El valor del pensamiento crítico

Por Enrique Aguilar: Publicado el 3/7/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2039159-el-valor-del-pensamiento-critico

 

En  1993 Giovanni Sartori publicó un pequeño libro titulado La democracia después del comunismo, que concibió como apéndice de su célebre teoría de la democracia. Se refería allí a algunos de los problemas que minan las democracias contemporáneas, entre los cuales mencionaba el “ideologismo”, entendido como un modo de silenciar el pensamiento ajeno mediante epítetos descalificadores que el ideólogo atribuye al que no concuerda con su opinión. “Quien no está conmigo está contra mí, y quien está contra mí es, según los casos, fascista, reaccionario, capitalista, elitista, racista, etc.” De esta forma, “el epíteto sustituye el argumento” y el disidente se convierte en el enemigo condigno de ser tratado como tal.

La afirmación parece hecha para nosotros y nuestros acostumbrados enfrentamientos, que en los últimos lustros se vieron exacerbados por una retórica que probablemente se propagó por contagio. “Sos un kirchnerista resentido”, le espetaron a un amigo mío, fiel votante de Pro, por haber cuestionado en una red social el estado de la ciudad de Buenos Aires (que algunos vemos sucia, indefensa e intransitable) y un incremento del ABL en un porcentaje muy superior a la inflación proyectada. Nuevamente, la violencia verbal, el epíteto que estigmatiza sustituye el argumento.

Otros no llegan a tanto. Pero para conjurar el escepticismo se apresuran a decir: “Es cierto, hay muchas cosas para señalar, pero esperemos a que pasen las elecciones. Lo importante ahora es evitar que vuelvan…”. En buen romance, abstengámonos de “fogonear” a los indecisos para no comprometer el triunfo de Cambiemos. ¿No será contraproducente? ¿No será que al callar contribuimos, indirectamente, a que el Gobierno se cierre sobre sí mismo y confunda, en épocas de electorados “flotantes” y sin preferencias partidarias, un voto de confianza con una forma más genuina de adhesión? ¿No es un signo de madurez política que un ciudadano haga valer su independencia en lugar de prestarse a un proselitismo que lo incomoda?

En verdad, no parece sensato pretender que quienes suscribimos el cambio resignemos nuestro derecho a discrepar olvidándonos por unos meses de la pobreza, la inflación, las promesas incumplidas, los pronósticos errados, la inseguridad, el narcotráfico, la “tragedia educativa”, la insoportable presión fiscal o las sospechas de corrupción cajoneadas por un sector del Poder Judicial que actúa menos como guardián de la Constitución que como garante de la impunidad. Males heredados, sin duda. ¿Quién podría negarlo como no sea desde la hipocresía? ¿Acaso cabe endilgar a Macri el país saqueado que recibió, la existencia de un Estado omnívoro o la inacción de la justicia federal que tanto nos escandaliza? Sin embargo, resulta asimismo indudable que algunos de esos males se han visto agravados en el último año y medio, afectando principalmente a quienes ya no cabe demandar sacrificio alguno mientras el ajuste recae, como siempre, en el sector productivo, los cargos públicos sobreabundan y los legisladores, con un agudo sentido de la oportunidad, incrementan sus dietas.

Al releer aquellas páginas de Sartori, recordé otras de Octavio Paz relativas al valor del pensamiento crítico que lleva al inconformista a reconocer en su soledad más bien una bendición que una condena. Si las divergencias, afirmaba Paz, constituyen un “signo de salud intelectual y moral”, la uniformidad y la ausencia de discusión pública ocasionan “la muerte del espíritu, la petrificación del pensamiento”. También nos exhortaba a recordar que, tanto en el dominio del arte como en el de la política, el resurgimiento de la imaginación “siempre ha sido preparado y precedido por el análisis y la crítica”, que, como un “ácido benefactor”, disuelve las falsas imágenes. La crítica, continuaba Paz, “no es el sueño, pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones […], es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo”.

Tal vez algunos confíen en que a una mayoría de argentinos nos unirá el espanto. Es probable. Entretanto, que se alcen voces críticas en el seno mismo de un electorado que apostó, esperanzado, al cambio no es hacerles el juego a la oposición ni a quienes desde su sectarismo ideológico distorsionan el pasado para que luzca mejor en el presente. Tampoco se trata de desdeñar los logros alcanzados, sino de contribuir, modestamente, a extirpar los fanatismos. Vista así la crítica, ese “ácido benefactor”, mientras sea de veras bienintencionada y no programática, quizá sea también, como pensaba Paz, “una forma libre de compromiso”.

 

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Ex Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM. Es autor de libros sobre Ortega y Gasset y Tocqueville, y de artículos sobre actualidad política argentina.

A mayor gasto “social” más pobreza

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 19/3/17 en: http://economiaparatodos.net/a-mayor-gasto-social-mas-pobreza/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter

 

Lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales

Ya es una discurso común de los políticos afirmar que no se puede quitar la ayuda social a los más humildes porque no podrían transitar el período hasta que lleguen las inversiones, se creen nuevos puestos de trabajo y esa gente pueda cobrar un sueldo. En rigor los que no podemos aguantar más somos los contribuyentes que venimos siendo exprimidos desde 2003 sin ninguna piedad para sostener un monto cada vez mayor de gastos sociales. El cuadro 1 muestra la evolución del gasto social, incluye jubilaciones, en pesos corrientes desde 2001 hasta 2016. Como puede verse en el gráfico, el gasto en pesos corrientes aumentó 42,5 veces. Como referencia, el dólar paso de $ 1 a $ 16, es decir, creció 16 veces, así que en dólares se disparó.

