El sorprendente enigma chileno

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 4/11/19 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-sorprendente-enigma-chileno-nid2303300

 

La revuelta chilena está más cerca de la de los “chalecos amarillos” franceses que de la de los indígenas ecuatorianos; el desafío es la desigualdad

Dentro de la catastrófica quincena que ha sido esta para América Latina -derrota de Macri y retorno del peronismo con la señora Kirchner en la Argentina, fraude escandaloso en las elecciones bolivianas que permitirán al demagogo Evo Morales eternizarse en el poder, agitaciones revolucionarias de los indígenas en Ecuador-, hay un hecho misterioso y sorprendente que me niego a emparentar con los mencionados: la violenta explosión social en Chile contra el alza de los boletos del metro, los saqueos y devastaciones, los veinte muertos, los millares de presos y, por último, la manifestación de un millón de personas en las calles protestando contra el gobierno de Sebastián Piñera.

¿Por qué misterioso y sorprendente? Por una razón muy objetiva: Chile es el único país latinoamericano que ha dado una batalla efectiva contra el subdesarrollo y crecido en estos años de manera asombrosa. Aunque sé que los informes internacionales no conmueven a nadie, recordemos que la renta per cápita chilena es de 15.000 dólares anuales (y en poder adquisitivo es de 23.000 dólares, según organismos como el Banco Mundial). Chile ha acabado con la pobreza extrema y en ninguna otra nación latinoamericana han pasado a formar parte de las clases medias tantos sectores populares. Goza de pleno empleo, y las inversiones extranjeras y el desarrollo notable de su empresariado y sus técnicos han hecho que sus niveles de vida suban velozmente, dejando muy atrás al resto de los países del continente. El año pasado yo viajé por el interior chileno y me quedé maravillado de ver el progreso que se manifestaba por doquier: los pueblos olvidados de hace treinta años son hoy ciudades pujantes, modernas y con muy altos niveles de vida teniendo en cuenta los estándares del Tercer Mundo.

Continúan las protestas en Chile
Continúan las protestas en Chile Fuente: AFP - Crédito: Claudio Reyes

Por eso Chile ya casi ha dejado de ser un país subdesarrollado; está mucho más cerca del Primer Mundo que del tercero. Esto no se debe a la dictadura feroz del general Pinochet; se debe al resultado del referéndum de hace 31 años con el que el pueblo chileno puso punto final a la dictadura (y en el que, por lo demás, Piñera hizo campaña contra Pinochet) y al consenso entre la izquierda y la derecha para mantener una política económica que ha traído gigantescos progresos al país. En 29 años de democracia la derecha apenas ha gobernado cinco años y la izquierda -es decir, la Concertación-, 24. No es irreverente afirmar, pues, que la izquierda ha contribuido más que nadie a que aquella política, de defensa de la propiedad y la empresa privadas, el aliento de las inversiones extranjeras, la integración del país a los mercados mundiales y, por supuesto, las elecciones libres y la libertad de expresión, haya traído el extraordinario desarrollo del país. Un progreso de verdad, no solo económico, sino al mismo tiempo político y social.

¿Cómo explicar entonces lo ocurrido? Para entenderlo es imprescindible disociar lo que ha pasado en Chile del levantamiento campesino ecuatoriano y los desórdenes bolivianos por el fraude electoral. ¿A qué comparar la explosión chilena, entonces? Al movimiento de los “chalecos amarillos” francés, más bien, y al gran malestar que hay en Europa denunciando que la globalización haya aumentado las diferencias entre pobres y ricos de manera vertiginosa y pidiendo una acción del Estado que la frene. Es una movilización de clases medias, como la que agita a buena parte de Europa, y tiene poco o nada que ver con los estallidos latinoamericanos de quienes se sienten excluidos del sistema. En Chile nadie está excluido del sistema, aunque, desde luego, la disparidad entre los que tienen y los que apenas comienzan a tener algo sea grande. Pero esta distancia se ha reducido mucho en los últimos años.

