El argumento moral en favor de la redistribución no va a ser derrotado por uno basado en la eficiencia

Por Martín Krause. Publicado el 22/4/19 en: http://bazar.ufm.edu/argumento-moral-favor-la-redistribucion-no-va-derrotado-uno-basado-la-eficiencia/

 

Al evaluar un clásico como La Ética de la Redistribución, de Bertrand de Jouvenel, Garreth Bloor, plantea el típico escenario donde el argumento de la eficiencia siempre pierde: se enfrenta con un juicio moral, y así debería responderle.

Algunos párrafos:

“El debate sobre la redistribución a menudo depende de argumentos sobre la eficiencia; sus oponentes destacan el éxito de los procesos de mercado y los fallos de los sistemas controlados por comandos. En contraste, los partidarios del estado redistributivo usualmente promueven los argumentos sobre la moralidad.

Hace setenta años, el caso de Bertrand De Jouvenel contra la redistribución centrada en el estado, dictado en dos conferencias de 1949 en la Universidad de Cambridge y reeditado por el Liberty Fund en 1990 como La ética de la redistribución, fue un caso moral contra la redistribución. De Jouvenel mantiene un enfoque en la ética y el florecimiento humano, y sugiere que si bien la economía revela verdades de la existencia humana, siempre permanece subordinada a la vida moral del hombre.

De Jouvenel invoca una posición relevante sobre la moralidad en torno a los procesos del mercado. Fue uno de los 36 académicos en la primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin organizada por F. A. Hayek, aunque su trabajo ha recibido menos atención que muchos otros en los años subsiguientes, ya que los puntos de vista morales fueron suplantados por argumentos utilitarios para el capitalismo contemporáneo.

Al hacer un caso moral para las economías abiertas, la ética de la redistribución no es menos relevante que en 1949.

Al colocar al florecimiento humano en el centro de la economía, De Jouvenel afirma una sociedad en la que tanto la libertad como la virtud son fundamentales. Los compromisos con la libertad económica requieren que el estado usurpe el papel de la familia y las instituciones mediadoras de la sociedad civil.”

El texto completo está acá: https://www.lawliberty.org/liberty-classic/revisiting-de-jouvenel-ethics-of-redistribution-seventy-years-on/

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

¿OTRA VEZ LA MISMA HISTORIA?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

A veces citamos dichos sin prestarles la debida atención. Por ejemplo “para novedades, los clásicos”. En este sentido es de gran provecho atender las enseñanzas de Cicerón que comienzan por sostener que “si no se estudia historia estaremos condenados a repetir errores”, es decir, a tropezar con la misma piedra lo cual alude a muchos aspectos pero en esta oportunidad quiero detenerme en uno que resulta crucial.

 

Es claro que el sistema político hace agua por los cuatro costados. Me refiero a la degradación de la democracia para convertirla en un adefesio al asimilarla a las mayorías ilimitadas sin otro contenido de ninguna naturaleza. Y esto no solo ocurre en países como Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia o Nicaragua, ocurre en Europa, problema no circunscripto al extremo de Grecia sino a otros países y que, otra vez en el continente americano, también incluyen a Estados Unidos que han traicionado los valores y principios de los padres fundadores del otrora baluarte del mundo libre con endeudamiento colosal, gastos públicos siderales y reglamentaciones asfixiantes en medio de ausencias del debido proceso y resguardo de las libertades individuales.

 

Cincuenta años antes de Cristo, Cicerón, en De la República ha consignado que “El imperio de la multitud no es menos tiránica que la de un hombre solo, y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y nombre de pueblo”. En De las Leyes y en De los deberes subraya el motivo por el cual se establecen los estados y la validez de mojones y puntos de referencia extramuros de la norma positiva. En esta última obra destaca que “no habrá leyes diferentes en Roma y en Atenas ni diferentes leyes ahora y en el futuro pero una eterna que es válida para todas las naciones y todos los tiempos” y que “el propósito central para el establecimiento de los estados y las normativas consiste en que la propiedad sea asegurada”.

 

Lamentablemente esta visión no fue adoptada en su tiempo y con poca extensión en otros, pero en los que corren prácticamente se ha abandonado por completo. La preservación de la dignidad de cada cual se ha trocado por el manejo indiscriminado por parte de los aparatos estatales de las vidas y las haciendas ajenas.

