Ber Gelbard, el referente económico de Cristina Kirchner, fue el padre del Rodrigazo

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 14/5/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/05/14/ber-gelbard-el-referente-economico-de-cristina-fernandez-de-kirchner-fue-el-padre-del-rodrigazo/

 

Fue ministro durante 17 meses, bajo las presidencias de Héctor Cámpora, Juan Domingo Perón e Isabel Perón

Suele recordarse la gestión de José Ber Gelbard en Hacienda entre el 25 de mayo de 1973 y el 21 de octubre de 1974, como la etapa “inflación cero”, un disparate que un simple gráfico con los índices de precios al consumidor de esa época, con precios congelados, muestran que su éxito fue artificial (por el congelamiento de precios), efímero y terminó en el famoso rodrigazo.

Para ponerlo en contexto histórico y comprender qué hizo, puede afirmarse que Gelbard fue el padre del monstruo que llevo al rodrigazo de 1975.

Gelbard armó el lío y Celestino Rodrigo solo destapó la olla torpemente y sin un plan económico consistente detrás, en un contexto político en que la interna peronista entre el ala fascista y el ala de izquierda, dirimía sus diferencias a los tiros y bombazos.

Así como Cristina Fernández de Kirchner dejó la herencia de un monstruo económico que Mauricio Macri lo enfrentó sin un plan económico consistente, Gelbard tiró la granada económica y salió corriendo. Por eso todos recuerdan el rodrigazo pero no recuerdan el lío que armó Gelbard, de la misma forma que todos despotrican contra Macri pero nadie recuerda el lío económico que dejó Cristina Fernández. En realidad el actual Presidente y sus asesores de comunicación hicieron lo imposible para que la gente no se enterara de la herencia que recibieron.

La visión de Gelbard sobre la inflación era que se producía por una puja distributiva y esto llevaba a inflación de costos, de manera que todo era cuestión de sentar en una mesa a las partes: empresarios, sindicalistas y gobierno y, a dedo, establecer la estructura de precios relativos. Para eso estaba Juan Domingo Perón a quién nadie le iba a discutir sus decisiones.

Dicho sea de paso,la mayoría de las fuerzas políticas de esa época creían, como ahora el kirchnerismo, que el problema de la inflación tiene que ver con los costos de producción, cuando la ciencia económica ha demostrado que no son los costos los que determinan los precios, sino que son los precios los que determinan los costos en que puede incurrir una empresa.

Establecido el acuerdo de precios, salarios y tarifas de los servicios públicos que iba a durar un par de años, el resultado de la inflación puede verse en el gráfico:

Cómo puede verse en el gráfico, en junio de 1973 el IPC cae el 2,9% con relación al mes anterior. ¿Hubo deflación? Ocurre que los burócratas de turno decidían cuáles eran los precios que podían cobrar las empresas y, el 9 de julio de ese año determinaron que los precios no podían ser mayores a los que cobraban el 1 de junio de ese año.

Es que los burócratas de ese momento consideraban que había empresarios que habían aumentado los precios para cubrirse ante un congelamiento que venían venir y obligaron a las empresas a bajar nuevamente los precios. No fue que los precios bajaron por menor demanda, más oferta o mayor productividad, sino que alguien se sentó con papel y lápiz y decidió qué precios se podía cobrar.

La baja de enero de 1974 se explica porque los aumentos de precios de los productos de importación y exportación que habían crecido el 86% y el 28% respectivamente, aumentos que se produjeron entre el segundo trimestre de 1973 y enero de 1974, determinaron que las empresas tuvieron que retrotraer precios sino se “justificaba su exacta incidencia” (recordar que la OPEP da marcha atrás a fines de 1973 con la reducción de la producción de petróleo y observar que en diciembre de 1973 el IPC se había disparado al 8,1% de aumento a pesar de tener congelados los precios). En otras palabras, por decisión burocrática se bajaron los precios en enero.

Para que el lector tenga una idea de lo enmarañado que era el control de precios, se estableció que por un tiempo las empresas no podías sacar nuevos productos, ni cambiar los envases o las cantidades que vendían. Había 23 comisiones que controlaba los precios, empresa por empresa. Para ellos había que analizar los costos de producción y luego fijar alguna tasa de rentabilidad que solo Dios sabe cómo la establecían. Pero mientras se entretenían con esta maraña de controles, ¿qué pasaba por el flanco fiscal? El gráfico 2 muestra que el déficit fiscal consolidado seguía aumentando.

