La palabra de los políticos… poco vale

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 2/5/18 en: https://alejandrotagliavini.com/2018/05/02/la-palabra-de-los-politicos-poco-vale/

 

En un movimiento muy audaz, Donald Trump aseguró que no certificará -el plazo vence el día 12 próximo- el acuerdo nuclear con Irán. La medida, aunque todavía no supone la ruptura total del compromiso, conlleva una estrategia más agresiva con Teherán. Y, si recién ahora se decide por este camino, se debe a que sus propias huestes en la Casa Blanca se oponían a rechazar este pacto.

El acuerdo alcanzado en 2015 hizo que el régimen de Teherán pusiera bajo control internacional su programa de enriquecimiento de uranio, permitiera inspecciones a sus instalaciones nucleares y, en la práctica, detuviera el programa nuclear a cambio de que la comunidad internacional reduzca las sanciones económicas, aunque EE.UU. no las quitó.

Trump quiere que el Congreso de EE.UU. añada nuevas limitaciones a Irán y que, si no cumple, se reanuden los castigos. En este nuevo umbral punitivo entrarían, en particular, el programa balístico, y la negativa a extender la duración de las restricciones a la producción de combustible nuclear.

Los aliados -Francia, Gran Bretaña y Alemania- piden que no se caiga el tratado, en tanto que Israel lo rechazó desde el principio, aun cuando el Organismo Internacional de Energía Atómica asegura que Irán lo cumple. Y lo más destacable es que demuestra la eficacia de la vía diplomática por encima de la militar, y le permite a Europa abordar con Teherán un tratado complementario para que no desarrolle su programa balístico. Entretanto, se sigue la dirección opuesta -diálogo y diplomacia- con Corea del Norte, y la modificación unilateral del acuerdo envía una señal negativa.

Benjamín Netanyahu, intentando influenciar a Trump, asegura que Irán miente y mantiene un programa atómico secreto. Irónicamente, Arabia Saudí aplaude la retirada del acuerdo. Pero más irónico es que Irán, para defender al régimen de el Asad en Siria, ha combatido al ISIS en paralelo a la coalición internacional que dirige EE.UU.

Por cierto, Irán -no solo el gobierno sino la hasta la oposición más moderada- rechaza las acusaciones de Netanyahu y asegura que va a cumplir lo que firmó. Pero añadió que al acuerdo “no se le puede añadir nada”. Y, desafiante, anunció que va a doblar los esfuerzos en pos de sus capacidades de defensivas, incluidas las misilísticas.

No sabemos quién tiene razón porque sí sabemos que los políticos, y sus sistemas de inteligencia, engañan cuando les conviene. Ciertamente, resulta menos creíble el régimen iraní dado su subido autoritarismo y su consecuente aptitud para engañar. En cualquier caso, queda claro que estos acuerdos, al fin de cuentas, son poco confiables en el mediano plazo.

En fin, recuerdo que el epistemólogo Paul Feyerabend escribió que “los ciudadanos… occidentales van muy por delante de sus políticos en su deseo de frenar la carrera de armamentos. Sabemos también que el sentido común suele ser superior a las proposiciones de los expertos… desarrollemos una nueva clase de conocimiento… que todo el mundo pueda participar en su construcción y resolver… el problema de la supervivencia y el problema de la paz… entre los humanos y todo el conjunto de la Naturaleza”.

Y, agrego, los problemas de la paz y la libertad solo se solucionan con más paz y más libertad, por el contrario, con violencia se aumenta la violencia y con restricciones a la libertad se agrava la falta de libertad.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Elecciones británicas: la otra gran sorpresa

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 12/5/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1792010-elecciones-britanicas-la-otra-gran-sorpresa

 

Lass elecciones parlamentarias británicas de la semana pasada depararon una sorpresa mayúscula: la del triunfo realmente amplio obtenido por el partido conservador liderado por el primer ministro David Cameron. Ninguna de las encuestas de opinión previas lo había previsto. Lo que no es inusual, ni tampoco insólito, desde que algo similar había sucedido en las elecciones británicas de 1992, en las que también su impusieron los conservadores. Así como en las recientes elecciones israelíes, en las que Benjamín Netanyahu, contrariando los pronósticos, se consagrara vencedor.

Los conservadores británicos -luego de esa victoria, particularmente dulce porque confirma la preeminencia de las ideas de centro en Gran Bretaña- podrán gobernar por cinco años más con mayoría propia en la Cámara de los Comunes. Sin demasiados obstáculos operativos, entonces.

