Sobre el evolucionismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 22/3/18 en: https://diariodecaracas.com/blog/alberto-benegas-lynch/sobre-el-evolucionismo

 

El conocimiento es fruto de largos y difíciles recorridos en un proceso de constantes corroboraciones provisorias y refutaciones al efecto de reducir en algo nuestra colosal ignorancia.

Nunca el ser humano, limitado e imperfecto, llega a una meta final. Siempre es en el contexto evolutivo, ya se trate de metafísica, moral, ciencias sociales o ciencias experimentales. Solo un desconocimiento palmario de lo dicho puede conducir a la negación del evolucionismo en todas las materias concebibles.

 

En esta nota periodística, debido al motivo central de nuestras averiguaciones, centramos nuestra atención en las ciencias físico-químicas que en su tronco medular van en la secuencia Copérnico-Galileo-Kepler-Newton-Einstein-Planck-Hawking y paralelamente, siempre en lo que ahora nos concierne, las contribuciones de Darwin y colaterales.

 

La teoría del Big-Bang o explosión inicial fue primero esbozada por el sacerdote belga Georges Lamaitre en 1927 y luego desarrollada por otros autores. Un acontecimiento acaecido circa quince mil millones de años atrás en sucesivos pasos de enfriamiento desde unos diez mil millones de grados centígrados, en el contexto de un proceso de radiación y la constitución de unas pocas partículas elementales y formación de átomos enteros. Simultáneamente, estos fenómenos físicos conllevan fuerzas gravitatorias, electromagnéticas y nucleares.

 

La hipótesis para el futuro estriba en una paulatina contracción desintegradora del universo con la multiplicación de agujeros negros gravitacionales, lo cual se especula sobre la posibilidad de que sean el resultado de ciclos repetitivos.

 

En 1865 el monje Gregor Mendel, el padre de la genética, descubrió algunas de las leyes de la trasmisión hereditaria, lo cual no se había difundido aun cuando en 1859 Charles Darwin escribe El origen de las especies quien el año anterior había recibido el informe de Alfred Wallace sobre la selección natural y en gran medida basó su tesis evolucionista en las contribuciones muy anteriores de Bernard de Mandeville sobre la evolución cultural y la transformación de las especies por parte de Jean-Baptiste Lamarck. Como es sabido, el desarrollo de la genética contemporánea se debe principalmente a los múltiples trabajos de Theodore Dobzhansky quien, junto a otros colegas modernos como Spencer Wells en su The Journey of Man. A Genetic Odyssey, refutan la atrabiliaria noción de “raza”.

 

Desde entonces los paleoantropólogos han debido encarar una ardua faena en las conclusiones respecto a la cadena evolutiva desde los antiguos primates a los hominoideos, el homo habilis, el homo erectus, el homo sapiens hasta el hombre actual. En estas investigaciones han colaborado en el fenómeno evolutivo zoólogos de fuste como Pierre Paul Grassé, especialmente en su Evolución de lo viviente, donde entre otros asuntos critica la extendida noción del azar (que comparte con pensadores tan alejados como Voltaire y Max Planck), tal como lo han venido haciendo autores como Jacques Monod.

 

Por su parte, el palentólogo Stephen Jay Gould incorpora una variante a la teoría evolucionista darwiniana en el sentido de enfatizar que los cambios no se producirían paulatinamente sino de a saltos más o menos bruscos (en su Desde Darwin). También es pertinente destacar que el premio Nobel en física Francis Crick en Life Itself  mantiene que el inicio del proceso evolutivo proviene de otros planetas cuyas manifestaciones fueron trasmitidas a la Tierra.

 

Muy al contrario de lo consignado por Thomas H. Huxley en cuanto a que “la alternativa es darwinismo o nada”, numerosos científicos han criticado severamente lo sostenido por Darwin en cuanto a que en el proceso evolutivo hasta el hombre sería una cuestión de grado y no de naturaleza ya que aquellos autores subrayan una diferencia radical de naturaleza en la antes referida evolución, al emerger (para recurrir a terminología  popperiana) los estados de conciencia, la mente o la psique. Este cambio radical es inexorable puesto que si fuéramos solo kilos de protoplasma no habría tal cosa como ideas autogeneradas, argumentación, revisión de los propios pensamientos, proposiciones verdaderas y falsas, responsabilidad individual, ni moral ni libertad si no hay libre albedrío y propósito deliberado.