Claro, al congelar las tarifas de los servicios públicos, las empresas estatales tenían pérdidas al igual que las empresas privadas, así que había que financiar esas pérdidas más el gasto público. Recordemos que el tipo de cambio era fijo, el mercado de cambios estaba regulado y los depósitos bancarios habían sido estatizados, por lo cual los bancos recibían los depósitos por cuenta y orden del BCRA. Los bancos eran simples sucursales del BCRA y recibían una comisión por las operaciones que realizaban en nombre de la autoridad monetaria.

La economía argentina estaba totalmente regulada al estilo soviético. Al respecto cabe recordar que Gelbard estaba afiliado al partido comunista, pero era un comunista con plata que cuando tuvo que exiliarse lo hizo en Estados Unidos y no en la Unión Soviética. Digamos que los progres argentinos como Cristina Fernández de Kirchner o José Ber Gelbard son de izquierda pero no fanáticos y cuando se trata de su plata, pueden ser los capitalistas más acérrimos.

Obviamente que con semejante déficit fiscal, la base monetaria tenía que aumentar, como puede verse en el gráfico previo y, por lo tanto, con tamaña expansión monetaria la inflación cero de Gelbard fue puro humo.

Semejantes distorsiones terminaron en la renuncia de José Ber Gelbard, a quién siguió Alfredo Gómez Morales que salió corriendo a los pocos meses viendo la herencia recibida y todo terminó en manos de Celestino Rodrigo que destapó la olla a presión e históricamente terminó pagando el costo del delirio de la inflación cero de Gelbard. A éste se lo recuerda como el héroe de la inflación cero y a Rodrigo por el rodrigazo que duró 2 meses en el cargo.

A Celestino Rodrigo le siguió Ernesto Corvalán Nanclares durante tres días, hasta que llegó Pedro Bonani que duró en el cargo menos de un mes. Luego volvió Ernesto Corvalán Nanclares durante 1 mes hasta que llegó Cafiero que estuvo 5 meses a quien reemplazó Emilio Mondelli durante un mes.

Desabastecimiento, inflación reprimida, estallido cambiario, tarifario y de precios y una economía agonizante en las puertas de la hiperinflación dejó la inflación cero de Gelbard, y lo que es más grave, congelamiento de los precios relativos que significa quitarle señales a la economía para establecer una eficiente asignación de recursos productivos.

Podría afirmarse que la famosa inflación cero de Gelbard fue el inicio de la aceleración de la decadencia argentina. Si hasta ese momento veníamos a los tumbos, a partir de la inflación cero de Gelbard perdimos por completo el rumbo, el cual seguimos sin encontrar.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Economía: sin mucho tiempo para andar haciendo pruebas

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 25/10/15 en: http://economiaparatodos.net/economia-sin-mucho-tiempo-para-andar-haciendo-pruebas/

 

Con 4 años de mandato,  el nuevo presidente no tiene tiempo para andar haciendo pruebas para arreglar el descalabro económico que deja CF

No es la primera vez en los últimos 40 años de historia económica argentina, que un gobierno le deja a otro una flor de lío económico. Es más, el mismo gobierno peronista de 1973/1976 heredó su propio lío económico. En esos años el entonces ministro de economía José Ber Gelbard, primero ministro de Campora y luego de Perón, generó un caos de precios relativos que en 1975 intentó “resolverlo” como pudo Celestino Rodrigo, hombre insultado y denigrado pero que, en rigor, con todos sus defectos, no fue estrictamente el responsable de lo que se conoció como el rodrigazo. Lo que hizo Celestino Rodrigo fue solamente destapar la olla a presión que había dejado José Ber Gelbard. Pero el caos económico y político que había en esos años no terminó de pagarlo el peronismo porque tuvo la suerte de aparecer como víctima del golpe del 76.

