LA TRASCENDENCIA DE LA NIÑEZ: EL CASO ARGENTINO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay una obra de Neil Postman titulada The Disappearance of Childhood que alarma a cualquier lector atento pero que desafortunadamente consigna verdades de a puño. Si creemos en el valor de lo que puede hacer el hombre en esta Tierra para que todos mejoremos, no podemos dejar de lado lo que ocurre en la niñez puesto que de allí parten todos los adultos del futuro.

 

Con gran acierto Postman apunta distintos aspectos de cómo hoy se trata a la niñez a través de los siguientes aspectos que deben tomarse con mucha seriedad. Primero, la falta de atención de los padres en los temas relevantes, especialmente en lo que se refiere a la educación o des-educación que reciben primero en sus hogares y luego en los colegios, situaciones en las que se han rebajado a límites inconcebibles los mojones de referencia respecto a los niveles de excelencia. Segundo, en esta misma línea argumental, se recurre a vocabulario soez tanto en el hogar como en los colegios por parte de padres y profesores.

 

Tercero, los padres permisivos que abren las puertas para que adolescentes lleguen a horas inauditas a sus hogares luego de salidas. Cuarto, hacen posible que ingieran altas dosis de alcohol. Quinto, les permiten desempeñarse como modelos en espectáculos muchas veces pornográficos.

 

Sexto, los incentivan a jugar a juegos en los que matar y destruir son los principales objetivos. Séptimo, en la vestimenta se tiende a borrar la frontera en entre el niño, el adolescente y el adulto. Octavo,  hasta en los crímenes resulta difícil distinguir a menores de adultos por la saña con que son realizados los mismos. Y noveno, la idea del pudor y el sentido de vergüenza son borrados de la trasmisión de valores a la niñez.

 

Nada hay más importante que prestar atención a los requerimientos de los niños y realizar todos los esfuerzos para brindarles seguridad y contención en el contexto de la familia. Nada más importante que incentivar su autoestima y responder con prudencia y dedicación a sus reiteradas preguntas y averiguaciones. Nada más importante que inculcarles el respeto recíproco, la honestidad, la responsabilidad y el sentido del humor.

 

Digo con cuidado y prudencia porque debe ponerse todo en la debida dimensión y no adelantarse a lo que el niño quiere saber. Una vez, al regreso del colegio una estudiante le preguntó a su madre que quería decir “pene”. La madre contestó con cierta angustia que se reunirían a conversar esa noche,  al efecto de contar con más tiempo para prepararse y responder adecuadamente. El tiempo antes del encuentro lo aprovechó la madre para consultar con el marido sobre la mejor estrategia, recurrir a Internet y preparar ilustraciones que fueran didácticas, siempre con el mayor cuidado posible. Llegada la hora de la reunión se encerraron  en el cuarto de la progenitora y tras su largo discurso, la niña dijo “que raro todo lo que me decís, no veo relación con lo que sucedió hoy en el colegio porque la profesora nos dijo que rezáramos por el alma de la abuela de una alumna para que su alma no pene”.

 

La buena educación es la clave de todo, en primer término la informal en la familia y luego la formal en el colegio y la universidad. Cada uno tiene sus métodos y no hay para esto recetas universales, pero con mi mujer desde que nuestros hijos eran muy chicos establecimos el sistema de que en las comidas a la noche, todos los días, cada uno, incluyéndonos a nosotros, debíamos poner un tema. Cuando fueron más grandes especificamos que los temas en cuestión no se refirieran a noticias del momento y que todo el mundo conoce, ni se refiriera a nada que tuviera que ver con la política ni el dinero. Es decir circunscribirlos a lo que a cada uno le pasa en su interior o las ocurrencias que aparecen a raíz de lecturas. Esto lo aplicamos hasta que los tres se casaron y con buenos resultados en el sentido que pudimos formarlos con valores y principios sólidos.

 

Todas las tareas educativas para trasmitir valores y principios de una sociedad abierta resultan clave para lo cual se necesita estar muy atento, porque como reza el título de un libro de Macedonio Fernández “no todo es vigilia la de los ojos abiertos”.

