La pobreza estructural y los nueve millones de planes sociales

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/11/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/11/14/la-pobreza-estructural-y-los-nueve-millones-de-planes-sociales/

 

La pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos

Daniel Arroyo publicó recientemente un libro titulado Las cuatro Argentinas y la grieta social, que presenta, en su primer capítulo, un diagnóstico preocupante de nuestro país. Hoy la Argentina presenta un nivel de pobreza del 28% de la población, y es aún más preocupante si focalizamos la población de niños, donde llega al 43 por ciento. Este 28% de la población “está fuera del mercado de trabajo”, y estos niños “jamás vieron a sus padres trabajar”.

El diagnóstico se completa con otros datos duros. La mitad de los jóvenes no termina la secundaria. La desocupación es del 9%, pero alcanza al 20% cuando concentramos la atención en los jóvenes. Hay un millón y medio de jóvenes que no trabaja ni estudia. Y si focalizamos la atención en el mercado laboral, el 35% de quienes obtienen empleo sólo consiguen trabajo informal, con la lógica “precarización laboral”.

Para atender esta problemática social, la política económica ha ampliado sistemáticamente los planes sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos ofrecer una síntesis cronológica. Tras el retorno a la democracia y a sólo seis meses de asumir, Raúl Alfonsín lanzó las cajas PAN. Carlos Saúl Menem agregó planes sociales, con políticas más focalizadas. Fernando de la Rúa buscó tercerizar la administración de los planes en determinadas organizaciones, pero también amplió el número. Eduardo Duhalde ofreció su plan para jefas y jefes de hogar desocupados, dejándonos con 2,2 millones de planes. Néstor Kirchner partió de esa base y ofreció créditos y microcréditos, mientras Cristina Kirchner agregó la asignación universal por hijo, entre otros muchos programas de ayuda. En estos 12 años de kirchnerismo explotó la oferta de planes sociales, y mientras muchos creían que Argentina crecía, pasamos de 2,2 a 8 millones de planes sociales. Mauricio Macri también los amplió, entre otras propuestas, con una asignación universal por hijo para los monotributistas, alcanzando hoy los nueve millones de planes.

Daniel Arroyo acepta que la lucha contra la pobreza estructural a través de planes sociales está agotada. Explica que el problema está en el funcionamiento de la economía. Plantea que no hay recetas escritas en ningún libro que nos vayan a ayudar a resolver este flagelo. “Necesitamos creatividad, nuevas propuestas”, exclama.

Mi observación a este planteo es que la pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos. Esto deja una sensación pesimista, como si el problema de la pobreza no tuviera solución o fuera muy difícil de resolver. Pero lo cierto es que la pobreza será “estructural” si los gobiernos siguen intentando atacar el problema con las mismas recetas. En su diagnóstico, Arroyo ofrece la clave del asunto, y es que la pobreza sólo se resuelve si recuperamos el funcionamiento de la economía. Aunque aclara, al mismo tiempo, que no existe el derrame, y que le vaya bien hoy a ciertos sectores de la economía, como al sector agro, la minería o el sector financiero, sí podrá generar divisas, pero no derramará riqueza al resto de la sociedad. Debemos “cuidar”, afirma, a ciertos sectores como la construcción y el área textil. Debemos ofrecer “créditos masivos a tasas de 1%” para que surjan microemprendimientos.

Expertos en el desarrollo, aún ignorados en la Argentina, como William Easterly o el premio Nobel Angus Deaton, nos enseñan que se plantean dos tipos de solución para la pobreza, desde arriba o desde abajo. Desde arriba, con una planificación centralizada del gobierno en atender a los necesitados mediante planes y créditos a tasas subsidiadas; o desde abajo, confiando en la planificación descentralizada de las personas que buscan salir de este flagelo. La pregunta es si seguimos tirando panes desde arriba, o si mejor arrojamos una escalera.

Si realmente queremos ascenso social de los más postergados, necesitamos liberar la energía creativa de los empresarios. Y los empresarios no son los ricos. Empresarios podemos ser todos. Basta estar alerta en el mercado para descubrir las oportunidades de inversión. Sólo desde abajo podemos advertir el conocimiento de tiempo y lugar necesario para dar una solución al flagelo de la pobreza. Descentralizar los recursos desde nación hacia provincias y municipios ayudaría, pero sería aún mejor que el aparato estatal devolviera los recursos de donde los extrae, de la gente.

