Carta a mis consubditos argentinos

Por Aldo Abram: Publicado el 20/4/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/04/20/carta-a-mis-consubditos-argentinos/?outputType=amp-type

El presidente Alberto Fernández

El presidente Alberto Fernández

A algunos les llamará la atención que no haya puesto conciudadanos en el título. Es porque ello significaría que nos asumimos como ciudadanos; lo cual implicaría ser miembro activo de un Estado en el que los derechos y libertades fundamentales son garantizados por su Constitución. Para que así sea, es necesario que rija plenamente una Democracia Republicana; lo cual, no solamente implica el derecho a votar a nuestros gobernantes y legisladores, sino que los poderes que se les delegan a quienes son electos tengan límites y controles cruzados para que no sean usados para avasallar los derechos de quienes se los delegaron. Dado que esos límites están en nuestra Constitución Nacional, es obvio que nadie puede estar por encima de ella; porque implicaría tener el carácter de monarca y los monarcas tienen súbditos. Los derechos de estos últimos no derivan de su dignidad humana, sino que les son concedidos por el Soberano que los gobierna.

Desde un punto de vista formal, la Argentina es una Democracia Republicana y Constitucional. Sin embargo, no siempre las instituciones formales son las que rigen un país, sino que dominan las informales que es lo que aquí sucede. Poco a poco, los políticos que llegan a los sucesivos gobiernos o las legislaturas se han ido acostumbrado a que no existen límites para las decisiones que pueden tomar. Esto surge de una cultura en la cual, cuando se vota, se elige un líder mágico e iluminado que resolverá milagrosamente todos los problemas. De hecho, nos quejamos del Congreso y lo acusamos de “escribanía”; porque “se aprueba lo que manda el Poder Ejecutivo Nacional (PEN) sin discutir, con el voto favorable de su fracción y aliados y con el de la oposición en contra”. Sin embargo, cuando elegimos legisladores lo hacemos con listas sábanas de gente a la que no conocemos; pero las colocamos en la urna porque responden a un determinado líder o partido. Entonces, ¿por qué nos llama la atención que respondan a éstos, que los pusieron en la lista, y no a los intereses de quienes los votaron?

Por otro lado, es lógico que los legisladores estén siempre dispuestos a delegarles a los Presidentes facultades que, según la Constitución, no pueden cederle. En definitiva, “la gente no lo votó a él para que resuelva todos los problemas, pues hay que cederle todos los resortes del poder para que pueda hacerlo”. Como vemos, nuestros representantes y gobernantes no hacen otra cosa que actuar en base a la misma cultura “paternalista” predominante en la sociedad que los ha elegido.

Esta degradación de la calidad institucional argentina viene dándose desde hace décadas y en la medida que la gente va dejando avanzar a los gobiernos en la búsqueda de maximizar su poder. Esto puede explicarse como una infección que se expande en la medida que los anticuerpos cívicos se van debilitando y, por lo tanto, va corrompiendo gradualmente las instituciones. También, con el ejemplo de la rana que, si una la tira en una olla con agua hirviendo, salta y se escapa; pero, si el líquido está frío y luego se lo va calentando, la rana se acostumbra y termina hervida.

En el artículo 14 de nuestra Constitución Nacional se establecen los derechos y garantías que tenemos los ciudadanos y que no pueden ser avasallados por los gobernantes ni los legisladores. Entre ellos, el de circular libremente que restringe el DNU presidencial recientemente emitido, que imponiendo un “toque de queda” justificado en una emergencia de salud surgida de la pandemia. Éste es un típico ejemplo de lo que se comentara en los párrafos anteriores. Si uno busca en la Carta Magna algún artículo en el que se otorgue al Presidente la facultad para suspender esos derechos y garantías por un “toque de queda” o una emergencia, no lo va a encontrar.

