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EL TSUNAMI FRANCISCO: GRACIAS A DIOS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 10/6/18 en: http://gzanotti.blogspot.com/2018/06/el-tsunami-francisco-gracias-dios.html

 

El Papa Francisco ha despertado odios y amores absolutos. Ha aumentado la grieta, por lo demás ya existente, y muy grave, entre los católicos. Yo no comparto su línea teológica y menos aún su línea política (que, como casi todos los pontífices, la ha tenido como pontífice, y ese es el problema).

Entonces, ¿por qué “gracias a Dios”?

Porque Francisco ha destapado una olla que muchos mantenían oculta y no querían que se viera.

Durante todo el pontificado de JPII y de Benedicto XVI –quien tiene el honor, junto con Trump, de haber sido odiado por la más totalitaria izquierda internacional- hubo, del otro lado del Océano, una especie de Iglesia paralela, la representada por las sucesivas declaraciones de las Conferencias Episcopales Latinoamericanas. Desde Medellín hasta Aparecida, todas ellas fueron fruto, y expandieron, desde las teologías de la liberación más marxistas y violentas hasta las más moderadas teologías del pueblo (Francisco es un digno representante de la Teología del Pueblo Argentina). Esa línea era contradictoria con JPII y con Benedicto XVI. Muchos católicos lo sabían, pero no lo decían, por muchas razones. En parte, porque estaban tranquilos de que ambos estuvieran sosteniendo el dique. Yo no estaba nada tranquilo, sin embargo. Pero no es de extrañar que los negacionistas de entonces y de ahora me dijeran, permanentemente, de qué me preocupaba, de qué me preocupo.

No es cuestión de preocupación como si la Iglesia fuera un emprendimiento humano. La cabeza de la Iglesia es Cristo y es indefectible. Pero en todas las etapas de crisis humanas, hay muchos que sufrimos por amor a la Iglesia.

El dique, obviamente, se rompió. No se podía contener para siempre. Y fue un tsunami llamado Francisco. La verdad no sé qué tenían en la cabeza los cardenales que lo eligieron. Tal vez nada. Es la mejor hipótesis que tengo.

Pero entonces, visto todo esto con visión sobrenatural, hay que recordar que Dios permite los males por un bien mayor.

¿Y saben qué? Está bien que muchos vean ahora lo que es la débil teología latinoamericana y su fuerte compromiso político con el marxismo, en sus versiones extremas o moderadas.

Está bien que muchos se escandalicen. Está bien que se espanten. Que se agarren la cabeza. Está bien que lo hayan visto. Es un duro aprendizaje. Dios a veces sigue siendo el Dios severo del Antiguo Testamento.

Las aguas, dentro de muchos siglos, volverán a su equilibrio. Pero mientras tanto, tierra arrasada. Varones justos y prudentes, muertos, desaparecidos y humillados. Cabezas y corazones vacíos, como las botellas, flotando alegremente y llevándose todo por delante. Muy bien. Véanlo. Llegó al mismo Vaticano.

¿Qué pasará después? Ah, nunca mejor dicho, Dios sabrá. No será cuestión del próximo pontífice, que seguramente no sabrá qué hacer y repetirá además varios vicios de los cuales los pontífices anteriores no estuvieron exentos: clericalismo, aferramiento al Estado Pontificio, aferramiento a la Curia, invasión de las autonomías laicales, y episcopales.

¿Saben qué? Todo bien. Hay problemas gravísimos en el mundo y en la Iglesia pero Francisco vive en su mundo y en su agenda. Y va a seguir. Tiene varias cositas más in mente. Tranquilos todos. Dios sabe más.

 

Mientras tanto, los que sabemos menos, suframos, y los que negaban el problema, que aprendan.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

¿QUÉ ES UNA IDEOLOGÍA?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 26/6/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/06/que-es-una-ideologia.html

 

De “El analogante de las ciencias”, en Derecho y Opinión (6), 1998, pp. 683-697.

“…Nos detendremos un poco más en el tema de la ideología.

Otra vez, aclaremos qué no estamos criticando. No nos estamos refiriendo a ideas sobre sistemas políticos que, con su carga de esencial opinabilidad, se consideran mejores para la convivencia humana, ni tampoco a valores ético-sociales básicos de la filosofía política, como el respeto al bien común, la limitación del poder, etc. Nos estamos refiriendo a lo siguiente.

En primer lugar, la ideología, más que contenidos concretos, es una actitud, la cual parte de una premisa fundante: existe el sistema social perfecto. No importa que sea posible o imposible, que de hecho exista o haya existido tal o cual sistema social “X”; lo importante -por eso decimos que es una actitud mental- es que se lo conciba como “perfecto”. El ideólogo anade a esto una premisa gnoseológica, que ha sido calificada como “racionalismo constructivista”[1]: es posible conocer perfectamente los medios que racionalmente conducen a ese ideal. Dadas estas dos premisas, hay otras dos características que emanan cual necesarias conclusiones: este sistema es la única opción moral posible, pues, si es perfecta, si con ella se elimina absolutamente todo margen de pobreza, de guerras, de ignorancia, cómo va a ser moralmente legítimo optar por otro sistema que deje margen para sufrimientos, que, aunque mínimos, pueden evitarse? Y la otra conclusión es: ese sistema es la última etapa de la historia. No en el sentido de que no pueda abandonarse el sistema, sino en el sentido de que un abandono tal sería un retroceso. Esto es, dado ese sistema, la humanidad no puede avanzar socialmente más. Por qué? Muy simple: porque ese sistema es elperfecto.[2]

A esto se agrega una quinta característica, pero no necesaria, sino basada en una conjetura dada la comprensión empática de la naturaleza humana: la tentación de violencia[3]. Esto es, puede ser posible un ideólogo tranquilo, sentado en su silla, contemplando este mundo espantoso al lado de la pureza del ideal que él considera posible, escribiendo, hablando y esperando pacíficamente que la humanidad “se convenza” de sus enseñanzas. Pero es difícil. Si todo sufrimiento puede eliminarse así, de un día para el otro, con la implantación del orden social perfecto… Por qué esperar? No es acaso una violencia injustificada la ignorancia de los dirigentes que tanto sufrimiento ocasionan a nuestros semejantes? No claman a la justicia los gritos de los pueblos sometidos a las torturas de la imperfección? Cuanto más inteligente y bueno sea nuestro ideólogo, peor. Pues si ha estudiado las condiciones para la guerra justa que vienen ya desde la escolástica, entonces, la revolución armada contra la violencia de la imperfección puede ser entendida como una legítima defensa cuyo momento está por llegar de un momento a otro…

