Formalidad y respeto

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/04/formalidad-y-respeto.html

 

Empecemos definiendo los términos a tratar, y para ello vayamos al diccionario de la Real Academia Española:

formalidad

De formal e -idad.

  1. f. Exactitud, puntualidad y consecuencia en las acciones.
  2. f. Cada uno de los requisitos para ejecutar algo. U. m. en pl.
  3. f. Modo de ejecutar con la exactitud debida un acto público.
  4. f. Seriedad, compostura en algún acto.

respeto

Del lat. respectus ‘atención, consideración’.

  1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.
  2. m. Miramiento, consideración, deferencia.
  3. m. Cosa que se tiene de prevención o repuesto. Coche de respeto.
  4. m. miedo (‖ recelo).
  5. m. desus. respecto.
  6. m. germ. espada (‖ arma blanca).
  7. m. germ. Persona que tiene relaciones amorosas con otra.
  8. m. pl. Manifestaciones de acatamiento que se hacen por cortesía.

(Real Academia Española © Todos los derechos reservados)

Como el mismo diccionario lo explica sin más análisis que el examen de cada una de las locuciones arriba transcriptas, la formalidad y el respeto -que casi todo el mundo confunde o asimila como si fueran la misma cosa- no guardan punto de contacto entre sí. Se tratan de dos cosas diferentes, que bien pueden ir juntas o separadas, pero que no se confunden ni identifican.

Yo siempre he privilegiado el respeto por sobre la formalidad, porque -para mí- la formalidad tiene que ver con el aspecto extrínseco en materia de relaciones sociales, en tanto que el respeto tiene que ver con el intrínseco.

De donde, se puede ser respetuoso e informal, como asimismo y -en sentido contrario- se puede ser formal e irrespetuoso. Una cosa no va con la otra, como mucha gente cree en contrario.

Siempre he sido enemigo de las fórmulas acartonadas y aparatosas, tan caras a mis colegas de profesión.

A veces, y con personas desconocidas, esto me ha obligado a hacer las aclaraciones respectivas. Con el objeto de lograr un acercamiento y un mejor entendimiento, sobre todo si el contacto es con el objeto de tener un trato más o menos frecuente, en el corto, mediano o largo plazo, cuando me presentan o conozco a alguien comienzo tuteándolo con la expectativa de la devolución de un trato similar por parte de mi interlocutor. En el 99% de las situaciones la devolución se produce y el trato sucesivo se entabla en esos términos, de cordialidad, y mutua confianza. Tengo probado en lo personal que allana el camino y -al menos a mí- me facilita mucho el futuro desempeño laboral -o de otro tipo- con la persona recién conocida.

En el escaso 1% restante, cuando esa devolución no se produce, procedo a aclarar este punto en los mismos términos que aquí lo hago ahora. Explico que con el tuteo no busco faltar el respeto del otro, sino que -en mi caso- es lisa y llanamente una demostración de acercamiento, cordialidad y simpatía hacia el otro. Y que lo interpreto de idéntica manera cuando soy yo el objeto del mismo trato verbal.

Salvo contextos muy puntuales, trato de “usted” a alguien cuando estoy muy irritado (lo que es rarísimo), o cuando específicamente esa persona me irrita o procura hacerlo. Esto es otra demostración de que formalidad y respeto no son sinónimos, porque si bien en estos escenarios suelo ser formal no lo soy con la intención de respetar a quien deliberadamente me está ofendiendo, ya sea con el trato verbal o con su conducta. Pero aun en estos supuestos lo hago como recurso de última instancia. Hasta donde me es posible, intento entablar o restablecer con mi agresor verbal un trato de familiaridad respetuosa. Si no lo logro, pese a mis esfuerzos, entonces cambio de actitud. Fuera de estas circunstancias, sólo dejo de tutear al otro cuando me lo pide, expresamente o por otros medios. Si yo continuara dispensándole un trato que explícitamente me ha pedido que no le dé, yo le estaría faltando el respeto a él (o ella). Y viceversa.

Cuando me veo obligado a tratar de “usted” a alguien (cosa que jamás hago espontáneamente) siento que estoy poniendo una distancia con mi interlocutor que en el hipotético contrario no existiría. En realidad, es quien me obliga a tratarlo de ese modo quien trata de imponer esa distancia de mí y no al revés. Hay personas para las cuales esa distancia es importante para sus vidas de relación. Algo así como una especie de “autodefensa”. Pero no es mi cuestión.

