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El nuevo decálogo de la política exterior de Brasil

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 26/5/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1902513-el-nuevo-decalogo-de-la-politica-exterior-de-brasil

 

El gabinete del presidente interino de Brasil, Michel Temer, está compuesto de pesos pesados. De primeras figuras, esto es de aquellas que generan confianza y respeto inmediatos por su propia presencia y envergadura. Uno de ellos es José Serra. Un hombre de largo tránsito por el escenario grande de la política del país vecino. Milita en el Partido de la Social Democracia Brasileña, junto a Fernando Henrique Cardoso. Serra ha sido, desde 1986, sucesivamente, diputado, senador, ministro de planificación, ministro de salud y gobernador del poderoso estado de San Pablo. Además, candidato presidencial, perdedor en 2002 y en 2010.

En un discurso pronunciado el 18 de mayo pasado al tiempo de asumir las responsabilidades propias de la cartera de relaciones exteriores de Brasil, José Serra, definió las diez prioridades de la política exterior que implementará el nuevo gobierno.

Por la importancia que cabe asignar al Brasil en nuestro propio escenario de política exterior, es oportuno descifrar su mensaje, para tenerlo en cuenta en los tiempos que vienen cuando -seguramente en compañía de Brasil- la región se alejará -paso a paso- de lo que ha sido una frustrante década pérdida, exasperantemente llena de retórica vacía, plasmada en un discurso único agresivo y de corte bolivariano. Fuertemente ideologizado entonces, y con una frustrante partitura entonada en común, escrita con una participación decisiva y permanente de Caracas y La Habana. Acompañada, lamentablemente, de silencios inexplicables en materia de defensa de la democracia y de las libertades civiles y políticas de nuestros pueblos. De aquellos que, por lo que significan, nos avergüenzan.

Veamos, uno a uno, los diez “mandamientos” que fueran expresados por José Serra

El primero se refiere a la sustancia de la diplomacia brasileña. A su eje principal. La definición central básica de José Serra es: “Primero Brasil”. La marcha de la diplomacia brasileña deberá entonces edificarse, de manera transparente e intransigente, sobre los valores legítimos de la sociedad brasileña. Los propios. Y sobre los intereses de su economía. Al servicio de Brasil y no más de conveniencias o preferencias ideológicas de algún partido político o de sus aliados en el exterior. Como ocurriera en tiempos de Marco Aurelio García y del PT. Todo un cambio profundo de rumbo. Muy distinto al de los tiempos bolivarianos, con una definición inequívoca de la nueva prioridad: Brasil. Lo fundamental, para Serra, es el Estado y la nación, no los gobiernos, ni jamás un partido político. El mensaje implícito hacia Mercosur y Unasur parece claro. Y, a tenor de la extrema dureza de José Serra con el cuestionado secretario general de esa entidad, el bolivariano Ernesto Samper, no habrá de inicio, cabe anticipar, mucho margen para las coincidencias.

El segundo mandamiento es también muy fuerte. Brasil estará atenta (no pasiva) en la defensa de la democracia, de las libertades y de los derechos humanos en cualquier país y ante cualquier régimen político. Lo hará siempre en consonancia con los tratados internacionales y respetando el principio de “no injerencia”.

El tercero, a su vez, tiene que ver con el anuncio de que Brasil asumirá un rol activo en la defensa del medio ambiente. Proactivo y pionero, a estar a los dichos específicos de José Serra. En busca de recuperar liderazgos extraviados.

El cuarto se refiera a la actuación futura de Brasil en los foros internacionales, tanto en los globales, como en los regionales. En ese particular universo, Brasil desarrollará una acción constructiva en favor de la solución pacífica de las controversias internacionales y procurará la adecuación de las estructuras institucionales a las nuevas realidades y desafíos en el mundo actual. Con prudencia e inteligencia, Serra no se refirió específicamente a la ambición brasileña de ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lo que, cuidado, no supone necesariamente un cambio de posición. En este capítulo incluyó sin embargo una mención expresa a la prioridad que Brasil asigna a todo lo financiero y a lo comercial, notoriamente preocupado por la que calificó gráficamente de “galopante” contracción del comercio internacional.

El quinto postulado enunciado por Serra se relaciona con la participación de Brasil en el comercio internacional, tema no menor para una nación que ha sido una de las más fuertes exportadoras del mundo. Para Serra, en lo inmediato Brasil debe diversificar sus esfuerzos y tratar de aprovechar la multiplicación de oportunidades que existe en el mundo, especialmente las que son bilaterales. No es sabio, dice, atarse a un único esfuerzo multilateral (el de la OMC) que está visiblemente empantanado y si lo es procurar, en cambio, abrir cada puerta comercial bilateral que existe o se abra. Sin dogmatismos y con pragmatismo. En procura de aprovechar todo. Con una mente y disposición abierta.

