Protección, redistribución y pobreza

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/11/proteccion-redistribucion-y-pobreza.html

Seria exacto decir que no es posible saber cuan protegida esta una persona por el gobierno y la cuantía de los impuestos que sufrague no es ningún indicativo que permita orientarnos en dicho sentido. La experiencia de nuestro tiempo nos permite aseverar sin temor a equivocarnos que aun las personas y empresas que abonan los más altos impuestos no parecen estar más protegidos que los que tributan menos.

Tampoco es posible determinar en qué consistiría dicha protección más bien por el contrario cuantos más impuestos hay y más caros son los que deben tributarse resulta claro que no puede hablarse de protección del expoliado, su grado de desprotección crece cuando el ladrón estatal toma cada vez una mayor parte de su propiedad (en dinero o en especie, es indistinto el modo de pago).

La menor experiencia en el tema indica que los gobiernos se blindan a sí mismos tratando de cobrar siempre los impuestos más altos posibles, con lo que al ingresar fondos a sus arcas resultan fortalecidos, lo que significa que su autoprotección crece, a la vez que, sus expoliados están cada vez menos protegidos, porque sus propiedades están pasando paulatinamente a manos de los burócratas vía impuestos.

“Más adelante prosigue el mismo tratadista diciendo que: Si tenemos necesidad de avaluar la ventaja relativa que cada uno obtiene de la protección del gobierno sería necesario verificar quien es el que sufrirá más con el retiro de la protección: entonces será necesario reconocer que los que, por su naturaleza o posición, son los más débiles de espíritu, serán los que tendrán más que perder… “[1]

Nuevamente, es bastante difícil saber de qué habla el citado. Pero el discurso sigue girando en torno a una supuesta “protección” del gobierno que también -imaginariamente- brindaría a las personas. No hay tal. En la práctica, los gobiernos -sin romanticismos pueriles- suelen otorgar protección a las siguientes personas a saber:

  1. Los titulares y miembros del gobierno.
  2. Los familiares y amigos (íntimos o no) de los gobernantes.
  3. Los dirigentes del partido gobernante.
  4. Los mandos intermedios del partido.
  5. Afiliados al partido y simpatizantes.
  6. La gente de escasos recursos por motivos de puro clientelismo electoral.

Fuera de estos casos, es muy difícil -sin pecar de ingenuo- hablar de que los gobiernos dan “protección” a otras personas diferentes de los seis grupos enumerados arriba.

En cuanto a los “débiles de espíritu” que según el autor serian “los que tendrán más que perder” no se puede comprender a quienes se refiere.

“Si hay alguna justicia en la teoría que examinamos, los que son menos capaces de ayudarse y de defenderse están entre aquellos para quiénes, la protección del gobierno les es más indispensable, debiendo pagarla más cara: esto sería justamente lo contrario del ideal de la justicia distributiva que consiste en reparar, no en imitar, las desigualdades y los errores de la naturaleza…”[2]

Tratando de echar luz a todo este palabrerío rebuscado, caben estas interpretaciones ¿Quiénes son esos “menos capaces”? ¿los pobres? Si es así, no se ve de que deberían “defenderse” porque si son pobres no son ningún negocio para los ladrones, porque si son pobres ¿Qué podrían sacarles los ladrones a los pobres? Al ladrón le interesa el rico, no el pobre, porque es al primero del que puede obtener mejor provecho, y esto aplica tanto al ladrón particular (que roba con armas) como al ladrón estatal (que roba con impuestos).

Los pobres son pobres porque los gobiernos son ricos, o porque prefieren vivir en la pobreza. No existen más que estos dos motivos para la pobreza. En el primer caso el gobierno no les da protección, sino que -como indicamos- se las quita. En el segundo, ellos mismos renuncian a protegerse de la pobreza buscando trabajo.