Gráfico 1

Los gastos sociales que muestra el gráfico 1 solo hacen referencia a los gastos de la nación, no incluye las provincias ni los municipios. Como puede verse aumentó 42,5 veces desde 2001 hasta 2016.

Gráfico 2

El gráfico 2 nos muestra la evolución del gasto social en pesos constantes de 2016 utilizando inflación Congreso desde el 2007 en adelante para hacer el ajuste. En este caso aumentó 2,58 veces en términos reales, o se casi se triplicó. En otras palabras, cada vez se destina más dinero en pesos constantes a pagar jubilaciones, subsidios, educación, vivienda, etc. y la gente es cada vez más pobre, los jubilados están que trinan y los piqueteros siguen extorsionando con sus cortes de calles.

Gráfico 3

El gráfico 3 muestra la evolución del gasto social sin incluir las jubilaciones y las pensiones. Es decir, el gasto en educación, salud, vivienda, etc. que, en valores constantes de 2016, aumentó 2,4 veces en términos reales. Siempre crece el gasto social en términos reales.

Finalmente si la cuenta la hacemos en dólares, vemos que el gasto social total pasó de U$S 27.543 millones en 2001 a U$S 79.325 millones en 2016, o sea que se multiplicó por 2,88 veces. Pero si tomamos desde el 2003, cuando empezó el gobierno de los Kirchner hasta el 2016 el gasto crece 6,6 veces en dólares.

Cualquiera sea la manera que uno haga la cuenta, aquí presento solo 4 opciones, vemos que el llamado gasto social, solo tomando la nación, sin incluir municipios y provincias, crece fenomenalmente.

Gráfico 4

Como último dato, el 64% del gasto público de la nación se destina a los llamados gastos sociales, es decir, jubilaciones, salud, educación, subsidios, etc.

De lo anterior se desprende que lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales y ni siquiera primero cumple con su función primordial que es defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas. La seguridad es desastrosa. Pero también la calidad de vida de la gente viene en decadencia porque la contrapartida de semejante fiesta de gastos sociales es una carga tributaria que espanta la inversión, genera menos puestos de trabajo, aumenta la informalidad, la pobreza y la desocupación.

Es falso que los gastos en programas sociales mejoren la vida de la gente. Claramente la gente vive cada vez peor a pesar de incrementar brutalmente los recursos destinados a los planes sociales. Desde el punto de vista conceptual la gente vive peor porque, como decía antes, espanta las inversiones y cultiva la cultura de la dádiva. La gente no produce y prefiere ser mantenida mientras el estado saquea a los que producen.

Pero además, la política se ha transformado en una actividad política muy rentable en que todos estos fondos se transformaron en fuentes de corrupción y una manera de comprar votos.

En definitiva, no vengan con el verso de que gracias a los planes sociales la gente puede vivir. La gente vive cada vez peor, se degrada como ser humano al ser un vago y se espantan las inversiones que pueden sacar a la gente de pobreza y darles la dignidad del trabajo.

La conclusión es que los gastos sociales son un negocio político y no una manera eficiente de ayudar a la gente. A la gente se la ayuda creando las condiciones para que pueda trabajar y vivir de su salario.

El estado de bienestar es un verso que inventaron los políticos para, con la plata del contribuyente, terminar haciendo su propio negocio político.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Economía, moral y bien común

Por Gabriel Boragina. Publicado el 30/5/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/05/economia-moral-y-bien-comun.html

 

Normalmente se enfrenta el concepto de bien común al de bien particular tendiéndose a identificar a este último con sistemas como el capitalista, en tanto que al primero con el colectivista. No obstante, es cierto que, tanto los partidarios del capitalismo como los del colectivismo, emplean la expresión bien común como se destaca seguidamente:

“Conceptos indefinidos e indefinibles como el interés público o el bien común, que esgrimen tanto los enemigos como los defensores del capitalismo, serían resabios de una visión tribal del ser humano que sólo sirven para escapar de la moral, mas no de guía moral”.[1]

Por nuestra parte, hemos sostenido –y lo seguimos haciendo- que la expresión bien común (sin calificaciones) remite al bien de todos los individuos, sea tomados como conjunto como individualmente, lo que implica que la violación de los derechos de una sola persona importa tanto una transgresión particular hacia ella en concreto como –simultáneamente- al bien común, por cuanto si hay por lo menos una persona que resulta lesionada en sus derechos se quiebra el bien comúnpara transformarse en el bien de una mayoría contra el de una minoría.

