidades que excepcionalmente se inscriben como partidos políticos con la idea de correr el eje del debate y no meramente ganar elecciones como es el objetivo de la política convencional.

A mi juicio, tiene prelación la instancia académica si se observa la secuencia lógica del proceso. La política es la ejecución de ideas y no es posible ejecutar aquello que no se sabe en que consiste. Por su parte, es muy higiénica la crítica a los gobernantes cuando el Leviatán atropella y a los opositores en las legislaturas cuando no limitan el poder, pero también se debe tener en cuenta que, como queda expresado, los andamiajes discursivos dependen de lo que la gente sea capaz de asimilar y esto, a su vez, es consecuencia de tareas educativas previas. No puede pretenderse un discurso distinto de lo que se está en condiciones de digerir. Para que un orador pueda pronunciar una conferencia en sueco es indispensable que la audiencia entienda sueco, de lo contrario el evento será un rotundo fracaso.

En resumen, mientras avanza el debate sobre externalidades, el dilema del prisionero, los bienes públicos y las asimetrías, la tarea del político no es incompatible sino complementaria a la del intelectual. Los dos cumplen funciones distintas y necesarias. El primero se dirige a lo que es políticamente posible, mientras que el segundo apunta a convertir lo políticamente imposible en posible.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

Venezuela: el triunfo de Hugo Chávez no es suficiente

Por Martín Krause. Publicado el 10/10/12 en http://www.elcato.org/venezuela-el-triunfo-de-chavez-no-es-suficiente

El resultado de la elección presidencial en Venezuela ha sido claro, Hugo Chávez obtuvo una victoria que no fue cuestionada por el candidato opositor ni por los observadores que estuvieron presentes. Claramente es el candidato elegido por los venezolanos para hacerse cargo de la administración del Estado por el período que corresponde. Pero el 54% de los votos no es suficiente como para modificar la estructura constituyente de ese país e imponer lo que denomina como “socialismo del siglo XXI”.

Para cambios estructurales de esa naturaleza hace falta un nivel de consenso mucho mayor, que puede lograrse cuando se recorre un proceso de negociaciones y consensos entre todas las fuerzas, como el Pacto de la Moncloa en España o, como ha sucedido ya en varios países de América Latina, cuando la oposición llega al gobierno y mantiene un mismo rumbo, confirmando así la dirección inicial. El mejor ejemplo que tenemos de esto último es Chile: la dictadura de Pinochet impulsó una serie de profundos cambios económicos que cambiaron el modelo chileno basado en alta participación estatal y pesadas regulaciones por uno basado en la actividad productiva del sector privado y la apertura comercial. Cuando llegó al poder la oposición, representada por la Concertación, mantuvo el rumbo y en muchos aspectos lo profundizó; continuó la apertura comercial, firmó varios tratados más de libre comercio, etc.

Algo similar puede decirse de Perú con el modelo iniciado por Fujimori y continuado por Toledo, no otro que Alan García y ahora Humala. O Brasil con Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma. O Uruguay, o Colombia. Sin embargo, ninguno de los proyectos más socialistas de la región, como el de Chávez, Ortega, Morales o Correa ha logrado semejante cosa y es poco probable que lo logren. El socialismo del siglo XXI va a tener que esperar una nueva elección para demostrar que incluso la mitad opositora está dispuesta a sostenerlo.

Mayorías y consenso

¿No podría acaso decir Chávez ahora que “vamos por todo”? La justificación del argumento en contra fue desarrollada en un libro fundacional de la Economía Política Constitucional, El cálculo del consenso, de James Buchanan y Gordon Tullock, publicado en 1962. No quiere decir esto que otros autores y disciplinas no hayan tratado estos temas extensamente, pero presentaremos aquí el argumento de estos autores.

Cuando se toman decisiones colectivas se corre el peligro de que esas decisiones afecten los derechos de alguien, que generen “externalidades negativas” hacia ciertos individuos o grupos. El óptimo sería la unanimidad: si se requiere la aprobación de cada uno de nosotros entonces no hay medida que pueda perjudicarnos ya que simplemente ejerceríamos nuestro derecho de veto. En el otro extremo, si tan solo una persona tomara una medida, cualquier podría hacerlo, y estaríamos sujetos a altos riesgos de que esas externalidades sean muy importantes.

