ENTRE INGMAR BERGMAN Y CALÍGULA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

La infancia de cada cual marca la vida, la influye grandemente, no la determina puesto que la persona siempre debe tener presente que el segundero del reloj pasa rápido y es su responsabilidad de lo que hace con su yo, no es conducente pasar el tiempo despotricando contra el padre que no  le prestó la bicicleta o incluso temas mucho peores que pueden haber ocurrido. Es imprescindible arremangarse y encaminarse con decisión hacia metas de excelencia, los pretextos y las excusas no valen como escudo para no lograr lo que se debe.

 

Ingmar Bergman tuvo una infancia por cierto difícil llena de nubarrones y tormentas. Su autobiografía se titula Linterna mágica que tiene un sentido figurado que es el cine y uno literal que consiste en que cuando era frecuentemente castigado físicamente por su padre a quien “terminada la tanda de azotes había que besar su mano” y luego encerrado en un ropero a oscuras durante largo tiempo, llevaba consigo de contrabando una linterna que al prenderla se imaginaba una producción cinematográfica.

 

Desde que nació en julio de 1918 tuvo enfermedades y achaques de salud varios hasta su muerte en 2007. Inmediatamente después del parto los médicos consideraban  que no sobreviviría, “era como si no acababa de decidirme a vivir” escribe Bergman. Transcurrió su niñez acosado por su padre -pastor protestante- con la noción truculenta de autoridad absoluta, pecado, castigo y misericordia a pesar de lo cual asistió a discusiones de tono y contenido muy elevado entre sus padres, incluso en una oportunidad vio como el padre le pegaba a su madre.

 

Según Bergman “este hecho contribuyó posiblemente a nuestra pasiva aceptación del nazismo. Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a que sabía. En un sistema jerárquico, todas las puertas estaban cerradas”. Sin duda que sin llegar a estos extremos inauditos, está presente la idea totalitaria en muchas familias. Los comandos dirigidos a los hijos para hacer lo que digan los padres sin discutir no solo afectan gravemente la autoestima de la prole sino que dan por tierra con elementales procedimientos de la función educativa y de amistad y comprensión. La conversación, la persuasión y el intercambio de ideas entre padres e hijos resultan esenciales para la formación de almas bajo su responsabilidad.

 

En el caso que nos ocupa, no solo puede hablarse de “la aceptación pasiva del nazismo” sino que en otro momento de su juventud Bergman relata que en una visita al territorio alemán terminó haciendo el saludo nazi en un clima festivo en ocasión de un discurso de Hitler -el consabido asesino serial- y constató que “los domingos la familia iba a misa solemne. El sermón del pastor era sorprendente. No hablaba en base a los evangelios sino en el Mein Kampf “. El día del discurso de Hitler “las campanas replicaban, tanto las severamente protestantes como las jubilosamente católicas” y “en la Opera se anunciaba la obra de Wagner Rienzi en función de gala seguida de fuegos artificiales”. Bergman declara que incluso “mi hermano fue uno de los fundadores y organizadores del partido nacionalsocialista sueco, mi padre votó varias veces por los nacionalsocialistas”.

 

A esta altura es pertinente refutar con el mayor énfasis aquello que muchas veces se sostiene en cuanto a que sorprende el hecho que un pueblo “bien educado” haya dado su apoyo a semejante movimiento criminal. Pues esto de la supuesta buena educación no es cierta, resulta de la mayor importancia constatar la gran difusión en colegios y universidades alemanas de los textos de autores que ponen de manifiesto su espíritu totalitario tales como Herder, Fichte, Hegel, Schelling, Schmoller, Sombart y List.

 

Después de transcurrido un tiempo Bergman escribe, también en la antedicha autobiografía, una muy dolorosa confesión: “Cuando los testimonios de los campos de concentración se abatieron sobre mi, mi entendimiento no fue capaz, en un primer momento, de aceptar lo que veían mis ojos. Al igual que muchos otros, yo decía que las fotos estaban trucadas, que eran infundios propagandísticos. Al vencer, finalmente, la verdad a mi resistencia, fui presa de la desesperación y el desprecio de mi mismo, que era ya una carga grave, se acentuó hasta rebasar el límite de lo soportable”.

