¿Después del Brexit, el Argxit?

Por Martín Krause. Publicado el 21/2/20 en: https://www.clarin.com/opinion/-despues-brexit-argxit-_0_YVRgyhkn.html

 

El presidente Alberto Fernández realizó una serie de visitas en Europa en las que el principal tema económico considerado fue el apoyo de esos países en el proceso de renegociación de la deuda con el FMI. No hubo mención al tema del tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, pero antes del viaje se había dicho que estaría en la agenda, en particular en la reunión entre Fernández y Macron, ya que ambos estarían descontentos con el acuerdo alcanzado el año pasado y favorecerían una renegociación.

La palabra “renegociación” suena a postergación indefinida, ya que, si tomamos en cuenta los 20 años requeridos para llegar al acuerdo y los que tomaría su aprobación por todos los parlamentos de los países firmantes, si además le agregamos una nueva negociación más vale que nos olvidemos del asunto.

Si no avanza una renegociación, Argentina puede quedar aislada, ya que el año pasado se aprobó que los países del Mercosur podrían aprobar el acuerdo bilateralmente, y Brasil Paraguay y Uruguay han manifestado su voluntad de hacerlo. Si eso ocurriera sería como si Argentina se fuera del Mercosur, una especie de Argxit, pero, a diferencia de la salida de Reino Unido de la UE, no por voluntad del que se va, sino porque los que se van son los otros.

Una situación como esa, en la que el Mercosur pasara a ser un adorno para Argentina, no sería para lamentar si el país avanzara en el camino que parece seguir el Reino Unido con Boris Johnson. En una reciente conferencia en Greenwich, Johnson celebró las ideas de Adam Smith, señalando que el país debía ahora abrirse a todo el mundo. Si quedarse sola llevara a la Argentina a una posición similar sería un gran avance, ya que somos uno de los países más cerrados del planeta.

En estos días se ha dado a conocer la primera edición del Índice Internacional sobre Barreras al Comercio, producido por la Property Rights Alliance, que también elabora un índice internacional sobre la protección de los derechos de propiedad.

Este índice evalúa las restricciones al comercio en 86 países, que representan el 83% de la población mundial, el 91% de todos los bienes y servicios intercambiados y el 94% del PBI global. Toma en cuenta las barreras arancelarias, no arancelarias y a los servicios. Tiene un cuarto componente, la “facilitación” del comercio, que incluye aspectos tales como la protección de la propiedad. Argentina se encuentra en el puesto 71° de 86 países. Singapur y Hong Kong ocupan los dos primeros, y Suecia está 5°. Pese a que todos somos parte del Mercosur, Paraguay está 53°, Uruguay 56° y Brasil, peor que nosotros, 77°. Claro que si estos países firman el acuerdo con la UE avanzarán varias posiciones y probablemente nos dejen al final de la lista.

El tratado con la UE no iba a garantizar el libre comercio para los argentinos. Lo importante del tratado eran las limitaciones institucionales que podía introducir. En un país donde los límites al poder son débiles o inexistentes, un acuerdo como éste podía introducir límites a la discriminación económica desde el poder, que no somos capaces de darnos nosotros. Los lobbies dictan la política comercial y muchas de las políticas sectoriales, pero con el tratado esto podría haberse reducido. No va a ser una apertura el comercio internacional, pero sería una excelente forma de empoderar a los argentinos y dejarlos usar su bien ganado dinero en aquello que estimen más conveniente y de poner límites al uso del poder en favor de los privilegiados.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

¿Vuelve el ajuste del Fondo Monetario?

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 19/12/19 en: https://www.ambito.com/economia/fmi/vuelve-el-ajuste-del-fondo-monetario-n5072110

 

MENSAJE. Kristalina Georgieva destacó la importancia que tiene la Argentina -principal deudor- para el FMI.

MENSAJE. Kristalina Georgieva destacó la importancia que tiene la Argentina -principal deudor- para el FMI.
Un clásico, los políticos prometen y luego hacen “lo que pueden”, por no decir lo contrario. A pesar del discurso, el Gobierno terminará coincidiendo con el FMI lo que, en rigor, no sorprende ya que ambos son de origen keynesiano a pesar de la efectista crítica del maestro de Guzmán -Stiglitz- al organismo.

