La Escuela Austríaca de Economía (3° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/03/la-escuela-austriaca-de-economia-3-parte.html

 

“Proposición 3: Los “hechos” de las ciencias sociales son aquello que las personas creen y piensan. A diferencia de las ciencias físicas, las ciencias humanas involucran los planes y propósitos de los individuos. Mientras que la eliminación de los propósitos y planes en las ciencias físicas condujo al progreso en la investigación, en la medida en que ello permitió superar el problema del antropomorfismo, en las ciencias sociales, la eliminación de los planes y propósitos de los individuos da como resultado la extirpación, en la ciencia de la acción humana, de su materia de estudio primordial. En las ciencias humanas, los “hechos” del mundo son lo que los actores creen y piensan.”[1]

Este párrafo alude a la discrepancia en materia de metodología de la investigación entre las ciencias naturales y las ciencias sociales. Las primeras operan bajo el sistema hipotético deductivo, en tanto que en las sociales la sistemática de investigación es a través del procedimiento axiomático deductivo. Se inicia el análisis desde un axioma básico -que es la acción humana- y, a partir del mismo, se van desarrollando los otros teoremas que se deducen de la ciencia. En ciencias naturales se comienza con hipótesis, que pueden ser de las más diversas entre sí. Cabe puntualizar que estas hipótesis se basan en observaciones, pero siempre hay un trabajo teórico previo necesario (por mínimo que este pudiere parecer) para elaborar tales hipótesis. Es decir, la volición humana y la actividad mental ocupan un lugar preponderante, tornándose -desde nuestro punto de vista- en un elemento común a ambos campos de investigación.

“El significado que los individuos dan a las cosas, las prácticas, los lugares y las personas determina la forma en que se orientarán a sí mismos en la toma de decisiones. El objeto de las ciencias de la acción humana es la inteligibilidad, no la predicción. Las ciencias humanas pueden lograr este objetivo porque nosotros mismos somos lo que estudiamos, o porque somos capaces de tener un conocimiento intrínseco de la acción humana. Por el contrario, las ciencias naturales no pueden perseguir un objetivo de inteligibilidad intrínseca puesto que se apoyan en un conocimiento extrínseco. Nosotros somos capaces de comprender los planes y propósitos de otros actores porque nosotros mismos somos actores humanos.”[2]

El objeto de estudio de la acción humana es el hombre, considerado en su faz autoexhortativa. Se lo supone dotado de libre albedrio, y lo que concierne a ella no son las motivaciones psicológicas de la acción, sino la acción en sí misma, no tanto lo que provoca la acción, sino las consecuencias de ella. Tampoco busca predecir la acción.

Frente a determinados fenómenos sociales, no es competencia del campo de la acción humana predeterminar ni explicar de qué manera los hombres se comportarán ante los mismos en el futuro. El objetivo de la economía no es profetizar, sino comprender lo que sucede cono fruto del humano actuar. En definitiva, analiza y se interesa por conocer los resultados prácticos de la conducta humana. El objeto de estudio (a contraste de las ciencias naturales) es el hombre mismo en su interacción social, es decir, nosotros nos estudiamos a nosotros mismos. Y esto es posible porque el concepto de acción es esencialmente inteligible, desde el momento que podemos proceder por introspección. Somos capaces de observarnos a nosotros mismos y, además, conscientes de que actuamos y -a partir de esta premisa- podemos elaborar los teoremas dentro del campo de la acción.

“El ejemplo clásico utilizado para ilustrar esta diferencia esencial entre las ciencias de la acción humana y las ciencias físicas es el siguiente: imaginemos a un marciano analizando los “datos” que le ofrece la observación de la Estación Central (Grand Central Station) de New York [4]. Nuestro marciano podría observar que cuando la pequeña aguja de un reloj que cuelga en la pared apunta hacia un número, el ocho, se produce un gran movimiento de cuerpos que salen de unas cajas en movimiento. Asimismo, cuando esa pequeña aguja señala el número cinco, el marciano observa que un gran número de cuerpos vuelven a introducirse en esas enormes cajas. El marciano podría desarrollar toda una teoría predictiva acerca de ese pequeño círculo colgado en la pared –el reloj– y la relación de movimiento de los cuerpos con respecto a las cajas. Pero, a menos que el marciano logre entender los planes y los propósitos de esas personas (el significado de expresiones como “ir al trabajo”, “volver del trabajo a casa”), su comprensión “científica” de los datos obtenidos en la Grand Central Station será muy limitada.”[3]

Lo que limita al marciano en las conclusiones de tu “teoría” no son ni el reloj, ni las cajas, que -en suma- no se tratan más que de objetos que no revelan (ni pueden hacerlo) “comportamiento” de ninguna naturaleza. Sino el elemento restrictivo es su falta de comprensión o desconocimiento completo de la capacidad de decisión que está guiando a esos “cuerpos”, que no son más que seres humanos, cada uno con su propio impulso de la voluntad e intencionalidad. La tarea del marciano se complicaría aún más si descubriera que cada uno de esos “cuerpos” difieren entre sí en cuanto a propósitos y planes (todos van a “trabajar” en el ejemplo, pero no todos van al mismo trabajo, y esos trabajos se han elegido -a su vez- por muchas desiguales razones de cada una de esas personas).