Es muy interesante constatar que el uso del “vos” -que alguna gente lo considera no sólo una “informalidad” sino también una “falta” de respeto- comenzó siendo todo lo contrario, es decir, un tratamiento verbal que representaba la forma más elevada de respeto. Así lo explica el siguiente lingüista:

“La lengua castellana, […], no escapa a la dialéctica de la inmutabilidad y la mutabilidad del signo lingüístico, padeciendo mutaciones tanto conscientes como inconscientes, replicando el ritmo en que deviene el mundo de la vida en su despliegue epocal. Nos puede servir también el caso del ‘voseo’ que nos caracteriza como hispanohablantes sudamericanos, a fin de reforzar esta idea que venimos desarrollando. Los españoles que llegaron a nuestro continente durante la Conquista todavía utilizaban el voseo en sus dos vertientes de forma reverencial y de signo de confianza. Este uso del ‘vos’ arraigó en América, en parte a través de la literatura incipiente y en parte porque los españoles mismos lo usaban reverencialmente entre ellos para diferenciarse de los nativos. El tiempo transcurrió y hoy millones de latinoamericanos lo usamos sin reverencialidad alguna. Sin embargo, el voseo comenzó a desprestigiarse en el siglo XVI en España, donde el castellano peninsular decantó unívocamente por el ‘tú’. Como se puede apreciar, estas metamorfosis lingüísticas dependen del devenir de los acontecimientos históricos, que siempre es circunstancial, contingente y orientado por la dinámica del mundo de la vida.”[1]

Pero el respeto -insistimos- pasa por otro lado, que trasciende el uso del “vos” o del “usted”. Pasa por una actitud integral hacia el otro, que tiene que ver -en parte- con el contenido del lenguaje y no con su forma. Por ejemplo, un insulto siempre será un insulto, sea que se diga en un contexto de “vos” o de “Ud.” No será menos insulto porque quien lo emita lo haga en un lenguaje formal, por muy “educado” que dicho sujeto se crea.

Que la formalidad nada tiene que ver con el respeto lo brindan también otros ejemplos por el estilo. La familia es una más de esas muestras típicas. ¿alguien puede imaginar un ámbito donde reine la informalidad más absoluta entre sus miembros que el seno de una familia característica? Y sin embargo ¿alguien puede, asimismo, afirmar que -por dicho motivo- tales miembros de la familia están continuamente faltándose el respeto por tal causa? Creo que nadie en su sano juicio podría aseverar una cosa semejante. Y ello, sin perjuicio que, en algún evento aislado, pudiera registrarse una que otra desavenencia familiar pasajera, pero lo que nos interesa aquí es la regla general, no la excepción, y según aquella, en y dentro de las familias conviven armónicamente tanto la más incondicional informalidad como el más puro respeto.

En un nivel algo más bajo, lo mismo podría decirse de los amigos, los compañeros de trabajo, de estudios, etc. Se tratan todas de relaciones informales, pero siempre (en la mayoría de las condiciones) de franco respeto reciproco al mismo tiempo.

Esto se puede trasladar perfectamente a otros planos de análisis que exceden las relaciones interpersonales de amistad, negocios, comerciales, laborales, educativas, profesionales, etc.

Un ejemplo son las leyes, que son el paradigma de la formalidad más escrupulosa. No obstante, la gran generalidad de las leyes (al menos las argentinas) constituyen una soberana falta de respeto hacia los legislados por parte de los legisladores. Ejemplo inconfundible son las leyes fiscales, pero no son las únicas. Las leyes que violan las libertades individuales, la propiedad privada y las transacciones comerciales son el modelo, tanto de la formalidad como de la falta de respeto más abyecta que pueda concebirse.

[1] “A propósito del lenguaje inclusivo”, por Claudio Marenghi -Pág. 6-Copyright © 2019 Instituto Acton, All rights reserved.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Gobernabilidad, orden espontáneo y distribución

Por Gabriel Boragina Publicado  el 22/10/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/10/gobernabilidad-orden-espontaneo-y.html

 

“La clave del fortalecimiento de la gobernabilidad democrática a nivel municipal está dada por la participación política y fiscal de los ciudadanos en la gestión pública de sus comunidades. De esta manera la negociación interna, entre ellos, sobre sus prioridades y sobre sus necesidades colectivas, les convierte en factores de estabilización y en moderadores de sus propias expectativas. De este proceso surge una especie de “orden espontáneo”. Una gobernabilidad endógena y sostenible. El simple reparto induce inestabilidad y acentúa la pugna por más recursos gratuitos”.[1]

Es casi redundante afirmar que “la participación política y fiscal de los ciudadanos en la gestión pública de sus comunidades” fortalecerá “la gobernabilidad democrática a nivel municipal” porque es prácticamente decir lo mismo con otras palabras. Si el sistema adoptado es democrático representativo, por definición será de ese mismo modo y no de otro. Por ello, la clave, en realidad, consiste en definir qué tipo de régimen democrático se pretende describir, para no caer en obviedades como las que parecen surgir de la cita anterior. En la democracia representativa -sea está a cualquier nivel- municipal, regional, estatal, nacional, etc. la participación ciudadana viene dada por la acción de sus representantes, en ambos órdenes: el político y el fiscal, ya que como hemos dicho, las decisiones políticas y fiscales no serán ninguna otra cosa que la plasmación de las voluntades ciudadanas expresadas a través de la elección de sus mandatarios. Sólo en este tipo de democracia ello es posible.