 

Estas últimas conclusiones son suscriptas muchos por autores de peso, por ejemplo, por el premio Nobel en neurofisiología John Eccles en sus numerosos libros, entre ellos, La psique humana.

 

Ahora viene un asunto de importancia que es frecuentemente confundido con religiones oficiales y dogmas varios. El antedicho Big Bang generó toda la materia que conocemos que, como es sabido, es contingente,  es decir, puede haber sido o puede no haber sido, sin embargo para que aparezca lo contingente debe haber una causa necesaria, a saber, un principio inexorable. El lector de estas líneas procedió de sus progenitores y ellos a su vez de los suyos y así sucesivamente pero no ad infinitum, de lo contrario si pudiéramos ir en regresión sin fin querría decir que las causas que lo engendraron nunca comenzaron,  lo cual no permitiría su existencia. Por ende, es necesaria una primera causa, que se la puede denominar el Inicio, la Causa Primera, la Perfección, Dios, Alá, Yahvéh o lo que fuere, como queda dicho, sin tener que mezclarlo con religiones oficiales o dogmas.

 

En este sentido estimo muy ilustrativa la reflexión del sacerdote católico -doctor en física y doctor en filosofía- Mariano Artigas en su obra Las fronteras del evolucionismo (prologada por el antes mencionado premio Nobel Eccles): “No se comprende bien por qué sería una deshonra que el hombre descendiera de otros animales. Al fin y al cabo, el hombre es un animal […] Las dificultades surgen cuando lo que se pretende afirmar es otra cosa: que el hombre es sólo un animal como los demás: más evolucionado pero con una diferencia de más o menos en la misma línea (o sea sólo con una diferencia de grado)”.

 

Nathaniel Branden en “Free Will, Responsability and the Law” se refiere al materialismo filosófico o determinismo físico que procede de sostener que no hay tal cosa como psique al escribir que si eso fuera cierto no resultaría posible ningún conocimiento propiamente  dicho ya que no podría reclamar validez de lo que dice, incluyendo la teoría del determinismo.

 

Hywel Lewis en “Persons in Recent Thought” subraya los cambios constantes en toda la estructura anatómica del ser humano y,  sin embargo, conserva su identidad a través del tiempo. Noam Chomsky en Languaje and Mind explica que el lenguaje humano nada tiene que ver con la comunicación animal puesto que se trata de “una organización mental completamente diferente” y, el mismo autor señala que “No hay forma en la que los ordenadores complejos puedan manifestar propiedades tales como la capacidad de elección […] Un ordenador no puede entender el lenguaje del mismo modo que un aeroplano no puede volar como un águila” (en su ensayo titulado “Las computadoras no eligen”).

 

Es por esto  último que el filósofo John Searle le responde al matemático Alan Turing cuando sugiere que se coloque una computadora en un cuarto con dos terminales una administrada por un ser humano y en la otra solo la máquina conectadas con otra persona con su computadora en otra habitación. Turing propone que éste último individuo le haga todas las preguntas que considere convenientes a las dos terminales y si no puede distinguir cual es cual quiere decir que no hay diferencia fundamental entre un ordenador y un ser humano. A esto responde Searle con el denominado “experimento del cuento chino” que se traduce en que se encierra a una persona en un cuarto y sin el menor conocimiento del idioma chino se le pasa un cuento en ese idioma y a continuación se le formulan preguntas sobre ese relato frente a varias respuestas posibles. Previamente se le entrega a la persona en cuestión un código para que calce con la variante de las respuestas correctas. Esto para demostrar que si está bien programada la máquina no requiere comprender o entender el significado del proceso a diferencia de cómo procede un ser humano.