Por supuesto que hay ideologías que colocan a la violencia como una etapa necesaria de su visión del mundo. Así fueron el marxismo-leninismo y el nazi-fascismo. Pero colocamos a esta quinta característica como no necesaria porque todo puede ser ideologizado. Si alguien supone que la democracia constitucional es el sistema social perfecto (lo cual es un error: es bueno, mas no perfecto), entonces…

Analicemos por un momento los posibles orígenes de la primera y segunda premisas. Habitualmente es una metafísica racionalista muy bien hecha, como el materialismo dialéctico que inspiró al marxismo leninismo. Esas metafísicas tienen filosofías de la historia que pretenden conocer las etapas necesarias de la historia humana; de allí la negación del libre albedrío, la justificación de todo aquello que lleva la etapa final y la pretensión de imposibilidad de juzgar desde fuera alguna de esas etapas -nadie puede estar fuera del proceso necesario; quien pretende estarlo, criticando a la ideología en cuestión, es un antirrevolucionario (y, consiguientemente, un enemigo de la humanidad).

Por supuesto, esta última característica es acompañada por otra que puede estar después de la cuarta y antes de esta. Se desprende necesariamente de las primeras cuatro. Es la cerrazón absoluta a la crítica. El ideólogo no dia-loga; monologa. La crítica metódica de la cual hemos hablado está coherentemente excluida, pues, si existe el sistema social perfecto y se conocen perfectamente los medios que conducen a él, ninguna crítica puede agregar algo al sistema. A lo sumo, un ideólogo pacífico, tipo ideal[4]difícil pero posible, puede someterse a la crítica metódica para ver si puede mejorar sus medios argumentativos y retóricos de difusión de su ideología, pero no como algo que verdaderamente agregue algún aspecto de la realidad que él desconocía. Por supuesto, volvemos a conjeturar que, psicológicamente, del monólogo permanente a la violencia física (pues el monólogo es una violencia lingüística) hay un paso muy tenue, muy sutil, muy próximo.

La hermenéutica del mundo, para el ideólogo, es muy singular. Para él no hay negro, gris y blanco. Hay negro y blanco. Esto es: el no ideologizado es capaz de ver al mundo como un gris, y ese gris es ya un éxito frente al negro de las guerras y las miserias absolutas. Sabe que el blanco es imposible y que los intentos de lograrlo conducen al negro. Por eso sus propuestas son más bien medidas concretas para mejorar tal o cual aspecto[5], y no propuestas globales de perfección.

El ideólogo, en cambio, ve al mundo, que en realidad es gris, como un negro permanente al lado del posible y alcanzable blanco que propone. Esto es: lo que para el no ideologizado es soportable porque es el bien social posible, al lado de lo imposible, para el ideologizado ese bien es insoportable, un negro total, al lado de lo perfecto, lo blanco, perfectamente realizable.

Otra fuente importantísima de las ideologías es el clericalismo, actitud que puede darse en cualquier religión. Esto es, la creencia de que Dios ha revelado cuál es ese sistema social perfecto, y que es nuestro deber, por ende, seguir esa revelación. Esta fuente es particularmente peligrosa por cuando el ideólogo se siente aún más tentado a utilizar la violencia y a justificarla, si es necesario, como un profeta -armado hasta los dientes- de las iras de Dios ante este mundo pecador.

En el cristianismo, esto constituye en error terrible[6]. Jesucristo ha redimido a cada corazón; esa redención tiene efectos temporales, pero abiertos a una pluralidad de opciones todas legítimas en tanto no contradigan lo esencial del mensaje revelado[7]. Jesucristo no ha revelado cuál es el mejor régimen político, por más que los diversos integrismos cristianos, de izquierda o de derecha, pretendan lo contrario. Ha dejado a ese tema a la libre opinión de los hombres[8]. Sobre todo, hay un concepto aquí que el ideólogo-religioso no logra aceptar: la tolerancia, en función de un bien mayor[9], y la tolerancia cuando ese bien mayor es el respeto a la conciencia[10]. Este último punto es especialmente relevante. No sería mejor un mundo sin el pecado que la libertad religiosa produce? No, sería peor. Porque la libertad religiosa no produce el pecado: lo hace más visible y sincero. Y un mundo donde los hombres pecan en su corazón y ocultan la manifestación externa del pecado por el temor servil a la imposición de una fe por la fuerza es un mundo falso, hipócrita y explosivo[11]. La verdad nos hará libres, sí, y la libertad nos hará verdaderos.

El no-ideologizado no carece de ideales políticos; simplemente, los considera buenos, perfectibles, opinables en cierta medida, no perfectos. Esa es la esencial distinción. No es cuestión de contraponer el idealismo ético de las utopías contra cierto “pragmatismo”, “realismo” (en el mal sentido del término) de quienes se oponen intelectual y vitalmente a ciertas utopías. Ese es un recurso dialéctico muy útil especialmente caro a ciertas utopías violentas que han perdido gran parte del dominio del planeta. Es asunto es esencialmente al revés. La crítica a las utopías desarrollada por Karl Popper, por ejemplo, su defensa de la no-violencia y la responsabilidad social del intelectual[12]están basadas en una ética muy profunda. La ética del diálogo, de la tolerancia, del respeto al disidente[13], donde aflora la perfección de la debida tolerancia a lo imperfecto.

Ahora bien: todo lo dicho hasta ahora sería absolutamente insuficiente si olvidáramos un tema central: por qué las dos primeras premisas de la actitud ideológica son erróneas? Por qué no puede existir un sistema social perfecto y no pueden conocerse perfectamente los medios que a él conducen? Porque la naturaleza humana es imperfecta, y el conocimiento humano, limitado.

