Estados Unidos ya no está solo en el centro del escenario internacional

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 14/11/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2087019-estados-unidos-ya-no-esta-solo-en-el-centro-del-escenario-internacional

 

El presidente norteamericano, Donald Trump, acaba de completar una extensa gira por Asia en busca del apoyo necesario para transformar a la península de Corea en una zona libre de armas nucleares. No obstante, las posibilidades inmediatas de alcanzar ese objetivo parecen remotas. ¿Por qué? Ocurre que la influencia norteamericana en el mundo ya no es lo que fuera. Estados Unidos no está solo en el centro del escenario, sino acompañado por China y Rusia.

Si Donald Trump no encuentra apoyo para su objetivo, la confrontación entre los Estados Unidos y Corea del Norte continuará y seguirá siendo una pulseada entre David y Goliat, en la que un Goliat que luce desconcertado no encuentra la forma de ganarla.

Los grandes objetivos de política exterior norteamericanos, más allá del caso de Corea del Norte, no están siendo acompañados por la comunidad internacional. El mejor ejemplo es quizás el de Siria donde, en tiempos del presidente Barack Obama,Estados Unidos definió que el régimen del Clan Assad debía dejar el poder si utilizaba armas químicas contra su pueblo. Lo hizo reiteradamente y, a pesar de ello continúa fortaleciéndose en función del intenso apoyo militar y diplomático que recibe de Irán y Rusia. A lo que cabe agregar que fue el propio Congreso de los Estados Unidos el que -en los hechos- negara al presidente Obama la posibilidad de actuar militarmente luego del horrible crimen cometido por las autoridades sirias.

Por muchos años Estados Unidos siguió el consejo del presidente Teodoro Roosevelt, esto es el de “hablar suavemente”, pero con un amenazante “palo grande” en la mano. Y lo hicieron funcionar. Hoy el presidente Trump habla con dureza, pero pocos creen en su capacidad real de poder presionar para imponer sus criterios.

A la evidente pérdida general de influencia en el escenario internacional, Estados Unidos agrega otra dura realidad: está empantanado en Irak y Afganistán. También, aunque en alguna menor medida, en la propia Siria. Esos conflictos, dos de los cuales se arrastran desde hace 15 años, han costado miles de vidas y trillones de dólares al pueblo norteamericano.

La presencia de Donald Trump en el mundo de hoy está lejos de ser la que en su momento tuvieran presidentes como Eisenhower, Reagan o los dos Bush. Esta es la nueva realidad, más allá de la retórica.

Mientras tanto, Rusia ha asumido una política desafiante y hasta belicosa, instalada -ella también- en el centro del escenario internacional.

China -por su parte- anuncia que ya está compartiendo el liderazgo internacional con los Estados Unidos y agrega que, en tres décadas más, seguirá haciéndolo, aunque sola.

Corea del Norte probablemente será, pronto, una potencia nuclear más, con todo lo que esto significa para un país con un liderazgo megalómano y poco confiable.

En paralelo, Occidente tampoco es lo que era. Europa está dividida y debilitada, mirando más bien a su propio ombligo, enfrascada en conflictos estériles, como el provocado desde Cataluña. Quizás por esto Turquía ya no ambiciona acercarse íntimamente a la Vieja Europa, como si de pronto el altivo espíritu otomano estuviera de regreso, apuntando a su propia región.

Frente a este panorama, Estados Unidos parece estar cada vez más alejados del complejo contexto que los rodea. Y éste no es ciertamente un cambio menor. Es una señal de que su influencia está debilitándose.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El presidente iraní, Hassan Rohani, logra ser reelecto

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 25/5/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2027247-el-presidente-irani-hassan-rohani-logra-ser-reelecto

 

El presidente iraní, Hassan Rohani, un clérigo relativamente moderado de 68 años de edad, acaba de triunfar en las recientes elecciones presidenciales iraníes y obtuvo un segundo mandato de cuatro años. Su triunfo era previsible. Desde 1981, ningún presidente iraní había fracasado en el intento de ser reelecto.