El mismo Proceso tuvo sus problemas económicos internos heredados. Martínez de Hoz nunca terminó de resolver seriamente el problema fiscal y terminó utilizando la famosa tablita como freno a la inflación. La caída del tipo de cambio real de aquellos años la heredó Lorenzo Sigaut, que tampoco supo encarar la solución al problema y antes de fin de año Galtieri desplazaba a Viola de la presidencia y asumía Roberto Alemann como ministro de economía, que a poco de asumir tuvo que lidiar con la guerra de Malvinas y luego vino el desbande del Proceso que, a las apuradas, tuvo que llamar a elecciones.

Alfonsín la pifió de entrada en su plan económico con Grinspun, tuvo un éxito muy transitorio con el plan austral y luego naufragó hacia la hiperinflación con el plan primavera.

Menem no embocó de entrada con el plan económico de Bunge y Born. Tampoco Erman González solucionó el problema inflacionario y Cavallo logró domar el potro inflacionario recién en abril de 1991 con la convertibilidad, que en rigor fue una regla monetaria.

De la Rúa desaprovechó dos grandes oportunidades para poder enfrentar los problemas económicos heredados. La primera oportunidad fue cuando nombra como ministro de Economía a Machinea acompañado por Miguel Bein y Pablo Gerchunoff. Los tres heterodoxos y con tendencia hacia la izquierda solo atinaron a impulsar un impuestazo sin tocar el gasto público. Cuando ya no pudieron sostener más las condiciones fiscales se fueron y llegó Ricardo López Murphy. Esta fue la segunda oportunidad que perdió De la Rúa al no apoyar la baja del gasto público que propuso RLM. Ceder ante las presiones de los “progres” y populistas terminó costándole la presidencia y dio lugar al posterior destrozo que hizo Duhalde saliendo con una enorme torpeza de la convertibilidad.

Lo del kirchnerismo es historia conocida. Se encontró con la devaluación y la pesificación ya hecha. Sin tener que pagar la deuda pública porque estaba en default, con precios de las commodities subiendo y con un stock de capital heredado de la década del 90 que le permitió estimular el consumo en forma artificial consumiéndose toda la infraestructura productiva se vivió una “recuperación” con pies de barro desaprovechándose una oportunidad histórica para recuperar Argentina de largos años de decadencia.

Le deja el kirchnerismo al próximo gobierno un tipo de cambio real totalmente retrasado artificialmente, un enorme gasto público, fenomenal presión impositiva y, encima, con déficit fiscal. Tarifas de los servicios públicos muy atrasadas, el BCRA vaciado, pobreza, indigencia y desocupación por citar algunos de los problemas más acuciantes.

Mi visión es que el próximo gobierno no tiene mucho margen para equivocarse. Tanto Alfonsín como Menem comenzaron sus períodos presidenciales que duraban 6 años. Ese período les daba más tiempo para cometer errores y luego tratar de rectificar. Alfonsín estuvo dando vueltas con Grinspun desde diciembre de 1983 hasta principios de 1985 cuando lo nombró a Sourrouille que recién a mediados de 1985 lanza el plan austral que, por no corregir el problema fiscal, terminó fracasando. Alfonsín perdió un año y medio hasta que logró establecer un plan económico que generó cierta credibilidad. Pero pudo darse ese lujo porque su mandato no duraba 4 años como ahora. Duraba 6 años.

Menem también demoró casi dos años hasta que dominó la inflación. Ese tiempo era 1/3 de su mandato presidencial. Pero De la Rúa en 2 años no consiguió dominar la economía y se le fue el 50% de su mandato. Es cierto que entre radicales y peronistas se encargaron de hacerle la vida imposible, algo que no hubiese ocurrido si de entrada lograba poner orden económico. Con la economía bajo control le iba a resultar más difícil a peronistas y radicales moverle el piso como se lo movieron.

Deliberadamente CF le deja el campo minado al próximo gobierno. Como solo le importa su persona, dudo que antes del 10 de diciembre se encargue de solucionar uno o varios problemas económicos para aliviarle costo político al próximo gobierno. Esto quiere decir que el que viene no tendrá margen de tiempo para estar ensayando propuestas como hicieron Alfonsín y Menem porque le insumiría quizás la mitad de su mandato y estaría perdiendo en las elecciones de medio término en 2017. Lo máximo que puede intentar el próximo presidente es tener dos equipos económicos. Uno para hacer rápidamente el trabajo sucio de corregir los precios relativos y un segundo que tendría como función reemplazar al primero estableciendo un plan económico de largo plazo que genere confianza y sin tener que lidiar con el costo político de corregir los precios relativos. Esta sería la propuesta de mínima.