La sexta directiva tiene que ver con la urgencia de negociar los temas comerciales siempre desde la fortaleza que a Brasil le confiere el poder contar con un atractivo mercado doméstico, interesante para todos. Esto es, con auténtica reciprocidad de trato. Desde el realismo, entonces. Sin regalar nada a nadie.

La séptima definición de política exterior se refiera -específicamente- a nuestro país, la Argentina. Lo que no es menor, como reconocimiento de un vínculo especial. Aunque sea de corto plazo, en principio. Contiene un llamado a aprovechar lo que Serra llama sin disimulos: “coincidencias semejantes en materia de reorganización de la política y la economía”. Por ello nos propone una aventura, la de renovar -juntos- el Mercosur.Reformulándolo. Y fortaleciéndolo. Esto supone devolverle su esencia original: la de naturaleza comercial. Pero con un agregado significativo: el de construir también puentes con la Alianza del Pacífico, de modo que Sudamérica no esté más dividida entre las naciones de su oriente y las de su occidente. A lo que agrega la necesidad de incorporar (o, más bien, reincorporar) a México a nuestro andar común, de modo de no solamente aprovechar la complementariedad de las respectivas economías, sino también las coincidencias de visiones en lo internacional. Seguramente para contraponer el realismo a la ficción ilusionista bolivariana, que ha prevalecido en la región a lo largo de la última década.

La octava directiva pertenece también al capítulo comercial, sobre el que Serra pone un inequívoco acento. Propone ampliar y profundizar las relaciones con socios no tradicionales, como la Unión Europea, los Estados Unidos y Japón. Abrirse, en lugar de encerrarse. A lo que se suma enseguida la novena directriz, que tiene que ver con la necesidad complementaria de incrementar las relaciones comerciales y financieras con Asia, incluyendo naturalmente a sus dos gigantes: China y la India, muy especialmente. Pero también con África, que -nos recuerda Serra- ya no es “un continente que pide compasión”, sino uno que propone y procura intercambios económicos, tecnológicos e inversiones. En todos los casos, actuando con activismo e intensidad, nos propone Serra.

El último capítulo de su enumeración precisa de directivas, el décimo entonces, hace a la necesidad de mejorar la productividad y la competitividad de nuestras economías. Sin lo cual, nos dice Serra con toda razón, nuestros sectores productivos no podrán ser actores de peso y tener éxito en el complejo mundo actual. A lo que cabe sumar la necesidad de eliminar las distorsiones que aún nos perjudican comercialmente. Como son el exceso de burocracia; las trabas tributarias; y las deficiencias de nuestras infraestructuras, que están obsoletas. Para Serra, todo esto encarece en aproximadamente un 25% los precios de los productos que Brasil exporta concretamente.

Al completar su punzante alocución, Serra hizo algunas otras observaciones. Que eran de cajón. Como la necesidad de controlar mejor nuestras fronteras con los ojos y oídos puestos en el crimen organizado. O la de avanzar en la recuperación de la disminuida capacidad operativa de la respetada diplomacia de Itamaraty, saliendo para ello de la cansadora y frustrante “retórica exuberante” de la década pasada, para pasar a la eficiencia y la profesionalidad en la acción concreta.

Serra formula a su país una invitación a mejorar la acción concreta; a integrarse más al mundo; a no encerrarse en sí mismo; a diversificar los esfuerzos comerciales; a tener iniciativa y buscar resultados que puedan cuantificarse; y a aumentar su presencia en el mundo. Y nos invita especialmente a acompañarlo en la acción regional. Es cierto, respecto de nuestro país, hay en la plática de Serra una invitación puntual a trabajar juntos en lo inmediato, por cercanía y peso específico y sobretodo porque -en la nueva etapa que se ha iniciado- compartimos el modo de ver al mundo. Como ocurriera en otros tiempos.

Lo cierto es que, tanto en el corto plazo como en el largo, la Argentina y Brasil se necesitan recíprocamente. Son socios naturales y es tiempo de esforzarse en tratar de maximizar lo que debe lograrse con esa relación cercana, para lanzarnos a crecer juntos, con el objetivo permanente de mejorar los niveles de vida de nuestros dos pueblos.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El esperado levantamiento de las sanciones económicas a Irán

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 22/1/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1863666-el-esperado-levantamiento-de-las-sanciones-economicas-a-iran

 

Ocurrió el sábado pasado, cuando los iraníes estaban llegando a sus ocupaciones, en el primer día de su semana laboral. Pese a la trascendencia de la noticia, no hubo, en Irán, una explosión de alegría. Ni manifestaciones de celebración. Tampoco en Occidente. Como si todos hubieran apostado a la inevitabilidad de lo sucedido.