 

Hoy se entiende que los legisladores pueden hacer y deshacer a sus anchas sin miramientos los derechos de la gente que son en verdad superiores y anteriores al establecimiento de los gobiernos que existen precisamente para proteger aquellos derechos.

 

Es de gran importancia detenerse a considerar las reflexiones de Cicerón para percatarse de los desvíos descomunales que ahora se viven y que se toman como cosa natural cuando significan degradaciones superlativas de la naturaleza y las funciones del monopolio de la fuerza.

 

Visto dese otro planeta ¿no es un tanto estúpido seguir repitiendo los mismos errores una y otra vez? ¿No es muy corta la vida terrenal como para consumírsela en los mismos pantanos? ¿No convendría estudiar un poco de historia para no repetir idénticas barrabasadas? ¿No es aburrido hasta el hartazgo reincidir en efectos que han ocurrido millares de veces a través del tiempo? ¿Será este el destino de la humanidad o tenemos la capacidad de recapacitar y encaminarnos por las sendas de la libertad y el progreso? Aldous Huxley ha consignado que “La gran lección de la historia es que no se ha aprendido la lección de la historia”.

 

Es que como nos han enseñado maestros de la economía y la ciencia política el tema medular reside en los incentivos. Si los sistemas incentivan el saqueo, eso es lo que habrá, si los sistemas incentivan el respeto recíproco eso es lo que sucederá.

 

Entonces la mirada debería centrarse en los marcos institucionales que por ahora incentivan alianzas y coaliciones que arrasan con los derechos para beneficio de los políticos y la clientela que vive a expensas del trabajo de otros. Por tanto es imperioso establecer nuevos y más potentes límites al poder.

 

Sin embargo, observamos con alarma que son muchos los que tienen la esperanza que la situación se modifique con las mismas recetas que condujeron al fracaso y, naturalmente,  esto constituye un soberano contrasentido: las mismas causas generan los mismos efectos. En consecuencia, deben pensarse, debatirse y ejecutarse otras medidas para ponerle bridas al Leviatán antes que carcoma lo que queda del espíritu libre.

 

Veo que demasiados profesionales se concentran en proponer medidas de transición pero no se ha pensado hacia donde se piensa transitar. No se trabaja suficientemente en las metas. Para citar otro clásico, Séneca escribió que “no hay vientos favorables para el navegante que no sabe hacia donde se dirige”.

 

Además, como queda dicho, es menester ponerle frenos institucionales a la voracidad de los aparatos estatales para poder establecer metas y transiciones,  de lo contrario el sistema deglutirá cualquier buen propósito.

 

Ya me he referido en otras oportunidades a las sugerencias no atendidas de Montesquieu aplicables al Poder Ejecutivo, a las de Hayek para el Legislativo y a las de Bruno Leoni para el Judicial y también he puntualizado que si esas políticas por alguna razón no se estiman convenientes, debe pensarse en otras pero lo que no se puede hacer es lo que por el momento se hace,  léase quedarse de brazos cruzados esperando que las mismas recetas conduzcan a resultados diferentes.

 

Después de Cicerón hubieron numerosos autores que han machacado sobre el mismo problema de los peligros de las mayorías ilimitadas, con lo que la democracia se convierte en cleptocracia a lo Hitler o Chávez. Por ejemplo, Bertrand de Jouvenel en su ensayo “Order versus Organization” escribe que “La soberanía del pueblo no es, pues, más que una ficción que a la larga no puede ser más que destructora de las libertades individuales”. Benjamin Constant en Curso de política constitucional afirma que “Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política y toda autoridad que vulnere esos derechos se hace ilegítima […] La voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto”. El referido premio Nobel Hayek en el tercer tomo de su Derecho, Legislación y Libertad pone de manifiesto que “Debo sin reservas admitir que si por democracia se entiende dar vía libre a la ilimitada voluntad de la mayoría, en modo alguno estoy dispuesto a llamarme demócrata”.

