Politización y partidos políticos.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 29/11/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/11/politizacion-y-partidos-politicos.html

 

Otras veces hemos llamado la atención sobre la exageración que representa –a nuestro modo de ver- la esperanza que muchas personas, la mayoría en rigor, deposita en la política como una vía idónea para la solución de prácticamente todos los problemas humanos.

Esto ha dado origen a un término que refleja adecuadamente esta tremenda tendencia. Ese término es la “politización”. Del mismo se ha dicho:

“J. Ellul sostiene que la politización “[…] no es un fenómeno que se sucede por la naturaleza de las cosas, se debe a la glorificación que nosotros le atribuimos, por la importancia que le asignamos cada uno de nosotros, por el temblequeo frenético exhibido cada vez que el sacramento político -la bandera, el jefe, el slogan- se acerca a nosotros […] Más aún, en lugar de la presencia consoladora -esa experiencia tan deseada por las personas religiosas- el hombre ahora experimenta fe y convicción religiosa en su participación política. Lo que se ha perdido por la Iglesia se encuentra en los partidos […] Entre las definiciones básicas del hombre los dos se vinculan en este punto: homo politicus es por su naturaleza homo religiosus […] Vean cuán llenos de devoción están y cuán llenos de espíritu de sacrificio se encuentran esos hombres apasionados que están obsesionados por la política” (68). Al contrario de lo que a veces se piensa, Ellul sostiene que una de “[…] las condiciones que determina la politización de la sociedad es el crecimiento de la participación individual en la vida política” [1]

Esta verdad se advierte de lleno en los debates que se escuchan o se leen a menudo por todas partes. En tales discusiones siempre aparecen tres partes perfectamente distinguibles: el oficialismo, la oposición y la ciudadanía. A juzgar por muchas de esas polémicas, esta última prácticamente no tendría nada ver con los dos primeros. La ciudadanía concentra sus juicios críticos o elogiosos depositándolos ya sea en el oficialismo o en la oposición, como si la responsabilidad de lo que ocurriere en un país, nación, estado, provincia o municipio dependiera siempre de esta o de aquel, y como si esa ciudadanía que juzga, condena o premia y aplaude no tuviera ningún  compromiso en el actuar política (y en sus consecuencias) respecto de lo que oficialistas y opositores hagan o deshagan. Una de las manifestaciones de la politización puede encontrarse en el hecho de que no son muchas las personas que piensan que los partidos políticos deberían autofinanciarse y no depender de subsidios estatales. Por ejemplo:

“Propiedad privada significa que deben ser privadas las empresas, pero también los partidos políticos, institutos educativos, servicios médicos y cajas de jubilaciones y pensiones; y sin privilegios: en libre competencia. Lo opuesto es la confusión de lo público y lo privado, con abandono de la neutralidad.”[2]

En nuestra sociedad latinoamericana -al menos- que los partidos políticos se autofinancien, es decir que sean completamente independientes de las arcas del estado—nación es algo bastante difícil, por no decir prácticamente utópico, máxime si se tratan de partidos que se alternan en el poder, y por este mismo motivo han tenido acceso a las múltiples fuentes de financiamiento a través de los cuales -en función de gobierno- esos mismos partidos han actuado políticamente durante el periodo que les ha tocado gobernar. Y en cargo de la politización que ya hemos comentado, no existe en la ciudadanía un verdadero consenso en cuanto a dicha independencia, altamente deseable en el discurso, pero difícilmente plasmable en la práctica. Además:

“Todos los partidos políticos tienen uno u otro tipo de «intereses creados» en los movimientos impopulares de su ad­versario. Así, podría decirse que viven de ellos, hallándose siempre listos a destacarlos, exagerarlos, o, incluso, buscarlos cuidadosamente. Pueden llegar, asimismo, a estimular los errores políticos de sus adversarios en la medida en que esto no los obligue a compartir la responsabilidad de los mismos. Esto, junto con la teoría de Engels, condujo a algunos partidos marxistas a vivir a la expectativa de las maniobras políticas realizadas por sus adversarios contra la democracia. En lugar de combatirlas con dientes y uñas, se contentaban con decirles a sus adeptos: «Ved lo que hace esta gente. Eso es lo que llaman democracia. ¡Eso es lo que llaman libertad e igualdad! Acordaos de esto cuando llegue el día de arreglar cuentas». (Frase ambigua que podría referirse igualmente a las elecciones o a la revolución.) Esta política de dejar al adversario que se ponga al descubierto debe conducir al desastre cuando se la extiende a las maniobras contra la democracia. Es la política de los que mucho hablan y nada hacen ante la inminencia de un peligro real y creciente. Es la política consistente en hablar de guerra y actuar pacífica­mente que tan bien les enseñó a los fascistas la inestimable técnica opuesta de hablar pacíficamente mientras se hace la guerra.”[3]