El artículo 23 de la Constitución sí permite suspender dichos derechos en el marco de la declaración de un Estado de Sitio, que es en definitiva lo que está imponiendo el DNU presidencial; pero evitando reconocerlo y haciéndolo en forma inconstitucional. En primer lugar, establece que es facultad del Congreso, que debe sancionarlo por ley, y sólo podría decretarlo el Presidente si este no estuviera en funcionamiento o por una emergencia en la que no hubiera tiempo para reunirlo. Pues tenemos un Parlamento que está funcionando y que podría sesionar rápidamente para tratar una ley en una situación de gravedad. Además, un Estado de Sitio sólo se justificaría en caso de conmoción interior o de ataque exterior que pongan en peligro el ejercicio de esta Constitución y de las autoridades creadas por ella. Sin duda, es muy discutible que ese sea el caso actualmente; pero, en todo caso, debería decidirlo el Congreso.

Por lo tanto, queda claro que el DNU presidencial es inconstitucional; pero lo que más llama la atención es que el resto de nuestros representantes, que hemos votado como gobernadores o legisladores, no estén haciendo nada para que el PEN cumpla con las limitaciones a su poder que emanan de la Constitución. Sin embargo, deja claro que ellos comparten la cultura paternalista que considera que, a quien es electo Presidente, se le debe conceder la suma del poder público para que resuelva los problemas de la Argentina; lo cual está expresamente prohibido en el artículo 29 de la Carta Magna, aclarando que quien así lo haga será penado como infame traidor a la Patria.

Conclusión, si los argentinos estamos dispuestos a dejar que quien elegimos Presidente esté por encima de la Constitución Nacional; lo que tendremos al final será una monarquía electoral que nos permitirá elegir a quién rija nuestros destinos a su arbitrio por un plazo determinado de tiempo. Lamentablemente, está demostrado que, quien ostenta semejante poder, termina destruyendo la Democracia para mantenerse indefinidamente en su cargo, como sucedió en Venezuela. O sea que, si estamos dispuestos a dejar que nuestros derechos y garantías dependan de la voluntad de quien ejerce el PEN, independientemente de lo que mande la Carta Magna; por lo menos seamos honestos y asumámonos como lo que en realidad somos, súbditos.

Aldo Abram es Lic. en Economía y fue director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

LIBERALES, DEJEN DE PELEARSE PLEASE!!!!!!!!!!!!!!!!

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/11/14 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2014/11/liberales-dejen-de-pelearse-please.html

 

En Argentina hay buena calidad –no cantidad- de liberales clásicos y libertarios bien formados académicamente, en las diversas variantes de autores –y no hago una lista para que no se arme un primer problema-. En general son muy buenos especialistas y-o divulgadores. Algunos de ellos, sin embargo, tiene la costumbre de competir por “el liberal del mes”: espejito espejito, ¿quién es “el más liberal” de todos? Error académico en primer lugar: no hay un autor llamado “liberal” ni debe haber un séquito de seguidores que compitan por la recta interpretación del pontífice en cuestión. Y si yo, por ejemplo, estoy convencido de que Mises es un buen autor, no es correcto andar descalificando a los que no piensen lo mismo: en todo caso, si así lo pienso, debo dar argumentos sobre mi posición, y al mismo tiempo estar abierto a que otros pueden darme buenos argumentos, sobre otros autores, que no he tenido en cuenta.

Cuando los liberales pasan al ámbito político, la cosa es peor. Allí será imposible la existencia de un “partido liberal” que trate de implantar una “ortodoxia” que ni siquiera existe en el ámbito académico. Yo mismo participé en su momento en el partido liberal libertario, como modo de “instalar” temas, pero sabía que, si el partido crecía, los debates internos iban a ser inevitables y NO porque hubiera “traidores a la doctrina revelada” sino porque sencillamente hay visiones distintas dentro del liberalismo clásico y-o libertarianismo y está bien que así sea.

