No se cumplirán las metas de inflación

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 30/3/17 en:

 

Solo un “milagro” podría hacer que se cumpla cualquiera de las metas del gobierno. No veremos ni el crecimiento, ni las inversiones prometidas, ni las metas de inflación a pesar de casi todos los pronósticos a favor. Ahora, lo más preocupante de esto -y que realmente pone al país en jaque- no es tanto que los objetivos no se logren, sino que no sucederá porque son pura fantasía, no hay argumentos racionales detrás de esas metas.

Existen todo tipo de “explicaciones” irracionales acerca de por qué la base monetaria creció 31.7% -según figura en el pasivo de la hoja de balance del BCRA- en 2016 pero la inflación la superó en 9 puntos llegando a 40.9%, según el Indec, superando en más de 11 puntos la suba del 2015 (29.2%), suponiendo que estos datos sean reales. Dicen que se debió a una “inflación reprimida atrasada” (¿?) y otras tantas excusas.

Ese aumento que no pueden explicar se debe en buena parte a las Lebacs -y ahora los pases- que son precisamente el instrumento preferido del BCRA para “combatir la inflación”. Así, las “metas” de la autoridad monetaria no solo tienen ningún fundamento, sino que el propio BCRA es su peor enemigo. Ya les gustaría a los políticos que las Lebacs fueran anti inflacionarias, así podrían emitir todo lo que quisieran -el sueño keynesiano- total después “neutralizan” la inflación absorbiendo billetes con la venta de papeles.

Las Lebacs -y ahora los pases- por el contrario, son “doblemente inflacionarias”: porque lo son en sí mismas -estrictamente- y porque terminan reduciendo la producción de bienes y servicios al desviar fondos hacia la bicicleta financiera. El error de creer que son anti inflacionarias proviene de un equivocado ejemplo neo clásico -la teoría económica hoy más popular- muy difundido: si hay diez pesos y diez manzanas cada manzana vale un peso (por relación directa), lo que es falso.

La inflación nada tiene que ver con el precio de las manzanas -solo indirectamente- sino que es un problema intrínseco, propio de la moneda, es un problema de exceso de oferta y por sobre la demanda, independientemente del precio de la manzana.

Así, lo que ocurre en la realidad es lo siguiente. Si hay diez pesos y diez personas quieren comprar manzanas, cada una podrá ofrecer hasta un peso por manzana. Pero si luego se emiten otros diez pesos, entonces, cada persona que sigue demandando dinero para comprar diez manzanas, ahora puede pagar hasta dos pesos por manzana.

Y la inflación ya está producida, ya no tiene vuelta atrás porque se da en tiempo real. Como dice la sabiduría popular: los precios nunca bajan. Entonces, lo que el gobierno pretende es absorber dinero de modo de provocar una deflación que contrarreste a la inflación, lo que no tiene sentido.

Lo que ocurre es lo siguiente. Supongamos que el gobierno ofrece Lebacs con el fin de absorber los diez pesos excedentes. Lo que provoca es un aumento de las tasas de interés, logrando que -estimemos- 6 personas en lugar de pensar en manzanas prefieran dejar ese dinero “invertido”. Como el gobierno absorbe los excedentes, quedan los diez originales, pero ahora hay seis personas que ya no quieren comprar manzanas, quedan solo cuatro que demandan dinero para comprar y como hay diez pesos en el mercado (los originales), estas cuatro personas pueden pagar hasta dos pesos con cincuenta por cada manzana. O sea que aumentó la inflación por culpa de las Lebacs.

Pero, además, este desvío de fondos hacia la bicicleta financiera hunde la productividad y por tanto provoca un aumento de precios -del IPC- que no es lo mismo que inflación. A la vez la caída en la productividad provoca una disminución en la demanda de dinero.

Y aquí existe otro error en la economía neo clásica: confundir aumento del IPC con inflación. Insisto, la inflación es un fenómeno intrínseco de la moneda y, por tanto, directamente independiente del IPC. Eventualmente un aumento del IPC puede darse como consecuencia de la baja en la productividad por descapitalización del mercado, aunque no exista emisión excesiva.