La de máxima consistiría en tener en equipo económico de prestigio. Con gente con trayectoria y que genere confianza, con un plan económico consistente para amortiguar los efectos más duros de corregir los precios relativos. Si va por esta segunda alternativa, en 6 meses máximo tiene la economía funcionando a pleno, lo cual le permitiría al próximo presidente consolidar su posición política. Con la economía bajo control rápidamente, la gobernabilidad es más fácil de conseguir. Los intentos de desestabilización solo prosperan cuando la economía naufraga. Es decir, cuando los bolsillos de la gente están vacíos.

El campo minado que deja CF es muy extenso y requiere de gente con mucha capacidad, prestigio y audacia para poder desactivarlo. Se puede lograr, pero el próximo presidente no tendrá tiempo para estar ensayando recetas heterodoxas que de antemano sabemos que fracasarán. Si tiene decisión y audacia, desactiva el campo minado. Si toma el camino del miedo, gana CF porque las minas irán explotando en cadena.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Why Argentina Must Learn the Virtues of Economic Orthodoxy:

Por Adrián Ravier: Publicado el 8/12/14 en:  http://panampost.com/editor/2014/12/08/why-argentina-must-learn-the-virtues-of-economic-orthodoxy/

 

Orthodoxy is, according to the first definition of the Royal Spanish Academy, “conformity with generally accepted doctrines or practices.” Those in the economics profession and academic discipline have reached a broad consensus about the importance of fiscal balance (in public finances), monetary stability (in macroeconomics, and in the sub-discipline of monetary theory), and open economies (in international economics).

However, Argentinean economic policymakers have struggled with these three areas historically, instead embracing a heterodox approach.

On the fiscal front, the recent economic history of Argentina has seen successive deficits. The sole exception came in the 2003-2008 period, which was entirely due to an enormous currency devaluation after the policy of convertibility — whereby the exchange rate between the Argentinean peso and the US dollar was fixed at 1 to 1 — and the consequent dilution of public sector salaries. When pay levels recovered after six years, Argentina returned to registering successive fiscal deficits up until today.

The reader might ask what precisely is problematic with maintaining such fiscal deficits. First, it must be observed that servicing a deficit has consequences. On several occasions in recent history, the associated debts have been paid for with new taxes, which have now left us struggling under the greatest tax burden in our history, and the highest in all the American continent. This reduces the efficiency of the productive sector, impeding its ability to generate jobs and wealth.

When society at large begins to refuse to accept ever greater taxes, governments instead turn to internal and external public debt. This was the case during Argentina’s military dictatorships, which saw the first great leaps in our public debt, and was duplicated in the 1990s. Fiscal imbalances may also be financed by printing money, as done during the return to democracy under President Raúl Alfonsín (1983-9), which left us with the worst hyperinflation of our history.

Our Ministry of Finance is now the proud owner of relatively low levels of public debt in relation to GDP, following a decade of economic recovery after the 2001 crisis, while external debt was largely kept low. However, this isn’t the result of a conservative or orthodox economic policy. Rather, it is due to the fact that Argentina has deployed other tools — taking on internal debt with the Central Bank and Social Security Administration (ANSES), and the monetization of her public debts. An enormous proportion of current Central Bank assetsare made up of government bonds, which leaves the nation’s future financial viability in an extremely precarious situation.

Elaborado a partir de “Sector Público No Financiero, Cuenta Ahorro-Inversión-Financiamiento”, Secretaría de Hacienda, Ministerio de Economía. (Consultora Macroeconómica Espert)

Second, we should remember that historically Argentina has struggled to keep public spending down and to control the deficit. The above chart shows the 1975 deficit at 12.1 percent of GDP, which ended in a hyperinflationary episode, dubbed the Rodrigazo after then-Economic Minister Celestino Rodrigo. Currency devaluation managed to deflate spending and bring it to less than 4 percent of GDP, only for the problem to return six years later — following a series of policies, involving pegging the peso to the US dollar, known as the Tablita — to a fiscal deficit of 11.3 percent.

