Mensaje al Partido Radical: volver a las fuentes

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 3/7/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/07/03/mensaje-al-partido-radical-volver-a-las-fuentes/

Frente a las actuales circunstancias, resulta necesario retomar el pensamiento de figuras como Leandro N. Alem. Especialmente si se tienen en cuenta los rotundos y reiterados fracasos del estatismo en todos países donde se ha practicado

Leandro N. Alem, uno de los líderes de la Unión Cívica y cabeza de la revolución de julio de 1890.

Lo primero que debe consignarse es la extraordinaria figura del fundador de la Unión Cívica Radical en 1891, el jeffersoniano y doctor en jurisprudencia Leandro N. Alem quien se pronunció con elocuencia y detenimiento sobre temas de derecho, filosofía y de la economía en sus muy diversas facetas. Pero aquí reitero lo que estimo resume muy bien el eje central su pensamiento en un debate parlamentario de 1880: “Más el poder es fuerte, más la corrupción es fácil. Para asegurar el poder legítimo, es necesario impedir a todo trance que él exagere sus facultades, y es indispensable buscarle el contrapeso que prevenga lo arbitrario” y “en economía como en política, estrechamente ligadas, porque no hay progreso económico si no hay buena política, una política liberal que deje el vuelo necesario a todas las fuerzas y a todas las actividades” y concluía al afirmar que “gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.

Los trabajos de mayor peso que resumen con tonalidades diversas el pensamiento de Leandro Alem son los de Enrique de Gandía, Telmo Manacorda, Bernardo González Arrili, Francisco Barroteveña, Félix Luna y Ezequiel Gallo. La impronta de Alem fue desdibujada en varios tramos, primero por Hipólito Yrigoyen que como escribió el fundador del radicalismo en 1895 al aludir al “pérfido traidor de mi sobrino Hipólito Yrigoyen” (su padre era casado con Marcelina Alem, hermana de Leandro). Desvío luego confirmado en la Declaración de Avellaneda en 1945 y finalmente al adherir a la Internacional Socialista, desde luego en sentido contario debe destacarse la importantísima actuación del gobierno de Alfonsín en cuanto al juicio a las juntas militares por los procedimientos aberrantes e inaceptables en el combate al terrorismo en el contexto de lo escrito, por ejemplo, por Graciela Fernández Meijide, aunque en el resto de los asuntos sociales ese gobierno fracasó por no haber prestado atención a los consejos y reflexiones demandadas por Alem en muy diversas circunstancias como una ruta para lograr el bienestar de nuestro país.

Es del caso recordar algunos aspectos de los gobiernos de Yrigoyen en cuanto a sus 18 intervenciones federales a las provincias (14 de las cuales sin ley del Poder Legislativo), su desprecio por el Congreso al cual no visitó para la alocución inaugural, su rechazo a las muchas propuestas de interpelaciones parlamentarias, su insistencia con el incremento de la deuda estatal vía empréstitos, el aumento del gasto público, el incremento de gravámenes como el de las exportaciones, su indiferencia por la marcha de la Justicia quedando vacante la cuarta parte de los juzgados federales, la “semana trágica”, el comienzo del control de precios a través de los alquileres que derivó en el célebre voto en contra de tamaña disposición por parte de Antonio Bermejo en la Corte (escribió que “la propiedad no tiene valor ni atractivo, no es riqueza, propiamente, cuando no es inviolable por la ley y en el hecho”), las acusaciones de dolo no atendidas por hechos imputados en relación al área de ferrocarriles y la disposición de fondos públicos para lo que se denominó Defensa Agrícola y la clausura de la Caja de Conversión lo cual sentó la primera base para el deterioro del signo monetario.

