McAfee, del MIT: More for Less. Cada vez usamos menos materiales para producir una unidad de PBI. El consumo de metales cae

Por Martín Krause. Publicado el 6/2/20 en: https://bazar.ufm.edu/mcafee-del-mit-more-for-less-vez-usamos-menos-materiales-producir-una-unidad-pbi-consumo-metales-cae/

 

El profesor del MIT, Andrew McAfee, publica un libro titulado:

More from Less: The Surprising Story of How We Learned to Prosper Using Fewer Resources — and What Happens Next; Scribner, 2019

Se inscribe en la línea de trabajos como los de Matt Ridley (The Rational Optimism), Steven Pinker (The Better Angels in Our Nature) o el de Johan Norberg (Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future). En esencia son trabajos que se contraponen con una visión pesimista predominante tanto en la izquierdo como en la derecha conservadora.

Para los primeros, todo va mal, culpa del capitalismo salvaje, cada vez peor y por eso hay que cambiar el sistema aunque todavía no hayan podido presentar un modelo alternativo. Esto se junta, además, con el tema del cambio climático y visiones apocalípticas del futuro. Desde el lado conservador el pesimismo es más bien cultural, donde vamos cada vez peor en términos de valores y conductas.

En Strategy+Business, de la consultora PWC, comentan el texto en estos términos:

https://www.strategy-business.com/article/Pessimism-dematerialized-Four-reasons-to-be-hopeful-about-the-future?gko=d1f4d

 

“Si eres una persona con el vaso medio lleno, te encantará el último libro de Andrew McAfee, Más de menos. Siempre optimista, aunque sigue expresando pequeñas notas de precaución, McAfee, científico investigador de la Escuela de Administración MIT Sloan y cofundador y codirector de la Iniciativa sobre Economía Digital del MIT (con el colaborador frecuente Erik Brynjolfsson), cree que la vida en este planeta se está volviendo cada vez mejor todo el tiempo También piensa que aunque los humanos enfrentan grandes desafíos, tenemos a nuestra disposición todos los recursos necesarios para enfrentarlos.

El principal apoyo sobre el que McAfee construye esta tesis, que él admite que será difícil de asimilar para los lectores más escépticos, es un proceso continuo de desmaterialización que encuentra que ocurre en economías maduras. A partir de la investigación realizada por el científico ambiental Jesse Ausubel y el escritor Chris Goodall, McAfee traza el consumo de recursos en los Estados Unidos. Por ejemplo, utiliza los datos del Servicio Geológico de EE. UU. Para mostrar que a partir de 2015, el consumo de los cinco metales de fabricación «más importantes» en los EE. UU. (Aluminio, cobre, acero, níquel y oro) ha alcanzado su punto máximo desde 2000. El consumo de acero ha bajado un 15 por ciento; el aluminio ha bajado un 32 por ciento; el cobre ha bajado un 40 por ciento. Lo mismo es cierto para el consumo de energía, así como para una variedad de insumos agrícolas y de construcción. Desde el primer Día de la Tierra en 1970, el consumo de recursos de EE. UU. Ha disminuido, pero la economía de la nación ha seguido creciendo. En pocas palabras, McAfee argumenta que se necesitan muchas menos cosas para producir un dólar de PIB hoy que hace 50 años.

McAfee declara que los datos muestran que «se está produciendo una gran inversión de nuestros hábitos de la era industrial». La economía estadounidense ahora está experimentando una desmaterialización absoluta amplia ya menudo profunda ”. ¿Y el resto del mundo? Bueno, los datos están incompletos. McAfee encuentra alguna evidencia de que las naciones industrializadas de Europa están consumiendo recursos en un «pico pasado», pero los países en desarrollo, como China e India, que todavía están en proceso de industrialización, «probablemente aún no se están desmaterializando».

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

Liberalismo, el enemigo que los populistas aman odiar

Por Enrique Aguilar: Publicado el 21/2/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1986341-liberalismo-el-enemigo-que-los-populistas-aman-odiar

 

En los estudios de teoría política es frecuente encontrar referencias alusivas a la pluralidad de lenguajes y corrientes que conviven, amigablemente o no, dentro de la llamada tradición liberal. También existen desarrollos tendientes a identificar, entre estas últimas (contractualistas, conservadoras, radicales, utilitaristas, libertarias u otra denominación en uso), algunos rasgos comunes. A título ilustrativo, cabe recordar la caracterización que hace tiempo hizo John Gray de la concepción liberal del hombre y de la sociedad sobre la base de estos cuatro elementos: la afirmación de la primacía de la persona, el reconocimiento de que todos los hombres tienen el mismo estatus moral, la defensa de la unidad de la especie humana y, finalmente, la creencia en la posibilidad de mejoramiento de cualquier institución social.