En Argentina, como en otros países, los pobres -en su mayor parte- prefieren vivir medrando las dádivas de los gobiernos que, en el curso de los tiempos, han tenido diferentes nombres (planes sociales se les dice últimamente). No son más que subvenciones, subsidios, ayudas o como se les quiera llamar, que provienen de los impuestos que el gobierno expolia al sector productivo de la economía. Muchos de esos subvencionados cobran en “ayudas sociales” del gobierno más que numerosos empleados del sector formal e informal de la economía. Para “proteger” al subsidiado el gobierno debe desproteger a los que más producen, a los verdaderos generadores de riqueza: los empresarios. A esto se le ha llamado populismo, el gran mal de nuestra época.

“Partiendo de la base de que se debe reclamar a cada individuo un sacrificio igual, debemos investigar si este principio sería aplicado en el caso de que cada uno diera la misma proporción por ciento cíe sus rentas. Un gran número de personas sostienen que no, diciendo que el que da la décima de una pequeña renta sufrirá más que el que da un décimo de una gran renta: es sobre esta aserción que ha sido fundada la idea del impuesto progresivo.”[3]

El problema no es tanto lo que se da sino lo que se pide o -mejor dicho- se exige o -como en el caso del impuesto- directamente se toma. Al revés de lo que hacemos todas las personas que no ocupamos posiciones de poder político, los burócratas fijan su presupuesto en función de los gastos pasados, presentes y futuros que proyectan realizar, y una vez que tienen aprobado ese proyecto de gastos por otros burócratas que también viven de él (el congreso o parlamento, según los casos) entonces establecen en igual o mayor número los impuestos necesarios para cubrir esos gastos.

Esto es como si -por ejemplo- un empleado de una fábrica o empresa sumara todos sus gastos mensuales o anuales (pasados, actuales o proyectados), y con su resultado le exigiera a su empleador los aumentos de sueldos respectivos. Sabemos que ningún empleado puede hacer eso, como ningún empresario puede -mediante el mismo mecanismo- añadir todos los costos de sus insumos y de sus proveedores para luego subir los precios de sus productos. Sólo el gobierno tiene ese privilegio auto arrogado por esos mismos burócratas que se beneficiarán del mismo. Y lo ejercen siempre.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem.

[3] Goldstein, M. ibidem.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El FMI no es liberal, vaya, por Dios

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 21/12/16 en: https://www.elcato.org/el-fmi-no-es-liberal-vaya-por-dios?utm_content=buffer0f2d3&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer

 

Me enteré, gracias a Amanda Mars en El País, de que el Fondo Monetario Internacional, “bastión del neoliberalismo“, ya no es liberal: “El FMI asume que la riqueza no se reparte sola”. La destacada periodista tiene opiniones claras al respecto:

“Una forma de ver la economía dice que las políticas deben centrarse exclusivamente en potenciar los crecimientos de los países y no intervenir mucho más, porque esa riqueza que se genera se va repartiendo por sí misma, goteando a todas las capas sociales. No funciona”.

Empecemos por este último disparate, que, como he explicado en alguna ocasión, es una teoría que todo el mundo combate, desde el Partido Comunista hasta el Papa… ¡y que nadie defiende! En el mercado los ricos no benefician a la sociedad después de acumular su fortuna, sino que deben beneficiarla antes de hacerlo. La llamada teoría del goteo o del derrame es un caso notable de mixtificación ideológica, mediante la cual se inventan un enemigo que no existe, y acto seguido lo atacan valerosamente.

Es asimismo absurdo pensar que el FMI fue alguna vez liberal, y que alguna vez reclamó la desaparición de las políticas redistributivas. El FMI es una criatura política, inventada por políticos y nutrida por miles de burócratas que cobran jugosos sueldos libres de impuestos y que se han pasado toda la vida pidiendo que los impuestos que pagamos los demás suban. Jamás ha dicho el FMI nada que los políticos no le ordenaran, y siempre ha defendido unos Estados crecientes: su prédica contra los déficits públicos jamás se ha concentrado exclusivamente en la prioridad liberal, a saber, reducción del gasto público.