A mi modo de ver, hoy estos emprendedores están atados. Atados por la presión tributaria excesiva que se requiere para mantener precisamente la estructura actual del Estado. Los planes sociales no sólo están agotados, sino que son el problema de esta Argentina. Cuando se ofrece un empleo a algunas de estas nueve millones de personas, muchas veces surge el problema de que prefieren negarse a aceptarlo, ya que de otro modo perderían el plan. Sostienen: “El plan es estable, el empleo privado no lo es”. Los planes son “derechos adquiridos”. Ya nadie puede quitarlos. El kirchnerismo nos metió en una jaula de “pobreza estructural” y tiró la llave. Los gobiernos que le siguen entran en esta jaula y no ven la solución. Peor aún, por momentos mantienen la misma dinámica. Estamos encarcelados con impuestos, inflación y deuda.

No necesitamos buscar recetas creativas. Necesitamos tomar un par de manuales básicos de economía y finanzas públicas a los que por décadas les dimos la espalda. Sólo el equilibrio fiscal nos sacará de la inflación y la deuda. Y sólo con estabilidad monetaria y menor presión tributaria los emprendedores encontrarán los proyectos que pueden dar empleo a estos jóvenes postergados. La solución está en la base de la pirámide, quizás en los mismos necesitados, no arriba, en los gobiernos. Como decía Juan Bautista Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

Arroyo nos muestra cuatro Argentinas. La primera es la de la pobreza estructural, que representa el 25% de la población; la segunda es la Argentina vulnerable, la del trabajo informal, que representa el 35% de la población; la tercera es la clase media, con empleo formal, que representa otro 35% de la población; y finalmente está la clase alta, con un 5% de la población. Esta desigualdad genera fragmentación, conflicto o, en definitiva, la grieta social.

¿Cómo integramos estas 4 Argentinas? El primer paso es dejar de expandir los planes. Macri ya creó un millón. Es un error. Quien adquiere un plan entra en una jaula de la que después no puede salir. Le tiramos un pan, pero no una escalera.

El segundo paso es flexibilizar la legislación laboral. Que los jóvenes puedan hacer pasantías en las empresas para aprender a trabajar, antes de exigir salarios mínimos elevados en relación con la productividad que pueden ofrecer. Esto no es precarización laboral, es el modo en que los jóvenes se insertan en el mercado laboral en todo el mundo. El Estado de bienestar europeo es aplicable a los países ricos de Europa, no a esta triste Argentina que arriba describimos. Tenemos que dejar de poner la carreta delante de los caballos. Pedirle a una empresa que tome jóvenes empleados para capacitarlos pagando el actual salario mínimo es no comprender el mundo empresarial. Las empresas simplemente no toman a estos jóvenes porque no suman suficiente valor a la empresa. Y no es una cuestión de falta de solidaridad. Simplemente no lo hacen, porque si lo hicieran, quebrarían.

El tercer paso es bajar los impuestos. Argentina tiene una estructura impositiva impagable. Esto inhibe la creación de emprendimientos, y a las pymes existentes las incentiva a evadir y mantenerse en la economía informal.

El cuarto paso es abrir la economía, porque, aislados del mundo, los productos en el mercado interno son extremadamente caros y elevan el costo de la canasta básica requerida para salir de la pobreza. Si queremos precios bajos, no necesitamos acuerdos con empresarios, necesitamos competencia. Claro que, sin una previa reducción de costo impositivo y laboral, abrir la economía sólo condenaría a las pymes a su destrucción.

El quinto paso es corregir el atraso cambiario. Insistir en que estamos ante un tipo de cambio libre, mientras la oferta de dólares proviene de la demanda del gobierno para evitar el ajuste del gasto, no parece muy sensato. Abrir la importación, con este atraso cambiario, es condenar a las empresas a la quiebra.

