El referéndum británico: una decisión con múltiples consecuencias

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 22/6/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1911639-el-referendum-britanico-una-decision-con-multiples-consecuencias

 

Los ciudadanos británicos irán hoy a las urnas para participar en un esperado referendo cuyo resultado final puede afectar a muchos, aún más allá de Gran Bretaña. Lo hacen para decidir si su país permanece entre los 28 Estados que componen la Unión Europea o si, en cambio, se aleja de ella. Como veremos enseguida, en el resultado del mencionado referendo hay mucho en juego.

A lo largo de los últimos meses, las encuestas de opinión (que, recordemos, se equivocaron feo cuando en su momento trataron de predecir los resultados de las elecciones nacionales británicas del 2015) han sugerido que quienes prefieren no innovar, esto es permanecer en la Unión Europea, finalmente se impondrán.

Esa era ciertamente la expectativa prevaleciente hasta no hace mucho. Pero en las últimas semanas quienes prefieren abandonar a la Unión Europea achicaron las distancias hasta invertir la tendencia. Ello no obstante, el reciente asesinato de Jo Cox -una joven y brillante parlamentaria socialista, que bregaba insistentemente por la continuidad de su país en la Unión Europea- parece haber alterado nuevamente las expectativas -en favor, esta vez, de permanecer en la Unión Europea- al desnudar los perfiles nacionalistas -y hasta xenofóbicos- que alimentan a muchos de quienes prefieren dejar atrás la integración con Europa.

En una surte de curiosa contrapartida, los respetados apostadores británicos sugieren, pese a todo, que los votantes de su país finalmente elegirán permanecer en la Unión Europea, posibilidad a la que, hasta no hace mucho, asignaban una chance bien importante: de nada menos que el 72%.

Lo cierto es que hoy el descontento que existe en Europa respecto de Bruselas va mucho más allá de la propia Gran Bretaña. Es grande. Del idealismo original, muchos han pasado a la desilusión. En Francia, por ejemplo, los euro-escépticos conforman el 61% de las respuestas. Mientras que en la propia Gran Bretaña ellos constituyen tan sólo el 48% de los encuestados.

Cuando se trata de opinar concretamente sobre el tema que hoy luce como el más preocupante y urgente, esto es sobre la manera de controlar la inmensa ola de refugiados que llega a la Vieja Europa desde Medio Oriente y África, el nivel de escepticismo de los europeos aumenta considerablemente. En Grecia, por ejemplo, la desaprobación de la política común sobre esa cuestión en particular es realmente enorme: del 94%. Casi total, entonces. En la moderada Suecia, ella es también muy grande, del 88%. En Gran Bretaña y Francia es del 70% y en la propia Alemania, del 67%.

En materia estrictamente económica, la desaprobación a la política común europea es también bastante clara. En Grecia es del 92%; en Italia, del 68%; en Francia, del 66%; en España, del 65%; y en Gran Bretaña (que no pertenece a la “zona del euro”), del 55%. Existe, queda visto, una suerte de decepción generalizada.

Cabe apuntar, además, que los jóvenes entre los 18 y los 34 años (que tradicionalmente son los que menos concurren a votar) prefieren ampliamente permanecer en la Unión Europea (con un 57% de ellos ubicados abiertamente en esa línea conformista), mientras que, en cambio, los mayores de 50 años se vuelcan mayoritariamente hacia la salida.

Ocurre que la profunda crisis económica de 2007-2008 aún no ha quedado atrás para buena parte de una Europa que ahora ha quedado incómodamente dividida entre países deudores y países acreedores. Por su parte, Gran Bretaña (que siempre ha estado fuera del “euro”) se recuperó de esa dura contingencia bastante más rápido que los países del continente. Tan es así, que su tasa de desempleo es hoy de apenas el 5,1%.

Los problemas de la zona del “euro”, así como el desordenado manejo de la crisis económica de Grecia (que hoy debe más dinero que al estallar su crisis), sumados a la poco eficaz conducción de la cuestión inmigratoria, han minado dramáticamente la confianza que alguna vez depositaran los europeos en sus propios organismos regionales. Por eso muchos en los Estados Miembros hoy quieren menos y no más Europa.

