La Escuela Austríaca de Economía (9° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/09/la-escuela-austriaca-de-economia-9-parte.html

 

“La intrincada organización del capital para producir distintos bienes de consumo es gobernada por el sistema de precios (price signals) y el cuidadoso cálculo económico que hacen los inversores. Si se distorsiona el sistema de precios, los inversores cometerán errores en la organización de los bienes de capital. Una vez que el error se hace manifiesto, los agentes económicos reordenarán sus inversiones, pero en el ínterin se habrán perdido recursos muy valiosos [9]”[1]

Es lo que se ha llamado despilfarro de capital, porque al intervenir en el mercado a través de diferentes mecanismos el gobierno altera los indicadores económicos. Uno de esos medios de interferir en el mercado es la inflación, pero no es el único. Hay otras injerencias, como la fijación de precios políticos a bienes (entre los cuales está la moneda) y servicios. Los errores vendrán dados porque los inversores calcularán sobre precios previamente falseados.  En otros términos, sobre precios políticos y no de mercado. De alguna manera, cabria incluir en términos generales aquellos precios (que son resultado de distorsiones creadas por la inflación) dentro de la categoría de precios políticos de momento que la inflación sólo puede ser generada políticamente. Si bien los tradicionales precios políticos son los máximos y mínimos, por medio de los cuales los gobiernos pretenden fijar deliberadamente nuevos sistemas de precios, la inflación al distorsionar los precios de mercado produce un efecto similar, a veces involuntario por parte del funcionario a cargo de la máquina de imprimir dinero, otras veces voluntario. Pero si nos atenemos a los resultados, los precios resueltamente siempre sufrirán distorsión por motivos de origen político.

“Proposición 10: Las instituciones sociales suelen ser el resultado de la acción humana, pero no del designio humano. Muchas de las instituciones y de las prácticas sociales más importantes no son el resultado del diseño directo sino que son un subproducto de acciones que se realizaron para alcanzar otros fines. Un estudiante en el Medio Oeste (Midwest) de los Estados Unidos, que intenta llegar rápido a clase durante el mes de enero (invierno boreal), a fin de evitar el frío decide tomar un atajo a través de un jardín en lugar de seguir el camino más largo alrededor del mismo. Al haber acortado su trayecto caminando por el jardín, el estudiante ha dejado algunas huellas en la nieve; en la medida en que otros estudiantes sigan estas huellas, harán que las marcas en el camino queden cada vez más definidas. Aunque el objetivo de cada uno de estos estudiantes es simplemente llegar a clase tan pronto como sea posible, y evitar así las frías temperaturas, en el proceso han creado un sendero en la nieve que, de hecho, sirve a otros estudiantes, que arribarán más tarde, para alcanzar su objetivo más fácilmente. La historia del “sendero en la nieve” viene a ser un ejemplo gráfico de lo que es un “producto de la acción humana, que no es resultado del designio humano” (Hayek, 1948, p. 7).”[2]

El propósito no fue crear un camino, sino llegar más rápido al lugar de destino. De la misma manera y siguiendo lo que dijimos antes, cuando los gobiernos emiten moneda, muchas veces su intención no es causar inflación, sino que, vía de doctrinas económicas erróneas y creyendo que el dinero es riqueza en sí mismo, quieren dotar a la gente de mayor poder de compra, cuando en realidad están ocasionando el efecto inverso. Este fenómeno que también se denomina de las consecuencias no intentadas o no queridas, sucede en muchos ámbitos de la vida, no sólo en el económico como ese ejemplo de la cita comentada lo ilustra bien.