La naturaleza humana es imperfecta, no en el sentido de su esencia, que en cuanto tal, ontológicamente, tiene todo lo que la esencia humana requiere, ni tampoco en el sentido del libre albedrío, que es una perfección[14]. Es imperfecta por cierta tendencia al mal moral, reconocida de modo natural sobre todo por los miembros de la escuela escocesa de pensamiento político[15]y de modo sobrenatural por la revelación cristiana sobre el pecado original. A la razonable objeción sistémica de que la naturaleza de cada individuo puede ser imperfecta pero el sistema social, en cuanto sistema, no, se contesta con la segunda parte de nuestra respuesta: el conocimiento humano es limitado. Pretender elaborar y conocer un sistema que haya incorporado todas las imperfecciones humanas y carezca, en cuanto sistema, de todo margen de contingencia y posibilidad de falla, es una pretensión del racionalismo constructivista que en cuando tal no es compatible con el conocimiento limitado de la esencia de las cosas; sistemas inclusive. Por supuesto, es obvio que los sistemas están para absorber y evitar imperfecciones que de otro modo saldrían a la luz. El sistema político de la primera república norteamericana,en nuestra opinión, fue un ejemplo de una absorción sistémica de una imperfección humana. En efecto, el sistema partía de que la naturaleza humana tiende al abuso del poder, y por ende lo limitaba con un sistema constitucional. El asunto es, nuevamente, si esa absorción sistémica puede ser perfecta. Y, otra vez, la respuesta es no. No hay sistema humano que logre ponerse por encima de lo humano.

Lo único que, precisamente por ser sobre-humano, pero no antihumano, y por ende puede reclamar perfección, es el amor a Dios movido por su Gracia. Y eso, llevado a su plenitud, es la santidad. Y por eso, no es casual que sean santificadas personas y no sistemas. “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”: no fue un mandato destinado a un determinado sistema social, sino la exigencia más íntima que duerme en cada corazón humano, y que, una vez despertada, rechaza, como parte de su santidad, toda forma de violencia, física, lingüística, actitudinal, presentando al amor, y sólo a éste, como lenguaje de la verdad.

 

[1] Hayek, F.: “Los errores del constructivismo” [1970], en el libro Nuevos estudios en filosofía, política, economía e historia de las ideas; Eudeba, Buenos Aires, 1981.

[2] Estas cuatro características, más la quinta que vamos a explicar ahora, no han sido expuestas en ese orden por ningún autor que nosotros conozcamos; sin embargo, nada de eso hubiéramos podido haber sistematizado sin las fuentes inspiradoras de Popper, K.: “Utopía y violencia” [1947], en el libro Conjeturas y refutaciones, Paidós, Barcelona, 1983, y Spaemann, R.: Crítica de las utopías políticas; Eunsa, Pamplona, 1980.

[3]Ver Popper, op. cit.

[4] En sentido weberiano.

[5] Popper, K., op. Cit.

[6] Ver Spaemann, R., op. Cit., cap. IV.

[7] Ver Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, cap. III, punto 43.

[8] Ver León XIII, “Cum multa’’ [1882], en Doctrina Pontificia, t. II, Bac, Madrid, 1958, p. 132; “Inmortale Dei”, op. Cit., p. 218; “Sapientiae christianae”, op. Cit., p. 282; Pío XII, “Grazie”, op. Cit., p. 821.

[9] Sto. Tomás, I-II, Q. 96, a. 2, c.; I-II, Q. 95, a. 2, ad 3; Pío XII, “Comunidad internacional y tolerancia” [1953], en Doctrina Pontificia, op. Cit., p. 1008. Sobre el tema de la opinabilidad esencial de los sistemas políticos, nos hemos explayado con detalle en “La temporalización dela Fe”, en Cristianismo, sociedad libre y opción por los pobres, VVAA, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988. Obsérvese que estamos citando para estos temas a quienes algunos integristas citan para sus fines: Sto. Tomás, León XIII y Pío XII.

[10] Ver declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, del Concilio Vaticano II. Sobre la supuesta contradicción del magisterio del Vaticano II en este tema y el magisterio anterior, ver nuestro artículo “Reflexiones sobre la encíclica ‘Libertas’”, en El Derecho, (7090), 1988.

[11] Qué ocurre habitualmente en las sociedades que tienen una transición de regímenes autoritario-religiosos a regímenes democráticos con distinción entre Iglesia y estado? No hay una especie de “explosión” de “malas costumbres”? Los integristas, habitualmente, la atribuyen al régimen recién instalado. Cometen un error: el régimen recién instalado no hace más que dejar ver los terribles efectos del pecado original, que habían tratado de ser inútilmente ocultados por la tapa de la olla de un ingenuo autoritarismo. Es más: ese corazón humano no se oculta, sino que se enardece más ante el poder del autoritarismo. La redención de Cristo nada tiene que ver con la policía y las cárceles, ingenuos, inútiles y irrisorios intentos de sustitución del poder Salvífico de la mirada de Cristo en la cruz. (Esta reflexión no se contrapone en absoluto con la “función educativa de la ley humana positiva”).

[12] Popper, K.: Tolerancia y responsabilidad intelectual, op. Cit.

[13] Ver Artigas, M.: Lógica y ética en Karl Popper, op. Cit.

[14] Sto. Tomás, Suma Contra Gentiles; Bac, Madrid, 1967, t. II, libro III, cap. 73.

[15] Ver Gallo, E.: “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith”, en Libertas (6), 1987; y, del mismo autor, “La Ilustración Escocesa”, en Estudios Públicos (30), 1988.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

¿SE PUEDE SER UN BUEN CRISTIANO Y UN BUEN LIBERAL?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 3/2/15 en: http://institutoacton.org/2015/02/03/leccion-inaugural-se-puede-ser-un-buen-cristiano-y-un-buen-liberal/

 

Entonces, tenemos la difícil tarea de ver si podemos contestar a esta pregunta: si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal.  Y para eso vamos a tratar de decir en principio ¿qué significa ser un buen cristiano?, después vamos a tratar de decir sintéticamente ¿qué significa ser un buen liberal?, y luego vamos a ver la relación entre ambas.

 

Así que vamos a repasar un poquito estas nociones fundamentales. ¿Qué es ser un buen cristiano?  Vamos primero a repasar eso: ¿qué significa ser un buen cristiano? y van a ver que las cosas que vamos a ir diciendo van a estar en relación con la pregunta siguiente: ¿qué significa ser un buen liberal?

Ante todo, un buen cristiano es una persona que cree, que cree en algo que ya más o menos está representado por esta imagen, la del pensador y la cruz. Un buen cristiano cree en la trinidad y en la encarnación; cree verdaderamente que Dios es una sola naturaleza, tres personas, y la segunda persona se encarnó para la redención de nuestros pecados.  Eso es lo que un buen cristiano cree, pero (y esto es muy importante) no lo cree porque sí.  No lo cree porque está siguiendo simplemente una tradición sin razonamiento, no lo cree porque se lo dijeron y queda bien, no lo cree ni por temor, ni por coacción, ni porque está esperando algún premio.  Lo cree (recuerden la imagen) porque hay una profunda relación, siempre, en el cristiano, entre su razón y su fe, por eso la imagen del pensador y la cruz.

