El impuesto y la distribución de la riqueza

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2020/05/el-impuesto-y-la-distribucion-de-la.html

 

Las sociedades antiguas estaban divididas en su mayoría en castas o clases sociales, y se impedía férreamente pasar de una casta a la otra y todo ello por disposición de las leyes dictadas por los gobernantes y no por los «ricos» en abstracto. Todo eso aseguraba a los líderes políticos el poder económico, impidiendo a las castas inferiores subir de peldaño. El nacimiento dentro de una determinada casta o clase determinaba toda la vida económicamente, y así, era posible de antemano saber quién viviría como rico y quien como pobre. Situaciones todas estas que recién terminan con el advenimiento del capitalismo en el siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en Europa y Estados Unidos.

«Contrariamente, existieron épocas en que los favorecidos de la fortuna y del favor del gobernante, estaban eximidos de costear los gastos de la administración pública, como un privilegio graciosamente otorgado por los autócratas y así, mientras la clase alta por privilegio, y la baja, por carencia de bienes, no contribuían a las cargas fiscales,, hete ahí que un sector generalmente pequeño de clase media, era el único que trabajaba empeñosamente para que el socio gratuito que poseía, el Estado, se quedara con la mayor parte del fruto de sus esfuerzos.»[1]

Eran favorecidos de la fortuna, porque -primero- habían sido favorecidos del favoritismo del gobernante. En la cita se invierten «los términos de la ecuación». Pero ese privilegio que otorgaba el gobernante no era gratuito como parece presumir el autor. Toda prerrogativa siempre era concedida a cambio de otra cosa, y no por simples simpatías que podía haberlas, pero eran excepcionales.

Con todo, es cierto que existieron esas épocas, tal como sucede en la actual, sólo que la nobleza ha sido reemplazada por empresarios prebendarios y allegados al partido político al mando, que consiguen beneficios del poder de turno, aun así, son pocos. Pero nadie de salva de tributar, porque el gobierno tiene hoy más herramientas que ayer para conseguir que nadie escape al impuesto. Simplemente, el impuesto reviste actualmente formas tan variadas y diferentes a las que tenía en la antigüedad que la mayoría de las veces pasan inadvertidas. Pensemos, por ejemplo, en la inflación, el tributito -quizás- más letal de todos, al presente ampliamente utilizado por la mayoría de los gobiernos mundiales. Impuesto que no es nuevo, ya lo practicaban los gobiernos de la antigüedad, circunstancia que parece que el autor ignora.

Es cierto que en este momento hay una elite que no tributa (al menos directamente que no indirectamente) pero ella pertenece casi con exclusividad al elenco gobernante que -comparativamente- es muy reducida al resto de la población. Lo que ha cambiado es el tamaño de la mal llamada «clase media» que actualmente es mayor a la de las dos «clases» restantes («alta» y «baja»).

En el presente, el gobierno («estado» para el autor) es socio gratuito de todas las «clases sociales», si es que puede hablarse de tal cosa como de «clase social», dado que en el capitalismo no existen «clases sociales» sino individuos.

«Este problema de hacer incidir la carga fiscal sobre el mayor número de habitantes, de modo que aquellos que más poseen afronten las mayores responsabilidades, pero sin excluir a los que poseen poco, constituye una de las ciencias más sutiles de las finanzas modernas y puede decirse que en ello radica la felicidad de los regímenes políticos y de sus habitantes.»[2]

Un párrafo pletórico de ignorancia es el de arriba. Toda carga fiscal alcanza indefectiblemente a todos los que viven en el lugar donde la ley impositiva ha sido dictada, por lo tantas veces dicho: el impuesto descapitaliza, ataca el ahorro, desalienta la producción, reduce los salarios reales y -consiguientemente- aumenta la cuota de pobreza. Cuanto más se les quita a los que más poseen más pobres se vuelven los que nada poseen. Los que tienen poco podrán no pagar directamente, pero lo harán indirectamente vía un menor consumo, por un doble factor: el impuesto al aumentar los costos de producción, reducirá la oferta de bienes, además de mermar el poder adquisitivo de los salarios más bajos. El jurista ignorante de la economía no puede advertirlo. Sencillamente no lo ha estudiado. Y por ello, se limita a repetir el dogma socialista. Las finanzas «modernas» difieren poco de las antiguas en cuanto a sus métodos, y en cuanto a sus fines lar arcas estatales son infinitamente más ricas que las antiguas.

«Pero digamos que la distribución del impuesto no se limita a esto: a subvenir más o menos científica y cuerdamente las necesidades del Estado, sino que cumple una altísima función de equilibrio al tomar intervención, de una manera indirecta por cierto, en la distribución de la riqueza de los habitantes. Esta es quizá la misión trascendental que el legislador asume, restringiendo las excesivas utilidades de algunos en beneficio de todos, limitando a cierto máximo las posibilidades de beneficiarse integralmente con el producto de las especulaciones que cada persona asume según su capacidad, el monto de su fortuna, la cuantía de los negocios y hasta el factor del azar.»[3]

Sigue el ignorante en economía haciendo, con absoluto desparpajo, exhibición de su ignorancia supina en temas económicos. No cuestiona el impuesto sino su distribución, cuando el problema no es esta sino la existencia misma del tributo. Habla -otra vez- de «necesidades» del «estado» cuando ya demostramos antes que esto es un mito, o dos mitos en realidad; el primer mito es el «estado» como ente vivo y orgánico con «inteligencia» y «voluntad» propias (a lo que ahora le agrega «cordura»), y el segundo es que, algo que no existe en el mundo físico pueda tener «necesidades». Es decir, este autor construye frases en torno a una mitología.