Friedrich A. von Hayek ha trabajado mucho sobre esta idea y la ciencia económica le debe grandiosas contribuciones. Pero su precursor fue -sin lugar a dudas- Adam Smith, quien ya en 1776 introduce la teoría en su obra magna “La riqueza a de las naciones” a través de su célebre metáfora (tantas veces tan malinterpretada) de “la mano invisible”. Por ella, no es la beneficencia lo que anima a la gente a intercambiar sus productos con los de otras personas, sino que lo son motivaciones egoístas, entendido este término como de interés propio, y no con el sentido estrecho que normalmente se le da. En el caso, no está en el designio de los hombres trabajar y producir para beneficiar a otros, por ejemplo, el objetivo primordial del empleado en su empleo no es laborar para favorecer a su patrón, sino hacerlo para recibir una paga por ello. Y a la inversa, muchas veces la solidaridad en lugar de ayudar a su destinatario lo perjudica.

Pero las injerencias estatales en el perímetro de la economía son los ejemplos más claros donde ello sucede. Así, el llamado “estado de bienestar” o “benefactor” está inspirado en la proposición de que el gobierno debe dotar a la gente de recursos para su felicidad y abundancia.

“La economía de mercado y su sistema de precios son ejemplos de un proceso similar. Las personas no se proponen crear el complejo entramado de intercambios y señales de precios que constituyen una moderna economía de mercado. Su intención, simplemente, es mejorar la propia situación vital, pero sin embargo su comportamiento da como resultado el sistema de mercado. El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia, entre otros, constituyen fenómenos sociales cuyo origen no obedece al designio humano, sino a las personas que se esfuerzan en lograr su propio progreso, y que durante ese proceso generan un resultado que beneficia al todo social [10] “[3]

Este es -como también ha explicado F. v. Hayek- un mecanismo espontáneo o -en sus propias palabras- un orden espontáneo, expresión que, a primera vista, resultaría contradictoria pero que, sin embargo, lejos está de serlo como la menor experiencia puede comprobar. Por ejemplo, “El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia” y otras instituciones sociales no fueron fruto de la premeditada decisión, ni de una persona, ni de un grupo de ellas, sino consecuencia de la acción humana, que, si bien indudablemente siempre es intencional en mira de resultados individuales, en sus consecuencias sociales no lo es.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

 

Un superávit que marca la decadencia

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 27/5/19 en: https://www.ambito.com/un-superavit-que-marca-la-decadencia-n5033764?fbclid=IwAR16NxiQOzz5kDK7j8J_yrzMBEap-NxKQcJqgtgqR3u7rUJeDXRINuwgY0A

 

Un superávit que  marca la decadencia

Como anticipamos varias veces que sucedería, todos están recalculando la evolución del PBI a la baja, y lo seguirán haciendo, a no dudarlo. Ahora en el Ministerio de Economía calculan que caerá el 0,8% en 2019, contrastando con el 0,5% del Presupuesto, pero todavía son optimistas, sobre todo al afirmar que la economía crecerá en 2020.

Veámoslo por el lado de la balanza comercial. En abril de 2019 el superávit fue de u$s1.131 M, así el primer cuatrimestre tuvo un resultado de u$s3.147 M -Ecolatina estima u$s10.000 M para todo 2019- contrastando con el déficit de u$s3.260 M en 2018. Y para el Gobierno esto es alentador. En realidad, tiene una doble lectura negativa.

En primer lugar, en abril las exportaciones crecieron, en cantidades el 10,3%, pero solo un 1,7% i.a. en efectivo debido a la baja de los precios de cas un 8%. En el acumulado del primer cuatrimestre caen el 1,2%. Considerando la fuerte devaluación del peso superior al 50%, mejorando la competitividad argentina, claramente las exportaciones se desarrollan mal a consecuencia de la caída en la productividad.

Por su lado, el desplome de las importaciones es consecuencia del PBI que cae con un futuro deprimente. Las compras al mundo se derrumbaron el 31,6%, acumulando una caída en lo que va del año del 28,9%. No solo muestra que sigue bajando el consumo sino también las inversiones futuras, ya que la importación de bienes de capital se contrajo el 42%, la de piezas y accesorios para bienes de capital un 28%, las de bienes intermedios -necesarios para procesos industriales- el 17% y la de combustible y energía un 7%.