 

El caso argentino es muy anterior a los textos obligatorios de “Evita me ama” y los engendros de La Cámpora, es necesario bucear en las raíces del problema. Para ello nada mejor que reiterar brevemente alguna información del notable ensayo de Carlos Escudé con el apoyo de una nutrida bibliografía, titulado El fracaso del proyecto argentino. Educación e ideología editado en 1990 conjuntamente por el Instituto Torcuato Di Tella y la Editorial Tesis, en el que todo el eje central apunta a mostrar que las faenas educativas estaban dirigidas a “subordinar el individuo al Estado” donde “el Estado no es la defensa del individuo y sus derechos” situación en la que “el individuo vive para servir a su Patria [generalmente con mayúscula]; así y no al revés, se define la relación esencial entre el individuo y estado-nación”.

 

Todo el desbarajuste educacional -a contramano de las ideas, principios y valores alberdianos-  comenzó a manifestarse con crudeza durante la tiranía rosista. Luego, la revista “El Monitor de la Educación Común” fundada en 1881 y distribuida gratuitamente a todos los maestros, fue paulatinamente aumentando su nacionalismo e intervensionismo estatal en la educación, aun con las mejores intenciones que rodearon al Primer Congreso Pedagógico de 1882. Incluso la ley de Educación Común (la 1420) de 1884 subraya la importancia de la educación obligatoria y gratuita.

 

En los sucesivos artículos de la mencionada revista se advierte sobre la “desnacionalización que sufría la Argentina” diagnóstico que logró imponer una ley en 1908  “de ingeniería social” al efecto de “deseuropeizar” el país, “pero el objetivo primordial del proyecto educativo argentino, más que impulsar el progreso, fue el de adoctrinar a la población en un argentinismo retórico y esencialmente dogmático y autoritario, cuando no militarista” anticipada por la Ley de Residencia de 1902 por la que podía expulsarse a inmigrantes si juicio previo y las arbitrariedades del creado Consejo Nacional de Educación que incluso tenía las facultades de reglamentar los programas de las escuelas privadas por medio de la Ley Lainez de 1905.

 

Las ideas vertidas en esa revista (“una paranoia”, dice Carlos Escudé) eran las de “el espíritu de raza” (Ernesto Quesada), “la pureza del lenguaje” (Mario Velazco y Arias), los inconvenientes de las escuelas de comunidades extranjeras “como la galesa” (Raúl B. Díaz), “homogenizar los estudios” (José María Ramos Mejía), “forjar una intensa conciencia nacionalista” y “el individualismo anárquico es un peligro peligro en todas las sociedades modernas, reagravóse como tal en la República Argentina por la afluencia del extranjero inmigrante” (Carlos Octavio Bunge), ”en la conversación, en todos los grados, incluir con frecuencia asuntos de carácter patriótico” y “el extranjero que incesantemente nos invade” (Pablo Pizzurno), el “catecismo patriótico” en el que se leía el siguiente diálogo: “maestro-¿cuáles son los deberes de un buen ciudadano, alumno- el primero el amor a la patria, maestro- ¿antes que a los padres?, alumno- ¡antes que todo!” (Ernesto A. Bavio), el “Canto a la Patria” de Julio Picarel sobre el que Escudé aclara que “cito estos pésimos versos a riesgo de alinear al lector” y agrega el poeta de esta xenofobia que “los sonidos ejecutados por una banda militar llegan al oído del niño como un lenguaje fantástico y fascinador”, “el Honorable Consejo Nacional de Educación, al inaugurar la bien meditada serie de medidas tendientes a fortificar el alma de los niños argentinos, el sentimiento augusto de la Patria y a convertir la escuela en el más firme e indiscutible sostén del ideal nacionalista” (Leopoldo Correijer), “la escuela argentina tiene un carácter completamente definido, ella es el agente de nuestra formación nacional” (Juan G. Beltrán), “formemos con cada niño un idólatra frenético por la República Argentina” (Enrique de Vedia), “la escuela oficial, única que mantiene puro el espíritu de la nacionalidad en pugna con la particular cuyo florecimiento es de profusión sospechosa” (Bernardo L. Peyret), “quienes no están conformes con la orientación nacionalista que el Consejo ha dado a la enseñanza, deben tener la lealtad de renunciar al puesto que desempeñan en el magisterio” (Ángel Gallardo), nacionalismo solo realizado eficazmente “en la escuela porque es allí donde hemos de realizar la unidad moral de la raza argentina” (Ponciano Vivanco), “el amor a la patria para ser fecundo debe tener carácter de una religión nacional y ese culto a la Patria no se concibe sin la fuerza nacional” (Francisco P. Moreno).