“La justificación “moral” del capitalismo no está en la afirmación altruista de que representa la mejor forma de lograr “el bien común”. Es verdad que el capitalismo permite alcanzar el bien común —si es que esa expresión efectista tiene algún significado—, pero ello constituye solamente una consecuencia secundaria. La justificación moral del capitalismo radica en el hecho que éste es el único sistema concordante con la naturaleza racional del hombre, que protege la supervivencia del hombre en tanto hombre, y cuyo principio rector es la “justicia”.[2]

Resulta inaceptable para nosotros el machacón argumento colectivista que opone el bien común al bien particular o viceversa. Entendiendo que los derechos de unos no pueden violar derechos de otros (lo que sería -aparte de paradójico- contradictorio), nadie que ejerza su derecho puede ir en contra del bien común por aplicación de esta misma regla (los derechos no pueden violar derechos). Esto tiene inmediata aplicación práctica, por cuanto quien reclame el ejercicio legitimo de su derecho de propiedad no puede ser acusado de ir “en contra” del bien común. De la misma manera que, nadie en nombre del bien común puede impedir u obstaculizar que otro ejerza su legítimo derecho de propiedad, ya sea en forma individual o por medio de cualquier clase y especie de legislación, y ya fuere un particular quien lo intente o sea el gobierno mismo. En este último caso, quienes estarían violando el bien común serian ese particular o ese gobierno que pretenda restringir derechos de otros, como -por ejemplo- el de propiedad.

“el proceso de elaboración y decisión sobre políticas públicas necesita de sólidas instituciones que permitan su implementación en aras del bien común, evitando las presiones de los sectores afectados y superando los problemas de información e incentivos que afectan al mercado”[3]

Este enfoque parece contraponer el bien común al bien sectorial o de determinados grupos, lo que da a entender la expresión utilizada por el autor (“sectores afectados”). De ser esta la interpretación correcta se enmarca dentro de lo que afirmamos en el párrafo anterior. No obstante, no podemos dejar de señalar el peligro que representa la elaboración de políticas públicas por parte de los miembros de las burocracias políticas y gubernamentales, justamente por el fuerte incentivo que estas tienen a favorecer precisamente a “sectores afectados”, convirtiéndolos en sectores privilegiados, lo que, nuevamente, a nuestro criterio, viola el bien común. De esto último da buena cuenta la siguiente cita:

“La opinión general -cuidadosamente cultivada, claro está, por el Estado mismo- es que los hombres se dedican a la política o ejercen el gobierno motivados sólo por su preocupación por el bien común y el bienestar general. ¿Qué es lo que confiere a los gobernantes la pátina de una moral superior? Quizás el hecho de que la gente tiene un conocimiento vago e instintivo de que el Estado está involucrado en el robo y la depredación sistemáticos, y siente que sólo una dedicación altruista por parte del Estado hace tolerables estas acciones”.[4]

Como han demostrado autores como James Buchanan y Gordon Tullock, las motivaciones que animan a los políticos -ya sea en función de gobierno o como aspirantes a ocupar posiciones de poder dentro del mismo en cualquiera de sus estructuras- es ni más ni menos que la de cualquier otra persona común y corriente. No están inspirados en el bien común más que en sus propios intereses personales, y con la mira puestas en su bien privado y particular como el menor en poder de los ciudadanos. En realidad, están menos infundidos en el bien común que en su bien personal y privado. La visión romántica -e infantil- del político como “defensor” y “representante” del bien común es increíblemente mayoritaria no obstante.

“En la medida en que se construían las fábricas y comenzaban a emitir humo, destruyendo las huertas de los granjeros vecinos, éstos demandaban a sus propietarios por daños y solicitaban la intervención de los tribunales para evitar una mayor invasión a sus propiedades. La respuesta de los jueces era: “Sabemos que, lamentablemente, el humo industrial (es decir, la contaminación del aire) invade y lesiona sus derechos de propiedad. Pero hay algo más importante que los meros derechos de propiedad, y es la política pública, el ‘bien común’. El bien común decreta que la industria y el progreso industrial son algo bueno, y por lo tanto sus simples derechos de propiedad privada deben ser abrogados en nombre del bienestar general”.[5]

Aquí tenemos la versión colectivista del bien común a la que nos hubiéramos referido al comienzo, en la que se utiliza el bien común por parte de una autoridad (en este caso judicial) para destruir todos los demás derechos (en el ejemplo, el de propiedad que sirve de fundamento a todos los demás derechos).

[1] Ayn Rand. ¿Qué es el capitalismo? Estudios públicos. Introducción. pág. 64.

[2] Rand A. idem anterior, pág. 74

[3] Martín Krause. Índice de Calidad Institucional 2012, pág. 8

[4] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904). Pág. 74

[5] Murray N. Rothbard, ídem. anterior, Pág. 298.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

OTRO LIBRO DE PIKETTY

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Afortunadamente esta vez son solo 190 páginas en la edición argentina del Siglo Veintiuno Editores y no el mamotreto de su obra más conocida que comentamos en su oportunidad junto a muchos otros reviews críticos y favorables. Esta vez se titula La economía de las desigualdades. Como implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza. Repite aquí mucho de lo ya dicho pero conjeturo que el editor lo ha estimulado al autor para publicar dado el momento de su éxito en librerías (lo debe haber conminado en el sentido de now or never).

 

El lenguaje que Piketty utiliza en este nuevo trabajo es más directo y provocativo (y si se quiere panfletario) respecto a su obra anterior por lo que nosotros también recurrimos a expresiones más contundentes y menos sofisticadas de las que empleamos en nuestro estudio del libro anterior.