The return to democracy was also characterized by successive fiscal deficits financed by printing money, as well as repeated currency devaluations. The result was the same as before: when the fiscal deficit reached 6.5 percent of GDP in 1988, its monetization brought us to hyperinflation.

The policy of convertibility during the 1990s was accompanied by several orthodox policies, including the privatization of public services, which allowed the government to at least reduce the deficits then being registered by state-owned companies. However, the above chart clearly shows that, aside from 1993, when the government received the profits of the sale of public companies, the government failed to achieve fiscal balance throughout the entire decade.

In this case, following the Brady Plan, public deficit financing came from legitimate public debt, although that clearly risked the sustainability of the government’s economic model. It was only through the support of external creditors who were prepared to finance this imbalance that Argentina was able to maintain economic growth. However, beginning with the Asian financial crisis of 1997, the Russian default in 1998, and Brazil’s devaluation of its currency in 1999, creditors decided to cut off their loans, and pressure grew on the government to abandon convertibility.

Far from the “zero deficit” envisioned in orthodoxy, Argentina registered still further growing imbalances, reaching 7 percent of GDP in 2001, marking the end of convertibility with a monstrous devaluation.

When Néstor Kirchner came to power in 2003, he was met with a strangely favorable situation. As Argentina was barely climbing out of the hole, the 2004 fiscal surplus was some 3.8 percent of GDP. It wasn’t that Kirchnerism involved orthodox, prudent, or conservative policies to reduce the fiscal deficit, but that the hyper-devaluation required to end convertibility significantly reduced the real value of public-sector salaries.

From 2004 onwards, these same employees began to recover their purchasing power, which added to successive social spending plans and led us to new fiscal deficit of 0.3 percent in 2007. Since then, Argentina has continued to widen the gulf between tax receipts and spending, nationalizing the system of pensions, appropriating ANSES funds worth more than US$30 billion, and making heavy use of the money-printing machines of the Central Bank. 2014 is set to close with a fiscal deficit of an estimated 5.9 percent, which is certain to force the government to turn to external debt.

The outcome of this model is still unclear, but it’s unlikely to be very different to our previous economic history throughout the greater part of the 20th century. Argentina’s rulers have systematically ignored basic economic lessons, broken from orthodox fiscal policy, and systematically impoverished their citizens.

Even the limited successes of the military model, or that of the 1990s, weren’t due to the adoption of orthodox policies. Both periods remained extremely far from this line of thinking.

Argentina needs orthodoxy, and has always needed it — although this word has been wrongly interpreted and maligned from almost every quarter within our society.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Rodrigazo vs. Kirchnerazo

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 30/12/13 en:  http://economiaparatodos.net/rodrigazo-vs-kirchnerazo/

Si bien es cierto que las comparaciones son tramposas, no es menos cierto que son ilustrativas. En las últimas semanas parecen haberse incrementado, en cierta medida, las comparaciones entre la situación económica actual y las previas al Rodrigazo en 1975. La receta de este problema es muy simple: “Paso 1: emita dinero y no deje que los precios suban de modo tal que eventualmente deban subir toda la inflación acumulada de golpe. Paso 2: póngale el nombre de este suceso al ministro que le tocó destapara la olla a presión; no vaya a ser cosa que se relacione al aumento del nivel de precios con la alta inflación más control de precios que su propio gobierno puso en práctica durante años anteriores. ¿No sería más preciso hablar de Gerbardazo, o Peronazo, en lugar de Rodrigazo?”¿Se está ante un problema potencialmente similar en el mediano plazo?

El Rodrigazo de 1975 no fue otra cosa que el desenlance de una mala política económica y monetaria.  Entre 1967 y 1972, años bajo gobierno militar, la inflación (compuesta) anual fue del 25.6%. Es decir, un nivel similar de estos últmos años. 1973 fue año de transición al retorno de Perón al poder. En 1973 y 1974 la inflación fue de 61.2% y 23.5% respectivamente. Cuando Hector Cámpora asume como Presidente lo trae a José Gelbard como ministro de economía quien decide combatir la inflación con control de precios (nunca más atinada la frase “cualquier parecido con la actualdiad es pura casualidad.”) El problema del control de precios es que no elimina el problema de fondo de la inflación, que es un exceso de oferta monetaria sobre al demanda de dinero. Lo que sin control de precios es un aumento del nivel de precios en paralelo con el exceso monetario se transforma en una olla a presión que eventualmente hará que los precios salten poniéndose al día con la inflación acumulada pero aún no representada en los precios.