Con las retenciones a la exportación que estimaba el IARAF en 35% (quedará en 33%) para la soja, 28% el trigo (15%), 25% el maíz (15%), y 10% girasol y los productos industriales, el Estado recaudaría el 0,45% del PBI, unos $90.000 M. Por cierto, el campo produce alimentos para 450 M de personas y los políticos se rasgan las vestiduras con la intención de implementar un Consejo contra al hambre, de algunos miles cuando, según la CRA, el Estado se queda con el 60% de la producción agrícola, como para alimentar a varios cientos de millones.

Con la suspensión de la Reforma Tributaria de 2017, continúa el IARAF, el Estado recaudaría otro 0,5% del PBI, $100.000 M. Y si se duplica la alícuota de Bienes Personales, sumaría el 0,15% del PBI, $30.000 M adicionales. Contando con que cuando un impuesto sube, sube la evasión, quedaría por financiar alrededor del 1% del PBI, unos $200.000 M.

En cuanto al impuesto del 30% al dólar, el propósito no sería recaudar pesos, sino “cuidar las reservas” -visto que sólo la balanza turística en 2019 quedaría negativa en u$s5.000 M- como si la curva libre de oferta-demanda no fuera el equilibrio con la oferta real, y la inflación no fuera la causante de la devaluación del peso. Por cierto, el BCRA, por la caída en el precio de los bonos y otros títulos, tenía un patrimonio neto negativo de $423.405 M al 30 de noviembre. También el FGS de la ANSES tuvo una fuerte desvalorización.

Así, el déficit que todavía queda, si pretenden no emitir ni endeudarse -veremos si lo logran- en buena parte lo pagarían los jubilados -al son del FMI- ya que el gasto total en ese rubro del Presupuesto equivale al 10,5% del PBI. Otorgarían dos bonos de $5.000 a los que cobran “la mínima”, pero suspenderían por “sólo” 180 días -será que luego viene el mítico “segundo semestre” de Macri- la fórmula de movilidad, que se actualiza (70%) en base a la inflación y (30%) a los sueldos estatales y que aumentaría entre 50% o 60% las jubilaciones en 2020, superando a la inflación del 40% que espera Economía.

Si sumamos algún tipo de freno al alza salarial -se habló al principio de suspender las paritarias- el ajuste pasaría por una caída de los ingresos reales de los niveles medios. No por nada se enardecen los ciudadanos cada vez que el FMI pasa por algún país. O sea, que existe una continuidad de fondo con el macrismo, así como Macri no discontinuó el kirchnerismo: de las vías del Estado para quitar recursos al mercado -impuestos, inflación y endeudamiento- el Gobierno tendría la intención de bajar la inflación y el endeudamiento, pero compensarlo con suba de impuestos y un ajuste que, así las cosas, probablemente quede neutralizado por la caída del PBI, ergo, la recaudación.

Los políticos han tenido éxito vendiendo la idea de que los bienes estatales son del pueblo cuando son suyos. Por caso, Aerolíneas Argentinas tiene un histórico déficit que pagan, sobre todo, los pobres con sus impuestos -recordando que las cargas fiscales son necesariamente derivadas hacia abajo- para que viajen los de niveles económicos más altos y, por cierto, sus dueños, los políticos. Con la venta de estas propiedades podría recaudarse como para no tener que realizar ajuste alguno y, además, el Estado se convertiría en menos gastador.

De hecho, el sector público nacional acumuló un superávit primario en los primeros 11 meses de 2019 de 0,1%, del PBI. En tanto, el déficit financiero fue del 2,7%. El déficit de diciembre de 2019 rondaría el 0,9% y así el primario del 2019 quedaría en 0,8%, del PBI. Ahora, esos resultados se alcanzaron precisamente con importantes ingresos “no tributarios”, como la venta de centrales hidroeléctricas y tenencias del FGS, por un total equivalente al 2,1% del PBI, compensando la caída de la recaudación tributaria.

En fin, a favor del país volvería cierto viento de cola. A nivel global, los precios de los alimentos en términos reales están 45% debajo de la media desde 1902, pero el índice de la FAO alcanzó en noviembre su máximo de los dos últimos años, impulsado por la carne -dada la peste porcina en China- y el aceite.

Por otro lado, según Morgan Stanley, gracias a un acuerdo parcial entre EE.UU. y China y el triunfo de Boris Johnson que aseguraría el brexit para el 31 de enero y una política fiscal más benévola, la economía global crecería 3,4% hacia fines de 2020 contra el 2,9% del cuarto trimestre de 2019.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

 

Brexit Uncertainties Will Continue To Haunt Business Prospects In The United Kingdom

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 17/9/19 en:  https://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2019/09/17/brexit-uncertainties-will-continue-to-haunt-business-prospects-in-the-united-kingdom/#552528ad1eeb

 

“We have many issues that go to a referendum in Switzerland. But after the results come in, and we know who won, the government immediately works to implement the decision. It has been three years since the Brexit vote. What is going on?”

