Argentina: obra pública y política fiscal

Por Gabriel Boragina Publicado  el 16/7/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/07/argentina-obra-publica-y-politica-fiscal.html

 

En declaraciones recientes, el presidente Macri ha expresado que “los impuestos nos están matando”.

Sin duda que la afirmación es acertada. Lo que es llamativo que sea un presidente desarrollista el que la formule. Repasemos la definición de desarrollismo según el diccionario de economía:

“desarrollismo. Término poco preciso que estuvo en boga en los años sesenta y que se refería a la ideología que postula como meta de la sociedad y de la acción estatal la obtención de un acelerado crecimiento económico. El desarrollismo latinoamericano hacía énfasis en la transformación de las economías atrasadas de la región, concentrando los esfuerzos en la creación de una base industrial y la superación de la condición de países exportadores de materias primas. En la mayoría de los casos este desarrollismo asumió como modelo de crecimiento la llamada sustitución de importaciones, la que se intentó lograr mediante un elevado nivel de proteccionismo. (V. DESARROLLO; PROTECCIONISMO; SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES).”[1]

Si ninguna vacilación –al menos para mí- se trata esta de la política económica encarada por el gobierno de Cambiemos que, sin ser demasiado explicito en cuanto a precisiones ideológicas, se encamina en la dirección dada por la definición. Su distinción con el liberalismo –como ya lo indicáramos en ocasiones anteriores- consiste en que ese “acelerado crecimiento económico” se persigue a través de la acción estatal, en tanto que en el liberalismo el mismo objetivo se busca a través de la iniciativa y empresa privada.

También en forma coincidente con la definición que adoptamos, Cambiemos esta “concentrando los esfuerzos en la creación de una base industrial”. En este sentido, destaca la promoción de la industria de infraestructura emprendida. Veamos seguidamente que se entiende por tal en economía:

infraestructura. Término poco riguroso teóricamente que engloba los servicios considerados como esenciales para el desarrollo de una economía moderna: transportes, energía, comunicaciones, obras públicas, etc. La infraestructura de un país está constituida por todo el capital fijo, o capital público fijo, que permite el amplio intercambio de bienes y servicios así como la movilidad de los factores de producción. Se considera que la creación de infraestructura es básica en el proceso de desarrollo económico, pues en ausencia de ésta se limitan seriamente los incrementos en la productividad y no es posible, tampoco, atraer capitales. Muchos bienes de capital que integran la infraestructura son bienes públicos más o menos puros, como las carreteras, puentes y otras obras, en tanto que muchos otros son claramente privados. Ello ha llevado a una discusión con respecto al papel del Estado en la creación y desarrollo de una infraestructura adecuada: se entiende que éste puede hacerse cargo de construirla cuando no hay suficientes capitales privados para emprender determinados proyectos, y que puede proveer aquellos servicios y bienes que son públicos. Pero, en general, la experiencia histórica indica que, para el resto de los casos, resulta más eficiente la presencia de empresas privadas que compitan entre sí cuando ello es posible.”[2]

A nuestro juicio, no cabe incertidumbre en cuanto a que este es el espíritu que anima al gobierno de Cambiemos. Lo que resulta difícil conciliar, es la expresión del presidente Macri, señalada al principio, con el financiamiento de toda esa obra de infraestructura que se está realizando. Y ello, porque va de suyo que el gobierno solamente podrá costear estos emprendimientos mediante impuestos, esos mismos impuestos que el mismo gobierno estima elevados y asfixiantes. Si el Ejecutivo fuera sincero en su deseo de bajar la carga fiscal ¿cómo se sufragarán todos los proyectos de obra pública y habitacional que se están realizando más los que se han prometido para el futuro inmediato? Esto no aparece claramente explicado.

Por la teoría económica básica sabemos que los gobiernos carecen de recursos propios. Todos los fondos de los que disponen provienen indefectiblemente del sector privado, y en última instancia del contribuyente. De allí, es lógico derivar que, si los impuestos se reducen esto implicará infaliblemente menores recursos para destinar a la obra pública ya iniciada y la venidera. Cabria entonces pensar que el plan del gobierno podría consistir en una reducción de impuestos acompañada por un incremento de la deuda púbica, que reemplazaría en una proporción similar aquella reducción, y permitiría continuar con el plan de obras de infraestructura.