Esa misma lógica la ha seguido, por cierto, el Banco Mundial, otra entidad política y burocrática que oscila entre la inutilidad y el daño, y que siempre ha seguido consignas políticas: ahora, por ejemplo, es un enérgico defensor del medio ambiente y el desarrollo inclusivo.

El FMI es igual, y no ha hecho otra cosa que fortalecer la legitimidad de los Estados que lo crearon y lo sostienen. ¿Cuál es la consigna de moda para legitimar el poder? La “lucha” contra la desigualdad, o, como se dice ahora, contra “las desigualdades”, como si no quisieran dejar ni una en pie.

Todos los jefes del FMI han sido políticos, y la demagogia ha sido su regla. Es el caso de la muy admirada Christine Lagarde, que, ante el aplauso de la corrección política mundial, proclamó: “El crecimiento solo ha beneficiado a unos pocos”, lo que es clamorosamente falso, y no solo por el hecho evidente de que el crecimiento ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza. También está la circunstancia de que el gran remedio que el pensamiento único cultiva para nuestros males, a saber, el incremento del gasto público y los impuestos, conspira contra el crecimiento. Pero no hay nada que arredre a la señora Mars, que proclama de modo tajante: “Porque la desigualdad, en sí misma, lastra el crecimiento”, lo que está lejos de ser evidente. Pero parece que, como lo dicen muchos economistas, tiene que ser verdad. Y como lo dice hasta el FMI, ese supuesto héroe de la libertad que por fin ha visto la luz…

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿Puede la “economía de la conducta” mejorar Public Choice y así acercarla más a los Austriacos?

Por Martín Krause. Publicada el 22/11/16 en: http://bazar.ufm.edu/puede-la-economia-de-la-conducta-mejorar-public-choice-y-asi-acercarla-mas-a-los-austriacos/

 

Con los alumnos de la materia Public Choice, vemos el trabajo de Schnellenbach, Jan; Schubert, Christian sobre un campo nuevo en esta área, “behavioral public choice” o, ¿cómo traducirlo? ¿análisis económico de la conducta política?. El paper se titula “Behavioral public choice: A survey” Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03; Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03 (2014). Disponible en: http://hdl.handle.net/10419/92975 Walter Eucken Institut; ORDO Constitutio in Libertate. Algunos párrafos:

“En el origen de la teoría de Public Choice se encuentra un llamado para alinear los supuestos motivacionales que subyacen en el estudio de la política con los de la economía. Se asume típicamente que la gente maximiza su utilidad subjetiva tanto en el mercado (como productores o consumidores) como en la política (como votantes, políticos, burócratas o lobbystas). Como enfatiza Brenna (2008), sin embargo, esa simetría motivacional no se traslada necesariamente a simetría conductual, dados los débiles incentivos para invertir en una toma de decisiones racional en el campo de las decisiones colectivas. Esto ocurre particularmente con los votantes, cuya conducta perfectamente racional puede llevar a resultados colectivos catastróficos, porque los mecanismos individuales de aprendizaje en la política son mucho más débiles y más indirectos que los del mercado.

Por ello, se espera que los sesgos cognitivos jueguen un papel tan importante en la política como en el mercado. La teoría de Public Choice es, por lo tanto, uno de los campos que muy probablemente se beneficiará de aplicar conceptos de la economía conductual (behavioral economics). Sorprendentemente, estos enfoques son relativamente nuevos en Public Choice. Tal vez se explique porque los académicos de PC se enfocaron originalmente en exportar el enfoque de la elección racional a áreas de no-mercado, y no consideraron modificar sus propios métodos analíticos (Wallerstein, 2004).