El sexto paso, que en la medida de lo posible debería ser el primero, es la reducción del gasto público. Así como dos millones de personas se sumaron al empleo público en la última década, el proceso debe revertirse gradualmente. Mientras el mercado se amplíe, con nuevos proyectos empresariales que generen empleo, podremos ir reduciendo el sobre-empleo estatal y prescindiendo del gasto social. Pero esto llevará tiempo. Argentina puede tomar deuda en la transición hacia un ordenamiento de su economía, pero esa pesada carga habrá que pagarla en el futuro.

Las cadenas productivas son las únicas que pueden corregir el flagelo de la pobreza, pero las cadenas impositivas y laborales evitan que las primeras puedan desarrollarse.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

70 Years Later, Peron’s Politics Still Reign In Argentina

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 22/10/15 en: http://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2015/10/22/argentinean-2015-presidential-election-uncertain-change-or-peronist-continuity/

 

Argentina is a nation that, for its potential, should be able to shine as its name: the “Silver Nation.” Yet as the elections this Sunday will prove, the country is stuck in the slime of a corrupt political culture: Peronism.

According to the most recent polls, approximately 60% of the votes of the first round of the presidential election will go to the two candidates aligned with the Justicialista Party, founded by General Juan Domingo Peron (1895-1974). Around 30% of the votes will go to Cambiemos, a coalition that would, in the United States, be considered centrist with a tilt to the left in social values and to the right in economics. Its leader, Mauricio Macri, who has been governing the city of Buenos Aires, recently paid tribute to Peron’s memory while attending the unveiling of a statue in his honor.

The story goes that a foreign journalist interviewed President Peron during the peak of his first “democratic dictatorship” (1946-1955). He asked Peron to describe the Argentine political scene. In his affable and convincing tone, the president answered: “Close to forty percent are conservatives, then we have the radicals, near thirty percent, they are a centrist party founded in 1890, we also have the socialists, also moderate, around ten percent, we also have some Christian Democrats and some Liberals …” the journalist interrupted, “Excuse me Mr. President, aren’t you forgetting the Peronists?” “Peronists? They are All Peronists!” the president quipped wittingly.

A few different versions of this story exist, but they all describe the same sad reality, which continues to reign true today, 70 years later. Some of the distinguishing aspects of the Peronist culture—a third way economic system, a cult of the leader, a rhetoric of “social justice,” and a penchant for seeking foreign enemies to blame for local ills—continue to color the Argentine political scene.

Peronism has been able to dominate Argentine politics because it is based more on interests and feelings than on a strict ideology. Depending on circumstances, the ideology can accommodate the extreme right or the extreme left. Some of its figures have also flirted with free-market views. Take the two leading candidates and two additional political figures of the “departing” Cristina Kirchner administration. Daniel Scioli, former vice president, and current governor of the Buenos Aires province, who is currently ahead in the polls, used to be the de facto ambassador of the administration (1989-1999) of Carlos Saul Menem to most gatherings with U.S. free-market conservatives. Menem was the Peronist who led numerous privatizations, from the post office to the oil company—many of them crony. At the time, his government was hailed and praised in capitalist neo-liberal circles. Scioli attended the U.S. Republican conventions and many other meetings with pro free-market policy leaders. Despite being Kirchner’s favorite candidate, though, he is not the most trusted ally.

Sergio Massa is running third in the polls with almost 20% of the vote. During his youth, he was a member of UCEDE, a pro free-market party founded by Alvaro Alsogaray, a prominent Argentine figure of the Mont Pelerin Society, the elite libertarian and classical liberal group. He later joined the Peronists and occupied relevant positions in the governments of Nestor and Cristina Kirchner. The current Argentine Vice President, Amado Boudou, was also a member of UCEDE, and got his master’s degree at CEMA, a graduate school aligned with the Chicago School of Economics. Another prominent figure in the Kirchner administration, Jorge Capitanich, now Governor of the Chaco Province, graduated from ESEADE, a business school founded by another Mont Pelerin Society member with Austrian School leanings. Capitanich even had a short tenure as an ESEADE trustee.

For lovers of free-enterprise, Argentina is a very frustrating case. Milton Friedman, who was very open to travelling abroad to give advice, never once went there. I once acted as an intermediary for Fundación Libertad, trying to attract him for a visit by offering a very substantial fee. He had gone to Chile, Mexico, and Peru almost for free. Yet he decided against it. He told me, “Argentina has a large amount of talented economists; I know many who graduated with honors from the University of Chicago. You also have the Austrians, and several Mont Pelerin Society members. If Argentineans do not do the right thing it is because they do not want to do the right thing.” Argentina is also one of the countries in the world with the highest number of free-market think tanks per capita.

