Una pésima interpretación de la tradición liberal

Por Bertie Benegas Lynch. Publicado el 11/11/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/11/11/una-pesima-interpretacion-de-la-tradicion-liberal/?outputType=amp-type

Se da una insólita guerra en la propia trinchera generada por quienes se incomodan por el multitudinario apoyo y la creciente comprensión de las ideas liberales que promueve Javier Milei

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La definición del liberalismo de Alberto Benegas Lynch (h.) en la voz de Milei y otros integrantes de su partido.

El liberalismo desde siempre ha sido una cosmovisión, una postura intelectual que integra muy variadas contribuciones bajo el espíritu popperiano, es decir, aceptando al conocimiento como provisorio e incentivando la máxima apertura al debate y a las refutaciones en un contexto de mentes abiertas motivadas por la búsqueda de la verdad. La gimnasia de la prueba y el error, reconocer al hombre como un ser imperfecto, limitado y que maneja una ínfima cuota de comprensión respecto del mundo que lo rodea, es lo que le ha posibilitado llegar a estas instancias en el peregrinar del conocimiento.

La maximización de procesos evolutivos del hombre, la búsqueda del conocimiento y el desarrollo de todas sus potencialidades individuales, tiene solo cabida en el contexto del “respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”. Esto significa que el respeto no tiene limitaciones. Todo es posible y moralmente válido cuando no se lesionan derechos de terceros. El respeto irrestricto prevalece sobre el no-respeto. Interpretar que el respeto irrestricto valida el autoritarismo, evidencia no haber atendido la única y simple premisa inicial.

Roger J. Williams, detallaba cuán extraordinarios somos individualmente hasta el más mínimo detalle físico y, muy especialmente, en el complejísimo aspecto mental. Tenemos distintas preferencias, gustos, necesidades, inclinaciones, enfermedades, hábitos, debilidades, conocimientos, experiencias, distintas estructuras de procesos decisorios, distintas percepciones y sentimientos. Por ello, para desarrollar nuestras potencialidades al máximo debemos vivir en plena libertad, y eso implica respetarnos mutuamente. Se habla muchas veces de “tolerancia” pero, en realidad, los derechos a la vida, la libertad y la propiedad no se toleran, se respetan.

La tolerancia tiene un dejo de permiso y aceptación que no convence. El liberalismo también implica que, aun cuando nos resulte inaceptable para nuestros valores personales o planes de vida lo que hace otro en el contexto de su fuero íntimo, no se puede recurrir a la fuerza para imponer nuestros propios gustos. Esta tradición la han tomado y alimentado grandes autores como Richard HookerFrancis HutchinsonSamuel Pufendorf, Algernon SidneyJohn Locke y luego Carl MengerLudwig von MisesFredrich HayekMilton FriedmanGary Becker, James BuchananIsrael Kirzner y Murray Rothbard, entre otros.

En el aspecto institucional del ideario liberal, es relevante destacar las contribuciones que representaron los Juicios de Manifestación por parte de los fueros como el de Aragón, anterior al habeas corpus inglés, la estructura jurídica en la Roma anterior al Imperio, la Carta Magna de 1215 y posteriormente la declaración de derechos de la Revolución Francesa, previa a la contrarrevolución jacobina, la Revolución de Estados Unidos contra Jorge III de Inglaterra, la Constitución de Cádiz -donde aparece el término “liberal” como sustantivo-, y las Constituciones como la de Alberdi en Argentina.

Da pena la aparición de algunas personas que arrastrando rebuscados complejos, minan el avance de quienes hoy hacen esfuerzos en la buena dirección. Estos sujetos, movidos por la envidia de ver en contemporáneos de la difusión lo que ellos nunca lograron, buscan sistemáticamente llamar la atención con falacias evidentes, comparaciones insultantes, planteos quebradizos sin la menor honestidad intelectual y hasta la adopción del término despectivo “liberalote” acuñado por un representante de la socialdemocracia. Generalmente se trata de gente que no pueden salir de los datos coyunturales y son incapaces de abordar los temas filosóficos con la sustancia y la consistencia como los hacen los exitosos a los que critica. En nuestro medio, últimamente se da esta insólita guerra en la propia trinchera generada por espíritus pequeños que se incomodan por el multitudinario apoyo y la creciente comprensión de las ideas liberales que promueve tan exitosamente Javier Milei.