El gran partido de la oposición, el laborismo; los liberales/demócratas; y hasta el controvertido “Partido de la Independencia”, que levantara las banderas de la anti-inmigración y el euro-escepticismo, quedaron -todos- postergados. Como es tradicional, como consecuencia de lo sucedido, los líderes opositores -reconociendo sus fracasos- dieron un paso al costado y presentaron sus renuncias a la conducción de sus respectivos partidos políticos.

Las recientes elecciones británicas depararon además una segunda gran sorpresa, agria para los conservadores, en este caso: la que tuvo por escenario a Escocia. Porque allí el “Partido Nacional Escocés” desplazó (en realidad, barrió) al laborismo de lo que fuera un bastión en el que, por décadas, ejerciera un amplio predominio. El nacionalismo escocés se quedó con nada menos que 56 de las 59 bancas totales en juego y corresponden a Escocia en la cámara baja del Parlamento británico.

Esa -también colosal- sorpresa tiene una gran responsable: Nicola Ferguson Sturgeon, la actual cabeza del gobierno escocés, a la que sus adversarios se refieren como “la mujer más peligrosa de Gran Bretaña”.

Hablamos de una mujer importante, a la que ya se compara con la alemana Ángela Merkel. Llevó a su partido de 6 escaños a los 56 que acaba de obtener, lo que conforma un salto cuantitativo descomunal. El nacionalismo escocés será, en más, el tercer bloque en Westminster. Con derechos automáticos propios a poder participar en los debates y a preguntar al primer ministro. Lo que supone haber adquirido una gravitación de alcance nacional, que hasta ahora no tenía, en todos los temas.

Sturgeon nació en 1970. En 1992 se graduó de abogada en la Universidad de Glasgow, ciudad donde es inmensamente popular. Casada, pero sin hijos, su vida está dedicada íntegramente a la política. Incisiva y obstinada, es particularmente hábil al tiempo de debatir, como lo demostró en la reciente elección, donde participó en los debates entre los siete candidatos, descollando entre ellos.

Parlamentaria escocesa desde 1997, Nicola reemplazó a Alex Salmond luego de que éste perdiera el referendo de independencia de septiembre pasado; en los hechos ha transformado a Escocia en una Nación con un partido único

Se puede o no estar de acuerdo con ella, pero tiene ideas claras y sabe expresarlas con propiedad. Su vida refleja la que ha sido una lucha incansable por sus ideas. De origen humilde, es hija de un electricista y de una enfermera y sabe ciertamente lo que es esforzarse desde joven. Accesible, tranquila, con gran sentido común, pero a la vez despiadada a la hora de tener que serlo, se ha ganado el respeto de los escoceses, a los que hasta parece haber cambiado psicológicamente. Tiene como asesor cercano nada menos que al popular actor escocés Sean Connery, quien -nacionalista- se ha ocupado exitosamente de dotarla de una impecable oratoria y de su ahora agradable imagen pública.

Sturgeon está políticamente ubicada a la izquierda del laborismo moderado de Tony Blair. Es progresista y le gusta jugar ese papel ideológico, en el que parece sentirse cómoda. Por eso, predica insistentemente un credo de corte anti-nuclear (que incluye su tenaz oposición al proyecto “Trident”, el de los submarinos nucleares) y rechaza la continuidad de los ajustes económico-sociales.

Con su vertiginoso ascenso, la idea de una Escocia independiente ha vuelto a aflorar. Sin embargo, ese no es un paño que, por ahora, Nicola agite. Para nada. No está llamando a celebrar rápidamente un nuevo referendo. Pero advierte a todos que, si Gran Bretaña de pronto decide salir de la Unión Europea, Escocia no estará obligada a respetar una decisión de esa magnitud sin su consentimiento. Razón por la cual, la opción de la independencia volverá, en ese supuesto, a estar sobre la mesa.

Por esto Cameron, que ha prometido renegociar la vinculación de su país con la Unión Europea, tarea que culminará con la convocatoria a un refrendo sobre la pertenencia británica a la Unión Europea antes de fines del 2017, deberá ser cuidadoso cuando del reflejo escocés de sus políticas y propuestas europeas se trate.

¿Cómo será la convivencia entre Nicola Sturgeon y David Cameron? ¿Dura? ¿Conflictiva? Pronto lo sabremos. Pero el líder conservador tiene conciencia de que ha aparecido una rival de envergadura. Con su propia agenda y sus propios objetivos, distintos ciertamente de los de Cameron. Ocurre que el león escocés ha vuelto a rugir. Recuperado. No es poco.

