Una de vampiros

Por Gastón Gonda:

 

Veía hace unos días un acalorado pero entretenido debate de coyuntura económica argentina entre el brillante economista Iván Carrino y otros cuatro representantes de distintas fuerzas políticas. Digámoslo claro: cuatro ignorantes de variada gama, repartidos entre socialistas, peronistas y kirchneristas, cuyos nombres por piedad omito.

Y como el tiempo en la televisión es muy acotado, quedaron muchas cuestiones por esclarecer y profundizar, y no sorprende a nadie el hecho de que buena parte de la audiencia suele hacer sintonía con el discurso más demagogo y oportunista.

Pero algo de lo bueno empieza a dejar huella gracias a la batalla cultural que unos cuantos, como Iván, libramos todos los días, cada uno desde donde puede, sabe y quiere.

Puestos a debate, se tocan temas como el acuerdo con el FMI, la inflación y la pobreza, y se deriva en abstracciones sobre el rol del Estado. Lo de siempre. Sólo que todos, menos Iván, de espalda a los datos.

Pero los disparates que se decían en esa mesa no son nada distintos de los que balbucean los representantes de absolutamente todos los espacios políticos desde el oficialismo hasta la oposición, máxime en estos días de campaña electoral, para martirio de un número creciente de desencantados de la política, como yo.

Estos señores ignoran el fracaso de 4000 años de controles de precios, y presuponen la inflación como un fenómeno “multicausal”, ignorando la evidencia empírica sobre un problema que el mundo ya ha superado por completo, con excepción de un puñado de países que se cuentan con los dedos de una mano, entre ellos la Argentina.

Estos iletrados  nada pintorescos creen que la riqueza es un juego de suma cero, donde unos ganan si, y sólo si, otros pierden. De allí parten para planear y ejecutar la redistribución violenta de los bienes que el mercado – todos nosotros – se encargó de distribuir de manera pacífica gracias al intercambio de un valor por otro valor; trabajo, tierra, capital, conocimiento. Por tanto, por más atinados que parezcan, estos abusadores avalan  el saqueo del fruto del trabajo usando el bien común como excusa y la ley como garrote.

Estos tristes contendientes manifiestan preocupación por los pobres pero adoctrinan con ideas que llevadas a la práctica los multiplican, y que a lo largo de la historia condujeron a millones de seres humanos a la pérdida de sus libertades más básicas y a morir por inanición.

Lo hacen, en el mejor de los casos, por ignorantes. En el peor, porque enarbolando las ideas del Estado presente, la justicia social, la redistribución de la riqueza y el proteccionismo industrial, logran erigirse en “salvadores del pueblo”. Y como tal, acceden a privilegios de casta que nunca podrían conseguir si tuvieran que vender su talento al escrutinio diario del mercado. Aquel mercado conformado por personas que votan todos los días determinando – con sus elecciones siempre voluntarias – ganadores y perdedores. Quienes sirven mejor al público ven incrementados sus ingresos; quienes yerran buscarán la manera de aprender de la experiencia y sobreponerse, dando origen a un círculo virtuoso cuyo resultado total es siempre ganancia.

Aquellos desdichados que repiten los mitos empobrecedores, ignoran que el poder económico se ejerce por medios positivos, ofreciendo a los hombres una recompensa, un incentivo, un pago, un valor; mientras que el poder político es ejercido por medios negativos, por la amenaza de castigo, lesión, encarcelamiento, destrucción. Como bien manifiesta Ayn Rand, la herramienta del empresario – el buen empresario y no el prebendario que hace negocios al calor del poder político – son los valores; la herramienta del burócrata es el miedo. Y, agrego yo: la herramienta del místico es el infierno. No es casual la referencia al dinero como “estiércol del demonio” por parte del representante de Perón en la Tierra.

Vuelvo. Esto depredadores nos quieren hacer creer, en su fatal arrogancia, que saben mejor que nosotros mismos qué es lo que necesitamos y queremos. Y por tanto se empeñan en dirigir la economía y la vida de todos nosotros a fuerza de leyes y decretos, como si fuera que una simple expresión de deseos manifestado en el cuerpo de una ley es suficiente para poner de pie un aparato productivo, determinar los precios de equilibrio, y tornar “justo” al valor del salario. Siendo así,  ¡que las legislaciones sean más generosas y nos hagan ricos a todos! como expresara en numerosas oportunidades el “Alberdi contemporáneo” don Alberto Benegas Lynch (H).

Faltos de la lógica más elemental, estos artífices de la miseria no saben sumar ni restar; solo dividir. Ignoran que son las tasas de capitalización puestas al servicio del trabajo lo que hace a éste más productivo y eficiente, y por tal mejor pago. No saben que los salarios mínimos conducen al desempleo porque hay más demandantes que oferentes, afectando especialmente a los menos calificados y especializados. Y en el sentido opuesto, desconocen que los precios máximos generan escasez porque habrá más gente dispuesta a comprar que gente dispuesta a vender, lo que tienta a los burócratas a tomar medidas inmorales e inútiles como las libretas de racionamiento, las leyes de abastecimiento, o  los más recientes “Macri-tips”, con el consiguiente aumento del clientelismo y la corrupción.

Estos pobres de espíritu desconocen los beneficios de la especialización, gracias a las ventajas comparativas diferentes entre los que realizan un intercambio. Ignoran que cuanto más libre es el comercio, más prosperamos, especialmente los eslabones más pobres, al contrario del cacareado mito de la posición dominante.

Pero estos relatos ya desterrados en gran parte del mundo civilizado no serían posibles si una parte mayoritaria de la sociedad no avalara por acción u omisión estos dislates. Los desprevenidos, los desentendidos, los voluntaristas, los mal-aprendidos, y toda la gama de desorientados que repiten las consignas del fracaso son muy fáciles de identificar: son todos aquellos que no conciben a las ideas de la libertad como el motor para el progreso humano.