 

Más adelante nuestro personaje se topó con partidarios de Mao Tse Tung y consignó que “el fanatismo que recordaba de mi infancia: el mismo poso emocional, sólo que eran diferentes las banderas. En lugar de aire puro nos dieron deformación, sectarismo, ansiosas complacencias y abuso de poder”.

 

De más está decir que en su Linterna mágica le dedica gran espacio a su profesión como director de cine y de teatro con lujo de detalles en aspectos técnicos y no técnicos referidos a agudas observaciones de los respectivos procesos de elaboración y de ejecución, al tiempo que se detiene en observaciones también de gran calado sobre los modos y las personalidades de los actores y actrices que trabajaron con él.

 

Asimismo, le dedica largos tramos a exhibir su vida bastante disipada, incluyendo intentos de suicido y periódicamente su adicción al alcohol incluyendo la borrachera. Las biografías sobre Bergman son múltiples, tal vez las más conocidas sean las de Mandelbaum, Young, Kalin, Oliver y, en coautoría, Kosbinen y Ullman. Todos se sorprenden de la maestría, el rigor y la asombrosa producción de este célebre director y guionista magistral quien traspasó todas las fronteras y ámbitos artísticos.

 

Como es sabido, en estos menesteres el manejo del tiempo en los escritos puede ser lineal, circular y estanco, o a saltos para adelante y para atrás. Este último procedimiento es el que usa Bergman en el relato de sus memorias.

 

En estas pocas consideraciones no es la intención de calibrar su trabajo profesional que además el que éstas líneas escribe no está en condiciones de juzgar a pesar de haber gozado con algunas de sus producciones cinematográficas desde el punto de vista de estético de las tomas y las presentaciones y los jugosos diálogos, algunos de cuyos mensajes comparto y otros no como entiendo será el caso de todos sus espectadores.

 

Según algunos de sus biógrafos su presentación de Calígula en las tablasque Albert Camus había escrito en 1945 para teatro en cuatro actos- influyó grandemente en su percepción de los megalómanos que pretenden dirigir vidas y haciendas ajenas.

 

Como se recordará, Calígula (12-41 DC) era hijo adoptivo de Tiberio y siendo emperador mostró su desprecio a cualquier vestigio de institución republicana y gobernó con gran crueldad en medio de agudas crisis económicas y morales, entre otras amante de su hermana, convirtiendo su palacio en un burdel al tiempo que se vestía con ropajes de Júpiter haciéndose venerar como dios y, hacia el final de su gestión gubernamental, propuso a su caballo como Cónsul.

 

Entre profesionales de la historia hay quienes lo catalogan como “enfermo mental” tal como se ha hecho con muchos otros dictadores lo cual significa que no serían imputables, en lugar de aceptar la maldad y, como explica Thomas Szazs, la patología enseña que la enfermedad significa la lesión de órganos, células o tejidos y no la de ideas dañinas (lo cual no excluye problemas químicos en el cerebro, cosa que con las herramientas disponibles en el momento no ha sido probada en el caso que comentamos, al contrario, mucho se ha escrito sobre la perversión y la malicia del sujeto de marras).

 

En la obra de Camus, el tirano Calígula, al igual que otros de su estirpe, manifiesta que “yo poseo la verdad. Y precisamente poseo los medios para que la gente viva la verdad”. Con mucha más sinceridad que otros de su calaña, a continuación subraya que “todas las personas del Imperio que dispongan de alguna fortuna -pequeña o grande, eso da igual- deberán obligatoriamente desheredar a sus hijos y hacer testamento ahora mismo a favor del Estado […] no es más inmoral robar directamente que gravar con impuestos […] Gobernar y robar son la misma cosa, eso es del domino público. Pero cada uno lo hace a su manera. Yo, por mi parte pienso robar sin tapujos”.