Las sanciones impuestas a Irán por su peligroso y -por un buen rato-clandestino programa nuclear , quedaron sin efecto conforme a lo convenido, tan pronto la Agencia Internacional de Energía Atómica certificó que Irán había cumplido con los compromisos asumidos en su acuerdo nuclear con el llamado “5+1”. Esto es con los cinco Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, más Alemania.

Lo que supuso nada menos que: 1. Haber enviado a Rusia el 98% de sus inventarios de uranio enriquecido, o sea unas 11 toneladas, reteniendo apenas unos 300 kilogramos, lo que es insuficiente para construir una bomba nuclear; 2. Haber desmantelado unas 12.000 centrífugas que se utilizaban para enriquecer uranio; y 3. Haber destruido, mediante su relleno con cemento, el reactor nuclear iraní emplazado en Arak, con el que se generaba plutonio.

El levantamiento de las sanciones sucedió en el llamado “día de la implementación”. Como estaba previsto. Las restricciones impuestas comenzaron a caer, en una suerte de efecto “dominó”. Aunque con algunas excepciones, como veremos, lo cierto es que Irán de alguna manera ha “reingresado” al mundo.

El país persa podrá ahora vender petróleo crudo y recibirá, progresiva y rápidamente, unos 50 billones de dólares. El saldo de las sumas embargadas en instituciones financieras occidentales y que eran, en general, producto de ventas de hidrocarburos iraníes realizadas en el pasado.

Con ello Irán recompondrá sus niveles de reservas y podrá comenzar a modernizar una infraestructura pública obsoleta, incluyendo la necesaria para aumentar su actual producción de hidrocarburos y poner al día sus instalaciones de transporte. Pero también podrá eventualmente continuar con su exportación de terrorismo, actividad repudiable que lo coloca en una lista de países desestabilizadores y belicosos de la que Irán debería tratar de salir. La extendida guerra sectaria en la que Irán, a la cabeza de los “shiitas”, está envuelto contra los “sunnis”, profundizada en las últimas semanas por la ruptura de relaciones diplomáticas con las monarquías de los países árabes del Golfo, será un obstáculo para desandar el camino de la violencia que Irán ha abrazado, por décadas.

Cabe, sin embargo, advertir que los Estados Unidos mantendrán en vigencia las sanciones dispuestas contra Irán sea por la exportación de terrorismo, que se remontan a 1984; sea por sus abiertas violaciones a los derechos humanos de sus ciudadanos; o sea por su intervención en las guerras civiles de Yemen y Siria y por sus violaciones a las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas referidas a su programa misilístico. Estas últimas acaban de ser ampliadas.

El comercio de Irán con la Unión Europea y Turquía presumiblemente se pondrá en marcha bastante antes que el intercambio con las empresas privadas norteamericanas. Con pocas excepciones, como las de la compra de “pistacho” y alfombras iranés y la venta de medicamentos, repuestos de aviones y equipos y elementos del sector de la salud. Cabe recordar que el ex presidente iraní, Akbar Rafsanjani, buscado por el atentado contra la AMIA , es un magnate con enormes ingresos que, entre otras cosas, derivan de la venta de “pistacho”, del que es uno de los mayores productores de Irán.

Como consecuencia del levantamiento de las sanciones, el sistema financiero iraní podrá volver a operar con el sistema internacional, incluyendo el uso del mecanismo llamado “Swift”, del que había sido excluido.

Pese a todo, lo cierto es que la reconciliación de Irán con los Estados Unidos no existe, al menos por el momento. Todo es desconfianza recíproca. No es imposible que el odio de los clérigos iraníes contra Israel, cuya existencia rechazan de plano, incluya al país del norte y tenga mucho que ver con la tirantez subsistente.

En las próximas semanas, en señal de “brazos abiertos”, el ministro alemán de relaciones exteriores y el presidente chino visitarán a Teherán. Y el presidente iraní, a su vez, visitará a Italia Y Francia.

Esto es un triunfo político para Barack Obama , quien puede sostener que ha logrado congelar, aunque por una década, la transformación de Irán en potencia nuclear. Hace siete años que Obama le pidió a Irán “abrir su puño amenazador”. Ahora ha podido afirmar ante su Congreso, en su discurso sobre “el Estado de la Unión”, que “el mundo ha evitado otra guerra”. Es así, por lo menos por un rato. Aunque haya muchos que sostengan que Irán incumplirá sus compromisos. Entre ellos, los gobiernos de Arabia Saudita e Israel.