El tema migratorio es realmente excluyente y hoy es el que preocupa, más que ningún otro. La libertad de circulación de las personas, recordemos, está en el corazón mismo de la estructura de la Unión Europea. Es uno de sus principales cimientos. Esa libertad -que lleva ya dos décadas de vigencia ininterrumpida, desde la suscripción de los acuerdos de Schengen- motivó sin embargo que unas 333.000 personas decidieran mudarse permanentemente a Gran Bretaña el año pasado solamente. Más la mitad de ellas, cabe aclarar, son europeos.

Frente a todo esto han crecido las voces disonantes de la extrema derecha. Y el populismo. En Polonia, Austria y Hungría, con toda claridad. Pero también en Francia y Alemania. A lo que se suman las voces del Partido Independiente, en Gran Bretaña. Para ellas, en esencia, el camino a seguir es ahora el de la “des-integración”. El de la “recuperación” de la soberanía que fuera en el pasado delegada a la Unión Europea, dicen. No están más satisfechos con una Europa unida y solidaria que actúa de manera conjunta. Con todo lo que ello significa respecto de los antagonismos, excesos y rivalidades que llevaron reiteradamente al Viejo Continente a la guerra.

Cabe advertir que, aún si los británicos decidieran permanecer en la Unión Europea, el rumbo común continuará previsiblemente instalado en una nube de alta fragilidad hasta que Alemania y Francia dejen atrás sus respectivas elecciones nacionales, previstas para el año que viene.

Si hoy Gran Bretaña -que sabe bien lo que es vivir en la diversidad, desde que cuatro de cada diez residentes en Londres han nacido en el exterior- decidiera no innovar, probablemente saldría fortalecida en su futuro rol europeo.

En cambio, una decisión en favor de salir de la Unión Europea tendría consecuencias graves e imprevisibles. Actuando de pronto a la manera de un eventual terremoto.

En el plano de la política, el actual primer ministro conservador, David Cameron, que conduce a los conservadores desde el 2005 y apuesta a quedarse en Europa, seguramente caería para ser remplazado por su correligionario y rival en este tema, Boris Johnson.

En materia económica, la libra (que ya se ha debilitado ostensiblemente) perdería probablemente buena parte de su fortaleza. Entre otras razones, porque el mercado europeo (de unos 500 millones de personas) ya no estaría disponible para las empresas británicas, razón por la cual los inversores que apunten al atractivo mercado europeo deberían preferir establecerse en países distintos a Gran Bretaña, para así tener y gozar de un acceso directo al mismo.

A todo lo que cabe agregar que en la propia Gran Bretaña habría también algunas inevitables fricciones entre las distintas naciones que la componen. El Partido Nacional Escocés -que, desde una visión separatista, perdiera el referendo del 2014- renovaría quizás sus pretensiones separatistas. Y la frontera que divide a Irlanda del Norte de Irlanda del Sur se cerraría, invalidando uno de los pilares de los acuerdos de paz de 1998 y generando los problemas consiguientes. Hasta la minoría autonomista galesa podría, de pronto, resurgir si los 54 millones de ingleses -que conforman nada menos que el 84% de la población británica total y que son quienes contienen la mayor parte de las intenciones de voto en dirección hacia abandonar la Unión Europea- la obligaran a tener que dejar atrás su actual pertenencia a la Unión Europea.

Ocurre que precisamente entre los ingleses están quienes conforman la mayor parte de los nostálgicos de glorias pasadas y los nacionalistas que sienten que su identidad está en peligro. En cambio, entre los escoceses e irlandeses del norte prevalece la intención de permanecer en el seno de la Unión Europea. Por eso la campaña de quienes apuntan a quebrar el vínculo actual que los une con el resto de Europa parecería ser más una cuestión que tiene que ver con una defensa emotiva de la propia identidad, que una discusión serena sobre el costo real de la pertenencia a la integración europea, incluyendo las consecuencias de una eventual salida de ella.