 

Es que como explica Giovanni Sartori en el primer volumen de su Teoría de la democracia: concluye que “por tanto, el argumento es de que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y minoría. Debido precisamente a que el gobierno de la mayoría está limitado, todo el pueblo (todos los que tienen derecho al voto) está siempre incluido en el demos”.

 

Pues bien, no se cumple este ideal de Sartori y de todos los pensadores de la tradición de la sociedad abierta desde los aristotélicos en adelante y esto se debe a incentivos perversos incrustados como caballos de Troya en el seno de la democracia que deben ser removidos, como queda dicho, instalando en su lugar límites al abuso del poder ya que el problema no es de hombres sino de instituciones -al decir de Popper en La sociedad abierta y sus enemigos– para que “el gobierno haga el menor daño posible”.

 

Sin duda que para que se esté dispuesto a introducir límites al poder tiene que primero comprenderse los descalabros que produce el poder ilimitado en temas centrales. A título de ilustración menciono el asunto de la igualdad que en una sociedad abierta alude exclusivamente a la que es debida ante la ley, es decir, que todos tienen los mismos derechos y deben  ser respetados a rajatabla lo cual es incompatible y mutuamente excluyente con la igualdad de ingresos y patrimonios. Si se restringe el derecho a cada cual de usar y disponer de lo propio porque el gobierno se lo arrebata, esto necesariamente quiere decir que hay desigualdad ante la ley. A lo cual debe agregarse que esa política de redistribución de ingresos perjudica muy especialmente a los más necesitados puesto que la asignación forzosa de los siempre escasos recursos equivale a consumo de capital ya que redistribuir implica volver a distribuir coactivamente lo que pacíficamente la gente distribuyó en el supermercado y afines con sus compras y abstenciones de comprar.

 

En otras palabras, la diferencia de rentas y patrimonios en una sociedad libre dependerá de las decisiones diarias de la gente lo cual maximiza las tasas de capitalización que es la única causa por la que se elevan ingresos y salarios en términos reales.

 

Entonces la manía del igualitarismo constituye un obstáculo serio al progreso a la idea de establecer límites infranqueables al abuso del poder; mientras que el mencionado abuso se considere algo ponderable no resulta posible avanzar. Es por esto que se atribuye con razón mucha importancia de la educación en valores y principios de la libertad.

 

Se ha dicho que la educación no vale de mucho puesto que “un pueblo educado como el alemán lo aplaudió a Hitler”. Pues esto no es cierto, para refutar de modo contundente ese pensamiento no hay más que repasar la enorme influencia que tenían en esas épocas las obras que alaban el espíritu totalitario como las de Herder, Fitche, Schelling, Hegel, Schmoller, Sombart y List. Siempre la educación (para bien o para mal si se trasmiten valores compatibles con la sociedad abierta o si los contradicen) prepara el ámbito de lo que sucederá en el terreno político.

 

Resulta alarmante comprobar la cantidad de tecnócratas que sugieren mantener instituciones perversas pero administradas por “personas eficientes” en lugar de reformularlas al efecto de no  salirse de lo “políticamente correcto”, y todo esto en el contexto de quejarse por el incendio sin ocuparse de detectar y combatir el origen del fuego.

 

Es de desear que no se repita la historia de los avasallamientos de las autonomías individuales. Es de desear que se salga lo más rápido posible del sistema de la rapiña de los aparatos estatales que significan ajustes diarios a los bolsillos de la gente y que no se aleguen gradualismos para demorar el cambio puesto que significan demandas infundadas contra el derecho. No pueden alegarse derechos adquiridos contra el derecho, del mismo modo que cuando se eliminó la esclavitud no se dieron curso a los pedidos de indemnizaciones o gradualismos para salir de esa aberrante institución para atender reclamos de muchos de los hasta ese momento considerados “dueños” de esclavos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

TRAS EL PODER

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No me refiero a la capacidad de hacer algo sino al dominio sobre otros. En primer lugar, como ha señalado Erick Fromm, quien ejerce el poder o quienes lo desean tienen una personalidad siempre débil puesto que es del todo insuficiente por lo que necesitan del sujeto dominado para completar su vacío existencial ya que no se sienten alimentados con su ser en verdad escuálido.