Si este fuera el propósito, surgirían a primera vista dos escollos inmediatos, uno de tipo político y otro económico.

Desde el punto de vista político, una reforma impositiva como la propuesta o sugerida por el poder ejecutivo, sólo podría ser legalmente materializada por el Congreso. Esto, porque así lo dispone la Constitución de la Nación Argentina (a tal respecto, véanse los incisos 1º y 2º del art. 75 de la Carta Magna, Capítulo IV, titulado “Atribuciones del Congreso”). En lo inmediato, parece bastante remota esta posibilidad, al menos durante el curso del presente año, dado que el oficialismo necesita de mayoría parlamentaria –que no tiene- como para aspirar a conseguir la aprobación de una reforma impositiva, que el mismo gobierno admite como necesaria y prioritaria. En el ínterin ¿qué podría hacer el Ejecutivo? Podría contraer deuda, pero aquí brota la segunda dificultad:

Desde lo económico, el obstáculo surge en cuanto se repara que todo incremento de deuda estatal significará que se están trasladando hacia el futuro los efectos financieros de la misma. Llegado el vencimiento del empréstito -o de los empréstitos que se contraen- habrá que cancelar el principal con más sus intereses, y para ello no habrá más remedio que subir impuestos, con lo cual cualquier rebaja que se haga hoy será transitoria, e implicará una nueva escalada en lo futuro.

Finalmente, el gobierno podría cubrir su proyecto desarrollista mediante inflación, mecanismo que siempre termina tentando a todos los poderes constituidos. No obstante, también figura entre las metas del oficialismo reducirla. En suma, es bastante difícil de explicar –hoy por hoy- cómo piensa Cambiemos llevar adelante su proyecto desarrollista.

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela. Voz respectiva.

[2] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz pertinente.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Ideales contrapuestos

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Es de interés reflexionar sobre el contraste que en general se observa entre la perseverancia y el entusiasmo que suscita el ideal autoritario y totalitario correspondiente a las variantes comunistas-socialistas-nacionalistas que aunque no se reconocen  como autoritarios y totalitarios producen llamaradas interiores que empujan a trabajar cotidianamente en pos de esos objetivos (al pasar recordemos la definición de George Bernard Shaw en cuanto a que “los comunistas son socialistas con el coraje de sus convicciones”).

Friedrich Hayek y tantos otros intelectuales liberales enfatizan el ejemplo de constancia y eficacia en las faenas permanentes de los antedichos socialismos, mientras que los liberales habitualmente toman  sus tareas, no digamos con desgano, pero ni remotamente con el empuje, la preocupación y ocupación de su contraparte.

Es del caso preguntarnos porqué sucede esto y se nos ocurre que la respuesta debe verse en que no es lo mismo apuntar a cambiar la naturaleza humana (fabricar “el hombre nuevo”) y modificar el mundo, que simplemente dirigirse al apuntalamiento de un sistema en el que a través del respeto a los derechos de propiedad, es decir, al propio cuerpo, a la libre expresión del pensamiento y al uso y disposición de lo adquirido de manera lícita. Esto último puede aparecer como algo frívolo si se lo compara con el emprendimiento que creen majestuoso de cambiar y reinventar todo. Se ha dicho que  la quimera de ajustarse a los cuadros de resultado en la contabilidad para dar rienda suelta a los ascensos y descensos en la pirámide patrimonial según se sepa atender o no las necesidades del prójimo, se traduce un una cosa muy menor frente a la batalla gigantesca que emprenden los socialismos.

Este esquema no solo atrae a la gente joven en ámbitos universitarios, sino a políticos a quienes se les permite desplegar su imaginación para una ingeniería social mayúscula, sino también a no pocos predicadores y sacerdotes que se suman a los esfuerzos de modificar la naturaleza de los asuntos terrenos.

Ahora bien, esta presentación adolece de aspectos que son cruciales en defensa de la sociedad abierta. Se trata ante todo de un asunto moral: el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros que permite desplegar el máximo de la energía creadora al implementar marcos institucionales que protejan los derechos de todos que son anteriores y superiores a la existencia del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno. El que cada uno siga su camino sin lesionar iguales derechos de terceros, abre incentivos colosales para usar y disponer del mejor modo posible lo propio para lo cual inexorablemente debe atenderse las necesidades del prójimo. En otros términos, el sistema de la libertad no solo incentiva a hacer el bien sino que permite que cada uno siga su camino en un contexto de responsabilidad individual y, en el campo crematístico, la asignación de los siempre escasos recursos maximiza las tasas de capitalización que es el único factor que permite elevar salarios e ingresos en términos reales.