Rohani recibió el 57% de los sufragios. Una mayoría absoluta, entonces. Su principal rival, el también clérigo -aunque conservador- Ebrahim Raissi, de 59 años, con sus propuestas populistas logró un 38% de los votos.

En este segundo intento, el presidente Rohani recibió cinco millones más de votos que cuando, en el 2013, se impusiera en su primera oportunidad, lo que parecería ser una señal de aprobación a su gestión.

La participación electoral iraní creció. Esta vez fue del 73% de quienes estaban habilitados para votar. Ese es un alto grado de participación ciudadana. Hablamos de algo más de cuarenta y un millones de votos, sobre unos 56 millones de iraníes habilitados para sufragar.

Su adversario, que compitió endosado abiertamente tanto por la oligarquía clerical que domina a Irán como por la poderosa Guardia Revolucionaria, obtuvo unos quince millones de votos a su favor.

La campaña fue dura. Ambos bandos se cruzaron acusaciones de corrupción, fenómeno deplorable que también anida en el escenario iraní, pese a su lustre religioso.

Se espera ahora que el reformista Rohani -apoyado por la clase media y por las mujeres de Irán- pueda continuar con su programa de (i) paulatino acercamiento al mundo exterior; (ii) lenta apertura de una economía controlada por el Estado, que por el exceso de intervencionismo ha estado estancada desde el año 2011; y (iii) continuo avance con su tímido programa de liberalización política. Además, es posible que bajo su mandato Irán no aumente significativamente su velado pero peligroso apoyo al terrorismo y a los movimientos extremistas de Medio Oriente.

Ello pese a que lo cierto es que todo en Irán está sujeto a lo que finalmente decida el líder espiritual del país, Ali Khamenei, quien en la reciente elección presidencial iraní apoyó al perdedor Raissi, que decía pertenecer a una “nueva generación” de líderes religiosos aferrados a los principios duros propios de algunos clérigos iraníes desde que naciera la actual teocracia. El mencionado Khamenei es, en los hechos, la más alta e indiscutida autoridad política y religiosa en el patológico esquema de gobierno de la teocracia iraní.

Raissi, recordemos, fue Fiscal de Estado y, como tal, de alguna manera ha sido responsable de la ola de ejecuciones de miles de iraníes disidentes que tuviera lugar a fines de la década de los 80. Lo que, por cierto, no lo ayudó electoramente. Pese a lo cual, Raissi procura constantemente mantener intactas las que cree son sus posibilidades de eventualmente ser designado sucesor del antes mencionado líder espiritual, el Ayatollah Khamenei.

Los clérigos conservadores iraníes han sufrido una segunda derrota electoral, que sugiere que su influencia política sigue disminuyendo pese a que mantienen el timón del país férreamente en sus manos. Tanto en lo político, como en lo económico. Por ello, la victoria contundente de Rohani le permitirá -en su momento- influenciar en la eventual designación del sucesor de Ali Khamenei, que lidera a Irán desde 1979, pero que ya tiene 78 años.

Durante la campaña, el presidente Rohani prometió seguir empeñado en la liberación de los dos populares líderes reformistas que los clérigos duros mantienen aislados y en un arresto domiciliario que se extiende desde el 2011: Mir Hossein Moussavi y Mehdi Karroubi. Hasta ahora, sin embargo, sus esfuerzos han sido totalmente inútiles. Retóricos, solamente.

En su pasada gestión, el reelecto presidente Rohani logró aumentar un poco la flexibilidad social y religiosa de su país, así como bajar significativamente la desbocada tasa de inflación que azotaba a su economía. Pudo también reanudar las exportaciones de petróleo, tras el levantamiento de algunas de las sanciones económicas impuestas a Irán por la comunidad internacional. Pero -en buena medida, por el esquema de poder con una suerte de “doble comando” propio de los iraníes- no ha podido resolver el tema del desempleo, que afecta nada menos que a un 26% de la fuerza de trabajo iraní. Ni disminuir la pobreza extendida. Ni reducir las grandes desigualdades sociales. De allí la disconformidad de muchos.