Como una nota al pie, al efecto de ilustrar el ambiente del momento a contramano de todo lo propugnado por Alem, transcribo las declaraciones del ministro de gobierno -Carlos María Puebla- del primer gobernador radical de Mendoza José Néstor Lencinas (aunque luego enemistado por razones de poder político con Yrigoyen): “La Constitución y las leyes son un obstáculo para un gobierno bien intencionado:” Por su parte, a Yrigoyen no lo caracterizaba la modestia, por ejemplo -en lo que puede entenderse de su lenguaje oscuro y generalmente incomprensible- escribió en Mi vida y mi doctrina: “Estoy profundamente convencido de que he hecho a la patria inmenso bien y poseído de la idea de que quien sabe si a través de los tiempos seré superado por alguien, y ojalá que fuera igual.”

Luego de la primera presidencia de Yrigoyen se sucedió el interregno de los “antipersonalistas” de la mano de la excelente presidencia de Alvear para luego recaer en el segundo mandato de Yrigoyen, depuesto por la revolución fascista del 30 con la creación de la banca central, las juntas reguladoras, la destrucción del federalismo fiscal y el establecimiento del impuesto a los réditos, para más adelante -con el golpe militar del 43- acentuar notablemente el estatismo en medio de corrupciones alarmantes, controles cambiarios, de precios, de arrendamientos y alquileres, detenciones y persecuciones arbitrarias y torturas lo cual se agudizó en la última etapa con las matanzas de la Triple A, imposición de un sistema quebrado para los jubilados, ataques a la libertad de prensa y el establecimiento de sindicatos autoritarios que perjudicaron (y perjudican) especialmente a los más necesitados.

Como escribe Emilio Hardoy en Confieso que he vivido, “los militares que conspiraron y triunfaron, además de acatar incondicionalmente la autoridad del general José. F. Uriburu, estuvieron imbuidos de las ideas de Acción Francesa de Charles Maurras y el fascismo italiano de Benito Mussolini, habían difundido en círculos intelectuales.” Esto a pesar de la lucha de algunos para contrarrestar esta infame tendencia, especialmente en su defensa de los aliados en el concierto internacional en medio de simpatías con los totalitarismos. Y más adelante consigna que “los conservadores que institucionalizamos el fraude electoral y con torpeza incomparable impedimos que Marcelo T. de Alvear fuera de nuevo presidente y, en definitiva, conseguimos que lo fuera Perón.”

Hoy frente a las actuales circunstancias es de desear que los radicales vuelvan a las fuentes de su partido, especialmente en vista de los rotundos y reiterados fracasos del estatismo en todos lados donde se ha practicado incluyendo en nuestro país que lo viene adoptando con singular perseverancia desde hace ya más de un siglo con uno u otro gobierno.

Es tiempo de retornar a las ideas de Alberdi, el máximo inspirador de nuestra Constitución fundadora de 1853/60 que su aplicación permitió que Argentina fuera uno de los países más prósperos del planeta desde la perspectiva moral y material para luego sucumbir bajo el estatismo a contracorriente de los preceptos alberdianos.

El radicalismo junto a otras personalidades ajenas a ese partido tiene todas las condiciones para conducir a la oposición no solo a un triunfo electoral en cuanto a bancas en el Congreso sino en un futuro gobierno despojado de los lastres que nos están consumiendo. Si la unión de todos los antichavistas en base a estas banderas nobles no se concretara, será ineludible la reforma constitucional, la estocada final a lo que queda de la Justicia y se concretará la amenaza a la libertad de prensa acallando a periodistas de gran calado que advierten cotidianamente sobre lo que se viene si no hay un reverdecer republicano en las elecciones legislativas del año que corre. Y de más está decir que las disputas por cargos y jurisdicciones constituyen un suicido colectivo por lo que de insistir en estos absurdos no habrá 2023 que valga.

Son perfectamente legítimas las disidencias, como hemos subrayado antes los liberales no somos una manada y detestamos el pensamiento único, solo que hay que saber distinguir los momentos para el debate y los momentos para la unión frente al peligro manifiesto y presente como diría el Juez Holmes. Si no se comprende que el eje central de la oposición debe ser la libertad en todas sus dimensiones nada frenará los abusos, incluso si en el futuro la oposición fuera gobierno se repetirán los fracasos bajo el esquema estatista.