El padrón electoral argentino representa el número exacto de esclavos que, en lugar de procurar su propia libertad, quieren seguir en esa condición. Esto es así porque en su perturbación no logran unir las causas con las consecuencias de la decadencia, y por tanto demandan más fuego para combatir al incendio. Están enamorados de sus secuestradores, padecen el Síndrome de Estocolmo.

Los pusilánimes son incapaces de pararse sobre sus propios pies; el viento populista los arremolina a todos juntos y quedan a merced de cuanto demagogo les endulza el oído para seguir vejándolos, uno tras otro, cada dos o cuatro años.

Sobre todo, estos desprovistos de carácter ignoran la naturaleza humana y su enorme potencialidad. Tienen una predisposición psicopatológica hacia la envidia, la victimización y el resentimiento.

Frente al avanzado, al desarrollado, al estudioso, al genio, al talentoso, muestran envidia y por tal lo odian, no por sus defectos sino por sus virtudes. Uno envidia aquello que nunca va a conseguir. Uno cela aquello que tiene y teme perder. Uno emula o imita aquello que admira y sabe que puede conseguir. Y si no lo logra, al menos habrá emprendido el camino de la superación, aportando lo mejor de sí.

Faltos de razón, propósito y autoestima, los cómplices de los saqueadores son sombríos y tristes. Pero siempre pueden redimirse: no conozco ningún liberal que se haya vuelto socialista; pero sí unos cuantos de estos últimos que descubrieron el valor del respeto a los proyectos de vida de sus hermanos. Son vampiros que ya no chupan sangre; sino que “a su pesar reconocieron el buen sabor del agua mansa”.

Nunca es tarde. Seamos libres.

 

Gastón Gonda es Licenciado en Administración de Empresas de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Tucumán, MBA ESEADE. Head of Financial Planning & Analysis en Avery Dennison LA. Difunde sus ideas como @GastonGonda

Mapuches, un chiste electoral

Por José Benegas. Pubicado el 28/8/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/08/28/mapuches-un-chiste-electoral/

 

“A este cacique tan básico le preocupan nada más que las tierras que pertenecen a los ‘capitalistas’, los ‘latifundios’ y la presencia de empresas petroleras”

 

En la alocada conversación entre Jorge Lanata y un supuesto cacique mapuche (Facundo Jones Huala) se perdieron varios detalles, porque en la Argentina las noticias son espectáculo y el espectáculo requiere un avance de la línea dramática, sin distracciones.

En este caso, el cuento de que enfrentamos una lucha armada de reconquista por parte de los mapuches, perdidos en la historia, pero no en la historieta. Los detalles son los siguientes:

1) El personaje llamado Jones Wallace (nombre arquetípico de las tribus escocesas, cuyo escudo ilustra esta nota) aclaró que no está reclamando territorio alguno, sino que quiere tierras para cultivo, pero solamente las de los “ricos”.

2) Su programa marxista no tiene nada que ver con pueblos primitivos autóctonos.

3) Su programa nacionalista –la expulsión del señor Benetton−, tampoco tiene que ver con la historia de esos pueblos autóctonos.

4) El grupo político mayor que dice representar a pueblos primitivos, recibe dinero del Banco Mundial. A esto último sumémosle la reforma constitucional del 94 y la legislación consecuente, así podremos comprender que es todo un invento “occidental”, jugando con la historia para seguir configurando un estado asistencialista y victimizante, a costa de los derechos de todos.

La entrevista de Jones Huala con Jorge Lanata

La entrevista de Jones Huala con Jorge Lanata

A este cacique tan básico le preocupan nada más que las tierras que pertenecen a los “capitalistas”, los “latifundios” y la presencia de empresas petroleras. La mejor pregunta de Lanata quedó como perdida, fue cuando el personaje hablaba de obtener energía de los cocos. Sí, de los cocos en la Patagonia. Ahí Lanata le preguntó con qué capital producirían, dado que esa es una restricción común para mapuches, escoceses parientes del entrevistado, japoneses y jíbaros por igual. El capital se forma cuando se respeta la propiedad, siendo la principal
preocupación de este grupo, abolirla.

Quién haya inventado sacar este tema en este momento ha obtenido un éxito rotundo, porque dadas las ideas políticas que prevalecen y el lugar que la victimización marxista y nacionalista tiene en todos los debates, nadie parece tener los elementos para ponerse frente a gente que ataca a “los ricos”, invoca haber sido oprimida, se llama a sí misma “comunidad” y se disfraza convenientemente cuando es necesario. Les mencionan al señor Benetton, que es “extranjero” y “exitoso” y eso equivale al mal en estado puro para todos los que consumen medios de comunicación, a pesar de que el mencionado señor ingresó sus millones para que le dieran esos campos y no se los robó a nadie. En esa sopa surge una “identidad” que genera derechos. Algo que, si les interesara, encontrarían resuelto por la tradición constitucional del país, sobre todo en la Asamblea del año XIII al abolir los fueros personales y la Constitución de 1853, que consagra derechos individuales, no solo para los nacidos en el país, sino para cualquier persona del mundo que quiera habitar el suelo argentino, inclusive mapuches por supuesto.

En ese contexto, cualquiera puede formar una “comunidad”, adquiriendo tierras de modo pacífico, para instalar incluso un parque de diversiones identificándose con lo que tengan ganas.

Tampoco interesa, como muchos argumentos, si los mapuches eran “chilenos”, lo que parece ser un anacronismo parecido al que estos grupos quieren usar en su favor. Los chilenos también gozan de derechos de propiedad, si la adquieren de la misma manera que todos los demás.

