Al Cesar lo que es del Cesar y a los argentinos el dólar

Por Gabriel Gasave. Publicado el 14/5/18 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2018/05/al-cesar-lo-que-es-del-cesar-y-a-los-argentinos-el-d%C3%B3lar-dolarizacionya.html

 

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Argentina debe ser uno de los pocos lugares del planeta donde junto con la hora, la temperatura y la humedad, cada media hora los noticieros radiales informan sobre la cotización del dólar. Esta extenuante inquietud por conocer el precio de la divisa estadounidense se origina en décadas de descalabros monetarios y económicos que han hecho que los argentinos la escogieran como unidad de cuenta de sus actividades en el mercado y refugio de valor a la hora de pensar en su futuro.

Así como hay individuos que admiten no ser buenos para la práctica de algún deporte, las matemáticas o la poesía, el gobierno argentino debería reconocer su incapacidad durante más de medio siglo en ofrecer a la sociedad el servicio de una moneda de calidad y, en un acto de sinceramiento, permitir que la misma utilice de ahora en más aquella que espontáneamente ha escogido hace tiempo: el dólar.

¿Y si eliminásemos el tipo de cambio?

Para terminar con esta suerte de síndrome del tipo de cambio, proponemos la eliminación del peso y el correspondiente canje de todas las existencias individuales de dicha moneda por dólares.  Así, los recursos, el tiempo y la energía que involucra la endémica preocupación por el nivel de la verde divisa podrían ser utilizados en ofrecer mejores bienes y servicios lo que redundaría en un mayor nivel de vida para todos, los precios se expresarían en una moneda de común y voluntaria aceptación en el mercado, se terminarían las cíclicas transferencias de ingresos entre deudores y acreedores, las importaciones y exportaciones se equilibrarían en función de la relación precios internos-precios externos  -no dependiendo más de artilugios monetarios, que según el burócrata de turno incentivan unas y desalientan otras-, y en definitiva los ciudadanos contaríamos con un medio de cambio útil para planificar nuestras vidas.

Creemos que la mayor resistencia a una medida como la que desde aquí proponemos, provendría no  tanto de la población, cuya preocupación central radica en preservar el poder adquisitivo de sus ingresos,  sino de la llamada clase dirigente que de esta forma perdería el instrumento monetario, tal como suelen llamarlo,  como medio de financiar sus gastos fiscales, debiendo a partir de entonces tener que dar la cara a través del  cobrador de impuestos cada vez que deseen realizar algún nuevo despilfarro.

Por supuesto que no faltarán quienes sostengan que la eliminación de la moneda nacional representaría una vejación para el país, una pérdida de la soberanía nacional y un menoscabo para con su identidad y para con el “ser nacional”, además de un sometimiento al extranjero. Este tipo de manifestaciones y de frases huecas, que ni sus mismos expositores saben bien que significan, denotan un desconocimiento absoluto sobre el rol que una moneda tiene en la sociedad.

El dinero es un servicio que espontáneamente las comunidades comenzaron a prestarse a efectos de librarse de todos los inconvenientes que el sistema de trueque o cambio directo representaba, y como a todo servicio, lo peor que puede ocurrirle es convertirse en un monopolio estatal.

La moneda no es otra cosa que un medio de pago, que permite agilidad en las transacciones y el desenvolvimiento de economías complejas. Ninguna relación le cabe con la soberanía nacional. La única soberanía que debe preocuparnos es la de cada uno de los ciudadanos de la puerta de calle hacia adentro, la que en el caso que nos ocupa, se garantizaría a través de la preservación de sus patrimonios y de su poder de compra a lo largo del tiempo. Viene al caso recordar que la Venezuela chavista es un país muy soberano, mientras que sus habitantes sobreviven en él como cucarachas.

Este sería un primer paso tendiente a lograr que con el tiempo, a partir de que la gente observe que en realidad más allá del color, no hay en esencia una gran diferencia entre el papel moneda estadounidense y el peso nacional -salvo por supuesto, una mayor moderación en la oferta del primero-, se abra el mercado a la competencia monetaria y seamos los consumidores los que en definitiva realicemos nuestra elección, recordando lo que en infinidad de ocasiones solía repetir el profesor Hans F. Sennholz: dejar nuestra moneda en manos de los gobiernos, es como dejar nuestro canario en manos de un gato hambriento.. ¡Ya sabemos lo que le va a ocurrir!.

 

Gabriel Gasave es investigador para el  Center on Global Prosperity del The Independent Institute. Se graduó de Abogado en la Universidad de Buenos Aires, estudió Ciencias Políticas en Lock Haven State College en Pennsylvania, Y realizó una maestría en Economía y Administración en ESEADE. Ha sido secretario académico  de ESEADE.