Cameron tiene, entonces, dos complejos desafíos por delante. El primero tiene que ver con mantener a su país dentro de la Unión Europea. El segundo, en cambio, se refiere a la continuidad de Escocia en el Reino Unido. De los resultados que finalmente obtenga en ambas cuestiones dependerá la identidad que Gran Bretaña asuma de cara al siglo XXI. Para ello, es cierto, Cameron acaba de recibir un espaldarazo tan oportuno como importante. Que, no obstante, sabe que no durará eternamente..

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Entre los escombros

Por Mario Vargas Llosa: Publicado el 10/8/14 en: http://elpais.com/elpais/2014/08/08/opinion/1407512418_967191.html

 

Escribo este artículo al segundo día del alto el fuego en Gaza. Los tanques israelíes se han retirado de la Franja, han cesado los bombardeos y el lanzamiento de cohetes, y ambas partes negocian en El Cairo una extensión de la tregua y un acuerdo de largo alcance que asegure la paz entre los adversarios. Lo primero es posible, sin duda, sobre todo ahora que Benjamín Netanyahu se ha declarado satisfecho —“misión cumplida” ha dicho— con los resultados del mes de guerra contra los gazatíes, pero lo segundo —una paz definitiva entre Israel y Palestina— es por el momento una pura quimera.

El balance de esta guerra de cuatro semanas es (hasta ahora) el siguiente: 1.867 palestinos muertos (entre ellos 427 niños) y 9.563 heridos, medio millón de desplazados y unas 5.000 viviendas arrasadas. Israel perdió 64 militares y 3 civiles y los terroristas de Hamás lanzaron sobre su territorio 3.356 cohetes, de los cuales 578 fueron interceptados por su sistema de defensa y los demás causaron solo daños materiales.

Nadie puede negarle a Israel el derecho de defensa contra una organización terrorista que amenaza su existencia, pero sí cabe preguntarse si una carnicería semejante contra una población civil, y la voladura de escuelas, hospitales, mezquitas, locales donde la ONU acogía refugiados, es tolerable dentro de límites civilizados. Semejante matanza y destrucción indiscriminada, además, se abate contra la población de un rectángulo de 360 kilómetros cuadrados al que Israel desde que le impuso, en 2006, un bloqueo por mar, aire y tierra, tiene ya sometido a una lenta asfixia, impidiéndole importar y exportar, pescar, recibir ayuda y, en resumidas cuentas, privándola cada día de las más elementales condiciones de supervivencia. No hablo de oídas; he estado dos veces en Gaza y he visto con mis propios ojos el hacinamiento, la miseria indescriptible y la desesperación con que se vive dentro de esa ratonera.

El conflicto puede extenderse a todo el Oriente Próximo y provocar un cataclismo

La razón de ser oficial de la invasión de Gaza era proteger a la sociedad israelí destruyendo a Hamás. ¿Se ha conseguido con la eliminación de los 32 túneles que el Tsahal capturó y deshizo? Netanyahu dice que sí pero él sabe muy bien que miente y que, por el contrario, en vez de apartar definitivamente a la sociedad civil de Gaza de la organización terrorista, esta guerra va a devolverle el apoyo de los gazatíes que Hamás estaba perdiendo a pasos agigantados por su fracaso en el gobierno de la Franja y su fanatismo demencial, lo que lo llevó a unirse a Al Fatah, su enemigo mortal, aceptando no tener un solo representante en los Gobiernos de Palestina y de Gaza e incluso admitiendo el principio del reconocimiento de Israel que le había exigido Mahmud Abbas, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina. Por desgracia, el desfalleciente Hamás sale revigorizado de esta tragedia, con el rencor, el odio y la sed de venganza que la diezmada población de Gaza sentirá luego de esta lluvia de muerte y destrucción que ha padecido durante estas últimas cuatro semanas. El espectáculo de los niños despanzurrados y las madres enloquecidas de dolor escarbando las ruinas, así como el de las escuelas y las clínicas voladas en pedazos —“un ultraje moral y un acto criminal”, según el secretario general de la ONU Ban Ki-Moon— no va a reducir sino multiplicar el número de fanáticos que quieren desaparecer a Israel.

Lo más terrible de esta guerra es que no resuelve sino agrava el conflicto palestino-israelí y es sólo una secuencia más en una cadena interminable de actos terroristas y enfrentamientos armados que, a la corta o a la larga, pueden extenderse a todo el Oriente Próximo y provocar un verdadero cataclismo.