Por cierto, a esas flojas exportaciones aportaron sobre todo las de productos primarios que subieron el 18,8%, aunque un 29,5% en cantidades dado que desde mediados de 2018 el precio FOB de la soja en Argentina cayó el 12% en promedio. A este panorama desalentador hay que sumarle la fuerte caída de las cotizaciones internacionales y el dólar artificialmente planchado por el Gobierno.

La “guerra” entre Trump y China, los mayores stocks de cereales dada la mayor producción en EE.UU. y la posibilidad de que áreas dedicadas al maíz pasen a producir soja, la fiebre porcina en China -los cerdos consumen harina de soja- parecen haber tenido un impacto en la cotización de la soja. Aunque otros opinan lo contrario: la guerra arancelaria podría favorecer a las exportaciones de Brasil y Argentina -segundo y tercer productor global, respectivamente- al mercado chino y no sería la fiebre porcina un factor bajista ya que el mayor consumo es el de las personas no de los cerdos.

En cualquier caso, el ambiente internacional se tensa. Si EE.UU. cierra sus fronteras, China podría acelerar su capacidad para fabricar aviones comerciales, la inteligencia artificial que ya tiene un desarrollo importante tanto que los bancos han incorporado tecnología para escanear el más mínimo movimiento facial y detectar posibles indicios de fraude y tantas otras industrias.

A esta competencia y a la falta de acceso a uno de los mercados más grandes del mundo, la sentirán los accionistas en EE.UU. Al frenazo del comercio global, cuya expansión será inferior al 2,6%, según la OMC, contrastando con el 3% de 2018, podrían agregársele otras cosas como que Pekín rife los bonos del Tesoro de EE.UU. que tiene en cartera, unos u$s1.100.000 M, o que devalúe la moneda para compensar los aranceles de Trump que, por otro lado, dice que puede derivar parte -unos u$s15.000 M- de lo que recaude con el aumento de los aranceles a los exportadores agrícolas (soja, maíz, trigo y arroz) deprimiendo más los precios internacionales. Precios bajos, retenciones y dólar planchado, reprimido, afectarán el nuevo ciclo productivo, advierten productores. La renta fija que ajusta por CER -Boncer 2020 (TC20)- tiene una TIR de 33,05% mientras que el Bonar 20 AO20 (AO20D)- bono en dólares que también vence en 2020- rinde 18,59%. Semejantes tasas evidencian un enorme caos en el mercado monetario y de deuda fogoneado desde el Gobierno. El problema es que, como toda represión, en algún momento va a estallar, de un modo o de otro. Es infantil la idea de que se puede mantener algo comprimido mientras se busca la solución para que no se desborde, le estallará en la cara.

Es imposible desenmarañar esto sin liberar y sincerar al mercado. El dólar planchado destruirá la producción -sobre todo si se hace en base a mantener las tasas altas-, ergo, la recaudación impositiva. Pero cuando lo liberen -o cuando estalle, las tasas parecieran indicar un desfasaje de base del orden del 15%- la deuda en dólares -y con el FMI- se complicará mucho dado el modelo macrista de sostener un Estado más que elefantiásico.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

LOS SINDICATOS: DEL DERECHO DE HUELGA A LA FUERZA DE LOS BESTIAS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 30/9/18 en: http://gzanotti.blogspot.com/2018/09/los-sindicatos-del-derecho-de-huelga-la.html

 

Nada está más incorporado al horizonte de pre comprensión de casi todos que los sindicatos deben tener el derecho de huelga, como habitualmente se lo entiende, para luchar contra el pérfido capitalismo. No es un fenómeno argentino, es un problema mundial.

El marxismo ha logrado convencer a casi todo el mundo, excepto a los que han leído y comprendido a Bohm-Bawerk, Mises y Hayek, que el aumento de salarios se debe la “lucha” sindical. Craso error. El aumento generalizado de salarios sólo puede deberse al aumento de la demanda de trabajo, y ello sólo se produce por el aumento de la inversión y la fabricación de nuevos bienes de capital que permitan producir más en menos tiempo. El subdesarrollo es el precio de todos los socialismos, marxismos e intervencionismos que aún no han logrado entender la relación entre la tasa de capital y el nivel de salarios.