Sin embargo, a falta de una definición universalmente aceptable, no parece desacertado apelar a un presupuesto todavía más básico como es la idea según la cual el poder tiene límites que están fijados de antemano por los derechos individuales, generalmente considerados como naturales, inalienables e imprescriptibles. Entre éstos, el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, para evocar la célebre fórmula que preside la declaración de independencia norteamericana. Puesto de otra manera, el liberalismo en singular, en su acepción más simple y divulgada, es esencialmente eso: una teoría del gobierno limitado.

Se podrá discutir si los derechos individuales tienen origen en la naturaleza o en convenciones históricas. Igualmente caben desacuerdos en torno a la posible relación entre el liberalismo político y el liberalismo económico, que para algunos autores son inseparables, mientras que otros los distinguen con argumentos acerca de sus respectivas genealogías y alcances, o bajo el supuesto de que la defensa del libre comercio se inscribiría en el terreno de los medios, pero no de los fines (una cuestión de conveniencias en vez de un imperativo). Y, desde luego, cabe preguntarse si los límites a la acción del gobierno (que el liberalismo ve como un mal necesario) y la consecuente protección de los derechos dependen prioritariamente de los diseños y marcos institucionales, de la cultura política prevaleciente o aun de la influencia recíproca entre ambos factores. No obstante, siempre estará presente ese núcleo duro o denominador común, que podríamos calificar como “no negociable” aunque expuesto a diario a ser ignorado por los gobernantes, dada la natural tendencia del poder a expandirse e incurrir en abusos.

He ahí un punto que parece clave. La crítica al ejercicio arbitrario del poder, en sus diferentes grados y apelativos, desde la tiranía antigua hasta el totalitarismo moderno, atraviesa toda la larga historia del pensamiento político. Se trata, en efecto, de una preocupación tan vieja como la memoria política que el liberalismo a su tiempo haría suya enarbolándola como bandera. Pero el tema central del liberalismo, antes que el poder opresivo o desmesurado, es el poder en sí, incluso el legítimamente establecido, porque al indagar en su naturaleza descubre que no hay poder que no tienda de suyo a extralimitarse a menos que se lo contenga con instrumentos adecuados. La rivalidad entre el poder y la libertad, o, si se prefiere, el poder visto como amenaza de la libertad, es entonces la razón de ser del liberalismo.

Lo mismo podría aducirse con respecto a los años noventa. ¿Fueron realmente liberales quienes, amparados en la apertura económica y las privatizaciones, hicieron la vista gorda a la manipulación institucional, el gobierno por decreto y la recordada “mayoría automática” del menemismo? ¿Puede llamarse liberal un gobierno que incurre en tales excesos? Si bien se mira, quizás haya sido esa época (que, al decir de Enrique Valiente Noailles, puso al descubierto nuestra “profunda inmoralidad colectiva” y una generalizada tolerancia a la ausencia de reglas) la más decisiva no sólo para la suerte futura del liberalismo, sino además para el significado que solemos asignar a otro vocablo, “república”, el cual por mala conciencia nos inhibimos de asociar nominalmente al liberalismo.

La cosa resulta curiosa, porque lo que en los últimos lustros se ha venido reclamando en nombre de una mejor “república” son atributos que, en gran medida, provienen de la teoría y la praxis del liberalismo político. Por ejemplo, la distribución del poder en distintos departamentos que se contienen y fiscalizan unos a otros o la existencia de una justicia independiente del poder político. James Madison las llamó “precauciones auxiliares”, que, “a falta de móviles más altos”, complementan la legitimidad democrática como medios de sujetar a quienes nos gobiernan. En otros términos, hoy la república se nos presenta más claramente ligada a la existencia de un diseño institucional liberal que nos preserve de la discrecionalidad de los gobernantes que a la virtud cívica, los ideales patrióticos o aun (en algunas variantes) la participación de los ciudadanos en las decisiones públicas en tanto rasgos distintivos de un republicanismo de filiación clásica que se presenta como propuesta alternativa al liberalismo.