Ignora, por tanto, que la distribución de la riqueza no es función del «estado» sino del mercado, y que es este y no el gobierno el que cumple dicha actividad equilibradamente, conforme a sus propias leyes económicas, que difieren de las leyes que dicta el burócrata.

[1] Mateo Goldstein. Voz «IMPUESTOS» en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

«El problema de los argentinos es cultural»

Por Belén Marty: Publicado el 6/3/16 en: http://cadenaba.com.ar/nota.php?Id=35366

 

¿Se acuerdan de esa publicidad que salió al aire en todas las teles del país en 2010 en la que dos hombres charlaban en un bar que en Europa si tirás un papel a la calle te dicen que lo levantes y el otro le contesta que era un tema cultural? Eso mismo me vino a la cabeza hace unos días cuando arranqué a seguir la telenovela de Canal 13 «Los ricos no piden permiso».

Mas allá de mi poca o nula experiencia en critica de series televisivas hubo una serie de condimentos (por así decirlo) que me llamaron la atención. En primer lugar, haber caído en el lugar común de «los ricos» versus «los pobres». El «tema cultural» acá es la esterotipación de los ricos como las personas poderosas, siniestras, maquiavélicas, dispuestas a todo y los pobres como las personas que han sido encasilladas a permanecer bajo las sombras de tales personas sin escrúpulos.

La noción misma de ricos y pobres refiere al concepto de «clases sociales». Las personas no deberían encasillarse en clases sociales, en este concepto marxista de «clase» que entendía (o entiende) a que las clases sociales burguesas y proletarias tienen estructuralmente diferencias lógicas.

Esta concepción marxista de clases sociales es utilizada por líderes de opinión, periodistas, expertos en diferentes áreas de marketing, finanzas o administración. El léxico que utilizamos define nuestro universo de pre comprensión. Las palabras que usamos son clave para entender cómo definimos nuestra realidad.

Jorge Luis Borges decía en 1973: «Yo creo que solo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales, son meras comodidades intelectuales». El concepto de clases sociales está arraigado en la idea de cuánto ingreso recibe cada «clase social».

En el programa previamente mencionado los ricos son los «privilegiados» dando a entender que, por lo general salvo excepciones, los ricos han adquirido su preciado patrimonio por medio de prebendas. Son los «buitres». Sin embargo, la realidad es bastante opuesta: Argentina está repleta de empresarios honestos y trabajadores que se ganaron la buena vida en buena ley.

Por supuesto, cuanto más abierto y libre es el mercado, mayor es la dificultad de que personas en situación de privilegio (cerca del poder) consiga favores políticos y aumente su riqueza por izquierda. Cuanto más transparente es el sistema comercial, cuantas menos trabas al comercio imponga un gobierno, mayor será la certeza de que triunfen aquellos que mejor servicio ofrezcan.

Aparece por debajo de la superficie también el hecho que los únicos que realmente trabajan son «los de la clase trabajadora» dejando de lado el trabajo realizado por los empresarios y como si ellos no fueran, realmente, verdaderos trabajadores.

¿No hay honor acaso en poner en riesgo el propio capital para invertir en un proyecto? ¿No hay honor en ser el primero en afrontar la quiebra en el caso de que la iniciativa no funcione?

Si bien esto no se vislumbra en la serie del Canal 13 es harto común escuchar expresiones en los medios de comunicación que defienden a los pequeños comercios y no a los grandes, como si estos no merecieran respeto o simplemente los pequeños no quisieran ser grandes al aumentar sus ventas.

Personas malvadas y personas honorables encontramos en todos los barrios, en todos los trabajos y empresas y en todos los países. No se trata de permanecer a una mal llamada clase social (en realidad, de obtener cierto grado de ingresos) sino de realizar el trabajo con dignidad y honradez.

Las personas de bajos ingresos pueden salir adelante con educación, trabajo y condiciones adecuadas que incentiven mejores condiciones de vida.

La riqueza, un poco contrariando la idea detrás de esta nefasta serie televisiva, no está fija. No es un juego de suma cero que si el rico tiene plata, el pobre por ende no tienen nada. La riqueza puede crearse y agrandarse constantemente.

Ahora el presidente Mauricio Macri tiene el visto bueno de la gente dado por la gradual devolución de ganancias, otros beneficios anunciados y el comienzo de clases. Pero este trampolín cortoplacista que tiene el mandatario en este momento necesita de un cambio cultural que vea con buenos ojos los emprendimientos, el trabajo de los empresarios y que entiendan que porque muchos tengan mucho no significa que muchos tengan poco.

La responsabilidad para que ello suceda es de todos nosotros.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.