Baja aprobación doméstica a la gestión presidencial de Donald Trump

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 9/3/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1991417-baja-aprobacion-domestica-a-la-gestion-presidencial-de-donald-trump

 

Un mes después de haber comenzado la gestión presidencial en curso, el poco convencional Donald Trump recibe un llamativamente bajo nivel de aplauso popular en su propio país. Tan sólo un 44% de los encuestados aprueba su labor. Mientras que un 48% la desaprueba.

Esta temprana percepción pública negativa de los norteamericanos es sorprendente. Aparece por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Ningún otro presidente reciente había generado una imagen adversa tan rápidamente. La aprobación de Barack Obama, nos recuerda Michael Bender desde las columnas del “Wall Street Journal”, estuvo en ese mismo bajo nivel, aunque sólo luego de transcurridos casi tres años de gestión y la de George W. Bush, por su parte, también, pero recién después de transitar 41 meses de su presidencia. Esto ocurre pese a que los principales actores económicos del país del norte son optimistas y a que el electorado llamado independiente apoya a Trump con un sólido 55% de expresiones positivas.

En general, existe la sensación de que Donald Trump está cumpliendo con sus promesas de campaña, especialmente cuando de procurar crear trabajo y cerrar las fronteras se trata.

Pero quienes no aprueban su gestión expresan con mucha frecuencia su preocupación por su temperamento impredecible y volátil y sostienen que -además- no tiene las cualidades que son necesarias para ser presidente de su país. Por esto no sorprende que haya un 47% de norteamericanos con opiniones desfavorables respecto de su presidente y que tan sólo un 43%, en cambio, lo juzgue favorablemente. El disfavor respecto de Barack Obama en la temprana etapa de su labor presidencial era de apenas un 19%. Y el de George W. Bush de un 23%.

Quienes expresan inquietud por un comienzo de gestión que ha estado plagado de equívocos sostienen, mayoritariamente, que ellos son atribuibles al patológico perfil presidencial. En cambio, un 43% de los encuestados entiende que esos errores son los normales o típicos -los casi imposibles de no cometer- al tiempo de comenzar una nueva administración.

Las divisiones sociales y políticas que se evidenciaron inequívocamente en los EE.UU. al tiempo de la elección de Donald Trump no han desaparecido, sino que se mantienen y siguen siendo muy profundas y notorias. La polarización es no sólo clara, sino muy fuerte. Hoy, la enorme mayoría de los republicanos apoya sólidamente a Trump. Y lo sustancial de los demócratas lo enfrentan.

Quizás por esto en su reciente primer discurso ante ambas Cámaras del Congreso de los EE.UU., el presidente norteamericano -en una alocución que fue sobria y clásica- convocó a sus conciudadanos a trabajar unidos. Si éste es un cambio tranquilizador de rumbo es, indudablemente, oportuno. Más aún, necesario.

No hay, sin embargo, una sensación general de preocupación. Menos aún de pánico. Un sólido 57% de los norteamericanos dice que lo que están viendo es, en rigor, lo que efectivamente esperaban que sucediera. Nada demasiado distinto, en consecuencia. Lo cierto es que un 47% de los encuestados manifiesta aprobar la mayor parte de las iniciativas presidenciales, porcentaje que, cabe apuntar, es superior al que, en esta misma instancia de sus respectivos mandatos, obtuvieran tanto Ronald Reagan como George W. Bush. A lo que cabe agregar que un 53% de los norteamericanos entiende que las insistentes críticas contra el presidente que se exteriorizan a través de los medios de comunicación masiva son exageradas.

El humor social general de los norteamericanos parece estar mejorando, aunque lentamente. Esto es lo que puede interpretarse frente a un 40% de respuestas que hoy entienden que los EE.UU. están finalmente caminando en la buena dirección. En diciembre pasado, ese porcentaje era preocupante: de apenas un muy magro 33%. Y en julio pasado, de un realmente desconcertante 18 por ciento.

Donde Donald Trump parece equivocarse es en su puja contra los medios de comunicación masiva, a los que ataca y maltrata constantemente. Aunque -como hemos dicho- más de la mitad de los norteamericanos dice no aprobar la cobertura de la acción presidencial por parte de los medios de comunicación masiva, cabe advertir que hay nada menos que un 61% de los encuestados que desaprueba abiertamente la actitud, insistentemente belicosa, del presidente respecto de los medios de comunicación.

A lo que cabe sumar que un 52% de los norteamericanos declara confiar en la información que obtienen desde los medios, mientras apenas un 37% confía más en la información que les llega a través de su Presidente.

Atacar a los medios de comunicación masiva no sólo es -por lo general- un mal negocio político, sino también una preocupante señal de autoritarismo y de falta de convicción respecto de que la libertad de expresión es una garantía fundamental para todos. Primordial, porque de ella depende la vigencia efectiva de otras importantes libertades civiles y políticas. Por eso, respetarla es esencial para poder vivir en democracia. En todas partes.