 

En este sentido Raymond Tallis en Why the Mind is not a Computer, elabora los motivos por  los que no es procedente referirse a la “memoria” de los ordenadores, del mismo modo que no lo era cuando nuestros ancestros le hacían un nudo al pañuelo para recordar algo con lo que no se concluía que el pañuelo tenía gran memoria. Del mismo modo Tallis nos enseña que las computadoras en rigor no computan puesto que son impulsos eléctricos programados, el que computa es el ser humano, del mismo modo que el reloj “no nos dice la hora”. Idéntica crítica formula este autor al contradecir el dicho popular en cuanto a que tal o cual cosa “es inteligente” puesto que la inteligencia significa inter-legum, esto es leer adentro, captar esencias y interrelacionar conceptos, lo cual no puede hacer lo inanimado.

 

George Gilder concluye que “En la ciencia de la computación persiste la idea de que la mente es materia. En la agenda de la ´inteligencia artificial´ esta idea ha comprometido una generación de científicos de la computación en torno a la forma más primitiva de superstición materialista […] La hisoria intelectual apuntó a una agenda de autodestrucción, mejor conocida como materialismo determinista” (en The Quantum Revolution in Microcosm).

 

Thomas Nagel en Mind & Cosmos se pregunta sobre la consistencia de presuponer que la física lo explica todo porque “si la mente no es en si misma meramente física, no puede explicarse por la ciencia física […] algo más se requiere para explicar  como puede haber conciencia, seres pensantes”.

 

Howard Robinson en “Substance Dualism and its Rationale” resume este ángulo de análisis: “Lo físico es público en el sentido de que en principio cualquier estado físico es accesible (susceptible de precibirse, de conocerse) para cualquier persona normal […] Los estados de conciencia son diferentes porque el sujeto a quien pertenecen -y solo ese sujeto- tiene un acceso privilegiado a eso” y, además, “el pensamiento es sobre algo […] mientras que los estados físicos no son sobre algo, están simplemente ahí […] y los pensamientos pueden también ser sobre lo que no existe” pero lo físico es por definición lo que existe como tal (lo cual no quiere decir que todo ello pueda tocarse o, en su caso, ni siquiera verse, como los campos gravitatorios, las ondas electromagnéticas y las partículas subatómicas).

 

Por último, a raíz de las exploraciones de Thomas Szasz, especialmente en El mito de la enfermedad mental, dirigidas a destacar que en patología una enfermedad consiste en una lesión de órganos, tejidos o células por lo que la conducta o las ideas en rigor no pueden estar enfermas, en todo caso la enfermedad podrá deberse a problemas químicos o de neurotransmisores en el cerebro pero no en la mente inmaterial. Más aún, cuando se hace referencia a un “deficiente mental” debe precisarse que se trata de un “deficiente cerebral”, del mismo modo cuando se alude al brain-storming en verdad se trata de mind-storming.

 

En resumen, las evoluciones en todos los órdenes de la vida no son más que manifestaciones de la limitación y la imperfección de los humanos, lo cual incluye nuestra propia evolución desde la ameba.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿En qué medida son las instituciones el fruto de la ‘evolución espontánea’? Y la mano del legislador? (I)

Por Martín Krause. Publicado el 20/11/15 en: http://bazar.ufm.edu/en-que-medida-son-las-instituciones-el-fruto-de-la-evolucion-espontanea-y-la-mano-del-legislador-i/

 

Del libro “El Foro y el Bazar”

¿En qué medida son las instituciones el fruto de la “evolución espontánea”? ¿Acaso no hace falta una “mano visible” del político, del legislador, para modificar las instituciones? Es decir, el concepto de “espontáneo” puede a veces interpretarse como algo “que sucede” sin que nadie haga necesariamente nada. Por supuesto que esto no es así, la evolución espontánea, en palabras de Adam Ferguson es el resultado de la “acción humana, no del designio humano”. En otras palabras, el resultado no esperado o buscado de las acciones humanas. Por ejemplo, cuando nuestros ancestros comenzaron a utilizar ciertos bienes como medios de intercambio, no tenían idea que estuvieran creando la “moneda”, pero el resultado de sus acciones fue precisamente eso. Los primeros hombres de negocios que se asociaron y generaron los primeros acuerdos y contratos que dieron origen a las “sociedades comerciales” simplemente querían resolver los temas vinculados con su negocio en particular y no se planteaban generar una nueva figura jurídica que hoy se encuentra por millones en todo el planeta.