Pero, en segundo lugar, lo que habitualmente sucede y está sucediendo, es que algunos liberales se ubican dentro de partidos políticos ya existentes y entonces otros liberales les dicen sencillamente de todo, por una especie de “pecado” de “juntarse con los impuros”: comienzan peleas e insultos, con la insólita pretensión, además, de conocer las intenciones últimas de todos; se pierden amistades, y cada liberal termina haciendo de sí “la única alternativa” que evitará el desastre……………

Se han intentado alianzas entre diversos liberales, con vistas a una elección futura. Tampoco es viable. Cada uno tiene su circunstancia personal, sus razonables lealtades, sus razonables ambiciones, sus obvios desacuerdos prácticos, etc., y la cosa no funciona. Pero aún en el utópico caso de que fuera posible, el insólito optimismo de que una alianza así se pudiera presentar en el 2015 y ganar las elecciones o un espacio político importante es, por decir lo mínimo, enternecedor. Yo también tengo mis anhelos, por ejemplo, que alguna vez habrá tele-transportación y cosas por el estilo, y les aseguro que ello es mucho más realista.

Me asombra además la facilidad y el ímpetu cuasi-religioso con los cuales los liberales juzgan a los demás. Digo pseudo-religioso porque el religioso auténtico no juzga las conciencias. ¿Quiénes se creen que son? Cada uno tiene su circunstancia, su propio juicio prudencial, y aún en el caso de que pensemos que alguien ha cometido un error “político”, hay que decirlo con respeto y sin presuponer la supuesta “maldad” del otro. Me acuerdo bien cómo lo defendí, tantas veces, al santo de Pedrito Benegas, ANTES de que muriera, de tener derecho a su opción personal a formal el ala liberal del Pro. NO porque yo considerara que la opción iba a tener resultado, sino por el respeto al camino de cada uno.

Liberales, déjense de….  pelear. Si alguien quiere meterse en el Pro, en el radicalismo, con Carrió, con corrí, en el unen o separen, cada uno sabrá por qué: respetemos esas decisiones. Y si alguien quiere meterse en el kirchnerismo y jugar al infiltrado, que se divierta y que sobreviva 🙂 La cuestión es llegar al Congreso. ESA es le cuestión. Y no pianten votos, please, con un candidato a presidente. La cuestión es el Congreso. Una vez allí, entonces es el lugar para la verdadera alianza. Allí todos, sea de donde fuere que hayan venido, harán un bloque, instalarán temas, votarán como corresponde, etc.: ESA es la alianza.

 

La circunstancia es delicada. Pies en La Tierra, please.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Volver al futuro: ¿Camino a una estanflación?

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 22/7/13 en http://economiaparatodos.net/volver-al-futuro-camino-a-una-estanflacion-3/

El modelo K ya acumula varios años de alta inflación. Es claro que la voluntad política para terminar con este problema no se encuentra en la agenda K

El gobierno se siente más cómodo culpando al mundo de los problemas internos del país que revisando sus propias decisiones. Los incentivos son claros. El costo de la inflación la pagan todos los Argentinos, mientras que los beneficios de corto plazo los recibe el gobierno dado que el Banco Central se dedica a financiar al Tesoro antes que proteger el valor de su moneda. Es por este motivo que es común escuchar que la inflación es un impuesto no legislado, lo que el Tesoro no colecta en billetes, lo colecta por erosión de poder adquisitivo. No está de más recordar que la política tributaria es potestad del Congreso, no del Ejecutivos. Es el ciudadano a través de sus representantes quien decide cuántos impuestos pagar, no es decisión del administrador de turno del estado.

Sin embargo, la política inflacionaria que a corto plazo trae beneficios al gobierno puede, en el largo plazo que siempre se termina haciendo presente, resultar en una débil situación económica e incluso en estanflación. Es decir, en estancamiento económico más inflación. No es cierto que se necesita inflación para crecer, no es cierto que se necesita un tipo de cambio competitivo para crecer y tampoco es cierto que mientras haya inflación no va a haber estancamiento económico porque se incentiva el consumo. Si bien no es difícil encontrar casos históricos en el mundo, basta con volver la mirada a la década del 80.