Isaiah Berlin afirmaba que “algunos seres humanos han preferido la paz de la cárcel, una seguridad satisfecha y una sensación de haber encontrado por fin el puesto adecuado que uno tiene en el cosmos a los dolorosos conflictos y perplejidades de la desordenada libertad del mundo que está fuera de los muros de la prisión”. El liberalismo, en cambio, ha promovido siempre la opción inversa. Para sus detractores de izquierda y de derecha, para los defensores de la sociedad cerrada y los relatos colectivistas, para el populismo, para los enemigos de la libertad de pensamiento y de la libertad de prensa, el liberalismo será siempre el malo de la película, el villano preferido, el sospechoso a quien endosar todas los males pasados, presentes y venideros, sea para purgar las responsabilidades propias, por complicidad, oportunismo electoral o por pura pereza intelectual. Probablemente haya perdido, como sugiere Sartori, “la guerra de las palabras” y se encuentre sumido en una crisis de identidad. Sin embargo, dondequiera que la libertad se encuentre en peligro, su antorcha permanecerá encendida y seguramente se alzarán manos dispuestas a portarla.

 

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Ex Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM. Es autor de libros sobre Ortega y Gasset y Tocqueville, y de artículos sobre actualidad política argentina.

El hombre pobre y miserable

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 9/12/13 en:

http://www.panamaamerica.com.pa/notas/1685204-el-hombre-pobre-y-miserable-#.UsBAz-LmVm0.

Siempre que se difunden fotos con niños desnutridos y muriendo de hambre o víctimas de otras atrocidades, algunos se preguntan cómo es que Dios lo permite. Pues el que lo permite es el “dios” que a personas subliminalmente les sirve para justificar cualquier abuso. No es creíble que Dios haya creado al hombre pobre y miserable, porque no sería lo suficientemente bueno o lo suficientemente omnipotente.

Uno de los primeros modos que tiene el ser humano, el gobierno, de crear pobreza es con el cobro coactivo de impuestos que, si bien son teóricamente pagados por todos, lo cierto es que terminan cayendo con más fuerza sobre los más humildes, ya que cuanto más alto es el nivel económico de una persona, mayor capacidad tiene para derramarlo hacia abajo.

La crisis griega, agravada a partir del aumento de impuestos, entre otras cosas, ha provocado, por ejemplo, que los suicidios crecieran 17% entre 2007 y 2009, 25% en 2010 y 40% en los primeros seis meses de 2011. Además, se duplicaron las tasas de homicidios y de robos, y la prostitución.

Otro caso interesante es Brasil, uno de los países más desiguales del mundo, precisamente por contener un “capitalismo salvaje” en el que, por ejemplo, con la excusa de crear riqueza para derramarla, el Estado disminuye el mercado -el poder adquisitivo de las personas, en este caso- con trabas aduaneras que les frenan la competencia a los empresarios amigos.

Según un reciente estudio de Wagner Kamakura, de la Rice University, y José Affonso Mazzon, de la Universidad de São Paulo, los pobres llegan al 15.5% de la población (29.6 millones de personas) y los ricos al 2.8%. Los primeros tendrían una renta de 854 reales ($427) y los segundos de 18,000 reales ($9,000), mientras que las clases medias son el 55.9%.

Entre los pobres de Brasil los más perjudicados son los jóvenes sin estudio ni preparación profesional, entre quienes el desempleo llega al 18%.

Brasil tendrá en la próxima década 33 millones de jóvenes de entre 14 y 24 años, que son el futuro del país, pero son hoy los menos preparados profesionalmente. De los más de 30 millones de jóvenes brasileños, son pobres más del 30%, y entre el 10% más pobre, el 77% ni estudia ni trabaja, mientras que -los favorecidos de siempre por el estatismo- entre el 10% más rico solo no trabajan el 6.9%.