Los múltiples acuerdos que serían necesarios para concretar la eventual desvinculación británica de la Unión Europea tardarían unos cinco años en negociarse y materializarse, con el daño consiguiente provocado por una larga etapa, llena de imprevisibilidad. Y en la mesa de negociaciones Gran Bretaña difícilmente encontrará la buena voluntad de aquellos de quienes pudo haber decidido separarse.

Finalmente, en materia de política exterior, la tradicional alianza diplomática británica con los EEUU, bastante desdibujada a lo largo de la última década, previsiblemente se debilitaría aún más. Quizás, significativamente. Y, presumiblemente, Berlín remplazaría en muchos temas a Londres como interlocutor preferido del país más influyente del mundo. Lo que generaría las suspicacias del caso en el resto de la Unión Europea.

Gran Bretaña quedaría entonces relativamente de costado en algunos de los temas y cuestiones más importantes -y hasta centrales- de la cargada agenda internacional, incluyendo aquellos que tienen que ver con la paz y seguridad, que no son precisamente neutros cuando de nuestra relación bilateral con los británicos se trata. Esto incluye la posibilidad de acelerar la tendencia hacia la pérdida de influencia sufrida por Gran Bretaña a lo largo de las dos últimas décadas.

Esta misma noche, seguramente, sabremos cual es el rumbo que el resultado del referendo en curso impondrá a Gran Bretaña. Y a otros. Del mismo dependerá ciertamente la marcha de la cuestionada integración europea. Si Gran Bretaña decide dejarla atrás, no es imposible que, por influjo de una Francia que entonces sería bastante más influyente que hoy, pueda volverse más proteccionista, particularmente en materia agropecuaria, lo que para nosotros no sería una buena noticia.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El problema son los infiernos, no los paraísos

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 9/4/16 en: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/el-problema-son-los-infiernos-no-los-paraisos/16559037

 

 

Más allá de la corrupción que debe solucionarse desde la raíz, en su país de origen, los paraísos fiscales son eso.

Dada la filtración de los llamados papeles de Panamá, muchos gobiernos anunciaron investigaciones, mientras la oposición pide explicaciones en países como Argentina, ya que su presidente, Mauricio Macri, aparece involucrado en sociedades offshore. El Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación reveló unos 11,5 millones de documentos que cubren más de 40 años de actividad del bufete panameño Mossack Fonseca, especializado en la gestión de capitales en paraísos fiscales, y afecta a miles de ciudadanos, incluidos más de 140 políticos.

Panamá, país de solo cuatro millones de habitantes y que depende de los ingresos del canal, que aporta casi el 80 por ciento de su PIB, tiene una ley bancaria muy liberal que atrae a muchas empresas. Según el FMI, registró el crecimiento más alto en la región durante la última década y logró notorias mejoras en sus instituciones económicas y financieras.

Con la propuesta de regulación británica para remover el secreto bancario en sus territorios offshore, Panamá permanece como el centro financiero más seguro. Allí es habitual trabajar con sociedades offshore, firmas constituidas y registradas en un país diferente del que operan, que no son ilegales pero suelen ocultar patrimonio y dinero para escapar de la voracidad fiscal de los gobiernos. Gracias, Panamá, por ello.

Desde Bruselas, la Comisión Europea recalcó que es “muy activa” en la lucha contra la evasión y recordó que los bancos europeos deben facilitar “un amplio rango de información sobre operaciones fiscales en el mundo”; es decir, obliga a las entidades financieras a delatar a sus clientes. Los gobiernos reaccionaron “indignados” frente a posibles casos de evasión fiscal, siendo, quizás, la actitud más radical –rayana con el nazismo por su intolerancia– la de la diputada argentina cercana al oficialismo Margarita Stolbizer, quien presentó un proyecto para que se prohíban todas las transferencias hacia paraísos fiscales.