 

Abre su nuevo escrito con una oda a la justicia social como eje central de su análisis, sin percatarse que esa expresión en el mejor de los casos constituye una grosera redundancia puesto que no está presente el concepto de justicia en el reino vegetal, mineral o animal donde no hay responsabilidad individual. En el peor de los casos significa lo opuesto a la idea de justicia según la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo”. Piketty recurre al término en  este último sentido con lo cual da por tierra con la noción de justicia para abrir cauce a las arbitrariedades de los burócratas de turno. Por su parte, Hayek agrega que el adjetivo “social” seguido de cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo,  como, por ejemplo, es el caso del constitucionalismo social, la democracia social, los derechos sociales etc.

 

A continuación incurre en otro equívoco de proporciones al sostener que la “desigualdad en el empleo” fue una de las mayores causas de la desigualdad de resultados, desconociendo que el desempleo involuntario (el voluntario no es el problema) se debe exclusivamente a la imposibilidad de concretar arreglos contractuales libres como consecuencia de las mal llamadas “conquistas sociales” que imponen salarios superiores a los del mercado, es decir, superiores a los que las tasas de capitalización permiten (sin embargo, Piketty sugiere hacer esto). En otras palabras, si la desigualdad se conecta con el desempleo la solución estriba en liberar el mercado laboral de trabas e impuestos al trabajo que justifican la existencia de la economía informal al efecto de poder emplearse y no estar condenado a deambular por las calles y eventualmente morirse por inanición  por no encontrar trabajo en ninguna parte.

 

Sorprende en grado sumo su aseveración en cuanto a que las compilación de estadísticas es una faena complicada “respecto a la desigualdad que existió en los países comunistas, porque había muchos beneficios en especie que son difíciles de cuantificar desde el punto de vista monetario”. Las cursivas son nuestras para destacar lo de los “beneficios” en el sistema del Gulag en los que se liquidó a millones de personas por hambrunas espantosas y por fusilamientos y purgas varias, nos suena tan disparatado como hablar de los “beneficios” que se otorgaban a las víctimas de los hornos crematorios de los sicarios nazis.

 

Concluye que “Para Marx y los teóricos socialistas del siglo XIX, aunque no cuantificaban la desigualdad de la misma manera, la respuesta no dejaba lugar a dudas: la lógica del sistema capitalista es amplificar incesantemente la desigualdad entre dos clases sociales opuestas, capitalistas y proletarios”. A esta altura de la evolución cultural, sorprende este razonamiento puesto que todos los análisis serios han puesto en evidencia el esparcimiento de la riqueza ya desde la aparición de las sociedades por acciones y los mercados de capitales, además del incremento notable de salarios debido precisamente a los aumentos en las inversión per capita a lo que debe agregarse la improcedencia de la confrontación “de clases” en lugar de ver la antedicha cooperación entre las tasas de capitalización al efecto de incrementar salarios e ingresos en términos reales.

 

Encomillamos la expresión “de clase” porque si bien es ampliamente utilizada, es desafortunada ya que clase proviene del marxismo que sostenía vía el polilogismo que el proletario y el burgués tienen una estructura lógica distinta, a pesar de que ningún marxista haya explicado concretamente en que consisten esas diferencias respecto de la lógica aristotélica ni que le ocurre en la mente al hijo de un proletario y una burguesa ni que sucede en la mente de una proletaria que se gana la lotería. Por eso es mucho más preciso aludir a gente con diversos ingresos pero no a “clase” que, por otra parte, es estúpido referirse a la “clase alta”, repugnante hacerlo con la “clase baja” y anodino hacerlo con la “clase media”. Los nazis después de una serie de galimatías clasificatorios, al comprobar que había que tatuar y rapar a las víctimas como única manera en lo físico de distinguirlas de sus victimarios, optaron por adoptar la visión marxista y llegaron a la peregrina conclusión que la diferencia entre el ario y el semita es “de carácter mental”.

 

Lo que si es sumamente dañino y peligroso es la alianza reiterada entre supuestos empresarios y el poder lo cual se traduce inexorablemente en la explotación de los que no tienen poder de lobby. Esto que nunca menciona Piketty nos retrotrae al antiguo régimen en el que los ricos nacían y morían ricos independientemente de su capacidad para servir al prójimo y los pobres nacían y morían pobres y miserables con total independencia de su capacidad para atender las demandas de los demás, por lo que la movilidad social se torna indispensable.

 

Y es en este sentido que el autor que comentamos reitera su recomendación de establecer gravámenes altos y progresivos, lo cual, como dijimos antes altera las posiciones relativas en el mercado (contradice las indicaciones de la gente con sus compras y abstenciones de comprar), al tiempo que introduce una concepción fiscal regresiva al afectar la inversión que repercute especialmente sobre los ingresos más bajos y, por último, no solo significa un castigo a la eficiencia sino que privilegia a los más ricos que se ubicaron en el vértice de la pirámide patrimonial antes del establecimiento del tributo progresivo que bloquea la mencionada movilidad social.

 

Piketty se pregunta “¿Por qué los individuos que heredan un capital deberían disponer de unos ingresos vedados a quienes sólo heredaron su fuerza de trabajo. En ausencia de toda eficiencia de mercado, esto bastaría en amplia medida para justificar una redistribución pura de las ganancias del capital de las ganancias del capital hacia los ingresos del trabajo […] ¿Acaso la desigualdad de la distribución del capital entre individuos y entre países no solo es injusta sino también ineficaz?”.

