LA BATALLA DE LAS ESTADÍSTICAS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

En general, en los medios de comunicación lo más frecuente es la exhibición de una carga inusitada de series estadísticas al efecto de defender una u otra política. Es extenuante y exasperante sin que se ponga de manifiesto prácticamente ningún razonamiento de fondo ni fundamento alguno, excepto en algunos círculos de izquierda con lo que provocan un corrimiento significativo en el eje del debate y así logran que, en gran medida,  se adopten las políticas a las que adhieren.

 

Dejando de lado las fraudulentas o las que pretenden demostrar puntos en base a ratios mal concebidos (por ejemplo, la relación déficit-producto como si el crecimiento del producto justificara un desequilibrio presupuestario mayor) o comparaciones improcedentes (como el denominado deterioro de los términos de intercambio sin tomar en cuenta que en la serie se compara el valor del trigo con el de los tractores sin contemplar que estos últimos cambian de modelo por lo que permiten rendimientos de trigo mayores, además de que esas comparaciones no prueban nada ya que, por ejemplo, la relación de intercambio de los automotores con la cebada fue desfavorable para el primer rubro desde su invento y, sin embargo, los balances de las empresas automotrices revelaron notables mejoras). La sola mención de estadísticas no logra objetivo alguno como no sea una efímera impresión que en realidad no conduce a nada relevante.

 

Desde el locuaz y prepotente Nicolás Maduro en adelante, todos los gobernantes se empeñan en cubrir sus agujeros negros con una regadera de estadísticas. No son pocos los que entran por la variante respondiendo con otras estadísticas, pero, en última instancia, para demostrar las ventajas o desventajas de un sistema se hace necesario argumentar y desarrollar silogismos consistentes. Básicamente, eliminar la barrera mental de que es posible que el aparato estatal planifique lo que no se conoce de antemano, como la innovación que es la esencia del progreso y todos los millones de arreglos contractuales que solo se ponen  en evidencia en el momento de actuar (“preferencia revelada” decimos los economistas), por lo que los datos no están disponibles ex ante.

 

Prácticamente no hay rincón del quehacer humano que no está sujeto a la estadística. Así, escuchamos cifras y más cifras sobre la asistencia de niños y niñas a salitas de cuatro, kilómetros de carreteras construidas, fuerzas policiales por número de habitantes, coparticipación federal de las estructuras tributarias, libros vendidos, barras bravas por equipo de football, stock de bicicletas, porcentual de convictos que cumplen la pena, precipitación pluvial, incremento de neurosis, densidad poblacional, ponderación interanual de porteros sindicalizados, índice de precios al consumidor, muertes por cáncer, ascensores por edificio, evolución del balance comercial, escolaridad, manicuras por ciudad, gasto y endeudamiento públicos, rendimiento de cosechas, suicidios de jubilados y tantísimos otros datos que diariamente se arrojan sin misericordia sobre televidentes, radioescuchas y lectores de la prensa escrita.

 

Pero para una información de mayor envergadura resulta más didáctico si se exponen los fundamentos y las bases conceptuales de tal o cual política si es que se desea lograr aprobaciones y una mejor comprensión de los entretelones que marcan  la dirección de lo que se propone hacer o de lo que se está haciendo.

 

Esto va para cualquier tradición de pensamiento, pero en esta ocasión me detengo en el liberalismo. En lugar de mostrar cuadros y series estadísticas, conviene decir en que consiste esta corriente intelectual y que se propone. Tengamos muy en cuenta que si de estadísticas se tratara hace mucho tiempo que este ideario se hubiera aceptado con aplausos por doquier. Pero evidentemente este no es el caso ni lo será nunca por la sencilla razón que al fin y al cabo las estadísticas prueban poco, se necesitan argumentos, razonamientos y fundamentaciones de diverso tenor. Por esto es que la cátedra ha demostrado su enorme fertilidad cuando los alumnos tienen la oportunidad de escuchar, discutir, tamizar y digerir argumentos sólidos dirigidos a espíritus nobles, receptivos y hospitalarios de quienes no son oportunistas y quieren saber.