 

Más adelante Camus le hace decir a su personaje, también al efecto de descubrir su modo de ser y pensar (lo cual en lo que sigue es hoy un lugar común de todos los populismos) que “quiero concederle a este siglo la igualdad” que puesto en contexto no necesita recalcarse que no se trata del respeto al derecho de cada uno sino de la guillotina horizontal referida a los patrimonios. Termina la perorata el sátrapa afirmando que “me resulta fácil matar porque no me resulta difícil morir. No, cuanto más lo pienso, más convencido estoy que no soy un tirano”.

 

En esta línea argumental es del caso puntualizar que cuando se habla de violencia no debe circunscribirse al robo callejero de delincuentes comunes sino principalmente a la ejercida desde el poder político, desde el gobierno que teóricamente está encargado de velar por los derechos de todos y, sin embargo, aplica la fuerza no de carácter defensivo sino de carácter ofensivo. En nombre de una supuesta “solidaridad” (la violencia nunca puede ser solidaria), usa la fuerza o la amenaza de la fuerza bruta al recurrir al aparato estatal para inmiscuirse en casi todos los aspectos de la vida de los gobernados.

 

Se apodera del fruto del trabajo de la gente para “redistribuir ingresos” que al malasignar los siempre escasos factores productivos empobrece, recursos que son distribuidos pacífica y voluntariamente en el supermercado y afines, cobra impuestos siderales, se endeuda a escala astronómica, deteriora la moneda y expropia recursos para atender las llamadas “empresas estatales”, controlan precios, establecen aranceles aduaneros, deterioran el mercado laboral, establecen parques de diversiones y demás dislates que nada tienen que ver con los preceptos republicanos y la consiguiente severa limitación al poder de toda la tradición constitucional desde la Carta Magna de 1215. Y lo tragicómico del asunto es que hay quienes aplauden todo esto pensando que los recursos vienen de una tienda misteriosa sin entender que son ellos mismos lo que financian todo, especialmente los más pobres que al disminuirse las tasas de capitalización se contraen sus salarios.

 

La experiencia de un aspecto en la vida de Bergman nos debe servir para llevar a las últimas consecuencias la alerta sobre los horrores del totalitarismo y, sobre todo, para no aceptar avances del aparato estatal en nuestras vidas al efecto de frenar a tiempo el estrangulamiento que produce el Leviatán.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL FUNDAMENTO ÚLTIMO DE LA ESPERANZA HUMANA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/9/13 en http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/