Hay quienes desprecian lo crematístico (“el dinero es el estiércol del diablo” y similares) y alaban la pobreza material al tiempo que la condenan con lo que resulta difícil adentrarse en lo que verdaderamente se quiere lograr. Si en realidad se alaba la pobreza material como un virtud, habría que condenar con vehemencia la caridad puesto que mejora la condición  material de receptor.

Algunos dicen aceptar el  sistema de la libertad pero sostienen que los aparatos estatales deben “redistribuir ingresos” con lo que están de hecho contradiciendo su premisa de la libertad y la dignidad del ser humano puesto que operan en una dirección opuesta de lo que las personas decidieron sus preferencias con sus compras y abstenciones de comprar para reasignar recursos en direcciones que la burocracia política considera mejor. En la visión redistribucionista se trata a la riqueza como si estuviera ubicada en el contexto de la suma cero (lo que tiene uno es porque otro no lo tiene), es decir, una visión estática como si el valor de la riqueza no fuera cambiante y dinámica. Según Lavoisier todo se transforma, nada se consume pero de lo que se trata no es de la expansión de la materia sino de su valor (el teléfono antiguo tenía mayor cantidad de materia que el moderno pero el valor de éste resulta mucho mayor).

Lo primero para evaluar la moralidad de un sistema es resaltar que no puede existir siquiera idea de moral si no hay libertad de acción puesto que, por un lado, a punta de pistola no hay posibilidad de considerar un acto moral y, por otro, la compulsión para hacer o no hacer lo que no lesiona derechos de terceros es siempre inmoral. En la sociedad abierta  o liberal solo cabe el uso de la fuerza de carácter defensivo, nunca ofensivo. Sin embargo en los estatismos, por definición, se torna imperioso el uso de la violencia a los efectos de torcer aquello que la gente deseaba hacer, de lo contrario  no sería estatismo.

En el contexto de la sociedad abierta, como consecuencia de resguardar los derechos de propiedad se estimula la cooperación social, esto es, los intercambios libres y voluntarios entre sus participantes lo cual necesariamente mejora la situación de las partes en un contexto de división del trabajo ya que en libertad se maximiza la posibilidad de detectar talentos y las vocaciones diversas (todo lo contrario de la guillotina horizontal que sugieren los socialismos igualitaristas). Y en este estado de cosas se incentiva también la competencia, esto es, la innovación y la emulación para brindar el mejor servicio y la mejor calidad y precio a los consumidores.

Como hemos apuntado en otras ocasiones, la libertad es indivisible, no es susceptible de cortarse en tajos, es un todo para ser efectiva en cuanto a los derechos de la gente. Los marcos institucionales que aseguran el antedicho respeto resultan indispensables para proteger el uso y la disposición diaria de lo que pertenece a cada cual. Los marcos institucionales constituyen el continente y las acciones cotidianas son el contenido, carece de sentido proclamarse liberal en el continente y no en el contenido puesto que lo uno es para lo otro. Entonces, ser “liberal de izquierda” constituye una flagrante contradicción en los términos, lo cual para nada significa que la posición contraria sea “de derechas” ya que esta posición remite al fascismo y al conservadurismo, la posición contraria es el liberalismo (y no el “neoliberalismo” que es una etiqueta con la que ningún intelectual serio se identifica puesto que es un invento inexistente).

Incluso para ser riguroso la expresión “ideal” que hemos colocado de modo un tanto benévolo en el título de esta nota, estrictamente no le cabe a los estatismos puesto que esa palabra alude a la excelencia, a lo mejor, a lo más elevado en la escala de valores, por lo que la compulsión y la agresión a los derechos no puede considerarse “un ideal” sino más bien un contraideal. Es un insulto torpe a la inteligencia cuando se califica a terroristas que achuran a sus semejantes a mansalva como “jóvenes idealistas”.