Como caso interesante está el “ajuste de tarifas” encarado por Macri como consecuencia de la baja en los subsidios. En primer lugar, los precios deben ser fijados por el mercado en tiempo real y no digitados desde el gobierno, luego lo cierto es que los subsidios eran pagados por los contribuyentes que, además, solventaban la burocracia intermediaria.

Lo que debió hacerse, entonces, era descontar los impuestos con los que se pagaban los subsidios más la burocracia, y luego cobrar las tarifas sin subsidios produciéndose un círculo virtuoso porque ahora, el contribuyente, pagaría tarifas más altas pero le sobraría lo que se gastaba en la burocracia. Y el IPC no habría aumentado, e incluso bajado.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

EL GASTO PÚBLICO COMO CAUSANTE DE POBREZA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 5/11/16 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2016/11/05/el-gasto-publico-como-causante-de-pobreza/

 

PobrezaLa mayoría de los argentinos se indignan cuando ven espantosas fotos de niños desnutridos en nuestro país. Pero, al mismo tiempo, la mayoría de los argentinos pide un aumento del gasto público para solucionar la tragedia. La tragedia es que ese aumento del gasto es lo que produce la pobreza.

Lamento cansar al lector si repito que, para aumentar el gasto, el estado no tiene sino tres recursos: impuestos, inflación o deuda externa.

Los impuestos siempre implican una menor producción de bienes y servicios, porque son una exacción de lo que podría haber sido destinado al ahorro, pero mucho más los impuestos a la renta y sobre todo los progresivos, porque desalientan la inversión y eliminan recursos que se podrían haber destinado al ahorro. Todo lo cual implica menor capitalización, lo cual implica menor demanda de trabajo, menor salario real, y mayor pobreza.

Por ende, cuanto menos impuestos, mejor.

La inflación tiene como consecuencia directa la fuga de capitales y la falta de ahorro en el mercado local de capitales, todo lo cual implica descapitalización y, por lo mismo, mayor pobreza.

Y la deuda, en algún momento se paga. Con default, con hiperinflación, con mayores impuestos. Todo lo cual implica mayor descapitalización y, por ende, mayor pobreza.

No es una casualidad, por ende, que desde que la Argentina comenzó a aumentar el gasto público, sus niveles de pobreza hayan ido aumentando proporcionalmente. La tragedia cultural es que pocos relacionan una cosa con la otra, y se acusa de ser insensibles al tema de la pobreza a quienes advertimos permanentemente por el aumento del gasto público.

Ese es el drama cultural de la Argentina. El mundo social no es fruto de tornados o tsunamis. Es fruto de las ideas y creencias de quienes conforman el mundo social. No es la corrupción el drama de la Argentina, sino estas ideas estatistas de la mayor parte de la gente de buena voluntad.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El dinero emitido llega primero a los que no producen, al final (devaluado) llega a los que producen

Por Martín Krause. Publicado el 27/9/15 en: http://bazar.ufm.edu/el-dinero-emitido-llega-primero-a-los-que-no-producen-al-final-devaluado-llega-a-los-que-producen/

 

Argentina, o Venezuela, han vuelto al conocimiento y la comprensión que se tenía hace unos sesenta años en cuanto a la inflación se refiere. En Junio de 1959, Ludwig von Mises dictó seis conferencias en Buenos Aires. Éstas fueron luego publicadas y las consideramos con los alumnos de la UBA en Derecho. Su cuarta conferencia se tituló, precisamente “Inflación”. Mises comenta:

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“La expresión metafórica ‘nivel de precios’ nunca debe usarse. Cuando la gente habla de un ‘nivel de precios’ piensa en la imagen del nivel de un líquido que va hacia arriba o hacia debajo de acuerdo con el aumento o reducción de su cantidad, pero que, como el líquido en un tanque, siempre sube uniformemente. Pero en los precios no existe tal cosa como un ‘nivel’. Los precios no cambian con la misma amplitud y en el mismo momento. Siempre hay precios que cambian más rápidamente, subiendo o bajando más rápidamente que otros precios. Y existe una razón para ello.