¿Qué ha fallado, pues? Yo creo que un aspecto fundamental del desarrollo democrático que postulamos los liberales: la igualdad de oportunidades, la movilidad social. Esto último existe en Chile, pero no de manera tan efectiva como para frenar la impaciencia, perfectamente comprensible, de quienes han pasado a formar parte de las clases medias y aspiran a progresar más y más gracias a sus esfuerzos. No existe todavía una educación pública de primer nivel ni una sanidad que compita exitosamente con la privada ni unas jubilaciones que crezcan al ritmo de los niveles de vida. Este no es un problema chileno, sino algo que Chile comparte con los países más avanzados del mundo libre. Una sociedad admite las diferencias económicas, los distintos niveles de vida, solo cuando todos tienen la sensación de que el sistema, por lo abierto que es, precisamente, permite en cada generación que haya progresos individuales y familiares notables, es decir, que el éxito -o el fracaso- estén en el destino de todos. Y que ello se deba al esfuerzo y a la contribución hecha al conjunto de la sociedad, no al privilegio de una pequeña minoría. Esta es, probablemente, la asignatura pendiente del progreso chileno, como sostiene, en un inteligente ensayo, el colombiano Carlos Granés, cuyas opiniones en gran parte comparto.

La obligación, en esta crisis, del gobierno chileno no es, pues, dar marcha atrás -como piden algunos enloquecidos que quisieran que Chile retrocediera hasta volverse una segunda Venezuela- en sus políticas económicas, sino completar estas y enriquecerlas con reformas en la educación pública, la salud y las pensiones hasta dar al grueso de la población chilena -que en toda su historia no ha estado nunca mejor que ahora- la sensación de que el desarrollo incluye también aquella igualdad de oportunidades, indispensable en un país que ha elegido la legalidad y la libertad y rechazado el autoritarismo. La Justicia tiene que estar en el corazón de la democracia y todos deben sentir que la sociedad libre premia el esfuerzo, y no las conexiones y los enchufes.

Continúan las protestas en Chile
Continúan las protestas en Chile Fuente: AFP - Crédito: Claudio Reyes

El segundo hombre de la “revolución venezolana”, el teniente Diosdado Cabello, ha tenido la desfachatez de decir que todas las movilizaciones y los alborotos latinoamericanos se deben a que un “terremoto chavista” está soplando sobre el continente. No parece haberse enterado de que cuatro millones y medio de venezolanos han huido de su país para no morirse de hambre, porque en la Venezuela socialista de estos días solo comen como es debido quienes están en el poder y sus compinches, es decir, aquellos que roban, trafican y disfrutan de los típicos privilegios que las dictaduras de extrema izquierda (y las de derecha, a menudo) conceden a sus súbditos sumisos.

No es imposible que agitadores venezolanos, enviados por Maduro, hayan enturbiado y agravado las reivindicaciones de los indígenas ecuatorianos y hasta echado una mano a Cristina Kirchner en su retorno al poder, medio oculta bajo el paraguas del presidente Fernández, pero en Chile desde luego que no. Que en la cúpula venezolana celebren con champagne francés los dolores de cabeza del gobierno de Piñera está descontado. Pero que sea el motor de la revuelta es inconcebible, por más que fueran los niñitos bien quienes quemaron veintinueve estaciones del metro de Santiago y pusieran pintas a favor del socialismo del siglo XXI. (Lo paradójico es que estos niñatos ni siquiera se pagan el pasaje de metro: su carnet escolar los excluye de ese trámite).

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Los chilenos y el presidente Sebastián Piñera

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 14/8/12 en http://www.eldiarioexterior.com/los-chilenos-y-el-presidente-41207.htm

  En una oportuna nota reciente, Andrés Oppenheimer destaca que el modelo chileno -mantenido en el tiempo con total coherencia, pese al cambio del signo político de los gobiernos que se sucedieron desde el regreso a la democracia- ha servido para disminuir significativamente la pobreza en la sociedad chilena. Porque su economía crece sana, al 6% anual, con una inflación anual del 3% y con exportaciones que están en alza.