Lo dicho sobre la empresa arrogante, soberbia y contraproducente de intentar la modificación de la naturaleza  humana, frente a los esfuerzos por el respeto recíproco no justifican en modo alguno la desidia de muchos que se dicen partidarios de la sociedad libre pero se abstienen de contribuir día a día en la faena para que se comprenda la necesidad de estudiar y difundir los valores de la sociedad abierta e incluso las muestras de complejos inaceptables que conducen al abandono de esa defensa renunciando a principios básicos del mencionado respeto que permite que cada uno al proteger sus intereses legítimos mejora la condición del prójimo.

La sociedad abierta hace posible que las personas dejen de preocuparse solamente por cubrir sus necesidades puramente animales y puedan satisfacer sus deseos de recreación, artísticos y en general culturales. De más está decir que esto no  excluye posibles votos de pobreza, lo que enfatizamos es que la libertad otorga la oportunidad de contar con medicinas, comunicaciones, transportes, educación e innumerables bienes y servicios que no pueden lograrse en el contexto de la miseria a que conducen los sistemas envueltos en aparatos estatales opresivos.

Lo dicho en absoluto significa que deban acallarse las posiciones estatistas por más extremas que parezcan. Todas las ideas desde todos los rincones deben ser sometidas al debate abierto sin ninguna restricción al efecto de despejar dudas en un proceso de prueba y error que no tiene término. En eso estamos. Lo peor son las ideologías, no en el sentido inocente del diccionario, ni siquiera en el sentido marxista de falsa conciencia de clase, sino como algo terminado, cerrado e inexpugnable que es lo contrario al conocimiento que es siempre provisional y abierto a posibles refutaciones. De lo que se trata es de pisar firme en los islotes de lo que al momento estimamos son verdades, en medio del mar de ignorancia que nos envuelve. Y esto no suscribe en nada la contradictoria postura del relativismo epistemológico que además de ser relativa esa misma posición, abriría la posibilidad de que una cosa al tiempo pueda ser y no ser lo que es y derribaría toda posibilidad de investigación científica puesto que no habría nada objetivo que investigar.

El concepto mismo de Justicia es inseparable de la libertad y de la propiedad. Según la definición clásica se trata de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad. El aludir a la denominada “justicia social” se traduce en una grosera redundancia puesto que la justicia no es mineral, vegetal o animal o, de lo contrario, apunta a sacarles por la fuerza sus pertenencias para entregarlas a quienes no les pertenece, lo cual constituye una flagrante injusticia.

Los socialismos proclaman que sus defendidos son los trabajadores (y los limitan a los manuales) pero precisamente son los más perjudicados con sus sistemas ya que el desperdicio de capital por políticas desacertadas recae principalmente sobre sus bolsillos. El liberalismo en cambio, cuida especialmente a los más débiles económicamente al atribuir prioritaria importancia que a cada trabajador debe respetársele el fruto de su trabajo sin descuentos o retenciones de ninguna naturaleza y en un ámbito donde se maximizan las tasas de capitalización y, consecuentemente, los salarios. El nivel de vida no se incrementa por medio del decreto sino a través del ahorro y la inversión, lo cual solo puede florecer en un clima de respeto recíproco y no someterse a megalómanos que imponen sus caprichos sobre las vidas y haciendas ajenas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Globalización, capitalismo e identidad

Por Gabriel Boragina. Publicado el 1/8/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/08/globalizacion-capitalismo-e-identidad.html

 

Prevalece entre la opinión pública la idea de que el mundo económico se encuentra “globalizado” y no son pocos los personajes conocidos que han contribuido (y continúan haciéndolo) en pos de afianzar dicha creencia. Curiosamente, existen magnates de las finanzas que suelen ser tildados de “capitalistas” cuando poco o nada tienen de tales, como sucede con el caso de George Soros, que es uno de esos personajes:

“Soros publicó un artículo titulado “The Capitalist Threat”. En ese trabajo el autor sostiene que en el sistema prevalente hay “demasiada competencia” y una injustificada “creencia en la magia del mercado”. Asimismo, afirma que vivimos en “una verdadera economía global de mercado”. Sin embargo, debemos subrayar que la participación del estado en la renta nacional antes de la primera guerra mundial era entre el 3 y el 8% en países civilizados, mientras que hoy en día nos debatimos entre el 40% y el 50% lo cual implica que la gente debe trabajar más para el gobierno. Las tan cacareadas “reformas del estado” resultan anécdotas si se comparan con los referidos guarismos. Por otra parte, es interesante recordar que antes de 1914 no había tal cosa como pasaportes mientras que hoy renacen los nacionalismos atávicos y xenófobos que la emprenden contra los movimientos migratorios, y por ende nada tienen que ver con la llamada “globalización”. Más aún, las abultadas restricciones extra-zonales de los tratados de integración regional revelan que aún no se han entendido los postulados básicos del librecambio.”[1]

De donde deviene que en lugar de “una verdadera economía global de mercado” lo que en los hechos existe es una “una verdadera economía global del estado” o -mejor dicho quizás- “de los estados”, algo bastante diferente a lo que Soros y muchos como él “entienden” por el término “globalización”. Ocurre que ha existido, de un tiempo a esta parte, una verdadera tergiversación de los términos, y la labor de pseudointelectuales no ha sido del todo ajena a esta tarea. Por otro lado, es común confundir el vertiginoso avance tecnológico habido en las últimas décadas con una correlativa “apertura” por parte de los gobiernos de sus economías. Pero, como bien destaca el Dr. Alberto Benegas Lynch (h), los colosales logros en las comunicaciones y la cibernética en general, se han conseguido a pesar de las restricciones con las que los gobiernos encorsetan la iniciativa privada y asfixian los emprendimientos libres y particulares, y no “gracias a” ninguna “acción positiva” de los “estados”. Por supuesto que, si consideramos el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales del siglo XX la situación era bastante peor a la de hoy. Pero, con todo, el agudo estatismo que caracterizó la época de las contiendas bélicas dejó una suerte de estatismo residual que acontecimientos tan importantes como la disolución de la URSS y la caída del Muro de Berlín no han conseguido del todo disipar.

“Se dice que hay un problema de “identidad nacional” con la globalización pero este es el resultado de un complejo de inferioridad. Cuando tomamos contacto con personas provenientes de otras culturas, cuando leemos libros que se escriben y se publican en otros lares o cuando escuchamos música compuesta en otras latitudes, enriquecemos nuestra identidad. La empobrecemos en la medida en que se estimule la autarquía y una especie de cultura alambrada. La cultura no es de aquí o de allá, simplemente es. La cultura engrosa el patrimonio de la humanidad. La pérdida de identidad ocurre más bien con la masificación, cuando se dice y se piensa lo que dicen y piensan otros sin tamizar, sin pensar y sin digerir, lo cual inevitablemente termina en vacíos y crisis existenciales de diverso tenor.”[2]

Deriva evidente que las críticas a la globalización no son más que otra forma de emprenderla contra el gran enemigo de los estatistas, esto es el librecambio, librecambio que incluye la autónoma movilidad de las personas a través de las fronteras y la de los bienes y servicios que estas desean libremente intercambiar. Nuevamente: hay una manifestación de xenofobia y nacionalismo detrás de tales quejas que conllevan un resentimiento -ya sea oculto o explícito- hacia lo foráneo. Lo que se contradice con el discurso “políticamente correcto” que continuamente perora sobre lo “incorrecto” de “discriminar” al punto del ridículo de llegar a crear una repartición estatal a tal efecto. Sin embargo, las incesantes apelaciones de los demagogos de turno sobre la necesidad de privilegiar lo “nacional y popular” se dan de bruces con sus perpetuas recusaciones hacia los que “discriminan” en cualquier sentido, ya que la arenga nacionalista y populista es claramente discriminatoria contra todo lo extranjero. En una época como la actual, donde reflotan los nacionalismos recurrentes y las muestras de xenofobia, aparece cuanto menos paradójico hablar de “globalización”.