Considere el ejemplo del empleado público que recibió ese nuevo dinero agregado al dinero circulante. La gente no compra hoy precisamente los mismos bienes y en las mismas cantidades en que lo hizo ayer. El dinero adicional que el gobierno imprimió e introdujo en el mercado no es utilizado para comprar todos los bienes y servicios. Es utilizado para la compra de ciertos bienes, cuyos precios subirán, mientras que otros productos se mantendrán en los mismos precios vigentes antes que el nuevo dinero fuera puesto en el mercado. Por ello, cuando la inflación comienza, diferentes grupos dentro de la población son afectados por esta inflación en forma diferente. Aquellos grupos que consiguen el nuevo dinero son los primeros en ganar un beneficio temporario.

Cuando el gobierno infla la cantidad de dinero para librar una guerra, tiene que comprar municiones, y los primeros en obtener el dinero adicional son los fabricantes de municiones y los trabajadores de esas industrias. Estos grupos están ahora en una posición muy favorable. Tienen mayores ganancias y mayores sueldos; su negocio se mueve. ¿Por qué? Porque ellos fueron los primeros en recibir el dinero adicional. Y teniendo ahora más dinero a su disposición, están comprando. Y están comprando a otra gente que está fabricando y vendiendo los productos que desean estos fabricantes de municiones. Esta otra gente forma un segundo grupo. Y este segundo grupo considera a la inflación como muy buena para los negocios. ¿Por qué no? ¿No es maravilloso vender más? Por ejemplo, dice el propietario de un pequeño restaurante en la vecindad de una fábrica de municiones: ‘¡Es realmente fabuloso! Los trabajadores de la fábrica de municiones tienen más dinero, hay muchos más trabajadores ahora que antes, todos vienen a mi restaurante. Estoy muy feliz por eso’. No ve razón alguna para pensar de otra manera.

Esta es la situación: aquella gente a quien el dinero llega primero ahora tiene un mayor ingreso y todavía pueden comprar muchos productos y servicios a precios que corresponden a la anterior situación del mercado, la situación que existía al comienzo de la inflación. Por consiguiente están en una posición favorable. Y así la inflación continúa paso a paso, de un grupo de la población a otro. Y todos aquellos a quienes el dinero adicional les llega al principio de la situación inflacionaria se benefician, porque están comprando algunas cosas a precios todavía correspondientes a la fase previa del tipo de intercambio entre el dinero y los bienes.

Pero existen otros grupos en la población a quienes este dinero adicional les llega mucho, mucho más tarde. Esta gente está en una posición desfavorable. Antes que ese dinero adicional les llegue, están forzados a pagar mayores precios que los que pagaban antes por algunos – o por prácticamente todos – los productos que desean comprar en tanto que su ingreso ha continuado siendo el mismo, o no se ha incrementado proporcionalmente con los precios.”

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Inflación, poder adquisitivo y nivel de precios

Por Gabriel Boragina. Publicado el 27/6/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/06/inflacion-poder-adquisitivo-y-nivel-de.html

 

“Cuando rige el sistema de trueque, si el precio de una docena de huevos es de un kilogramo de manteca, el poder adquisitivo de una docena de huevos será, inter alía, de un kilogramo de manteca. El poder adquisitivo de una docena de huevos será también una décima parte de un sombrero, etcétera. A la inversa, el poder adquisitivo de la manteca equivale a su precio en términos de huevos; en este caso, el poder adquisitivo de medio kilogramo de manteca es media docena de huevos. Después de la aparición del dinero, el poder adquisitivo de una docena de huevos es igual a su precio monetario, que en nuestro ejemplo es un dólar. El poder adquisitivo de medio kilogramo de manteca será cincuenta centavos de dólar, el de un sombrero diez dólares, etcétera. “[1]

Los debates sobre la inflación, que se han puesto de moda nuevamente en virtud de las altas tasas inflacionarias existentes sobre todo en los países latinoamericanos, suelen centrarse en un aspecto que -en el fondo- resulta irrelevante y que es el del aumento de los denominados “índices generales de precios”, soslayando de esta manera el verdadero problema que representa la inflación, y que consiste en el paulatino o acelerado deterioro del poder adquisitivo del dinero, explicado este último concepto de manera clara por el formidable profesor Rothbard. Lo determinante del proceso inflacionario es que descalabra el precio de cada unidad monetaria, lo que genera -del lado inverso- aquel efecto al que se le llama aumento de precios. En rigor, lo que exactamente sucede es que la inflación ocasiona la baja del precio del dinero. Es por esto que decimos que la inflación consiste en un fenómeno enteramente monetario, y no debido a otro tipo de causas. Porque la emisión que es su origen y que en un contexto de curso forzoso y legal repercute sobre el precio del dinero en forma directa y principal, sólo secundaria pero inexorablemente lo hace en el precio de los demás bienes y servicios.