By kneeling in Peronist altars, Mauricio Macri increased the pain of those who still cherish an Argentine Republic that rose to glory by embracing free-society principles and practices. Macri leads the Cambiemos (Let’s Change) coalition, which includes some traditional and less populist parties. They tend to be more respectful of institutions, and of checks and balances. If they manage to come up within ten percent of the winner of Sunday’s election, Cambiemos has a chance to win in a second round. If that is the case, then we can expect a change in country’s direction.

Few things are more important for the Argentine economy than eliminating exchange controls, and the multiple exchange rates which have fueled immense corruption and created damaging bottlenecks. By providing undervalued foreign currency to allies, the Kirchner administration had an easy tool to buy votes and enrich cronies. Agustin Etchebarne, of the think tank Libertad y Progreso, believes that under a Macri administration there would likely be a reduction or elimination of numerous subsidies to energy, transport, and other government-controlled services, “this will have two effects: higher prices will affect salaries, leading to a contraction of consumption. On the other hand, more realistic prices will benefit energy-producing provinces and generate a more transparent and credible economic climate. It will make it easier for Argentina to regain some credibility to settle with remaining creditors and reach an agreement with the Paris Club.”

With the commodities boom over and with its trading partners growing very slowly or in stagnation, Argentina will need access to credit. Salvador Di Stefano, an economics consultant formerly with the Fundacion Libertad think tank, speculates that if Scioli wins, one of his allies, economist Mario Blejer, former president of the Argentine Central Bank, would likely be appointed UK ambassador. Blejer will try to lead Argentina’s effort to borrow in London, seeking to bypass the jurisdiction of U.S. courts, which ruled that Argentina must first settle with its creditors. Di Stefano also expects a “blanqueo” (literally “whitewash”), which would forgive taxes on repatriated undeclared money, and is expected to attract $15 to $30 billion. This official avenue for money laundering can give a temporary push and compensate for other adjustments.

Going to issues beyond economics, few expect major changes. As Iranian groups have been accused of committing terrorist acts in Argentina, some, like Joseph Humire of theCenter for a Secure Free Society, have been tracking their influence. Humire does not expect much: “Iran is entrenched in Argentina’s intelligence and judicial system. They have been there for 30 years. The new Argentine government would have to clean house but that might cause more problems than what is politically expedient. Your everyday Argentine doesn’t seem to worry much about Iran, even though they’ve attacked Argentina three times. It’s a problem.”

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

EL PAPA FRANCISCO Y LOS ECONOMISTAS

Por Alejandro A. Chafuén. Publicado el 8/12/13 en: http://www.elojodigital.com/contenido/12798-el-papa-francisco-y-los-economistas

 