Los sindicatos pueden, por la fuerza, hacer que: a) el gobierno emita moneda para pagar los salarios públicos, lo cual produce inflación y, por ende, menos salario; b) que los empleadores se vean forzados a subir los salarios, en cuyo caso baja la demanda de trabajo, produciendo ello desocupación, y, además, los gobiernos expanden el crédito para que los empleadores puedan absorber el salario más caro, y esa expansión del crédito produce también inflación y por ende una disminución del salario real.

Pero, como dije, los sindicatos hacen esto por la fuerza. Esto es, declaran una huelga e impiden a otros trabajadores que cubran sus puestos. Eso es lo que habitualmente se conoce como “derecho de huelga”, aceptado y protegido por todas las legislaciones de las naciones occidentales (excepto en aquellas donde “gobierna el proletariado”, por supuesto).

Ese derecho de huelga, así entendido, no sólo produce una baja en el salario real, como hemos explicado, sino que es en sí mismo un atentado contra el Estado de Derecho. Nadie tiene el derecho de impedir a otro ocupar un puesto de trabajo abandonado por otro. Ello es ilegal e inmoral. Pero como Occidente, putrefacto de marxismo, ha aceptado esa modalidad porque cree que ello es “en nombre de los trabajadores”, entonces la permite. Por eso los piquetes, que no son un invento del peronismo-kirchnerismo argentino, sino la modalidad obligada del derecho de huelga así entendido.

Esos piquetes son una quiebra del Estado de Derecho y, por ende, un estado dentro de otro estado. Si un estado limitado, constitucional, no puede hacer cumplir la ley, porque otra ley, contradictoria con la pirámide jurídica, se lo impide, o porque está temeroso de hacerlo por las amenazas sindicales, que son siempre amenazas delictivas, entonces se está enfrentando a un grupo que se ha salido del Estado de Derecho, ha organizado un grupo con sus propias normas y desafía al poder constitucional. O sea, una mafia, por definición, o un ejército paralelo.

Los intentos de distinguir entre el derecho de huelga, así entendido, y los abusos del derecho de huelga, son por ende conceptualmente vanos. Ya el derecho de huelga, así entendido, es ilegal, y por ende ni siquiera puede haber abuso, como su hubiera un uso racional o legal.

Por ende, todos los desmanes, amenazas, violencias y crueldades realizadas por los sindicalistas, ipso facto delincuentes organizados, ipso facto mafiosos aunque marchen a Luján y tengan las sacrílegas bendiciones de los obispos, forman parte de la misma naturaleza del sindicalismo entendido como lucha contra el capitalismo mediante el así llamado derecho de huelga.

Esto sucede en todo el mundo.

En el caso argentino, casi todos olvidan que Perón fue un fascista en sentido estricto (y por ende socialista), un seguidor de Mussolini que organizó a los sindicatos según la Carta Del Lavoro del dictador italiano. La violencia y la corrupción del sindicalismo argentino quedó por ende elevada a la enésima potencia por la organización sindical peronista, cáncer sacrosanto e intocable que nadie se atreve a enfrentar, pero fundamentalmente, que casi nadie entiende como lo que es: una mafia violenta, mediante la cual se conduce toda la hiel putrefacta de la pulsión de agresión de todo ser humano investido de semejante poder que, para colmo, está investido de aprobación moral. Porque muchos coinciden que el sindicalismo argentino está corrupto pero creen que se lo puede reemplazar por otros dirigentes, sin ver el problema del sistema en sí mismo. Como si la mafia de Chicago o New York se hubiera podido solucionar, en su momento, con dirigentes mafiosos “buenos”. No, el problema no son las personas, sino el sistema. Podrás encontrar un Don Corleone más dialogante, más racional, al cual sobornar mejor, o una bestia ideologizada que para colmo de mafioso sea pro-Maduro (otro mafioso), pero es mafia, gente: una banda de delincuentes, y con los años, uno más bestia que el otro, de los cuales, esperemos, Dios se apiade de su alma.