El cuento es que esta gente tiene derechos “ancestrales”. Aquí es donde el marxismo ingresa falsificándolo todo con fines de agitación. Los ancestros no transmiten derechos históricamente, sino a través de procesos sucesorios. Todos recibimos de nuestros antepasados los bienes que tenían al momento de su fallecimiento. De manera que los miembros de cualquier club como éste también pueden acudir a los tribunales, demostrando la correcta concatenación de títulos, igual que cualquier hijo de vecino, para ingresar determinados derechos a su patrimonio.

Estos movimientos políticos en cambio quieren llevar su argumentación a una posición irrefutable, por eso discuten que el razonamiento que acabo de hacer es “occidental” (tanto como el marxismo, por supuesto), cuando ellos pretenden un reconocimiento que también es occidental ¿Cuál es la alternativa a un reconocimiento “occidental” de derechos pacíficamente adquiridos a través de una sucesión de títulos? Pues la guerra, algo que han perdido. No ellos, unos antepasados que nadie comprueba que sean reales. Aquellos verdaderos protagonistas de la historia no están acá para reclamar nada.

No hay siquiera un esfuerzo para demostrar cuál era el modo “mapuche” de adquirir tierras, por eso recurren al subterfugio de “indigenizar” al marxismo, mediante la abolición de la propiedad privada. Si las tierras no les pertenecen en forma privada, querría decir que les pertenecerían de forma pública, lo que los llevaría a reemplazar al Estado, es decir ejercer una “soberanía”. Lo que estarían reclamando no es “tierra” sino soberanía, derecho a gobernar. Para eso tendrían que someter a la población actual y constituirse en un linaje, como bien le indicó Lanata.

La soberanía no es derecho de propiedad, es un completo facto político que se dirime mediante ejércitos, pero aun venciendo, nada les daría derecho a violar los derechos sí adquiridos pacíficamente por sus actuales titulares, aunque les suene a ellos muy occidental.

En primer lugar, estos grupos deberían explicitar cuál es el modo pacífico de transmitir bienes según su “nación”. Si el único medio es la violencia, ya han perdido y si lo vuelven a intentar se les debe responder. El estado argentino tampoco tiene derecho a expropiar tierras a su dueño para dárselas a los supuestos “pueblos originarios”, en tanto el derecho de propiedad antecede al Estado, que se limita a reconocerlo, y el mecanismo de expropiación está limitado a causas de “utilidad pública”. La conveniencia de un grupo racial no entra en ese concepto.

¿Qué derecho tiene alguien por tener antepasados mapuches? Ninguno. Pueden adquirir y perder tierras individualmente o como grupo, de la misma forma que todos, pagando por ellas. Como entidad política los mapuches no existen más. La genética no da derechos, la transmisión de títulos sí, pero hasta eso tiene un límite que es el de la prescripción adquisitiva o usucapión.

Si a mi bisabuelo le hubieran usurpado unas tierras veinte años atrás y yo no hubiera hecho ningún reclamo, perdería todo derecho ¿Qué es lo que hace que unas personas que dicen descender de habitantes del territorio que fueron despojados siglos atrás, cuyo parentesco ni siquiera demuestran a través de los respectivas actas de nacimiento y demás, invocando nada más que un color de piel, tengan mejor derecho que yo por hechos acontecidos veinte años atrás, con todos los documentos a mi favor? Pues la capacidad manipulatoria de la política y los incentivos que da el estado izquierdista que tiene como clientes a todas las víctimas, reales o ficticias, que le sirvan para expandirse.

Distinto es el caso de grupos que han mantenido de un modo continuo una identificación con aquella historia y que aún habitan determinadas zonas. Parece un buen gesto que el estado les reconozca su situación y básicamente que no los moleste, dado que no están en conflicto con derechos ajenos, pero estos mapuches marxistas que reclaman propiedades, no tienen derecho alguno como tales y menos con ese marco conceptual. El marxismo no provee derechos de propiedad, sino que los conculca.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

 

REFLEXIONES SOBRE EL LLAMADO “AJUSTE”

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 5/4/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/04/reflexiones-sobre-el-llamado-ajuste.html

 

Los preconceptos con los cuales la opinión pública mundial, y argentina en particular, enfrentan estos procesos, son tan absolutamente ignorantes del tema de la escasez que sencillamente lo falsean.

Nuestros actuales horizontes culturales tienden a pensar que todo depende de la buena voluntad de los gobiernos. Por ende, los gobernantes se dividen en buenos y malos. Los gobernantes buenos bajan los precios, suben los salarios, crean empleo, ayudan a los pobres. Luego están los malos, que dejan a las pobres gentes libradas a su suerte, al dominio de empresarios inescrupulosos, a las espantosas multinacionales, el FMI, etc., y hacen eso porque la gente no les importa, porque defienden sólo a los ricos y porque no tienen sensibilidad social.

Los gobiernos buenos, por ende, gastan. Como hay que redistribuir la riqueza, lo hacen: crean empleo público, subsidian a los que tienen menos, bajan las tarifas de los servicios públicos, suben los salarios, etc. Cuando la gente mala se enoja por todo ello, entonces tratan de que los buenos dejen el poder. Y si lo logran, cuando suben, entonces “ajustan”, porque son malos. Echan gente, suben las tarifas, cortan los subsidios, y gozan de todo eso cual perversos sádicos que absorben despiadados la sangre del pueblo.

Me van a decir: nadie lo dice así. Claro, así dicho, nadie, lo mio es una hipérbole, una caricatura, de creencias muy arraigadas que se observan en periodistas, políticos, sindicalistas, etc., que hablan todo el tiempo de la redistribución del ingreso y de la acción del estado, y que cuando hablan de quienes no piensan como ellos los tiñen verdaderamente de inmorales, malvados e insensibles.