El ser humano tiene una inclinación natural de afinidad y simpatía por quienes comparten sus gustos, incluso sobre aquellas preferencias más mundanas. Esa misma inclinación, llevada a planos tan caros como los valores morales de respeto a la vida, la libertad y la propiedad, tiene un significado tanto más trascendente que propicia una conexión humana más profunda. Por esta razón, cuesta creer que, muy lejos de considerarlo compañero de ruta y de tomar el ejemplo de los acalorados pero sofisticados y constructivos debates que los grandes maestros del liberalismo solían tener entre sí, se caiga en nocivos e insustanciales ataques solo inspirados en vicios de la personalidad.

Han pasado muchas décadas donde prevaleció la incomprensión de las ideas liberales. Hoy conozco gente que descubre que es liberal gracias a la titánica lucha por los principios de esta noble causa que ha impulsado Milei. La definición del liberalismo que él mismo supo resumir y difunde del pensamiento de Alberto Benegas Lynch (h.): “El liberalismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo bajo el principio de no agresión y defendiendo el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad”, es una píldora comunicacional maravillosa de alto contenido conceptual que encierra la columna vertebral de espíritu liberal. Parece mentira que haya que gastar caracteres para aclarar que si esa definición la recitan más de dos personas, no es fanatismo religioso; tampoco lo es cuando cantamos el himno, cuando en el colegio recitábamos el Preámbulo de la Constitución o cuando un coro canta una ópera.

Milei es un gran referente del liberalismo y muy lejos está de autoproclamarse salvador, líder o mesías, como muchos pretenden instalar. Al igual que en cualquier movimiento social, político, cultural, religioso o deportivo, pueden darse casos de seguidores que confundan los roles o equivoquen la esencia liberal que está asociada íntimamente con la autodeterminación individual. Pero no hay que dejar que la escasa capacidad de abstracción lleve a generalizar estas conductas particulares. Si luego de unas cortas vacaciones en Francia, somos víctima de un arrebatador, no es del todo lúcido concluir que los franceses son todos unos ladrones. Para el caso de Milei, que basa su prédica en la responsabilidad individual, la planificación de la propia vida y su inspiradora frase que dice que no se involucró en el barro político para “guiar corderos sino para despertar leones”, no deja dudas que no promueve para su persona términos equivalentes a “macrista”, “kirchnerista” o “peronista”, las cuales son muy comunes en la política.

En mis 54 años jamás he vivido semejante revolución intelectual ni un terremoto de estas magnitudes debajo del piso del paradigma estatal. Todos los que durante tantos años han luchado en la batalla cultural, deben alegrarse de este increíble florecer del liberalismo y la colosal lucha que está dando Milei, en el plano académico y en la arena política. Como solemos decir con él frente a los palos en la rueda de diversas magnitudes que le interponen permanentemente: “El sistema se resiste, pero la libertad avanza”.

Bertie Benegas Lynch. Licenciado en Comercialización en UADE, Posgrado en Negociación en UP y Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Síguelo en @nygbertie

El fraude del relativismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 12/7/2020 en: https://independent.typepad.com/elindependent/2020/07/el-fraude-del-relativismo.html

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De entrada decimos que el relativismo en todas sus variantes constituye un fraude intelectual y el posmodernismo las esgrime, tanto en lo epistemológico, cultural, ético y hermenéutico. Esto es que no hay tal cosa como la verdad. Todo dependería de interpretaciones subjetivas. Todo dependería del “color del cristal” de cada uno. Pero un mismo juicio no puede ser conforme y contrario al objeto juzgado en las mismas circunstancias.