 

Por supuesto que a la abundante lista referida por Escudé -casi todos antisemitas- no faltan los nombres de los nacionalistas Ricardo Rojas (“las escuelas privadas son uno de los factores activos de la disolución nacional”), Manuel Carlés, ambos con escritos absolutamente contrarios al cosmopolitismo y al respeto recíproco adornados como es el caso de este último autor con cánticos inauditos como el del “Himno a la Nueva Energía” a lo que deben añadirse los numerosos escritos del nacionalsocialista y judeofóbico Manuel Gálvez.

 

El general Agustín Justo designó al nazi Gustavo Martínez Zuviría como Presidente de la Comisión Nacional de Cultura, personaje que fue designado Ministro de Justicia e Instrucción Cívica en la revolución militar de 1943 que desembocó en el peronismo, desafortunadamente fue imitado, con diversos estilos, por todos los gobiernos que siguieron.

 

A los nombres mencionados cabe agregar todavía muchos otros como los de Carlos Ibarguren, el sacerdote ultra nazi Julio Meinvielle, Leopoldo Lugones y tantos otros que sentaron las bases para que luego penetrara el cepalismo, el keynesianismo, el marxismo y todas las variantes totalitarias y planificadores de las vidas y haciendas ajenas donde “lo nuestro” es siempre un valor y lo foráneo siempre un desvalor por lo que se incita a la pesadilla de un sistema de cultura alambrada. Una vez que se idolatra la patria escindida del respeto recíproco y las libertades individuales, está preparado el camino para el mesías del momento indefectiblemente encarne la patria.

 

Estas y otras reflexiones deben ser expuestas a los niños y adolescentes para formar elementos de juicio al efecto de estar en guardia de quienes se presentan como “educadores” y en realidad no son mas que adoctrinadores militantes que contribuyen a colocar férreos candados mentales.

 

Por último, es del caso citar a Amy Chua, la autora de la célebre obra titulada Battle Hymmn of the Tiger Mother donde enfatiza la necesidad de la búsqueda permanente de la excelencia y, al mismo tiempo, ser humilde, en cuyo contexto finalmente aconseja: “Asegúrese de ser el primero para así tener algo en que ser humilde”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

OTRO CRITERIO UNIVERSITARIO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Bertie, uno de mis hijos, me pasó un artículo de Nathan Harden publicado en The American Interest titulado “The End of University as we Know It”. El autor sostiene que toda la estructura universitaria se está modificando radicalmente a raíz de la enseñanza por medio de aulas virtuales que comenzó con los ya muy difundidos MOOC (Massive Open Online Courses) pero que en última instancia apunta a sustituir en gran medida la enseñanza presencial en carreras de grado y posgrado (no en su totalidad puesto que hay asignaturas en ciertas carreras que por el momento requieren la relación personal).

 

Con razón el Harden destaca las ventajas de esta evolución al facilitar a estudiantes que se encuentran ubicados lejos de la casa de estudios de su preferencia y si deben trasladarse pierden su trabajo y otras ventajas de su lugar de origen. También apunta la reducción de costos debido a que no se hace necesario amortizar cargas fijas de peso, la facilidad de contratar profesores en otros puntos del planeta sin necesidad de desplazamientos y, sobre todo, las cargas de los llamados créditos estudiantiles no solo muy politizados en algunos lugares sino que se están incrementando de modo alarmante los incobrables.