Nada más injusto que la justicia social

Por Gabriel Gasave. Publicado el 14/3/14 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2014/03/nada-m%C3%A1s-injusto-que-la-justicia-social.html

 

Que América Latina es una de las regiones más postergadas del planeta no es nada nuevo. Tampoco lo es el hecho de que la brecha entre pobres y ricos en la región cada día se está ampliando más y más. Décadas de estatismo y clientelismo político lo único que han logrado es que está situación sea cada vez más grave y notoria. Sin embargo, desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego se sigue insistiendo en la necesidad de que los gobiernos jueguen un rol preponderante en la tarea de tornar más justas y equitativas a nuestras sociedades.

Una vez más, nuestros caciques políticos hacen hincapié en que los ajustes de las economías regionales no deben traer aparejado un nuevo sacrificio para los sectores más desprotegidos de la sociedad.

Gran parte de la opinión pública coincide con ello y ruega por la puesta en práctica de la vieja idea de la redistribución de ingresos, creyendo que si se pone a la solidaridad en manos de esos iluminados burócratas, la condición de la gente va a mejorar-como si la situación actual de nuestros paupérrimos conciudadanos no fuese una muestra de lo que sucede cuando la solidaridad es colectivizada.

Por ello, resulta imperioso analizar qué idea económico-filosófica se encuentra detrás de las políticas redistribucionistas, aglutinadas hoy día bajo esa contradicción en términos que se ha dado en llamar la justicia social.

Repartiendo el pastel

Existen básicamente dos concepciones acerca de la riqueza y de la forma en que la misma debería ser distribuida en la sociedad.

1) La altruista-colectivista, actualmente predominante entre la opinión pública y la llamada clase dirigente. La misma sostiene que: a) Dada una cantidad de riqueza determinada, lo que debemos hacer respecto de ella es ver de qué manera la vamos a repartir, a redistribuir entre todos nosotros; b) Nadie se cuestiona en esta posición respecto de cómo surgió esa riqueza, ni de quiénes fueron los que contribuyeron a su concreción. Tan solo se preocupan por ver cómo hemos de repartirla; y c) Finalmente, esta postura considera además a la riqueza como algo estático, como lo sostenían los mercantilistas en el siglo XVII. Al ser ese “pastel” algo estático, siguiendo con este punto de vista colectivista, si alguien obtiene una porción más grande del mismo va a ser en desmedro de algún otro que ha recibido una más pequeña.

La sociedad se convierte así en una especie de “Juego de Suma Cero,” en el cual lo que uno gana es lo que otro ha perdido. Es ante esta injusticia, sostienen sus defensores, que el gobierno debe utilizar la totalidad de sus medios a fin de que todos reciban una idéntica tajada.

2) La otra posición sobre el particular, es la que tiene lugar en una sociedad libre y a la que podríamos sintetizar de la siguiente manera:

a) Siguiendo con la metáfora del “pastel,” el mismo no tendría límites, y nunca terminaría de estar “cocinado,” pues ese día pondríamos fin a la evolución de nuestra especie y comenzaríamos nuestro regreso a la época de las cavernas.

b) La riqueza no nos viene dada, sino que debe ser creada a través del proceso de mercado. Permanentemente les escuchamos decir a nuestros petulantes mandatarios que Latinoamérica es una región naturalmente rica, con amplias y fértiles extensiones de tierra y abundantes recursos naturales. Esto es cierto, pero no suficiente.

Hoy día la riqueza está dada fundamentalmente por el hecho de contar con cosas tales como computadoras, satélites de comunicaciones, fibra óptica, etc., y todo ello requiere esencialmente de un previo proceso de acumulación de capital para su realización, proceso al que nos hemos empecinado en atacar y destruir en aras de la “Soberanía Nacional” de manera sistemática desde hace ya muchísimos años, a través de toda una gama de artillería intervencionista, de la destrucción de varios signos monetarios y de una presión fiscal agobiante.

c) En una sociedad libre, cada uno recibirá de ese “pastel” en función de cómo haya contribuido con sus recursos y su esfuerzo personal en su elaboración. Esto es a lo que Ulpiano se refería al definir a la justicia como un “darle a cada uno lo suyo”, principio nada atractivo para los parásitos que aspiran a vivir de sus semejantes productivos y que pregonan que “a cada cual según su necesidad” en lugar de la racional “a cada cual conforme su capacidad”.

Cuando el robo se vuelve legal

Bajo un sistema de genuino laissez faire, la única alternativa que tiene cada uno de nosotros a fin de subsistir y de progresar es la de atender de la mejor manera posible las necesidades del mercado, es decir, de nuestros semejantes. Por supuesto que contamos con otra posibilidad para alcanzar dichos objetivos: robar. Este camino podría adoptar dos modalidades básicas. Hacerlo revolver en mano, lo que no solamente no es elegante y trae aparejado el descontento de nuestras víctimas, sino que además puede conducirnos a la cárcel; o realizar el saqueo de una manera mucho más sutil y menos riesgosa, logrando que el gobierno robe por nosotros.

Todo aquel que goza de un subsidio, de una exención fiscal, de una protección arancelaria, de un monopolio concedido por ley, etc., se está beneficiando en desmedro de todos nosotros, es decir nos está robando, con la ventaja de que ese acto, a todas luces ilegítimo, goza del amparo de la ley.