 La gestión del presidente Piñera volvió a disminuir la pobreza, tendencia que se había estancado en la administración de la Concertación. Del 15,1% en el 2009, al 14% ahora. Lo mismo ha ocurrido con la pobreza extrema (yo la llamaría simplemente: miseria, destacando así que esto debiera ser insoportable para cualquier sociedad) que cayó del 3,7% en el 2009, al 2,8% ahora.
 
En 1990, la pobreza chilena alcanzaba nada menos que al 40% de su sociedad, hoy en cambio sólo al 14,4%, lo que sintetiza -como muy pocos índices- el éxito, absolutamente fenomenal, del “modelo chileno”, que la izquierda regional se niega a reconocer, mirando generalmente para otro lado. Lo opuesto es lo sucedido con el modelo colectivista cubano, que ha sumido a su pueblo en el atraso relativo. Tan es así, que tan sólo los haitianos están peor que los cubanos.
 
Esto supone para Chile haber podido alcanzar uno de los objetivos centrales en cualquier estrategia de desarrollo. No obstante ese éxito, lo cierto es que no hay un gran reconocimiento a esta circunstancia en la región, más allá de Chile. Salvo el caso del Perú que ha seguido sus huellas con excelentes resultados, pocos piensan en abrazar un modelo exitoso, pero poco atractivo para practicar el populismo y aferrarse al poder. En cambio, sueñan despiertos con una Cuba paradisíaca que simplemente no existe. De no creer, pero es así. Una región con una clara tendencia a la fantasía no logra poder escapar de este fenómeno.
 
¿Ante esto, que piensan hoy los chilenos? Mi respuesta es que saben que las ha ido bien y que, si quieren mantener las cosas en el terreno de los éxitos, es indispensable mantener, en sustancia, el modelo abrazado. Y que, además, advierten perfectamente que están dejando rápidamente atrás a la vecina Argentina, que hasta ahora contenía a la sociedad con mejor nivel de vida de toda la región, pero que con sus permanentes vaivenes -y con una clase política absolutamente de horror- está en un andarivel de decadencia que luce bien difícil de revertir, al menos en el corto plazo.
 
No obstante, los chilenos son críticos y severos, al tiempo de calificar la gestión de sus administradores. Como debe ser. Después de todo, aunque los gobernantes suelan olvidarlo, ellos son simplemente mandatarios de los ciudadanos.
 
Una encuesta reciente de “Adimark” comprueba esa severidad de juicio. Pese a que ella muestra la valoración de Piñera -poco simpático, pero siempre efectivo- más favorable desde mayo de 2011. Con una aprobación del 36%. Y un rechazo del 56%. Lo que supone un importante cambio de tendencia, desde que en mayo pasado esas cifras eran del 26% de aprobación y del 67% de rechazo. Diez puntos para arriba, en la aprobación y once para abajo, en la desaprobación, no son pequeña cosa. En rigor, a Piñera se lo considera mejor que a su gobierno en conjunto, que obtiene una aprobación del 35% y un rechazo del 59%. Cabe agregar que idéntica severidad de juicio se exterioriza cuando de juzgar a la oposición se trata. Porque la aprobación que la izquierda recibe es de apenas un 19% y la desaprobación es grande: del 69%.
 
De cara a las elecciones presidenciales, en el gabinete de Piñera -con nivel de excelencia en muchas posiciones- hay hombres que siguen siendo sumamente populares. Este es el caso de Laurence Golborne, el titular de Obras Públicas, de inolvidable gestión en el rescate de los mineros que estaban atrapados en el vientre de la árida tierra del norte chileno, que tiene un 75% de aprobación de gestión. También el del activo ministro de Defensa, Andrés Allamand, que tiene una aprobación del 74%. Y el del ministro de Economía, Pablo Longueira, que cuya aprobación está en descenso, pero que con un 47% es extremadamente alta para cualquier titular de una cartera donde, obviamente, no es nada fácil ser popular. También aparecen con altos porcentajes de evaluación favorable los titulares de las carteras de Cultura y Bienes Nacionales, Luciano Cruz-Coke y Catalina Parot, a quienes, sin embargo, no les da tanto el perfil para ser candidatos a la primera magistratura de su país, como a los tres antes nombrados, a quienes, me parece, hay que seguir muy de cerca.
 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.