 

Más  aun, explica el mismo autor que ahora que existen los ebooks la idea de la biblioteca para consultas e investigaciones cambia por completo de sentido. Cita a un profesor de Stanford que subraya la importancia de poder ampliar su número de alumnos y declaró al New York Times que si no fuera por este nuevo sistema debería dedicarle 250 años con el método anterior para enseñar al ritmo que lo venía haciendo. Muestra los avances en esta dirección moderna en universidades como Yale, MIT, Michigan, Harvard, Purdue y Carnegie y alude a la inversión en ladrillos como algo en general arcaico.

 

Señala que incluso existe la posibilidad que los alumnos elijan materias diferentes en diferentes universidades y eventualmente hacer un consolidado con otra institución dedicada a esa faena. Finalmente, hace un correlato con la música y dice que a partir de los Mp3 y los iPod ya es anticuado eso de adquirir un álbum completo sin poder circunscribirse a lo que al comprador le interesa, del mismo modo viene ocurriendo a paso acelerado en las instituciones educativas.

 

En lo personal, hace algún tiempo vengo dictando clase para la maestría en economía de una universidad suiza y verifico la calidad del audio y la resolución de imagen (salvo tormentas fuertes que no permiten la señal). También me percato de lo interesante de entidades que se ocupan de acreditaciones en competencia y tejiendo una auditoria cruzada al efecto de liberarse de las agencias politizadas como los ministerios de educación y equivalentes para lograr los necesarios niveles de excelencia.

 

Estos procedimientos a través de Internet también pueden mitigar los problemas financieros de universidades y su vínculo con el poder de turno. Por ejemplo, Richard Pipes en su Property and Freedom pone de manifiesto que las universidades de Columbia, Stanford y Harvard  reciben del gobierno federal estadounidense el 50, 32.4 y 38 por ciento respectivamente de sus presupuestos. También los problemas que se esconden tras la figura del tenure alegando libertad académica que podrían sortearse en la medida en que la legislación no alcance a quienes operan a escala planetaria y en algunos casos sin asiento visible, tema este de la desfiguración de la libertad académica que fue muy bien expuesto por William Buckley, Jr en su God and Man at Yale. The Supertitions of Academic Freedom.

 

A su turno, en un ámbito mucho más abierto podrían disminuirse los estragos del adoctrinamiento bajo el paraguas de la educación estatal tal como lo describió Thomas Sowell en Inside American Education para el baluarte del mundo libre y tal como lo analizó Carlos Escudé para el caso argentino en El fracaso del proyecto argentino. Para una ilustración detenida, me concentro en este último país y libro para lo cual reitero parte de lo ya escrito en otra oportunidad.

 

El proceso educativo requiere la prueba y el error en un contexto evolutivo y competitivo y, sin embargo, no es lo que se autoriza cuando está en manos de la burocracia. Afortunadamente, en la actualidad, por ejemplo, está el home schooling que se saltean las trabas burocráticas estatales para navegar en libertad por parte de quienes se dedican a la educación que son elegidos, precisamente, por su excelencia y no por grados de politización forzosa, y con programas de actividades sociales sumamente atractivas (hace poco, The Economist le dedicó bastante espacio a una tarea de investigación al antedicho home schooling en el que concluye que los oficiales de admisión de las universidades del Ivy Leage estadounidense declararon su admiración por estudiantes que aplicaban y que provenían de ese sistema “por sus altos niveles educativos, por sus muy buenos modales y por sus cuidadas vestimentas”).

 

En nuestro país, mucho antes de los fenómenos de los textos obligatorios de “Evita me ama” y los engendros de La Cámpora, surgen elementos clave que permiten bucear en el problema educativo. En la referida obra, Escudé revela con documentación de gran calado que el eje central de la educación estatal mostraba que las tareas educativas estaban (y están) dirigidas a “subordinar el individuo al Estado” donde “el Estado no es la defensa del individuo y sus derechos” situación en la que “el individuo vive para servir a su Patria [generalmente con mayúscula]; así y no al revés, se define la relación esencial entre el individuo y estado-nación”.