Gelbard renuncia en 1974 y luego de un corto período a cargo de la cartera de Alfredo Gómez Morales se lo elige a Celestino Rodrigo como el nuevo ministro de economía. Es a Celestino Rodrigo a quien le toca “poner la cara” y hacerse cargo de la distorsión de precios producida por la inflación y las políticas de Gelbard. Se podrá discutir si el método que Rodrigo eligió para intentar solucionar el problema estuvo o no bien implementado, pero es un acto de negación ignorar la complicada herencia que le dejaron como si el problema hubiese empezado y terminado con Rodrigo.

El Rodrigazo puede resumirse en los siguientes puntos:

  • ·         Aumento del 100% de los costos de servicios y transporte público (tarifas)
  • ·         Devaluacion del 150% frente al dólar comercial (había un tipo de cambio diferenciado para el sector financiero)
  • ·         Aumento de hasta 180% en los combustibles
  • ·         “Salariazo”

A pesar del salarizo, la inflación se aceleró disminuyendo el salario real. Entre 1976 y 1983 la inflación (compuesta) anual fue del 166.4%. Más que quintiplicó a la del período 1967-1972. La CGT reaccionó con la primer huelga general en el gobierno de Perón. El deterioro institucional fue tal que algunos sugieren que la inflación del 35% mensual que siguió al Rodrigazo fue un factor importante en el golpe militar del 76.

¿Cuál es la situación actual? ¿Cómo sería un Kirchnerazo si una medida similar se aplicase mañana?

Entre el 2001 y el 2013, la inflación acumulada es del 681% mientras que la tarifas aumentaron “sólo” un 144%. Esto quiere decir que las tarifas deben aumentar un 373% para equiparar el 681% de inflación acumulada aún no representada en las tarifas. Holgadamente más del 100% del Rodrigazo.

En cuanto al tipo de cambios, si asumimos en números redondos una cotización de 10ARS = 1USD como el tipo de cambio de equilibrio, entonces es necesario devaluar un 53.8% para llevar la cotización oficial de 6.50 a 10 como en el mercado blue o informal. Que el BCRA en los últimos días haya devaluado a una tasa anual en torno al 100% no es accidental. Lo que el BCRA hace es devaluar “un poco” todos los días para no tener que hacer un “Rodrigazo sobre el tipo de cambio.” La diferencia entre la devaluación del 53.8% y el aumento de tarifas del 373% es que el gobierno ha aceptado ajustar aceleradamente el tipo de cambio pero no se atreve a tocar el atraso tarifario.

Estos dos datos ofrecen un punto de comparación. En términos tarifarios, el Kirchnerismo estaría generando una situación notablemente más delicada que la del Rodrigazo. En términos de devaluación, el gobierno se encuentra en una mejor, o menos peor situación, debido a la acelerada depreciación del tipo de cambio oficial de los últimos meses. Es importante notar, sin embargo, que solucionar un problema no corrige el otro. Dicho de otra manera, si el BCRA logra cerrar al brecha cambiaria, eso no es solución del atraso tarifario.

Es muy difici predecir que podría suceder de darse un Kirchnerazo, dado que el desenlace depende de qué otras medidas se toman en paralelo. Por ejemplo, ¿se devalúa y ajustan tarifas y además se levanta el cepo o o se mantiene el cepo? ¿Se aumentan las expropiaciones o se da marcha atrás con los avallasamientos a los derechos de propiedad y actitudes anti mercado? ¿Cómo se va a manejar, desde los distintos niveles de gobierno el inevitable descontento social? Y, no menos importante, ¿qué explicacion se va a dar a la población de la tremenda factura que se les pasa? ¿Culpa del “vil mercado y los explotadores empresarios” o “culpa del desmanejo económico de un gobierno populista con inocultable sesgo autoritario”? ¿Cederá el gobierno aumentando aún más la tasa de inflación? Etc…

