Bruno Frey: La relación entre eficiencia y la organización política. El fracaso del estado es mayor que el del mercado

Por Martín Krause. Publicada el 7/6/17 en: http://bazar.ufm.edu/bruno-frey-la-relacion-eficiencia-la-organizacion-politica-fracaso-del-estado-mayor-del-mercado/

 

Con los alumnos de Public Choice vemos a Bruno Frey en “La relación entre eficiencia y la organización política”, donde compara el fracaso del estado y el del mercado. En verdad, en el caso de este último, se trata más bien de su ausencia, por la ausencia de derechos de propiedad. También, por la comparación con una situación ideal que no existe ni podría existir :

“A. El fracaso del mercado

Los mercados privados competitivos no logran un óptimo de Pareto o un resultado eficiente cuando existen externalidades o bienes públicos o cuando las economías de escala llevan a los proveedores a una posición monopolista. Éste fue el mensaje de la teoría económica de posguerra, que gozó de general aceptación. En consecuencia, el gobierno (que, según se da por sentado, tiene que elevar al máximo el bienestar social) debe intervenir para obtener un resultado más eficiente. Después de haber llegado a esta conclusión, considerándola satisfactoria, los políticos obran en consecuencia, tanto en el nivel microestructural (e. g., nacionalizando empresas o llevando a cabo políticas estructurales) como en el macroestructural (adoptando una política fiscal y monetaria de neto corte keynesiano).

Esta concepción, que dominó la escena económica hasta fines de la década del sesenta y parte de la del setenta, todavía existe en la actualidad. Si bien no es sorprendente que muchos políticos continúen aprovechando esta invitación a aumentar las actividades gubernamentales, también comparten este punto de vista destacados representantes de la teoría económica. Por ejemplo, en el enfoque neoclásico de la economía pública, los impuestos y los precios públicos se determinan sobre la base del supuesto de que el gobierno eleva al máximo el bienestar social.

  1. El fracaso del gobierno

El advenimiento de la moderna economía política (que incluye la elección pública, el nuevo institucionalismo y el análisis de los derechos de propiedad y de los costos de transacción), en la que se da por sentado en todos los aspectos que el gobierno es un actor endógeno dentro del sistema político-económico, afectó notablemente la ortodoxia respecto del fracaso del mercado (por ejemplo, véanse los trabajos de Mueller, 1989; Eggertsson, 1990, y Frey, 1983). En este enfoque se analizan cuidadosamente las propiedades de los sistemas de toma de decisiones políticas.

El “Teorema de imposibilidad general” (Arrow, 1951, cuyo antecedente es Condorcet, 1795), que establece la conclusión fundamental de que bajo supuestos “razonables” no existe un equilibrio político entre opciones siempre que se tomen en cuenta las preferencias individuales, despertó gran interés entre los eruditos. Los resultados electorales revelan una inestabilidad cíclica; en el caso de los asuntos multidimensionales, pueden abarcar todo el espacio político, incluyendo los resultados ineficientes (McKelvey, 1976).

Otros fracasos políticos también han sido objeto de un profundo análisis: debido al problema de los bienes públicos involucrado, los votantes no tienen demasiados incentivos para informarse acerca de la política y para participar en los procesos electorales; el resultado medio de una elección resultante de una competencia perfecta entre dos partidos en general no es eficiente; no todos los intereses en juego tienen la misma capacidad de establecer grupos de presión política (Olson, 1965); y las burocracias y la búsqueda de rentas constituyen un elemento adicional para desnaturalizar las asignaciones destinadas a lograr eficiencia.

Sobre la base de estos y otros fracasos políticos se ha llegado a la conclusión de que el gobierno no puede superar las deficiencias del mercado. Lo que ocurre en la realidad es más bien que la intervención política impide aun más la eficiencia. Un ejemplo de esto es el incentivo gubernamental en favor de la creación de un ciclo de negocios (Nordhaus, 1989) que incremente sus posibilidades de reelección.