La fe del cristiano tiene que estar basada en poder dar razones de su esperanza. La fe implica, siempre, razones para la fe, y por lo tanto, el buen cristiano piensa desde sí mismo. El buen cristiano es alguien que de algún modo ha madurado, meditado, y rezado las razones para ser cristiano; y por eso, una vez que es un buen cristiano, puede predicar, como la otra imagen, un poquito más grande, que es una imagen que representa la primera vez que Jesús, en el templo, se anuncia a sí mismo.  Esto era el lema y sigue siendo el lema, por ejemplo, de los dominicos: contemplar y luego predicar lo contemplado, rezar y predicar, pensar y enseñar, y estar abierto a dar razones de la propia fe; eso es un buen cristiano. Este es un punto importantísimo.

Por lo tanto, de acuerdo a lo que acabamos de decir, un buen cristiano es una persona que fundamentalmente dialoga con los demás; respeta a la otra persona en tanto es otra persona, no le impone por la fuerza sus creencias. Como está dispuesto a dar testimonio de su esperanza, como está dispuesto a dar razones de su esperanza, entonces es capaz de dialogar.  Cuando le preguntan ¿por qué?, entonces, él dice por qué, pero no molesta, no invade, predica pero no coacciona, y por lo tanto, dialoga, esto es, se pone en una situación de comprensión con el otro, cuando el otro da permiso para aterrizar en su existencia. Entonces, esto es fundamental: un buen cristiano dialoga.

Y, por lo tanto, no coacciona. Un buen cristiano jamás utiliza la violencia, utiliza simplemente su fe, la fuerza de la sola verdad, el calor de la amistad, del razonamiento tranquilo y meditado, pero jamás coacciona, jamás invade la vida del otro.  Y, por lo tanto, el cristiano busca siempre el bien del otro, es su mandato fundamental, algo que sale de la parábola del buen samaritano. Para el buen cristiano, el bien del otro es al mismo tiempo su propio bien. Esto es algo fundamental en la vida de todo cristiano.

Pero, al mismo tiempo un buen cristiano, nunca juzga al otro, ¿qué quiere decir esto?, ¿por qué aparece en el evangelio esa expresión, tantas veces repetida pero tan poco practicada?  “No juzguéis y no seréis juzgados”; “con la vara que mides al otro seréis medidos”; “el que tenga misericordia obtendrá misericordia”.  ¿Qué quiere decir esto?  No que el cristiano no sepa, (dado que Jesucristo se lo ha dicho de alguna manera) lo que está bien o mal moralmente; no porque el cristiano sea indiferente con respecto al bien y el mal; no porque el cristiano no le importe la vida del otro; sino porque el cristiano sabe que solo Dios es juez, y que Dios es un juez misericordioso, y porque el cristiano sabe que en la vida del otro hay infinitas circunstancias que escapan totalmente a su conocimiento.  Por eso el cristiano no juzga, y esto es totalmente coherente con lo anterior, el cristiano está dispuesto al diálogo, el cristiano está dispuesto a dar testimonio de su fe cuando se lo pregunten, pero no es alguien que esté molestando y menos aún juzgando al otro de manera inmisericorde, porque eso es una de las cosas más contrarias a la vida de Jesucristo.  Esto es a veces muy olvidado pero es muy importante.

Por lo tanto, a su vez, el cristiano se da para los demás.  Este famoso tema de que el cristiano tiene que compartir sus bienes, no significa un tema socioeconómico de distribución; significa que los bienes del cristiano son en primer lugar su propia vida, su propia existencia.  Y en ese diálogo para con los demás, el cristiano se da al otro, no porque el cristiano sea muy importante, no porque el cristiano tenga que regalarse al otro  en el sentido de decir “yo soy muy importante”, sino porque la fe que tiene, y esa armonía entre la razón y la fe, es el mensaje que fundamentalmente tiene que dar a los demás.  Y en ese mensaje está comprometida la propia vida, la propia existencia; el cristiano nunca puede hablar de algo que le es ajeno, está como a veces sucede en algún examen donde hablamos de algo que no entendemos.  No, no es así la vida del cristiano.  En la vida del cristiano, ese dialogo, ese darse, ese no juzgar, ese estar atento al bien del otro, es darse para los demás.  Podríamos seguir diciendo muchas cosas acerca de lo que es un buen cristiano, pero a mí, faliblemente, me pareció que estos puntos son muy importantes.

Entonces, podemos pasar a ¿qué tiene que ver todo esto con ser un buen liberal? Veamos. ¿Tiene que ver o no? De algún modo, sí, no porque sean lo mismo; la religión es una fe en algo sobrenatural, el liberalismo político y económico surge de la razón humana, es una doctrina política y económica.  En principio no se mezclan, pero hay alguna relación, hay algunas cosas que presentan similitudes. En primer lugar, el liberal también piensa desde sí mismo, el liberal ha decidido desde sí mismo que las libertades individuales son lo más valioso de la vida social, el liberal de alguna manera representa ese ideal de madurez, de pensamiento desde sí mismo, como decía Kant:  alguien que conoce las razones de aquello que está valorando tanto, alguien que conoce las razones por las cuales las libertades individuales son valiosas; alguien que por lo tanto no se va a dejar llevar por ningún canto de sirena de dictaduras, totalitarismos y autoritarismos, alguien que no se va a poder dejar engañar por slogans demagógicos. Es alguien que piensa desde sí, alguien que tiene decididos los valores políticos más importantes, es alguien que ha pensado, ha meditado y por lo tanto en ese sentido está firme en sus razones; de igual modo, fíjense que hay una similitud: el cristiano también piensa desde sí, el cristiano razona la relación entre la razón y su fe, así que hay una similitud.

