Argentina: El chantaje al progreso

Por Bertie Benegas Lynch. Publicado el 25/2/16 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2016/02/argentina-el-chantaje-al-progreso.html#more

 

Días pasado, el sindicato de camioneros de Argentina, ha impedido que instituciones financieras puedan utilizar la modalidad digital para enviar a sus clientes los extractos de cuentas bancarias. Los representantes sindicales justifican su proceder argumentando que, sus sindicados, verían disminuida su actividad a partir de la correspondiente reducción en el uso del correo postal. Los cambios en las preferencias y elecciones de la gente, acarrean cambios en los mercados de bienes y servicios. Cuando esto sucede, invariablemente, salen al rodeo los sectores afectados para pedirle al gobierno mercados cautivos, trabas y barreras artificiales con la finalidad de proteger sus negocios ineficientes o perimidos.

Una traba artificial en el mercado, no solo coarta libertades básicas e involucra al gobierno en un rol ajeno a sus funciones, sino que también crea el caldo de cultivo propicio para la corrupción. Por otro lado y desde el punto de vista económico, las decisiones políticas – léase, ajenas al mercado-, distorsionan la estructura de precios y desorienta la asignación de recursos. Para el caso que nos ocupa, la traba lograda por el sindicato de camioneros, envía al mercado la falsa señal de que la gente prefiere la versión papel del extracto de cuenta y está satisfecha con el servicio postal para la recepción de su documentación bancaria. De este modo, se cohíbe la inversión y la innovación en ese aspecto de la actividad, no porque se trate de un mercado ya satisfecho, sino porque nuevas ofertas y la competencia están artificialmente bloqueadas.

El economista francés Frédéric Bastiat, con su reconocible sátira, ensayó un irónico reclamo de los fabricantes de velas dirigido a los burócratas de la época. En la petición, se solicitaba que se estableciera una ley que obligue a que todas las casas de la ciudad a cerrar sus puertas, ventanas y posibles hendiduras durante el día. La demanda argüía que la industria de velas, sufría del sol una competencia desleal.

No se puede pretender que nada cambie y, a la vez, disfrutar de los beneficios del progreso ya que, el crecimiento y la prosperidad, lleva implícito un cambio. Los adelantos permiten mejorar la oferta de bienes y servicios y éstos conllevan alteraciones en las prioridades del consumidor. Miles de empresas conocieron y conocerán la bancarrota por no ser capaces de percibir, con la anticipación y lucidez suficientes, las variaciones en las preferencias de la gente. Los consumidores, en las diarias transacciones que hace en el mercado, está constantemente quitándole poder a quienes considera que no satisfacen sus necesidades para transferirlo hacia quienes lo hacen eficientemente. Si pretendemos utilizar la fuerza y la coerción para que, quienes vendían barras de hielo antes de la invención de la heladera doméstica mantengan sus clientes, no habrá heladeras.

En la condición imperfecta del ser humano, el trabajo es un recurso escaso por excelencia. La robótica, por tomar un ejemplo, además de optimizar recursos con economías de escala, permite destinar energía del hombre para atender otras necesidades que antes no podían ser satisfechas debido a las previas tasas de capitalización. Solo en un mercado abierto y libre existen los incentivos suficientes para que el destino de los recursos y su intensidad, vayan en dirección a las necesidades que la gente, al momento, considera insatisfechas.

 

Bertie Benegas Lynch. Licenciado en Comercialización en UADE, Posgrado en Negociación en UP y Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE.

Las encuestas, las urnas y una genuina rebeldía

Por Eduardo Filgueira Lima. Publicado el 28/11/15 en http://www.cepoliticosysociales-efl.blogspot.com.ar/2015/10/las-encuestas-las-urnas-y-una-genuina.html.

 

En las recientes elecciones presidenciales los resultados distaron mucho de ser los previstos por las innumerables encuestas realizadas.

Las encuestas de opinión son una forma de investigación muy utilizada en ciencias sociales. Habitualmente se toma en consideración que si su metodología, su representatividad muestral y los métodos de evaluación son los adecuados es esperable cierta aproximación (aún estimando algún margen de error), pero en todos los casos su índice de confianza debería ser mayor del 95%.

Sin embargo este no fue el caso respecto de los pronósticos previstos por las consultoras para las recientes elecciones.

Dejando de lado que muchas empresas que las realizan son en realidad operadores políticos que intentan incidir sobre la opinión pública, esta consideración no se da en todos los casos. Lo relevante fue la gran dispersión (entre si) de los pronósticos por un lado y por otro que los mismos hayan estado muy alejados de los resultados finales.

