Chesterton contra los tenderos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 25/1/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/chesterton-los-tenderos/

 

Los lectores antiliberales de G. K. Chesterton disfrutarán con su “Canción contra los tenderos”, incluida en La taberna errante, publicada en 1914. Dice cosas como: “¡Ah, tendero del averno/vendería por vender,/a su madre, a su mujer,/y hasta el mismo Padre Eterno!/Taimado y concupiscente,/le veréis siempre detrás/del benévolo cliente,/preguntándole insistente:/«¿No le falta nada más?»”.

Como suele suceder, lo que falta es el contexto. The Flying Inn imagina una Inglaterra dominada por unos musulmanes progresistas que organizan toda la vida del país y, naturalmente, prohíben el alcohol. Salvo para los ricos, claro, que lo consiguen gracias a unos oportunos certificados médicos. Humphrey Pump y el capitán Patrick Dalroy recorren entonces el país con un carromato, llevando un barril de ron para evadir la prohibición. Es precisamente Pump el que lee The Song Against Grocers.

Pero la obra no es un canto al socialismo, del que Chesterton, con razón, desconfiaba (habló de la “pedantería” de los socialistas alemanes en el capítulo 14 de Herejes). La absurda prohibición del alcohol, que en la década siguiente causaría tantos estragos en Estados Unidos, es una criatura típicamente intervencionista. Un aristócrata, cómo no, Lord Ivywood, influido por un pseudo-profeta islámico, quiere cambiar el mundo, cómo no, y empezar por la moral y la conducta. No hay prueba más característica del intervencionismo moderno que este regeneracionismo ético.

Contra eso arremete Chesterton, que, como dice Santiago Alba Rico, “no soportaba a los intelectuales y aristócratas que rechazaban los placeres del hombre ordinario y, dicho sea de paso, si jamás pudo entenderse con Bernard Shaw se debió menos a sus discrepancias políticas y filosóficas que a la desconfianza que sentía hacia un hombre que no comía carne ni bebía vino”.

Por eso, frente al “materialismo abstracto” de los ateos, reivindica el “misticismo concreto” de la gente corriente. Valorará la religión precisamente porque contribuye al trazado de límites morales, no políticos ni legales. Las morales son restricciones compatibles con la libertad: “Lo que Chesterton quería demostrar es que la arbitrariedad de los límites garantiza la libertad de los recintos”. Y por eso Chesterton recela acertadamente de iluminados como Lord Ivywood, que quieren “remodelar la civilización a golpe de decreto, a la medida de sus sueños de armonía universal·”.

Si la “Canción contra los tenderos” fuera una prédica contra los comerciantes, todos habrían caído bajo el sarcasmo chestertoniano, pero no es así. En esas mismas líneas, el gran escritor inglés pronuncia un encendido elogio a favor de…los taberneros.

Esto dice: “¡Qué distinto el tabernero,/tan amable y hablador,/tan leal y placentero,/que a las veces te convida/a una copa de licor!/La amistad le es media vida; /la otra media, el buen humor”.

Cabría argumentar que la venta de bebidas alcohólicas en los comercios, que Chesterton deplora que hagan los tenderos de tapadillo, ha sido un desenlace capitalista que el creador del padre Brown deploraría. Pero también ha sido subrayado que allí donde no hay capitalismo suele haber pocas cosas, y pocas tabernas.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Economistas pioneros del progresismo dudoso

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 7/12/16 en:  http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/economistas-pioneros-del-progresismo-dudoso-y-ii/

 

Thomas C. Leonard, en su reciente libro Illiberal Reformers, explica que los primeros economistas progresistas estadounidenses eran antiliberales partidarios de un amplio Estado que regulara la vida de sus súbditos, por su bien.

De ahí el éxito de F.W.Taylor y su “administración científica”, de la que Thorstein Veblen era entusiasta: se trataba de que los expertos ingenieros manejaran las empresas, y también el Estado, pero no los propietarios. Pocos defendían el liberalismo y el individualismo. Esto preparó el New Deal, pero sucedió décadas antes.

En su ansia por organizar la vida social, incluían la economía, pero iban más allá. Aunque se critica el darwinismo social, hubo darwinismo entre los progresistas, como Veblen o Dewey. No creían en la selección natural pero sí en la artificial, y hablaban con naturalidad de seleccionar científicamente a los mejores entre los humanos, igual que se hace con los animales. Charles van Hise, presidente de la Universidad de Wisconsin, declaró: “sabemos lo suficiente sobre la eugenesia como para que, si ese conocimiento fuera aplicado, las clases defectuosas podrían desaparecer en una generación”. Y más de treinta estados impusieron la esterilización obligatoria desde 1907.

Irving Fisher recomendó la mejora hereditaria mediante la prohibición del alcohol, de los inmigrantes y la segregación o esterilización de los unfit. Leonard subraya que en los países católicos estas ideas tuvieron menos éxito, pero la lista de intelectuales anglosajones favorables a la eugenesia es notable: F. Scott Fitzgerald, Jack London, Eugene O’Neill, Virginia Woolf, T.S. Eliot, D. H. Lawrence, Bernard Shaw, Harold Laski, Beatrice y Sidney Webb, El famoso juez Holmes, el gran amigo de los impuestos, dijo: “tres generaciones de imbéciles ya es suficiente”. El biólogo Hermann Mueller, premio Nobel, afirmó que como el capitalismo premiaba con riqueza a los no aptos, era necesario el socialismo para distinguir científicamente a los aptos y los no aptos.

Otra variante de la eugenesia fue la ecología, inquietud que despuntó entonces con la idea de mejorar la naturaleza e impedir la extinción de especies animales, reorganizando todo racionalmente con la intervención del Estado que era, como dijo el famoso economista Richard Ely, “una persona moral”.

En su racismo, se oponían a la libertad de inmigración, y los economistas de la American Economic Association apoyaron la subida del salario mínimo para impedir que los inmigrantes pobres compitieran con los trabajadores locales: al menos no eran buenistas como los que vinieron después, y reconocían abiertamente que el salario mínimo más alto dificultaba el empleo de los más pobres. En la misma línea propusieron medidas de apoyo a las mujeres, que reconocían que dificultaban su contratación y promoción en pie de igualdad con los hombres.

Estas ideas y otras análogas sentaron las bases del progresista Estado de bienestar, siempre sobre la base “científica” de que lo que la gente hace libremente está mal y debe ser corregido por los sabios de arriba, que sí saben lo que conviene al pueblo llano.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.