Es posible que, en una década, los procesos para producir armas atómicas se hayan simplificado mucho, particularmente a través del llamado mecanismo digital de impresión 3-D, transformando en obsoletos a los senderos que transitara Irán, empeñado en ese esfuerzo.

Lo sucedido es también una oportuna victoria para el presidente iraní, el reformista Hassan Rouhani, cuya campaña electoral del 2013 estuvo basada en prometer mejorar el nivel de vida de sus conciudadanos, obteniendo el levantamiento de las sanciones económicas que asfixiaban a Irán y a su pueblo. Esto pesará en su favor en las elecciones parlamentarias que se acercan: las del 26 de febrero próximo.

En lo inmediato, Irán seguramente aumentará sus ventas de petróleo crudo, de las que hoy depende un tercio de los ingresos de su tesorería. Se estima que en medio millón de barriles diarios, en los próximos seis meses. Para luego procurar llegar a su nivel de producción tradicional, de 4 millones de barriles diarios. Irán hoy produce 1,2 millones de barriles diarios, por lo que necesita contar rápido con la inversión y la tecnología que este esfuerzo supone. Para Irán, la mano detrás de la caída de los precios internacionales de los hidrocarburos es saudita.

Lo que sucede con el precio internacional del crudo afecta a Irán adversamente. Los ingresos a obtener se han transformado en apenas la cuarta parte de lo que se esperaba en el 2012. El barril de crudo iraní está hoy cerca de los 25 dólares. Ese es el precio más bajo de los últimos 11 años.

Es importante advertir que Irán, además de una historia profunda y de una cultura milenaria, tiene una economía significativa. Y es dueño de la cuarta parte de las reservas mundiales de hidrocarburos. Con posibilidades interesantes, aún más allá del sector energético. Es la dieciochoava economía del mundo. Y el treceavo productor de automotores del globo, con una fabricación del orden de los 1,650.000 vehículos anuales. Con unos ochenta millones de habitantes, como Alemania o Turquía, tiene unos 4,5 millones de estudiantes universitarios y es el quinto país del mundo en producción de ingenieros.

No obstante, las llamadas “bonyads”, instituciones parecidas a nuestras fundaciones, nacidas en 1979, controlan nada menos que un tercio de su economía y están administradas por los clérigos y por sus militares, alimentando así a una auténtica “oligarquía” económica que es dueña del país. Ellas deberán, en más, adaptarse a lo que viene. Pero si no lo hacen, en procura de defender sus privilegios fiscales y subsidios, podrían ser un obstáculo y generar una lucha de intereses y poder, demorando la “normalización” de la teocracia iraní.

Horas antes del levantamiento de las sanciones, a pedido de Irán, en un intercambio de contenido humanitario, las dos partes liberaron a cinco ciudadanos norteamericanos que estaban presos en Irán y -en contrapartida- también a siete ciudadanos iraníes detenidos en los Estados Unidos por violar el régimen de sanciones contra Irán o proveer tecnología satelital a ese país.

Esencialmente, dependerá ahora de la conducta de Irán el aprovechar o no la oportunidad que se abre. Si sigue, como hasta ahora, financiando activamente al terrorismo de Hezbollah o Hamás, o empeñado en una lucha sectaria contra las monarquías del Golfo, sus actitudes pueden frustrar la posibilidad de reintegrarse -armoniosa y seriamente- al mundo, para crecer con él.

Es hora de reemplazar, con una generación lenta de confianza, la nube de dudas y desconfianza que hoy la envuelve. Para ello Irán debe dejar atrás el fanatismo de algunos de sus líderes. También debe dejar de lado la mala fe.

Al referirse a la caída de las sanciones, el Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, recordó que el éxito tenía que ver con “la convicción de que se deben agotar las vías de la diplomacia antes de recurrir a la guerra”. Y su colega iraní Mohammad Javad Zarif, a la manera de eco, acotó: “La diplomacia requiere paciencia, pero todo lo que sabemos es que ella es ciertamente preferible a sus alternativas”. Es efectivamente así.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Lenta conformación de la coalición militar contra el Estado Islámico

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 10/12/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1852450-lenta-conformacion-de-la-coalicion-militar-contra-el-estado-islamico

 

La reacción -de espanto e indignación- generada por los atentados terroristas perpetrados en Paris el 13 de noviembre pasado derivó, como cabía esperar, en inmediatas conversaciones para conformar una única coalición militar capaz de enfrentar con éxito al horror del Estado Islámico. El presidente de Francia, Francois Hollande, asumió un rol protagónico en ese esfuerzo, con maratones que lo llevaron de un extremo al otro del mundo.