Karl Popper subraya la importancia del descubrimiento de la verdad como objeto central de nuestros estudios y desvelos: “la principal tarea filosófica y científica debe ser la búsqueda de la verdad”.

Este es el sentido mismo de la investigación y las universidades. Claro que el procedimiento para incorporar fragmentos de conocimiento esta plagado de acechanzas y desventuras. Se trata de un arduo recorrido. El debate abierto de ideas se torna indispensable, en la esperanza de disminuir en algo nuestra colosal ignorancia.

Cuando hacemos referencia a la objetividad de la verdad queremos significar que las cosas, hechos, atributos  y procesos existen o tienen lugar independientemente de lo que opinemos sobre aquellas ocurrencias o fenómenos que son ontológicamente autónomos. Constituye un grosero non sequitur el sostener que de las diversas valorizaciones de las personas, se sigue la inexistencia del mundo objetivo. Hay aquí un salto lógico inaceptable. Se trata de dos planos completamente distintos. La subjetividad de las preferencias, creencias y opiniones son independientes de la objetividad de lo que son las cosas.

El segundo capítulo se refiere al relativismo cultural. En este sentido Eliseo Vivas muestra la “falaz inferencia que parte del hecho del pluralismo cultural y llega a la doctrina axiológica de que no podemos discriminar en lo que respecta al mérito de cada una”. Una cosa es la descripción de costumbres que no son mejores ni peores, simplemente revelan gustos e inclinaciones y otra bien distinta son referencias que tienen relación con proposiciones verdaderas o falsas, lo cual puede ser juzgado con una escala universal. Las relaciones interculturales resultan fértiles, tal como lo demuestra Stefan Sweig en la época de oro de la Viena cosmopolita antes de la truculenta diáspora que produjeron los sicarios nazis. De todos modos, debe tenerse en cuenta la complejidad presente en afirmaciones que tienden a generalizar respecto de la cultura de tal o cual país. Siempre recuerdo la formidable respuesta de Chesterton cuando le preguntaron que opinaba de los franceses: “no se, porque no los conozco a todos”.

En tercer lugar, el relativismo ético que abraza el posmodernismo apunta a que no habría tal cosa como lo bueno y lo malo. Así, el incumplimiento de la palabra empeñada o el estímulo a la antropofagia no serian morales o inmorales en abstracto. No habría tal cosa como actos que apuntan a la actualización de potencialidades en busca del bien , ni normas para todos los seres humanos en dirección al respeto recíproco. El posmodernismo, igual que el positivismo, considera que las reflexiones éticas como principios universales constituyen manifestaciones vacías, puesto que no pueden verificarse. Morris R. Cohen apunta con razón que esa  afirmación de que “las proposiciones no verificables carecen de significado tampoco es verificable […] La afirmación de que las proposiciones éticas carecen de significación, forma parte de la errónea concepción positivista tradicional del método científico”.

Por último, el posmodernismo es relativista hermenéutico, es decir, que los textos y la comunicación en general debieran interpretarse del modo que el intérprete lo considere pertinente independientemente de lo que queda consignado en el texto o en el mensaje que se trasmitió por otras vías. No habría tal cosa como una interpretación verdadera o ajustada, ni interpretaciones equivocadas. John M. Ellis explica que si bien el lenguaje surge de una convención, de ello no se desprende que las palabras son arbitrarias ya que si pudieran significar cualquier cosa se haría imposible la comunicación. Lo mismo concluye Umberto Eco.

Entonces una cosa es tener la mente abierta al efecto de encaminarse a un mayor y mejor conocimiento y otra bien distinta es recibir cualquier cosa a la par, lo cual significa un basural abierto que desvía la brújula desde la excelencia a la degradación. Aludimos a la razón que por cierto no es infalible pero el proceso de corroboraciones provisorias y refutaciones nos permite grados crecientes de acercamiento a la verdad.