  1. El fracaso del gobierno es más significativo que el fracaso del mercado

La moderna economía política ha alcanzado resultados tan convincentes que en este momento los eruditos ortodoxos piensan que los fracasos del mercado tienen menos importancia que los fracasos políticos. Esta creencia se afianza aun más por el redescubrimiento de la proposición de Coase (1960) de que si los derechos de propiedad están bien definidos y los costos de transacción son bajos, las externalidades no impiden el funcionamiento de un mercado eficiente. Además, se considera cada vez más que las ganancias de las empresas monopolistas son un indicador de eficiencia en la producción. De estos resultados se desprende que los mercados funcionan bien y la política funciona mal (véase un análisis de este tema en Wintrobe, 1987, pp. 435-6, o en Wittman, 1989, pp. 1.395-6), y en consecuencia habría que reducir generalmente la intervención gubernamental o eliminarla por completo, reservando la asignación de recursos a los mercados privados.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA. 

Chantaje y balance comercial

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 22/2/17 en El Cronista Comercial.

 

Resulta increíble que se repitan los mismos errores una y otra vez, en verdad harta tal como lo haría el observar una misma calesita toda la vida.

Uno de los ministerios creados por este gobierno, el Ministerio de la Producción, cuyo nombre preanuncia problemas en la producción como si ésta necesitara del aparato estatal para concretarse (del mismo modo que el ministerio de bienestar social asegura malestar), ahora reitera la estrategia de Martínez de Hoz y tantos otros gobernantes: si los empresarios no bajan los precios se amenaza con liberar la importación del producto en cuestión para que la competencia los haga bajar.

Pero ¿no se percatan las autoridades, por una parte, que abrir el comercio es un requisito para mejorar el nivel de vida de la gente en toda circunstancia y, por otra, esta técnica del chantaje genera un sistema arancelario en serrucho que perjudica gravemente la producción local ya que se traduce en cuellos de botella insalvables entre los insumos y los productos finales?

No habla muy bien de mi capacidad didáctica el confesar que el ministro de Producción fue alumno mío en una maestría. Aunque para ser benévolo conmigo mismo tal vez pueda decirse que no es un tema de claridad sino de desacuerdo con los postulados básicos de la economía en lo que respecta al ministro en cuestión.
También nos preocupan otras manifestaciones respecto al cuidado que habría que tener con el comercio exterior dada la espada de Damocles que pende sobre el riesgo de balanzas comerciales desfavorables, lo mismo que acaba de decir Donald Trump en Estados Unidos en el contexto de sus trifulcas con México y China.

Pero en una sociedad abierta es irrelevante la balanza comercial, lo clave es la balanza de pagos que no hay modo de desequilibrarla puesto que las cuentas de importaciones y las exportaciones se compensan con el movimiento de capital.

Más aun, como han escrito autores como Jacques Rueff, es muy común que países de gran progreso muestren balances comerciales considerados muy desfavorables puesto que reciben grandes dosis de capital, mientras que otros países pobres reflejan balances comerciales que se estiman muy favorables.

Por su parte, Frédéric Bastiat ejemplificaba con un productor de vino francés que exportó por valor de 100 y lo malvendió en Inglaterra e ingresó consecuentemente a Francia el producido de ese mal negocio por valor de 50. En la aduana lo alabaron porque contribuyó a que el país contabilizara una balanza comercial favorable. Otro compatriota productor de vinos, también exportó por 100 pero pudo realizar jugosos negocios en tierras inglesas por lo que ingresó 500 como importación, lo cual fue tomado con desagrado por los agentes aduaneros ya que contribuyó a provocar un balance comercial negativo.

Por más que éstas políticas se lleven a cabo con buenas intenciones como es el caso local (Trump por el momento es impredecible), perjudican mucho a la gente.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

El fiasco de la política fiscal expansiva

Por Iván Carrino. Publicado el 11/8/16 en: http://www.ivancarrino.com/el-fiasco-de-la-politica-fiscal-expansiva/

 

En el gobierno creen que la economía va a reactivarse una vez que pongan en marcha la parafernalia del gasto estatal. Una pena que no se haya aprendido la lección de Kicillof.

Un joven emprendedor estaba preocupado por sus finanzas personales. Tras meses de pensar y pensar, no encontraba la forma de incrementar sus ingresos, por lo que decidió buscar ayuda consultando a dos amigos economistas.

El primer profesional que visitó se identificaba con la corriente principal del pensamiento económico. Es decir, esa que de acuerdo con Peter Boettke abarca desde David Hume y Adam Smith y llega hasta F. A. Hayek y James Buchanan.