I had the privilege of spending several days in London recently, and the above question by a friendly Swiss journalist to our host at a dinner helped confirm my views of what has been taking place in London: a concerted effort to negate the results of the June 23, 2016 election.

The dinner was a memorable moment and at a historical place: the Houses of Parliament. I was invited by a committed conservative, a member of the House of Lords who has direct knowledge of the situation, processes and players. He is also uniquely familiar with the talents and character of Prime Minister Boris Johnson. I received the invitation before anyone knew how critical the week would be. There were only four of us at the table during that hectic evening, during which our host had to leave four times during drinks and dinner to go and cast votes. His manners and demeanor made it all easy, despite the sad fact nothing is easy in contemporary British politics and business.

The acute discussions also revealed to me that there are other battles beyond Brexit. In the first interview after her resignation, former Work and Pension Minister Amber Rudd emphasized the word “moderate” several times. Whenever there is a mention of the 21 members of Parliament who were expelled for voting with the opposition to delay Brexit further, the word “moderate” never fails to appear. One side is depicted as “moderate, moderate, moderate” while those who intend to enact the will of the majority are portrayed as radical clowns who do not play by the rules.

The goal of the anti-Brexit conservatives is to undermine Boris Johnson and to take the conservative party back to a John Major-David Cameron line.

But beyond London, in the regions favorable to Brexit, it is a different world. The conservatives who do not support Boris Johnson know that they are walking a fine line. At the moment they might like being portrayed by the establishment as putting “country over party,” but they know they could soon be portrayed as putting “the European Union and London over country.”

Outside the city, and perhaps inside as well, many agree with the analysis by Theodore Dalrymple (pen name of Anthony Malcolm Daniels). According to Dalrymple, those who protest Johnson’s decision to suspend Parliament “are not trying to defend parliamentary democracy, about which they do not give a fig; what they are protesting against is that the votes of those persons whom they consider ignorant, uneducated, prejudiced, xenophobic, and so forth, have a chance of being taken seriously, indeed as seriously as their own. This is an outrage to their dignity.”

For those who live in the DC area, this attitude is not new: it is the same attitude that inspires resistance to most of the Trump agenda, made possible only by the votes of “deplorables.”

When in her first post-resignation interview Amber Rudd was asked about Boris Johnson’s views, she answered, “He also prefers to get a deal but he is not working to get a deal.” I got a different impression from hearing the lengthy committee interview of Michael Gove, Minister for the Cabinet Office, and the BBC interview of Sajid Javid, Chancellor of the Exchequer. Gove answered: “There is no good date to leave the EU with no deal,” and, “Boris Johnson is being helpful.” After each question about what could happen in specific sectors with a no-deal Brexit, Gove explained possible and plausible scenarios. He was not improvising.

Defending Democracy via the Deep State

Defend Democracy gathering in front of the Parliament. But not now. Only Boris Johnson pushing for a vote

ALEJANDRO CHAFUEN

Javid argued that Brexit is the government’s central focus. But when asked for the evidence, a draft of the plans, he avoided specifics, and answered by saying that they hold two to three meetings a week. But why has no document or Brexit deal been shared? Javid answered he is aware of plans for a new Brexit deal, but he will not share them. He supported Boris Johnson’s argument that they need to be ready to play the no-deal Brexit card; otherwise the EU would have full power to impose its will or block Brexit indefinitely. By blocking a no-deal Brexit, the Remainers were actually kneecapping the Conservative government.

I recently wrote an article about the admirable economic liberalization and deregulation law passed in Brazil. I asked those who wrote it if their bureaucracies played a helpful role, and they answered that they avoided working with their own “public servants.” They did it all quietly, within their inner circle. Any advance knowledge of the details would have been used by the Brazilian Deep State and their allies to derail the plans. I get the sense that the same is happening now in the United Kingdom. The British government’s Civil Contingencies Secretariat, for instance, produced a document called Operation Yellowhammer, which it tried to keep confidential. The document details the worst-case scenarios and risk areas of a no-deal Brexit. Those who oppose Brexit are using this analysis to create fear and change some minds.

The U.K. divisions and polarization are as great as in the United States, and the talking points are set. One party argues that Parliament is disobeying the people, the other that Boris Johnson is disobeying the law. Both accuse the other side of being anti-democratic. The longer this division and impasse continues, the more business will suffer.