Tiene sus bemoles debatir con un posmodernista puesto que inmediatamente acusa al contradictor de “logocentrista”, es decir basado en la lógica, la cual niega al tiempo que sostiene que todo significado es dialéctico. Bien ha concluido Ortega que el relativismo “es el tema de nuestro tiempo” puesto que hoy hay mucho de basural abierto. En definitiva, es como escribe Allan Bloom “la apertura a la cerrazón es lo que estamos enseñando”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Funcionarios universitarios, ¿ética o ideología?

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 10/12/15 en: http://esblog.panampost.com/editor/2015/12/10/funcionarios-universitarios-etica-o-ideologia/

 

El comportamiento del kirchnerismo hacia las universidades ha sido como el del resto de las estructuras sociales: Dar recursos esperando el retorno en forma de apoyo

Durante el siglo posterior a la aparición de Una Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, el progreso económico se aceleró hasta niveles nunca antes vistos en la historia de la humanidad.

El desarrollo tecnológico, la economía, la vida de las personas e incluso la política del mundo occidental produjeron cambios profundos y permanentes en términos de calidad. Los estándares de vida se situaron en umbrales mucho más altos: la educación se extendió a toda la sociedad y se incrementó en grande la expectativa de vida.

En la actualidad, se sabe que es el lucro −a nivel social− lo que actúa como elemento orientador y produce efectos de acuerdo con lo que es económicamente más rentable. Sin embargo, con cierta lentitud y en forma gradual fue advirtiéndose que el proceso de mercado permitió disponer del conocimiento personal para alcanzar sus propios objetivos. Solo así se hizo posible incrementar de manera sostenida mejores condiciones para todos los ciudadanos.

No era de esperar, entonces, que los cambios que acompañaron tan extraordinario crecimiento económico suscitaran profundas críticas y áspera oposición por parte de algunos sectores. Dando la espalda a los grandes avances intelectuales de Smith, una mirada sesgada, tendenciosa y elemental de la sociedad emergió de entre las sombras de las ciencias sociales y ha servido de fundamento de lo que se ha dado en llamar el ideario populista.

El populismo –término no registrado por la Real Academia Española− tiene ciertos rasgos característicos, tales como: oponerse a las élites (esgrime una presunta paternidad social hacia los más débiles, pero, en verdad, desde la élite se busca domeñarlos), el predominio de la emoción sobre la razón, la simplificación dicotómica, la corrupción, el liderazgo carismático, la imprevisibilidad económica, el oportunismo, la completa ausencia de una conducta moral y ética entre otras peculiaridades.

El primer rasgo del populismo surge a simple vista, busca extenderse e imponerse de modo absoluto. Las elecciones populares, que sirven de presentación a los futuros líderes populistas, se caracterizan por su marcado tono personalista. No se discuten ideas ni proyectos de país, el debate electoral se circunscribe casi con exclusividad a consignas o eslóganes que exaltan la figura del cabecilla, procuran simplificar la realidad política y manipular la historia. Solo se trata de un conjunto de frases tan altisonantes como carentes de contenido. Las campañas electorales no tardan en convertirse en un culto al candidato, y las estructuras políticas que habilitan legalmente la candidatura son simples medios para un fin: el acceso al poder.

El entorno cercano del líder, un compuesto de seguidores pusilánimes, destaca a un grupo de laderos (circunstanciales cómplices de sus tropelías). Entre ellos se ha de citar al conjunto del cual proviene el repertorio de las principales ideas en la Argentina de hoy, quizás el portavoz menos esperado: ¡la “intelectualidad”! Deliberadamente, el énfasis añadido esconde el sentido real, pues el fin es llamar la atención de quienes con su actitud apenas rozan el mote de “pseudointelectuales”.

No se propone ninguna insinuación sobre la deficiencia de rectitud de los intelectuales, la cual, en una mirada personal, se cree que es tan alta como lo permite el mercado de ideas. Porque es muy pequeño el número de los mal llamados intelectuales o, en rigor de verdad, pseudocientíficos (a los que se hace alusión en el presente artículo), que cambian de posición después de mojar un dedo y exponerlo al viento.