De paso, vale recordar que hoy el mundo posee el mayor número de jóvenes de la historia: la mitad de los 7,000 millones de habitantes.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

El libre mercado y la crítica del papa Francisco

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el /1/13 en: http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2013/12/02/el-libre-mercado-y-la-critica-del-papa-francisco/

Las críticas que el Papa Francisco hiciese al libre mercado en el Evangelii Gaudium (“La alegría del Evangelio”) han generado fuertes reacciones. No sólo en Argentina, su país de origen, sino en varios países alrededor del mundo. Un ejemplo es un reciente post de Gregory Mankiw (Harvard University) en su blog con breves pero interesantes reflexiones. Especial atención recibió el pasaje donde el documento critica la teoría del “derrame, que supone que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismo sacralizados del sistema económico imperante” (p. 44).

En primer lugar hay que reconocer que puede haber posibles matices semánticos que pueden llevar a imprecisas interpretaciones. Es decir, el Evangelii Gaudium no es un documento de carácter económico. No obstante, es claro el mensaje crítico hacia el libre mercado y presenta un difícil desafío sugerir que el documento no se refiere, en verdad, a una economía libre luego de argumentar “salvedades semánticas”. En segundo lugar, coincido con Mankiw que el “derrame” no es una teoría ni mucho menos un término técnico y que es una palabra de corte peyorativo utilizado por sectores de izquierda y grupos críticos de los mercados libres. Al utilizar esta palabra, el Papa incorpora un sesgo negativo hacia el término libre mercado en lugar de utilizar un término neutral. El desliz terminológico en temas económicos en el documento sugiere la necesidad de cierta cautela en las fuertes afirmaciones que el documento ofrece. Afirmaciones categóricas en un documento de esta trascendencia deberían estar mejor respaldadas en su articulación. Para ser un documento de tanta trascendencia, deja ver un cierto desinterés o impericia en la forma de tratar problemas económicos. Imagínese la opinión en un texto económico crítico de la Iglesia con un claro uso superficial del lenguaje propio de la disciplina criticada acompañado de calificativos como “confianza burda e ingenua”. Utilizar definiciones imprecisas puede llevar a observar problemas donde no los hay.

En segundo lugar, el efecto que el Evangelii Gaudium produjo en la opinión pública invita a repasar algunos indicadores generales de bienestar social y económico en países más y menos proclives al libre mercado. ¿Es cierto que el libre mercado deja desamparados y marginados a los menos pudientes? ¿Cuánto de verdad y cuánto de mito hay en las tan difundidas críticas al “capitalismo salvaje”? Lo que el Papa Francisco expresa es, en definitiva, reflejo de una idea generalizada, especialmente en varios sectores de Argentina.

Es fácil de obtener un panorama de la situación económica y social del libre mercado si dividimos los países en cuatro grupos de acuerdo a su libertad económica. Esto permite obtener un degradé de resultados y observar diferencias entre países más y menos libres. Es importante tener en cuenta que deben observarse los datos de todos los países, y no elegir, por ejemplo sólo un par (más detalles aquí). Esto permitiría que tanto un defensor como un crítico del libre mercado elijan un par de  países a su conveniencia. Es toda la muestra, no selecciones ad hoc, lo que hay que usar de referencia. Veamos, entonces, algunos datos económicos y sociales.

Los siguientes gráficos muestran el PBI per cápita (PPP) y el crecimiento promedio de 10 años para cuatro grupos de países de acuerdo a su libertad económica. Como se puede apreciar, en promedio, los países más libres no sólo son más ricos, sino que también crecen más rápido a largo plazo.

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La principal objeción a estos datos es que el PBI per cápita (PPP) es un dato promedio que nada dice sobre la distribución del ingreso. Se da a entender que los países más ricos son más desiguales en su distribución del ingreso. El crecimiento del libre mercado es inocultable, pero sería un crecimiento inmoral. Una manera de ver si este es el caso es observando la participación sobre el ingreso que recibe, por ejemplo, el 10% más pobre de la población. Los siguientes gráficos muestran el ingreso del sector 10% más pobre y el ingreso per cápita (en USD) para este grupo. Como se puede apreciar, el 10% más pobre recibe, en promedio, el mismo porcentage del ingreso total en economías menos y más libres. Donde sí se ve una diferencia importante es en el monto de ingresos. Si usted se encuentre entre el 10% con menos ingresos, no importa si vive en uno de los países menos libres o en uno de los países más libres, su grupo recibirá alrededor del 2.6% del ingreso total. Ahora, si usted vive un país poco libre tendrá que vivir con 932USD anuales, mientras que si lo hace en un país libre tendrá un ingreso anual de 10.556USD. No es una dato menor.