Helen Dale, a writer who follows British politics closely, recently wrote an article for Law and Liberty stating that “everyone involved in this tremendous national contretemps looks at the word ‘democracy’ and – depending on how they answer the Leave/Remain question – defines it differently.” But in an ominous forecast, Dale writes that the impasse could go on for a very long time. She continues: “Maybe the definition of Hell really is re-fighting the 2016 Referendum for all eternity,” and asserts, “We are trapped in a sort of Brexit limbo that – given the electorate is still divided 52:48 Leave:Remain – may not be resolved even by a general election later this year.”

A general election seems the most logical approach and the only way that the Brexit vote will be respected. All serious analysis, the political road signs, and recent actions by Boris Johnson point to a national election. As the polls are currently in his favor, his opponents are trying to delay elections as long as possible, hoping the political winds start blowing against Johnson. Each party, nevertheless, is positioning its forces and frame its narrative for what they know is an inevitable national election. The Liberal Democrats, for example, have vowed to abolish Brexit altogether.

UK Parliament against voters

Those who voted for Brexit demonstrating against the Parliament working to nullify their vote

ALEJANDRO CHAFUEN

If Parliament does not call for a new election (they need two-thirds of the vote), then Boris Johnson will face three choices: challenging the law passed by Parliament, obeying that law, or handing his resignation to the Queen, who would then have to call for a new government. Jeremy Corbyn is the next in the order of succession, and a Corbyn government would likely not last long. His anti-market, pro-socialist views would be much more damaging for U.K. business than a no-deal Brexit. There will likely be a call for another election before the end of the year. The anti-Johnson and anti-Brexit conservatives will hope to position one of their own “moderates” as an alternative: one possibility is Kenneth Clark, who was one of the 21 expelled and was the longest-serving member of Parliament.

Additional factors in what looks like a road to a general election are the role of Nigel Farage and his Brexit party, and the views and role of Boris Johnson’s chief adviser, Dominic Cummings. Boris Johnson now seems to have stolen the thunder from Nigel Farage and his support for a clean-cut Brexit. Many on Johnson’s team believe Farage offered a pact to the conservatives in which he will work to deliver the rural votes from Northern England in exchange for Tories maintaining their support for Brexit. In a recent interview, Farage cast some doubts on Boris Johnson’s commitment to a no-deal Brexit. Given that Boris Johnson has lost six straight votes in Parliament and that he is 30 seats short of a majority, Farage believes that a new election before the end of the year is inevitable.

Dominic Cummings’s role has led to many discussions and conspiracy theories. From 2007 to 2014, Cummings was special adviser to then-Education Secretary Michael Gove. Cummings is often compared to Steve Bannon, who occupied a similar position under President Donald Trump. Cummings played a key role in the Vote Leave victory in 2016. Bannon helped Trump achieve his 2016 victory. Bannon is now out, having achieved part of his goals, and is now engaged in another leave campaign: “Leave behind the tyranny of the Deep State.” Those who know Cummings think he will be happy just to achieve Brexit and then move to his next crusade. Cummings, like Bannon, wants to strike a blow against the Deep State, or its U.K. distinguished name, “civil servants.”

The division of power in the U.K. points to a scenario with continued uncertainty, which will affect business decisions until Brexit is complete. If Brexit is blocked, the many who feel disenfranchised will in future elections increase their support for Nigel Farage and his Brexit party.

In a recent piece on Forbes.com, Clem Chambers opined, “The U.K. stock market is increasingly telling us Brexit is dead.” I do not look at short-term market moves for forecasting. In the month after the Brexit vote, the Financial Times Stock Exchange went up almost 10 percent, from 6139 to 6730, and it now stands close to 7300. Although I do not buy the argument that stocks are pointing to a dead Brexit, I do believe that the establishment in London feels they are on the winning side. But theirs might be a Pyrrhic victory, since disrespecting the Brexit vote would very likely lead to a left-wing Jeremy Corbyn government and then, after some political wrangling, a more populist right-wing government. Either way, the increased uncertainty will continue to be a drag on U.K. business. Each side will have plenty of ammunition for blaming the other.