Todo esto implica ignorar de manera radical el problema de la escasez. Hasta hoy mismo he leído por millonésima vez –en una persona culta y renombrada- que Argentina es un país muy rico. No, la riqueza no consiste en recursos naturales, sino en ahorro, capital e inversión. Y ello no se crea de la nada. Los bienes y servicios que salen del ahorro y etc. radicamente NO existen antes del proceso de ahorro e inversión.

Los gobernantes que creen que ellos son los buenos que van a crear riqueza se enfrentan inevitablemente con este dilema. Pueden aumentar los salarios por decreto, pueden aumentar el empleo público, pueden subsidiar tarifas y pueden dar todo tipo de ayudas materiales a los sectores más pobres pero, para hacerlo, viene el tema del financiamiento. Una de las primeras fuentes es aumentar los impuestos a la renta, para sacar a los ricos y dar a los pobres, hasta que, claro, los pobres mismos pagan impuesto a la renta y la presión impositiva es tal que corta de raíz el ahorro que es la clave para aumentar los bienes y servicios.

La segunda, ultrarecontraclásica, y para colmo sacralizada por los economistas que no entendieron a Mises, es aumentar la emisión monetaria. Con ello producen inflación, con lo cual suben los precios, bajan los salarios reales, baja el ahorro, se reducen las inversiones, aumenta la pobreza, etc. Pero no, lo niegan totalmente: son los formadores de precios, son los empresarios malos, es el capitalimo, es la Trilateral Comision, los judíos, etc. Pero la verdad que no quieren reconocer es que la inflación es el impuesto más cruel de todos y la política antisocial más terrible que la ignorancia de la escasez produce.

La tercera es la deuda pública. Puede durar décadas, pero, desde luego, siempre se paga al final, con cesación de pagos, fuga de capitales y, nuevamente, la pobreza y miseria que ello produce. Mientras tanto, es como si viviéramos del aire. Yo también puedo comprarme un yate y hacer allí mi próxima reunión de cumpleaños con 2000 personas y, para ello, me endeudo hasta la coronilla. Pero luego tengo que pagar la deuda. Miren si hiciera pagar la deuda a los 2000 amigos que asistieron, quitándoles todos los meses de sus salarios. Pues bien, eso es lo que hacen los estados.

Cuando todo esto explota, o está por explotar, entonces hay que enfrentar la realidad. Si no se frena la inflación se llega a la hiper y el colapso total del sistema financiero y monetario. Los precios, de bienes, tarifas y servicios, son los que son, o sea, altos después de todo ese proceso. Las divisas extranjeras son caras en relación a la moneda local. No se trata de que gobernantes malos suban las tarifas: son altas. No se trata de que gobernantes malos creen desempleo: ya lo había pero vivían de salarios financiados por inflación e impuestos que ya no pueden seguir. No se trata de que el malo va a devaluar: la divisa extranjera YA está davaluada.

Pero no. La opinión pública en general cree que un malo es el que va a despedir, aumentar, devaluar, etc., y que si hubiera sido bueno no lo hubiera hecho.

Pero no, no hay buenos y malos. Hubo gente equivocada que pensó que podía crear riqueza de la nada y financió su sueño con inflación, impuestos y deuda. Y hay gente igual de preocupada por el bien común que se da cuenta de que así no se puede seguir. Listo. En ambos casos, la escasez manda.

Esto NO es una defensa de ESTE gobierno. Las cosas podrían estar hechas mejor. Pero sí es una advertencia de la ingenuidad política y económica de gran parte de los argentinos.

Para colmo, tímidas admisiones de la realidad son colocadas como “la economía de mercado”, y el mercado queda identificado con la maldad que, se supone, es la causa de que las cosas sean escasas. El mercado libre es precisamente lo que procuce incentivos para el ahorro, la inversión y, de ese modo, el aumento de salarios reales, de empleo y la baja progresiva de los precios de todos los bienes y servicios. Que Argentina haya creado un estado gigante e insostenible cuyo precio es el llamado ajuste, no es precisamente responsabilidad del mercado libre que nunca existió.

Es más: el costo social del estatismo es aquello de lo que nunca se habla. No es que el estado “bueno” produce riqueza y que el mercado “ajusta” y produce pobreza. Es el estatismo el que baja la riqueza conjunta y conduce a las situaciones indiganantes de pobreza, miseria, marginalidad, villas miserias y demás problemas sociales en los cuales está sumergida casi toda América Latina. Salir de ello no es un costo social, es un progreso social: el costo estuvo antes, no después.

Esto es tan ignorado que buenas personas que han tratado de corregir el rumbo han quedado en Argentina poco menos que innombrables. Una persona proba y honesta como Alvaro Alsogaray ha quedado ridiculizado y denostado para siempre por peronistas, sindicalistas, radicales, periodistas, socialdemócratas, etc., que además han creído verdaderamente que era “malo”. Se rieron de su famoso pasar el invierno, y ese rechazo nos ha costado 30, 40, 50 inviernos más. Lo mismo pasó con Celestino Rodrigo, quien tuvo que soportar el oprobio de su nombre, al hablar todos del “rodrigazo” cuando lo único que hizo fue decir: miren, estos son los precios que realmente hay.

El progreso no consiste en echar gente del estado y mantener igual casi todo lo demás. Tampoco consiste en dejar de pagar los sueldos de gente inocente cuyos puestos eran artificiales. El progreso es crear las condiciones de mercado libre. Es eliminar todos los ministerios, secretarías y legislaciones estatales que están en contra del funcionamiento del libre mercado, de lo cual este gobierno parece estar lejos. La cuestión no es nombrar a un secretario de comercio honesto donde antes estaba una bestia: la cuestión es eliminar la secretaría de comercio. Porque la causa de que los ministerios y secretarías funcionen mal NO es la corrupción. La causa es su misma existencia.