 

Estimo que en esta línea de pensamiento viene muy bien reproducir una de las aseveraciones de Tocqueville que encierran una gran verdad: “quien le piden a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Esto es trascendental. La característica medular del ser humano es el libre albedrío, la capacidad de pensar y decidir, de tener propósito deliberado, a diferencia de lo que ocurre con los animales, vegetales y minerales. Las piedras, las rosas y las serpientes no son responsables, carece de sentido la ponderación moral, no deciden, están determinados por cadenas inexorables de nexos causales. Si esto fuera así en la condición humana no serían seres racionales y, por tanto, lo que dicen no podría ser juzgado en el contexto de proposiciones verdaderas o falsas. La misma afirmación del determinismo en los humanos carece de todo sentido puesto que no podría argumentarse en su favor sino simplemente repetir lo que se estaría compelido a decir. No habría posibilidad de debatir nada con un ser no-racional.

 

Ahora bien, la libertad de que nos habla Tocqueville es la característica más preciada y, como queda dicho, la que distingue al ser humano. Es lo que permite que cada uno decida sobre el camino que prefiere seguir. Esos caminos son subjetivos y no son susceptibles de trasladarse a números cardinales (declarar que el observar una puesta de sol produce una satisfacción de 5.768 no tiene el menor sentido), solo puede referirse a números ordinales, es decir, el establecimiento de prioridades (que son cambiantes según las circunstancias y  los deseos del sujeto actuante). Tampoco las preferencias son susceptibles de comparaciones intersubjetivas por las mismas razones de la imposibilidad de mediciones y referencias a números cardinales.

 

Entonces, no es cuestión de estadísticas ni de la extrapolación ilegítima de un gobierno a una empresa comercial. En este último caso, todos los intereses deben estar alineados con el propósito de la empresa, en el primero cada gobernado tiene sus fines particulares que deben ser respetados a rajatabla siempre que no lesionen derechos de terceros.  Las estadísticas de lo ocurrido son una consecuencia y el resultado de las respectivas decisiones individuales que, como decimos, deben ser respetadas en una sociedad abierta, sea la preferencia de tocar el arpa o la producción de tomates.

 

Los precios trasmiten informaciones sustanciales para saber donde asignar recursos pero no miden nada puesto que expresan estructuras valorativas cruzadas entre compradores y vendedores (decir que un tomate es igual a diez pesos contradice el hecho que las valoraciones de las partes son desiguales respecto al bien y al dinero objeto de transacción).

 

Antes subrayamos que incluso las estadísticas del producto bruto tienen sus bemoles. Se pretende sostener que muestran grados de bienestar, lo cual se descarta al percibir que la mayor parte de lo que genera bienestar no es cuantificable en términos de precios monetarios. Entonces se afirma que alude al bienestar material, pero esto también es objetable puesto que lo producido coactivamente por los gobiernos no refleja las preferencia de lo que hubiera decidido la gente si hubiera podido elegir. A raíz de esta consideración se excluye la participación estatal, pero sigue en pie la observación en el sentido de preguntarse sobre el motivo de que los gobiernos compilen esas estadísticas por tres motivos básicos. En primer lugar, la misma proyección del producto para que tenga sentido significa que el aparato estatal establecerá políticas al efecto de lograr el cometido, he ahí el problema puesto que esas políticas desvían los siempre escasos factores de producción del curso que hubieran tomado de no haber mediado la imposición, esa es la diferencia con la empresa privada que proyecta para lograr la meta. Segundo, los agregados macroeconómicos esconden el origen de la producción de bienes y servicios: aparece un bulto llamado renta nacional que tienta a la redistribución y tercero, es del todo improcedente que el gobierno lleve esas estadísticas ya que si fueran necesarias las provee el sector privado en la medida que se considere que existe cierto correlato con determinado abastecimiento o similares.

 

Es crucial tener en cuenta que los hechos en ciencias sociales no tienen las mismas características que en ciencias naturales. En este último caso son “fenómenos de afuera” sujetos a la experiencia de laboratorio, mientras que en el primero son procesos sujetos a interpretación (no son “dados”) por lo que la selección de lo que describirá la estadística depende de esa interpretación por eso es que remite al campo conceptual. Por esto quienes mantienen que se limitan a señalar “hechos objetivos” absteniéndose de lo que puedan estimar son nexos causales no saben de que están hablando puesto que equiparan las piedras y las rosas con el propósito deliberado de los seres humanos. Sin duda que hay interpretaciones que se acercan más a la realidad que otras pero, reiteramos, es el andamiaje conceptual el que define el tema en base al cual se seleccionan las estadísticas.