The journalist I mentioned at the beginning indicated that all Swiss civil servants work to implement the results immediately after a referendum. In Great Britain, on the other hand, it has been more than three years since the Brexit vote, and most U.K. civil servants seem to have proved that their goal is to resist it. Helen Dale’s use of the terms limbo and hell to refer to the Brexit impasse seems appropriate. As I write these words, we are waiting for the Courts to decide if the Scottish Courts were right when they judged it illegal for Boris Johnson to close Parliament temporarily. Yesterday, in what seemed an ambush against him, Boris Johnson decided to pull out of the final press conference when he saw that the podiums were moved outside, near a crowd of hecklers. For many, it all makes for a unique and entertaining political spectacle, but for those who do business in the United Kingdom, it is also a source of prolonged uncertainty.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE. Síguelo en @Chafuen 

Gran Bretaña: después de la tormenta

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 30/6/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1913999-gran-bretana-despues-de-la-tormenta

 

Los británicos eligieron claramente salir de la Unión Europea . Parecía una opción indeseable, pero los votos finalmente dijeron lo contrario. Los ciudadanos mayores impusieron a la juventud británica un camino que ella no quería, empujándola hacia un futuro de encierro que las encuestas demuestran no es precisamente el que los jóvenes pretendían.

Esa es la realidad, innegable por otra parte. A partir de ahora cabe esperar un proceso de pérdida creciente de influencia británica en todos los escenarios del mundo. Y un momento, quizás prolongado, de fuerte inestabilidad y de intensa fragilidad política doméstica.

El costo de la decisión británica ha sido -para todos- inmenso en términos de destrucción de valor. Más allá de la propia Gran Bretaña. El gran responsable político de lo sucedido, el primer ministro conservador, David Cameron , ya ha renunciado. Ha pasado claramente a la historia como el inepto causante de esta tremenda tormenta, cuyos efectos serán de largo plazo.

El orden europeo se ha fracturado y sus cimientos están conmovidos. Los dos principales partidos políticos británicos quedaron sumidos en las naturales luchas por atribución de responsabilidades y las pretensiones de inmediatos nuevos liderazgos. Tanto el conservador David Cameron, como el laborista Jeremy Corbyn, están hoy en la mira de sus propios correligionarios, con una baja capacidad de supervivencia. El ascenso del conservador Boris Johnson, que pretende reemplazar a David Cameron puede no ser nada simple. Sucede que hay muchos, entre los conservadores, que le asignan buena parte de la responsabilidad central por lo acontecido, desde que Johnson estuvo entre los partidarios encendidos de alejarse de la Unión Europea.

El Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, anunció rápidamente una visita a Bruselas y Londres para evaluar las opciones de su país en el futuro inmediato. Mientras desde la OTAN se pronunciaba la primera verdad: “Gran Bretaña será, en más, un socio menos efectivo y menos confiable en el escenario del mundo”. Por decisión propia, curiosamente. Se ha dado entonces un paso más en lo que es un lento proceso británico de decadencia.

Londres, como centro financiero, será sensiblemente menos atractivo. Muchas de sus operaciones y actividades están siendo ya presurosamente transferidas a Dublin, Frankfurt o Berlín. Por ahora, al menos. La libra está en su nivel más bajo de los últimos treinta años, perjudicando a sus tenedores, que han visto evaporarse velozmente buena parte de su poder adquisitivo. Las acciones de los bancos europeos cayeron de inicio un fuerte dieciocho por ciento. La sombra de la crisis del 2008 ha vuelto a aparecer.

Como en todo divorcio, los términos de la separación de bienes entre la Unión Europea y los británicos comenzarán pronto a ser discutidos, con un horizonte de no más de dos años de conversaciones y tratativas. Hablamos de un proceso que hasta ahora no ha sido recorrido sustancialmente por nadie. Lleno de incertidumbre, en consecuencia, que proyecta todo lo contrario a las sensaciones de claridad, previsibilidad, confiabilidad y certeza que los empresarios, con razón, siempre priorizan. Hasta que aclare, la actitud general está ya a la vista: las empresas congelan el empleo y postergan sus inversiones. Así de simple.

Como consecuencia de lo sucedido, es también bastante previsible que la propia Unión Europea se transforme en una organización algo más proteccionista. Especialmente en el sector agrícola, al impulso de sus voces menos librecambistas: las de Francia e Italia. Lo que puede afectar las lentas conversaciones que apuntan a un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Gran Bretaña, ahora en libertad de acción, podría quizás lograrlo bilateralmente.

En materia de tecnología, propiedad industrial y telecomunicaciones, las voces que propugnan mayor regulación y menor libertad de acción seguramente aumentarán su impacto y su sonoridad. Algo parecido podría ocurrir en lo que tiene que ver con las normas que aseguran la libre competencia, que previsiblemente serán interpretadas más flexiblemente, debilitando en paralelo a los respectivos organismos reguladores.