 

Desde que James Buchanan y Gordon Tullock explicaron el public choice ya no cabe la sandez de sostener la teoría del “servidor público” en abstracto de los intereses personales ya que se trata de sujetos que persiguen los suyos igual que cualquier mortal, es decir, no hay acciones desinteresadas (en verdad una perogrullada ya que se actúa porque está en interés del sujeto actuante). Es cierto sin embargo que en algunos casos puede estar en interés del político hacer el bien a otros pero, como es de público conocimiento,  la situación más frecuente es que se trata de individuos que buscan la foto, los favores non sanctos, cuando no los dineros malhabidos.

 

Hay pigmeos mentales que toda su vida sueñan con ser ministros y equivalentes solo para satisfacer sus inclinaciones, aunque comprenden  que no podrán hacer bien las cosas puesto que no se han tomado el trabajo de abrir caminos con  ideas liberales de fondo. Muchos son los que describen incendios pero muy pocos son los que se detienen a explicar el foco del fuego y el modo de eliminarlo.

 

Este panorama ocurre ya se trate del “derecho divino de los reyes” o del “derecho ilimitado de las mayorías” en sistemas de democracia pervertida tal como apunta Bertrand de Jouvenel en su monumental On Power. Its Nature and the History of its Growth. El poder en este sentido se opone al amor tal como lo explica magníficamente Tolstoi en The Law of Love and the Law of Violence y también Ronald V. Sampson en su The Psichology of Power donde ilustra su idea contraponiendo en los extremos la figura de Jesús a la de Hitler.

 

En general los que ocupan posiciones en la estructura política son vistos con admiración por la gente en lugar de mirarlos como sus empleados siempre con recelo, y mayor el recelo cuanto mayor el poder tal como escribió Lord Acton en correspondencia con el obispo inglés  Mandell Creighton que reclamaba mayor condescendencia para quienes detentan poder, de donde surge la célebre sentencia de aquél historiador decimonónico respecto al correlato entre corrupción y poder.

 

Hace bastante tiempo escribí sobre lo que considero la génesis del poder en un trabajo que titulé “La radiografía del poder” para AIPE que lo distribuyó y que ahora en parte reitero y que puede describirse en el contexto de seis pasos sucesivos.

 

En primer término, la relación hombre-mujer. No pocas son las personas que desde su más tierna infancia se acostumbran a ver en su hogar, en la relación con sus padres, una relación de fuerza. La relación macho-hembra como una cuestión de músculo. Este es un cuadro de situación en el que no prevalece la argumentación mejor, sino la amenaza de la fuerza bruta: “esto es así porque lo digo yo”. Este espectáculo bochornoso del más primitivo salvajismo produce cierto acostumbramiento al escenario dominante-dominado.

 

La segunda etapa se extiende a la relación padres-hijos. Son muy frecuentes los casos en donde se imponen conductas e ideas “porque somos tus padres” o más directamente “porque me da la gana” como toda respuesta. Casos en donde está mal visto que los hijos discutan con sus padres y cuestionen ideas y valores. No se trata de un intercambio pacífico de opiniones sino de una relación de fuerza. Se impone, la discusión termina con manifestaciones absurdas de autoridad que se aceptan debido a las amenazas tácitas o explícitas.

 

La tercera etapa en esta serie de acontecimientos lamentables en los que se va creando un cierto acostumbramiento al sojuzgamiento servil, se traslada al ámbito de la educación formal en la que los gobiernos establecen pautas, textos y sobre todo estructuras curriculares desde ministerios de educación y equivalentes. De este modo, a través de la cadena de mandos, se crea una atmósfera enrarecida en el estudiantado. Muchos terminan por resignarse y dar por sentado que la educación debe imponerse desde el vértice del poder y que de ninguna manera es fruto de arreglos contractuales entre educadores y educandos. A su vez, los profesores de escuelas y sus directivos no pueden ejecutar buena parte de sus iniciativas porque tienen la espada de Damócles: la Gestapo moderna, esto es, los inspectores de los aludidos ministerios y reparticiones gubernamentales. En este clima también es frecuente que se hagan formar a los alumnos al efecto de cantar cotidianamente marchas guerreras que son complementadas por los frecuentes regalos de padres a hijos varones de soldaditos, metralletas, misiles y otras manifestaciones de violencia como fomentar que los adolescentes practiquen esos jueguitos virtuales donde gana el que mata más.