Vamos a comenzar nuestro camino hacia la esperanza con la ayuda de un autor muy especial.
Aunque no seas creyente, tal vez recuerdes una muy conocida escena del Evangelio, una de las más bellas y sublimes, donde mucha gente está dispuesta a lapidar a una mujer adúltera. Sabes, más o menos, cómo es. Muchos quieren poner a Jesús en un lindo problema. La lapidamos o no? Si su respuesta hubiera sido afirmativa, El, el maestro de la misericordia, se hubiera visto apoyando ese terrible castigo. Si su respuesta hubiera sido negativa, El, hijo de David, hubiera negado la ley mosaica.
Es ahí cuando cuando surge la ya famosa respuesta: “Quien no tiene pecados, que arroje la primera piedra”. Conoces el final. Todos se van, nadie tira nada. Jesús no desconoce la realidad del pecado. No le dice a Magdalena: “ve y sigue tu camino”, sino “ve y no peques más”.
Aunque no seas creyente, hay en esto algo en lo cual nos podemos reconocer todas las personas que, al menos, intentan ser honestas consigo mismas. Tú, hubieras arrojado la primera piedra?
Ya sé la respuesta. Ni tú ni yo estamos libres del mal; nadie puede decir “yo jamás hice algo malo”.
Es más, se supone que a nuestros defectos ya los habíamos visto en nuestra primera bajada a lo más profundo de nuestro castillo interior.
Ahora, entonces, ha llegado el momento de reflexionar sobre un punto importante.
Si la razón nos ha demostrado que Dios existe, y ahora nos enfrentamos con nuestro pecado, entonces estamos en un brete. Estamos, sencillamente, en la terrible justicia. Me explico.
El pecado nos desvía del camino hacia Dios. Hemos encontrado que nuestra vida tiene un sentido. La libertad hace que ese sentido tenga sentido, en cierto modo. Porque así como un matrimonio sólo tiene sentido si los esponsales se casan libremente, nuestra unión con Dios requiere nuestra libertad.
El pecado implica un profundo misterio, que sólo tiene una pequena luz a la luz de nuestra libertad. Recordemos el ejemplo del avión. Ahora descubrimos que el sentido del viaje es Dios. Libremente nos dirigimos hacia él. Pero el pecado significa que libremente damos vuelta el avión y nos desviamos de Dios.
Ese desvío implica que no lleguemos a destino, no porque Dios arbitrariamente lo dispone, sino por la naturaleza misma de nuestra acción. Es totalmente coherente con la naturaleza del desvío que lo desviado se pierda y no llegue. Por ejemplo, supongamos que estoy dando clase pero, de repente, me tiro por la ventana. Hay tres pisos para abajo. No, los alumnos nunca se portan tan mal, no te preocupes… Pero vamos a suponer que libremente lo hago (ahí está el misterio; Pieper)[1]. La naturaleza misma de la acción implica que me haga picadillo contra el piso. Ese resultado no es una arbitrariedad. Es coherente; se sigue de la acción. El castigo es que me hago picadillo contra el piso. Pero no porque Dios lo ha dispuesto así arbitrariamente. La naturaleza misma de las cosas –creadas por Dios- así lo implica.
(Después analizaremos un poco más este detalle: cuando estoy dando clase, por qué no me tiro por la ventana? Por temor al piso o por amor a mis alumnos? Hago las cosas por temor al castigo o por amor?).
Por ende es totalmente “justo” que, si me tiro por la ventana, no quede muy bien “parado”, porque es de la esencia de la justicia basarse en la esencia misma de las cosas.
Pero entonces, me vas a decir: si Dios existe, y todos tenemos pecado, y el pecado es desviarse libremente de Dios, y la consiguiente pérdida de Dios no es injusta, sino todo lo contrario, entonces… Nadie llega a Dios y, para colmo, eso es totalmente justo?
Si.
Sí. Así de simple y preocupante. La esperanza última del ser humano no consiste en el conocimiento racional de un Dios justo. Al contrario: esa justicia, esa absolutamente justa justicia, implica que no tenemos esperanza.
Por favor, te pido que tengas paciencia y sigas dialogando conmigo. Estamos en un punto crítico. Si te enojas ahora, te perderás la más grande esperanza.