Creo que una última aclaración es oportuna. Cuando algunos economistas y analistas hacemos este tipo de comparaciones y ofrecemos nuestra opinión de manera cruda y objetiva, no es con ánimo destituyente ni golpista ni pesimismo por pesimismo propio. Es, por el contrario, motivado por un interés genuino en que la opinión pública y sobre todo los funcionarios públicos acusen recibo de los problemas que su desinterés por sus representados genera. Nada nos agradaría más que explicar las bondades y solidez de la economía a futuro, pero hacer la vista gorda a serios problemas es como el médico que oculta una terrible enfermdad a su paciente porque sólo gusta de dar buenas pero poco relevante noticias.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

El mito del gasto público para estimular la economía

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 18/8/13 en: http://economiaparatodos.net/el-mito-del-gasto-publico-para-estimular-la-economia/

Como en economía no hay magia, lo primero que hay que preguntarse es: ¿cómo se financia todo aumento del gasto?

Suele decirse que el aumento del gasto público reactiva la economía y que una baja del gasto público la deprime. A quienes defendemos la reducción del gasto nos llaman ortodoxos, los desalmados que quieren ajustar a costa del pueblo y demás adjetivos que nos descalifican como si disfrutásemos viendo a la gente sin trabajo y sumergida en la pobreza.

Veamos qué hay de cierto en las dos posturas comenzando por el aumento del gasto como “reactivante”. Como en economía no hay magia, lo primero que hay que preguntarse es: ¿cómo se financia todo aumento del gasto?

Los mecanismos de financiamiento del aumento del gasto son los siguientes:

1)    Aumento de impuestos

2)    Endeudamiento interno y externo

3)    Emisión monetaria

4)    Consumo del stock de capital

5)    Confiscaciones

Si se aumenta el gasto financiándolo con aumento de impuestos, ese aumento lo único que hace es transferir recursos de los que pagan más tributos a quienes los reciben vía el gasto. Supongamos que se grava a los sectores de mayores ingresos para transferírselos a los de menores ingresos. En principio los sectores de menores ingresos consumen más, pero los sectores de mayores ingresos invierten menos o bien ahorran menos. Al haber menos ahorro hay menos recursos para financiar inversiones y consumo, con lo cual el efecto de corto plazo es neutro. Solo aumenta el consumo de ciertos sectores a costa de más inversiones. El nivel general de demanda es el mismo, lo que cambia es la composición de la demanda. Se incrementa la demanda de bienes de consumo y se deprime la demanda de bienes de capital. El efecto de largo plazo es que las menores inversiones se traducirán en menos productividad de la economía, salarios reales más bajos en el futuro y menos puestos de trabajo. Ahora, si el gasto sigue aumentando y la presión impositiva se extiende a amplios sectores de  la sociedad, la historia muestra que la gente termina rebelándose contra los gobiernos que los esquilman impositivamente.

Imaginemos ahora que el aumento del gasto se financia con crédito interno. En ese caso, la mayor demanda de crédito por parte del sector público eleva la tasa de interés y desplaza al sector privado del mercado crediticio, con menor consumo e inversión. Nuevamente, hay más actividad por el aumento del gasto pero menos actividad por el costo crediticio más alto para invertir.

Si en vez de recurrir al ahorro interno se recurre al ahorro externo para financiar el aumento del gasto, puede haber una reactivación de corto plazo dado que se consume más utilizando el ahorro de los japoneses, alemanes o italianos, pero el efecto de largo plazo es que aumenta el gasto por mayores intereses a pagar, lo cual exigirá nuevas fuentes de financiamiento para pagar tanto los intereses como el capital. El ejemplo más claro que puede darse son los 90 cuando se financió el aumento del gasto con endeudamiento externo lo cual disparó el gasto y la deuda hasta que fue insostenible.