Las recientes expresiones de orden económico emitidas por el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium representan un llamado a aplicar un sistema de “Tercera Posición” “Tercera Vía” diseñado y administrado por expertos. Eso es lo que implícitamente se desprende de su conclusión: “El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo.”
El Papa Francisco no llama a la socialización del sistema económico ni nos brinda como ejemplo a naciones totalitarias o populismos irresponsables. El expresa “éste no es un documento social”, y recomienda el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” como guía sustancial para el estudio y la reflexión sobre temas de economía. Sin embargo, como el Santo Padre no citó el punto 42 de la encíclica Centessimus Annus de Juan Pablo II, que legitima un sistema de libre empresa basado en el estado de derecho y el respeto de la dignidad humana y, dado que el lenguaje de esta exhortación a veces aparece como hostil hacia los mercados libres, numerosos economistas cristianos se han mostrado alarmados. Muchos se han preguntado si el Papa ha sido influenciado negativamente por la cultura peronista de la Argentina. El peronismo tiene, como uno de sus pilares, un sistema económico situado entre socialismo y capitalismo. Juan Domingo Perón fue un pionero de la “Tercera Posición”.
En Evangelii Gaudium, el Sumo Pontífice reafirma que “ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos.” La jerarquía consulta con muchos economistas. Uno de ellos es el Premio Nobel Joseph Stiglitz, quien tiene gran influencia en el Vaticano; muchos le dan crédito por haber vestido a las propuestas de Tercera Posición con un ropaje académico.
Los escritos de Stiglitz han tenido impacto en otro argentino muy influyente en el Vaticano: Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias. Stiglitz fue designado como miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, “hermana” menor de la Academia de Ciencias, en 2003, (Juán José Llach es miembro de la misma academia). Stiglitz ofició de presidente del Consejo de Consultores Económicos bajo el ex presidente estadounidense Bill ClintonJohn Allen, respetado observador del Vaticano, escribió en 2003 que Stiglitz “desde ese rol, ayudará a guiar las políticas del Vaticano en el terreno de los asuntos económicos”. Allen agregó que Stiglitz era el favorito de Sánchez Sorondo. Durante un programa patrocinado por el Acton Institute, tuve el privilegio de sentarme junto a Sánchez Sorondo, y me comentó que Stiglitz era, en efecto, su economista predilecto. John Allen iría aún más lejos, al afirmar: “Stiglitz interpreta que el equipo de Clinton cometió un error al aceptar que el gobierno debía mantenerse al margen de la política económica, permitiendo que el sector financiero dictase las reglas de juego. Por ende, es probable que Stiglitz le dé un mayor empuje a los lineamientos ya prefigurados con firmeza por Juan Pablo II, esto es, que las autoridades públicas deben intervenir en los asuntos económicos para garantizar que los beneficios de la globalización sirvan al bien común”.
La mayoría de las sentencias de alcance económico surgidas del Vaticano que perturban a los defensores y promotores del libre mercado se han visto precedidas de expresiones similares de parte de economistas notables. Esto es lo que sucede con la exhortación apostólica de Francisco. El párrafo que se ha ganado un mayor número de críticas entre los liberales es aquel que pone en duda  “las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo.” En inglés, la Exhortación usó el término “trickle-down”. Es difícil hallar economistas que sostengan que no existen excepciones para esta teoría. Es fácil encontrar altas tasas de crecimiento que coexisten con injusticia y falta de inclusión. La República Popular China y la India son buenos ejemplos en este sentido. Pero como señala un nuevo estudio del Fraser Institute, de reconocida reputación en el mundo liberal, hasta en Canadá existen aproximadamente 1.6 millones de personas que no puede cubrir sus necesidades básicas.
El uso de la expresión “trickle-down” -difícil de traducir y generalmente empleada para denigrar al libre mercado, dio lugar a muchas discusiones. Es probable que Evangelii Gaudium haya sido escrita originalmente en español. El Papa utilizó el término “derrame” que en inglés se traduce mejor bajo “spill-over” y resulta ser una palabra mucho menos politizada, pero que proviene de una traducción no tan buena de una de las versiones más populares en español del libro sobre la Riqueza de las Naciones de Adam Smith, supuesto padre de la economía liberal. En esta se tradujo la palabra extend (extender) como derrame. Adam Smith escribió que la gran multiplicación de la producción, que resulta de la división del trabajo “da lugar, en una sociedad bien gobernada, esa opulencia universal que se extiende [derrama] a los estratos más bajos de la población.” Smith jamás defendió la “autonomía absoluta del mercado”. Al remarcar la importancia de “una sociedad bien gobernada” daba prueba de no tener una confianza absoluta en las “fuerzas invisibles y la mano invisible del mercado.” 
Una letanía incompleta de otros lamentos en lo relacionado con admoniciones económicas del Papa incluyen: tener “una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”; apoyarse en “el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”; la existencia de “una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta”; y el “deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas.”
Desde la publicación de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, los economistas católicos han estado aportando respuestas y análisis a cada uno de estos puntos. Yo enfatizaría los estudios empíricos que muestran que la libertad económica es el mejor antídoto para la corrupción. Aunque en tiempos de la presidencia de Carlos Saúl Menem parecía que Argentina era una excepción, con mediciones mostrando alta libertad económica y alta corrupción, pronto se volvió a la triste realidad, la menor libertad llevó a mucha más corrupción. También le haría recordar al Vaticano las contribuciones tan valiosas del desaparecido Wilhelm Roepke, que siempre enfatizó una “Economía Humana”, respetuosa de la libertad. Cada uno de nosotros ofrecerá distintos estudios y análisis.
La mejor contribución que los campeones de los mercados libres pueden efectuar es convertirse en economistas sobresalientes y convincentes, y captar la atención de los líderes más influyentes con la esperanza que estos incorporen sus verdades económicas a sus admoniciones morales. Un buen ejemplo a seguir es el de Gary Becker, Premio Nobel de la Universidad de Chicago, que ha sido miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias desde 1997, o del español José T. Raga, que es miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales. Al igual que Raga, la calidad de las investigaciones económicas de Becker y su respetuoso comportamiento en el Vaticano lo hicieron acreedor a esa posición. Los escritos de Premios Nobel procedentes de otras escuelas de pensamiento cercanas a la libre empresa, como ser F.A. Hayek y James Buchanan -de la Escuela Austríaca y las escuelas de Elección Pública, respectivamente- también merecen mayor atención de parte del Vaticano.
Juan Carlos de Pablo, uno de los mejores profesores en la Pontificia Universidad Católica (UCA) de Buenos Aires, -en donde he asistido y dado clases- les decía a sus alumnos que “si los economistas no saben de economía, ¿cómo pueden culpar a los obispos por sus conocimientos económicos insuficientes?”. El Papa Francisco ha reconocido la labor de los laicos en numerosas áreas, no solo en economía. Aquellos que profesamos la fe católica y estamos convencidos de la superioridad moral y económica del libremercado, tenemos el deber de acercarnos al Vaticano a través de un diálogo respetuoso y educado, única manera para que pueda resultar provechoso.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