No son tiempos para andar con discursos plagados de generalidades que no van a ninguna parte, ni a “efectividades conducentes” para recurrir a una de las expresiones crípticas de Yrigoyen, es momento de abrir caminos concretos para lo cual es pertinente reiterar lo que se pregunta y responde Alberdi en su obra de mayor difusión: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra.”

Decir que hay que estar más cerca de la gente es una perogrullada grotesca, el tema es tener el coraje y la decisión de explicar concretamente qué se piensa de la deuda pública, de las empresas estatales, específicamente qué impuestos se eliminarán, cuántos ministerios y reparticiones resultan inconvenientes, cómo modificar la legislación laboral fascista, cómo se debe cambiar el sistema que viene robando a los jubilados, de qué manera se terminará con el flagelo de la inflación, de qué modo nos abriremos al mundo vía la eliminación de trabas al comercio, en términos prácticos cuáles serán los instrumentos a los que se recurrirá para contar con un federalismo genuino. No es tiempo de vaguedades y peroratas vacías. Y en la lista anterior no menciono lo elementalísimo que damos por sentado en toda la oposición como la imprescindible libertad de prensa, la independencia de la Justicia y la condena al brutal atropello a los derechos en lugares como Cuba, Nicaragua, Venezuela, Irán y Rusia (y no escribo la redundancia de “derechos humanos” pues los derechos no pueden ser otra cosa que humanos).

Por otra parte, el asunto no estriba en dar explicaciones y relatar anécdotas sobre las dificultades y cortapisas para la referida unión, se trata -como todo en la vida- de la imperiosa necesidad de lograr resultados. Este mensaje, claro está, no solo va para radicales sino para todo el arco opositor. En esto nos va la vida. Necesitamos tiempo para continuar con la batalla cultural, es decir, para transmitir con imperiosa urgencia el respeto recíproco.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Desocupación y explotación

Por Gabriel Boragina Publicado el 2/9/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/09/desocupacion-y-explotacion.html

 

La desocupación tecnológica es uno de los mitos económicos más populares que se mantiene vigentes a través del tiempo. En rigor, se quiere aludir a la supuesta desocupación que genera la introducción de nuevas tecnologías, y a sus efectos sobre el campo laboral. Sin embargo:

“Las innovaciones y nuevas tecnologías expanden el mercado y bajan los costos. Por ejemplo, la tonelada de acero tenía un precio de 106 dólares en 1870 y para 1989 había bajado a 17 dólares. Es fácil comprobar que lo mismo ha sucedido en otras industrias en las que la tecnología ha tenido adelantos. De hecho esas tecnologías son en mucho responsables de la elevación de los niveles de vida. Piénsese, por ejemplo, en los impactos de la electricidad, de la medicina y de muchas otras actividades. Uno de los impactos mencionados es la afectación que las innovaciones producen en el mercado laboral, pues son procesos que ahorran mano de obra.”[1]

La baja de costos en la elaboración de productos genera consecuentemente un aumento del salario real de cada trabajador, es decir, incrementa el poder de compra de los empleados, no sólo de los empleados en la industria donde se incorpora la nueva maquinaria, sino en la de todos los otros que, aunque no trabajen en el renglón, son consumidores actuales o potenciales del producto que la máquina fabrica o contribuye a elaborar. Como consecuencia de este proceso lo que antes de la incorporación de la tecnología no se podía comprar ahora si se puede. Si tenemos en cuenta que el fin del trabajo es tener poder adquisitivo para incrementar el consumo, el fenómeno descripto representa un aumento del salario real, con lo cual a menos horas de trabajo el operario o empleado podrá consumir más que antes de la innovación tecnológica.