La dosis de apoyo a la libertad económica y a los mecanismos de mercado que ha prevalecido en la Unión Europea puede disminuir, mientras -en contrapartida- las voces proteccionistas, intervencionistas y hasta simplemente dirigistas previsiblemente se entonarán.

En paralelo, en la propia Unión Europea crecerán presumiblemente las propuestas populistas y nacionalistas que han infectado ya a muchos de los Estados miembros. Y probablemente las propuestas de expansión del número de Estados miembros, incluida la tan delicada que tiene que ver con Turquía, deberán seguramente esperar.

Ocurre que la utopía de una Europa sin Estados-nación y sin conflictos, dirigida por unaelite que nadie eligió en las urnas no tiene el respaldo de la gente. Por lejana, opaca y hasta por arrogante.

Además, porque en esencia esa utopía no es, ni pretende ser, democrática. Por eso el aumento del escepticismo, primero, y el creciente deseo de cambio, ahora.

El sueño de una indefinida federación europea ha dejado de cautivar. Muchos quieren menos y no más Europa. La voluntad política requerida para profundizar la integración en cuestiones en curso, tales como la unión monetaria, un mercado común de capitales, un esquema conjunto de garantía de los depósitos cambiarios, la emisión de bonos europeos como mecanismo de financiamiento común, un esquema conjunto de defensa y seguridad, quedarán demoradas. Por un buen rato, presumiblemente.

Una organización creada en su momento para evitar las guerras entre sus miembros ha caminado ya por casi seis décadas, pero su ciclo está hoy en una fase que ahora transmite la necesidad de generar ordenadamente alguna desintegración. De devolver alguna soberanía a sus Estados miembros, en temas concretos.

Hay escepticismo, es cierto, pero además se advierte nativismo, populismo y nacionalismo, tendencias que no son precisamente el alimento requerido para una aceleración de la integración. Sino, todo lo contrario. Mal momento para la Unión Europea. No necesariamente terminal, pero desilusionante por cierto. Y peligroso para la marcha en común, ahora amenazada, que ya no será acompañada por una Gran Bretaña que eligió el portazo.

A manera de reflexión final, cabe señalar que, pese al resultado específico del reciente referendo británico, hay quienes creen que el mismo no es necesariamente definitivo. Esto quiere decir que, podría eventualmente haber una nueva convocatoria a un segundo referendo para tratar de revertir el resultado del primero.

Para ello recuerdan que tanto Dinamarca, como Irlanda, tuvieron primeros referendos con resultados adversos a la Unión Europea, que luego se corrigieron mediante un segundo referendo sobre el mismo tema que no convalidó la primera decisión.

En el caso de Dinamarca cuando, en 1992, sus ciudadanos votaron por el rechazo del Tratado de Maastricht. En el de Irlanda cuando, en 2001, los irlandeses no aceptaron el Tratado de Niza y, otra vez, cundo en 2008, se pronunciaron en contra de ratificar el Tratado de Lisboa.

¿Qué habría que hacer para lograr, esta vez, una nueva convocatoria? Primero, desde la Unión Europea, emitir alguna señal de que hay disposición para permitir -provisoriamente- poner algún límite o cuota anual al derecho de los ciudadanos de los demás países que integran la Unión Europea de residir en Gran Bretaña. En rigor, en cualquiera de los Estados miembros. Segundo, que los dirigentes británicos interpreten que ello permitiría una nueva consulta popular. ¿Es posible? Casi todo lo es, pero en este caso la alternativa no luce nada probable.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El referéndum británico: una decisión con múltiples consecuencias

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 22/6/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1911639-el-referendum-britanico-una-decision-con-multiples-consecuencias

 

Los ciudadanos británicos irán hoy a las urnas para participar en un esperado referendo cuyo resultado final puede afectar a muchos, aún más allá de Gran Bretaña. Lo hacen para decidir si su país permanece entre los 28 Estados que componen la Unión Europea o si, en cambio, se aleja de ella. Como veremos enseguida, en el resultado del mencionado referendo hay mucho en juego.

A lo largo de los últimos meses, las encuestas de opinión (que, recordemos, se equivocaron feo cuando en su momento trataron de predecir los resultados de las elecciones nacionales británicas del 2015) han sugerido que quienes prefieren no innovar, esto es permanecer en la Unión Europea, finalmente se impondrán.