El Gobierno israelí, desde los tiempos de Ariel Sharon, está convencido de que no hay negociación posible con los palestinos y que, por tanto, la única paz alcanzable es la que impondrá Israel por medio de la fuerza. Por eso, aunque haga rituales declaraciones a favor del principio de los dos Estados, Netanyahu ha saboteado sistemáticamente todos los intentos de negociación, como ocurrió con las conversaciones que se empeñaron en auspiciar el presidente Obama y el secretario de Estado, John Kerry, apenas este asumió su ministerio, en abril del año pasado. Y por eso apoya, a veces con sigilo, y a veces con matonería, la multiplicación de los asentamientos ilegales que han convertido a Cisjordania, el territorio que en teoría ocuparía el Estado palestino, en un queso gruyère.

Esta política tiene, por desgracia, un apoyo muy grande entre el electorado israelí, en el que aquel sector moderado, pragmático y profundamente democrático (el de Peace Now, Paz Ahora) que defendía la resolución pacífica del conflicto mediante unas negociaciones auténticas, se ha ido encogiendo hasta convertirse en una minoría casi sin influencia en las políticas del Estado. Es verdad que allí están, todavía, haciendo oír sus voces, gentes como David Grossman, Amos Oz, A. B. Yehoshúa, Gideon Levy, Etgar Keret y muchos otros, salvando el honor de Israel con sus tomas de posición y sus protestas, pero lo cierto es que cada vez son menos y que cada vez tienen menos eco en una opinión pública que se ha ido volviendo cada vez más extremista y autoritaria. (Es sabido que en su propio Gobierno, Netanyahu tiene ministros como Avigdor Lieberman, que lo consideran un blando y amenazan con retirarle el apoyo de sus partidos si no castiga con más dureza al enemigo). Cegados por la indiscutible superioridad militar de Israel sobre todos sus vecinos, y en especial, Palestina, han llegado a creer que salvajismos como el de Gaza garantizan la seguridad de Israel.

Los bombardeos contra la población civil de Gaza han tenido en el mundo entero un efecto terrible

La verdad es exactamente la contraria. Aunque gane todas las guerras, Israel es cada vez más débil, porque ha perdido toda aquella credencial de país heroico y democrático, que convirtió los desiertos en vergeles y fue capaz de asimilar en un sistema libre y multicultural a gentes venidas de todas las regiones, lenguas y costumbres, y asumido cada vez más la imagen de un Estado dominador y prepotente, colonialista, insensible a las exhortaciones y llamados de las organizaciones internacionales y confiado sólo en el apoyo automático de los Estados Unidos y en su propia potencia militar. La sociedad israelí no puede imaginar, en su ensimismamiento político, el terrible efecto que han tenido en el mundo entero las imágenes de los bombardeos contra la población civil de Gaza, la de los niños despedazados y la de las ciudades convertidas en escombros y cómo todo ello va convirtiéndolo de país víctima en país victimario.

La solución del conflicto Israel-Palestina no vendrá de acciones militares sino de una negociación política. Lo ha dicho, con argumentos muy lúcidos, Shlomo Ben Ami, que fue ministro de Asuntos Exteriores de Israel precisamente cuando las negociaciones con Palestina —en Washington y Taba en los años 2000 y 2001— estuvieron a punto de dar frutos. (Lo impidió la insensata negativa de Arafat de aceptar las grandes concesiones que había hecho Israel). En su artículo La trampa de Gaza (EL PAÍS, 30 de julio de 2014) afirma que “la continuidad del conflicto palestino debilita las bases morales de Israel y su posición internacional” y que “el desafío para Israel es vincular su táctica militar y su diplomacia con una meta política claramente definida”.

Ojalá voces sensatas y lúcidas como las de Shlomo Ben Ami terminen por ser escuchadas en Israel. Y ojalá la comunidad internacional actúe con más energía en el futuro para impedir atrocidades como la que acaba de sufrir Gaza. Para Occidente lo ocurrido con el Holocausto judío en el siglo XX fue una mancha de horror y de vergüenza. Que no lo sea en el siglo XXI la agonía del pueblo palestino.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Posible nuevo amanecer en Gaza

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 6/8/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1715980-posible-nuevo-amanecer-en-gaza

 

La sensación es de algún alivio. Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos. Ya no vuelan los misiles hacia Israel. Ni se oye el fragor de sus cañones. Hay una tregua. Frágil, pero allí está.

En las últimas horas habían aparecido las primeras señales de que los combates y acciones militares podrían quizás haber entrado en una lenta fase final. Ocurre que, desde el domingo pasado, Israel había comenzado ya a retirar buena parte de sus efectivos de las zonas pobladas de Gaza y a estacionarlos cerca de la frontera, aunque todavía dentro del territorio de Gaza. Con excepción de aquellas tropas que aún operaron activamente en las inmediaciones del paso fronterizo de Rafah, que fuera escenario de las últimas acciones militares. Hoy esos efectivos están ya en territorio israelí.

Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos

También Hamas -presumiblemente como consecuencia de los bombardeos israelíes- parecía haber disminuido un tanto la intensidad de sus disparos de misiles contra Israel. En los cinco primeros días del reciente estallido de violencia -esto es, desde el 8 al 13 de julio pasado- los disparos indiscriminados de misiles palestinos contra Israel alcanzaron un ritmo realmente aterrador: 300 misiles diarios. La magnitud de esos ataques había ido disminuyendo paulatinamente, hasta llegar a los 55 misiles que se dispararan durante el domingo pasado. Y a los 53 del lunes, el día previo a la tregua acordada.

Las cifras de bajas acumuladas en la reciente espiral de violencia son de horror: 1834 muertos palestinos (de los que bastante más de 1000 han sido civiles inocentes) y 9370 heridos. A los que hay que sumar las 64 muertes de soldados israelíes y los tres muertos israelíes, civiles inocentes.

Israel había, entonces, comenzado a cerrar unilateralmente su tercer enfrentamiento militar abierto en la Franja de Gaza contra los milicianos de Hamas. El final, si esto se consolida, podría ser parecido al que ocurriera a comienzos de 2009, en oportunidad del primer ciclo de combates entre ambas partes. De hecho. Sin que exista un cese el fuego explícito, convenido entre las partes. No obstante, ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera.

Ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera

Para Israel, el objetivo de inutilizar, destruir o, por lo menos, neutralizar la enorme red de 32 túneles construida por Hamas que penetraban en el territorio de Israel, parece haber sido sustancialmente alcanzado. No obstante, Hamas tiene aún un inventario importante de misiles no utilizados, estimado en unos 3000. Esa es una obvia amenaza para la paz. Lo que se evidencia con sólo recordar que, desde el 8 de julio pasado, desde el interior de Gaza se dispararon nada menos que unos 3300 misiles contra Israel. Indiscriminadamente. Lo que está expresamente prohibido por el derecho humanitario internacional.

Para Hamas, alcanzar el objetivo del levantamiento del bloqueo que, por ocho años, es cierto, ha lastimado profundamente a la población de la Franja de Gaza sigue siendo prioritario. Lo cierto es que lograrlo no pasa por las acciones militares, sino por los andariveles de la diplomacia. Y es de esperar que esto se comprenda y que, cuando una oportunidad parece haber aparecido, no se desaproveche.

El gobierno de Egipto ha sido decisivo en el logro del cese el fuego provisorio. Apoyado por las Naciones Unidas y los Estados Unidos. Su gestión debe continuar. Porque el camino de la paz no admite el cansancio. Egipto merece ahora el reconocimiento y el apoyo que corresponde.

En Israel, el premier Benjamin Netanyahu cuenta con el abrumador respaldo de la población de su país. Que ha tomado plena conciencia del peligro que corre. Hablamos de nada menos que un 85% de esa población. Los pacifistas se han hecho oír, pero los sondeos confirman que su peso en la opinión pública israelí es débil.

Las defensas antimisilísticas israelíes han demostrado una vez más su tremenda eficacia, destruyendo en el aire a los misiles que podían caer en los centros poblados o sobre blancos estratégicos. Pero el tema de la “proporcionalidad” de la reacción militar israelí es -y será siempre- una cuestión harto difícil, donde las opiniones estarán divididas.

En otro andarivel, pero en el mismo vecindario, cabe destacar que una buena parte de los líderes árabes esta vez pareció no apoyar a Hamas. Sucede que su propio mundo está inmerso en la fragilidad de una peligrosísima confrontación facciosa -increíblemente violenta- que se ha extendido por el mundo árabe, dividiéndolo profundamente. La que tiene como protagonistas a los fundamentalismos, tanto “shiitas” como “sunnis”. Con acciones que, con frecuencia, evidencian un nivel de barbarie desesperante, absolutamente de espaldas a las normas del derecho humanitario internacional; esto es, a las leyes de la guerra.

Son pocos, felizmente, los que procuran que Gaza se convierta, de pronto, en una nueva Mosul. Sería una pesadilla. Multiplicando exponencialmente su fragilidad y acercándose así al abismo impredecible de la guerra religiosa. Adquiriendo, además, otro nivel de peligrosidad e irracionalidad. Con un marco de decapitaciones y circuncisión masiva de las mujeres. Con expulsión -o muerte- de quienes no comulgan con la versión del Islam que abrazan los “jihadistas”.

Por todo esto quizás, Egipto, Jordania, Arabia Saudita y los Emiratos han estado casi en silencio. Sin apoyar abiertamente a Hamas. A diferencia de Turquía y Qatar, que endosaron a ese movimiento.