 

Mientras tanto, esto forma parte de esas pre-suposiciones  marxistas  que conducirán inexorablemente a la desaparición de este mal experimento llamado Argentina.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

A pocos años de la Revolución Soviética, Mises plantea el insalvable problema del cálculo económico en el socialismo

Por Martín Krause. Publicado el 20/5/18 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/05/20/a-pocos-anos-de-la-revolucion-sovietica-mises-plantea-el-insalvable-problema-del-calculo-economico-en-el-socialismo/

 

Recordemos que en ese Sistema no habría “precios” en el sentido económico ya que estos surgen de intercambios libres de derechos de propiedad, eliminados en el socialismo. Habría unos ciertos números definidos por los planificadores. Mises escribía esto a los pocos años de la Revolución Rusa (1922). Así comenta los problemas que enfrentarían:

Mises1

“Tratemos de imaginar la posición de una comunidad socialista. Habrá cientos de miles de establecimientos que trabajan continuamente. Una minoría de éstos producirá bienes listos para el consumo. La mayoría producirá bienes de capital y productos semimanufacturados. Todos estos establecimientos estarán estrechamente relacionados entre sí. Cada bien pasará por una serie de establecimientos antes de estar listo para el consumo. Sin embargo, la administración económica no tendrá realmente una dirección en medio de la presión de tantos procesos diferentes. No tendrá manera de asegurarse si tal o cual parte del trabajo es realmente necesaria, o si no se estará gastando demasiado material para completar su fabricación. ¿Cómo podría descubrir cuál de los dos procesos es más satisfactorio?

Cuando más, podría comparar la cantidad de productos entregados, pero sólo en contados casos podría comparar los gastos incurridos en su producción. Sabría exactamente, o creería saberlo, qué es lo que está tratando de producir. Por lo tanto, tendría que obtener los resultados deseados con el gasto mínimo. Pero para lograrlo tendría que sacar cálculos, y esos cálculos tendrían que ser cálculos del valor. No podrían ser tan sólo “técnicos”, ni podrían ser cálculos sobre el valor-uso de los bienes y servicios. Esto es tan obvio que no necesita pruebas adicionales.

Bajo un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción, la escala de valores es el resultado de las acciones de cada miembro independiente de la sociedad. Todos hacen un doble papel en ella, primero como consumidores y segundo como productores. Como consumidor, el individuo establece el valor de bienes listos para el consumo. Como productor, orienta los bienes de producción hacia aquellos usos que rendirán más. Es así como los bienes de un orden más elevado también se gradúan en forma apropiada a las condiciones existentes de producción y de la demanda dentro de la sociedad.

El juego de estos dos procesos garantiza que el principio económico sea observado tanto en el consumo como en la producción. Y en esta forma surge el sistema exactamente graduado que permite a todos enmarcar su demanda dentro de las líneas económicas.

Bajo el socialismo, todo esto no ocurre. La administración económica puede establecer exactamente qué bienes son más urgentemente necesarios, pero eso es sólo parte del problema. La otra mitad, la evaluación de los medios de producción, no se soluciona. Puede averiguar exactamente el valor de la totalidad de tales instrumentos. Obviamente, ése es igual al valor de las satisfacciones que pueden darse. Si se calcula la pérdida en que se incurriría al retirarlos, también se podría averiguar el valor de instrumentos únicos de producción. Pero no puede asimilarlos a un denominador común de precios, como podría ser bajo un sistema de libertad económica y de precios en dinero.