 

Yo no soy de esos filósofos que comienzan a decirles a los gobernantes cómo deben comportarse en períodos de crisis y cambios como el que enfrentamos. No quisiera estar en sus zapatos y lo más probable es que sea otro incapaz como muchos. Pero sí consiste mi función en advertir a una mayoría de argentinos sobre la ingenuidad de sus planteos. En seguir diciendo que nunca hubiéramos llegado a esta situación si no hubieran apoyado masivamente a dictadorzuelos espantosamene ridículos que muchos consideraron “buenos” contra el mercado “malo”. “Malo, malo el mercado”. Como niños. Dramáticamente niños.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

No combatir al capital

Por Bertie Benegas Lynch. Publicado el 7/4/16 en: http://opinion.infobae.com/bertie-benegas-lynch/2016/04/07/no-combatir-al-capital/

 

La condición natural del ser humano es la pobreza y, desde que el hombre es hombre, sólo cuenta con el trabajo para mejorar su condición y su calidad de vida. Frédéric Bastiat y otros notables economistas ilustraban de manera simple los procesos necesarios para incrementar el rendimiento y la productividad del trabajo.

Imaginemos un náufrago que debe asignar una jornada completa para obtener los cuatro pescados necesarios para su subsistencia diaria. Si se propone restringir su consumo diario (ahorro) a sólo tres pescados durante cuatro días, estará en condiciones para invertir un día entero en la fabricación de una red de pesca. La red significa capital, es decir, un elemento que hace de apoyo al trabajo para aumentar su rendimiento. Ahora el náufrago, provisto de la red, obtendrá la misma productividad en menor tiempo que cuando no contaba con la red. De esta manera, el incremento de la productividad que le proporciona la nueva herramienta de pesca lo libera el resto del día para atender sus necesidades de abrigo, reparo de las inclemencias del tiempo u otro aspecto que considere prioritario en su escala de necesidades.

Los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas. No se pueden asignar todos los recursos para todas las necesidades en un mismo momento. Sería una irrealidad que el náufrago de nuestro ejemplo, en la situación precaria en la que se encuentra y con mínima capacidad de ahorro, pretenda, al mismo tiempo, obtener la red para pescar, vestimenta, calzado, una barca y una casa de dos plantas con agua caliente. El ahorro que supone dicha inversión está, al momento, fuera de su alcance.

En la época previa a la Revolución Industrial, la gente se debatía entre el hambre y la miseria, con un promedio de expectativas de vida en los 25 años, y los elementos que hoy consideramos básicos resultaban lujos totalmente fuera del alcance de los mortales. La invención de la máquina a vapor, por sus implicancias productivas, fue el primer gran paso del hombre hacia la mejora gradual en la calidad de vida. A diferencia de las falacias que aún se escuchan (y se cantan), el capital no sólo incrementa la productividad del trabajo del hombre, como ya hemos señalado, sino que también jerarquiza al trabajador al sacarlo de tareas que requieren fuerza bruta.

La correcta asignación de los siempre escasos recursos brinda acceso a mejores condiciones de vestimenta, alimento, vivienda y otros aspectos materiales, culturales y espirituales que el hombre quiera satisfacer. La interacción moderna de la cooperación social y la progresiva acumulación de capital permiten ambicionar y llevar a cabo proyectos de inversión de mayores dimensiones. La notable mejoría en la condición de vida del hombre desde el siglo XVIII ha sido gracias al capital, que, así como resultó para el hombre primitivo una red de pescar, hoy son increíbles maquinarias, nuevas energías, la robótica, la medicina, la biotecnología, las comunicaciones y todos los avances que día a día nos deslumbran y nos hacen la vida más fácil.

Están a la vista los resultados de aquellos países que se han dedicado a combatir al capital y aquellos otros que lo han sabido aprovechar para aumentar la productividad y los salarios. Además de comprender las ventajas que tiene talar un árbol con una motosierra en lugar de hacerlo con los dientes, es fundamental comprender que el éxito del proceso de asignación de recursos, los aumentos de tasas de capitalización y los consiguientes aumentos de salarios en términos reales están íntimamente ligados con la libertad, las asignaciones de derechos de propiedad y la correspondiente estructura de precios para el cálculo económico.

 

Bertie Benegas Lynch. Licenciado en Comercialización en UADE, Posgrado en Negociación en UP y Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE.

Otro argumento que se utilizó para justificar las retenciones: redistribuir la ‘renta extraordinaria’

Por Martín Krause. Publicado el 20/12/15 en: http://bazar.ufm.edu/otro-argumento-que-se-utilizo-para-justificar-las-retenciones-redistribuir-la-renta-extraordinaria/

 

El atractivo económico y la conveniencia política toman como marco de referencia una ideología. El modelo del estado protector de derechos individuales del liberalismo clásico asignaba la función de proteger la libertad y la propiedad. Ya en el siglo XIX dicho modelo fue reemplazado por la función redistributiva del Estado benefactor. Sobre éste, el Estado “regulador” agregó luego nuevas funciones.

En este caso, la ideología genera una visión peculiar del Estado. Por cierto que le incumben las funciones distributivas y regulatorias pero se degrada la protección de la vida y la propiedad al punto que el “crimen” se convierte en una preocupación mayor para los votantes que el desempleo. [1] La redistribución es todo lo que importa, y se espera que también reduzca el crimen. [2] El papel del gobierno es puramente redistributivo, considerando que la riqueza no puede ser “creada”, solamente “distribuida”, a contramano de las lecciones de la economía durante los últimos 250 años.  Desde esta perspectiva el libro de Adam Smith “La Riqueza de las Naciones” no fue nunca publicado. El sector agropecuario, no es de extrañar, tendría que entender que el derecho de propiedad no se extiende al esfuerzo productivo, sino que está sujeto a la decisión del gobierno. Las retenciones, según esta visión, se convierten en un instrumento de “justicia social”, y el gobierno es quien la administra. Y la “justicia social” es necesaria porque las retenciones se apropian de lo que se denomina “rentas extraordinarias” que, supuestamente, sólo los productores agropecuarios reciben.