Al aplicar enfoques conductistas al Public Choice, afirmando que los individuos son más proclives a sesgos y otros problemas cognitivos cuando entran la arena política no ha de ser el fin de la historia. Más bien, un análisis sistemático de los desvíos del supuesto básico de conducta racional es requerido. Por ello, muchos autores han alentado a los académicos a que se aventuren más allá  de los supuestos básicos de racionalidad y maximización de utilidad (p. ej., Simon 1995; Ostrom 1998; Kliemt 2005).”…

“Hay un cierto número de ancestros del Behavioral Public Choice (BPC). No sorprende que Adam Smith se haya adentrado en este territorio cuando especulaba, primero, que una razón clave para la existencia del gobierno es la protección de la propiedad privada de transgresiones que se alejen de la conducta “razonable” (que, para Smith, implicaba actuar moralmente). Segundo, argumentaba que los individuos racionales van a subinvertir en la calidad de las decisiones políticas: como observara George Stigler, Smith era un pesimista al respecto, en el sentido de que ‘daba un papel más importante a la emoción, el prejuicio y la ignorancia en la vida política de lo que diera alguna vez en los asuntos económicos ordinarios’ (Stigler 1982). Luego de Smith, la creencia que los individuos pierden algo de su capacidad de razonamiento cuando entran en la esfera política puede encontrarse en Mill (1948), quien defendiendo al laissez-faire advertía sobre la conducta de ‘manada’ en la política, la incompetencia debida a la falta de especialización, malos incentivos debido al pequeño interés personal en juego en las decisiones gubernamentales y el peligro que los individuos perdieran su capacidad de contribuir voluntariamente a los bienes públicos si se acostumbraban a delegar más y más competencias en el estado.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

¿Estado “de bienestar” o capitalismo?

Por Gabriel Boragina. Publicado el 24/1/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/01/estado-de-bienestar-o-capitalismo.html

 

El capitalismo no tiene nada que ver con los gobiernos. Por ende, menos tiene que ver con gobiernos “de ricos o de burócratas”. Los gobiernos siempre están conformados por burócratas. Y los burócratas se hacen ricos gracias al poder del gobierno. Perennemente ha sido así, salvo honrosas excepciones. Por ello, es del todo incorrecto hablar de “gobiernos capitalistas” lo cual es una aberración ya que, por su propia naturaleza, los gobiernos son anticapitalistas en la medida que ninguno de ellos puede jamás producir absolutamente nada, y el capitalismo es un sistema de producción por encima de cualquier otra consideración.

La mayoría de las personas son ideológicamente anti-capitalistas en tanto que sostienen que “lo ideal” son modelos “intervencionistas”, “mixtos”, “híbridos”, etc., que combinen “lo mejor” del capitalismo y del socialismo. Más allá que no puede hallarse ninguna certeza empírica sobre qué cosa podría catalogarse como “lo mejor” del socialismo, yo no conozco ningún caso de “éxito” de economías “híbridas”, ni pasados ni presentes, aun cuando la mayoría de los planes económicos mundiales son de este tipo. Es decir si, son exitosos para sus burócratas, los directores al frente del gobierno y su corte de pseudo-empresarios prebendarios, pero no lo son para nadie que no forme parte de dicho círculo. A partir de la “hibridez”, el nivel de vida de esos pueblos cayó en comparación al que tenían a comienzos del siglo XX. En lo que el capitalismo se respeta, pueden mostrar algunas variables positivas. Pero el balance neto es regresivo. Altas tasas fiscales son negativas respecto del nivel de vida de esos pueblos.

Se mencionan -como “modelos”- los casos de los países nórdicos, o de Europa occidental y los denominados “tigres asiáticos” como “ejemplos” de casos “exitosos” de intervencionismo económico o “mixto”. Si por “éxito” lo que se quiere decir -en este contexto- es “riqueza”, los datos de la historia económica nos revelan que aquellos eran mucho más ricos antes de la primera guerra mundial de lo que lo son hoy. La diferencia radica en que desde el fin de la primera guerra ha avanzado mucho el socialismo. En términos relativos, son menos ricos, aun cuando estén por encima de los países hispanoparlantes. En Latinoamérica existe más socialismo que en Europa y que en U.S.A. Por eso, es comparativamente más pobre, a pesar de sus criollos esquemas “híbridos” que los hunden más en la indigencia. En Argentina, la tasa de fiscalidad gira en torno al 45 % y cada vez hay más necesitados.