La idea del orden espontaneo que emerge como resultado de las acciones voluntarias de los individuos y no de las decisiones de un gobierno es clave en la economía y fue desarrollada principalmente por quienes fueron también precursores de esta ciencia. Esta visión fue luego abandonada en las ciencias sociales debido al predominio del constructivismo positivista del siglo XIX con una confianza ciega en la razón y en la capacidad del hombre de generar el tipo de sociedad perfecta, o el tipo de política económica perfecta. Esto resulto especialmente dañino en el ámbito de la economía donde los intentos de dirigir y planificar los mercados fracasaron repetidamente. La concepción evolutiva, sin embargo, se traslado a las ciencias naturales y floreció a partir de los aportes de Charles Darwin.

La teoría de los órdenes espontáneos se ocupa de analizar aquellas regularidades que encontramos en la sociedad que no se originan en acciones deliberadas ni son fenómenos naturales que suceden independientemente de las acciones humanas. Estos patrones de conducta originan órdenes que parecieran ser el resultado de alguna “mano visible” pero son en verdad la consecuencia no buscada, son procesos de tipo “mano invisible”.

Si bien algunos autores mencionan antecedentes de esta visión en los escolásticos de la Escuela de Salamanca, es Bernard de Mandeville (1670-1733) el que más impacto tuviera en los principales autores del “iluminismo escocés”. En su libro “La Fabula de las Abejas: o Vicios Privados, Beneficios Públicos” presento una osada idea para ese entonces demostrando los beneficios sociales que se obtenían de las motivaciones interesadas y la preferencia por ciertos “vicios” tales como el lujo, el pecado, la corrupción. Aunque presentada en forma agresiva, y aunque le discutieran porque tenía que considerarse un vicio cualquier consumo por encima de las necesidades más básicas de alimento, vivienda o abrigo, la importancia del argumento presentado por Mandeville era que presentaba a las pasiones del ser humano como no dañinas y que un orden podía existir sin la necesidad de reprimir los instintos humanos más básicos. Un orden era posible con las limitaciones de los seres humanos reales, sin necesidad de que todos llegaran a actuar desinteresadamente.

Precisamente, en la famosa frase de la “mano invisible” de Adam Smith hace referencia a eso, a que los individuos persiguen su propio interés y al hacerlo terminan contribuyendo al bienestar común, aun mas que si se hubieran puesto a este como propósito. No es de extrañar que Hume, siendo tan escéptico respecto a los fundamentos del conocimiento humano y la posibilidad de alumbrar principios morales a través de la razón, descreyera de la posibilidad que individuos razonables alcanzaran un contrato social y enfatizara el origen espontaneo de las normas.

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Hayek: no hay dos orígenes de las normas (innatas y racionales), sino tres: fruto de las costumbres

Por Martín Krause. Publicado el 7/11/15 en: http://bazar.ufm.edu/hayek-no-hay-dos-origenes-de-las-normas-innatas-y-racionales-sino-tres-fruto-de-las-costumbres/

 

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca) vemos ahora contribuciones de los autores de esta escuela que se extienden hacia otras disciplinas. En esta oportunidad leemos a Hayek sobre las teorías evolutivas, la sociobiología y la evolución de las normas:

Los errores de la sociobiología

El desafío que me ha llevado a reordenar mis pensamientos sobre este tema fue una afirmación insólitamente explícita de lo que ahora reconozco como un error implícito en gran parte de la polémica contemporánea. La encontré en un nuevo e interesante trabajo en el campo de la que se considera la nueva ciencia americana de la sociobiología, The Biological Origin of Human Values, de G. E. Pugli, libro que recibió muchos elogios del jefe reconocido de esta escuela, el Profesor Edward D. Wilson, de la Universidad de Harvard. Lo sorprendente es que toda su argumentación se basa en el supuesto explícito de que existen sólo dos tipos de valores humanos que Pugh designa como «primarios» y «secundarios», indicando con el primer término aquellos valores que están genéticamente determinados y que por tanto son innatos, mientras que con el segundo designa los que son «producto del pensamiento racional».