 

En realidad agradecemos este lenguaje más directo y contundente puesto que pone de relieve con mayor claridad hacia donde apunta el autor a que nos venimos refiriendo. La herencia de bienes obtenidos legítimamente es el componente de mayor peso en el proceso económico puesto que incentiva en grado sumo la producción con la idea de trasmitir lo producido a las próximas generaciones. El aplicar la guillotina horizontal en este campo mina esos potentes incentivos. En el mercado resulta del todo irrelevante en nombre y el apellido de quienes poseen recursos, lo relevante y decisivo es la forma en que se administran. El que acierta en los deseos y necesidades de su prójimo obtiene beneficios y el que yerra incurre en quebrantos. En la medida de la aptitud o ineptitud de los herederos incrementarán o dilapidarán lo recibido.

 

También en la última cita, Piketty pone de relieve que considera ineficaz al mercado, es decir, las decisiones cotidianas de la gente en los supermercados y afines, para dar lugar a las decisiones prepotentes de los megalómanos en el poder, tal vez con la esperanza de que ese mismo autor y sus colegas sean designados para administrar vidas y haciendas ajenas, tal como lo vaticinó hace mucho tiempo Robert Nozick en su trabajo sobre los intelectuales y el capitalismo.

 

En esa misma cita Piketty incluye la redistribución a nivel internacional. Henos aquí un tema sobre el que han escrito profusamente autores como Peter Bauer, Melvyn Krauss, Doug Bandow y James Bovard apuntando a que los dólares sacados compulsivamente del fruto del trabajo ajeno no solo han generado subsidios cruzados sino que han facilitado que los gobiernos receptores continúen con políticas estatistas y corrupciones que provocaron los problemas de la fuga de capitales y la huída de personas en busca de horizontes mejores. Asimismo, sostienen que si se liquidaran organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial, aquellos gobiernos se verían forzados a modificar sus políticas con lo que repatriarían a su gente y los capitales fugados, al tiempo que recibirían préstamos sobre bases sólidas (a pesar de que Piketty subraya que eso solo tendría lugar “si el mercado de crédito fuera plenamente eficaz –es decir si llegase a invertirse capital cada vez que existe una inversión rentable”).

 

Dicho sea al pasar, acabo de exponer sobre la manía del igualitarismo en la reunión anual de la Mont Pelerin Society en Lima que titulé “In Defense of Income and Wealth Inequality”. Otra vez en este libro de Piketty se pretenden adornar afirmaciones con estadísticas, algunas irrelevantes y otras mal tomadas tal como lo han señalado economistas de la talla de Rachel Black, Louis Woodhill, Robert Murphy, Hunter Lewis y más recientemente el magnífico aporte de Anthony de Jasay (en Liberty Fund) y el de Mathew Rognlie (en Brooklyn Institute) que han detectado nuevos errores gruesos en las estadísticas de Piketty.

 

Como una nota al pie, señalo que Claude Robinson -el pionero con George Gallup en materia de encuestas modernas y estadísticas a partir de su tesis doctoral en la Universidad de Columbia- en su libro Understanding Profits revela que en una muestra de cien empresas líderes estadounidenses que representan quince reglones industriales de un ejercicio contable tomado al azar, en su momento reflejaron el siguiente cuadro: de la totalidad del valor de las ventas, 43% se destina a insumos para producir, 2.7% a las amortizaciones de equipos, 0.3% a intereses y otras cargas financieras, 7.1% en impuestos, 40.5% a salarios y otros beneficios a los empleados, 4.0% para dividendos a accionistas y honorarios a directores y 2.4% para reinversión.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

Mitos y falacias laborales.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 4/10/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/10/mitos-y-falacias-laborales.html

 

Las horas de trabajo obrero no reportan ninguna ganancia al capitalista. Ni aun en el caso que el empresario decidiera obligar a sus empleados trabajar las 24 horas del día los 365 días el año, obtendría ninguna “ganancia” o “lucro” de ese trabajo. Si el producto de dicha jornada laboral de 8.760 horas fueran -por ejemplo- discos de pasta o de vinilo, el valor de esas 8760 horas de trabajo dedicadas a estas “mercancías” sería exactamente igual a cero para el capitalista, sencillamente porque -hoy en día- no tendría a nadie a quien venderle un artículo semejante. En consecuencia, ningún capitalista obtiene ningún “lucro desmedido” del trabajo obrero. Es más, ni siquiera obtiene “lucro” alguno. El lucro del capitalista (y también el del obrero) no surge del trabajo, de ningún trabajo, sino que emana del consumidor, nunca del trabajador.

Que las leyes laborales reduzcan las horas laborales no le hace “ganar más” al empleado/obrero, porque las horas laborales -como vimos arriba- no cuentan para nada en el valor final del producto o servicio. Lo que da “valor” al trabajo no es su duración ni su extensión, sino su productividad, pero esta productividad dependerá -a su turno- de la demanda del respectivo objeto producido (producto). Si el artículo producido carece de demanda (como en el ejemplo de los discos de pasta o de vinilo) la productividad laboral será nuevamente igual a cero. Caso este en el que no gana nadie: ni el empresario, ni el obrero/empleado, ni el consumidor. Por el contrario: pierden todos ellos.