La conversación se dio de esta forma:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Bueno querido amigo, te recomiendo que ahorres un poco cada mes, y luego busques invertir ese ahorro en un proyecto productivo que le sirva a la gente. De esa manera vas a generar una rentabilidad que te permitirá ganar esos $ 100 que estás buscando.

Luego de visitar a su primer contacto, se dirigió al segundo. Su nuevo consejero también era economista, pero identificado con la corriente keynesiana. La charla fue la siguiente:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Muy fácil mi estimado, tienes que salir a gastar $ 100.

Desde el punto de vista keynesiano, el motor del crecimiento económico es el gasto público. Cuando el gobierno gasta, entonces genera ingresos para una parte de la economía, pero esta parte luego lo vuelca a otros sectores generando un “efecto multiplicador” que reactiva el consumo, la demanda agregada y el bienestar social. Para que el efecto multiplicador tenga un impacto verdadero, el gasto debe ser preferentemente deficitario. Así, el déficit público aparece como la receta perfecta para encender la economía cuando ésta se encuentra alicaída.

La tesis keynesiana está prendiendo en el gobierno. Recientemente en La Nación, el periodista Néstor Scibona escribía que, para cambiar las expectativas de la economía, el gobierno tenía pensada una batería de instrumentos. Entre ellos, el principal era una “política fiscal expansiva, basada en mayor ritmo de ejecución de obras públicas de carácter social y licitaciones de nuevos proyectos de infraestructura vial y ferroviaria (…) y el pago de juicios y/o mejora de haberes a más de 2 millones de jubilados de ingresos medios”.

Como se observa, luego de reconocer que el déficit era uno de los principales económicos a resolver y que las cuentas fiscales debían ordenarse para bajar la inflación, ahora el gobierno parece que se compromete a hacer precisamente lo contrario. Darle “bomba” al gasto público (e incumplir sus objetivos de déficit) con la ilusión de que así la economía vuelva a crecer.

El problema de este enfoque es que ya se aplicó y fue un estruendoso fracaso.

Durante la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, los ministros Lorenzino y Kicillof llevaron adelante una agresiva política fiscal. El déficit, que sin la contabilidad creativa ya ascendía a $AR 84.300 millones en 2012, se multiplicó por 4 en 2015, ascendiendo a $AR 370.000 millones o más del 6% del PBI.

El efecto de esta expansión del gasto deficitario del gobierno no fue el esperado por los keynesianos. Durante esos 4 años, la economía estuvo prácticamente estancada, creciendo al 0,3% promedio por año y reduciendo el producto per cápita de los argentinos. Por si esto fuera poco, el período estuvo signado por el aumento del nivel de pobreza.

Lo curioso del gobierno actual no es tanto que no haya aprendido la lección de “la era Kicillof”, sino que no escuche la opinión de los propios miembros de su equipo económico al respecto. En el año 2013, Federico Sturzenneger publicó un libro titulado “Yo no me quiero ir”. Allí explicaba por qué los aumentos del gasto público no reactivaban la economía:

Una manera de ver que el impacto (de aumentar el gasto público) puede no ser significativo, parte de entender que cuando el gobierno gasta, primero tiene que conseguir el financiamiento para ese gasto; es decir, tiene que cobrar impuestos o tomar la plata prestada. Pero esto implica que mientras gasta por un lado, le resta un poder de compra similar a quienes les está cobrando impuestos o de quienes está tomando deuda

Nada es gratis. Ni siquiera el déficit fiscal. Si el gobierno gasta y cobra impuestos, no hay un mayor gasto total. Si gasta con déficit, alguien tiene que financiar el déficit prestándole plata al tesoro. Si nadie lo hace, todavía queda la inflación, que no es otra cosa que la imposición de un nuevo impuesto que reduce la capacidad de consumo de la gente.

La idea de que el aumento del gasto público estimula la economía tiene pies de barro tanto en la teoría como en la práctica. Así que un consejo para el actual equipo económico es que deje de guiarse por los cantos de sirena de los gastoadictos y siga en el camino de equilibrar las cuentas públicas.

Solo si se baja el déficit achicando el gasto habrá posibilidad de bajar impuestos. Y solo con una menor carga tributaria Argentina tendrá la probabilidad de volver a crecer para alcanzar a los países que progresan en el mundo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.