No puedo cerrar este comentario sin mencionar un tema particularmente serio que flota sobre la administración de Donald Trump. El que tiene que ver con la sombra de Rusia que se proyecta sobre la campaña electoral del presidente. Como consecuencia de ella, varios de sus colaboradores más importantes han quedado lastimados y la sensación de mentira (inaceptable para los norteamericanos) está instalada en su derredor. No sería raro, entonces, que este episodio continúe generando conmociones.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

 

La “Teoría Dolina” del crecimiento económico

Por Iván Carrino. Publicado el 29/12/15 en: http://www.ivancarrino.com/la-teoria-dolina-del-crecimiento-economico-3/

 

Hace algún tiempo, antes de las elecciones presidenciales, al programa de televisión TVR fue invitado el destacado escritor y locutor Alejandro Dolina. En un momento de la transmisión se tocó el tema de los dos modelos económicos en pugna y Dolina expuso su visión de la situación con el ejemplo de su amigo el zapatero:

“Yo pienso mucho en un zapatero que vive al lado de casa y que hace 15 años estaba todo el día parado en la puerta (…) Sin embargo, empezó un proceso conforme al cual la gente podría comprar zapatos. Además no venían zapatos italianos a $ 100. ¡Qué mal! Dirán algunos, a mí me gustaría tener zapatos italianos a $ 100. Pero el asunto es que a este tipo le empezaron a comprar zapatos, tuvo empleados, ahora está todo el día adentro, tiene un montón de empleados que trabajan, que compran otras cosas – helados, por ejemplo, o bicicletas- entonces prosperan los fabricantes de helados y bicicletas que toman nuevos empleados, que, a su vez, ganan dinero y ¿qué compran? Zapatos”

Dolina expresa, con su elocuencia y simpatía característica, una idea que está muy extendida con respecto al comercio internacional: que hay que “sustituir” las importaciones para generar empleo y crecimiento económico.

Como se extrae del análisis, para que el zapatero comience a producir y eso dé lugar a un proceso virtuoso de crecimiento económico, basta con elevar una barrera a las importaciones. Ahora bien, si fuera tan sencillo, solo necesitaríamos cerrar todas las fronteras y esperar a que llegue el desarrollo. Sin embargo, hacer eso sería condenarnos a la pobreza y el atraso.

Es que el argumento expresado por Dolina ignora las fundamentales ventajas de comerciar libremente con el mundo.

Lo primero que debe decirse es que frenar importaciones, lejos de estimular la producción y el crecimiento, los detienen. Esto es así porque la mayoría de los bienes que importamos no son bienes de consumo, sino insumos necesarios para la producción. Por los últimos 7 años, más del 80% de lo importado por Argentina estuvo compuesto por bienes de capital, bienes intermedios y combustibles, todos ellos insumos necesarios para producir. Evitar que estos bienes lleguen al país, entonces, no estimulará el crecimiento, sino que lo detendrá, como ya está ocurriendo.

Otro problema de cerrarse al comercio internacional es que todo sale más caro. La apertura económica genera mayor competencia y esa competencia reduce los precios tanto de los bienes de consumo como de los bienes de capital, lo que enriquece a los consumidores y, al mismo tiempo, mejora la productividad de las empresas. Así, un comercio más libre y más cantidad de importaciones enriquecen a la población, mejorando directamente su calidad de vida.

Un argumento que suele utilizarse en contra de la apertura comercial es el del desempleo. Sin embargo, no existe ninguna relación  entre libre comercio y desempleo. En realidad, el comercio internacional no crea ni destruye empleo a nivel agregado, sino que puede destruir empleo en algunos sectores, pero sólo para liberar recursos y permitir que estos se ubiquen en otros  sectores más productivos donde el país tiene ventajas comparativas.

Un ejemplo de cómo el libre comercio es una buena vía hacia el progreso económico y el bienestar es el de Chile. A partir de mediados de los años ’70 el país vecino comenzó un proceso de apertura unilateral al comercio internacional, reduciendo aranceles, cupos y prohibiciones para importar. Más adelante, desde los años ’90 y hasta el día de hoy, comenzaron a firmar Acuerdos de Libre Comercio con una enorme cantidad de países, entre los que destacan Canadá, Estados Unidos, China, Australia y, más recientemente, la Alianza del Pacífico.

En paralelo con este proceso de apertura, Chile multiplicó por 5 su riqueza per cápita, llegando al primer puesto de los países de América del Sur. Además, siendo el país más abiertos del continente, su tasa de crecimiento fue del 4,5% promedio en los últimos 10 años mientras que el desempleo pasó del 10,0% en 2004 al 6,3% el año pasado. Por si esto fuera poco, la inflación se ubica en el 4% y el promedio de los últimos 6 años no supera el 3% anual.

En conclusión, por más atractiva que resulte la teoría de Dolina, lo cierto es que nada indica que sea una buena idea cerrarse al comercio para crecer. De hecho, tanto la teoría como el análisis de los casos prácticos nos llevan a pensar en la conclusión contraria: si queremos crecer y reducir la pobreza, la receta no es la autarquía, sino el libre comercio.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.