Tanto es así que pareció evidente que incluso resultaron una sorpresa para los mismos candidatos. Nadie esperó el nuevo escenario.

No es el caso de introducirnos en el amplio campo de la metodología de la investigación en ciencias sociales, pero si en lo que cabría para explicar en la medida de lo posible, el comportamiento de la acción colectiva.

Los individuos tomamos decisiones todos los días, en las más diversas cuestiones, en infinitos temas y de diferentes formas. Y no en todos los casos nuestras decisiones son las mismas, entre lo que unos y otros deciden, como también pueden llegar a ser diferentes a las que uno mismo ha tomado en diferentes momentos.

Lo que debe considerarse es que las decisiones que cada uno toma son siempre subjetivas y están reguladas por la valoración de la utilidad marginal que cada uno otorgue a las consecuencias de su decisión, aunque en ello también se debe atender que otros aspectos (Ej. emocionales, psicológicos, culturales, conocimientos, etc.) que también forman parte importante en la toma de decisiones, lo que supone una conducta de racionalidad condicionada.

En 1651 Thomas Hobbes publicó su obra más conocida Leviatán, en el que nos dice: “..los hombres en apariencia suelen ser más iguales que desiguales, y es por ello que pueden desear las mismas cosas,… lo que los conduce a un estado de guerra permanente en su lucha por ellas,..(…)…el estado de guerra no es deseable para los hombres, porque en tal estado de naturaleza, no pueden dedicarse a sus tareas de la industria y el comercio,…(…),…el primer objetivo de los hombres es la búsqueda de la paz, pero ello supone que declinarán sus armas y su actitud de guerra,…(…),…para que la paz sea garantizada por el poder absoluto del monarca que velará por ella, cuidando la vida y seguridad de sus súbditos,..”

Estos párrafos merecerían muchas consideraciones. Por ejemplo que para Hobbes parecería que el hombre es más egoísta que cooperativo, aunque resulta contradictorio que sea de tal forma si es que necesita dedicarse al comercio y a la industria y a las tareas que pueden hacer su vida mejor, para lo que inevitablemente necesita intercambiar y cooperar con otros ya que ello es un supuesto inevitable en un orden social en el que producir, comerciar e intercambiar solo puede darse entre más de uno y aún en muchos casos –asumiendo su propio egoísmo– de él resulta que con sus acciones y decisiones puede aún sin proponérselo beneficiar a otros[1].

Lo anterior nos conduce a pensar que de la misma forma que sucede la espontánea búsqueda de equilibrio en el mercado, por la toma de infinitas decisiones que a cada momento asumen los individuos para sus intercambios, la sociedad encuentra “su” equilibrio en las infinitas decisiones que muchos individuos toman en cada momento, en un proceso dinámico y complejo, cuyo sustrato son sus preferencias, y su agregación nos presenta un resultado social.

Este proceso cuyo dinamismo es incontenible en el mercado se encuentra en el mismo en una búsqueda permanente pero asintótica de un equilibrio que nunca alcanza. Salvo que uno pudiera en un momento determinado detener ese proceso y decir: “aquí,.. ahora,.. y en estas condiciones –y solo para este proceso– este es el punto de equilibrio”.

Las elecciones son precisamente eso: lo que no se puede hacer (imposibilidad fáctica) en el mercado, en la vida social se detiene (asumamos esto como una figura teórica) el proceso dinámico de interacción, para poder decir “este es el punto de equilibrio que la sociedad ha preferido –como expresión de “preferencias agregadas”– en este momento, en estas circunstancias y para esta decisión,..”

Si por ejemplo hablamos de la paz, seguramente todos la valoramos y deseamos vivir en esa condición. Eso no quiere decir que la paz sea igualmente importante para todos, ni que todos entiendan la paz de la misma manera.

Para algunos la paz puede en la valoración de sus preferencias ser una condición de máxima importancia y para otros una condición relativa y hasta puede ser intrascendente o incluso (en un grado menor) lo sea algún grado de violencia o agresión. Me refiero a la diferente intensidad de la valoración de preferencias individuales.

Pero aún existiendo las diferencias, el valor de la paz y el menor grado de violencia o agresión posibles, son de suponer lo deseable o preferible en el ciudadano medio. Porque ello –retomando a Hobbes– permite a cada uno hacer su vida más útil y provechosa, para dedicarse al comercio, a su vida, a su familia, al ocio, y a todo tipo de intercambios que le permitan llevar adelante su propio proyecto de vida.

