Alberdi se plantea cómo proteger los principios de libertad económica de la Constitución

Por Martín Krause. Publicado el 15/5/14 en: http://bazar.ufm.edu/alberdi-se-plantea-como-proteger-los-principios-de-libertad-economica-de-la-constitucion/

Rige en Argentina la Constitución de 1853 inspirada por Alberdi. Está claro que poco tiene que ver la organización actual de la sociedad argentina con los principios que inspiraron a quien inspirara esa constitución. Sin embargo, para Alberdi, ella contenía “un sistema completo de política económica”. Así lo dice:

Alberdi 2

“La Constitución Federal Argentina contiene un sistema completo de política económica, en cuanto garantiza, por disposiciones terminantes, la libre acción del trabajo, del capital, y de la tierra, como principales agentes de la producción, ratifica la ley natural de equilibrio que preside al fenómeno de la distribución de la riqueza, y encierra en límites discretos y justos los actos que tienen relación con el fenómeno de los consumos públicos. Toda la materia económica se halla comprendida en estas tres grandes divisiones de los hechos que la constituyen.”

“Esparcidas en varios lugares de la Constitución, sus disposiciones no aparecen allí como piezas de un sistema, sin embargo de que le forman tan completo como no lo presenta tal vez constitución alguna de las conocidas en ambos mundos.”

¿Acaso no se dio cuenta Alberdi que el espíritu de esa Constitución podía ser alterado luego por las leyes y otras medidas gubernamentales que se aprobaran. Al respecto, esto dice:

“Conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio, es concedido el goce de las libertades económicas. La reserva deja en manos del legislador, que ha sido colono español, el peligro grandísimo de derogar la Constitución por medio de los reglamentos, con sólo ceder al instinto y rutina de nuestra economía colonial, que gobierna nuestros hábitos ya que no nuestros espíritus. Reglamentar la libertad no es encadenarla. Cuando la Constitución ha sujetado su ejercicio a reglas, no ha querido que estas reglas sean un medio de esclavizar su vuelo y movimientos, pues en tal caso la libertad sería una promesa mentirosa, y la Constitución libre en las palabras sería opresora en la realidad.”

“Todo reglamento que es pretexto de organizar la libertad económica en su ejercicio, la restringe y embaraza, comete un doble atentado contra la Constitución y contra la riqueza nacional, que en esa libertad tiene su principio más fecundo.”

Este tema es toda una preocupación en esta obra. Más adelante, en una sección titulada “Garantías de la Constitución contra las derogaciones de la ley orgánica – Base constitucional de toda ley económica”, dice:

“De dos medios se ha servido la Constitución para colocar sus garantías económicas al abrigo de los ataques derogatorios de la ley orgánica: primero ha declarado los principios que deben ser bases constitucionales y obligatorios de toda ley; después ha repetido para mayor claridad explícita y terminantemente, que no se podrá dar ley que altere o limite esos principios, derechos y garantías con motivo de reglamentar su ejercicio.”

No obstante, esto no le parecía suficiente, y más adelante agrega:

“En efecto, el sistema económico de la Constitución argentina debe buscar su más fuerte garantía de estabilidad y solidez en el sistema económico de su política exterior, el cual debe ser Un medio orgánico del primero, y residir en tratados de comercio, de navegación, de industria agrícola y fabril con las naciones extranjeras. Sin esa garantía internacional la libertad económica argentina se verá siempre expuesta a quedar en palabras escritas y vanas.”

Aun así todo eso fue insuficiente. Hemos visto en otros posts la importancia de los valores e ideas en la evolución de las sociedades. Si estos cambian, no hay ninguna disposición constitucional o tratado internacional que pueda detener esa marea de cambio. No lo pudo en el caso de la Argentina. Otros valores e ideas comenzaron a prevalecer en la sociedad y, tarde o temprano, el cambio se produjo (y también cien años de estancamiento y retroceso).

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Argentina: Progresismo e igualdad

Por Gabriel Boragina. Publicado el 10/6/13 en http://www.hacer.org/latam/?p=28025 

Uno de los tantos mitos de las ciencias sociales, ampliamente difundido hoy en día, es el del “progresismo”. Los progresistas asumen como suyo el ideal igualitario, entendido este como el de la igualdad mediante la ley y no ante la ley (este último ideal propio del liberalismo). Ese primer tipo de “igualdad” es característico de la “igualdad” colectivista. Nos proponemos analizar en lo que sigue, si el “progresismo” conduce realmente a esa clase de “igualdad”.

La igualdad colectivista conlleva al estancamiento platónico que postula detener todo cambio, como lo explica K. R. Popper[1]. La noción de cambio implica la de mejora o desmejora, conceptos ambos que excluyen el de igualdad. Por lo tanto, una sociedad colectivista no debería ni mejorar ni desmejorar (caso contrario dejaría de ser igualitaria), sin embargo su práctica -donde se ha llevado a cabo- resultó siempre en una desmejora de todo aquello que se pretendió “igualar”. La historia rebosa de ejemplos: cuando el nazismo pretendió “igualar” la sociedad para que todos fueran arios, implicó el exterminio de los disidentes y judíos, es decir, tanto en términos cualitativos como cuantitativos desembocó en desmejora. Las experiencias comunistas de China, URSS, Cuba, etc. dieron resultados análogos: exilio, presos políticos, confinamientos en campos de concentración, hambrunas, fusilamientos, o sea, en resultados netos: desigualdad (el análisis inmoral de estas colectivizaciones y las dictaduras en las que desembocaron ya lo hemos hecho en nuestra obra Socialismo y capitalismo).