El presidente de Egipto, el ex general Abdel Fattah al Sisi, mantuvo su cooperación con Israel respecto del bloqueo de Gaza, así como en la tarea de inutilización de la red de túneles de Hamas. Mientras luchaba, en paralelo, contra el “jihadismo islámico” en su propia tierra. Especialmente en el norte de Sinaí, al norte mismo de la Franja de Gaza. A lo que cabe agregar que su principal enemigo doméstico -al que ha calificado formalmente de organización terrorista- es la Hermandad Musulmana, organización islámica que tiene intimidad con Hamas.

No obstante, Egipto, como correspondía en esta emergencia al país “decano” de la diplomacia africana, ha ayudado a Hamas en el capítulo de la ayuda humanitaria. Y ha tenido éxito en poder concertar el reciente cese del fuego. Lo que debe ser apoyado.

Irán, alejado de Hamas desde que el movimiento se negara a cooperar -como lo hiciera Hezbollah- en la represión de la insurgencia siria, está sobreextendido en su apoyo -en Siria- al clan Assad y al gobierno de Irak, ambos invadidos por las bien entrenadas fuerzas “jihadistas sunnis” que, luego de tres años de guerra en Siria, han conformado ahora el califato al que se ha llamado: ISIS. Y siguen expandiéndolo. En los últimos días han avanzado mucho tanto sobre la zona kurda de Irak, como sobre el Líbano. Como si sus contingentes fueran imparables. Hablamos de un fenómeno de enorme peligrosidad, que acaba de infectar a Libia, donde las fuerzas fundamentalistas que se han apoderado de la ciudad de Benghazi, han proclamado -también allí- un califato.

La aislada Rusia, con su ilegal manotazo sobre Crimea y Sebastopol, ha dañado severamente al derecho internacional, infectando al escenario internacional de anomia. Lo que naturalmente no ayuda en temas como el de Gaza. Como, además, Rusia mantiene su propio conflicto armado interno contra los fundamentalistas islámicos, en Chechenia y Dagestán, no ha mostrado simpatía por la causa de Hamas. Y no ha asumido en Gaza rol protagónico alguno. A diferencia de lo sucedido en Siria.

Algo bastante parecido sucede con China, donde el conflicto similar que el país oriental mantiene con los “uighures” en el noroeste de su territorio, ha crecido fuertemente en intensidad a lo largo de las últimas semanas.

Jordania está también en tensión, con las fuerzas de ISIS en su frontera controlando la ciudad de Ar Rudba. Y con cientos de miles de ansiosos palestinos refugiados, desde hace décadas, en su interior. Por su parte, tanto Siria como el Líbano e Irak son ya presas de la guerra facciosa que divide -cada vez más- al islamismo.

Frente a todo esto, releyendo el discurso de Elie Wiesel cuando recibiera el Premio Nobel a la Paz, en 1986, uno encuentra palabras proféticas y certeras que, 28 años después, mantienen su actualidad. “El sufrimiento humano en cualquier parte aflige a los hombres y mujeres en todas partes. Esto se aplica también a los palestinos, respecto de cuya situación soy sensible, pero cuyos métodos deploro. Los deploro cuando conducen a la violencia. La violencia no es la respuesta. El terrorismo es la más peligrosa de las respuestas. Ellos están frustrados. Lo que es comprensible. Algo debe estar mal. Los refugiados y su miseria. Los chicos y sus miedos. Los desarraigados y su desesperanza. Algo debe hacerse respecto de esta situación. Tanto el pueblo judío como el pueblo palestino han perdido demasiados hijos e hijas y han derramado demasiada sangre. Esto debe terminar y todos los intentos porque termine deben ser alentados.”

El clamor, entonces, debe hoy ser uno solo: el de mantener el cese total de la violencia. Y comenzar a edificar, sin pausas, una paz duradera. Sabiendo que la tarea es bien compleja y que debe ser abordada sin demoras. Y con absoluto realismo. Aunque, seguramente, edificarla lleve su tiempo.

Los misiles palestinos no deben seguir volando en procura de sembrar la muerte. Las reacciones militares israelíes, por inevitables que sean, llenan al mundo de congoja. Por esto, la Franja de Gaza (que hoy contiene a unos 260.000 desplazados) debería ser desmilitarizada, con un adecuado control internacional. Mientras, en paralelo, se comienza a trabajar sobre cómo levantar la manta de miseria que se ha extendido sobre su población, que lleva años de indescriptibles sufrimientos y frustraciones.