Dolarización/convertibilidad inmediata a 15 pesos por dólar

Por Adrián Ravier. Publicado el 27/11/13 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/11/27/dolarizacionconvertibilidad-inmediata-a-15-pesos-por-dolar/

Somos muchos los que sugerimos que evitar una nueva crisis en Argentina implica cambiar el rumbo. Pero no he visto aún propuestas concretas acerca de que cambio concreto se requiere. Aquí va mi propuesta, la que esperó sea criticada por los lectores para iniciar un debate necesario.

http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/11/26/dolarizacionconvertibilidad-inmediata-a-15-pesos-por-dolar/

Cuando Brasil devaluó en 1999, recuerdo que los periodistas entrevistaron a Carlos Saúl Menem -el entonces presidente de la Argentina-, y le consultaron por el abandono de la convertibilidad y la magnitud de la devaluación que llevaría adelante el gobierno argentino. Menem respondió que no habría devaluación. Que el paso que venía era la dolarización. Siempre tuve la sensación de que ésa era la salida que el país necesitaba para evitar volver a las políticas inflacionistas de los años 1980. Pero Menem no avanzó en esta política, y por el contrario, continuó incrementando el gasto público (aumentó 100% en dólares en una década), con su consecuente déficit fiscal. La acumulación de deudas le permitió mantener su estructura de poder y colocó los vencimientos pocos días después de su salida del cargo, dejando el campo minado a su sucesor.

Fernando De la Rúa prometió mantener la convertibilidad, pero no supo, no pudo o no quiso hacer el necesario ajuste para equilibrar las cuentas. La pérdida de reservas fue aumentando día a día. Ricardo López Murphy llegó al Ministerio de Economía en marzo de 2001 con la renuncia en el bolsillo, si no lo dejaban avanzar en el ajuste que el país necesitaba, y pocos días después abandonó el cargo, ante las manifestaciones sociales contrarias a esas intenciones. De la Rúa no soportó la presión que el plan de ajuste necesitaba. El retorno de Domingo Cavallo sólo empeoró las cosas. Explicó que el problema no era el déficit, sino la competitividad, y dio señales claras de un gradual abandono de la convertibilidad, lo que aceleró la fuga de capitales y dejó al Banco Central de la República Argentina sin reservas, obligando a los gobiernos siguientes a abandonar la convertibilidad y pesificar. La dolarización pudo ser la alternativa, pero debió aplicársela antes de quedarse sin reservas.