Las teorías deterministas se oponen a las de la acción humana, porque llegarían conclusiones similares a la del ejemplo del marciano que nos pone el autor que estamos comentando. Establecen relaciones causales que prescinden de los elementos volitivos humanos y que diversifican el estudio de ambos campos de la ciencia. El establecimiento de nexos causales en ciencias sociales no puede desechar nunca la premisa del libre albedrío en el hombre, de lo contrario la conducta humana debería ser estudiada de la misma manera que se lo hace por ejemplo del comportamiento de los animales, pero esto -a su turno- sería imposible, porque supondría que hay un observador externo que no se comporta como un animal. Y ese observador externo es el ser humano.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar..

[2] Boettke, ibídem.

[3] Boettke, ibídem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

EN TORNO A LA TEORÍA DEL CAOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay que andarse con pies de plomo en cuanto a pretendidos correlatos entre las ciencias físicas y las sociales puesto que extrapolaciones en temas metodológicos pueden ser fatales tal como ha sido una y otra vez demostrado por filósofos de la ciencia y economistas de fuste.

 

Dicho esto, es de interés aludir brevemente a lo que generalmente se entiende por estados caóticos en física. Ilya Prigogine en su obra con un título que puede aparecer paradójico, Las leyes del caos, nos dice que “La palabra caos hace pensar en desorden, imposibilidad de previsión. Pero no es así. Al contrario, como veremos en estas páginas, se puede incluir el ´caos´en las leyes de la naturaleza”.

 

En realidad, la teoría del caos en física se refiere a perturbaciones que se amplifican tal como Lorenz se refirió en su célebre ejemplo de como el aleteo de la mariposa en un lugar del orbe genera otros fenómenos en otros lugares y que una causa se desdobla en varios efectos que con el estado actual del conocimiento no pueden ser vaticinados.

 

Como explican David Bohm y David Peat en Ciencia, orden y creatividad el caos en física no es más que otro tipo de orden que en una etapa del conocimiento podrán (y pudieron) explicitarse fenómenos que aparecían “escondidos” para la mente del científico, que es el mensaje que trasmite de James Gleick en Chaos, Making a New Science.

 

Pero hay otros planos de lo que en física se denomina la teoría del caos y que en ciencias sociales se denomina órdenes espontáneos que por su naturaleza nunca se podrán describir ni anticipar. Es lo que en economía desarrolló la Escuela Escocesa, luego Micheal Polanyi y finalmente la Escuela Austríaca con Hayek a la cabeza.

 

Veamos con atención la muy ilustrativa descripción de Polanyi que diferencia diversos grados de orden en lo puramente físico y en las relaciones sociales. En su The Logic of Liberty consigna que “Cuando vemos un arreglo ordenado de las cosas, instintivamente asumimos que alguien los ha colocado intencionalmente de ese modo. Un jardín bien cuidado debe haber sido arreglado, una máquina que trabaja bien debe haber sido fabricada y ubicada bajo control: esta es la forma obvia en el que el orden emerge. Este método de establecer el orden consiste en limitar la libertad de las cosas y los hombres para que se queden o se muevan de acuerdo al establecimiento de cada uno en una posición específica según un plan prefijado. Pero existe otro tipo de orden menos obvio basado en el principio opuesto. El agua en una jarra se ubica llenando perfectamente el recipiente con una densidad igual hasta un nivel de un plano horizontal que conforma la superficie libre: un arreglo perfecto que ningún artificio humano puede reproducir según un proceso gravitacional y de cohesión […] En este segundo tipo de orden ningún constreñimiento es específicamente aplicado a las partes individuales […] Las partes están por tanto libres para obedecer las fuerzas internas que actúan entre sí y el orden resultante representa el equilibrio entre todas las fuerzas internas  y externas […] Esto parece sugerir que cuando una cantidad grande de números debe arreglarse cuidadosamente esto puede lograrse solamente a través de un ajuste espontáneo y mutuo de las unidades, no a través de asignar a las distintas unidades posiciones específicamente preestablecidas […] Cuando el orden se logra entre seres humanos a través de permitirles que interactúen entre cada uno sobre la base de sus propias iniciativas […] tenemos un sistema de orden espontáneo en la sociedad.

Podemos entonces decir que los esfuerzos de estos individuos se  coordinan a través del ejercicio de las iniciativas individuales”.