Para Rohani será importante poder abrir un canal de comunicación con el presidente norteamericano Donald Trump. Muy particularmente respecto del levantamiento de las sanciones que aún penden sobre su país. Esto es de aquellas que no están vinculadas con el acuerdo nuclear cerrado con la comunidad internacional del 2015, que ha sido descalificado reiteradamente por un agresivo Donald Trump durante la campaña que lo llevara a la presidencia de su país.

Previsiblemente, ese esfuerzo no será simple. Como lo evidencia el primer viaje al exterior del presidente Trump que, de inicio, lo llevó a Arabia Saudita a suscribir un enorme acuerdo militar bilateral “para hacer frente a las amenazas iraníes” y a sus “malas influencias” y “amenazas”, al decir del Secretario de Estado Rex Tillerson, quien, además pidió expresamente a Irán “desmantelar su red terrorista” y poner fin a sus ensayos misilísticos. Y agregó: “Desde hace décadas, Irán alimenta las llamas de la violencia confesional y del terrorismo”. Como para no dejar duda alguna acerca de su visión.

Lo cierto es que, en los últimos tres años, Irán ha consolidado su influencia y liderazgo regional. En buena medida, como consecuencia de su exitosa intervención militar directa (junto a su aliado libanés, “Hezbollah” y a la Federación Rusa) en la guerra civil siria, en defensa del régimen del clan Assad.

El presidente Rohani tiene algunas cartas a su favor que podría, de pronto, jugar. Como su apoyo al régimen de Haider al-Abadi, en Irak, clave para evitar un caos total en ese país. O la colaboración que sus milicianos podrían prestar en las batallas contra el Estado Islámico que se aproximan en torno a las ciudades de Mosul y Raqqa, ambas aún en manos de ese grupo terrorista. Ellas pueden ayudarlo a reducir el asilamiento internacional en el que aún está Irán.

El triunfo del presidente Rohani supone, por lo demás, continuidad y abre una opción importante para Irán: la de dejar de ser un “paria” en el escenario internacional con una sociedad caracterizada por sus marcadas rigideces sociales y religiosas y, en cambio, acercarse más a un mundo que aún contempla con desconfianza su andar exterior. No parece que esto puede suceder. Hassan Rohani acaba de ratificar que Irán seguirá adelante con su programa misilístico. Lo que es todo un desafío.

El derrotado Raissi representa la verdadera identidad de la teocracia iraní. Sin disfraces, ni ambigüedades. Y el presidente Rohani lidera un régimen que pretende no estar sumiso al liderazgo religioso de su país, pero que es parte de la maquinaria clerical y funciona acoplado con ella. Por el momento, la realidad muestra que la sociedad iraní sigue embretada por los rígidos principios religiosos impuestos por la oligarquía clerical que la gobierna. No obstante, el resultado de los comicios recientes parecería sugerir que hay una parte de ella que está incómoda con esa realidad y procura flexibilizarla.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Lenta conformación de la coalición militar contra el Estado Islámico

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 10/12/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1852450-lenta-conformacion-de-la-coalicion-militar-contra-el-estado-islamico

 

La reacción -de espanto e indignación- generada por los atentados terroristas perpetrados en Paris el 13 de noviembre pasado derivó, como cabía esperar, en inmediatas conversaciones para conformar una única coalición militar capaz de enfrentar con éxito al horror del Estado Islámico. El presidente de Francia, Francois Hollande, asumió un rol protagónico en ese esfuerzo, con maratones que lo llevaron de un extremo al otro del mundo.

Existe ahora un consenso básico en la comunidad internacional: es hora de afrontar conjuntamente ese inmenso peligro. Lo sucedido en San Bernardino, en los Estados Unidos, ha confirmado que, desgraciadamente, todos estamos expuestos a riesgos de vida que no son remotos, sino inmediatos.

Se trata de interrumpir la metástasis del Estado Islámico y poner fin a sus atentados. De lo contrario, el mundo se transformará en un infierno. Por esto Rusia, al sumarse al esfuerzo común superando diferencias, recuerda que algo similar hizo el mundo, en su momento, contra el nazismo.