El término “renta extraordinaria” es un concepto marxista que se deriva del análisis de las ganancias capitalistas. Según Marx y el análisis del equilibrio clásico, la competencia entre capitalistas eventualmente eliminaría toda ganancia extraordinaria y dejaría solamente un retorno igual a la tasa de interés prevaleciente. Este no sería el caso en cuanto a las rentas de la tierra se refiere porque ésta es un recurso limitado que no puede ser reproducido y las distintas parcelas presentan diferentes grados de fertilidad. Como Marx basaba su análisis en la teoría del valor basada en el trabajo y el costo de producción, el precio de los productos agrícolas era formado por la productividad de las tierras menos fértiles, obteniendo las más fértiles una renta extraordinaria que no podía ser erosionada como en la industria debido a que no había más tierras fértiles que se sumaran a la oferta.

En verdad, el valor es transmitido desde el producto final a los factores básicos de producción, incluyendo a la tierra. Es debido a que los precios son suficientemente altos que las tierras menos fértiles son incorporadas a la producción. Por cierto, las mejores tierras obtienen una “renta extraordinaria” pero en esto no es nada diferente a cualquier otro recurso: los mejores cantantes de ópera obtienen más ingresos que los regulares, lo mismo con los mejores jugadores de fútbol, o los mejores escritores. ¿No debería aplicarse un impuesto sobre esas ganancias “extraordinarias”?  Ya existe, es el impuesto a las ganancias. No con un impuesto sobre el precio de venta de sus servicios. ¿Por qué entonces la diferencia?

Por otro lado, es necesario comprender que el precio de un activo está relacionado con sus rendimientos futuros. Es más, su precio actual es la suma del flujo de rendimientos futuros descontados. Si esos rendimientos esperados son “extraordinarios”, también lo es el valor de la tierra hoy. El que ha comprado un campo con rendimientos superiores, ha pagado también un precio superior y lo que ahora obtiene le dará una tasa de retorno que, como porcentaje de la inversión inicial, puede no ser muy diferente del retorno que se obtiene en tierras de menor valor. ¿Cuál es el precio de una hectárea en Pergamino y cuál en el sur de la provincia de Buenos Aires? Su diferencia ya refleja los niveles de rendimiento en uno y otro. La “ganancia extraordinaria” en el primero es simplemente un monto mayor necesario para recuperar un monto mayor invertido.

Finalmente, cuando hablamos de “tierra” estamos considerando todos los recursos naturales provenientes de la tierra, y éstos no son “fijos”. La oferta de tierra agrícola en Argentina se ha incrementado dramáticamente en las últimas décadas gracias a la tecnología. Las semillas con genética, fertilizantes, irrigación, pesticidas y maquinarias han cambiado el significado de “fertilidad” en la tierra. Lo que significa que cuando existe alguna “renta extraordinaria” el capital y la tecnología fluirán hacia allí poniendo en marcha un proceso equilibrador que llevará eventualmente a obtener una tasa normal de retorno si no fuera que nuevas innovaciones y cambios en las preferencias de los consumidores ponen en movimiento al proceso una y otra vez.

[1] Gaffoglio, Loreley, “El miedo al delito le ganó en el país al desempleo”, La Nación, 6/12/09.

[2] En la ceremonia de apertura de las Sesiones Ordinarias del Congreso de 2009, Cristina Fernández de Kirchner decía:  “Escuché decir por ahí que yo era una persona a la que gustaba sacarles a unos para darles a otros; la economía -y todos ustedes lo saben- es, precisamente, administrar con los recursos que se tienen y con la contribución que hay. Siempre en economía, lo que se les asigna a unos, es porque se lo está sacando a otros, porque el único que pudo multiplicar los peces y los panes fue Jesucristo, el resto tiene que tomar decisiones en base a los recursos que se tiene”. Fernández de Kirchner, Cristina, Apertura de Sesiones Ordinarias del Congreso, 1/3/09:

http://www.casarosada.gov.ar/index.php?option=com_content&task=view&id=5612&Itemid=66

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Un “amigo” de Marx lo critica, dice que la plusvalía no puede explicar el origen del capitalismo.

Por Martín Krause. Publicado el 26/11/14 en: http://bazar.ufm.edu/un-amigo-de-marx-lo-critica-dice-que-la-plusvalia-no-puede-explicar-el-origen-del-capitalismo/

 

Hay economistas que aun hoy sostienen la teoría del valor trabajo y que los precios de equilibrio serían, en definitiva, determinados por las cantidades de trabajo socialmente necesarias para producirlos. Es curioso, porque Eugen von Böhm-Bawerk demolió esa teoría hace más de 100 años. En uno de sus trabajos al respecto (Karl Marx y la Conclusión de su Sistema), publicado en 1896 repasa y amplía su análisis desarrollado antes en otras publicaciones.

Bohm Bawerk

Allí presenta un argumento, entre otros, en palabras de Werner Sombart, un economista y sociólogo con bastante simpatía hacia Marx, pero que no puede evitar señalar los problemas del argumento basado en que la “plusvalía” proviene de la porción variable (trabajo) del capital y no de la constante (maquinarias e insumos). Dice Sombart, citado por Böhm-Bawerk:

“El crecimiento nunca ha ocurrido y ocurre en la forma descripta. Si lo fuera se lo encontraría en operación en el caso de una rama nueva de los negocios. Si esta idea fuera cierta, al considerar el avance histórico del capitalismo, uno tendría que pensar que ocuparía primero aquellas esferas en las que el trabajo vivo preponderara y donde, por lo tanto, la composición del capital estuviera por debajo del promedio (poco capital constante y mucho variable), pasando luego lentamente hacia otras esferas, según el grado en que los precios en esas primeras esferas como consecuencia de la sobreproducción. En una esfera que tuviera una preponderancia de medios (materiales) de producción sobre el trabajo vivo, el capitalismo habría conseguido al comienzo una ganancia tan baja, estando limitado a la plusvalía creada por el individuo, que no hubiera tenido incentivo para ingresar en esa esfera. Pero la producción capitalista en el origen de su desarrollo histórico ocurre aun en cierta medida en ramas de la producción de esta última condición, minería, etc. El capital no tendría razón para dejar una esfera de circulación en la cual esté prosperando, hacia una esfera de producción donde no tuviera la expectativa de una ganancia ‘normal’ existente en la actividad comercial previa a toda producción capitalista.”