Si bien la inflación se debe a un exceso de oferta monetaria cuando el banco central expande la cantidad de dinero por encima de la demanda de dinero, un proceso inflacionario sostenido en el tiempo comienza a afectar otras variables además del nivel de precios. Dos de ellas son la demanda de dinero y la producción de bienes y servicios. Dado que la inflación derrite el poder adquisitivo del dinero, una inflación que llega para quedarse destruye los incentivos a ahorrar en una moneda que no deja de devaluarse. De poco sirve ahorrar en barras de hielo. Esto quiere decir que el mercado reduce el monto de billetes atesorados (bajo el colchón, en el banco, etc.) y los cambia por bienes y servicios. Al haber más billetes en circulación para la misma cantidad de bienes, por lo que el nivel de precios va a subir.

Pero el problema de la inflación no es en sí una cuestión de niveles de precios. Si todos los precios se moviesen en la misma proporción la inflación no sería un problema. Si el ingreso aumenta un 10% y todos los precios aumenta un 10%, entonces las personas no pueden comprar ni más ni menos bienes que antes; en términos reales la situación es la misma. El verdadero costo económico se da a través de la distorsión de precios relativos. Algunos precios suben primero, y otros lo hacen después dado que no todas las personas reciben el dinero fresco al mismo tiempo. Al Tesoro no le da la mismo ser el primero en recibir los nuevos pesos que acaba de imprimir el Banco Central que ser el último. Si es el primero, puede gastar el nuevo dinero antes que hayan subido los precios. Pero si es el último, los precios ya han subido para cuando el dinero llega al Tesoro. Una alta inflación que altera los precios relativos de manera inesperada hace que el nivel de producción decrezca y se produzcan cuellos de botella. El faltante de harina redunda en altos precios del pan. Ni el control de precios de Moreno ni la sugerencia de hacer el propio plan de Colombo solucionan el problema. El faltante de dólares (sumado a la inestabilidad institucional) implica que no se pueden importar insumos, y por lo tanto la producción cae en sectores como el energético. Si el gobierno no subsidiase las tarifas, las mismas serían mayores impactando en el índice de inflación. El subsidio tampoco soluciona el problema de fondo.

El siguiente cuadro muestra cuatro escenarios. El Escenario 1 es la situación inicial de referencia. El Escenario 2 corresponde a la inflación que se da únicamente por aumento en la oferta de dinero. El Escenario 3 corresponde a la inflación que se da únicamente por una caída en la demanda de dinero cuando la gente pierde interés en el peso. El Escenario 4 corresponde a la inflación que se da únicamente por caída en la producción. El quinto escenario, Estanflación, es la combinación de estos 3 escenarios. La primer columna muestra la oferta de dinero. La segunda columna la demanda de dinero, que es la cantidad de pesos que el mercado atesora y por lo tanto quita de circulación. La tercer columna es el dinero en circulación. La cuarta columna es la cantidad de bienes y servicios producidos y la quinta columna es el nivel de precios. El cuadro tiene números que no tiene otra intención que ilustrar los efectos, no son números que intenten reflejar verdaderas magnitudes actuales.

 

Nótese que cambios en el nivel de precios depende de cambios en el circulante, que pueden o no depender de cambios en la oferta de dinero. En los escenarios 2 y 3 la inflación es la misma para los dos casos por que el cambio en el circulante es el mismo. La única diferencia es que en el escenario 2 hay un aumento en la demanda de dinero mientras que en el escenario 3 hay una disminución en la demanda de dinero. El nivel de precios pasa de 6 a 7, lo que equivale a una inflación del 16.7%, que es la proporción de expansión del circulante. Esto sugiere que la inflación puede subir más que la expansión monetaria si la demanda de dinero comienza a caer.