“Las protestas de los trabajadores son parte de esta reacción, como las manifestaciones en Francia que pedían la destrucción de las máquinas de coser porque se pensaba que ellas quitarían el empleo de trabajadores. Ese temor, dice Skousen, siempre ha existido, pero la verdad es que nunca se ha materializado. Obvio que sí hubo efectos en trabajadores específicos, pero esos efectos fueron temporales. Para entender esto hay que ver el efecto real de las innovaciones: ellas reducen el costo de vida, es decir, ponen más dinero en el bolsillo del consumidor, quien puede comprar más artículos de esos mismos o de otros. Si la demanda del artículo producido con nueva tecnología es elástica, de hecho esa tecnología puede crear más empleos en la misma industria; como sucedió con el automóvil. Si la demanda es inelástica, los consumidores comprarán lo mismo o menos que antes, pero tienen más dinero disponible para comprar otras cosas. El efecto neto de la nueva tecnología es mayor empleo precisamente por el estímulo que las innovaciones de un sector dan al resto de las industrias. No son los mismos empleos, pero son empleos al fin los que se crean.”[2]

Aun en la posición de aquellos que afirman que el empleo vale por el empleo mismo (postura reñida con el hecho económico que el empleo no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir otros fines, a saber: consumir más) la innovación tecnológica lejos de destruir empleo lo crea, ya sea en el mismo renglón donde se produce la mejora tecnológica ya lo sea en otros renglones que nada tienen que ver con el articulo generado por aquella. Los ejemplos abundan por doquier. La antigua máquina de escribir fue desplazada por las modernas computadoras, y en su momento se pensó que quedarían desempleados todos los trabajadores que se encontraban abocados a la fabricación, venta, mantenimiento y reparación de tales artefactos. Pero la realidad demostró que no solamente no sucedió así, sino que la industria de la máquina de escribir experimentó una rápida reconversión, tal como había ocurrido antes cuando de la máquina de escribir manual se pasó a la eléctrica, y de ella a la computadora. En poco tiempo apareció como fruto de tal innovación una floreciente y desbordante laboralmente industria de la informática y de hardware y software que cada vez es más y más impresionante. Lejos de desempleo, la tecnología engendra más y mejores empleos. La clave consiste en comprender que el mito marxista del trabajo por el trabajo mismo sólo origina pobreza, no riqueza.

La mayoría de las legislaciones laborales están inspiradas en este mito, o lo asumen implícitamente, y tratan de establecer normas que dificulten o directamente impidan que estas innovaciones tecnológicas causen despidos de personal que ya no es necesario para desempeñar tareas que ahora realizaría el robot o máquina. Ludwig von Mises incluye a esta reacción legislativa en su definición de destruccionismo:

“Para entender a Mises, primero es necesario definir el término destruccionismo. Esa palabra es la que él usa para calificar la intervención del gobierno en la economía. Coincide con lo que conocemos como política económica. Esa intervención, según Mises, lastima la vida económica. Dentro del destruccionismo, Mises incluye a la inflación, al sindicalismo, a las expropiaciones, al seguro de desempleo y a las mismas leyes laborales. De las páginas que Mises dedica a la ley laboral, pueden destilarse las siguientes premisas de los legisladores y de los sindicatos. Esas premisas explican por qué la ley laboral es parte del destruccionismo.”[3]

Hay que aclarar que el sindicalismo que L. v. Mises ataca es el sindicalismo estructurado corporativamente al estilo fascista, como se lo concibe hoy día en casi todas las legislaciones mundiales, incorporado en las leyes fascistas del duce Benito Mussolini y su Carta del Lavoro de 1922, en la que se han imbuido -solapada o explícitamente- la mayoría de los regímenes sindicales internacionales. Este instrumento legal funda lo que hoy en día se denomina “personería gremial” que, en los hechos, no se trata más que de la plasmación de un monopolio artificial en materia sindical, que deja al arbitrio del gobernante de turno la autorización exclusiva y excluyente a un determinado sindicato o a un grupo de ellos para “representar” coactivamente a los trabajadores, y determinar -de manera también compulsiva- cuales deberían ser las condiciones de trabajo a seguir por todos. Esta figura ha ido expandiendo sus alcances en el transcurso del tiempo, siendo la verdadera causa del desempleo y de los bajos salarios reales.