 

Todo el desbarajuste educacional -a contramano de las ideas, principios y valores alberdianos-  comenzó a manifestarse con crudeza durante la tiranía rosista. Más adelante, la revista “El Monitor de la Educación Común” fundada en 1881 y distribuida gratuitamente a todos los maestros, fue paulatinamente aumentando su nacionalismo e intervensionismo estatal en la educación que rodearon al Primer Congreso Pedagógico de 1882. Incluso la ley de Educación Común (la 1420) de 1884 subraya la importancia de la educación obligatoria y gratuita.

 

En los sucesivos artículos de la mencionada revista se advierte sobre la “desnacionalización que sufría la Argentina” diagnóstico que logró imponer una ley en 1908  “de ingeniería social” al efecto de “deseuropeizar” el país, “pero el objetivo primordial del proyecto educativo argentino, más que impulsar el progreso, fue el de adoctrinar a la población en un argentinismo retórico y esencialmente dogmático y autoritario, cuando no militarista” anticipada por la Ley de Residencia de 1902 por la que podía expulsarse a inmigrantes sin juicio previo y las arbitrariedades del creado Consejo Nacional de Educación que incluso tenía las facultades de reglamentar los programas de las escuelas privadas por medio de la Ley Lainez de 1905.

 

Las ideas vertidas en esa revista (“una paranoia”, dice Carlos Escudé) eran las de “el espíritu de raza” (Ernesto Quesada), “la pureza del lenguaje” (Mario Velazco y Arias), los inconvenientes de las escuelas de comunidades extranjeras “como la galesa” (Raúl B. Díaz), “homogenizar los estudios” (José María Ramos Mejía), “forjar una intensa conciencia nacionalista” y “el individualismo anárquico es un peligro peligro en todas las sociedades modernas, reagravóse como tal en la República Argentina por la afluencia del extranjero inmigrante” (Carlos Octavio Bunge), ”en la conversación, en todos los grados, incluir con frecuencia asuntos de carácter patriótico” y “el extranjero que incesantemente nos invade” (Pablo Pizzurno), el “catecismo patriótico” en el que se leía el siguiente diálogo: “maestro-¿cuáles son los deberes de un buen ciudadano, alumno- el primero el amor a la patria, maestro- ¿antes que a los padres?, alumno- ¡antes que todo!” (Ernesto A. Bavio), el “Canto a la Patria” de Julio Picarel sobre el que Escudé aclara que “cito estos pésimos versos a riesgo de alinear al lector” y agrega el poeta de esta xenofobia que “los sonidos ejecutados por una banda militar llegan al oído del niño como un lenguaje fantástico y fascinador”, “el Honorable Consejo Nacional de Educación, al inaugurar la bien meditada serie de medidas tendientes a fortificar el alma de los niños argentinos, el sentimiento augusto de la Patria y a convertir la escuela en el más firme e indiscutible sostén del ideal nacionalista” (Leopoldo Correijer), “la escuela argentina tiene un carácter completamente definido, ella es el agente de nuestra formación nacional” (Juan G. Beltrán), “formemos con cada niño un idólatra frenético por la República Argentina” (Enrique de Vedia), “la escuela oficial, única que mantiene puro el espíritu de la nacionalidad en pugna con la particular cuyo florecimiento es de profusión sospechosa” (Bernardo L. Peyret), “quienes no están conformes con la orientación nacionalista que el Consejo ha dado a la enseñanza, deben tener la lealtad de renunciar al puesto que desempeñan en el magisterio” (Ángel Gallardo), nacionalismo solo realizado eficazmente “en la escuela porque es allí donde hemos de realizar la unidad moral de la raza argentina” (Ponciano Vivanco), “el amor a la patria para ser fecundo debe tener carácter de una religión nacional y ese culto a la Patria no se concibe sin la fuerza nacional” (Francisco P. Moreno).