Existe ahora un consenso básico en la comunidad internacional: es hora de afrontar conjuntamente ese inmenso peligro. Lo sucedido en San Bernardino, en los Estados Unidos, ha confirmado que, desgraciadamente, todos estamos expuestos a riesgos de vida que no son remotos, sino inmediatos.

Se trata de interrumpir la metástasis del Estado Islámico y poner fin a sus atentados. De lo contrario, el mundo se transformará en un infierno. Por esto Rusia, al sumarse al esfuerzo común superando diferencias, recuerda que algo similar hizo el mundo, en su momento, contra el nazismo.

La necesidad de estructurar y operar una gran coalición militar con capacidad de ser efectiva se resolvió al día siguiente de los atentados de París, en la reunión de urgencia celebrada en Viena por 20 países, que incluyeran a los Estados Unidos y a Rusia. La semana siguiente, el propio Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por iniciativa francesa, aprobó -unánimemente- el uso de la fuerza contra el Estado Islámico.

La tarea prosigue lentamente y se espera que para Navidad la coalición pueda estar conformada. Entre tanto, se han acordado -y se siguen acordando- los mecanismos de coordinación de las distintas operaciones militares en curso. Especialmente las aéreas.

La movilización política convocada por Francia ha tenido buen resultado, pero la coordinación del andar militar requiere de más esfuerzos. Y, desde que hay conciencia que ésta es una guerra patológica, que no se gana actuando solos desde el aire, es necesario poder aunar la acción adicional de una fuerza de tierra con componentes de gran diversidad. Heterogénea. Con las fuerzas alawitas del Clan Assad; los contingentes de Irán y los milicianos de Hezbollah; las altamente efectivas fuerzas irregulares kurdas; y algunas milicias sunnis de los grupos moderados.

Una tarea nada fácil, porque los obstáculos son enormemente complejos. A modo de ejemplo solamente, los kurdos prefieren, por razones étnicas, no operar en aquellas áreas en las que la población local es de mayoría árabe sunni.

La base de la coalición será presumiblemente el esfuerzo militar ya existente que, en los papeles, incluye a 65 países que opera desde el verano de 2014 y que desde entonces ha realizado unas seis salidas aéreas diarias, en promedio. El 80% de las cuales han sido protagonizadas por aviones de EE.UU., que lleva sobre sus hombros un enorme peso. Por esto sumar a la políticamente aislada Rusia es clave. Y lograr que las contribuciones de todos sean efectivas es el objetivo de corto plazo.

El gran obstáculo ha sido, hasta ahora al menos, la inclusión de las fuerzas sirias alawitas que responden a los Assad, puesto que ellos son responsables de crímenes de lesa humanidad que incluyen la utilización de armas químicas contra civiles inocentes de su propio pueblo. No obstante, lo que antes fuera una negativa occidental rigurosa parece de pronto haber comenzado a encontrar flexibilidad, al menos de corto plazo.

Tanto Irán como Rusia apoyan -abierta y firmemente- a los Assad e insisten en la necesidad de contar con sus contingentes en el terreno. Lo cierto es que Rusia, unida al dolor francés por el derribo de uno de sus aviones comerciales que volaba sobre el Sinaí, coordina sus acciones a través de Francia, pero continúa bombardeando a las fuerzas islámicas moderadas alzadas contra los Assad, lo que para Occidente es inaceptable. Además, ha intensificado sus bombardeos incluyendo a sus misiles Kalibr, de larga distancia, que son lanzados desde buques de guerra rusos emplazados muy lejos del territorio sirio. Vladimir Putin acaba de sugerir que “de ser necesario” ellos podrían volar con ojivas nucleares contra el Estado Islámico. A lo que Rusia acaba de sumar la apertura de una segunda base operativa en tierra, en Siria misma. En Jmeimin, a no más de 30 minutos de cualquier rincón de Siria.

Veamos cómo, en líneas generales, han ido progresando las cosas en los países de mayor capacidad de contribución militar.

Alemania, que desde el 2005 no ha participado en operaciones militares de este tipo, se ha comprometido a un apoyo explícito. Modesto quizás, pero bastante más que un aporte simbólico. Concretamente, aportará seis aviones Tornado de reconocimiento, que sin embargo no bombardearán objetivos en tierra siria. A lo que sumará el concurso de una fragata misilística que apoyará la labor del portaviones francés “Charles de Gaulle” que ya opera en el área desde el mar Mediterráneo, así como los servicios de inteligencia a ser provistos por un satélite militar adicional y la disponibilidad de un enorme avión de reabastecimiento de combustible en el aire para optimizar así la utilización de los cazabombarderos franceses. A lo que agrega aumentar el número de entrenadores militares que ya trabajan en el terreno, junto a las fuerzas kurdas.