Aquí se distingue a un intelectual de alguien que se hace pasar por tal sin serlo. Se debe comprender que cuando las características de uno y otro se llevan al extremo, se puede distinguir mejor lo que define y separa a cada uno.

El intelectual, consciente de su ignorancia relativa, se motiva en la búsqueda de la verdad; en cambio, el pseudocientífico está seguro que ya la posee y su interés principal es la predicación, la propaganda y adoctrinamiento de los seguidores.

El intelectual estudia los puntos de vista opuestos, prescindiendo de juicios personales, y hace un esfuerzo consciente por no tergiversarlos; pero el “pseudointelectual” crea una caricatura tergiversada de las opiniones y doctrinas de las que difiere, para rebatirlas más fácilmente y mostrar  así su superioridad ante los demás. Unos defienden ideales; los otros, al mejor postor.

Con el fin de exaltar el rol del segundo grupo −los pseudocientíficos− el Estado nacional ha reducido el coste relativo de la educación superior para el estudiante individual, pero ha causado un fuerte incremento en el coste relativo para la sociedad. Análogamente, la inmensa armadura de políticas reguladoras ha generada un empleo público desmesurado y sin precedentes, creando nuevas universidades y nacionalizando otras, todas con el mismo fin.

En síntesis, los funcionarios políticos que dirigen las universidades o centros de educación superior son los verdaderos beneficiarios del rol económico del Gobierno (“Polémica por los sueldos de hasta AR$200.000 en la Universidad del Comahue”, Clarín.com 14/10/15).+

Los mismos funcionarios se han mostrado desdeñosos contra la economía competitiva y las dificultades experimentadas por aquellas actividades culturales que no se encuentran con la prueba del mercado, curiosamente la causa de su oposición: “el materialismo hostil frente a los valores éticos estimados por las clases intelectuales”. Aún cuando el crecimiento del Gobierno en relación con la actividad económica privada está condicionado a la productividad de la economía, el interés propio de esos funcionarios está en la expansión del gasto gubernamental.

Prueba de ello es el apoyo explícito recibido por Daniel Scioli por 28 rectores de universidades de cara al balotaje pasado 22 de noviembre. De igual tenor fue el comunicado que emitieron las autoridades de la Universidad Nacional de La Plata para votar en favor del candidato oficialista, entre ellos Fernando Tauber, ex rector y hoy vicerrector de la UNLP, “entendemos la necesidad de sostener políticas sociales, educativas y científicas inclusivas que han permitido la recuperación y jerarquización del sistema público de educación superior y de ciencia y tecnología, así como recuperar y consolidar el vínculo de la universidad con el Estado y la Sociedad”.+

Las elecciones en esta dirección son ciertamente tan variadas y arbitrarias como la selección de sistemas éticos (o abyectos). Tal vez nadie tiene derecho a despreciar esos sistemas, pero sí a expresar escepticismos sobre su coherencia y contenido, y, sobre todo, sobre los aspectos de la actual aceptación −a gran escala− de cualquier ideología semejante.+

Pues bien, los hechos ofrecen luz a la interpretación. En abril del año pasado, Cristina Fernández de Kirchner regresó a la UNLP y recibió el título de Doctora Honoris Causa de la mano de Tauber. Todo ello, en medio de una agitada controversia sobre el título de abogado de la presidente que, a pesar de grotescas tachaduras y enmiendas en datos sensibles, fue bendecido por el juez federal Norberto Mario Oyarbide, el mismo que sobreseyó al matrimonio presidencial en la causa de enriquecimiento ilícito.

Finalmente, frente a los abultados presupuestos que financian estructuras sin contrapesos institucionales, solo queda apelar a una palabra extrañamente ausente en las centenarias cadenas nacionales de la presidente, la ética (o el conjunto de normas con respecto a las relaciones con otras personas que custodian los beneficios generales), y a un argumento esencial de los intelectuales: su integridad.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), Profesor Titular e Investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.