Si el aumento del gasto se financia con emisión monetaria, inicialmente puede generar una ilusión monetaria que lleve a más consumo, pero a medida que sube la tasa de inflación, caen los salarios reales y se contrae el consumo. El efecto de corto plazo puede ser más actividad pero en el largo plazo se entra en procesos de recesión con inflación o estancamiento con inflación. Es lo que vemos hoy día en la economía argentina. Si bien la fiesta de consumo artificial responde a varios factores adicionales (soja, crecimiento del mundo hasta la crisis del 2008, Brasil con un dólar barato etc.) la fuerte expansión monetaria para financiar el gasto está haciendo estragos en la actividad económica. Nuevamente, ilusión de consumo de corto plazo, caída de actividad en el largo plazo.

En cuarto lugar veamos el financiamiento del gasto consumiendo stock de capital. El Estado puede destinar recursos que deberían ir al mantenimiento de la infraestructura del país hacia sectores que al recibir esos recursos aumentan el consumo. En este caso no hay aumento de la actividad, solo cambia el tipo de actividad, se compran más bienes de consumo y baja la actividad en los rubros ligados al mantenimiento de rutas, trenes, sistema energético, puertos, etc. Desde el punto de vista macro, los que venden bienes de consumo festejan, los que se dedican al mantenimiento de la infraestructura ven disminuir sus ingresos, con el agravante que este mecanismo de financiamiento puede derivar en muertes como las que hemos visto en varias tragedias ferroviarias y en las rutas.

Finalmente, se puede financiar el gasto confiscando, como ocurrió con nuestros ahorros en las AFJP. Ahí si tenemos un aumento del consumo y de la actividad a costas de un sector de la sociedad que en el futuro vivirá en la miseria cuando tenga que jubilarse.

Como puede verse, no es tan cierto que el aumento del gasto público siempre incremente el nivel de actividad en el corto plazo. En unos casos solo genera cambios en el tipo de bienes que se demandan, pero la demanda global se mantiene constantes. En otros casos puede estimular la economía en el corto plazo pero con efectos contractivos en el largo.

El punto es cuando llega el largo plazo y el nivel de gasto es insostenible,  generando recesión e inflación. Llegado a este punto, a quienes sostenemos que debe bajarse el gasto público se nos acusa de ortodoxos del ajuste, cuando en realidad lo que se busca es la forma menos traumática de evitar una crisis de envergadura que le genere mayores penurias a la población.

¿Qué hizo Duhalde en el 2002? Generó una fenomenal devaluación, llamarada inflacionaria y caída del ingreso real para licuar el gasto público, pero con un costo para la población que fue infinitamente mayor a la reducción de gasto público que  en su momento había sugerido Ricardo López Murphy y fue atacado a mansalva por las medidas que había propuesto.

Obviamente que solamente bajar el gasto no sirve de nada si no está hecho en un contexto de política económica e institucional creíble que rápidamente encauce la economía hacia el crecimiento. Eso es lo que ocurrió con la devaluación del 2002. Solo cambió los precios relativos de la economía, licuaron el gasto público con la inflación pero no hubo un plan de crecimiento económico de largo plazo. Solo pudo sostenerse esa brutal devaluación porque la suerte hizo que subiera el precio de la soja y el viento de cola nos empujara en estos diez años.

Salvando las diferencias, el rodrigazo de 1975 fue un intento por solucionar el problema fiscal y de distorsión de precios relativos que había dejado José Ber Gelbard. Una vez más, creo necesario destacar que la historia ha sido injusta con Celestino Rodrigo porque fue a él al que le tocó destapar la olla a presión que le había dejado Gelbard. El error de Celestino Rodrigo fue hacerlo en un contexto político e institucional totalmente adverso, limitándose al flanco fiscal sin avanzar en otras reformas estructurales que requería la economía para ser encauzada.

En síntesis, es una ficción que el aumento del gasto público sea la panacea de la economía que mágicamente produce una explosión de actividad. En todo caso puede ser asimilada, dependiendo de la forma en que se lo financie, a drogar la economía, con el efecto desastroso que luego tiene sobre la sociedad cuando luego llega el momento de la verdad. Primero se pide más droga, pero ese exceso de dosis de droga terminan destruyendo el sistema económico y luego la cura es dolorosa.

Justamente porque es dolorosa los políticos tratan de esquivar el costo político de poner disciplina fiscal, monetaria y calidad institucional para atraer inversiones. Las cosas se van postergando hasta que, finalmente, los costos de los desatinos económicos se terminan pagando de la peor forma posible con más sufrimientos para la población.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.