image011image012Se podrá objetar que estos datos sólo observan el quintil con menos ingresos y que en verdad es más apropiado observar indicadores como elCoeficientes de Gini, que miden la distribución del ingreso de toda la población. Una distribución perfectamente equitativa da como resultado un Coeficiente de Gini de 0, y una distribución perfectamente inequitativa da como resultado un valor de 100. El siguiente gráfico muestra el Coeficiente de Gini para el 25% de países más (rojo) y menos (azul) libres. Como se puede apreciar, en promedio las economías más libres poseen una mejor distribución del ingreso de acuerdo a este indicador. El argumento que las economías libres sufren de mayor desigualdad del ingreso es un mito construido sobre el error de observar unos pocos países y no la totalidad de la muestra. Al seleccionar sólo unos países podemos, inconscientemente, elegir países que confirman nuestras ideologías o ideas previas. Esto no sucede al observar toda la muestra. La pregunta es, si usted sabe que va a ser pobre, ¿en qué tipo de país preferiría vivir, en unos de los libres o en uno de los no libres? El sector “pobre” en Estados Unidos, por ejemplo, posee ingresos por encima del 60% de la población mundial.

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Se podrá, a su vez, objetar que estos datos son una foto, no una película. Que, de hecho, los ricos se están volviendo más ricos y los pobres más pobres. El siguiente gráfico muestra el cambio en el ingreso medio de cada quintil de la población según su nivel de ingreso. Como se puede apreciar, es cierto que los ricos se están volviendo más ricos (excepto el quintil superior), pero no es menos cierto que los quintiles de menores ingresos ven, en promedio, aumentar sus ingresos a una velocidad mayor que los quintiles superiores. El gráfico muestra la diferencia de ingresos entre padres e hijos que pertenecen al mismo quintil.

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No sólo es un mito que los países más proclives al libre mercado posean una peor distribución del ingreso, sino que la pobreza ha disminuido, en lugar de haberse incrementado, en las últimas décadas. El siguiente gráfico muestra la disminución en la población que vive con menos de US$ 1 por día entre 1970 y el 2000. Durante estos 30 años la población con ingresos menores a US$ 1 por día se disminuyó a casi un tercio. Siendo las economías más libres les que generan más riqueza a mayor velocidad, es claro cuál es el grupo de países que produce este fenómeno y cuáles las economías que lo retrasan.

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Veamos algunos indicadores sociales y de medioambiente de interés. Los siguientes gráficos muestran (1) el trabajo infantil, (2) la contaminación ambiental y (3) el ritmo de deforestación. Nuevamente, se puede apreciar la persistencia de mitos sobre supuestos males del libre mercado. Los países más libres, en promedio, poseen menor trabajo infantil y menores niveles de contaminación. El tercer gráfico muestra que son los países menos libres los que, en promedio, producen deforestación mientras que los más libres, en promedio, están reforestando sus tierras.

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Unos breves comentarios finales. En primer lugar, estos resultados se mantienen si observamos, por ejemplo, las diferencias en los países más y menos libres pero acotando la muestra únicamente a países chicos. Es decir, estos datos no son resultado de un efecto de “países grandes” donde, justamente por ser un país grande, sus indicadores muestran mejores resultados. En segundo lugar, los mismos resultados también se observan si separamos entre los países más y menos libres dentro del 25% de países menos libres; la teoría de la explotación internacional tampoco se sostiene. Dentro de los países menos libres, los más libres tienen mejores indicadores económicos y sociales que los menos libres dentro del grupo de los menos libres.

Por último pero no por ello no menos importante, estos comentarios buscan desmitificar críticas al libre mercado que son opinión generalizada y trascienden al documento del Vaticano. Estos comentarios tampoco buscan cuestionar la autoridad espiritual y religiosa de las máximas autoridades de la Iglesia, pero sí evitar confundir autoridad espiritual o religiosa con autoridad económica.

Fuentes de los gráficos: (1) Economic Freedom of the World 2013 Annual Report (Fraser Institute), (2) presentación Free Our Economies de Anthony Davies (Duquesne University) disponible en su sitio web y (3) 2007 Index of Economic Freedom (Heritage Foundation).

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.