No es necesario que el socialismo prescinda totalmente del dinero. Es posible concebir arreglos que permitan el empleo del dinero para el intercambio de bienes de consumo. Pero desde el momento en que los diversos factores de producción (incluyendo el trabajo) no pudieran expresarse en dinero, el dinero no jugaría ningún papel en los cálculos económicos

Supongamos, por ejemplo, que la comunidad de países socialistas estuviera planeando un nuevo ferrocarril. ¿Sería ese nuevo ferrocarril realmente conveniente? Si lo fuera, ¿cuánto terreno debería servir? Bajo el sistema de propiedad privada podríamos decidir esas interrogantes por medio de cálculos en dinero. La nueva red de ferrocarril abarataría el transporte de determinados artículos, y en base a ello podríamos calcular si la diferencia en los cargos de transporte justificaría los gastos de construcción y funcionamiento del ferrocarril. Un cálculo así sólo podría hacerse en dinero. No podríamos hacerlo comparando gastos y ahorros en especies. Es absolutamente imposible reducir a unidades corrientes las cantidades de trabajo especializado y no especializado, el hierro, carbón, materiales de construcción, maquinaria y todas las demás cosas que exige el mantenimiento de un ferrocarril, por lo cual es imposible también reducirlos a unidades de cálculo económico. Sólo podremos trazar planes económicos cuando todo aquello que acabamos de enumerar pueda ser asimilado a dinero. Es cierto que los cálculos de dinero no son completos. Es cierto que presentan grandes deficiencias, pero no contamos con nada mejor para reemplazarlos, y, bajo condiciones monetarias seguras, satisfacen todos los objetivos prácticos. Si los dejamos de lado, el cálculo económico se hace absolutamente imposible.

No queremos decir con esto que la comunidad socialista se encontraría totalmente desorientada. Tomaría decisiones a favor o en contra de la empresa propuesta y dictaría una orden. Pero, en el mejor de los casos, esa decisión se basaría tan sólo en vagas evaluaciones. No podría basarse en cálculos exactos de valor.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Los fabricantes del desempleo. Hay amores que matan.

Por Gustavo Lazzari. Publicado el 24/4/16 en: https://gustavolazzari.wordpress.com/2016/04/24/los-fabricantes-del-desempleo-hay-amores-que-matan/

 

Legisladores de la oposición y muchos comunicadores están proponiendo la prohibición de los despidos y la duplicación de las indemnizaciones en caso que las mismas sean convalidadas..

A través de un proyecto de ley presentada por diputados kirchneristas  se propone además la multiplicación de la industria del juicio y la burocratización en caso de despidos con causa o fuerza mayor.

Las sanciones al empleador que intentara un despido multiplican los costos indemnizatorios y administrativos.

En tren de demagogia irreal hay dos proyectos en el Congreso. Uno en el Senado que sólo prohíbe despidos por 180 días y otro en Diputados que prohíbe despidos, impone la doble indemnización hasta el 31/12/2017.

Estas iniciativas lejos de beneficiar al trabajador lo perjudican. A quienes no están trabajando directamente las condenan a la pobreza más rígida e inmodificable.

Los legisladores culposos por su falta de ideas para solucionar la pobreza y crear empleo no tienen mejor ocurrencia que convalidar el desempleo por generaciones.

Toda ley, todo reglamento que aumente los costos de contratación y desvinculación no hace otra cosa que disminuir la demanda de trabajo y favorecer la sustitución de trabajo por capital.

Aumentar los costos laborales (gracias a estas medidas demagógicas) implica reducir la demanda de trabajo y por sobre todo excluir a los menos capacitados. Una medida cruel y despiadada disfrazada de falsa solidaridad.

Cuanto más costoso sea el contrato laboral mayor deberá ser la productividad del trabajador para ser contratado. Si el trabajador no es calificado inexorablemente perderá el empleo. El intento de proteger devino en fábrica de desempleo y exclusión.

Es necesario comprender que el concepto de costo laboral es bien diferente al concepto de salario. El llamado “costo laboral” incluye todos los impuestos y sobre costos derivados de la burocratización del contrato, la judicialización, y los riesgos derivados de la legislación. Esas supuestas protecciones incrementan los costos y por consiguiente reducen la demanda de empleo. Con ello reducen las posibilidades laborales de los pobres. Cuanto más regulación, menos trabajo. No más, menos.