La necesidad de estructurar y operar una gran coalición militar con capacidad de ser efectiva se resolvió al día siguiente de los atentados de París, en la reunión de urgencia celebrada en Viena por 20 países, que incluyeran a los Estados Unidos y a Rusia. La semana siguiente, el propio Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por iniciativa francesa, aprobó -unánimemente- el uso de la fuerza contra el Estado Islámico.

La tarea prosigue lentamente y se espera que para Navidad la coalición pueda estar conformada. Entre tanto, se han acordado -y se siguen acordando- los mecanismos de coordinación de las distintas operaciones militares en curso. Especialmente las aéreas.

La movilización política convocada por Francia ha tenido buen resultado, pero la coordinación del andar militar requiere de más esfuerzos. Y, desde que hay conciencia que ésta es una guerra patológica, que no se gana actuando solos desde el aire, es necesario poder aunar la acción adicional de una fuerza de tierra con componentes de gran diversidad. Heterogénea. Con las fuerzas alawitas del Clan Assad; los contingentes de Irán y los milicianos de Hezbollah; las altamente efectivas fuerzas irregulares kurdas; y algunas milicias sunnis de los grupos moderados.

Una tarea nada fácil, porque los obstáculos son enormemente complejos. A modo de ejemplo solamente, los kurdos prefieren, por razones étnicas, no operar en aquellas áreas en las que la población local es de mayoría árabe sunni.

La base de la coalición será presumiblemente el esfuerzo militar ya existente que, en los papeles, incluye a 65 países que opera desde el verano de 2014 y que desde entonces ha realizado unas seis salidas aéreas diarias, en promedio. El 80% de las cuales han sido protagonizadas por aviones de EE.UU., que lleva sobre sus hombros un enorme peso. Por esto sumar a la políticamente aislada Rusia es clave. Y lograr que las contribuciones de todos sean efectivas es el objetivo de corto plazo.

El gran obstáculo ha sido, hasta ahora al menos, la inclusión de las fuerzas sirias alawitas que responden a los Assad, puesto que ellos son responsables de crímenes de lesa humanidad que incluyen la utilización de armas químicas contra civiles inocentes de su propio pueblo. No obstante, lo que antes fuera una negativa occidental rigurosa parece de pronto haber comenzado a encontrar flexibilidad, al menos de corto plazo.

Tanto Irán como Rusia apoyan -abierta y firmemente- a los Assad e insisten en la necesidad de contar con sus contingentes en el terreno. Lo cierto es que Rusia, unida al dolor francés por el derribo de uno de sus aviones comerciales que volaba sobre el Sinaí, coordina sus acciones a través de Francia, pero continúa bombardeando a las fuerzas islámicas moderadas alzadas contra los Assad, lo que para Occidente es inaceptable. Además, ha intensificado sus bombardeos incluyendo a sus misiles Kalibr, de larga distancia, que son lanzados desde buques de guerra rusos emplazados muy lejos del territorio sirio. Vladimir Putin acaba de sugerir que “de ser necesario” ellos podrían volar con ojivas nucleares contra el Estado Islámico. A lo que Rusia acaba de sumar la apertura de una segunda base operativa en tierra, en Siria misma. En Jmeimin, a no más de 30 minutos de cualquier rincón de Siria.

Veamos cómo, en líneas generales, han ido progresando las cosas en los países de mayor capacidad de contribución militar.

Alemania, que desde el 2005 no ha participado en operaciones militares de este tipo, se ha comprometido a un apoyo explícito. Modesto quizás, pero bastante más que un aporte simbólico. Concretamente, aportará seis aviones Tornado de reconocimiento, que sin embargo no bombardearán objetivos en tierra siria. A lo que sumará el concurso de una fragata misilística que apoyará la labor del portaviones francés “Charles de Gaulle” que ya opera en el área desde el mar Mediterráneo, así como los servicios de inteligencia a ser provistos por un satélite militar adicional y la disponibilidad de un enorme avión de reabastecimiento de combustible en el aire para optimizar así la utilización de los cazabombarderos franceses. A lo que agrega aumentar el número de entrenadores militares que ya trabajan en el terreno, junto a las fuerzas kurdas.