Esa era ciertamente la expectativa prevaleciente hasta no hace mucho. Pero en las últimas semanas quienes prefieren abandonar a la Unión Europea achicaron las distancias hasta invertir la tendencia. Ello no obstante, el reciente asesinato de Jo Cox -una joven y brillante parlamentaria socialista, que bregaba insistentemente por la continuidad de su país en la Unión Europea- parece haber alterado nuevamente las expectativas -en favor, esta vez, de permanecer en la Unión Europea- al desnudar los perfiles nacionalistas -y hasta xenofóbicos- que alimentan a muchos de quienes prefieren dejar atrás la integración con Europa.

En una surte de curiosa contrapartida, los respetados apostadores británicos sugieren, pese a todo, que los votantes de su país finalmente elegirán permanecer en la Unión Europea, posibilidad a la que, hasta no hace mucho, asignaban una chance bien importante: de nada menos que el 72%.

Lo cierto es que hoy el descontento que existe en Europa respecto de Bruselas va mucho más allá de la propia Gran Bretaña. Es grande. Del idealismo original, muchos han pasado a la desilusión. En Francia, por ejemplo, los euro-escépticos conforman el 61% de las respuestas. Mientras que en la propia Gran Bretaña ellos constituyen tan sólo el 48% de los encuestados.

Cuando se trata de opinar concretamente sobre el tema que hoy luce como el más preocupante y urgente, esto es sobre la manera de controlar la inmensa ola de refugiados que llega a la Vieja Europa desde Medio Oriente y África, el nivel de escepticismo de los europeos aumenta considerablemente. En Grecia, por ejemplo, la desaprobación de la política común sobre esa cuestión en particular es realmente enorme: del 94%. Casi total, entonces. En la moderada Suecia, ella es también muy grande, del 88%. En Gran Bretaña y Francia es del 70% y en la propia Alemania, del 67%.

En materia estrictamente económica, la desaprobación a la política común europea es también bastante clara. En Grecia es del 92%; en Italia, del 68%; en Francia, del 66%; en España, del 65%; y en Gran Bretaña (que no pertenece a la “zona del euro”), del 55%. Existe, queda visto, una suerte de decepción generalizada.

Cabe apuntar, además, que los jóvenes entre los 18 y los 34 años (que tradicionalmente son los que menos concurren a votar) prefieren ampliamente permanecer en la Unión Europea (con un 57% de ellos ubicados abiertamente en esa línea conformista), mientras que, en cambio, los mayores de 50 años se vuelcan mayoritariamente hacia la salida.

Ocurre que la profunda crisis económica de 2007-2008 aún no ha quedado atrás para buena parte de una Europa que ahora ha quedado incómodamente dividida entre países deudores y países acreedores. Por su parte, Gran Bretaña (que siempre ha estado fuera del “euro”) se recuperó de esa dura contingencia bastante más rápido que los países del continente. Tan es así, que su tasa de desempleo es hoy de apenas el 5,1%.

Los problemas de la zona del “euro”, así como el desordenado manejo de la crisis económica de Grecia (que hoy debe más dinero que al estallar su crisis), sumados a la poco eficaz conducción de la cuestión inmigratoria, han minado dramáticamente la confianza que alguna vez depositaran los europeos en sus propios organismos regionales. Por eso muchos en los Estados Miembros hoy quieren menos y no más Europa.

El tema migratorio es realmente excluyente y hoy es el que preocupa, más que ningún otro. La libertad de circulación de las personas, recordemos, está en el corazón mismo de la estructura de la Unión Europea. Es uno de sus principales cimientos. Esa libertad -que lleva ya dos décadas de vigencia ininterrumpida, desde la suscripción de los acuerdos de Schengen- motivó sin embargo que unas 333.000 personas decidieran mudarse permanentemente a Gran Bretaña el año pasado solamente. Más la mitad de ellas, cabe aclarar, son europeos.

Frente a todo esto han crecido las voces disonantes de la extrema derecha. Y el populismo. En Polonia, Austria y Hungría, con toda claridad. Pero también en Francia y Alemania. A lo que se suman las voces del Partido Independiente, en Gran Bretaña. Para ellas, en esencia, el camino a seguir es ahora el de la “des-integración”. El de la “recuperación” de la soberanía que fuera en el pasado delegada a la Unión Europea, dicen. No están más satisfechos con una Europa unida y solidaria que actúa de manera conjunta. Con todo lo que ello significa respecto de los antagonismos, excesos y rivalidades que llevaron reiteradamente al Viejo Continente a la guerra.