La biología social, obviamente, puede hoy considerarse como un desarrollo bastante largo. Los miembros más veteranos de la London School of Economics recordarán sin duda que hace más de cuarenta años se creó en ella una cátedra de sociobiología. Desde entonces ha tenido lugar un gran desarrollo del fascinante estudio de la etología fundada por Sir Julian Huxley, Konrad Lorenz y Niko Timbergen, hoy en rápido desarrollo por obra de muchos seguidores de talento, y de numerosos estudiosos americanos. Debo admitir que incluso respecto a la obra de mi amigo vienés Lorenz, que he seguido de cerca durante cincuenta años, me he sentido a veces incómodo ante la aplicación un tanto apresurada de las conclusiones derivadas de la observación de animales a la explicación del comportamiento humano. Sin embargo, ninguno de ellos me ha hecho el favor de fijar como tema básico, para luego desarrollarlo de manera coherente, lo que en oíros parecían formulaciones ocasionales y apresuradas, es decir que estos dos tipos de valores son los únicos valores humanos.

Lo que más sorprende a propósito de esta opinión tan frecuente entre los biólogos, es que parecía lógico que éstos fueran más bien simpatizantes de ese proceso de evolución selectiva, análogo, aunque en muchos aspectos distinto, al que se debe la formación de estructuras culturales complejas. En realidad, la idea de evolución cultural es sin duda anterior al concepto de evolución biológica. Incluso es probable que su aplicación a la biología por parte de Charles Darwin derivara, a través de su abuelo Erasmus, del concepto de evolución cultural de Bernard Mandeville y David Hume, si no más directamente de las escuelas históricas contemporáneas de derecho y lingüística. Es cierto que, después de Darwin, aquellos «darwinistas sociales» que precisaron de Darwin para aprender la que era una tradición más antigua en sus propias materias, dieron al traste con todo al centrarse sobre la selección de los individuos congénitamente más aptos, selección cuya lentitud la hace comparativamente poco importante para la evolución cultural, y al mismo tiempo descuidando la evolución selectiva de normas y usos, que es la realmente decisiva. Ciertamente no había justificación para que algunos biólogos descuidaran la evolución como proceso únicamente genético, y olvidaran completamente el proceso análogo, aunque mucho más rápido, de la evolución cultural, que actualmente domina la escena humana y presenta a nuestra inteligencia unos problemas que aún no hemos aprendido a dominar.

Lo que, sin embargo, no había previsto era que un examen más atento de este error, común entre algunos especialistas, habría conducido precisamente al núcleo de algunas de las más palpitantes cuestiones políticas y morales de nuestro tiempo. Lo que a primera vista puede parecer un problema relativo sólo a los especialistas resulta en cambio ser el paradigma de algunas de las más graves concepciones erróneas dominantes. Aun cuando espero que lo que voy a exponer sea de algún modo familiar a los antropólogos culturales — y el concepto de evolución cultural ha sido naturalmente subrayado no sólo por L. T. Hobhouse y sus seguidores, y más recientemente en particular por Sir Julián Huxley, Sir Alexander Carr-Saunders y C. H. Waddington en Gran Bretaña, y más aún por G. G. Simpson, Theodosius Dobzhansky y Donald T. Campbell en Estados Unidos—, creo que la atención de filósofos morales, politólogos y economistas necesita aún orientarse hacia la comprensión de su importancia. Lo que todavía precisa ser ampliamente reconocido es que el actual orden social es en gran parte resultado no ya de un plan deliberado, sino del predominio de las instituciones más eficaces en un proceso competitivo.”

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).