En definitiva -como vemos- no existe nexo alguno entre la ganancia del capitalista y el trabajo obrero/empleado. Sin embargo, si es cierto a la inversa: el obrero/empleado obtiene una ganancia del capitalista, que de no existir este jamás conseguiría. Si no existiera ningún capitalista sobre la faz de la tierra, no habría ni obreros ni empleados. Estos quedarían obligados a ser sus propios “empleadores”. Es decir, se retrotraería la situación social a la época feudal y pre-feudal, en la que sólo había una economía de autarquía, o sea, miserable y paupérrima al extremo, en la que cada uno deberíamos hacer nuestros propios alimentos, zapatos, pantalones, camisas, casas, muebles, etc. dado que esta era la situación previa de la gente a la Revolución Industrial. Obreros y empleados deben su misma existencia como tales al capitalista. El capitalismo rescató, de una vez y para siempre, a aquellas gentes de la vida miserable. Lástima que luego el mundo dejó de lado el capitalismo.

Volviendo a la falacias laborales populares: si el trabajador trabaja “mas” horas el empleador no gana “mas” dinero por este hecho.

Por estos mismos razonamientos, las leyes que fijan “salarios mínimos” tampoco consiguen que los trabajadores ganen “mas” dinero, sino que pierdan sus puestos de trabajo. Obtienen el efecto contrario al deseado por el legislador. A medida que el “salario mínimo” sube el desempleo crece de modo más que proporcional. Es una ley inexorable de la economía contra la que el legislador nada puede hacer para cambiarla.

Nuevamente: porque si las ventas finales son inferiores a la cuantía del total de salarios pagados por el producto invendido el capitalista incurrirá en pérdidas.

Numéricamente: si por una silla el capitalista debe pagar (forzado por legislación laboral) un salario mínimo (por ejemplo) de 100.- al obrero carpintero, pero la silla se termina vendiendo en el mercado al precio de 50.- (precio supuesto de mercado) al no poder ajustar el salario a una cifra menor a 50.- la única salida que la ley laboral le deja al capitalista esdespedir al obrero carpintero. Lo que es exactamente igual a decir que las leyes de “salario mínimo” generan desocupación. En realidad, son las mismas leyes del trabajo las que originan la llamada precariedad laboral. Si el empleador quiere subsistir como tal (en el ejemplo de la silla, o cualquier otro) deberá contratar “en negro” a quien esté dispuesto a trabajar por el salario de mercado (menor de 50.-). El empleador puede subir el salario y tomar más empleados “en blanco” sólo en dos casos:

  1. Que las ventas de sillas superaran los 100.- por unidad vendida, más un margen de ganancia razonable para el empresario.
  2. Que se derogue el “salario minino” para la actividad.

De no darse los supuestos 1 y 2, la única alternativa que la ley le da al empleador para subsistir como tal es despedir mano de obra “en blanco” y contratarla “en negro”. Resultado al que las mismas leyes laborales empujan a los empresarios y empleadores en general, posiblemente como efecto “no querido” por el legislador laboral, pero las leyes económicas operan de todos modos, con independencia de los deseos y la voluntad del legislador humano. A diferencia de las leyes jurídicas, las leyes económicas son de cumplimento inexorable e irreversible. Jamás pueden ser violadas impunemente por nadie, ocupe la posición de poder que ocupe.

Otro ejemplo demostrativo de la manera en que las leyes laborales precarizan la situación del obrero/empleado es el siguiente: generalmente, estas leyes establecen indemnizaciones por despido que crecen en cuantía conforme aumenta la antigüedad del empleado en el puesto de trabajo. Esta legislación tiene dos efectos inmediatos:

  1. Por el primero, constituye un poderoso incentivo a que el obrero/empleado se interese más en acumular años en el puesto, que a trabajar en sí. “Calentar un asiento” por X cantidad de años en una oficina o una fábrica, le generará una indemnización suculenta.
  2. Del lado del empleador, la misma norma opera como incentivo para despedir personal con poca antigüedad, lo que crea una elevada rotación de empleados.

En suma, el resultado de disposiciones de este tipo origina una altísima inestabilidad en el empleo, hoy llamadaprecariedad laboral.

En materia laboral es donde más se verifica el famoso refrán que dice que “El camino al infierno está sembrado de las mejores intenciones”. Estas “buenas intenciones” de los legisladores laborales conducen al obrero/empleado a un verdadero infierno laboral, del cual el único retorno es volver al pleno empleo del capitalismo.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Explotación y plusvalía.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 27/9/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/09/explotacion-y-plusvalia.html

 