 

Por supuesto que a la abundante lista referida por Escudé -casi todos antisemitas- no faltan los nombres de los nacionalistas Ricardo Rojas (“las escuelas privadas son uno de los factores activos de la disolución nacional”), Manuel Carlés, ambos con escritos absolutamente contrarios al cosmopolitismo y al respeto recíproco adornados como es el caso de este último autor con cánticos inauditos como el del “Himno a la Nueva Energía” a lo que deben añadirse los numerosos escritos del nacionalsocialista y judeofóbico Manuel Gálvez.

 

A los nombres mencionados cabe agregar todavía muchos otros como los de Carlos Ibarguren, el sacerdote ultra nazi Julio Meinvielle, Leopoldo Lugones y tantos otros que sentaron las bases para que luego penetrara el cepalismo, el keynesianismo, el marxismo y todas las variantes totalitarias y planificadores de las vidas y haciendas ajenas donde “lo nuestro” es siempre un valor y lo foráneo siempre un desvalor por lo que se incita a la pesadilla de un sistema de cultura alambrada. Una vez que se idolatra la patria escindida del respeto recíproco y las libertades individuales, está preparado el camino para que el mesías del momento indefectiblemente encarne la patria.

 

Es de esperar que la revolución tecnológica que abarca el delicado terreno educativo sirva para abandonar en gran medida los designios de las reparticiones de control de aparatos estatales desbordados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

ORIGENES DE LA EDUCACIÓN ARGENTINA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hay mucho escrito sobre el caso de la enseñanza formal argentina. En todas partes del mundo, naturalmente cuando los aparatos estatales cuentan con “ministerios de educación” y equivalentes, los gobernantes tienen sus planes curriculares que imponen en los colegios estatales (mal llamados “públicos” puesto que los privados también son para el público) y deciden pautas para los niveles universitarios también dependientes del gobierno. Incluso, tal como ocurre en la Argentina desde hace mucho tiempo, las referidas pautas también son aplicables al ámbito privado con lo que las respectivas instituciones educativas están privadas de toda independencia.

 

El proceso educativo requiere la prueba y el error en un contexto evolutivo y competitivo y, sin embargo, no es lo que se autoriza cuando está en manos de la burocracia. Afortunadamente, en la actualidad está el home schooling, el MOOC, los métodos por aulas virtuales en todos los niveles y similares que se saltean las trabas burocráticas estatales para navegar en libertad con acreditaciones por parte de entidades privadas de prestigio como Academias y centros – también en competencia- dedicados al seguimiento cualitativo de quienes se dedican a la educación que son elegidos, precisamente, por su excelencia y no por grados de politización forzosa, y con programas de actividades sociales sumamente atractivas (hace poco, The Economist le dedicó bastante espacio a una tarea de investigación al antedicho home schooling en el que concluye que los oficiales de admisión de las universidades del Ivy Leage estadounidense declararon su admiración por estudiantes que aplicaban y que provenían de ese sistema “por sus altos niveles educativos, por sus muy buenos modales y por sus cuidadas vestimentas”).

 

En el contexto argentino, Carlos Newland en Buenos Aires no es Pampa: La educación elemental porteña 1820-1860 (Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1992) muestra la cantidad de colegios privados que existían antes del plan del gran Sarmiento, que con su educación estatal y “gratuita” las obligó a cerrar. Como es sabido, nada es gratuito el asunto consiste en detectar quienes pagan, lo cual recae especialmente en los más pobres ya que vía la reducción de sus salarios finalmente se hacen cargo por las disminuciones en las tasas de capitalización de los contribuyentes de jure. Recordemos que la inexorable politización conduce al consejo de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista de 1848 en el sentido de imponer la “educación pública y gratuita de todos los niños” al efecto de lograr sus propósitos y por eso es que el marxista Antonio Gramsci sostenía con razón que se “tome la cultura y la educación y el resto se dará por añadidura”.

 

Hasta en el baluarte del mundo libre es muy ilustrativo comprobar los tremendos desaguisados del Departamento de Educación, por ejemplo, en la obra de Thomas Sowell Inside American Education (New York, Macmillan, 1993) para que el lector conjeture que ocurre en otros lares menos civilizados. A las estructuras curriculares impuestas por el referido departamento gubernamental de Estados Unidos, se debe agregar la alarmante participación del gobierno en los presupuestos de las casas de estudio privadas de ese país, tal como lo explica Richard Pipes en Propiedad y libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia (México, Fondo de Cultura Económica, 1999/2002).