A ver. Más allá de la corrupción que debe solucionarse desde la raíz, en su país de origen, lo cierto es que los paraísos fiscales son eso, paraísos. En el mercado, la gente coopera voluntariamente intercambiando productos y ganando todos. El panadero, pongamos por caso, vende el pan que le sobra y compra aquello que le conviene; por ejemplo, un camioncito para aumentar su reparto y ganar más dinero, servir mejor a los clientes y darle trabajo a un chofer.

Pero entonces aparece el Estado, el ‘gobierno’, cuya autoridad se basa en el monopolio de la violencia, dicho sin eufemismos, en la violencia. E impone impuestos, fuerza a las personas a pagar por aquello que no les conviene. Con ese dinero, entre otras cosas, crea guerras y cárceles para aquellos que no cumplen su ‘ley’, los ‘ilegales’, mientras demagógicamente dice que su fin es dar justicia y ayudar a las personas.

Frente a este abuso, es natural que las personas busquen otros lugares donde el producto de su trabajo quede más seguro, paraísos fiscales adonde la violencia estatal no llegue. Como dice Gustavo Hernández Baratta, “los Estados esquilman a sus súbditos con impuestos y asfixian con burocracias que producen regulaciones absurdas y servicios pésimos…”. Por ejemplo, en “Argentina y Uruguay los súbditos pagan más del 60 por ciento de sus ingresos al fisco”. Entonces, “quizá la palabra esclavitud recobre sentido y alguien se pregunte si el problema no es el infierno, en lugar del paraíso”.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Cuando el horror enciende las alarmas

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 28/8/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1722393-isis-cuando-el-horror-enciende-las-alarmas

 

El avance de las milicias del llamado “Estado Islámico en Irak y el Levante” parecía ser -hasta no hace sino unos pocos días- una marea incontenible. El grupo de milicianos islámicos fanáticos sunnita que responde a ese “califato”, se ha apoderado de nada menos que un tercio del territorio de Siria, así como de un tercio del territorio de Irak. En poco tiempo, entonces, ha llegado a controlar un territorio bien significativo, afectando la integridad territorial de los dos países mencionados.

Además ha capturado lo sustancial de los yacimientos de hidrocarburos que estaban en producción en el primer país y cinco yacimientos adicionales en territorio de Irak. Todo un temprano botín de guerra, que se acrecentó dramáticamente cuando -al apoderarse de Mosul, la segunda ciudad de Irak- las fuerzas de ISIS (según las siglas en inglés) se hicieron de fondos líquidos que algunos estiman en unos 500 billones de dólares.

A ello se suma, en términos de peligrosidad real, el disponer de toda suerte de modernos armamentos norteamericanos anteriormente suministrados a las fuerzas armadas de Irak, de los que esas fuerzas se apoderaron al tiempo de tomar Mosul.

No obstante, dos acontecimientos recientes, particularmente graves, parecen haber conmocionado a la comunidad internacional y, como veremos enseguida, acercado a enemigos de ayer, ahora repentinamente unidos por una dramática realidad que, para todos por igual, es inaceptable.

Nos referimos, primero, a la cobarde decapitación de James Foley, un periodista norteamericano. Realizada con fines intimidatorios, ocurrió diez años después de la del empresario Nicholas Berg por las milicias iraquíes de Abu Musab al-Zarqawi, las antecesoras directas de ISIS.

Y, segundo, a la persecución genocida de la minoría Yazidi, un pequeño grupo étnico enrolado en el zoroastrismo, cuyo pasado se hunde en la antigüedad, que casi muere de hambre, sed y frío en las montañas del norte de Irak, escapando de esas fuerzas.

Ambos hechos, por la intensa repugnancia que generan, parecen haber disparado, de pronto, todas las alarmas. Que ahora se escuchan en los más diversos rincones del mundo. Con componentes de urgencia.

Ocurre que estamos frente a un peligro real al que el propio Secretario de Defensa de los Estados Unidos, Chuck Hagel, acaba de definir como “una amenaza inminente a todos nuestros intereses”. Paradójicamente, hasta el líder religioso supremo de Irán, el Ayatollah Ali Khamenei, podría seguramente haber utilizado exactamente las mismas palabras, respecto de lo que significa para su país.