En Gran Bretaña, el primer ministro David Cameron ha obtenido, con amplitud, la necesaria aprobación parlamentaria para comenzar a bombardear objetivos en suelo sirio que le había sido denegada desde el 2013. Ocurre que el 59% de los británicos hoy aprueban esa medida. Con su tradicional efectividad, apenas 11 horas después de la aprobación parlamentaria, aviones Tornado británicos -estratégicamente emplazados en la base de Akrotiri, en Chipre, apoyados por los modernos Typhoon- comenzaron sus acciones de bombardeo contra las instalaciones petroleras en Siria hoy en manos del Estado Islámico.

Francia, por su parte, ha intensificado sus bombardeos. Cada vez más. Es el segundo mayor contribuyente al esfuerzo bélico. El país galo participa en las acciones militares contra el Estado Islámico desde septiembre de 2014. Primero en Irak, pero luego extendió su accionar a Siria. Tiene unos 3.500 efectivos militares movilizados. Hoy es responsable del 5% de los bombardeos, que realiza con aviones Rafale y Mirage 2000. Contra una participación del orden del 80% norteamericana. Hablamos de algo menos de 3.000 incursiones aéreas francesas que han sido realizadas, en las que participa el portaviones Charles de Gaulle, ahora con 38 cazas a bordo.

Estados Unidos lideran la acción militar y tienen sobre sus hombros el peso principal del esfuerzo. Sus aviones de bombardeo operan fundamentalmente desde la base turca de Incirlik, pero también desde el portaviones Harry Truman. Cuenta, además, con unos 3.500 soldados en tierra, incluyendo a algunas “fuerzas especiales” que trabajan junto a las milicias kurdas. Y provee a todos información militar de inteligencia, así como pertrechos y bombas.

También operan, esporádicamente, algunos aviones turcos; cuatro aviones F-16 aportados por Holanda; unos pocos efectivos daneses; y aviones canadienses que aparentemente pronto dejarían la escena como consecuencia de la victoria de la oposición en las recientes elecciones parlamentarias en su país.

A lo que cabe agregar un componente con aristas espinosas: el de la participación iraní, país que -pese a negarlo oficialmente- tiene a sus tropas combatiendo en el territorio de Siria y en Irak. A lo que suma la participación de contingentes libaneses de Hezbollah, que responden a sus órdenes. La coordinación de sus acciones es un verdadero rompecabezas. Pero está ocurriendo a través de países que actúan a la manera de intermediarios.

Por ahora las monarquías sunnis del Golfo, directamente envueltas en la guerra civl de Yemen, casi no contribuyen a la lucha militar contra el Estado Islámico y sobre ellas sigue vigente la sospecha de que no han cortado los flujos financieros que salen de sus países y llegan a manos del fundamentalismo islámico. La sensación es preocupante en el sentido de que no están haciendo todo lo que deberían y que no actúan con la transparencia que se requiere para disipar las dudas que aún existen. Arabia Saudita, Bahrain y los Emiratos enviaron hace meses sus aviones a bombardear junto a los norteamericanos, rodeados por nubes de cámaras de televisión, pero lo cierto es que desde hace un rato que no lo hacen.

El Estado Islámico, mientras tanto, a la luz de lo que luce como una intensificación de las acciones militares en su contra, tanto en Siria como en Irak, ha abierto un frente alternativo: en Libia, en derredor de la ciudad de Sirte, emplazada sobre el Mar Mediterráneo. Está ocupada por sus milicias desde principios de año. La región es rica en hidrocarburos, desde que allí se concentra el 66% de la producción libia.

La decisión de participar en la coalición militar que se organiza contra el Estado Islámico pertenece a uno de los capítulos más difíciles de la política exterior: aquel que tiene que ver con la gravísima decisión de entrar en guerra. Con todo lo que ello supone en términos de vidas humanas y destrucción. Por esto no puede nunca ser precipitada, sino meditada.

No obstante, paso a paso, la coalición militar va tomando forma. Y la confrontación con el Estado Islámico, requerida por la violencia inhumana que esa organización ha desatado, parece haber adquirido la urgencia que hasta ahora no había tenido.

 

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

¿Se debilita el vínculo de los Estados Unidos con Israel?

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 6/3/15 en:  http://www.lanacion.com.ar/1773579-se-debilita-el-vinculo-de-los-estados-unidos-con-israel

 

La comunidad internacional -representada en este caso por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (el llamado “G-5”), más Alemania- e Irán continúan avanzando con miras a cerrar un acuerdo de principios y criterios generales sobre el peligroso programa nuclear iraní antes del 24 de marzo próximo. El mismo, de alcanzarse, sería luego seguido por un acuerdo detallado, que debería firmarse antes del 30 de junio de este mismo año. Para la paz del mundo éste sería un paso muy significativo, aunque no definitivo. Para los Estados Unidos hay aún temas importantes que no se han acordado.