El liberal respeta la libertad religiosa, esto es algo fundamental, no porque un buen liberal considere que todas las religiones son lo mismo o que da cualquiera una que la otra, sino porque el buen liberal considera que la verdad solamente se transmite por el diálogo, que la verdad nunca se impone por la fuerza, que la verdad solamente se impone por la sola fuerza de la verdad, y que por lo tanto, uno de los valores más fundamentales del liberal es respetar esa libertad religiosa definida como el respeto a la conciencia del otro, como el respeto a la inmunidad jurídica de coacción que tiene la conciencia del otro con respecto a estos temas religiosos; por lo tanto, el liberal respeta la libertad religiosa no porque sea indiferente frente al fenómeno religioso, sino porque sabe que en el fenómeno religioso hay un diálogo secreto entre la conciencia y Dios que no debe ser invadido por ninguna persona humana, sino que es algo en lo cual entra la conciencia personal y Dios.  Este respeto a la libertad religiosa es un valor fundamental del buen liberal; fíjense, hay una similitud con el buen cristiano que también dialoga, no impone, da razón de su esperanza, no juzga, da su propio testimonio.

El liberal, el buen liberal, también tiene conciencia de que la otra persona tiene como una especie de casa propia, una casa existencial. El ser humano tiene inteligencia, voluntad libre y por lo tanto hay alrededor de todos nosotros, sin que se pueda ver, una especie de casa a la cual no se puede entrar sin permiso, esta es una de las nociones más profundas de propiedad.  Esto es, si uno se acerca al otro, aunque aparentemente no haya nada, solo aire, sin embargo, el otro tiene una naturaleza tal que hay que pedir permiso para entrar.  Toc, toc ¿se puede? Y el otro tiene que abrir la puerta.  Si el otro no abre la puerta, no podemos violentar la vida del otro, podemos intentar dialogar, podemos intentar aconsejar, podemos ayudar si el otro lo acepta; el otro, sin embargo, tiene las llaves de su casa, no porque sea dueño absoluto de sí mismo, sino porque, como vamos a decir después, el único dueño absoluto es Dios, nosotros no somos dueños de la vida de nadie, no podemos invadir la casa del otro, de lo cual surgen muchas consecuencias, filosóficas, políticas y económicas. Que no debamos invadir la casa del otro es el fundamento básico, no solamente de la propiedad en un sentido profundo del término, sino de todas las libertades individuales; fíjense, acá hay un parecido al punto anterior, al respeto a esa libertad religiosa que como ven se transmite en un ámbito mucho más amplio, es respetar la conciencia del otro, respetar las decisiones del otro, no porque seamos indiferentes sino porque no podemos invadir la casa del otro.

Un buen liberal puede ser caritativo con sus bienes (por eso la imagen del regalo), un buen liberal puede regalar su propiedad, lo que no puede hacer el liberal es robar la propiedad del otro y regalarla, eso no lo puede hacer un buen liberal, o sea, un buen liberal puede ser caritativo con sus bienes, un buen cristiano debeserlo; un buen liberal puede serlo, pero en ambos casos con los bienes propios.  Cuando el cristiano da su vida al otro es su propia vida, cuando el liberal da sus bienes al otro son sus propios bienes.  En ambos casos, fíjense, lo que decididamente no hay en ninguno de los dos casos es esto: coacción.  Esto es muy importante.

Por lo tanto, dado todo lo que acabamos de decir, ¿hay relación entre la revelación cristiana y el liberalismo?, porque algunos, dado todo lo que acabo de explicar, podrían verse tentados a decir: bueno, pero entonces, es lo mismo, o casi lo mismo, o de la revelación cristiana se desprendería necesariamente el liberalismo político y económico. Yo diría: no directamente.  La religión y la política van, de alguna manera, por direcciones no contradictorias pero sí diversas.  No directamente porque el cristianismo no ha revelado directamente ningún sistema político y social, el cristianismo no ha revelado cuáles deben ser los detalles técnicos de la organización socioeconómica, el cristianismo no ha revelado un sistema político determinado, si tiene que ser monarquía, aristocracia, república constitucional, todas esas son cuestiones que emergen de la razón humana tratando de ver cuál es la mejor organización social entre nosotros.

En el cristianismo no hay una revelación directa de un sistema social y político, suponer lo contrario es entrar en un grave error que se llama clericalismo, integrismo, temporalismo: muchos cristianos consideran que su propio partido político es el partido de la iglesia o de Cristo, y eso es un grave error. ¿Por qué? Porque para estar de acuerdo con un determinado sistema social y político, hay que, a su vez, agregar ciertas premisas intermedias, ciertos razonamientos que no han sido directamente revelados.  Por otra parte, asumir un sistema político de alguna manera emergente de la razón humana como directamente dictado por Cristo es hacerle decir a Cristo lo que no dijo, y ese ha sido el grave error de muchos cristianos que por izquierda o derecha han tratado de incurrir en esta especie de clericalismo, esta especie de fusión indebida entre el orden sobrenatural de la fe y el orden natural de los razonamientos humanos; esto se ha dado lamentablemente muchas veces.  Así que no directamente: no habría relación.