En el escenario actual, la acción de las Naciones Unidas (como aconteciera en los casos de Timor Oriental y Kosovo) podría ser central y el aporte y apoyo de todos para que ella se concrete resulta indispensable. Es hora de pasar de la retórica y los oportunismos a empujar las soluciones duraderas, incluyendo la acción humanitaria. Lo que supone apoyar, sin titubeos, a los actores capaces de impedir que la violencia vuelva, de pronto, a apoderarse de la Franja de Gaza..

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Nuevo capítulo en Irán

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 9/8/13 

El clérigo Hassan Rouhani, de 64 años, es el nuevo presidente de Irán . Al asumir, después de imponerse en primera vuelta en las elecciones del 14 de junio pasado, ratificó su perfil, más bien moderado. De alguna manera, ese es el estilo opuesto al de su predecesor, Mahmoud Ahmadinejad, el prepotente socio estratégico de Hugo Chávez que gobernara a Irán a lo largo de ocho años. Su accionar estuvo caracterizado siempre por una actitud y un discurso agresivo y, por momentos, hasta avasallante, sino insultante. Y por una profunda fobia anti-israelí, que derivó en amenazas y en ruidosos portazos a las posibilidades de la paz.

Mejorar la economía es la urgencia que reclama la gente. Y Rouhani lo admite y promete ordenarla. Lo que no será fácil, desde que lo que sucede es consecuencia directa de las sanciones económicas occidentales por el permanente incumplimiento iraní de las normas internacionales que debieran transparentar su peligroso programa nuclear.

La Cámara Baja del Congreso de los Estados Unidos acaba de profundizarlas, de modo de transformarlas, en los hechos, en un embargo total de las ventas de petróleo crudo iraní al exterior.

Sin divisas, Irán ha estructurado un “cepo cambiario” que no sólo lo aísla -aún más- del mundo sino que genera incómodas escaseces, siendo particularmente duro para la población que sufre privaciones graves en materia de alimentos y medicamentos. Hace pocos días, hasta la manteca había desaparecido de Irán. Además, hubo que prohibir las exportaciones de pistacho, para evitar que los precios domésticos de ese producto resultaran inalcanzables para una población adicta a consumirlo, particularmente en las fiestas y celebraciones. Ni siquiera hay recursos para que la selección nacional de fútbol pueda viajar al exterior.

 

Para peor, Rouhani acaba de confirmar al mundo que la inflación iraní, que está desbocada, es ya del 42% anual. La marcha de la economía es lenta y, en algunos capítulos, está casi detenida. Como si ello fuera poco, el gobierno iraní se atrasa en el pago de los salarios y demora la distribución del subsidio de trece dólares mensuales que paga a algo así como 60 millones de ciudadanos.

La consecuencia es natural: un ambiente de descontento, desconfianza y desazón. Más aún, de desesperanza en algunos y de irritación en otros. Por esto la necesidad de priorizar la mejora de un nivel de vida que se ha deteriorado enormemente y ayudar a la gente a escapar de la pobreza, que ha aumentado significativamente.

 

 
Un clérigo iraní ejerce su derecho al voto en las elecciones presidenciales iraníes en Teherán el pasado viernes 14 de junio. Foto: EFE 

Lo que, a su vez, supone salir del aislamiento y negociar con la comunidad internacional el levantamiento de, por lo menos, algunas de las sanciones (a las que Rouhani calificó de “brutales”) ofreciendo a cambio buena conducta en materia de desarrollo nuclear y seguridades de que los programas en curso se trasparenten y de que no derivarán en un Irán con fanatismo y armas nucleares.

Además supone tratar de encontrar una solución a la gravísima crisis siria, que ha comenzado a desangrar también a Irán, insinuándose como un conflicto cada vez más peligroso por sus características facciosas. Y -por cierto- dejar de exportar el terror, especialmente a través de Hezbollah.

Lo que debe hacerse no es poco. Ni es fácil. Por esto el líder supremo, el Ayatollah Ali Khamenei, acaba de hacer notar su escepticismo acerca de las posibilidades que Rouhani atribuye al diálogo. Pero no se ha negado al mismo. Presumiblemente porque advierte el profundo descontento de su pueblo.

En materia de política exterior los primeros comentarios de Rouhani acerca de Israel han sido por lo menos decepcionantes.

Es cierto, desde hace años los líderes iraníes se han referido despectivamente respecto de Israel, calificándola -en su retórica- de “tumor canceroso”. Que, además, según ellos, “debiera eliminarse de las páginas del tiempo”. Esto es bastante más que “negacionismo” histórico. Es una actitud belicosa. Es la justificación de la exportación constante del terror y la violencia a través de Hezbollah o de Hamas, o de sus propias organizaciones armadas. Es asimismo la excusa por los esfuerzos por sostener -a toda costa- al régimen de los Assad, en Siria. Y es, también, la última ratio del peligroso programa nuclear iraní, que ha seguido avanzando, cual profecía fatídica.