El caso más preocupante, sin embargo, es el último de estanflación, que combina los escenarios 2, 3 y 4 en uno sólo. En este caso, una expansión monetaria del 10% (de 1000 a 1100) produce un aumento de circulante del 33% (de 600 a 800) y una inflación del (48%). Este no es un escenario a descartar por parte de un gobierno que ignora el problema de la inflación al punto tal de producir indicadores oficiales en los que nadie cree.

La caída en la demanda de pesos es palpable. El peso esta dejando de ser una moneda para pasar a ser lo que sería una quasi-moneda. Quasi-moneda es aquel bien que aún se utiliza para intercambios pero en los que no se ahorra; como por ejemplo aceptar pesos para hacer transacciones pero ahorrar en dólares. ¿A qué se debe el cepo y los intentos de pesificación forzada si no hay un caída en la demanda de pesos? Lo mismo sucede con la actividad económica cuando uno observa indicadores económicos en términos reales. Impuestos que dependen de la actividad económica, por ejemplo como el IVA, no crecen en términos reales cuando se ajusta la recaudación por la inflación verdadera. Aquel defensor del modelo que no está convencido, puede apostar su futuro y sus ahorros (previa pesificación si los tiene en pesos), abrir una inmobiliaria o una escribanía y vivir en carne propia las bondades del modelo.

El modelo K siempre fue inconsistente; al modelo no se le acabaron la pilas, simplemente puso de manifiesto las inconsistencias que siempre tuvo tapadas por la fiesta del consumo. Un modelo inconsistente inevitablemente termina en estancamiento económico. El gobierno ha intentado extender la vida de un modelo ineficiente vía expansión monetaria. El gobierno ha sumado inflación a un modelo que lleva al estancamiento. La estanflación es el postre del menú K.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y profesor universitario.

Apunte sobre un buen ejemplo argentino

 Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 5/4/12 en: http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7218

 Lamentablemente hay muchos pésimos ejemplos de los gobiernos argentinos de los últimos largos tiempos. Sin embargo, después de la tiranía rosista, la Constitución de 1853/60 permitió convertir a ese país sudamericano en la vanguardia del mundo libre. Los inmigrantes competían entre Estados Unidos y Argentina para “hacerse la América” debido a que los salarios del peón rural y los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Alemania, Francia, España e Italia. Todos los indicadores de progreso más relevantes ubicaban a la Argentina en los primeros puestos del concierto de las naciones más civilizadas del orbe.

 Luego comenzó el populismo yrigoyenista y los nacionalismos de los Manuel Gálvez, Leopoldo Lugones y Manuel Carlés que contribuyeron a crear un ambiente de xenofobia y estatismo incompatible con el progreso, y la revolución fascista del año treinta y sus continuadores de tradición conservadora introdujeron la banca central, el impuesto progresivo y las juntas reguladoras, todo lo cual fue acentuado en grado exponencial por el peronismo de la década siguiente con el agregado de la corrupción alarmante y la persecución política hasta extremos inconcebibles. Félix Luna en su Breve historia de los argentinos escribe que “Perón, que llegó con un lenguaje nuevo, trajo también una serie de elementos del pasado, como por ejemplo el plan económico de Miguel Miranda de 1947, que tenía varios elementos del de Pinedo establecido en 1940 por un régimen conservador” y Emilio Hardoy se queja amargamente en No he vivido en vano de las impugnaciones electorales de los conservadores y del denominado “fraude patriótico” patrocinado por esa corriente política.

 Pero en esta nota me propongo destacar muy brevemente un extraordinario ejemplo de la mejor tradición liberal del constitucionalismo argentino lo cual señala con notable enjundia Jorge Labanca en su ensayo titulado “El que preside no gobierna”, publicado en la compilación organizada por Ezequiel Gallo en homenaje a mi padre (Liberalismo y sociedad. Ensayos en honor de Alberto Benegas Lynch, Buenos Aires, Editorial Macchi, 1984).