En Gran Bretaña, el primer ministro David Cameron ha obtenido, con amplitud, la necesaria aprobación parlamentaria para comenzar a bombardear objetivos en suelo sirio que le había sido denegada desde el 2013. Ocurre que el 59% de los británicos hoy aprueban esa medida. Con su tradicional efectividad, apenas 11 horas después de la aprobación parlamentaria, aviones Tornado británicos -estratégicamente emplazados en la base de Akrotiri, en Chipre, apoyados por los modernos Typhoon- comenzaron sus acciones de bombardeo contra las instalaciones petroleras en Siria hoy en manos del Estado Islámico.

Francia, por su parte, ha intensificado sus bombardeos. Cada vez más. Es el segundo mayor contribuyente al esfuerzo bélico. El país galo participa en las acciones militares contra el Estado Islámico desde septiembre de 2014. Primero en Irak, pero luego extendió su accionar a Siria. Tiene unos 3.500 efectivos militares movilizados. Hoy es responsable del 5% de los bombardeos, que realiza con aviones Rafale y Mirage 2000. Contra una participación del orden del 80% norteamericana. Hablamos de algo menos de 3.000 incursiones aéreas francesas que han sido realizadas, en las que participa el portaviones Charles de Gaulle, ahora con 38 cazas a bordo.

Estados Unidos lideran la acción militar y tienen sobre sus hombros el peso principal del esfuerzo. Sus aviones de bombardeo operan fundamentalmente desde la base turca de Incirlik, pero también desde el portaviones Harry Truman. Cuenta, además, con unos 3.500 soldados en tierra, incluyendo a algunas “fuerzas especiales” que trabajan junto a las milicias kurdas. Y provee a todos información militar de inteligencia, así como pertrechos y bombas.

También operan, esporádicamente, algunos aviones turcos; cuatro aviones F-16 aportados por Holanda; unos pocos efectivos daneses; y aviones canadienses que aparentemente pronto dejarían la escena como consecuencia de la victoria de la oposición en las recientes elecciones parlamentarias en su país.

A lo que cabe agregar un componente con aristas espinosas: el de la participación iraní, país que -pese a negarlo oficialmente- tiene a sus tropas combatiendo en el territorio de Siria y en Irak. A lo que suma la participación de contingentes libaneses de Hezbollah, que responden a sus órdenes. La coordinación de sus acciones es un verdadero rompecabezas. Pero está ocurriendo a través de países que actúan a la manera de intermediarios.

Por ahora las monarquías sunnis del Golfo, directamente envueltas en la guerra civl de Yemen, casi no contribuyen a la lucha militar contra el Estado Islámico y sobre ellas sigue vigente la sospecha de que no han cortado los flujos financieros que salen de sus países y llegan a manos del fundamentalismo islámico. La sensación es preocupante en el sentido de que no están haciendo todo lo que deberían y que no actúan con la transparencia que se requiere para disipar las dudas que aún existen. Arabia Saudita, Bahrain y los Emiratos enviaron hace meses sus aviones a bombardear junto a los norteamericanos, rodeados por nubes de cámaras de televisión, pero lo cierto es que desde hace un rato que no lo hacen.

El Estado Islámico, mientras tanto, a la luz de lo que luce como una intensificación de las acciones militares en su contra, tanto en Siria como en Irak, ha abierto un frente alternativo: en Libia, en derredor de la ciudad de Sirte, emplazada sobre el Mar Mediterráneo. Está ocupada por sus milicias desde principios de año. La región es rica en hidrocarburos, desde que allí se concentra el 66% de la producción libia.

La decisión de participar en la coalición militar que se organiza contra el Estado Islámico pertenece a uno de los capítulos más difíciles de la política exterior: aquel que tiene que ver con la gravísima decisión de entrar en guerra. Con todo lo que ello supone en términos de vidas humanas y destrucción. Por esto no puede nunca ser precipitada, sino meditada.

No obstante, paso a paso, la coalición militar va tomando forma. Y la confrontación con el Estado Islámico, requerida por la violencia inhumana que esa organización ha desatado, parece haber adquirido la urgencia que hasta ahora no había tenido.

 

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.