Con ese objetivo, las reuniones de trabajo de alto nivel se han sucedido en la ciudad de Ginebra, en Suiza. Ellas están lideradas ahora por un “grupo chico” conformado, por una parte, por el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, acompañado por el Secretario de Energía, Ernest Moniz, y por la otra, por el canciller iraní, Javad Zarif, a quien acompaña Ali Akbar Salehi, el director de la Agencia Iraní de Energía Atómica. El resto del amplio grupo negociador de la comunidad internacional sigue de cerca el tema, totalmente al corriente de lo que sucede.

EL ESQUELETO DEL ACUERDO ANTICIPADO

Si bien es cierto que sólo los negociadores y los líderes de sus respectivos países saben con exactitud dónde se encuentran las conversaciones y cuáles son los temas concretos que continúan abiertos, en los últimos días ha trascendido lo que podría aparentemente ser el esqueleto del posible acuerdo que se negocia. El propio presidente Barack Obama, con sus comentarios, ha sido uno de los responsables de esos trascendidos.

El plazo del acuerdo a celebrarse con Irán se reduciría a diez años, durante los cuales Irán convendría en no operar más que un número reducido de las centrífugas de las que dispone, con las que produce el uranio enriquecido necesario para poder eventualmente tener armas atómicas. Irán, sin embargo, sigue señalando que ese plazo es demasiado largo.

Inicialmente se hablaba, cabe recordar, de 20 años de congelamiento del programa. Esa duración se habría reducido a la mitad. Durante ese plazo Irán quedaría sometido a inspecciones permanentes, operaría tan sólo un número reducido de sus centrífugas y se mantendría siempre al menos doce meses distante de la posibilidad ostensible de comenzar a fabricar armas atómicas (nos referimos al llamado período de “breakout”). Se asume que, si esa decisión eventualmente se detectara o se materializara, la comunidad internacional dispondría de un año de plazo para, por los medios que entonces fueren necesarios, “disuadir” a Irán.

Los trascendidos recientes sugieren que además, vencido el mencionado plazo inicial de diez años, habría una suerte de período adicional de “normalización” que sería de cinco años, durante los cuales Irán iría dejando atrás -progresivamente- las restricciones que aceptaría para el inicio del programa. Y podría entonces comenzar a producir combustible, teóricamente destinado a su planta nuclear de Bushehr a la que los rusos dejarán de abastecer en 2021.

Para algunos, esto equivale a institucionalizar una suerte de autorización “indirecta” o “velada” en función de la cual Irán podría transformarse paulatinamente en una potencia nuclear militar, si así lo decide. Esto, por cierto, no es fácil de digerir para algunos y podría desatar una “carrera” en esa misma dirección en la que participarían algunos de los países árabes “sunnis” del Golfo, que han sugerido que -por razones de seguridad- no podrían quedarse paralizados, observando como Irán se transforma en potencia militar nuclear, sin ingresar -ellos mismos- en esa categoría. Por razones esencialmente defensivas. Peligrosísimo, por cierto. Particularmente en una región del mundo donde la recurrencia a la violencia es, desgraciadamente, una lamentable y frecuente realidad.

No obstante, lo cierto es que la capacidad de las centrífugas para producir uranio enriquecido no depende sólo de su número, sino también de su eficiencia, la que puede -de pronto- aumentar sustancialmente como consecuencia de futuros avances tecnológicos que las transformen en más efectivas que las actuales, lo que no puede descontarse.

Por esto, si de pronto se permite que operen -como parecería probable- unas 6000 centrífugas iraníes, sus posibilidades diferirán en función de sus capacidades individuales de enriquecimiento. Está, además, el tema adicional de cuánto uranio enriquecido se permitirá a Irán mantener, como inventario, en su propio país en cualquier momento. Por oposición a tenerlo depositado en Rusia, que se ha ofrecido al efecto.

Mientras tanto Irán, que sigue comprando ilegalmente por el mundo materiales y equipos para su reactor de Arak, está muy alerta respecto de lo que sucede en el mercado internacional de las centrifugas.

No hay que olvidar que, en paralelo, Irán sigue adelante, a toda marcha, con su ambicioso programa de misiles de largo alcance, difícil de justificar sin pensar en la eventualidad de equiparlos con cabezas atómicas. A lo que debe sumarse que Irán continúa, desafiante, sin contestar las principales preguntas de la Agencia Internacional de Energía Atómica sobre aspectos concretos de su programa nuclear militar, como si simplemente no existieran.