Está claro, sin embargo, que la unanimidad es tan costosa como probablemente imposible de alcanzar, y que nos condenaría al status quo; ninguna decisión podría tomarse porque siempre habría alguien que se opondría a ella.

Es por esta razón que Buchanan y Tullock imaginan una situación ideal en la que futuros ciudadanos que se encuentran ahora en una situación de incertidumbre respecto a su ubicación futura en la sociedad detrás de un “velo de ignorancia” (puede que sean poderosos o débiles, ricos o pobres, etc.), estarían dispuestos a permitir que ciertas decisiones se tomen por mayoría. Pero estas decisiones serían de tipo administrativo, referidas a la gestión del aparato estatal, nunca relacionadas con derechos humanos básicos. En verdad, podría haber una serie de requisitos de mayorías especiales que van aumentando a medida que más importante es el tema en cuestión y más puede afectar la vida y los derechos de los ciudadanos.

Entonces, para derogar o limitar el derecho a la vida o el derecho a la propiedad, se requerirán mayorías muy cercanas a la unanimidad, pero para aprobar el color con que deberían pintarse las líneas peatonales en las calles bien podría hacerlo una mayoría simple o hasta cualquiera que resultara elegido por un sorteo. El presupuesto anual ya requeriría unas mayorías más abultadas, y más aun cualquier aumento a las cargas impositivas. Ni que hablar entonces del cambio del modelo social existente.

El problema del gobierno de Chávez, y de otros en la región, es que pretenden utilizar mayorías “administrativas” para realizar cambios de modelos fundamentales. Cuando Chávez controla la prensa con un trámite administrativo de no renovar una licencia, en verdad está alterando un derecho a la libertad de prensa, de mucha mayor importancia y que requeriría un grado de consenso mucho más elevado, que no lo tiene.

Lo mismo sucede con las violaciones al derecho de propiedad producidas por las expropiaciones. La Ley de Expropiaciones por Causa de Utilidad Pública de Venezuela fue aprobada en el año 2002, derogando la de 1947. En esa ley se plantea la posibilidad de expropiación una vez declarada la utilidad pública de cualquier objeto que procure usos o mejoras para el beneficio común, establece que debe haber una indemnización justa fruto de la evaluación por parte de peritos una vez agotada la negociación amigable, así como también que debe haber indemnización antes de la ocupación. También dice que la indemnización tomará en consideración “su clase, calidad, situación, dimensiones, su probable producción y todas las otras circunstancias que influyan en las operaciones y cálculos…” así como  el valor fiscal del inmueble, el valor establecido en los actos de transmisión y los precios a los cuales hayan sido vendidos inmuebles similares en los meses cercanos a la expropiación.

Sin embargo, esto no sucede así y el actual gobierno ha expropiado 1.162 empresas, de las cuales 1.147 entre 2007 y 2012, según la Confederación Venezolana de Industrias (Conindustria), y no ha cumplido lo establecido en la ley, las indemnizaciones son escasas y cuando las hay el precio es determinado por el Estado y por debajo del verdadero precio del inmueble.

Mandatos para la gestión, no para ir por todo

Chávez busca cambiar el modelo de la sociedad venezolana de una manera irreversible. Pero esos cambios, que alteran derechos básicos fundamentales como el de la libertad de prensa o la propiedad, demandan niveles de consenso más altos. De no existir, un gobierno opositor futuro dará marcha atrás y reconocerá los derechos que han sido violados.

Un 54% no permite “ir por todo”, permite claramente gestionar y proteger los derechos de los ciudadanos que han sido acordados por mayorías muy superiores a esa, ya sea porque han logrado ese consenso en un proceso constituyente o porque ha ocurrido de facto a través de la sucesión de gobiernos de un signo y de su contrario. Paradójicamente, entonces, y pese a la euforia chavista por el triunfo, su verdadero triunfo se daría cuando la oposición acepte y recorra el mismo camino. Allí solamente podrá gritar: hasta la victoria, siempre. 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).