Resulta realmente impresionante la actualidad política de estas palabras de K. R. Popper, que parecen describir patentemente una realidad de nuestros días, en la que oficialistas y opositores se culpan mutuamente de atentar contra los valores democráticos, en tanto ninguno de ambos bandos hace absolutamente nada por evitar la destrucción de esos valores, y -en su lugar- resulta ser cierto que tanto unos como otros contribuyen, ya sea con su acción o con su omisión, a hacer añicos los principios sobre los cuales se construye la democracia, y que ellos “dicen” (declaman, mejor dicho) defender. También es innegable que, tanto oficialistas como opositores, proceden de continuo “a estimular los errores políticos de sus adversarios en la medida en que esto no los obligue a compartir la responsabilidad de los mismos”.

Todo esto debería ser una advertencia para la ciudadanía altamente politizada, que exhibe la tremenda paradoja de no confiar en los políticos, pero seguir confiando en la política como una vía factible del cambio social. Ya hemos expuesto muchas veces nuestra posición en cuanto consideramos la política como una consecuencia de otros factores de los cuales depende, directa o indirectamente, entre los cuales encontramos la educación y el ambiente sociocultural de la sociedad en donde la política aparece.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) Hacia el Autogobierno. Una crítica al poder político. Emecé. pág. 461-462.

[2] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. Pág. 307

[3] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. Pág. 377

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Votar con los pies: ¿deporte mundial del siglo XXI?

Por Pablo Guido. Publicado el 7/1/13 en http://chh.ufm.edu/blogchh/

Hace unas semanas el actor francés, Gerard Depardieu, manifestó su intención de abandonar su país de nacimiento y establecer su residencia fiscal en otro país. El motivo de esta decisión estaría en la disconformidad del actor en el incremento de la carga tributaria por parte del Estado galo: para aquellos que tengan ingresos mayores al millón de euros se los gravaría con una tasa del 75%.

 ¿Cómo se llama lo que Depardieu hace? “Votar con los pies”, es decir, trasladarse a otras jurisdicciones para encontrar mejores servicios públicos y menor carga tributaria (clic acá para ir al artículo de Tiebout: “A Pure Theory of of Local Expenditures”). Es decir, frente a la disconformidad de los ciudadanos por las políticas adoptadas por los gobiernos existen varias alternativas: o votar en las urnas por el cambio de gobierno migrar a otro país. Esta última fue la decisión de Depardieu, a quien el gobierno ruso le acaba de dar la ciudadanía de ese país.

 El contexto actual en muchos países desarrollados occidentales es el siguiente: niveles muy elevados de gasto público, acompañado de una carga tributaria y deuda pública creciente. Los déficit fiscales resultantes en la mayoría de los casos obliga a los gobiernos o a continuar con el endeudamiento o a subir impuestos o a bajar los gastos. Los incrementos en la carga tributaria hace que muchas personas o empresas hayan decidido migrar a países donde la “confiscación” tributaria sea menor. ¿La decisión de Depardieu se profundizará y populizará en este siglo que comienza? Mi estimación es que sí, que veremos en los próximos años a muchas más empresas y personas migrar a regiones donde el Estado no castigue  con la voracidad que lo hace en el occidente desarrollado. La velocidad de este fenómeno dependerá de la velocidad con que los países de menor carga tributaria avancen en la incorporación de algunas instituciones que hasta ahora eran casi “patrimonio” exclusivo de las naciones avanzadas de Occidente: respeto a la propiedad privada, una economía abierta, moneda estable. Cada vez son más los países que logran ofrecer estas condiciones.

 El siglo XXI quizás sea un siglo de migraciones masivas. No esta vez por motivos de persecuciones religiosas o hambrunas como en los siglos pasados. Esta vez será para huir de la “mano visible” del Estado en lo que respecta a su afán de gravar cada vez más a los individuos.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.