Hay -por otra parte- un aspecto que no es menor, y que es el que afecta a la educación, en particular a la universitaria:

“Ha impreso en los universitarios la conciencia de siempre depender del gobierno. Los universitarios han aprendido a odiar el capitalismo, no quieren saber nada de economías de mercado, libre competencia o globalización. Los universitarios de la UNAM saben quién es Carlos Marx, Lenin, Che Guevara; pero nunca han oído, ni leído una línea de Ludwig von Mises, Hayek, Friedman, Rothbard, Hoppe o Jesús Huerta de Soto. Profesores y alumnos de la UNAM se han proyectado como los grandes luchadores contra el neoliberalismo.”[3]

Si bien el autor citado arriba hace expresa referencia al caso de la UNAM (México), hay que decir que la situación no es demasiado diferente en el resto de las universidades estatales del mundo, en particular en Latinoamérica. Fenómeno típico -por otra parte- de la educación estatal. Se observa difícil concluir -ante semejante panorama- que en el mundo de nuestros días campea a sus anchas “el capitalismo”.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. Pág. 418

[2] Alberto Benegas Lynch (h) “Economía y globalización”. Conferencia pronunciada para los socios del Círculo de Armas, Buenos Aires, agosto 16 de 2000. pág. 4

[3] Santos Mercado Reyes. El fin de la educación pública. México. Pág. 116

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Las ideas y las acciones

Por Armando P. Ribas. Publicado el 21/5/13 en http://www.libertadyprogresonline.org/2013/05/21/las-ideas-y-las-acciones/

Aunque parezca una pretensión intelectual, este mundo de las comunicaciones, yo diría que está varado. Las ideas a partir de las cuales fue creado este mundo que tomamos por dado, están cada vez más amenazadas, ante la aparente ignorancia universal respecto a los factores ideológicos que permitieron su existencia. Percibimos entonces la contradicción pertinaz entre las ideas que permitieron la libertad y su consecuencia la expansión de las comunicaciones, y las que trasmiten hoy esas comunicaciones. Son las ideas socializantes que prevalecen en el denominado mundo occidental, que permiten el acceso al poder político, y desde el poder se atenta contra las ideas que permitieron las comunicaciones.

Hoy me atrevería a decir que en ese mal denominado mundo occidental y cristiano vive la batalla entre Locke y Rousseau. Fue John Locke quien en el siglo XVII, propuso las ideas en que se basaron fundamentalmente la libertad y que fueran reconocidas por primera vez en la historia en la Glorious Revolution en Inglaterra en el año 1688. Esas ideas partieron del reconocimiento de la naturaleza humana y en virtud de ella la necesidad de limitar el poder político. “Los monarcas también son hombres” Y que conste que en ese pronunciamiento Locke se oponía al pensamiento del Leviatán de Thomas Hobbes; que era su antecesor británico.

Igualmente partiendo de esa misma concepción Locke determinó que el principio fundamental de la libertad era el derecho del hombre a la búsqueda de la propia felicidad. Insisto que ese es un concepto ético fundamental pues en el mismo se reconoce la razón de ser del comportamiento humano. Como bien dijera David Hume: “Si la naturaleza fuese pródiga y los hombres generosos, la justicia no tendría razón de ser, pues sería inútil” Consecuentemente se reconoce el derecho de propiedad como el origen de la creación de riqueza. Algo más tarde Adam Smith reconoce esta noción ética y dice: El individuo persiguiendo su propio interés, frecuentemente promueve el de la sociedad más efectivamente que cuando el realmente intenta promoverlo. Yo nunca he conocido mucho bien hecho por aquellos que pretenden actuar por el bien público.

Evidentemente Adam Smith se adelantó a los tiempos en esa observación, y así reconocería la razón de ser de la crisis europea actual. Fue a partir de esos conceptos puestos en práctica políticamente en el reconocimiento de los derechos individuales que se produjo la conocida Revolución Industrial. La misma se conoce pero asimismo me atrevo a decir que se ignora su razón de ser que fue ética y política, pues la economía no es más que la consecuencia. Estas ideas algo después cruzaron el Atlántico y no en el May Flower, sino con posterioridad a ese viaje, pues durante largo tiempo los pilgrims no se diferenciaron de los llegados en las carabelas con Colón.

Fueron los Founding Fathers los que aceptando las anteriores concepciones ético políticas, lograron promulgar la constitución de 1787 y seguidamente en 1791 la aprobación del Bill of Rights (Declaración de derechos) Y seguidamente en 1973 hicieron el mayor aporte a la libertad cuando el juez Marshall en el caso Marbury vs. Madison declaró: “Todos aquellos que han promulgado constituciones, las contemplan como la ley fundamental y suprema de la nación, y consecuentemente la teoría de todos esos gobiernos es que toda ley de la legislatura repugnante a la constitución es nula. Es enfáticamente la competencia y el deber del departamento judicial el decir cual es la ley”.