Rouhani (ante una multitud convocada -y transportada- al efecto) sostuvo:”En nuestra región una herida ha permanecido abierta por años en el cuerpo del mundo islámico, a la sombra de la tierra santa de Palestina y de la querida Quds. Este día es, de hecho, un recordatorio de que el pueblo musulmán no olvidará sus derechos históricos y continuará oponiéndose a la agresión y a la tiranía”.

La festividad, recordemos, se celebra desde 1979, cuando fuera establecida por el propio Ayatollah Ruhollah Khomeini, el padre de la teocracia iraní. Tiene lugar el último viernes de Ramadán y evoca el reclamo musulmán sobre Jerusalén, la tercera ciudad santa para el Islam. Además de Meca y Medina.

En un escenario donde la hipérbole es una agotadora constante, sus palabras fueron reproducidas por los medios locales con diferencias importantes, desde que se cambiaron por: “El régimen sionista es una herida que debe ser removida”. No obstante, a lo largo del día ellas fueron rectificadas para terminar ajustándose mejor a la verdad.

Cuando el proceso de paz de Medio Oriente acaba de reiniciarse después de un paréntesis de más de tres años, los dichos de Rouhani (aunque apunten presumiblemente al consumo doméstico) son inoportunos. Y muestran que quien manda en Irán es -siempre y en definitiva- el Ayatollah Ali Khamenei. Los demás dirigentes simplemente se alinean con él. Rigurosamente.

Por esto la inmediata condena -a través de la Cancillería iraní- que siguió a la reanudación del proceso de paz en Medio Oriente, cuyo éxito (esto es, la paz duradera) supondría una dura derrota para Irán. De la que Rouhani parece haber tomado alguna temprana distancia al pronunciarse a favor de la paz en la región.

Como cabía esperar, la respuesta israelí a los dichos de Rouhani fue inmediata. Casi instantánea. Y punzante. El primer ministro Benjamin Netanyahu sostuvo que “la verdadera cara de Rouhani ha aparecido antes de lo esperado”. “Esto es lo que el hombre piensa y este es el plan del régimen iraní”. A lo que agregó el comentario adicional de que Irán tiene “un programa nuclear que es una amenaza para Israel, Medio Oriente, así como para la paz y seguridad del mundo entero” y que “no debe permitirse que un país que amenaza con la destrucción del Estado de Israel, tenga armas de destrucción masiva”.

Recordemos que, durante la campaña electoral de su país, Rouhani había asumido el rol de una “paloma”, repitiendo que su objetivo central en materia de política exterior es el de “disminuir las tensiones” en la región que fueran alimentadas -sin descanso- por su predecesor, Mahmoud Ahmadinejad.

Sus palabras comentadas tienen el efecto contrario. Aunque no sean demasiado sorprendentes en función de la historia de Rouhani, que es un clérigo del riñón del líder de la teocracia iraní, absolutamente alineado con el régimen religioso que tiene el poder en Irán, del cual forma parte. Un hombre del sistema. Por eso, ellas llaman a no hacerse demasiadas ilusiones de cambio y alimentan el escepticismo de algunos.

 

No obstante, existan posibilidades de que un hombre acostumbrado a navegar en un sistema político inusualmente tortuoso, pueda -de pronto- abrir un diálogo directo de “normalización” con la comunidad internacional y hasta con los Estados Unidos. Por algo Rouhani ha sido -durante 16 años- el secretario del Consejo Nacional de Seguridad de su país. Es un buen negociador y goza ciertamente de la confianza de su liderazgo, cuya cuota de perversidad conoce desde adentro.

Lo cierto es que las palabras de Rouhani, por inoportunas que fueren, suenan algo más moderadas que las declaraciones finales del presidente saliente, Mahmoud Ahmadinejad, quien -al despedirse, en medio de una caída brutal de popularidad, desde que se lo culpa del caos en el que su populismo ha dejado a la economía iraní- señaló que: “sobre nuestra región flota una tormenta devastadora, que ya sopla y que terminará con Israel, país que no tiene lugar en nuestra parte del mundo”.

Un nuevo capítulo en la historia de la relación de la teocracia iraní con el resto del mundo acaba de abrirse. Los primeros movimientos concretos de Rouhani sugerirán cuan distinto de los más recientes puede ser. En este sentido, la conformación de un gabinete con tecnócratas reformistas es toda una señal. Por lo demás, su apelación al diálogo -sincera o no- no debiera caer en saco roto.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.