Y para ello Hobbes supone un contrato implícito entre gobernantes y gobernados, en que los primeros garantizan esa primera condición: convertirse en garantes de la paz.

Y recurro a su concepción solo de manera metafórica ya que soy de la opinión que las instituciones nacen y evolucionan hacia un orden social espontáneo[2] producto de infinitos intercambios entre los ciudadanos, que los gobernantes no pueden controlar,.. aunque sin límites lo intenten.

De cualquier forma bien vale la metáfora del contrato hobbesiano para explicar que lo acontecido en nuestra sociedad es mayoritariamente valorado como una forma de ruptura o incumplimiento de ese hipotético “contrato” por el gobierno, asunto que J. Locke legitima como una genuina rebelión social ante el soberano que no responde al mandato de los ciudadanos.[3]

Porque el gobierno en sus formas –como intermediario entre el Estado y los ciudadanos, lo que modela la democracia[4]– ha ejercido esa intermediación imponiendo una forma u otra, en mayor o menor medida, la oposición de unos contra otros, tanto como que la violencia, la agresión, o la descalificación sean moneda corriente.

El gobierno ha perseguido desde los medios adictos o afines, los oficiales, hasta el atril de la Casa de Gobierno, o las cadenas nacionales, todas las formas posibles de agresión y descalificación a todo aquel que no se aviniera a sus deseos, a todo aquel que apenas pusiera en duda sus decisiones o sus “verdades”.

También existió coerción y coacción contra empresas que intentaron publicar sus propias estadísticas. Contra otras empresas hubo multas y persecución selectiva por el organismo de control impositivo. Como objetivos de su acción fueron a su vez los medios de comunicación y los periodistas críticos. O la coacción sobre la Justicia. Toda apreciación perdió legitimidad e ingresó en el campo de la duda, incertidumbre, carencia de autenticidad, certeza o respondía a oscuros intereses.

Y todo ello para sostener –sin ninguna disidencia– su relato épico, su forma de ver la realidad, que solo concibe a la sociedad (como lo hiciera C. Schmidtt) entre buenos y malos, ellos y nosotros: los que adhieren a nuestras ideas que son “nacionales” y “populares” y defienden a la gente (y de ello se ocupa el gobierno) y por otro lado los enemigos que son cipayos, explotadores, enemigos del pueblo, que lucran con las necesidades de la gente,..

Esta visión simplista y binaria del comportamiento de los individuos y de la sociedad, se ha impuesto y legitimado “de arriba hacia abajo”, como producto de similar origen y consecuencias que las que Hayek nos expone es su obra La fatal arrogancia[5] y ha sido en extremo dañina para la convivencia social.

De esta forma se ha perdido la noción de cohesión en pos de objetivos que pudieran –aunque fuera solo en parte– significar intereses que ofrezcan oportunidades de encuentro en puntos comunes de coincidencia para el individuo medio de nuestra sociedad. La sociedad en su conjunto fue maltratada.

Para muchos (por agregación de sus preferencias), pueden pensar que esta situación no solo no tiene importancia sino que a su vez es necesaria para mantener el liderazgo de quien propone y manda, y/o para mantener el relato épico, y/o para mostrar que la sociedad hobbesiana está presente y es justa porque los habilita a luchar por una verdad que consideran absoluta y omnipresente –que es solo la suya– y que en ellos tiene a sus defensores: los gladiadores. Y esa guerra les abona el ideario patriótico.

Sin dudas estas circunstancias conducen a una sociedad partida, a una sociedad en conflicto, a una sociedad en confrontación permanente, a un status social hobesiano, que solo supone la lucha de “nosotros vs. ellos”, que no conduce a nada, salvo la pérdida de la paz.

Si para Hobbes el estado de naturaleza imponía la paz como requisito pre-social y pre-político, de similar manera para muchos otros –y según mi opinión la mayoría– la paz es una condición y prerrequisito para lograr sus objetivos de vida y su pérdida significa su imposibilidad o un riesgo para lograrlos.

La forma de ejercicio del poder impuso a nuestra sociedad una convivencia fragmentada, y temerosa. Temor que extendió al vecino, al amigo o al familiar, o incluso a hablar libremente (incluso a las encuestadoras), porque las represalias estaban en la violencia, la descalificación o la agresión en cualquiera de sus formas y podían provenir de cualquier lado.

Los gladiadores, custodios del relato y la epopeya, se convertían en verdugos.