Ya Madison en la Carta 51 del Federalista, parafraseando a Hume dice: Si los hombres fueran ángeles no sería necesario el gobierno. Si los ángeles fueran a gobernar a los hombres, no serían necesarios controles internos o externos. Al organizar un gobierno que va a ser administrado por hombres sobre hombres la gran dificultad yace en esto. Primero se debe capacitar al gobierno para controlar a los gobernados y en segundo lugar obligarlo a controlarse a si mismo. “En esa concepciones se sustenta el Rule of Law que fuera denominado erróneamente por Marx como el sistema capitalista, que lo descalificara éticamente como la explotación del hombre por el hombre. Pero fue el mismo quien reconociera en e Manifiesto comunista que la burguesía en escasamente cien años de dominio había creado más riquezas y fuerzas productivas que todas las generaciones anteriores juntas. Fue a partir de ese proceso basado en tales principios, diría que ignorados en gran parte del mundo, se desarrolló la libertad y la creación de riqueza por primera vez en la historia.

Hoy el socialismo prevalece Bernstein mediante. Fue Edward Bernstein quien en 1899 escribiera Las Precondiciones del Socialismo y en contraposición a Lenín, discutió a Marx en el sentido que el socialismo se podía alcanzar democráticamente sin necesidad de revolución, pues no era verdad tampoco que los trabajadores eran cada vez más pobres. Por consiguiente el capitalismo sigue siendo hoy una mala palabra y estar a su favor significa estar a favor de los ricos y contra los pobres. Como bien dijera Aristóteles hace más de dos mil años: Los pobres siempre serán más que los ricos”. Por tanto vemos hoy la percepción de Nietzsche al respecto de que democracia y socialismo son lo mismo.

Pero el primer error de Bernstein en su análisis filosófico político es haber considerado al socialismo como una superación del liberalismo y así escribió en la obra citada: “El socialismo es el heredero legítimo del liberalismo  Y no hay un real pensamiento liberal, que no pertenezca a los elementos de las ideas del socialismo”. En esa aseveración comienza por desconocer que la base ética del liberalismo es opuesta al socialismo. En tanto que el liberalismo parte de la concepción de la naturaleza humana el socialismo pretende la supuesta creación de un hombre nuevo. Y esa confusión la manifiesta una vez más cuando se refiere al Contrato Social de Russeau como el origen de la entronización en la sociedad de los derechos del hombre proclamados por la Revolución Francesa.

Entonces crucemos el Canal de la Mancha y en el siglo XVIII surgió la figura de Jean Jacques Rousseau nacido en Suiza., quien en sus escritos fue le primero en pronunciarse contra la tesis política de Locke. Fue así que escribió que la propiedad privada era el origen de las desigualdades del hombre. Y en el discurso sobre las Ciencias y las Artes, por el que obtuviera el premio de la Academia de Dillon escribió: “Y nuestras almas han sido corrompidas en proporción a como nuestras ciencias y las artes han avanzado hacia la perfección… Hemos visto volar a la virtud tanto como luz de las artes y las ciencias subió sobre nuestro horizonte.” Más tarde en el Contrato Social escribió: “Cualquiera que se atreva a tomar la tarea de instituir una nación, se debe sentir el mismo capaz de cambiar la naturaleza humana.” A partir de ese concepto generó la concepción de la voluntad general que supuestamente tiende a la igualdad. De ahí se deriva el concepto de la soberanía que es indivisible e inalienable. Por esa razón  dice: “Que es contrario a la naturaleza del cuerpo político que la soberanía imponga sobre si misma una ley que ella no pueda infringir”.

En esa misma tendencia continúa diciendo: “Tal como la naturaleza le da a cada hombre poder absoluto sobre las partes de su cuerpo, el pacto social le da al cuerpo político poder absoluto sobe sus miembros, i es este mismo poder que bajo la dirección de la voluntad general tendrá el nombre de soberanía”.Consecuentemente concluye que: “Cuanto mejor está constituido el estado, mas los asuntos públicos  tienen precedencia sobre los negocios privados en la mente de los ciudadanos”. Y para finalizar Rousseau está en contra del comercio internacional.  En estos principios se sustentó la Revolución Francesa y el jacobinismo supuestamente representante de la diosa razón.