¿Justicia Social o Zoocial?

Ese saqueo legalizado es el corazón de las políticas que tienen por objeto redistribuir ingresos o de justicia social. Con esta expresión suele ocurrir algo parecido a lo que sucede con aquellos que creen haber presenciado un fenómeno ovni: se la pasan hablando de él, pero no pueden precisar realmente de qué se trata. Con la justicia social ocurre otro tanto. No hay dirigente político, sindical o eclesiástico que no deje de apabullarnos hasta el hartazgo con la necesidad de alcanzarla. Ahora bien, en cuanto uno los interroga acerca de su real significado y de qué aspectos de la misma la convertirían en más loable que la mera justicia, no se obtiene respuesta alguna.

Si concordamos en que lo justo es “darle a cada uno lo suyo” y observamos como las políticas de justicia social le quitan a unos lo que les es propio, para darle a otro lo que no le corresponde, ni le pertenece, notamos entonces que estamos ante una clara injusticia.

Podemos concluir, que no hay nada más injusto que una buena justicia social, la que no es otra cosa que ponerle un nombre sofisticado al viejo acto de robarle al prójimo, motivo por el cual, a nuestro juicio, más que social debería denominársela “zoocial”, en virtud de que nos trata a todos como animales de sacrificio para los fines de terceros.

El ser humano es un fin en sí mismo, mientras que la justicia social nos considera a cada uno de nosotros como un mero medio para los fines de los demás, como “carne de cañón” que debe ser sacrificada en aras de la tribu o de ese engendro imposible de definir llamado “bien común”.

Primera del singular

Al sostener una posición como la descrita, no es extraño que alguien nos cuestione acerca de qué sucederá con los pobres y los necesitados en una sociedad libre. ¿Qué vamos a hacer por ellos?

Aquí es precisamente donde radica el error. No se trata de qué vamos a hacer, sino de ver qué voy a hacer YO por los necesitados (si es que entre mis valores se encuentra el hecho de brindarles mi ayuda.)

Debemos comprender de una buena vez que tanto la solidaridad como la caridad son actos esencialmente individuales y libres, imposibles de ser colectivizados sin perder su esencia. Yo soy solidario o caritativo cuando voluntariamente me desprendo de algo que me pertenece (si me roban con la excusa de ayudar a un tercero, ni yo, y mucho menos el ladrón, estamos siendo solidarios, y si además se hace demagógica propaganda del hecho, el mismo se convierte en una verdadera burla al supuesto beneficiario).

Debe entenderse que la única obligación que debería sernos impuesta para con nuestros semejantes es la de no molestarlos, ni inmiscuirnos en el ámbito de su libertad. Todo lo demás que deseemos hacer con y para ellos, debería quedar librado exclusivamente a decisiones personales y voluntarias.

Para cerrar estas reflexiones, nada me parece más adecuado que acudir a los argumentos que la Sra. Ayn Rand expone en una de sus obras:

“La próxima vez que usted se encuentre con uno de esos soñadores ‘inspirados por el bien público’, que le espete con rencor que ‘ciertas metas muy deseables no pueden ser alcanzadas sin la participación de todos’ dígale que, si no puede obtener la participación voluntaria de todos, será mejor que esa meta permanezca sin ser alcanzada- y que las vidas humanas no le pertenecen, ni tiene derecho a disponer de ellas. Y, si lo desea, déle el siguiente ejemplo de los ideales que pretende. Es posible para la medicina quitar las córneas de los ojos de un hombre inmediatamente después de su muerte y transplantarlas a los ojos de un hombre vivo ciego, devolviéndole así, en ciertos tipos de ceguera, la vista. Esto, de acuerdo con la ética colectivista, presenta un problema social.¿Debemos esperar a que un hombre muera para quitarle los ojos cuando hay otros hombres que los necesitan? ¿Debemos considerar los ojos de todos como propiedad pública y proyectar un método de distribución justo? ¿Estaría usted de acuerdo en que se le quite a un hombre vivo un ojo para dárselo a un ciego e ‘igualar’ así a ambos, NO? Entonces no continúe bregando por cuestiones relacionadas con ‘proyectos públicos’ en una sociedad libre. Usted conoce la respuesta. El principio es el mismo”.(La Virtud del Egoísmo- Éticas Colectivizadas. p.20.)

Tras largas décadas de haber sistemáticamente atacado la generación de riqueza, nuestros mandatarios deberían añadirle algo de sentido común a sus ya conocidas nobles y buenas intenciones. Deberían percatarse de que la solución no pasa por el hecho de terminar con los ricos sino por ampliar su número.

 

Gabriel Gasave es investigador para el  Center on Global Prosperity del The Independent Institute. Se graduó de Abogado en la Universidad de Buenos Aires, estudió Ciencias Políticas en Lock Haven State College en Pennsylvania, Y realizó una maestría en Economía y Administración en ESEADE. Ha sido secretario académico  de ESEADE.