Ya escribí hace unos pocos días acerca de la coyuntura actual, con serios problemas en el frente fiscal, monetario y cambiario. Sintetizando algunas magnitudes clave, el presupuesto 2014 prevé un gasto público total cercano al billón (1.000.000.000.000) de pesos, cuya ejecución promete exceder aún ese valor. La presión tributaria récord de nuestra historia -y una de las más altas del mundo- no alcanza para financiar dicho gasto, diferencia que será financiada con mayor emisión de dinero y el restringido acceso a deuda pública, que se elevó de US$ 144.000 millones en 2001 a US$ 237.500 millones, una vez que sean regularizados los saldos pendientes. En el frente cambiario, la fuga de capitales ya perforó el nivel de reservas del Banco Central de los US$ 33.000 millones, lo que promete seguir presionando el alza de precios.

El problema que enfrenta hoy el gobierno es cómo evitar que continúe esta pérdida de reservas, dado que esto atenta contra el modelo económico. Sugería en aquel artículo un cambio de rumbo o de modelo, pero eso no pasará si atendemos al discurso oficial. Las reformas económicas que se comentan, sea una profundización, ampliación o desdoblamiento del cepo cambiario, o bien medidas concretas contra aquellos que quieran salir del país en el verano que se avecina, son sólo un maquillaje que de ningún modo podrán resolver esta difícil situación.

¿Qué hacer entonces? En primer lugar, reconocer nuestros fallos. La Argentina es incapaz de gestionar su propio dinero, aspecto que queda claro al estudiar nuestra historia o revisando la situación inflacionaria actual. El cepo cambiario además ha fracasado, si atendemos que en un año y medio desde su implementación generó una fuga de capitales de 19.000 millones de dólares, apenas por debajo de los 20.000 millones de dólares que se fugaron entre enero de 2001 y mitad de 2002.

En segundo lugar, actuar en consecuencia, esto es, quitar el cepo cambiario. Preocupa una acelerada fuga de capitales que liquide las reservas, lo que sólo puede ser resuelto con medidas que transmitan credibilidad. En este contexto, no puedo pensar más que en dos alternativas. La dolarización o una nueva convertibilidad. En el primer caso, la medida podría implementarse en cuestión de días y con bajo costo relativo. Un cálculo de la base monetaria ampliada dividido por las reservas declaradas y auditadas por el Banco Central de la República Argentina nos deja con un dólar por cada 15 pesos. En este caso, el Banco Central de la República Argentina debe cerrar sus puertas e invitar a todas las personas a que se acerquen a los bancos a cambiar sus pesos a esta paridad. Los contratos de aquí en más deberán ser denominados en dólares, y se podría liberar al mercado, esto es a la gente, a que elija monedas alternativas como el euro, el yuan, o cualquier otra divisa para realizar sus contratos. Incluso se podría alentar una banca off shore, para atraer nuevos bancos internacionales, reducir el riesgo país y asegurar la atracción de inversiones. Además, los impuestos comenzarán a pagarse en dólares, que sería la moneda de curso legal, y los salarios públicos, incluyendo docentes y jubilados, también comenzarán a pagarse en esa moneda.

En el segundo caso, se podría implementar una nueva convertibilidad a $ 15 por dólar, bajo condiciones similares a la Ley 23.928 pero me temo que se pueda repetir la experiencia de 2001. El costo de salir de la convertibilidad siempre es menor que el de abandonar la dolarización. En cualquier caso, ambas propuestas tendrán una consecuencia lógica e inmediata en la estabilidad monetaria. Una medida u otra obligará al gobierno a buscar fuentes alternativas de financiamiento del gasto que la monetización del déficit fiscal. Quizás la deuda pública sea útil en la transición al equilibrio fiscal, pero habría que implementar un plan económico para alcanzar el equilibrio fiscal en menos de tres años. Un presupuesto base cero debería estar también en la agenda del gobierno, lo mismo que el abandono de los subsidios y un sinceramiento de la economía, en especial en lo que refiere a las tarifas de los servicios públicos y en los precios de bienes y servicios hoy regulados. La viabilidad del plan requiere que estas medidas sean inmediatas, puesto que una continua fuga de capitales y caída de reservas sólo conducirán a consecuencias muy graves en lo económico y especialmente en lo social.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.