Excepto que el autor comentado se quiera referir a una democracia directa, lo que él llama “negociación interna” no es “entre ellos”, sino entre sus elegidos a través de los órganos deliberativos previstos en el ordenamiento organizativo local, que puede ser -como en el caso de la ciudad de Buenos Aires- su Constitución. Párrafo aparte merece la alocución “necesidades colectivas” desde nuestro punto de vista del todo recusable. No reputamos existente ninguna clase de “necesidades colectivas”. Las necesidades siempre son individuales y pueden ser coincidentes en alguno que otro punto, pero esa concordancia no las transforma en “colectivas” por si mismas. La idea de “necesidades colectivas” trasunta la existencia de “necesidades” separadas de las personas que verdaderamente las están experimentando, creando una suerte de entelequia que desfigura la realidad vital en torno de la cual las necesidades -y todo lo demás- existen.

En indistinto caso, es dable destacar que si la intención del autor es diferenciar un régimen participativo de otro de tipo autoritario (como así parece surgir del contexto completo de su artículo) no podemos dejar de adherir a sus comentarios, mas allá de la imprecisión de ciertas expresiones utilizadas por aquel, las que, no obstante, no empañan su intención final.

En relación al orden espontáneo al que alude, discrepamos en cuanto a la disposición, que consideramos inversa a la que refiere. Es del orden espontáneo (entendido de la manera en que lo fundamentó F. A. v. Hayek) de donde surgen el resto de los mecanismos sociales y no a la inversa. En tal sentido, es del orden espontáneo de donde aparecen los sistemas políticos, económicos, y lo que la cita denomina “gobernabilidad”. El orden espontáneo es el origen y no el resultado de tales fenómenos. Y, como ya dijimos antes, es preferible abandonar el término “gobernabilidad” por no ser preciso y demasiado ambivalente. Por último, una vez más será necesario insistir que los recursos nunca son “gratuitos”. Nada hay “gratis” en la vida.

“Si se adopta un sistema de transferencias que no estimula significativamente la mejor gestión pública local -en lo fiscal y en lo político- se corre el riesgo de que la descentralización debilite la gobernabilidad”[2]

Puede que no debilite necesariamente la gobernabilidad, pero sí que lo haga con la economía del lugar donde se apadrinen tales prácticas. Posiblemente cambie el signo de la gobernabilidad, y que ésta pase de democrática a autoritaria (lo que es bastante probable y es casi una tendencia en muchas partes). En tal caso, la gobernabilidad no se aminoraría, sino que simplemente trasmutaría su carácter. Si esta fuera la cuestión, de la descentralización se pasaría a la centralización, precisamente la consecuencia contraria a la que indica el autor citado.

“El simple “reparto” de recursos induce inestabilidad y acentúa la pugna por más recursos. De esta manera no se estimula la sana competencia por más eficiencia y por mejor equidad. Casi ningún gobierno central podrá moderar las exigencias y las presiones si, desde un comienzo, las transferencias no fueron diseñadas para actuar como incentivos reales a una mejor gestión pública territorial.”[3]

El simple reparto de recursos desalienta la generación de más recursos y -a su turno- amortigua los subsiguientes repartos de recursos. Es una cadena inexorable. No obstante, hay que aclarar que esto sucede exclusivamente cuando el reparto de recursos económicos es político, y no fruto de un proceso de mercado. Este último, conlleva como efectos simúlatenos y concomitantes los mecanismos de producción y distribución. Si este sistema de mercado quiere reemplazarse -en similar medida o grado- por otro político, el de mercado se quiebra y el corolario es el despilfarro de capital y el empobrecimiento paulatino, tanto de los destinatarios como de los generadores de recursos económicos.

La competencia de mercado será sustituida por una simple puja por obtener las dadivas que generosamente distribuya el gobierno a desigual nivel político, (municipal, provincial, nacional) en la mayor cuantía posible y por parte de los grupos de presión más fuertes (sindicales, comerciales, empresariales, asociativos de diferente orden, etc.).

Ningún gobierno podrá moderar las exigencias si las trasferencias de recursos no obedecen a un orden de mercado libre por completo de injerencias estatales de cualquier tipo. En donde el orden del mercado es desplazado por otro político la derivación será siempre el descalabro social (político, económico, etc.)

[1] Eduardo Wiesner. “La economía neoinstitucional, la descentralización y la gobernabilidad local”. Capítulo VI, en Rolf Lüders-Luis Rubio-Editores. Estado y economía en América Latina. Por un gobierno efectivo en la época actual. CINDE CIDAC, pág. 327

[2] E. Wiesner. “La economía neoinstitucional, la descentralización y la gobernabilidad local”. Capítulo VI, en Ludes-Rubio, …Ob. Cit. pág. 327

[3] E. Wiesner. “La economía neoinstitucional, la descentralización y la gobernabilidad local”. Capítulo VI, en Ludes-Rubio, …Ob. Cit. pág. 327

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.