 

A continuación vamos a dedicarnos al caso argentino muy anterior a los fenómenos de los textos obligatorios de “Evita me ama” y los engendros de La Cámpora, al efecto de bucear en las raíces del problema. Para ello nada mejor que extraer brevemente información del notable ensayo de Carlos Escudé con el apoyo de una nutrida bibliografía, titulado El fracaso del proyecto argentino. Educación e ideología editado en 1990 conjuntamente por el Instituto Torcuato Di Tella y la Editorial Tesis, en el que todo el eje central apunta a mostrar que las faenas educativas estaban (y están) dirigidas a “subordinar el individuo al Estado” donde “el Estado no es la defensa del individuo y sus derechos” situación en la que “el individuo vive para servir a su Patria [generalmente con mayúscula]; así y no al revés, se define la relación esencial entre el individuo y estado-nación”.

 

Todo el desbarajuste educacional -a contramano de las ideas, principios y valores alberdianos-  comenzó a manifestarse con crudeza durante la tiranía rosista. La revista “El Monitor de la Educación Común” fundada en 1881 y distribuida gratuitamente a todos los maestros, fue paulatinamente aumentando su nacionalismo e intervensionismo estatal en la educación, aun con las mejores intenciones que rodearon al Primer Congreso Pedagógico de 1882. Incluso la ley de Educación Común (la 1420) de 1884 subraya la importancia de la educación obligatoria y gratuita.

 

En los sucesivos artículos de la mencionada revista se advierte sobre la “desnacionalización que sufría la Argentina” diagnóstico que logró imponer una ley en 1908  “de ingeniería social” al efecto de “deseuropeizar” el país, “pero el objetivo primordial del proyecto educativo argentino, más que impulsar el progreso, fue el de adoctrinar a la población en un argentinismo retórico y esencialmente dogmático y autoritario, cuando no militarista” anticipada por la Ley de Residencia de 1902 por la que podía expulsarse a inmigrantes si juicio previo y las arbitrariedades del creado Consejo Nacional de Educación que incluso tenía las facultades de reglamentar los programas de las escuelas privadas por medio de la Ley Lainez de 1905.

 

Las ideas vertidas en esa revista (“una paranoia”, dice Carlos Escudé) eran las de “el espíritu de raza” (Ernesto Quesada), “la pureza del lenguaje” (Mario Velazco y Arias), los inconvenientes de las escuelas de comunidades extranjeras “como la galesa” (Raúl B. Díaz), “homogenizar los estudios” (José María Ramos Mejía), “forjar una intensa conciencia nacionalista” y “el individualismo anárquico es un peligro peligro en todas las sociedades modernas, reagravóse como tal en la República Argentina por la afluencia del extranjero inmigrante” (Carlos Octavio Bunge), ”en la conversación, en todos los grados, incluir con frecuencia asuntos de carácter patriótico” y “el extranjero que incesantemente nos invade” (Pablo Pizzurno), el “catecismo patriótico” en el que se leía el siguiente diálogo: “maestro-¿cuáles son los deberes de un buen ciudadano, alumno- el primero el amor a la patria, maestro- ¿antes que a los padres?, alumno- ¡antes que todo!” (Ernesto A. Bavio), el “Canto a la Patria” de Julio Picarel sobre el que Escudé aclara que “cito estos pésimos versos a riesgo de alinear al lector” y agrega el poeta de esta xenofobia que “los sonidos ejecutados por una banda militar llegan al oído del niño como un lenguaje fantástico y fascinador”, “el Honorable Consejo Nacional de Educación, al inaugurar la bien meditada serie de medidas tendientes a fortificar el alma de los niños argentinos, el sentimiento augusto de la Patria y a convertir la escuela en el más firme e indiscutible sostén del ideal nacionalista” (Leopoldo Correijer), “la escuela argentina tiene un carácter completamente definido, ella es el agente de nuestra formación nacional” (Juan G. Beltrán), “formemos con cada niño un idólatra frenético por la República Argentina” (Enrique de Vedia), “la escuela oficial, única que mantiene puro el espíritu de la nacionalidad en pugna con la particular cuyo florecimiento es de profusión sospechosa” (Bernardo L. Peyret), “quienes no están conformes con la orientación nacionalista que el Consejo ha dado a la enseñanza, deben tener la lealtad de renunciar al puesto que desempeñan en el magisterio” (Ángel Gallardo), nacionalismo solo realizado eficazmente “en la escuela porque es allí donde hemos de realizar la unidad moral de la raza argentina” (Ponciano Vivanco), “el amor a la patria para ser fecundo debe tener carácter de una religión nacional y ese culto a la Patria no se concibe sin la fuerza nacional” (Francisco P. Moreno).