Pero entonces, alguien me puede seguir preguntando: sin embargo, has dicho, cuando has hablado de lo que significa ser un buen liberal, y cuando has hablado de lo que significa ser un buen cristiano, que hay algunas coincidencias.  Sí, y en ese sentido podríamos decir que sí las hay, indirectamente. ¿Por qué?  Porque la revelación cristiana ha sido un punto de inflexión básico en lo que llamamos el surgimiento de la civilización.  Esa civilización por la cual un autor que van a estudiar en estas aulas, que se llama Ludwig von Mises, tenía tanta preocupación: la civilización, ¿por qué?  Porque en el cristianismo, por esa relación entre razón y fe, surge en los primeros siglos todo un trabajo de razonamiento, de relación, como estoy diciendo, entre razón y fe, con la patrística, con San Agustín, en el s. IV d.c., y luego, entre los siglos quinto y el siglo nueve, toda la sabiduría antigua combinada con la revelación cristiana se mantiene en monasterios, en los libros que únicamente estaban en esos monasterios, muchos de ellos benedictinos y agustinos. En el siglo nueve se produce ese llamado renacimiento carolingio donde emergen las primeras universidades, en las que comienzan a surgir, a partir de los siglos IX, X, IX, los estudios humanísticos e incluso científicos, todo lo que hoy llamamos la base de nuestros estudios sobre el hombre, la literatura, la geometría, la música, la teología, la filosofía, las ciencias naturales: todo va surgiendo en esos siglos. Mucho antes de la revolución francesa, mucho antes de la lamentable división entre cristianos, surge ese acervo de conocimientos que conforma nuestra civilización occidental, surge el derecho con la emergencia del common lawbritánico, surgen los primeros estudios sobre las ciencias, surgen los primeros estudios sobre la ley natural, y aquellos deberes que tenemos para con el otro y por lo tanto, ya en el siglo XVI se comienza a hablar de los derechos del súbdito frente al monarca y en el siglo XVI, de los derechos del individuo frente al poder. Todo eso es un acervo cristiano de civilización occidental, pero al decir civilización occidental, no estamos incurriendo en una especie de etnocentrismo, no estamos diciendo que solamente la civilización europea es valiosa, no, lo que estamos diciendo es que allí surgió un valor que es absolutamente universal, que se puede transmitir a todas las culturas, porque todas las culturas son humanas. ¿Cuál es ese valor?, ese valor, que me permito decir, no se hubiera dado sin el entronque, sin la relación entre la razón y la fe, es el respeto a la persona del otro en tanto otro, es el valor de la persona como creado a imagen y semejanza de Dios que tiene derechos inalienables frente a cualquier poder absoluto. Ese valor de la persona es fruto de una civilización occidental donde el cristianismo tiene un papel esencial, no accidental, el valor de la persona que incluso pueden compartir los no cristianos, que puede compartir cualquier persona de cualquier otra civilización; de algún modo todos por medio de nuestro razonamiento, podemos darnos cuenta que hay que respetar la persona del otro. Es esa no invasión, ese dialogo del que hablábamos antes, pero en este sentido hay un fruto conjunto entre la razón y la fe que es esta civilización occidental de la cual emerge un valor universal, por lo tanto no estamos hablando de una razón griega o de una razón reductivamente cristiana, estamos diciendo de que del encuentro entre la razón y la fe se da un valor de la razón universal para todos los tiempos, para todas las culturas, para todos los seres humanos, y que a pesar de todos nuestros errores, de las violencias, de las guerras, de las locuras, que también ha habido y que sigue habiendo en la civilización occidental, sin embargo ese valor se mantiene y no podría haber surgido sin el encuentro entre la razón y la fe.

Por lo tanto, se produce en el corazón del cristiano de manera indirecta, valga la redundancia, una conversión del corazón que lo que busca es, justamente, la justicia, y por lo tanto un no radical a la crueldad y a la injusticia. Por lo tanto, el corazón del cristiano, de igual manera que la razón del liberal, tiene que rechazar los sistemas autoritarios, totalitarios, estas dictaduras crueles e inhumanas que son una mancha gravísima en la historia de la ética de occidente.  De ningún modo el cristiano y el liberal  aceptan esto, y tienen que huir de las tentaciones del poder, un no radical al poder absoluto.  ¿Por qué, a su vez? ¿Por qué no al poder absoluto?  No al poder absoluto porque solo Dios es el dueño, nosotros no somos dueños de la vida de nadie, nosotros no podemos cometer la grave falta de pensar que somos Dios, y que por lo tanto podemos invadir la vida del otro, cuando paradójicamente Dios es el primero que no invade la vida del otro: Dios es el primero que, siendo Cristo, dialoga. Recuerden el diálogo con la samaritana, el diálogo con la mujer adúltera; Dios en tanto Cristo sólo se enojaba frente a la hipocresía, pero él jamás invadía. Recuerden cómo le pregunta, cómo dialoga cariñosamente con María para preguntarle, para decirle que va a ser la madre de Dios, o sea Dios no invade, Dios no coacciona. ¡Y los seres humanos, que somos creaturas finitas, que somos casi nada al lado de Dios, nos damos el lujo de invadir, de pretender ser dueños de los demás! Es una incoherencia absoluta, cuando tenemos clara conciencia de que sólo Dios es el dueño.  Claro, alguien me va a decir: yo también soy dueño de mis bienes.  Eres dueño de tus bienes precisamente porque el otro no es dueño de los tuyos, por eso eres dueño; justamente porque solo Dios es dueño es que tú no puedes invadir al otro, y el otro jurídicamente tiene derecho a la posesión de su vida y de sus bienes, y este es un punto fundamental de confluencia entre la civilización cristiana, la concepción cristiana del mundo y el respeto al individuo.

Por lo tanto, acá llegamos a una conclusión interesante: nosotros no somos dueños, nosotros somos más humildes de lo que en general pensamos.  Ven, cuando nosotros creemos que somos Superman, en realidad terminamos en una situación relativamente ridícula, nosotros no somos Superman, es comprensible que a veces pensemos que queramos ser Superman y por lo tanto dominar el mundo, pero no; somos seres más humildes de lo que aparentemente suponemos, y sobre todo cuando estamos en situación de gobierno, sobre todo cuando tenemos la difícil misión de, de algún modo, tener un rol de sana autoridad moral frente a los demás. Pero si nos olvidamos de que solo Dios es dueño y si nos olvidamos de nuestra humildad existencial, terminaremos así, en una situación cuasi ridícula; en realidad nosotros somos más débiles: tenemos nuestras dudas, nuestras perplejidades, nuestros conflictos, nuestros temores. Podemos ser valientes frente a todo eso, podemos tener fortaleza frente a nuestras dudas, frente a nuestros conflictos, pero en última instancia somos más así, no somos Superman, somos más bien el antihéroe de las películas de Woody Allen, somos ese personaje aunque muchas veces no lo queramos reconocer, y por lo tanto, estamos lejos de pretender ser el dios del mundo y el gobernante absoluto del mundo, cuando, vuelvo a decir, Dios mismo, en tanto Cristo, jamás se erigió en gobernante absoluto, rechazó totalmente la tentación temporalista, su reino no es de este mundo e incluso a los reinos de este mundo les dijo: “El poder es servicio, no es dominación ni crueldad”, así que vuelvo a decir, ¿cómo puede ser que si Dios en tanto Cristo no se erigió en gobernante absoluto, nosotros sí lo pretendamos?  Pero también hay que tener en cuenta que las dictaduras más terribles surgen de una comprensible tentación, ¿qué nos dice la imagen tan enternecedora de una madre abrazando al niño? Lo que nos dice es que es una madre abrazando al niño, y ustedes van a decir: sí, ya lo dijiste, ¿y? Lo que nos dice esta imagen es que hay algún momento en nuestra existencia en la cual verdaderamente somos niños, y que hay una madre que nos tiene que tomar amorosamente en sus brazos, pero muchas de las más crueles dictaduras no surgieron con tanques invadiendo a Polonia, no fue ese el comienzo de las más crueles dictaduras, el comienzo fue una simple persona que empezó a decirle a las demás: yo las voy a proteger, el comienzo de las más crueles dictaduras fueron y siguen siendo personas que les dicen al resto: ustedes son niños, ustedes no son realmente adultos, ustedes necesitan mi protección, y nosotros cuando nuestro yo no está del todo firme, cuando no hemos tenido esa meditación, esa relación entre nuestra razón y la fe, cuando no hemos pensado desde nosotros mismos los valores más profundos de nuestra existencia, cuando en última instancia tenemos veinticinco, treinta, cuarenta años, pero seguimos siendo niños, entonces somos víctimas de los cantos de sirena del inicio de las dictaduras, que se inician así, suponiendo que el Estado es la madre, suponiendo que el Estado es la fuente nutricia de todas nuestras necesidades, como efectivamente lo es la madre con respecto al niño.  O sea podemos confundir al gobernante con un padre o con una madre, hay que tener cuidado, sobre todo aquellos países donde los presidentes son mujeres, de no confundirlas con madres, y aquellos países donde los presidentes son varones, igual: no es el padre, es un igual; no solamente es un igual, es un servidor, tiene un poder delegado. ¿Cómo se le ocurre sobrepasarse e invadir nuestras casas existenciales?  Entonces, esto es muy importante, siempre tenemos que decir desde un corazón cristiano y desde una razón liberal: no a la crueldad de las dictaduras, pero las dictaduras más crueles han comenzado por este engaño, por decir: yo, gobierno, te voy a proteger a ti, niño, y allí es donde tenemos que reaccionar firmemente y decir: no soy niño frente a ti, soy una persona que tiene derechos, y tú eres como mucho mi igual, no mi padre ni mi madre, así que esto es algo muy importante para decir no frente a las dictaduras.