 

En otras ocasiones hemos hecho alusión al ejemplo que nos propone John Stossel para entender el orden espontáneo. Ejemplifica con un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola de un supermercado e invita a que cerremos los ojos y pensemos el proceso en regresión. Los agrimensores que miden los terrenos, los alambrados y postes (solo los postes deben ser vistos como procesos que insumen varias décadas desde las plantaciones hasta la tala, para no decir nada de los transportes, las fábricas de los camiones con todos los aspectos financieros,  administrativos, de personal, los bancos que intervienen, los seguros y demás operaciones horizontal y verticalmente), los plaguicidas, los fertilizantes, las sembradoras, las cosechadoras, los caballos, las monturas y las riendas, los peones, el ganado, las pasturas, las aguadas, los galpones, en fin, todas las producciones y comercializaciones en las diversas etapas. Y en esta secuencia nadie está pensando en el supermercado, ni en el celofán ni en el trozo de carne hasta la última etapa y, sin embargo, todo se coordina a través del sistema de precios basado en la propiedad privada (como es sabido, no hay precios sin propiedad por ello es que en la medida en que se afecte esa institución los precios se desfiguran y, por ende, deterioran la contabilidad).

 

Estos órdenes espontáneos no pueden ser anticipados ni conviene que lo sean porque precisamente no es posible conocer el resultado de este proceso antes que el mismo tenga lugar y que al ser abierto y competitivo proporciona la información requieren los operadores económicos. Este problema se plantea con los llamados “modelos de competencia perfecta” donde el supuesto central es el conocimiento perfecto de los factores relevantes por parte de los participantes. Como bien apunta Israel Kirzner, si ese modelo fuera correcto no habría arbitraje,  ni empresarios ni competencia por lo que el modelo en cuestión constituye una contradicción en los términos.

 

La arrogancia no permite que tenga lugar un proceso que no puede ser explicado y mucho menos anticipado por los funcionarios públicos deseosos de planificar haciendas ajenas. Sostienen que “el mercado es caótico” por lo que la arremeten contra ese proceso con lo que naturalmente va desapareciendo la carne, el celofán y las góndolas se muestran vacías cuando no desaparece el propio supermercado.

 

El antes mencionado Friedrich Hayek ha escrito un libro titulado La fatal arrogancia para referirse al fiasco de la planificación estatal y varios ensayos sobre el tema del fraccionamiento y dispersión del conocimiento, coordinado en el proceso de mercado y como se concentra ignorancia cuando los burócratas pretenden dirigir la economía. Uno de esos ensayos se titula “El resultado de la acción humana, más no del designio humano” para ilustrar el tema que comentamos con una frase tomada de Adam Ferguson, pero tal vez los ensayos más contundentes de Hayek en esta materia son “Los errores del constructivismo” y “La pretensión del conocimiento” (este último fue su discurso al recibir el premio Nobel en economía).

 

En cierto sentido Georges Balandier en su El desorden. La teoría del caos en las ciencias sociales elabora sobre como el totalitarismo se nutre de la necesidad por parte del gobierno de imponer un “orden” que estiman perfecto para evitar disidencias y desvíos de las ocurrencias y caprichos del gobernante que todo lo pretende controlar y abarcar. Escapa a su mente la posibilidad de que en libertad las acciones de los hombres que no lesionen derechos de terceros puedan moverse en direcciones que agraden a cada cual.

 

El adagio latino de ubi dubium ibi libertas (donde hay duda  hay libertad) pone de manifiesto que la incertidumbre y el conocimiento limitado hace que se saque el mayor provecho de un sistema libre a través del debate y el desarrollo de ordenes espontáneos. Si hubiera certeza en toda acción, no tendría sentido la libertad. La corrección de errores y los procesos abiertos de evolución presentes en todos los aspectos de la vida solamente se maximizan en un ámbito de libertad.

 

La pretensión del conocimiento -para recurrir a una expresión hayekiana- es lo que caracteriza a los megalómanos. No pueden concebir el no sé socrático y que hay fenómenos que exceden a la mente humana como los antedichos órdenes espontáneos que si supiéramos por anticipado sus resultados no servirían al propósito de revelar información que brinda el proceso. La conciencia de la propia ignorancia es algo que no concibe este tipo de politicastros. Más aun, en otro plano, la división del trabajo hace posible que nos concentremos principalmente en  nuestra especialidad y no tengamos que conocer como funcionan todos los instrumentos de que nos valemos para vivir (el avión, el microondas, la computadora, la medicina que utilizamos o la cadena de producción de los alimentos que ingerimos y así sucesivamente).

 

Del desconocimiento del significado del proceso de mercado se sigue la voracidad por “controlar” precios o márgenes operativos por lo que no deben sorprender los desajustes mayúsculos que se suceden a raíz de estas manipulaciones, lo cual está muy bien desarrollado, por ejemplo, en la obra de Lorenzo Infantino titulada El orden sin plan.

 

Entonces, el aparente caos del mercado no es más que el resultado de conocimientos fraccionados y dispersos de millones de hombres en el spot y de sus planificaciones y sus conjeturas que llevan a cabo con sus propios recursos por lo que sufren quebrantos si yerran y obtienen ganancias si dan en la tecla respecto a las necesidades de su prójimo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.