 

Por supuesto que a la abundante lista referida por Escudé -casi todos antisemitas- no faltan los nombres de los nacionalistas Ricardo Rojas (“las escuelas privadas son uno de los factores activos de la disolución nacional”) y Manuel Carlés, ambos con escritos absolutamente contrarios al cosmopolitismo y al respeto recíproco adornados como es el caso de este último autor con cánticos inauditos como el del “Himno a la Nueva Energía”.

 

En los dos últimos capítulos Escudé se refiere a “la irracionalidad en la cultura” llevada a la política en el gobierno militar de Uriburu (un corporativista-fascista que afortunadamente no pudo plasmar sus ideas en una reforma constitucional como era su declarada intención) y el peronismo, pero es del caso señalar a título de ejemplo un eslabón que conecta ambos experimentos (aunque el peronismo fue mucho más autoritario y estatista que el sucesor de Uriburu a pesar de la implantación del control de cambios, el impuesto progresivo, las juntas reguladoras y la banca central). Se trata del nombramiento del General Justo al nazi Gustavo Martínez Zuviría (que escribía con el pseudónimo de Hugo Wast) como Presidente de la Comisión Nacional de Cultura, personaje que fue designado Ministro de Justicia e Instrucción Cívica en la revolución militar de 1943 que desembocó en el peronismo que fue imitado, con diversos estilos, por todos los gobiernos que siguieron, los cuales, todos, agrandaron el Leviatán a través del aumento del gasto público, la deuda, la manipulación monetaria, cambiaria y arancelaria junto a planes para influir en la educación.

 

A los nombres mencionados cabe agregar todavía muchos otros como los de Carlos Ibarguren, el sacerdote ultra nazi Julio Meinvielle, Leopoldo Lugones y tantos otros que sentaron las bases para que luego penetrara el cepalismo, el keynesianismo, el marxismo y todas las variantes totalitarias y planificadores de las vidas y haciendas ajenas donde “lo nuestro” es siempre un valor y lo foráneo siempre un desvalor por lo que se incita a la pesadilla de un sistema de cultura alambrada. Una vez que se idolatra la patria escindida del respeto recíproco y las libertades individuales, está preparado el camino para el mesías del momento indefectiblemente encarne la patria.

 

Aunque circunstancialmente enfrentados, como ha demostrado J. F. Revel en La gran mascarada (Madrid, Taurus, 1999/2000), el nacionalsocialismo y toda laya colectivista-estatista están íntimamente vinculados en sus objetivos últimos y con el común enemigo del liberalismo, el primero prepara el camino para que el segundo intensifique las tropelías (recordemos que el nazi-fascismo significa que la propiedad está básicamente registrada a nombre de particulares pero el aparato estatal administra su flujo de fondos, mientras que el comunismo, más sincero, hace que use y disponga de la propiedad el monopolio de la fuerza sin que nadie tenga propiedad). En la Argentina, el nacionalismo dio cabida a las variantes socialistas bajo diversos ropajes. Este es el origen de la sandez de “vivir con lo nuestro” y de la actual “soberanía de las heladeras” y otros esperpentos consubstanciados con “los modelos nacionales y populares”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.