 

En resumen, son los grados de libertad los que muestran una mejora o un empeoramiento de la situación general al efecto de que cada uno siga su proyecto de vida sin ser molestado y no ocupar espacio con estadísticas que son meros instrumentos de la referida interpretación (y allí es donde está la raíz del debate). Esto es útil tenerlo en cuenta para no caer en aquello de que “hay tres tipos de mentiras: las blancas, las perversas y las estadísticas”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

La manía de la medición y las estadísticas

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 21/3/13 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7724

Parecería que si no se pueden medir resultados éstos no existen o se los subestima sin percatarse de otra dimensión no cuantificable que es en definitiva la que marca el propósito de las acciones humanas. Es cierto que el cálculo económico en general y la evaluación de proyectos en particular son indispensables al efecto de conocer si se consume o si se incrementa el capital. De allí es que resulta indispensable la institución de la propiedad privada y los consiguientes precios de mercado, sin cuya existencia se opera a ciegas.

Pero no es menos cierto el abuso de las mediciones en teoría económica. Incluso en la pretendida ilustración de las transacciones comerciales, el signo igual es inapropiado puesto que los precios expresan pero no miden el valor. El precio es consecuencia de valorizaciones distintas y cruzadas entre compradores y vendedores de lo contrario no habría operación alguna. El vendedor valora en más el dinero que recibe que la mercancía o el servicio que entrega y al comprador le ocurre lo contrario.

Además “medir” valores a través de precios en rigor significaría que si una mesa se cotiza en mil media mesa se debiera cotizar en quinientos cuando en verdad pude muy bien traducirse en un valor nulo y así sucesivamente. La medición requiere unidad de medida y constantes (por ese motivo -en “The Place of Mathematical Reasoning in Economics”-  Paul Painlavé concluye que “medir el valor de algún objeto resulta imposible”). Asimismo, la expresión algebraica de “función” no es aplicable en el ámbito de la ciencia económica puesto que conociendo el valor de una variable no permite conocer el de otra. Tampoco es pertinente recurrir a las llamadas “curvas de indiferencia” al efecto de ilustrar elecciones puesto que toda acción implica preferencia ya que la indiferencia es la negación del actuar. Ni siguiera es aceptable recurrir a las “curvas” de oferta y demanda puesto que significa el tratamiento de variables continuas cuando la acción inexorablemente significa variables discretas.

En otros ensayos y artículos me he referido a los graves problemas referidos a la “renta nacional” y al “producto bruto”, al supuesto de considerar producción-distribución como fenómenos susceptibles de escindirse y a las falsedades inherentes al modelo de “competencia perfecta”, pero en esta oportunidad no tomaré espacio para ese análisis ya efectuado con insistencia, para en cambio aludir a aquella otra dimensión no cuantificable a que me referí al comienzo.

En realidad, todas las acciones (y no digo humanas puesto que sería una redundancia ya que lo no humano no es acción sino reacción) apuntan a satisfacciones no monetarias. Incluso para quien el fin es la acumulación de dinero, puesto que la respectiva satisfacción siempre subjetiva, no puede manifestarse en números cardinales, solo ordinales pero personales ya que son imposibles las comparaciones intersubjetivas.

En nuestro léxico convencional podríamos decir que esta dimensión no sujeta a medición alguna se refiere al rendimiento o la productividad psíquica. Por ejemplo, se compra un terreno para disfrutar de las puestas de sol debido a que esa satisfacción posee para el comprador un valor mayor que el dinero que entregó a cambio, pero no resulta posible articular la medida de ese delta y lo mismo ocurre con todo lo adquirido. En otros términos, lo más relevante no está sujeto a medición.