[1] Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007.  p. 36 comentando a Mark Skousen en su obra El capital, ¿qué es?

[2] García Gaspar, E. ibidem.

[3] García Gaspar E. ibidem. p. 76 comentando a Ludwig Von Mises en “Hay prejuicios detrás de la ley laboral”

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El peronismo y el fascismo

Por Gabriel Boragina Publicado  el 2/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/el-peronismo-y-el-fascismo.html

 

El peronismo es la fuerza política que, desde su fundación en 1945 hasta la fecha, gobernó más veces la República Argentina. Fue la única que tuvo el mérito de captar y usufructuar en su favor una característica que se encuentra presente en la mayor parte de los argentinos. Esto es, una inclinación y tendencia hacia la ideología fascista. El fascismo, surgido en Italia unas décadas antes de la aparición de Juan Domingo Perón en la escena política, prendió rápidamente en tierra argentina, precisamente de la mano de este último, quien fuera un confeso cultor y admirador del Duce Benito Mussolini, de quien se propuso ser su emulador vernáculo, objetivo que, de cierto modo, logró.

Pero, el surgimiento de Perón como importador del fascismo italiano a la Argentina no fue -en modo alguno- un hecho aislado. Militares y políticos, hacia la década del 30 del siglo XX ya simpatizaban con el ideario fascista. Y comenzaron a estructurar y emitir leyes que le daban forma y contenido en muchas áreas y disciplinas, tanto políticas como económicas.

En 1930 comenzaron los golpes de estado en Argentina con el del general Uriburu a la cabeza, un fascista precoz que no llegó (por causas ajenas a su voluntad) a desplegar todo su potencial fascista. De ello se encargó el coronel Perón, quien llega al poder de la mano de otro golpe (1943) dado por otro grupo de militares -encabezado por el general Edelmiro J. Farrel-, integrantes del autodenominado G.O.U. (siglas del Grupo de Oficiales Unidos) con la caída del entonces presidente constitucional Ramón S. Castillo por parte de este grupo militar.

Se continúa y afianza una modalidad de asalto al poder que se consolidará en los decenios posteriores, pero, y esto es para mí lo más importante: se constituye y apuntala -al punto de arraigarse hasta el presente- una forma de pensar y de actuar.

Se legitima un modo de ser que enraizará en la población, y que podemos denominar el “ser fascista”. Es en este punto histórico, donde creo que se pierde la democracia o el “ser demócrata” para dar lugar al fascismo o el “ser fascista”. Y esta triste transformación perdura hasta nuestros días, incluyendo el momento en que escribo estas líneas.

Y si bien, en las formas y en su Constitución escrita, la Argentina sigue siendo una “democracia”, en su otra constitución, la que yo llamo su constitución interna (en el más literal sentido de la palabra), es decir, su estructura constitucional, el argentino promedio es un fascista no asumido como tal, negador de su condición fascista.

Esto explica -a su turno- también a mi modo de ver, los repetidos éxitos electorales del peronismo, ya sea en su versión fundadora (primero, segundo y tercer gobierno de J. D. Perón) como en sus posteriores derivaciones (Menem y los Kirchner). Estas adaptaciones variaron entre si, pero el vínculo común y constante entre ellas, fue el fascismo que, tanto Perón como Menem y los Kirchner practicaron en distintos grados (el fundador se destacó como un extraordinario fascista, y el matrimonio Kirchner estuvo muy cerca de igualar a su líder. Entre ellos, Menem se mostró como un aprendiz de fascista y -hasta un cierto punto- logró pasar desapercibido como tal.