“En todos los tiempos, más bien temprano que tarde, los capitales se trasladan desde una esfera de producción a otra, siendo la principal causa de ello la desigualdad en las ganancias. Pero esta desigualdad muy seguramente no proviene de la composición orgánica del capital, sino de alguna causa vinculada con la competencia. Aquellas ramas de la producción que hoy florecen más que otras son precisamente aquellas con capital de muy alta composición, como la minería, las empresas químicas, cervecerías, molinos, etc.”

Concluye Böhm-Bawerk:

“Estos comentarios proveerán material para muchas inferencias contra la teoría marxista. Por el momento presento solamente una directamente vinculada con el argumento que es objeto de nuestra investigación: la ley del valor que, se concede, debe renunciar su supuesto control sobre los precios de producción en una economía donde la competencia se encuentra en plena fuerza, no ha ejercido nunca y tampoco nunca lo podrá una influencia real aún en las condiciones primitivas (del capitalismo).

En resumen: ¿cómo puede haberse desarrollado el capitalismo y la revolución industrial si se obtuviera más valor excedente cuanto más trabajo se contratara y no más maquinarias y equipos? En verdad, la inversión en capital es para hacer al trabajo más productivo, para gastar menos esfuerzo por unidad de producto producida, no más. Al hacer al trabajo más productivo, tiende a ser mejor remunerado: los precios de los productos tienden a reducirse, los salarios tienden e incrementarse. La inversión de capital explica el enorme crecimiento de la riqueza desde la llegada del capitalismo y la revolución industrial.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

ORIGEN DE LA PROPIEDAD

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Con total desconocimiento de la realidad social, se dice que todos los humanos tienen derecho sobre la Tierra por el solo hecho de haber nacido. Si ese fuera el caso, si todos tuvieran derecho sobre la Tierra aparecería de inmediato “la tragedia de los comunes” primero expuesta conceptualmente por Aristóteles, un fenómeno así bautizado por Garret Hardin. Es decir, si fuera de todos en verdad no sería de nadie y necesariamente mal utilizada puesto que los incentivos de utilizar lo propio es completamente distinto a lo que teóricamente pertenece a todos, tal como revela reiteradamente la experiencia cotidiana.

 

Dado que los recursos son escasos en relación a las necesidades se hace imperioso asignar derechos de propiedad a los efectos de darle el mejor uso posible a criterio de quienes compran o se abstienen  de comprar en el supermercado y equivalentes. En ese contexto el que mejor uso le da a su propiedad está mejor sirviendo los deseos y preferencias del prójimo. En otros términos, cada propietario para mejorar o mantener su propiedad debe ofrecer bienes y servicios que agraden a los demás. Si deja inexplorados sus recursos o los explota mal a criterio de otros, incurrirá en quebrantos y se consumirá el capital. Es decir, las posiciones patrimoniales no son irrevocables, cambian de manos según sea su uso y los que dan en la tecla en el gusto de los demás preservarán o incrementarán su patrimonio.

 

Como hemos apuntado antes, las diferencias de ingresos y patrimonios son,  en el mercado abierto, el resultado de las votaciones en el plebiscito que tiene lugar con las transacciones cotidianas. Ahora bien, debe destacarse muy especialmente que nada de lo dicho tiene lugar si en vez de operar el mercado los operadores reciben privilegios gubernamentales de cualquier naturaleza que sean. En  este caso las diferencias de ingresos y patrimonios son el resultado de una tremenda injusticia debido a que proceden de la vil explotación de llamados empresarios a sus congéneres puesto que nada tiene que ver con la competencia y el favor de la gente sino del favor de los aparatos estatales que, como queda dicho, otorgan dádivas a los amigos del poder.

 

En cambio, la asignación de derechos de propiedad hace que los más meritorios administren los escasos recursos para bien de los demás, lo cual, simultáneamente aprovecha al máximo el capital y maximiza las inversiones que es el único factor que hace que los salarios e ingresos en términos reales aumente. Y esto último es el fin y el propósito de la sociedad abierta desde la perspectiva económica y que permite en el contexto del respeto recíproco que cada uno siga su camino sin lesionar derechos de terceros.

 

Los fundamentos del derecho de propiedad se han ido solidificando a través del tiempo con innumerables contribuciones, básicamente con los trabajos notables de John Locke, Robert Nozick e Israel Kirzner (en ese orden). Paso a resumir esta triada pero antes subrayo que para los empecinados en que la Tierra es de todos, estas elucubraciones no resultarán relevantes puesto que lo que les interesa no es la fundamentación de la propiedad a través de la historia, en cambio tal vez los convenza lo dicho hasta aquí en cuanto a la conveniencia de la institución para obtener el máximo provecho de los escasos factores productivos para todos, pero muy especialmente para los más necesitados. De lo contrario, en ausencia de propiedad privada (nadie sembrará para que otros cosechen y así sucesivamente) que es lo que produjo, por ejemplo, las hambrunas horribles en el nuevo continente a raíz del experimento comunista de los primeros 102 colonos instalados en Plymouth en lo que luego sería Estados Unidos que desembarcaron del Mayflower en 1620. Hambrunas detalladas en el célebre informe del Gobernador William Bradford (Of Plymouth Plantation) donde resultan claras las razones por las que se abandonó la idea de la propiedad colectiva, cambio también señalado por no pocos economistas y cientistas políticos.