Para la administración norteamericana, el acuerdo con Irán puede cerrarse sin necesidad de contar para ello con la aprobación del Congreso. Pero ocurre que esa aprobación legislativa es indispensable si de levantar algunas de las sanciones económicas impuestas a Irán se trata. Y no hay acuerdo posible, sin que esas sanciones, que tanto daño hacen a Irán, se dejan sin efecto, quizás progresivamente.

EL “DESACUERDO” CON ISRAEL

Israel, por su parte, obviamente no confía en Irán. Supone que, para la teocracia iraní, Israel es esencialmente un blanco a destruir. Y, frente al riesgo existencial, no está conforme con el curso aparente de la negociación con Irán. Posición que ciertamente no esconde. En rigor, sólo aceptaría que el programa nuclear iraní se discontinuara. Del todo. Esto es, que se desmantele. Para Irán, un imposible.

Por esto, Benjamin Netanyahu habló -el martes pasado- ante el Congreso norteamericano, en una sesión conjunta de ambas cámaras que despertó enorme interés, en la que fuera una invitación inusual y sin precedentes, para reafirmar allí su posición, absolutamente contraria al acuerdo que se negocia con Irán.

La presencia de Netanyahu en el podio del Congreso del país del norte supuso, para algunos, un intento de bloquear el posible acuerdo con Irán. Netanyahu compareció invitado por el “speaker” de la Cámara baja, John Boehner -un legislador republicano que representa a Ohio- sin que nadie hubiera consultado sobre esto a la Casa Blanca, lo que es patológico. Por esto, 44 de los 188 demócratas de la Cámara baja y 7 de los 44 senadores demócratas anunciaron su no concurrencia. Lo que habla de una polarización entre los demócratas en este tema.

Pese a la enorme intimidad que efectivamente existe en la relación bilateral entre Israel y los Estados Unidos, en los últimos seis años ha quedado claro que la “química personal” entre Obama y Netanyahu es pobre. Particularmente desde el 2012, cuando Obama decidiera mejorar la relación con Irán con un intento de acercamiento, al menos en algunos temas, como el de la lucha contra el Estado Islámico.

La decisión de Netanyahu ha llenado de alguna tensión a una relación bilateral que estaba algo lastimada. Pero que sigue siendo sólida. Y profunda. De respaldo sustancial a Israel. Más allá de las diferencias estratégicas. Y de las divergencias que aparecen cuando el prisma con el que se miran los temas es regional, por oposición a internacional.

Porque, además, como algunos sostienen, el discurso de Netanyahu tiene un sesgo electoral doméstico, desde que el premier compite en elecciones parlamentarias israelíes hasta ahora reñidas, que tendrán lugar dos semanas después de pronunciado su discurso ante el Congreso norteamericano. El 17 de marzo próximo. Netanyahu procura por esto reafirmar ante sus electores su imagen de “Sr. Seguridad”.

No es sorprendente entonces que su rival político, Isaac Herzog, lo acuse de provocar malestar -y hasta algún deterioro- en la relación bilateral de su país con los Estados Unidos, con fines subalternos, esto es electorales. Con el riesgo de provocar una retracción en el apoyo norteamericano a Israel, que hasta ahora siempre ha sido “bipartidista”, incluyendo a los dos grandes partidos políticos norteamericanos.

No es imposible que Netanyahu haya tratado de generar una mayor preocupación norteamericana sobre las posibles consecuencias que -en su opinión- podría tener la negociación de la comunidad internacional con Irán sobre su programa nuclear. Para inducir a la administración de Obama a ser más firme frente a un país como Irán que -en función de su historia reciente- no tiene confiabilidad, ni credibilidad alguna.

¿UNA RELACIÓN BILATERAL DEBILITADA?

¿Ha puesto Netanyahu en crisis la relación de su país con los Estados Unidos? No necesariamente. Ella sigue siendo, en lo esencial, sólida.

Prueba de esto ha sido la reciente encendida defensa de Israel por parte del secretario John Kerry ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Denunciando que ese organismo tiene un reprobable andar -torcido y hasta abusivo- cuando de temas o cuestiones que tienen que ver con Israel se trata. Lo que es ciertamente así.

Ocurre que el compromiso de los Estados Unidos con Israel tiene que ver con valores permanentes compartidos. Lo que es distinto de las posiciones tácticas frente a una coyuntura que puede, de pronto, provocar desacuerdos circunstanciales. El fuerte respaldo norteamericano parecería seguir intacto, entonces. Pero el tablero grande de Medio Oriente ha cambiado. Por esto John Kerry acaba de visitar a Arabia Saudita, incluyéndola en el análisis global de la situación.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.