Esto es lo que confunde y altera a los megalómanos planificadores que se manejan a puro golpe de cifras que aunque fueran fidedignas no cubren lo medular del ser humano. No deja de ser curioso que esta inundación de estadísticas se pretenden refutar con otras, lo cual no va al meollo del asunto. Es en este sentido que Tocqueville escribe que “El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Por eso es que las cifras globales (llamadas macroeconómicas) son, en última instancia, intrascendentes puesto que en liberad simplemente serán las que deban resultar. Este es el significado de la sentencia de James Buchanan en cuanto a que “mientras el intercambio sea abierto y mientras se excluya la fuerza y el fraude, el acuerdo logrado, por definición, será calificado como eficiente”. Por esto mismo es que Jacques Rueff repetía en que no deben compilarse estadísticas del sector externo “puesto que constituyen una tentación para los gobiernos de intervenir, en lugar de permitir las ventajas que proporciona la libertad”.

Desde luego, lo dicho no es para eliminar las estadísticas, sino, por un lado, para diferenciar las relevantes de las irrelevantes y, por otro, mostrar que aunque se recurra a veces a números como circunstancial apoyo logístico (todos los economistas lo hacemos pero lo dramático es cuando se revela que eso es lo único que hay en la alforja), lo transcendente no radica allí puesto que hay un asunto de orden previo o de prelación que apunta a lo no cuantificable en lo que se refiere a la esfera del aparato estatal y dejar que en el sector privado se compilen las series que se conjetura requiere la gente.

A título de anécdota, señalo que cuando Alfredo Canavese de la Universidad Di Tella, por entonces colega en la Academia Nacional de Ciencias Económicas en Buenos Aires, solicitó mi nombre para una declaración contra las manipuladas cifras oficiales del INDEC en la Argentina, le manifesté que las tergiversaciones oficiales producirían como resultado positivo la preparación de índices por parte del sector privado lo cual esperaba termine con los números estatales que exceden su misión específica con el correspondiente ahorro de recursos de los contribuyentes y que los gobiernos se circunscriban estrictamente a las cuentas de las finanzas públicas, liberando energía para controlar al siempre adiposo Leviatán.

Preciso un poco más la idea: en el supuesto de que el gobierno pudiera hacer multimillonarios a todos (irreal por cierto si tenemos en mente ejemplos de sociedades iguales pero con regímenes distintos como era Alemania Occidental y Alemania Oriental o como es hoy Corea del Sur y Corea del Norte), nada se ganaría si simultáneamente la gente no puede elegir que productos comprar del exterior, si los padres no puede elegir las estructuras curriculares que prefieren para la educación de sus hijos, si no se puede elegir el contenido de los periódicos, las radios y las televisiones, si no se puede afiliarse o desafiliarse a un sindicato sin descuentos coactivos de ninguna naturaleza, si no se puede profesar el culto que cada uno prefiera sin vinculación alguna con el poder, si no se cuenta con una Justicia independiente, si no se puede pactar cualquier cosa que se estima pertinente sin lesionar derechos de terceros, etc. etc. Como en el cuento de Andersen, de nada vale que ingresen al bolsillo de cada uno miles y miles de kilos de oro si se ha vendido la liberad, es decir, la condición humana.

Es clave comprender y compartir el esqueleto conceptual de la sociedad abierta, las estadísticas favorables se dan por añadidura. Por el contrario, si se tratara de demostrar las ventajas de la libertad a puro rigor de estadísticas ya hace mucho tiempo que se hubiera probado su superioridad, el asunto es que, en definitiva, con cifras no se prueba nada, las pruebas anteceden a las series estadísticas, el razonamiento adecuado es precisamente la base para interpretar correctamente las estadísticas. Es por eso que resulta tan esencial la educación en cuanto a los fundamentos éticos, jurídicos y económicos de la sociedad libre y no perder el tiempo y consumir glándulas salivares y tinta con números que desprovistos del esquema conceptual adecuado son meras cifras arrojadas al vacío.

En resumen, el oxígeno vital es la libertad, si los debates se centran exclusivamente en las cifras se está desviando la atención del verdadero eje y del aspecto medular de las relaciones sociales. Como bien ha escrito Wilhelm Röpke en Más allá de la oferta y la demanda: “La diferencia entre una sociedad abierta y una sociedad autoritaria no estriba en que en la primera haya más hamburguesas y heladeras. Se trata de sistemas ético-institucionales opuestos. Si se pierde la brújula en el campo de la ética, además, entre otras muchas cosas, nos quedaremos sin hamburguesas y sin heladeras”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.