Los ciudadanos de a pié sintieron así amenazada hasta su propia libertad,..(y no siempre es cuestión de armarse para la guerra), sucedía que casi sin advertirlo (y entrando en el mismo juego), la misma ansiada paz se había esfumado. Algunos ya habían advertido de este proceso que denominaron “la grieta”.  Y estas son variables (dificlmente identificables) que no pueden recoger las encuestas con total fidelidad y de allí a su error de cálculo hay solo un paso. Eso no invalida las encuestas; solo da cuenta de sus limitaciones.

Y los ciudadanos tuvieron que optar. Las elecciones hicieron un “corte transversal” en la vida social, para preguntarles por sus preferencias agregadas y en una sociedad lastimada, las expresiones fueron muchas, pero la preferencia agregada, en función de la utilidad marginal esperada, hizo optar a la mayoría por quienes le permitían no solo un cambio, sino la esperanza de recuperar la paz. Una genuina rebeldía en el sentido lockeano.

En la Argentina se respira ahora un aire nuevo.

La mayoría espera que la sociedad hobbesiana –en estado de guerra y crispación permanente– sea en poco tiempo solo un lejano e ingrato recuerdo.

 

[1] Smith, A. “Una investigación y causa de la riqueza de las naciones” (1776)

[2] Heyk, F. “Derecho, Legislación y Libertad”. (1976)

[3] Locke, J. “Segundo tratado sobre el gobierno civil” (1689)

[4] Strasser, C. “La democracia y lo democrático” (1991)

[5] Hayek, F. “La fatal arrogancia”. (1988)

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.

El tema impositivo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 20/9/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7497

Hoy en día se han violado normas elementales y el monopolio de la violencia que denominamos gobierno se ha vuelto en general tan adiposo que atropella a quienes teóricamente lo contrataron para su protección y, en lugar de ello, el mandatario ha mutado en mandante.

Lo primero para entender el significado de los impuestos es comprender que el aparato estatal está al servicio de la gente y que, por ende, los burócratas son meros empleados de los habitantes del país de que se trate. Esta subordinación de los agentes estatales a quienes residen en una nación se concreta en la obligación de los primeros a proteger y garantizar los derechos de los segundos, derechos que son anteriores y superiores a la misma existencia de los gobiernos.
 
Mientras progresa el debate sobre externalidades, bienes públicos y el dilema del prisionero, aparece necesario el impuesto que como su nombre lo indica es consecuencia del uso de la fuerza al efecto de cumplir con la misión específica anteriormente señalada. Subrayamos esto último, no se trata de que el Leviatán se arrogue facultades y avance sobre las libertades individuales. Este es el mayor de los peligros, por ello en la larga tradición constitucional se han puesto vallas y límites diversos al poder.
 
Hoy en día se han violado normas elementales y el monopolio de la violencia que denominamos gobierno se ha vuelto en general tan adiposo que atropella a quienes teóricamente lo contrataron para su protección y, en lugar de ello, el mandatario ha mutado en mandante. Como se ha dicho en el contexto de la tradición estadounidense, tal vez haya sido un error denominar “gobierno” a la entidad encargada de velar por el derecho del mismo modo que al guardián de la propiedad de una empresa no se lo denomina “gerente general”. Cada uno debe gobernarse -es decir, mandarse a si mismo- y, en esta etapa del proceso de evolución cultural (nunca se llega a una instancia final), las personas delegan esa protección en el agente fiscal.
 
De todos modos, es de especial interés destacar que cuando los aparatos estatales se arrogan facultades y atribuciones impropias para estrangular libertades (incluso con el apoyo de mayorías circunstanciales), forma parte de la mejor tradición liberal ejercer el derecho a la resistencia, en este caso, recurrir a la rebelión fiscal, cuyo origen se remonta a la independencia norteamericana que dio pie al experimento más extraordinario en lo que va de la historia de la humanidad. Más aun, se justifica dicha rebelión fiscal cuando no solo los gobiernos invaden áreas que no les corresponde sino cuando no prestan los mínimos servicios para los que fueron contratados, léase una pésima atención a la seguridad y la justicia, campos que habitualmente incumplen los políticos en funciones. En esta línea argumental, en todos lados se observan campañas electorales en las que nuevos candidatos prometen cambios en cuanto a la eliminación de la recurrente corrupción y poner manos a la obra respecto a la prestación de los servicios de seguridad y justicia siempre deteriorados en mayor o menor grado.
 