Por lo tanto, de alguna manera el cristianismo ha significado este NO radical a la esclavitud, porque ¿cuál era el fundamento de la esclavitud?, ¿Acaso la crueldad sobre los esclavos?  No.  La mayor parte de los esclavistas decían: yo protejo a mis esclavos, mis esclavos están bien conmigo, están tranquilos, en paz, tienen comida, tienen ropa, tienen todo lo que necesitan.  Muchas veces ese fue el fundamento de la esclavitud, pero ese fundamento está radicalmente equivocado, porque tener una persona en una cárcel de oro es contradictorio con la naturaleza de la persona; no importa que el esclavo esté bien protegido, lo que le falta es su esencial libertad, esto es, su capacidad de decirle al otro: tú no eres mi dueño, solo Dios es el dueño; por lo tanto si vamos a trabajar juntos será en una relación de libre contrato, será una relación de diálogo, no en una relación de imposición, por lo tanto este NO a la esclavitud es uno de los frutos más importantes de la civilización cristiana y una de las más importantes confluencias con el fundamento de los derechos individuales frente al poder.

Por lo tanto, de alguna manera, también el corazón del cristiano y la razón del liberal van a decir NO a la pobreza de los pueblos, y por lo tanto, SÍ al mercado cuando nuestros razonamientos descubren que la economía de mercado es aquello que más puede hacer elevar el nivel de vida y cuando nuestra razón descubre que la economía de mercado es aquello a partir de lo cual hay mayores oportunidades para todos desde el punto de vista material, cosa no precisamente poco importante.  Muchos cristianos a veces se enojan enormemente y tienen razón, frente a la desnutrición, frente a las hambrunas, frente a la miseria generalizada, frente al subdesarrollo de los pueblos, pero entonces, lo que los liberales decimos, y lo que muchos cristianos pensamos por razón, no porque haya sido revelado, es que el mercado es la solución para esas situaciones tan terribles. La no confluencia entre estas dos cuestiones, la suposición de que más gobierno es lo que va a solucionar la pobreza es lo que sigue causando la pobreza más indigna de los pueblos. Este es un punto importantísimo.

Cuarto punto: ¿es posible, entonces, un mundo sin dictaduras ni pobreza?  A veces parece utópico, y efectivamente podríamos decir NO a la utopía, algo muy importante. Si suponemos que es posible un mundo sin dictaduras ni pobreza porque estamos yendo a una utopía, esto es, si suponemos que es posible un mundo absolutamente perfecto, donde la condición herida del corazón humano no afecte a la vida social, eso es totalmente imposible y muchas veces buscar las utopías, buscar el cielo en la tierra, conduce, la mayor parte de las veces, al infierno en la tierra, por eso Jesucristo dijo: “mi reino no es de este mundo”; presuponer lo contrario es presuponer una utopía que habitualmente ha generado mucha violencia y un infierno total y completo. Entonces, NO a las utopías, no puede haber sistemas sociales perfectos porque los seres humanos somos radicalmente imperfectos, pero sí puede haber un mundo mejor, no perfecto pero sí mejor, puede haber un mundo sin pobreza generalizada, sin dictaduras y un mundo mejor es un mundo en el cual, al respetarse las libertades individuales, nuestras ideas de alguna manera van generando ese mundo mejor, la confluencia entre el corazón cristiano y la razón liberal es una confluencia de creatividad, un mundo libre es un big bang de todas nuestras ideas llevadas a ser proyectadas. Todos los aparatos electrónicos que nos rodean han surgido de ideas, las ideas más fundamentales de la civilización occidental, como la división de poderes, la democracia constitucional, han surgido de la historia de las tradiciones acompañadas por ideas, de libros, de pensadores, ideas que luego promueven de alguna manera un mundo mejor. Todos los proyectos educativos, como por ejemplo este, han surgido de ideas y para llevar adelante esas ideas, lo que menos necesitamos es una cárcel de oro, lo que más necesitamos es una situación que respete nuestras libertades individuales, y en ese sentido es necesario pensar en una especie de liderazgo futuro, ¿qué quiere decir ello? No necesariamente las personas, en cuanto masas, van a aceptar estas ideas.  No, porque ya hemos dicho que lamentablemente a veces las masas son susceptibles a los engaños de las dictaduras y de las demagogias, lamentablemente no nos tenemos que asombrar de que haya millones y millones de personas aplaudiendo a quienes los están miserablemente pisoteando. Lamentablemente, no nos tenemos que asombrar de ello, pero si pensamos en todo esto que acabamos de decir, van a surgir líderes, que puedan de alguna manera mover educativamente la opinión de las personas; líderes, religiosos, educativos, económicos, muchos de ustedes tienen que tener la sana esperanza de ser esos líderes; no para ser Superman y para ser el rey del mundo sino para, de alguna manera, asesorar, enseñar, explicar estas ideas, estas confluencias de valores entre el corazón cristiano y la razón liberal.