 

El cuarto capítulo se refiere a la influencia que tiene la opinión de los demás sobre el individuo ya preparado a una conciencia colectivista y masiva. Las opiniones mayoritarias anulan el pensamiento propio de la persona acomplejada de sus propias ideas, todo esto como consecuencia de los climas que se han ido acumulando en las etapas anteriormente señaladas. La opinión dominante envuelve a las personas con baja autoestima y gran inseguridad de sus propios juicios y hace que se ahogue cualquier manifestación de su voz interior. Sofocan esta voz y la sustituyen por “el pensamiento colectivo”. Así, el hombre masificado deja de tener auténtica voz para convertirse en puro eco. En esta instancia, conviene recordar el conocido experimento por el que se le dice a un grupo de personas menos a una que se pronuncie equivocadamente sobre los tamaños relativos de bastones exhibidos en pantalla con lo que se comprueba que en definitiva el individuo no informado del truco termina por manifestarse como lo hace el grupo aunque el error sea evidente.

 

La quinta sección de este análisis frecuentemente termina en el diván del psicoanalista por parte de personas confundidas y aterradas de salirse del libreto que propone la articulación de los discursos de los demás con lo que habitualmente intensifican su relación de dependencia, esta vez con un profesional que no siempre encamina las cosas hacia su debido cauce tal como lo apunta Thomas Szasz en su obra The Myth of Mental Illness.

 

La última etapa (o el noveno círculo si se quiere hacer un paralelo con la figura de Dante) es la exacerbación y adoración del poder político que se manifiesta en grado creciente en el uso y abuso de la fuerza enquistada en instituciones contrarias a los principios básicos de una sociedad abierta. Se explicita este sexto capítulo a través de la mayor e irrefrenable politización de las relaciones sociales, relegando los acuerdos voluntarios y pacíficos a un segundo o tercer plano. El avance del Leviatán tiene así preparado el camino para el atropello a los derechos de las personas en un clima del acostumbramiento a la dependencia y a la reverencia al poder. De este modo los individuos abandonan su condición humana para transformarse en autómatas o más precisamente en una pestilente y amorfa masa de carne que obedece ciegamente al líder puesto que no alcanza a comprender la diferencia sideral entre la autoridad moral y la autoridad impuesta que le han enseñado a reverenciar para convertirse en aplaudidor oficial.

 

Es por esto último que la persona cuando opera en el terreno político se suele identificar como “militante”, una palabra agraviante que indebidamente se extrapola a lo civil: deriva de la cadena de mandos, de la obediencia debida y del ámbito militar, lo cual no tiene relación alguna con el mundo de la civilidad (claro que en no pocos casos se trata de mequetrefes que se limitan al coro que pretenden decorar con saltos más o menos histéricos que no reflejan rasgos de pensamiento alguno).

 

Este proceso decadente y muy maloliente, fruto del paisaje desolador descripto solo puede revertirse en la medida en que aparezcan personas con coraje y honestidad intelectual y que se pongan de pie para defender a rajatabla sus autonomías individuales y la de su prójimo y asuman de esta manera su condición de humanos, a saber, mostrar aprecio por lo más precioso de sus facultades: la capacidad de decidir, de elegir su destino y asumir las correspondientes responsabilidades.

 

Termino esta nota periodística con la mención de una parte sustancial de la tradición liberal-lockena-hayekiana en cuanto a que la legislación contraria al derecho debe ser combatida y revertida y no acatada sumisamente si se desea vivir en libertad. Al fin y al cabo, como ha dicho Benedetto Croce la historia debe ser vista como “la hazaña de la libertad” en cuyo contexto el costo de esa preciada libertad “es su eterna vigilancia” tal como expresó Thomas Jefferson.

 

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

A RAÍZ DE FELIPE GONZÁLEZ EN VENEZUELA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

A pesar de algunas de las ideas patrocinadas en su momento por el ex presidente del gobierno español y a pesar de algunos desaciertos y problemas que tuvo su gobierno, es necesario destacar las valientes y sumamente oportunas declaraciones de Felipe González en Caracas y luego en Madrid. “Venezuela es un país en proceso de destrucción” es lo menos que ha dicho el ex mandatario español a lo cual agregó que “Podemos hace de monaguillo de Maduro”.