 

En The Second Treatise on Government Locke fundamenta el                      orígen de la propiedad del siguiente modo “cada hombre tiene la propiedad de su propia persona, a esto nade tiene derecho más que él mismo. El trabajo de su cuerpo y el trabajo de sus manos podemos decir que son propiamente suyos. Entonces, cualquier cosa que remueva el estado de naturaleza significa que ha mezclado su trabajo y lo ha juntado con algo que es suyo, y, por tanto, lo hace de su propiedad. Lo ha removido del estado común y le ha agregado trabajo lo cual excluye eso del derecho común de otros hombres”. Es decir, el derecho de cada cual sobre sí mismo se extiende a lo que obtiene lícitamente, el derecho a la vida supone el de mantenerlo sin lesionar derechos de terceros. Pero aparece una complicación cuando Locke agrega lo que se conoce como el lockean proviso y es que “esta trabajo es incuestionablemente la propiedad del trabajador, ningún hombre sino él tiene el derecho sobre aquello que ha sido de este modo anexado por lo menos allí donde hay suficiente que queda en para otros” (la cursiva es nuestra).

 

Y aquí es donde viene la crítica de Nozick en su Anarchy, State an d Utopia quien sostiene que este lockean proviso es un absurdo puesto que aquella limitación hace imposible el derecho de propiedad ya que al invertir la secuencia partiendo de la persona que “no dispone de lo suficiente” no se debería permitir que la persona más próxima anterior pueda apropiarse de lo que le falta, por tanto, esa otra persona no podría ejercer su derecho. A su vez, la situación de esa otra persona “fue afectada” por una tercera persona al apropiarse de cierta propiedad, por lo que ésta tercera persona no tendría derecho a la propiedad y así sucesivamente hasta llegar al ocupante original. En base a esta secuencia argumental el propietario original es el causante de todo lo demás, lo cual conduce a que no podría existir el derecho de propiedad mientras hayan indigentes.

 

Este análisis Kirzner, en Discovery, Capitalism an Distributive Justice, lo reemplaza al enfatizar el elemento del descubrimiento de un valor por parte del propietario original expresado por medio de signos por el que le resulte claro a terceros quien descubrió ese valor del cual se apropia sin que haya tenido propietarios anteriores. Se elimina así el lockean proviso y las objeciones adicionales de Nozick que mencionaremos más abajo, mostrando como el proceso de mercado optimiza la productividad, especialmente para los más necesitados. Los usos y costumbres harán que varíen los aludidos signos exteriores, los cuales deben ser renovados periódicamente al efecto de que resulte claro a quien pertenece esa propiedad.

 

En la obra mencionada de Nozick también descarta la noción lockeana  de “mezclar el trabajo” puesto que sostiene que no resulta claro, por ejemplo, hasta donde se extiende la propiedad de un astronauta que decide limpiar una parcela en Marte: no es claro si es dueño de la parcela o de todo ese planeta. También escribe que no resulta claro que la construcción de un cerco es solo dueño de la tierra bajo el cerco o si es dueño de toda la tierra cercada (añade que tampoco es claro que tipo de trabajo debe realizar para ser propietario en cada grano de tierra, para no decir nada del subsuelo). Asimismo, se pregunta cual es la razón de que el mezclar trabajo lo hace propietario en lugar de perder ese esfuerzo y se cuestiona el motivo por el que quien arroja una lata de jugo de tomate al mar se adueña del océano al mezclarse con sus moléculas. Por último, se cuestiona el porqué mantener que agregar trabajo incrementa el valor del bien, lo cual no sucede, por ejemplo, con un cuadro al que se le tira una lata de pintura encima.

 

Antes de cerrar esta nota periodística aludo a dos temas adicionales. En primer lugar, algunos que han leído el trabajo de Thomas Sowell en el que apunta que el problema de la sobrepoblación malthusiana no es tal puesto que en los setenta toda la población del planeta cabría solo en el estado de Texas con 670 metros cuadrados por familia tipo de cuatro personas y que Manhattan tiene la misma densidad poblacional que Calcuta y lo mismo Somalia respecto a Estados Unidos, al efecto de destacar que el problema no es la población sino la calidad de los marcos institucionales. En este contexto equivocadamente se ha propuesto que se otorgue tierra a todos en propiedad con lo que se desconoce que si se expropia para tal fin en realidad no hay propiedad ya que esta institución requiere continuidad en el uso y disposición en un marco de seguridad jurídica.

 

En segundo lugar y por último, al margen señalo que hay quienes siguen a Henry George sosteniendo que las cargas fiscales deben concentrarse en el factor tierra ya que argumentan que el valor de éste crece con el tiempo cuando se incrementa la población “sin que tenga mérito alguno el propietario”, lo cual -la tesis de la “renta inmerecida”- desconoce que esto está atado a todos nuestros ingresos que son fruto de las tasas de capitalización que generan otros, con el lenguaje que de hecho existía antes de nuestro nacimiento, lo mismo con las diversas instituciones y demás externalidades positivas. La renta de la tierra y nuestros ingresos son consecuencia principal del modo en que asignemos recursos y la productividad en línea con las preferencias de terceros y, como queda dicho, según las acciones de otros en el mercado que derivan en el valor de los activos. Pero no importa el valor que esos otros le atribuyan a un factor de producción, si el titular no le da el uso adecuado, no podrá retener el bien.

 

Por último, invito a mis lectores a que observen los abultadísimos patrimonios -casi siempre malhabidos- de quienes atacan la propiedad desde el poder político, es “la nueva clase” de que nos habla Milovan Djilas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.