Para la vida diaria de las personas sometidas a la presencia de ISIS, su aparición en sus vidas supone una inmediata -y absolutamente depravada- regresión al pasado.

Lo que sucede en la ciudad de Raqqa, en el norte de Siria que, desde mayo del año pasado funciona como centro neurálgico de ISIS- así lo demuestra.

Allí las mujeres deben vestirse con el velo “niqab”. Los pantalones, en consecuencia, les están vedados. Corren, asimismo, el riesgo de ser circuncidadas, contra su voluntad. A los ladrones, se les amputan las manos. A las mujeres presuntamente infieles, se las apedrea hasta morir. Los opositores corren el riesgo cierto de ser decapitados o crucificados, con las imágenes de sus muertes multiplicadas y difundidas por los medios electrónicos, una de las armas constantemente utilizadas por los jihadistas. En las pocas peluquerías de mujeres que quedan en la ciudad se debe pintar de negro las imágenes femeninas de los envoltorios de los respectivos productos. La música es silenciada, como si fuera una aberración. Y los helados, así como el alcohol, están terminantemente prohibidos. Por lo demás, quien no se detiene a orar las cinco veces por día previstas por el Islam corre, instantáneamente, riesgo de vida.

Un súbito retorno a la Edad Media se ha impuesto por la fuerza. Si es necesario, a sablazos. Con prescindencia de sus circunstanciales víctimas.

Por esto, los Estados Unidos, convocados -expresamente y de urgencia- por el gobierno de Irak, han vuelto a combatir en ese país. Aunque, por ahora, tan sólo desde el aire. Sus 35 bombardeos aéreos -realizados en apenas tres días- fueron todo lo eficaces que se suponía. Porque permitieron a las fuerzas militares de la minoría kurda, los peshmerga, recuperar el control sobre la represa de Mosul, en una acción estratégicamente crítica. Insólitamente, los cazas norteamericanos debieron bombardear allí a varios sistemas de armas de origen norteamericano, que en algún momento fueran entregados al ejército de Irak, capturados por ISIS en Mosul.

En este tipo de enfrentamientos, cuando no hay apoyo aéreo, las cosas son mucho más difíciles, según lo demuestran los tres intentos fracasados por retomar la ciudad de Tikrit, emplazada a un centenar de kilómetros al norte de Bagdad, aún en manos de IRIS.

Por esto Barack Obama está pidiendo a su Congreso autorización para poder actuar desde el aire también en el espacio aéreo de Siria. Más allá de los meros vuelos de reconocimiento que ya están operando. Lo que supondría comenzar a mantener alguna coordinación con la aviación siria. Algo impensable, hasta no hace mucho.

Los milicianos son eficientes. Combaten bien pertrechados y están curtidos por tres años de una durísima guerra civil en Siria. Además imponen una confrontación basada en la movilidad constante de sus pickups artilladas. Distinta. Veloz. Cambiante. Sin demasiados blancos fijos.

Pese a la enorme importancia que cabe asignar al apoyo aéreo, lo cierto es que ninguno de los países árabes del Golfo ha participado, ni ofrecido participar, en las operaciones militares aéreas realizadas contra ese grupo fanático. Hablamos de más de un millar de cazas de última generación, estacionados en tierra. Esto, presuntamente, debería cambiar. Pronto. En línea con lo que Egipto y los Emiratos están haciendo en Libia.

La existencia esta realidad de horror y salvajismo está precipitando cambios. Como el de Alemania, que acaba de ofrecer expresamente armamentos a Bagdad. Pese a ser el tercer exportador de armas del mundo, Alemania se había -hasta ahora- opuesto insistentemente al levantamiento del embargo europeo de armas respecto de la guerra civil en Siria. Francia, mucho más activa en esto que Alemania, está desde hace rato suministrando armas a los insurgentes sirios. Hablamos de aquellos que pertenecen a las líneas más moderadas que combaten al régimen de los Assad en el norte de su país. Y está sugiriendo que Irán debería coordinar su acción contra ISIS con la del resto de la comunidad internacional. Italia, por su parte, está también suministrando armas a los opositores moderados sirios. Fuerzas especiales británicas buscan hoy en el terreno a quien se supone fuera el verdugo de James Foley.