 En este comentario telegráfico me baso en el muy documentado trabajo de Labanca en donde cada afirmación se sustenta en el respectivo texto constitucional y donde el autor subraya la sustancial modificación del rol del Ejecutivo que, de un considerable tiempo a esta parte, ha tenido lugar y que en un proceso de contrabando se le ha ido otorgando de facto potestades que son propias del Legislativo a contracorriente del pensamiento que dio origen a la República Argentina y, en cambio, ha inflado de modo superlativo los poderes de la presidencia hasta límites que la convierten en “un monarca electivo” según una ajustada expresión del mencionado autor.

 En el referido ensayo se apunta que el texto constitucional hace que el Ejecutivo se constituya en un órgano administrador que ejecuta lo sancionado por el Congreso, al contrario de lo que viene ocurriendo, situación en la que aparece como el primer mandante que incluso subordina a los gobernados a la condición de mandatarios, invirtiendo el orden de las cosas en el contexto republicano.

 Así, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas el Ejecutivo depende del Congreso para declarar la guerra y definir al enemigo, para designar oficiales superiores, establecer el número de la tropa y declarar el fin de las hostilidades. Como representante del gobierno en materia de relaciones exteriores, recibe y envía funcionarios, pero es el Congreso el órgano que aprueba tratados entre naciones. Su poder de veto está limitado a que la Cámara de origen y la revisora no insistan en la promulgación con las mayorías necesarias. La presentación de un proyecto de ley por parte del Ejecutivo no obliga al Congreso ni siquiera a tratarlo y la apertura de las sesiones parlamentarias constituye una rendición de cuentas ante el Legislativo. Por otra parte, la convocatoria a sesiones extraordinarias es precisamente para contar con la legitimidad en la administración y, por último, la designación de jueces y la declaración del estado de sitio durante el receso del Senado operan bajo el contralor de los organismos correspondientes y dentro de las limitaciones que exige el derecho en un clima de pesos y contrapesos propio de la división horizontal de poderes.

 Jorge Labanca con razón se alarma frente a la “progresiva transferencia del las prerrogativas concretas de gobierno del Parlamento al Ejecutivo […] A través de la asignación de fines a la acción administradora del Poder Ejecutivo se verifica una mutación progresiva y a veces insensible de los fines del Estado. No parece muy difícil demostrar que la Constitución de 1853/60 está moldeada sobre el ideal de la libertad individual […] Esta finalidad se desdibuja y se transforma cuando la ley impone al administrador, como fines perseguidos por éste, cada vez que le atribuye una responsabilidad prestacional o reguladora.”

 Como una nota al pie destaco que durante un gobierno argentino de muy reciente data, el Congreso delegó las funciones de la hacienda pública en el Jefe de Gabinete con lo que sus miembros podrían haber renunciado a sus bancas en masa (y a sus dietas) ya que el contralor de las cuentas fiscales es responsabilidad primordial del Legislativo. Estas funciones fueron el eje central del nacimiento del Parlamento: cuidar de las finanzas administradas por el rey en tierras inglesas o del emperador en tiempos de la república romana, al contrario de lo que se considera hoy, es decir, que el Congreso está facultado para dictar leyes a diestra y siniestra en una carrera inaudita de ingeniería social y de diseño arrogante, en contraste con aquellos fallos judiciales en competencia tal como ocurría en los comienzos del common law. Hoy un adiposo Leviatán está desbocado en no pocos lugares: las reiteradas manifestaciones de la tan temida “tiranía de los jueces”, poder integrado muchas veces por magistrados mediáticos con actitudes impropias de su investidura que, además, frecuentemente renuncian a la indispensable independencia, la soberbia patética y tragicómica del Ejecutivo y el desborde del Legislativo que no reconoce mojones o puntos de referencia extramuros de la ley positiva.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.