Para entender algo más de lo que hablamos, será de mucho interés recordar la excelente definición de fascismo que nos brinda el diccionario de economía:

fascismo. Movimiento político de gran importancia entre las dos grandes Guerras Mundiales que surgió en Italia, en 1922, bajo el liderazgo de Benito Mussolini. El fascismo se caracterizó por su oposición a la democracia liberal y al comunismo, por su nacionalismo, su culto a la violencia y su actitud proclive al colonialismo y al racismo. Surgido inicialmente como un movimiento de masas sin una definición ideológica muy precisa, aunque siempre opuesto a la agitación sindical y socialista, el fascismo, en Italia y en otras naciones, fue adquiriendo luego perfiles más claros y más amenazantes.

Para el fascismo la soberanía del Estado-nación era absoluta y se erigía, por tanto, como una crítica a la libertad individual, siempre mencionada despectivamente como “individualismo”, ya se manifestase ésta en el campo del pensamiento, las costumbres o la actividad económica. Su lema “Creer, obedecer, combatir” expresaba no sólo esta subordinación del individuo al líder, concebido como encarnación de la voluntad nacional, sino también el espíritu militarista y el apego a la disciplina que tanto contribuyeran al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Los gobiernos fascistas fueron, sin excepción, dictaduras unipersonales absolutas que, en algunos casos, llegaron a convertirse en sistemas abiertamente totalitarios, como ocurrió en la Alemania de Hitler. Aparte de las experiencias italiana y alemana deben mencionarse también los regímenes fascistas o filofascistas que se establecieron en Rumania, España, Argentina, Brasil y otras naciones durante los años treinta, en algunos casos con características sin embargo más próximas al populismo.

El énfasis en lo colectivo en detrimento del individuo hizo que los experimentos fascistas desembocasen normalmente en una u otra forma de corporativismo. Las naciones se organizaron así a través de corporaciones, no personas, que podían ser cámaras de industriales o comerciantes, sindicatos, gremios o cualquier otra institución semejante. Estas corporaciones, representadas en órganos políticos o de dirección económica, eran los auténticos actores sociales, aunque cada una de ellas, en realidad, estaba dirigida férreamente por personeros del partido gobernante que se subordinaban al líder supremo. Ellas decidían la política general a seguir, trazaban planes económicos e intervenían en muchos asuntos cotidianos, convirtiéndose en órganos del Estado de casi ilimitado poder.

La economía se organizaba así mediante consejos generales que dictaban normas de cumplimiento obligatorio para todas las cámaras afiliadas. Estas fijaban precios y cantidades a producir, determinaban los salarios y las normas de trabajo, intervenían sobre las decisiones de inversión, regulaban las ganancias y controlaban toda la actividad productiva, a veces, hasta los mínimos detalles. La propiedad privada de las empresas se mantenía, al menos formalmente, pero quedaba por completo vacía de contenido: no existía ya riesgo empresarial ni posibilidad alguna de competencia, por lo que los dueños de empresas se convertían en una especie de asalariados privilegiados, a veces devengando incluso sueldos, cuyas ganancias se asemejaban más a bonos o compensaciones especiales que a la retribución por el riesgo asociado a la inversión. La política económica general, por otra parte, además de basarse en un extendido intervencionismo estatal, se encaminaba a lograr la autarquía, el desarrollo económico nacional aislado del resto del mundo.

Los fascismos más militaristas, como los de Hitler, Mussolini y la Europa Oriental no sobrevivieron mucho tiempo y fueron devorados por la propia conflagración mundial que tanto contribuyeron a desencadenar. Otras experiencias, como la de Franco en España, fueron evolucionando gradualmente hacia sistemas menos totalitarios, abandonando casi por completo el corporativismo y asemejándose así a otras naciones de economía intervenida y democracia restringida. En América Latina, dentro de este modelo, los experimentos fascistas se convirtieron rápidamente en populismos. [1]

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.