La principal crítica que suele hacerse al sistema capitalista dice que, como consecuencia de su funcionamiento, los obreros o trabajadores -en general- son “explotados” por los capitalistas que los emplean.
Este planteo tiene su origen en la teoría de “la plusvalía” marxista, por la cual K. Marx sostenía que “el valor” de todos los bienes que se producen en el mercado reside pura y exclusivamente en el trabajo que a ellos les dedican tales obreros y empleados. Del total de este “valor”, el capitalista extraería una pequeña porción del mismo que entregaría al obrero en concepto de salario, y la “mayor diferencia” se la apropiaría aquel para sí mismo. A esta “mayor diferencia”, K. Marx la llamó “plusvalía”. De donde concluirá que el obrero era “explotado” por el capitalista y por esa misma diferencia (o “plusvalía”).
De inmediato, aparecieron varios detractores de esta absurda tesis, entre los que destacaron, como los más contundentes, los autores de la Escuela Austriaca de Economía, principalmente su fundador Carl Menger, y uno de sus más aventajados discípulos, Eugen von Böhm Bawerk, los que con éxito demostraron que no existe tal “plusvalía”, ya que el valor de las cosas no descansa en su trabajo. Las cosas no valen porque se haya “trabajado” en ellas, sino que se les dedica trabajo porque valen. El valor es anterior al trabajo y no su resultado. Esto es de sentido común en realidad, como demostraremos seguidamente.
Cuando el ama de casa va de compras al supermercado y compra una salsa de tomates, al llegar a la caja para pagar no le pregunta a la cajera “cuantas horas de trabajo utilizó el empleado de la plantación de tomates para la cosecha del producto”, y en función de esa respuesta conocer y pagar la supuesta “plusvalía”. Simplemente, elije la salsa de tomates considerando solamente dos parámetros: 1) el precio y 2) la calidad del producto, (y -quizás- uno tercero, relacionado con el segundo, que es la marca). En su elección, no cuenta la “plusvalía”, no sólo porque no la conoce (ni puede conocerla) sino y fundamentalmente porque no le interesa en absoluto para consumar su compra.
Supongamos ahora que el capitalista productor de tomates quisiera ganar $ 500 por cada unidad de salsa de tomates y el obrero de la plantación que lo cosecha estimara por su trabajo su “plusvalía” también en $ 500.- por unidad (es decir, en la misma suma), pero que sin embargo, terminado el producto y puesto a la venta en el comercio minorista, el público decide no pagar más de $ 100.- por cada unidad de esa salsa. ¿Dónde queda pues la “plusvalía” del obrero cosechador y de su patrono el productor capitalista? Exacto: queda en la nada…en cero. Lo que demuestra nuevamente que la fantasmagórica “plusvalía” no es más que un febril e imaginario invento marxista. Toda la ganancia, tanto del obrero como del capitalista estará contenida en alguna suma inferior al precio de venta que el consumidor ha decidido libremente pagar. Lo que, a su turno, nos dice que, tanto la ganancia del capitalista como el salario del obrero emergen de ese precio de $ 100.- abonado finalmente por el ama de casa en el supermercado, y que es el precio que estima justo para una unidad de salsa de tomates. ¿Alguien quiere hablar en este supuesto de “explotación”? Pues es libre de hacerlo. Pero en todo caso, quien estaría “explotando” al obrero de la plantación de tomates no es el capitalista, sino el consumidor. Aunque en realidad, el consumidor no está “explotando” a nadie, simplemente está pagando lo que considera es el precio de mercado, el precio justo del producto que adquiere, lo mismo cuenta para cualquier bien o servicio: ropa, calzado, electrodomésticos, muebles, inmuebles, automotores, barcos, aeronaves, motores, fábricas, empresas, etc. En el capitalismo, el consumidor decide quién gana y quién pierde. Quien pierde podrá quizás lamentarse y considerarse “explotado por el sistema”, pero esto le importa un comino al consumidor. En el capitalismo, el consumidor es el soberano, el director real del “sistema”, y tiene al capitalista y a sus obreros y empleados, a sus pies.
¿Y quién es el consumidor de los productos elaborados por el capitalista? Pues –curiosamente- sus mismos obreros y empleados, mas los obreros y empleados de los demás capitalistas que compiten con el primero. Con lo que, quien decide su nivel de ingresos como obrero de la plantación es el mismo obrero en su rol de consumidor al consumir la salsa de tomates que el mismo ha colaborado en producir mediante el trabajo de cosecha.
Alguien podría pensar que la “explotación” surgiría de todos modos en la manera en que el capitalista distribuye esos $ 100.- (que -en definitiva- el consumidor paga por cada lata de tomates) guardándose para sí $ 99 y entregándole $ 1 al obrero. Pero esta suposición sigue siendo pueril. En la vida real del mercado, con esos $ 100.- obtenidos por el capitalista deberá: 1) pagar los créditos que haya tomado para llevar adelante su producción, por ejemplo, préstamos bancarios, de los cuales deberá sufragar el capital prestado y sus intereses. 2) Seguidamente, de esos $ 100.- también deberá pagar los costos de sus instalaciones (amortización de maquinarias, alquileres, hipotecas, gastos de energía como luz, gas, teléfono, combustible de cosechadoras, etc.). 3) De esos $ 100.- también deberá afrontar los impuestos con los cuales el gobierno grava todo lo anterior, más también su producción. 4) Luego, de esos $ 100.- deberá pagar los salarios de sus obreros y empleados. Y, (5) recién en quinto lugar, luego de pagar todos esos gastos previos, podrá deducir lo que se llama su “ganancia”. De donde observamos que, descontados todos sus costos, sus “ganancias” apenas representarán un quinto de lo cobrado por el producto final.
Va de suyo que, la distribución de esos $ 100.- no puede hacerla de un modo tal que “explote” a sus prestamistas; locadores; proveedores de materias primas; servicios públicos; al fisco, obreros, empleados, etc. Todos estos costos del capitalista son costos fijos, y no puede decidir no pagarlos o pagarlos en la cuantía “que quiera”, so pena de quebrar y cerrar definitivamente su producción. No le queda pues ningún margen para “explotar” a sus obreros y/o empleados. No le queda más remedio que pagarles lo que realmente les debe por su trabajo. Que como ya vimos, no consiste en ninguna “plusvalía”, cuya inexistencia ya hemos demostrado.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Sobre la ganancia empresarial, la plusvalía y la generación de valor