“¿Cuál es, entonces, el poder adquisitivo, o el precio, de un dólar? Será una vasta gama de todos los bienes y servicios que pueden adquirirse con un dólar, es decir, de todos los bienes y servicios existentes en la economía. En nuestro ejemplo, podríamos decir que el poder adquisitivo de un dólar es igual a una docena de huevos, o a un kilogramo de manteca, o a una décima parte de un sombrero, etcétera. En suma, el precio o poder adquisitivo de la unidad monetaria será una gama de las cantidades de bienes y servicios alternativos que pueden adquirirse con un dólar. Dado que esta gama es heterogénea y específica, no puede resumirse en alguna cifra de nivel de precios unitaria.”[2]

La explicación demuestra la inutilidad de la pretensión de tratar de unificar las diferentes variaciones de precios en relación a un precio o índice común a todos ellos. Lo que en otras palabras nos dice la cita es que no hay un solo poder adquisitivo para el dólar (o la moneda que fuere en cada país) sino que habrá tantos poderes adquisitivos diferentes para una moneda específica de acuerdo a las diferentes valoraciones que las partes contratantes otorguen a dos tipos de bienes diferentes, a saber: por un lado, la moneda que será medio de intercambio, y por el lado siguiente, al bien o servicio que será el objeto de intercambio final. De este entrecruzamiento de valores (que también será diferente de conformidad a las particulares subjetividades de las partes contratantes) saldrá como resultado el verdadero poder adquisitivo de la moneda en cada caso particular. Es decir, el poder adquisitivo variará conforme a cuál sea la derivación de cada operación particular e individual de intercambio.

“Mises también pone de manifiesto la falacia del concepto de “nivel de precios” cuando analiza precisamente cómo aumentan los precios (es decir, disminuye el poder adquisitivo del dinero) en respuesta al incremento de la cantidad de dinero (suponiendo, desde luego, que los planes individuales de demanda de saldos en efectivo o, en términos más generales, las escalas de valores individuales permanecen constantes). En contraste con la hermética concepción económica neoclásica que separa el dinero y los niveles de precios de los precios relativos de los bienes y servicios individuales, Mises demostró que un incremento de la oferta monetaria influye de manera diferente en las distintas esferas del mercado, y con ello modifica inevitablemente los precios relativos. Supongamos, por ejemplo, que la oferta de dinero aumenta un 20 por ciento. El resultado no será, como da por sentado la economía clásica, un simple aumento general del 20 por ciento en todos los precios. Imaginemos, a título de suposición, el caso más favorable, que podríamos denominar el modelo del Arcángel Gabriel, según el cual el Arcángel Gabriel desciende de las alturas y de la noche a la mañana incrementa el saldo de caja de todo el mundo precisamente en un 20 por ciento. Ahora bien, no todos los precios aumentarán simplemente un 20 por ciento, porque cada individuo tiene una escala de valores diferente, un ordenamiento ordinal diferente de las utilidades, incluso las utilidades marginales relativas de los dólares y de todos los otros bienes de su escala de valores. A medida que aumenta el stock de dólares de cada persona, sus adquisiciones de bienes y servicios variarán de acuerdo con la nueva posición que éstos ocupan en su escala de valores respecto de los dólares. Por lo tanto, variará la estructura de la demanda, al igual que los precios relativos y los ingresos relativos de la producción, y se modificará también la composición de la gama de bienes y servicios que constituyen el poder adquisitivo del dólar.”[3]

Lo que constituye a nuestro juicio en la refutación más lúcida que se haya dado del concepto falaz de “nivel general de precios” o de “índice de precios” en el que insisten muchos economistas, y cuyo valor solamente puede ser estadístico o meramente académico.

[1] Murray N. Rothbard, “La teoría austriaca del dinero”, Revista Libertas Nº 13 (Octubre 1990) Instituto Universitario ESEADE, pág. 2-3

[2] Murray N. Rothbard idem nota anterior.

[3] Murray N. Rothbard, idem nota anterior.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.