No me cabe la menor duda de que ese fue el inicio del totalitarismo, que como he dicho en otras ocasiones fue la racionalización del despotismo. Esos principios fueron avalados por  Enmanuel Kant, fundamentalmente en su “La Metafísica de la Moral” donde dice: “De esto surge la proposición de que el soberano de un estado solo tiene derechos en relación a sus súbditos y no deberes coercibles.  Más aun la constitución real no puede contener ningún artículo que pueda hacer posible para algún poder del estado resistir  o contener al supremo ejecutivo en casos en que violase las leyes constitucionales” Como podemos ver en estos presupuestos está la contradicción respecto a la libertad basada en los límites al poder político, tal como lo propuso inicialmente Locke y fue seguida por los Founding Fathers en Estados Unidos.

Pero la mayor contradicción entre Kant y Locke surge en el ámbito de la ética. Como se recordará Locke estableció que el derecho a la búsqueda de la felicidad era el principio de la libertad. Kant por el contrario sostiene que la búsqueda de la felicidad es deshonesta pues se hace por interés y no por deber. Por tanto basado en este principio considera igualmente que el comercio es deshonesto pues se hace por interés y no por deber. Por tanto en su “Idea para una Historia con un Propósito Cosmopolita”, después de sostener que la razón está en la historia, que por tanto podemos considerar el inicio del historicismo, dijo: “ El hombre desea la concordia, pero la naturaleza, conociendo mejor que es bueno para sus especies, desea la discordia”. O sea esta es la supuesta justificación ética de la guerra sobre el comercio.

Los anteriores principios fueron llevados a sus últimas consecuencias por Friederick Hegel  quien determino que el Estado era la divina idea tal como se manifestara sobre la tierra. Consecuentemente el individuo no tenía más razón de ser que su pertenencia al estado. Por ello igualmente concluía que la guerra era el momento ético de la sociedad. En esa concepción pues continuó el proceso del historicismo-la razón en la historia- y así esa razón la convirtió en lo que he denominado logo teismo. O sea que la historia era la razón de Dios. En ese proceso la dialéctica deja de ser un sistema de conocimiento platónico, para convertirse en el proceso de la historia a través de las contradicciones. Y por supuesto en esa cosmovisión el Estado juega un papel determinante y la burocracia le ética de la sociedad frente a la concupiscencia de las corporaciones.

Finalmente llega Kart Marx y la revolución proletaria a fin de cumplir con el mandato rouseauniano de eliminar la propiedad privada, como presupuesto ético del camino al comunismo donde el estado desaparecería. Marx consideraba a diferencia de Hegel que la burocracia no representaba la ética de la sociedad, y había de llegarse al nirvana de la  anarquía, a través de la dictadura del proletariado. O sea del marxismo es teóricamente anárquico y en la práctica dictatorial. A mi juicio tácticamente la dictadura del proletariado fue la justificación del estado absoluto en el supuesto del camino al comunismo, donde se pasaría de cada cual de acuerdo a sus habilidades a cada cual de acuerdo a sus necesidades. A los hechos me remito y la obviedad histórica de que la dictadura del proletariado sigue creando más necesidades, que no son posibles de satisfacer.

Visto lo que antecede no puedo creer que aun se considere que existe la civilización   occidental y se ignore que tal como escribiera Balint Bazsonyi, La filosofía política Franco-germánica y la Anglo-americana son tan diferentes como el día y la noche. La primera dio lugar al totalitarismo y la segunda a la libertad por primera vez en la historia. Creo en la evidencia de que de no haber sido por los Estados Unidos el llamado mundo occidental, incluido Latinoamérica seríamos nazis o comunistas. Lamentablemente hoy las ideas de la libertad son cuestionadas por la izquierda de la mano de la social democracia en Europa. Y el mundo sigue confundido en la concepción del imperialismo americano. Esperemos que tomemos conciencia de esta realidad histórico- política y encontremos el camino de la libertad para salir de la crisis del socialismo. Ya debiéramos saber que el socialismo democrático no resuelve los problemas sino que los crea y ahí tenemos la crisis europea que aparentemente no tiene salida dentro del sistema que la creó y el Rule of Law sigue ignorado ante la farsa de la crítica al capitalismo salvaje.

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.