Por Martín Krause. Publicado el 3/6/14 en: http://bazar.ufm.edu/sobre-la-ganancia-empresarial-la-plusvalia-y-la-generacion-de-valor

 

Cuando vimos las teorías del valor los alumnos se preguntaban de dónde salen las ganancias de los capitalistas. Asumían que existe tal cosa como la “plusvalía” que el capitalista extrae del trabajador. ¿De dónde salen entonces las ganancias? Una nota de la sección Campo de La Nación, que no tiene este objetivo, por supuesto, no puede presentarlo mejor: http://www.lanacion.com.ar/1695850-la-nuez-tiene-su-aceite-el-emprendimiento-que-lo-hizo-possible

Aceites del desierto

La ganancia surge de la percepción empresarial, de quien ve un recurso que puede ser mejor aprovechado, que combinado con otros va a obtener un precio mayor, y se lanza a invertir, a asumir el riesgo de combinar todos esos factores en espera de que luego los consumidores estén dispuestos a comprar ese producto.

Tres funciones son necesarias en todo proceso productivo: la del emprendedor (el que ve la oportunidad donde los demás no la vemos); el del capitalista (el que invierte su dinero y asume el riesgo); la del manager (que combina adecuadamente los factores para que rindan eficientemente). Esas tres funciones pueden estar separadas o en la misma persona. Esa es la historia que nos cuenta el artículo:

“En 2007 Silvia y Domingo viajaron a La Rioja para el lanzamiento de un documental sobre la tradicional fiesta regional de la Chaya, rodada por la otra hija del matrimonio, Dolores, productora de cine. Luego de la función los Montaño conocieron por medio de su hija a un amigo de ella, también productor de la película. Y éste, a su vez, les presentó a su padre, Ricardo Márquez, nogalero e ingeniero agrónomo, quien los invitó a conocer su finca, en la provincia.

“Fuimos con la curiosidad profesional de conocer una finca nogalera. Y cuando llegamos vimos una montaña de unas tres toneladas de nueces y preguntamos por qué estaban allí”, contó Domingo Montaño en diálogo con LA NACION en su oficina de Canning, provincia de Buenos Aires.

El nogalero les dijo que no podía vender las nueces “por falta de precio”. Y cómo a él, le ocurría lo mismo a otros pequeños productores riojanos, de Catamarca y de Córdoba. Márquez les explicó que ellos pedían mínimamente entre 7 y 8 pesos el kilo, pero los compradores ofrecían sólo entre 3 y4 pesos, con lo cual preferían no vender.”

Esto es ver una oportunidad donde hasta el mismo dueño de las nueces no encuentra ningún valor. Otra cosa, ¿y todo el trabajo hasta el momento, no generó ningún valor, ninguna “plusvalía”? No, cero.

Aquí viene la visión empresarial:

“Entonces le pregunté por qué no elaboraban aceite”, dijo Montaño, que para aquella época ofreció 21 pesos por el kilo de nuez. Y la respuesta de Márquez fue que tenía conocimiento de que en Francia fabricaban aceite de nuez, “pero nada más”, contó el industrial.”

Y la inversión “capitalista”:

“Entonces Montaño llevó 300 kilos nueces a una fábrica que él conocía, en Tres Arroyos. “¡Y comprobamos que tras prensar las nueces, salía aceite!”, dijo.

Y así surgió la idea de ir a Francia, principal productor de aceite de nuez en el mundo para conocer el proceso productivo. “Fuimos en 2009 y vimos que el sistema es muy antiguo y discontinuo. No nos servía: necesitábamos un proceso industrial”.

Los Montaño decidieron volver al fabricante de Tres Arroyos, que les vendió una licencia alemana para fabricar prensas. Y aquí nació la gran innovación: desarrollar un sistema de prensado sin antecedentes en el país. “Hicimos construir la máquina, la pusimos a funcionar y comenzamos aprender a hacer aceite de nuez”, agregó.

Y la función de administración:

“En la actualidad la empresa produce entre 500 y 1000 litros de aceite de nuez por temporada.”

Y la generación de valor para otros: ahora hay empleos que antes no existían, ahora los productores de nueces venden lo que antes tiraban.

Ahora su trabajo tiene valor cuando antes no lo tenía.

Entonces la cadena va para el otro lado. Es porque los consumidores van a estar dispuestos a comprar y consumir aceite de nuez que un emprendedor decide asignar capital para desarrollar ese proyecto. Para ellos contrata los factores de producción necesarios, generando valor tanto sea para el trabajo como para las nueces que antes se tiraban.

Si el día de mañana, los consumidores deciden que no van a consumir aceite de nuez, todo volverá a la situación anterior. El empresario no habrá recuperado su inversión, esas nueces volverán a valer nada y lo mismo con el trabajo.

Probablemente no sea así:

“Tras esta incursión, Aceites del Desierto está encarando la producción de otros aceites, como el de almendra, sésamo, maní y oliva.

Y la exportación es otro objetivo futuro. “Todos los años viajamos para conocer el mercado. Son potenciales compradores los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania”, concluyó Montaño.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).