No solo hay dobles y triples imposiciones, sino que nadie entiende cuanto debe pagar debido a que las legislaciones tributarias son incomprensibles y fabricadas para que surja esa curiosa especialización de los “expertos fiscales”. Si los impuestos resultaran claros y fueran pocos, aquellos especialistas podrían liberarse para dedicarse a actividades útiles.
 
Hemos sugerido antes sustituir todos los impuestos por dos tributos: uno del valor agregado que no solo cubre la base más amplia posible sino que el sistema implícito de impuestos a cargo e impuestos a favor reduce la necesidad de controles. Por otra parte, es conveniente complementar el anterior con un gravamen territorial al efecto de que paguen quienes no viven en el país en el que tienen propiedades, las que también requieren la debida protección. Hoy en día, en lugar de aplicar el principio de territorialidad, es decir, cobrar impuestos a quienes requieren los servicios de protección en la jurisdicción del gobierno en cuestión, se aplica el principio de nacionalidad al efecto de perseguir al contribuyente donde quiera se encuentre aunque el perseguidor no le proporcione servicio alguno en el exterior. En verdad, este último principio es el de voracidad fiscal.
 
Ambos impuestos, el del valor agregado y el territorial no deben ser progresivos. Como es sabido, la progresividad significa que la alícuota progresa a media que progresa el objeto imponible. A diferencia de los gravámenes proporcionales, el progresivo obstruye la necesaria movilidad social, altera las posiciones patrimoniales relativas ya que contraría las indicaciones del consumidor en el mercado con sus compras y abstenciones de hacerlo y se traduce en manifiesta regresividad puesto que los contribuyentes de jure al disminuir sus inversiones reducen salarios e ingresos en términos reales de los más necesitados.
 
Es en verdad llamativo que muchos de los gobiernos que asumen, en el mejor de los casos centran su atención en la caja para lo que suelen incrementar más aun los impuestos, al tiempo que continúan comprometiendo patrimonios de futuras generaciones a través de la deuda pública, sea interna o externa y mantienen o aumentan el deterioro del signo monetario vía procesos inflacionarios que es otra forma de tributación. Y todo ello para financiar un gasto siempre creciente.
 
Antes de la Primera Guerra Mundial el gasto estatal sobre el producto oscilaba entre el dos y el ocho por ciento. En la actualidad el Leviatán consume desde el cuarenta hasta el setenta por ciento de la renta disponible. En cuanto a la presión tributaria, Agustín Monteverde ha producido un notable trabajo referido al caso argentino que resulta muy ilustrativo respecto a lo que venimos comentando. A continuación lo que transcribo proviene de ideas y procedimientos consignados en el mencionado ensayo.
 
Entre otras muchas cosas, dice Monteverde que para calcular el peso de los impuestos naturalmente deben incluirse todos, sean nacionales, provinciales y municipales y también los que llevan otros nombres como “tasas”, “contribuciones”, “retenciones”, “aportes previsionales”, “seguridad social”, “obras sociales” y demás subterfugios que suelen enmascarar tributos. También subraya el autor que, a estos efectos, no debe inflarse el producto agregando cálculos de lo que se produce en el mercado informal o “en negro” ajeno a buena parte de los barquinazos del “blanco” y, en este contexto, tampoco debe incluirse en el producto bruto interno los impuestos (como cálculo de los “servicios” prestados) ya que no tiene sentido relacionar impuestos con los mismos impuestos en el numerador y en el denominador de la ratio correspondiente.
 
Monteverde concluye que, en el momento de su estudio, la presión fiscal argentina era nada menos que el 58, 9 %, pero de viva voz manifestó que estaba actualizando el trabajo y que el nuevo resultado arrojaba el escalofriante guarismo de 63 % sin incluir el impuesto inflacionario, todo en el marco de los degradados “servicios” que son del dominio público que constituyen una afrenta al sentido común y un despiadado ataque al fruto del trabajo ajeno.
 
Aunque no lo tengo a mano, recuerdo un sesudo y muy bien documentado artículo de hace tiempo de Roberto Cachanosky en el que llegaba a la conclusión que la presión impositiva argentina era del 60%, y ahora Agustín Etchebarne, centrando su atención en un trabajador que en suelo argentino percibe 5.000 pesos mensuales, resulta que el gobierno le arranca el 53% de su propiedad. En todo caso, cualquiera de los ensayos serios en la materia revelan un abuso superlativo al contribuyente que muy lejos de servirlo lo exprime cual limonero y no se extermina el árbol solo porque el fisco se queda sin renta…¡vaya consideración a quienes teóricamente contratan empleados para que los protejan en sus derechos!

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.