Esperanza? De qué esperanza me hablas, me dirás, si me acabas de arrojar a la desesperación?
Te hablo de algo que puede superar a la justicia sin contradecirla. Por eso dije que no teníamos esperanza, vía la justicia. No dije que no teníamosninguna esperanza.
Qué es lo que puede superar la justicia sin contradecirla? Algo que nos cuesta mucho: el perdón.
Vamos a comenzar a rodear al misterio del perdón por una de sus características fundamentales.
Vamos a suponer que traicionamos a un amigo en la más íntima confianza que nos tiene. La naturaleza misma de esa acción es la destrucción de la esencia de la amistad. Porque la confianza mutua es de la esencia de la amistad.
Todos sabemos esto. En estos casos, sabemos que nosotros mismos hemos convertido a nuestro amigo en un ex-amigo. Porque él, muy razonablemente, no necesariamente nos va a “devolver” la mala jugada ni nos va hacer ningún dano, pero puede con todo derecho perder su confianza en nosotros. Y, obviamente, no está obligado, en estricta justicia, a ser nuestro amigo de vuelta. Ponte en su lugar. Necesitabas su auto. No sólo no tuviste la delicadeza de pedírselo, sino que entraste en él y arrancaste. Estabas en la calle hablando con él, y su auto ahí estaba, con las llaves puestas. Y, con absoluta displiscencia, no reparaste que su hijita, de tres anos, estaba en el asiento de atrás. Cuando ella comenzó a llorar, vos te distrajiste, y chocaste. Ella murió. Vos no.
Está tu amigo “obligado”, por justicia, a ser tu amigo de vuelta? A confiar en tu serenidad, tu prudencia, tu calma?
No, no digo que tu amigo (tu ex-amigo) se quedó con rencor y odio hacia tí (lo cual sería humanamente entendible). Digo que no está obligado en justicia a confiar en tí nuevamente.
Excepto que… Que haga algo que ni te atreverías a pedirlo. Excepto que te perdone. O sea, que se “done” nuevamente, per-donando. Claro, tal vez no te preste el auto de vuelta… Pero sí te puede abrir de vuelta su corazón. Ese perdón supera lo que la justicia exige, pero no es injusto. Porque está en la naturaleza de tu amigo poder donarse nuevamente.
Para ir a un ejemplo menos dramático –lo hice así para que veamos cómo nos cuesta el tema del perdón- supongamos que yo, siendo profesor, doy tres libros como lectura obligatoria, totalmente coherentes con la naturaleza de mi materia y, en ese sentido, no arbitrarios. Está totalmente dentro de la justicia que yo exija el estudio de esos libros en el examen final y no apruebe a ningún alumno que no haya leído uno de esos tres libros. No soy injusto si hago eso. Soy sencillamente justo.
Pero a la vez está en mi poder, aunque no en mi obligación, “dispensar” de la lectura de uno o los tres libros, y, en ese sentido “perdonar” su lectura.
Podemos seguir dando ejemplos: el cónyuge que per-dona al otro cónyuge por una infidelidad… Y así.
Pero los ejemplos humanos son muy complicados. Se mezcan nuestras deseos de venganza con la tolerancia indebida, que no nos dejan ver ni la justicia ni el perdón; y se confunde a este último con debilidad. Por eso los ejemplos humanos son muy complicados.
Pero, precisamente, esto fue una simple introducción a lo que nos interesa: Dios. Porque de Dios se trata. Dios es justo. Y su justicia, además de ser él mismo, es infalible y absoluta.
El pecado implica desviarse de nuestro amigo Dios, pero resulta que nuestro amigo es infinito. En ese caso, quedamos como un deudor que debe una suma infinita. Quién de nosotros puede saldarla?
Pero es entonces cuando sólo la fe en que Dios nos per-dona es el fundamento de nuestra esperanza.
Esto es: la razón no puede decirnos necesariamente, deducir necesariamente, que Dios pedona nuestras faltas. De igual modo que no puede deducir que el amigo traicionado nos va a perdonar. Pero la razón hace mucho: nos demuestra que Dios existe, que es nuestro fin último, y hace “razonable” al perdón: explica cómo supera la justicia sin contradecirla. Luego, el perdón de Dios es razonable. No es no “exigible”. Pero no es contradictorio con la justicia que Dios perdone. Por eso, como ya dije otra vez, la filosofía es la esperanza de la Esperanza. La Esperanza está implicada en la Fe.