 

Son muchos las destacadas personalidades de muy diversos rincones que se muestran grandemente preocupadas por la situación venezolana. Mario Vargas Llosa acaba de concluir también, esta vez en la Universidad de Alicante, que “el país [Venezuela] se va deshaciendo por sus políticas” a lo que sumó el magnífico artículo de hoy titulado “La Venezuela que dejó al desnudo Felipe”. Por mi parte, quiero ahora introducir otro aspecto a las referencias de la catástrofe venezolana como las apuntadas, para marcar la necesidad de una revisión y corrección de la brutal desfiguración del concepto de democracia.

 

En Venezuela claro que la situación es extrema: atropellos al Poder Judicial, a todos los organismos de contralor y a los mismos tribunales electorales se agregan al ataque más despiadado a la libertad de prensa, a las crecientes detenciones a opositores, a la politización de las fuerzas armadas, a los controles de precios, a las reiteradas confiscaciones, a la inflación galopante, al crecimiento sideral del gasto público, al déficit fiscal incontrolable y otras tantas tropelías, hacen que la vida de los venezolanos se torne insoportable en medio de persecuciones y la escasez más despiadada de lo elemental para sobrevivir.

 

Esta lamentable situación de quienes son empleados del régimen carcelario cubano, nos tiene que llamar a la reflexión sobre el verdadero significado de la democracia que, en el caso que nos ocupa, se alega para cometer todo tipo de desmanes. No es aceptable bajo ningún punto de vista puesto que constituye un insulto a la inteligencia, el considerar un sistema como el descripto como si fuera “democrático”, cuando en verdad se trata de cleptocracia, a saber, el gobierno de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de proyectos de vida.

 

Sin llegar a estos extremos venezolanos, hay síntomas peligrosos en Grecia, en España y en muchos lugares antes insospechados en el continente americano y en el europeo (además de los casos mencionados). Por tanto, es imperioso pensar y proponer nuevos límites al Leviatán antes que resulte demasiado tarde.

 

Se han propuesto reformas constitucionales con la intención de ponerle coto a extralimitaciones groseras, se han sugerido modificaciones en el sistema electoral y otras equivalentes pero la situación es de tal gravedad que se requieren cambios más radicales para interponer vallas al atropello constante a los derechos individuales. No resulta congruente esperar resultados distintos recurriendo a las mismas recetas que condujeron al problema. No puede esperarse un milagro.

 

Sin duda que la educación es clave puesto que es improbable que se busquen mecanismos que defiendan derechos si no se cree en ellos. Son en realidad dos brazos de un mismo proceso: incentivos para la autoprotección y sistemas educativos que trasmitan los valores y principios de una sociedad abierta.

 

Sin embargo, en líneas generales, no se observa que se pongan manos a la obra  mientras se sigue consumiendo tiempo en debates sobre candidatos en la próxima contienda electoral, situaciones más o menos irrelevantes de la coyuntura y equivalentes.

 

Ya hemos dicho en varias oportunidades que existen tres propuestas de gran calado para mitigar y frenar los avances del monopolio de la fuerza sobre las autonomías individuales, como lo son las de Hayek para el Poder Legislativo, la de Bruno Leoni para el Poder Judicial y la relectura de un pensamiento clave de Montesquieu que en general ha pasado desapercibido y que es aplicable al Poder Ejecutivo.

 

No es del caso repetir aquí lo expresado por esos tres pensadores que hemos reproducido en otras instancias, pero lo que si es conveniente reiterar es la urgente necesidad de abrir debates respecto a introducir diques de contención para los abusos de poder que a diario se observan en distintos puntos del planeta,  los cuales se hacen descaradamente en nombre de una democracia inexistente.