En esta línea, el “éxito” de los países europeos occidentales, los nórdicos, y asiáticos, radica en que son mas capitalistas que “híbridos”, y no a la inversa. No hay un solo caso de “hibridez” exitoso. Después de la segunda guerra mundial Europa recibió un fuerte impulso económico en virtud del denominado Plan Marshall de postguerra, lo que permitió -en gran medida- la recuperación alemana y de las demás naciones devastadas por la contienda. Los fondos del “plan Marshall” fueron provistos por los contribuyentes de un país con una economía mayormente capitalista (los EEUU). Y si bien fueron otorgados a Europa por el gobierno americano, no quita su origen capitalista (capitales privados).

Lamentablemente, la inyección de capitales recibidos en Europa en virtud de dicho plan no fue adecuadamente aprovechada por los países recipiendarios, en la medida que se reemplazó el fascismo y nazismo por el “estado benefactor” o “de bienestar”, no se abandonó el comunismo, ni se implantó una economía capitalista en ninguno de los países que habían estado involucrados en la conflagración. Con todo, se logró un restablecimiento importante que superó el de otras partes del mundo (exceptuando a los EEUU). Pero sería un gravísimo error creer o atribuir al intervencionismo o a la hibridez económica la reconstrucción. Por el contrario, esta se obtuvo merced a la adopción de cierto libre comercio (interno y externo) fuertes desregulaciones de precios y salarios, bajas tasas fiscales, reducción del gasto público, etc. Es decir todas medidas capitalistas.

El gobierno destruye riqueza. Jamás la crea, ni menos aun la “nivela”. En el mejor de los casos, le quita a “Juan” para darle a “Pedro”. Con lo cual, “Juan” pasa a ser pobre y “Pedro” rico. Es decir, es “un juego de suma cero”. La redistribución (esencia del “paradigma mixto” en el que el capitalista produce lo que el gobierno reparte) no crea riqueza. A lo máximo la estanca, pero no la aumenta. Pretender lo contrario es un oxímoron. Argentina es otro ejemplo de país con una alta tasa de redistribucionismo, y a la vez una tasa creciente de pobreza. El resto de Latinoamérica no está en condiciones demasiado diferentes.

Relativo a las populares políticas redistributivas, lamentablemente, la historia no confirma la “tesis” en cuanto a que “quitarle al rico mejora al pobre”. Tanto la teoría como la práctica nos dicen lo contrario. Hay suficiente evidencia empírica al respecto.

El capitalismo nada tiene que ver ni con la “autocracia” ni la “corporatocracia”, porque son antiéticos estos esquemas con el capitalismo. Como explicó L. v. Mises: el capitalismo es el orden de cooperación social por excelencia, no superado por ninguno otro. El capitalismo no es un sistema político, sino económico.

Por desgracia, quedan pocos países capitalistas hoy en día. Y cada vez menos. Y no subsisten porque tengan “políticas públicas” socialistas, sino a pesar de ellas. Argentina es otro ejemplo de país con “políticas públicas” por toneladas. Y ¡cada vez es más pobre! EEUU declina en la medida que aumenta la cantidad de “políticas públicas”. Y así sucede en el resto del planeta. Es una relación proporcionalmente inversa.

Nada hay “gratis” en la vida. Ni educación, ni seguro médico, ni seguro de desempleo, ni vivienda, ni préstamos. Todo tiene un costo. Nada es gratis. Seria hermoso que hubiera algo “gratis”. Pero no existe. Todo eso se financia vía impuestos que pagan todos, ricos y menesterosos. Ninguno se salva de pagar impuestos. Hasta el mendigo de la calle los paga vía menor nivel de vida. Nadie se escapa de sufragar directa o indirectamente. Lo que no paga “Juan” es porque lo costeó “Pedro”. Y lo que “Pedro” no solventó es porque “Juan” lo pagó. Ni Juan ni Pedro lo recibieron “gratis”. Esto es una ley de la naturaleza, más que de la economía.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.