Es imprescindible comprender también que los costos laborales pueden bajar y al mismo tiempo los salarios pueden subir!!!!

El impuesto sobre el salario ronda entre el 40 y el 50% dependiendo de la actividad. Si consideramos costos de judicialización y conflictividad dicho “impuesto” puede llegar al 60%. Quiere decir que un salario promedio industrial del orden de $15.000 pesos brutos redunda en un salario en mano de $ 12.300 en tanto que el costo laboral que abona el empleador alcance los $ 22.725.

Traduciendo el empleador paga $ 22.725 y el trabajador recibe $ 12.300. En el medio, impuestos, regulaciones, “salarios diferidos” (artilugio para denominar los supuestos beneficios jubilatorios y sociales), costos indenmizatorios, y supuestas protecciones.

No es casual que quienes proponen estas medidas jamás hayan pagado una quincena. Demuestra un desconocimiento total del mercado de trabajo su funcionamiento y los incentivos.

En los últimos días muchos despidos se han acelerado sólo por los rumores de estas inútiles leyes curiosamente propuestas por quienes no generaron empleo privado desde 2011 hasta 2015.

Desde el nacimiento de la legislación laboral, políticos y sindicalistas se empecinaron en aumentar los costos laborales creando desempleo y marginación. Es el estado, en su intento pseudoprotector el que excluye.

Los salarios reales sólo pueden crecer si el trabajo es asistido con bienes de capital. Son las máquinas las que fortalecen la productividad del trabajador. Sin máquinas los salarios son necesariamente bajos. No hay grito sindical, huelga, legislación chamuyera, ni bravuconada política que pueda aumentar los salarios por obra de un decreto.

Siempre y en todo lugar el mejor amigo del trabajo es la máquina. Sin capital la productividad del trabajo hubiera continuado en los niveles de la edad de piedra. Son las máquinas las que han permitido aumentar la cantidad de bienes producidos a menor esfuerzo y tiempo de dedicación. Sin capital no hay posibilidad alguna de aumentos de salarios en términos reales.

En la Argentina el “Hit político” de las últimas siete décadas tiene en su estribillo la frase “combatiendo al capital”. Un canto a la ignorancia y un excelente camuflaje para el robo.

Si queremos disminuir los despidos, bajar el desempleo, aumentar los salarios reales y proteger de esa manera a los trabajadores nuestros diputados deberían pensar en generar incentivos a la inversión.

Incentivos que no son subsidios ni protecciones sino un ambiente de negocios estable, impuestos bajos, y una razonable administración de justicia. Todo lo demás vendrá por añadidura.

Los trabajadores que se sientan “protegidos” por los anuncios de los legisladores del kirchnerismo deberían saber que “hay amores que matan”. El chamuyo mata y la demagogia excluye. Doce años espantando inversiones tienen como corolario la tremenda incertidumbre que estamos viviendo.

 

Gustavo Lazzari es Licenciado en Economía, (UCA), Fue Director de Políticas Públicas de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre, y fue investigador del Proyecto de Políticas Públicas de ESEADE entre 1991-92, y profesor de Principios de Economía de 1993 a 1998 y en 2002. Es empresario.

La “Teoría Dolina” del crecimiento económico

Por Iván Carrino. Publicado el 29/12/15 en: http://www.ivancarrino.com/la-teoria-dolina-del-crecimiento-economico-3/

 

Hace algún tiempo, antes de las elecciones presidenciales, al programa de televisión TVR fue invitado el destacado escritor y locutor Alejandro Dolina. En un momento de la transmisión se tocó el tema de los dos modelos económicos en pugna y Dolina expuso su visión de la situación con el ejemplo de su amigo el zapatero:

“Yo pienso mucho en un zapatero que vive al lado de casa y que hace 15 años estaba todo el día parado en la puerta (…) Sin embargo, empezó un proceso conforme al cual la gente podría comprar zapatos. Además no venían zapatos italianos a $ 100. ¡Qué mal! Dirán algunos, a mí me gustaría tener zapatos italianos a $ 100. Pero el asunto es que a este tipo le empezaron a comprar zapatos, tuvo empleados, ahora está todo el día adentro, tiene un montón de empleados que trabajan, que compran otras cosas – helados, por ejemplo, o bicicletas- entonces prosperan los fabricantes de helados y bicicletas que toman nuevos empleados, que, a su vez, ganan dinero y ¿qué compran? Zapatos”

Dolina expresa, con su elocuencia y simpatía característica, una idea que está muy extendida con respecto al comercio internacional: que hay que “sustituir” las importaciones para generar empleo y crecimiento económico.

Como se extrae del análisis, para que el zapatero comience a producir y eso dé lugar a un proceso virtuoso de crecimiento económico, basta con elevar una barrera a las importaciones. Ahora bien, si fuera tan sencillo, solo necesitaríamos cerrar todas las fronteras y esperar a que llegue el desarrollo. Sin embargo, hacer eso sería condenarnos a la pobreza y el atraso.

Es que el argumento expresado por Dolina ignora las fundamentales ventajas de comerciar libremente con el mundo.

Lo primero que debe decirse es que frenar importaciones, lejos de estimular la producción y el crecimiento, los detienen. Esto es así porque la mayoría de los bienes que importamos no son bienes de consumo, sino insumos necesarios para la producción. Por los últimos 7 años, más del 80% de lo importado por Argentina estuvo compuesto por bienes de capital, bienes intermedios y combustibles, todos ellos insumos necesarios para producir. Evitar que estos bienes lleguen al país, entonces, no estimulará el crecimiento, sino que lo detendrá, como ya está ocurriendo.

Otro problema de cerrarse al comercio internacional es que todo sale más caro. La apertura económica genera mayor competencia y esa competencia reduce los precios tanto de los bienes de consumo como de los bienes de capital, lo que enriquece a los consumidores y, al mismo tiempo, mejora la productividad de las empresas. Así, un comercio más libre y más cantidad de importaciones enriquecen a la población, mejorando directamente su calidad de vida.

Un argumento que suele utilizarse en contra de la apertura comercial es el del desempleo. Sin embargo, no existe ninguna relación  entre libre comercio y desempleo. En realidad, el comercio internacional no crea ni destruye empleo a nivel agregado, sino que puede destruir empleo en algunos sectores, pero sólo para liberar recursos y permitir que estos se ubiquen en otros  sectores más productivos donde el país tiene ventajas comparativas.

Un ejemplo de cómo el libre comercio es una buena vía hacia el progreso económico y el bienestar es el de Chile. A partir de mediados de los años ’70 el país vecino comenzó un proceso de apertura unilateral al comercio internacional, reduciendo aranceles, cupos y prohibiciones para importar. Más adelante, desde los años ’90 y hasta el día de hoy, comenzaron a firmar Acuerdos de Libre Comercio con una enorme cantidad de países, entre los que destacan Canadá, Estados Unidos, China, Australia y, más recientemente, la Alianza del Pacífico.

En paralelo con este proceso de apertura, Chile multiplicó por 5 su riqueza per cápita, llegando al primer puesto de los países de América del Sur. Además, siendo el país más abiertos del continente, su tasa de crecimiento fue del 4,5% promedio en los últimos 10 años mientras que el desempleo pasó del 10,0% en 2004 al 6,3% el año pasado. Por si esto fuera poco, la inflación se ubica en el 4% y el promedio de los últimos 6 años no supera el 3% anual.

En conclusión, por más atractiva que resulte la teoría de Dolina, lo cierto es que nada indica que sea una buena idea cerrarse al comercio para crecer. De hecho, tanto la teoría como el análisis de los casos prácticos nos llevan a pensar en la conclusión contraria: si queremos crecer y reducir la pobreza, la receta no es la autarquía, sino el libre comercio.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.