 

Vamos eso si a repetir las advertencias de varios autores sobre este problema mayúsculo del poder ilimitado de los votos sin contemplar la esencia de la democracia cual es el respeto por los derechos de las minorías para así evitar el “síndrome Hitler”. Comenzando por Cicerón quien escribió que “El imperio de la multitud no es menos tiránica que la de un hombre solo, y esta tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y nombre del pueblo”. Giovanni Sartori consigna que “cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría. Debido precisamente a que el gobierno de la mayoría está limitado, todo el pueblo (todos los que tienen derecho al voto) está siempre incluido en el demos”.

 

Por su parte, Gottfried Dietze apunta que “La democracia que supuestamente debe promover la libertad se ha convertido en un desafío para la libertad”. Bertrand de Jouvenel afirma que “la soberanía del pueblo no es, pues, más que una ficción que a la larga será destructora de las libertades individuales” y Benjamin Constant nos ha enseñado que “los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política y toda autoridad que vulnere estos derechos se hace ilegítima”.

 

Los tres autores que mencionamos ut supra como propulsores de límites de importancia al poder político se pronuncian de esta manera sobre el problema que enfrentamos. Hayek: “Debo sin reservas admitir que si por democracia se entiende dar vía libre a la ilimitada voluntad de de la mayoría, en modo alguno estoy dispuesto a llamarme demócrata”. Leoni: “Donde las autoridades y las mayorías prevalecen, como en la legislación, los individuos deben rendirse independientemente si están en lo correcto o no”. Montesquieu: “Decir que no hay nada justo ni injusto fuera de lo que ordenan o prohíben las leyes positivas, es tanto como decir que los radios de un círculo no eran iguales antes de trazarse la circunferencia”.

 

Por último, es pertinente citar a uno de los Padres Fundadores estadounidenses, en el país en el que, salvo la inaceptable copia de lo que tenía lugar en el resto del mundo respecto a la espantosa esclavitud eliminada en su momento, resume el pensamiento de la revolución más exitosa en la historia de la humanidad en cuanto a la difundida libertad (hasta los tiempos modernos en los que se ha abandonado buena parte de esos valores). Así, James Madison ha sentenciado que “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo […] Este es el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”, en el contexto de lo expresado por Jefferson en cuanto a que “Un despotismo electo no fue el gobierno por el que luchamos”.

 

Estos preceptos fueron tomados por las sociedades que aspiraban a la libertad, entre los cuales se destaca el caso argentino con el ideario alberdiano debido a su portentoso progreso cuando se siguieron esos principios rectores, protegidos por consideraciones institucionales como las formuladas por Juan González Calderón quien ha advertido y puntualizado que la democracia falsificada de los números “se basa en dos ecuaciones falsas: 50% más 1%= 100% y 50% menos 1%= 0%”.

 

Autores como Ronald Coase, Harold Demsetz y Douglass North han enfatizado el rol vital que tienen los incentivos, y en el caso considerado existen muy pocos obstáculos que limiten la posibilidad de coaliciones y alianzas que arrasen con los derechos individuales. De allí, por ejemplo, los incentivos para centrar la atención en proteger derechos por parte de quienes tienen un pesado “velo de ignorancia” (para usar una expresión de Rawls) que introduce la elección por sorteo propuesta por Montesquieu. De todos modos, si no resultaran atractivas las sugerencias de éste último autor, ni las de Hayek y de Leoni, insistimos, es imperioso pensar en otros mecanismos para evitar a toda costa la farsa que en gran medida tiene lugar en nombre de la democracia. Y todo está ubicado en el plano institucional fuera del debate de quienes serán los nombres de los que ocuparán cargos públicos, puesto que como ha señalado Popper, el tema no consiste en la concepción del “filósofo rey” de Platón sino en establecer marcos institucionales “para que el gobierno haga el menor daño posible”.

 

Para mayor precisión, en muchos documentos constitucionales se recurrió a la expresión “república” en lugar de “democracia” como fue el caso de la estadounidense y la original argentina, ya que el primer término explicita la alternancia en el poder, la publicidad de los actos de gobierno, la igualdad ante la ley, la responsabilidad del gobernante por sus actos frente a los gobernados y la separación de poderes.

 

A veces nos invade cierto escepticismo cuando observamos la apatía por discutir estos temas, al tiempo que se abandona la educación “porque es un tema de largo plazo” (sic), mientras se desperdician mentes embarcadas en debates más o menos irrelevantes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.