Entonces, ojalá llegara un momento, y esto es muy importante, y es una idea que les doy, ojalá llegara un momento en que los líderes religiosos cristianos y los líderes liberales pudieran trabajar juntos por este mundo mejor; que no estén trabajando juntos es uno de los mayores dramas de Occidente en este momento: que se escupan los unos a los otros,  cuando tienen esa confluencia de valores, es una de las confusiones más terribles y lo que más está amenazando a la libertad política y lo que más está produciendo el subdesarrollo de los pueblos es que los líderes religiosos y los líderes que conocen acerca de la libertad política y la economía de mercado trabajen separados. Y esto lo dijo, de alguna manera, alguien que tal vez, van a ver porque lo digo, no fue cristiano, que fue Ludwig von Mises, al final de su libro El socialismo. Pero no voy hablar ahora de las teorías de Ludwig von Mises, voy hablar un poquito de su vida; la vida de Ludwig von Mises fue una vida de entrega, de fidelidad, total y completa, a sus ideas y a su vocación de enseñanza. Puso en peligro su propia vida en Europa cuando el nazismo amenazó a todos los que estaban en contra de él. Mises era judío de nacimiento, y liberal clásico; tenía sus días contados, tuvo que huir de Ginebra en 1940 por tierra hasta llegar a Portugal. Cuando sale el barco, no precisamente un crucero, que lo está llevando a Nueva York, dos días después llegan los nazis buscándolo con nombre y apellido.  Cuando a sus 60 años, entonces, llega a los Estados Unidos, casi nadie lo está esperando, ninguna Universidad le abre las puertas, no tiene ningún reconocimiento, está casi en la pobreza total, y unos pocos amigos le tienen que ayudar a financiar un humilde departamento de Nueva York en el cual siguió viviendo hasta el final de sus días. Y aun así Ludwig von Mises se pone a reescribir su obra fundamental, La Acción Humana; muchos de ustedes tal vez la van a tener que estudiar, pero cuando la estudien sepan que están estudiando el fruto de  una convicción, de un sacrificio, de una tenacidad que yo me pregunto en tanto cristiano si las semillas del Verbo, como decimos muchas veces, si de algún modo la gracia de Dios no inundó esa vida y si por lo tanto tal vez sin saberlo él y sin saberlo nosotros era mucho más cristiano de lo que nos decimos a nosotros mismos cristianos.  Es una figura heroica, pero fíjense que interesante el regalo de la providencia.  ¿Dónde están ustedes?  Están en la Universidad Francisco Marroquín.  La Universidad Francisco Marroquín fue fundada por Manuel Ayau cuando Ayau tuvo consciencia de estas ideas – Mises y Hayek – y decidió fundar una institución educativa para promover estas ideas, pero acá tenemos una especial acción de la providencia.  Ludwig von Mises, en Nueva York, finalmente logró tener un seminario cada quince días, donde tuvo muchos discípulos, uno de ellos, que lamentablemente muchos de ustedes ya no van a conocer, pero que los más grandecitos hemos conocido, uno de ellos, discípulo de von Mises, fue alguien muy especial, no sé si decir importante, no sé si le cabe esa palabra, muy especial.  Miren, yo nunca tuve en mi vida la experiencia  de conocer un santo directamente; admiro mucho a Santo Tomás de Aquino, a San Agustín, a San Francisco, a Fray Martín de Porres, y estoy seguro que estoy rodeado de santos, pero todavía no lo sé, pero cuando conocí a esta  persona en 1988, dije: acá hay algo que huele a Dios, de manera directa, así que cuando nos hemos preguntado si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal, en esta universidad hemos tenido alguien que fue discípulo directo de Ludwig von Mises, que obtuvo su doctorado con Ludwig von Mises, que era salesiano con votos religiosos y que fue uno de los cristianos más santos que todos nosotros hemos conocido y que murió el año pasado; estoy hablando, por supuesto, de Joe Keckeissen.   Así que si necesitamos saber teóricamente si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal, acá tenemos un testimonio viviente.   Los que lo han conocido a Joe, díganme, ¿acaso coaccionaba, juzgaba, molestaba?  ¿No era sencillamente un cristiano que daba su vida a los demás, era afable, dialogaba, no juzgaba, como hemos dicho antes? ¿No fue un ejemplo de vida cristiana, y al mismo tiempo, qué materia enseñaba? Filosofía de Mises. ¿Qué líder religioso es capaz de decirme que Joe Keckeissen fue un hereje, quién se atreve a decirme eso?  El que se atreva a decirlo, que lo conozca, que sea capaz de ver lo que fue esta vida cristiana y al mismo tiempo comprometida con las ideas de la economía de mercado y el liberalismo clásico y una vida cristiana, entre comillas, en serio, pero que no se vanagloriaba de sí mismo, no caminaba por allí como muchos cristianos diciendo: acá estoy yo, el perfecto y tú allí abajo.  ¿Acaso Joe Keckeissen era así?  Muchos de los que están aquí me pueden decir: radicalmente no.   Era el humilde entre los humildes, era el caritativo entre los caritativos, era el dialogante entre todos los dialogantes, era un buen cristiano.  Así que la pregunta sobre si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal, no solamente es teoréticamente afirmativa, sino que hemos tenido por regalo de la providencia un ejemplo viviente en nuestra casa de que verdaderamente se puede, pero además fíjense el enclave de la providencia divina.   La Universidad fue fundada por Manuel Ayau inspirado en Mises, Hayek, etcétera, y Manuel Ayau llamó a Joe Keckeissen para que diera clases, que era discípulo de von Mises, así que de alguna manera en este enclave de vida y de circunstancias vemos a la providencia de Dios.  Así que dado todo lo que acabamos de decir, esta pregunta  la tenemos de alguna manera contestada.  Sí, se puede. Se puede pero no porque haya una confusión entre religión y política, no porque sean lo mismo, sino porque hay valores compartidos, desde la razón y desde la fe, valores que constituyen lo esencial de esta civilización occidental, que tiene un valor para ser compartido por todos los seres humanos, el respeto a la persona en tanto persona, la no invasión de otro, el respeto absoluto a su condición de persona, como hizo Cristo, que está en la cruz, no para juzgar, no para condenar, sino para salvar en libertad.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.