Pero hasta que no comprendamos y sintamos el absoluto asombro que el perdón de Dios implica, no terminaremos de verlo con nuestro corazón.
Al perdonarnos, Dios se dona nuevamente y por eso per-dona. Se dona “otra vez”, aunque no en el tiempo, porque ya, sin ninguna obligación tampoco, nos sostiene en el ser, regalándonos nuestra existencia, llamándonos, y no arrojándonos, a ella.
Que Dios perdone nuestro pecado es regalarnos nuevamente nuestra amistad con El.
Lo cual supera totalmente nuestras fuerzas, sólo El puede hacerlo.
Pero, hemos reparado en el infinito regalo que Dios nos hace perdonándonos?
Hasta que no hagamos carne ese “regalo” no terminaremos de comprender.
Vivimos como si fuéramos buenos. Los “demás” son los malos. Es entonces cuando no vivimos el perdón de Dios, porque no nos sentimos perdonados.
La imagen de Dios clavado en la Cruz, Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, explica esto.
Allí está, con dos ladrones.
Uno de ellos se da cuenta –es llamado- de su pecado y de su “necesidad” (que no da derechos) de ser perdonado. Y es a ese buen ladrón al que Jesús perdona y salva: “hoy” mismo estarás conmigo en el paraíso.
Pues bien: todos nosotros somos ladrones. El asunto es: de qué lado de la cruz estamos?
Todos somos ladrones porque somos pecadores, y el pecado es robarle a Dios el amor que le debemos. Lo cual es infinitamente peor que el terrible ejemplo de la hijita de nuestro amigo…
Y ser un “buen ladrón” es ser un ex-presidiario, sacado por Dios de la cárcel de nuestro pecado, dada su misericordia.
Qué diferente manera de ver el mundo!
Caminamos por el mundo como si fuéramos buenos. Los ladrones son los demás.
Pero no. Si vives el perdón de Dios, caminas por el mundo como un ex-presidiario. Estabas en la cárcel de tu pecado, y Dios te ha sacado, sin ninguna obligación de su parte, de allí.
Cómo cambia todo entonces! Cómo miras distinto al pecador! Como un igual a tí, que todavía no ha sido “prendido” por Dios.
Recuerdas el cuento de la lámpara? Te acuerdas de ese “otro” que la prende? Pues bien: el final de la historia es que ese “otro” es Jesús. Es él quien enciende tu arrepentimiento y, entonces, la dimensión más profunda de tu yo: el ser perdonado por Dios.
Porque ayudas al otro desde lo más profundo de tu yo, y en lo más profundo de tu yo está el perdón que Dios te ofrece, Dios que se muetra muchas veces como el otro que te pide ayuda.
Ese “cable misterioso” por medio del cual Dios te enciende, es la Gracia.
Qué paradoja más impresionante, descubrir nuestro yo más íntimo, y nuestra esperanza final, en nuestro pecado original y en el perdón de Cristo! En la vivencia profunda de estos misterios –ser concebido en pecado, ser perdonado por Dios- está nuestra dimensión existencial más profunda. Pascal[2] lo vio claramente: “Cosa soprendente, sin embargo, que el misterio más alejado de nuestro conocimiento, que es el de la transmisión del pasado, sea una cosa sin la cual no podemos tener ningún conocimiento de nosotros mismos. Porque no hay, sin duda, cosa que choque más a nuestra razón como decir que el pasado del primer hombre ha hecho culpables a los que siendo tan alejados de ese origen parecen incapaces de participar en él. Esta transfusión no sólo nos parece imposible, sino aún injusta; porque: qué hay más contrario a las reglas de nuestra miserable justicia como condenar eternamente a un nino incapaz de voluntad por un pecado en que parece tener tan poca parte, cometido seis mil anos antes de haber nacido? Ciertamente, nada nos choca más rudamente que esta doctrina; y, no obstante, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición toma sus vueltas y revueltas en este abismo; de suerte que el hombre es más inconcebible sin este misterio, que este misterio sea inconcebible al hombre”.