Cabe advertir que, aún si los británicos decidieran permanecer en la Unión Europea, el rumbo común continuará previsiblemente instalado en una nube de alta fragilidad hasta que Alemania y Francia dejen atrás sus respectivas elecciones nacionales, previstas para el año que viene.

Si hoy Gran Bretaña -que sabe bien lo que es vivir en la diversidad, desde que cuatro de cada diez residentes en Londres han nacido en el exterior- decidiera no innovar, probablemente saldría fortalecida en su futuro rol europeo.

En cambio, una decisión en favor de salir de la Unión Europea tendría consecuencias graves e imprevisibles. Actuando de pronto a la manera de un eventual terremoto.

En el plano de la política, el actual primer ministro conservador, David Cameron, que conduce a los conservadores desde el 2005 y apuesta a quedarse en Europa, seguramente caería para ser remplazado por su correligionario y rival en este tema, Boris Johnson.

En materia económica, la libra (que ya se ha debilitado ostensiblemente) perdería probablemente buena parte de su fortaleza. Entre otras razones, porque el mercado europeo (de unos 500 millones de personas) ya no estaría disponible para las empresas británicas, razón por la cual los inversores que apunten al atractivo mercado europeo deberían preferir establecerse en países distintos a Gran Bretaña, para así tener y gozar de un acceso directo al mismo.

A todo lo que cabe agregar que en la propia Gran Bretaña habría también algunas inevitables fricciones entre las distintas naciones que la componen. El Partido Nacional Escocés -que, desde una visión separatista, perdiera el referendo del 2014- renovaría quizás sus pretensiones separatistas. Y la frontera que divide a Irlanda del Norte de Irlanda del Sur se cerraría, invalidando uno de los pilares de los acuerdos de paz de 1998 y generando los problemas consiguientes. Hasta la minoría autonomista galesa podría, de pronto, resurgir si los 54 millones de ingleses -que conforman nada menos que el 84% de la población británica total y que son quienes contienen la mayor parte de las intenciones de voto en dirección hacia abandonar la Unión Europea- la obligaran a tener que dejar atrás su actual pertenencia a la Unión Europea.

Ocurre que precisamente entre los ingleses están quienes conforman la mayor parte de los nostálgicos de glorias pasadas y los nacionalistas que sienten que su identidad está en peligro. En cambio, entre los escoceses e irlandeses del norte prevalece la intención de permanecer en el seno de la Unión Europea. Por eso la campaña de quienes apuntan a quebrar el vínculo actual que los une con el resto de Europa parecería ser más una cuestión que tiene que ver con una defensa emotiva de la propia identidad, que una discusión serena sobre el costo real de la pertenencia a la integración europea, incluyendo las consecuencias de una eventual salida de ella.

Los múltiples acuerdos que serían necesarios para concretar la eventual desvinculación británica de la Unión Europea tardarían unos cinco años en negociarse y materializarse, con el daño consiguiente provocado por una larga etapa, llena de imprevisibilidad. Y en la mesa de negociaciones Gran Bretaña difícilmente encontrará la buena voluntad de aquellos de quienes pudo haber decidido separarse.

Finalmente, en materia de política exterior, la tradicional alianza diplomática británica con los EEUU, bastante desdibujada a lo largo de la última década, previsiblemente se debilitaría aún más. Quizás, significativamente. Y, presumiblemente, Berlín remplazaría en muchos temas a Londres como interlocutor preferido del país más influyente del mundo. Lo que generaría las suspicacias del caso en el resto de la Unión Europea.

Gran Bretaña quedaría entonces relativamente de costado en algunos de los temas y cuestiones más importantes -y hasta centrales- de la cargada agenda internacional, incluyendo aquellos que tienen que ver con la paz y seguridad, que no son precisamente neutros cuando de nuestra relación bilateral con los británicos se trata. Esto incluye la posibilidad de acelerar la tendencia hacia la pérdida de influencia sufrida por Gran Bretaña a lo largo de las dos últimas décadas.

Esta misma noche, seguramente, sabremos cual es el rumbo que el resultado del referendo en curso impondrá a Gran Bretaña. Y a otros. Del mismo dependerá ciertamente la marcha de la cuestionada integración europea. Si Gran Bretaña decide dejarla atrás, no es imposible que, por influjo de una Francia que entonces sería bastante más influyente que hoy, pueda volverse más proteccionista, particularmente en materia agropecuaria, lo que para nosotros no sería una buena noticia.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.