Mientras la igualdad es estática, la realidad es dinámica, y este el principal conflicto que enfrentan absolutamente todos los proyectos políticos y económicos de “igualdad de oportunidades”.

Lo opuesto a la igualdad es el cambio. Como dijimos arriba, el cambio implica mejora o desmejora. La mejora la denominamos progreso, y la desmejora retroceso. La igualdad equivale al estancamiento, pero en materia social, como explicamos antes, en el mejor de los casos significó –por algún tiempo- un estancamiento, pero en la mayoría de los otros, directa desmejora, o sea, retroceso social. Por esto, un programa “igualitario” o “equitativo” nunca puede ser “progresista” como se le suele llamar, sino que en los hechos es “retrocesista”, “retardatario” o “regresista”. Paradójicamente, lo que usualmente en materia política y social se denomina “progresismo” resulta (en los hechos) ser reaccionario al verdadero progreso, en virtud de su aversión al mejoramiento social en escala. De allí, que lo máximo que pueda lograr todo movimiento “progresista” sea el mejoramiento de ciertos sectores sociales a costa de otros, con lo cual se obtiene un producto de suma cero, el que por definición implica ausencia de todo progreso neto. Lo que es “igual”, no “progresa”, caso contrario no sería “igual”. El igualitarismo es incompatible (por contradictorio) con el progresismo.

Pero cabe hablar en otro sentido y referirse a un “progreso igualitario”, o en diferentes palabras a que todos progresen “por igual”. Por ejemplo, lograr que todos crezcan a una tasa de -por caso- un 5 % en una unidad de tiempo uniforme (mensual, anual, quinquenal, etc.). Sólo en este sentido podrían conjugarse las palabras progresismo eigualdad, donde la “igualdad” estaría referida a la tasa de progreso y no al estado inicial ni final de los sujetos implicados.

Por lo general, estas políticas “progresistas” así entendidas (de este último modo) se dirigen -naturalmente- a los resultados, es decir, tendiendo a corregir situaciones iniciales que se consideran “injustas”, “desiguales” o “inequitativas”, apuntado a escenarios finales en las que todos los participantes reciban la misma cantidad o calidad de producto. Lo que en economía suele recibir el nombre general de redistribución de ingresos.

Pero ¿qué sucede si uno (o muchos) no quieren o no pueden “progresar” a esa tasa fijada por las autoridades “progresistas”?

El problema ineludible que enfrentan -y ante el cual siempre han fracasado en todo tiempo y lugar- es que las tasas de progreso de los individuos son diferentes, por la tremenda realidad (tantas veces negada) que los individuos son todos entre si también y del mismo modo, diferentes. Y asimismo estos progresistas niegan empecinadamente otra realidad vital: que en función de las naturales desigualdades biológicas y psicológicas del hombre, en tanto algunos progresan otros desprogresan o retroceden.

Es por esta razón que los progresistas, en tanto insisten en sostener el ideal igualitario, deben repetidamente acudir a la fuerza para intentar “igualar” las dispares tasas de crecimiento de los individuos a fin de que todos puedan “progresar por igual”. “Igualdad” que se quiebra en el mismo momento en que el “progresista” debe hacer uso de la fuerza para quitarle a Pedro (que produce 10) 5 (de esos 10) para darle a Juan que produce 0. Con lo que se advierte que consumar el “ideal igualitario” sólo puede llevarse a cabo a través de la violencia, y nunca por medios pacíficos. Aquí se ve como progresismo e igualdad se oponen, porque por los métodos “progresistas” el único que progresa es Juan y no Pedro porque este, al perder 5 de sus 10, no progresa, sino que desprogresa. En el “progresismo” pues, “progresan” los unos a costa de los otros. Nada más alejado de la “igualdad” y contradictorio con ella que el “progresismo”.

El capitalismo es el único sistema donde todos realmente pueden elegir progresar o no hacerlo. Pero en el que la capacidad potencial de progreso esta -en principio- abierta a todo el mundo. No hay sistema más verdaderamente progresista en el mundo que el capitalista. Incluso el proceso de capitalización que se da en los mercados libres, hace que personas que no se han propuesto deliberadamente progresar, lo hagan de todos modos, casi como un efecto no querido.

Dado que el colectivismo implica al igualitarismo, es una contradicción en términos decir que en ese tipo de sociedades existe “progresismo”, o que son (a la vez) “progresistas”. “Igualitarismo” y “progresismo” se contraponen semántica y conceptualmente. Una política “progresista” no puede defender el ideal igualitario porque se estaría contradiciendo a sí misma.

Nota: [1] Karl R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Ed. Orbis.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.