Sé que no te gustó mucho lo que leíste. Y a quién, naturalmente, sí? Mira, hay tres dimensiones existenciales ante el misterio: la rebeldía al misterio, la resignación al misterio, y el descanso en el misterio, el encuentro más profundo de sí mismo en el misterio de nuestro “ser perdonados”. Se tarda. Todos tardamos.
Y las mismas fases tenemos ante la cruz: rebeldía, resignación, descanso. Más difícil, aún, porque a veces la inteligencia –movida por Dios- puede descansar en el misterio antes que la voluntad.
Pero la cruz de Cristo es un misterio arrollador. Edith Stein[3], recogiendo una larga tradición, llama a la Fe “rayo de tinieblas”. Es ver (“rayo”) lo escondido (el rostro de Dios).
Pero ese rayo te tiene que sacudir, como una tormenta en la noche. Se tiene que escuchar el trueno.
Somos pecadores y Dios nos perdona! Clavado en la cruz, nos perdona! Ese es el trueno. Qué miedo podemos sentir ante Cristo crucificado que así nos perdona? No te enamoras más bien de él? Como una novia que busca a su esposo… Porque aún no estamos definitivamente con Dios. La Esperanza nos hace vivir que estamos en camino hacia un rostro amado y aún invisible.
Y allí está la dimensión final de nuestro yo! Qué rostro verá finalmente al rostro infinito? Son dos misterios. Cuál es el rostro del infinito amado? Y: cuál será nuestro rostro cuando lo miremos? Cuando el buen ladrón dirigió su mirada hacia Jesús, tenía la misma mirada, y en ese sentido, el mismo rostro, que antes? Qué rostro tuvo en toda su vida de pecado? Pero, no debe haber sido un renovado rostro el que dijo “acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”?
Cuál será, Dios mío, el rostro finito que, por tu Gracia, te mire? Cuál será, Dios mío, ese rostro tuyo, que por tu Gracia, me mira?
Si no hacemos carne todo esto… No tenemos Fe. Y si no tenemos Fe, no terminamos de ver la dimensión última de nuestro yo, de nuestros hermamos –los otros- y de nuestra esperanza.
Dimensión última de nuestro yo: soy un ladrón perdonado. Soy un ladrón perdonado. No es que yo sea el bueno y los demás los malos. Incluso la Virgen María, el sólo ser humano más perfecto, es preservada del pecado original por la cruz de Cristo.
Dimensión última del otro: los seres humanos no se dividen en buenos y malos, sino en quienes se arrepienten y quienes –misteriosamente- no. Pecar es tirarse por la ventana; no arrepentirse es el pecado más grave: pues es misteriosamente rechazar la mano de Dios que, ya en la caída, nos levanta nuevamente. No arrepentirse es rechazar al arrepentimiento movido por Dios. Cuando el buen ladrón le habla a Jesús, Jesús ya le había “hablado”. El que busca a Dios ya lo encontró (Pascal)[4].
Pero entonces, el mundo se divide entre quienes, sin que nosotros sepamos por qué, y sin que nosotros podamos juzgar su conciencia, no se arrepienten. Y, por el otro lado, los pecadores arrependidos. Que tratan de llevar a los no arrepentidos la buena noticia de que pueden hacerlo. Y no juzgan al pecador ni lo condenan. Eso no compete a un ex-presidiario (y que en cualquier momento puede meterse en la cárcel de vuelta). Sólo gritar, gemir o llorar, de algún modo, a los presidiarios, que sólo tienen que “no decir que no” a la mirada de Jesús que los haga mirar a Jesús. Para lo cual el arrepentido puede y dede juzgar e identificar al pecado. No al pecador.
Y, a su vez: el arrepentimiento no es una necesaria dimensión permanente. Puede ser un ir y volver. Por eso es necesario el hábito del arrepentimiento
Dimensión última de nuestra esperanza: la cruz. Dios clavado en la cruz para la redención de nuestros pecados. La razón hace razonable al misterio. Pero no lo deduce. Por eso, desde el hombre, la Fe en la Cruz es el fundamento último de nuestra esperanza. Desde Dios, El mismo.
Ahora bien: vivir como un ladrón perdonado significa vivir enamorado del Dios que te perdonó. Veamos las implicaciones de esto.