A lo que cabe agregar que, en el plano de los hechos, las cosas también están cambiando. Las tropas de Irán, por ejemplo (a estar a las noticias difundidas por Al Jazeera) acaban de combatir junto a los kurdos en territorio iraquí, aportando una columna de 1.500 hombres, con tanques. Y los veteranos de la guerrilla kurda conocida como “PKK”, que hasta ahora sólo combatían contra el gobierno turco, hoy lo están haciendo -codo a codo- con los “peshmerga”, esto es con los milicianos kurdos iraquíes, en las cercanías de Erbil, contra ISIS.

Turquía, que tiene a 49 miembros de su consulado en Mosul secuestrados por ISIS, que los utiliza como escudos humanos, se está enfocando, por ahora, sólo en la ayuda humanitaria de los desplazados “Yazidis”.

El gran cambio en el escenario es que, de pronto, los Estados Unidos e Irán tienen, según queda visto, un enemigo común: ISIS. Que, además, está en guerra con el régimen de los Assad, en Siria.

Comprensiblemente, todos reaccionan con horror ante la repugnante brutalidad de las acciones de ISIS, desplegadas siempre con una suerte de omnipotencia arrogante, propia de quienes pretenden actuar en nombre de un Dios que (creen) no condena, sino bendice, su inhumana depravación y sus injustificables series de asesinatos.

ISIS es una amenaza mayor de la que Al-Qaeda supusiera en su momento. Inmediata. Brutal. Desafiante. Para casi todos, incluyendo a China y Rusia.

Tiene, por lo menos, unos 20.000 combatientes en Siria. Y quizás otros tantos en Irak. Dispone de billones de dólares en efectivo; vende -subrepticia, pero exitosamente- crudo y gas natural; controla recursos naturales; y hasta cobra impuestos. Y ha cooptado a un grupo de antiguos oficiales del régimen de Saddam Hussein y de su partido, el “Baath”, con amplia experiencia en el uso -y abuso- de la violencia.

Pese a que la aparición de los califatos radicales no es un fenómeno nuevo -como lo demuestra lo sucedido en Afganistán en tiempos de los “talibanes”; o en Sudán, Mali, Bengazzi o Nigeria, más recientemente- nunca esos experimentos habían obtenido tanto poder y representado un peligro directo tan enorme para la comunidad internacional.

Las banderas negras de ISIS han aparecido ya en protestas callejeras tanto en París, como en Bruselas y Londres. Puede entonces hasta pensarse que las banderas negras que representan a la intolerancia como identidad podrían aparecer, de pronto, también entre nosotros. Quizás, como alguna vez aparecieron las palestinas en nuestros estadios de fútbol. Sería grave. Particularmente cuando nuestra sociedad está aturdida por haber sido víctima de toda una década de prédica incansable de odios y resentimientos.

Ocurre que, para ISIS, todos estamos incluidos en la lista de aquellos que, si no abrazan su credo, renunciando al propio, deberían en algún momento morir. Lo que parece un absurdo en el mundo de hoy pero que, no obstante, como realidad es innegable.

Esa es, precisamente, la razón de las alarmas que hoy resuenan por doquier. Cabe recordar que los cristianos hemos, en el pasado, sido intransigentes en lo religioso. Incluyendo a Santo Tomás. Y a Juan Calvino, cuando la ejecución de Miguel Servetus. No obstante, desde el Concilio Vaticano Segundo, hemos comprendido que la fe no puede nacer y, menos aún, crecer o mantenerse a sablazos, desde que debe nutrirse de la libertad, todo lo contrario a la coacción.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.