Primero: vemos a lo infinito clavado en la cruz? Lo podemos, aunque sea, vislumbrar? Sí, con una tradicional hipótesis sobre su razonabilidad. Te acuerdas que teníamos que saldar una deuda infinita? No es razonable que Dios, que es infinito, se ponga en el lugar del deudor –cada uno de nosotros- y pague? Bien, ese es Cristo clavado en la Cruz. Por amor, sólo por amor hacia tí. Para conquistar –dice Santo Tomás[5]– a nuestro duro corazón. Es el esposo que nos enamora.
Segundo: no tienen todos nuestros deberes cotidianos otros color? El color de lo infinito? El color del amor? La cruz no es símbolo viviente del miedo. Al contrario, del amor. El amor a Dios se convierte en motivación de nuestros actos, y de nuestros deberes hacia nosotros mismos y a los demás. Vivir enamorado de Dios implica que ya no tenemos miedo al castigo. No queremos perder a Dios porque lo queremos. Eso es todo. Nada más. Nada menos.
Pero hay algo… Hay algo que sí nos da miedo en la cruz. Un miedo muchas veces inconfesado: la cruz misma, los compromisos que ella exige.
Y el central, donde están de algún modo incluídos los demás, es el des-aferramiento total a nuestros tesoros (cosas buenas), como antes decíamos, pero ahora, desde la cruz sobrenatural. Dificilísimo. Largo camino. Pero es el mensaje secreto y, sin embargo, sonoro, pero no ruidoso, de la cruz. El cumplimiento total de la voluntad del Padre Dios. Que, en la medida de nuestros aferramientos, no puede ser total.
Insisto: para la gran mayoría de nosotros, largo camino.
Pero es este uno de los mayores dones que Dios nos da. Porque la cruz implica dar sentido a nuestros sufrimientos.
Para pagar la deuda y redimirnos, Dios asume el peso de cada uno de nuestros pecados y sufre y muere en la cruz. Y, por su absoluta bondad, nos hace “tomar parte” en su redención.
Este misterio se hace más carne si nos imaginamos que, mediante un túnel del tiempo, vamos a “ver” a Jesús en el momento mismo de su camino en el Calvario, llevando la cruz.
Al principio estaríamos muy emocionados y, a la vez, casi como contemplando una obra de teatro que no nos compete. Pero… Dios nos hace cada broma…
Repentinamente, Jesús nos llama. Nos llama para que lo ayudemos con la cruz. Imaginemos el diálogo.
– Yo? (Miro para todos los costados). Para qué? Vos sos Dios! Vos podés solo!
– Si, soy Dios, soy el Hijo encarnado, solamente yo salvo, pero por mi bondad, te hago tomar parte. No porque te necesite.
– Y si no me necesitás, por qué yo? Mirá a mi alrededor! Está lleno de tipos forzudos!
– Sí, pero a vos te quiero. Y a los demás también…
Esto es: la cruz de Cristo nos da la oportunidad de ofrecer nuestros sufrimientos cotidianos como participación en su cruz (Juan Pablo II)[6]. Cuanto más aferrados estemos, la cruz será humanamente más difícil. Cuanto menos aferrados, menos difícil. Tendremos esto o aquello, como si no lo tuviéramos (San Pablo,    ). Viviremos libres como las aves del cielo y los lirios del campo y al mismo tiempo trabajaremos con tesón. Se nos caerá el techo encima y no perderemos la paz…
Si todo esto te parece no sólo misterioso, sino imposible, tienes razón. Es imposible para nuestras propias fuerzas. Todo esto viene de Dios.
Dios. El autor con el que comenzamos. Con el que terminamos. Dios. El rostro escondido que mira tu rostro final escondido. Dios. El que podría no crearte y te crea. El que podría no salvarte y te salva (y te re-crea). El que te ama infinitamente. El que te perdona. El que te está esperando. Y porque Dios te está esperando, tienes esperanza.
Y yo, quién soy para decirte todo esto?
Precisamente. Quién soy?
Quién eres?
“No preguntemos, pues, a nuestro prójimo: quién eres? La respuesta no es de este mundo” (Luis J. Zanotti)[7].
[1] Pieper, J.: El concepto de pecado. Herder, Barcelona, 1979 [1977]. Trad. R. Gabás Pollás.
[2] Op. Cit.
[3] Op. Cit.
[4] Op. Cit.
[5] Santo Tomás de Aquino: Suma Contra Gentiles; Club de Lectores, Bs. As., 1951 [1259-1264 aprox.]; trad. María Mercedes Bergada; Libro IV, cap. LIV.
[6] Juan Pablo II: Carta Apostólica Salvifici Doloris, 1984. En L’Osservatore Romano, del 19/2/84.
[7] Op. Cit.

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.