Desocupación y explotación

Por Gabriel Boragina Publicado el 2/9/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/09/desocupacion-y-explotacion.html

 

La desocupación tecnológica es uno de los mitos económicos más populares que se mantiene vigentes a través del tiempo. En rigor, se quiere aludir a la supuesta desocupación que genera la introducción de nuevas tecnologías, y a sus efectos sobre el campo laboral. Sin embargo:

“Las innovaciones y nuevas tecnologías expanden el mercado y bajan los costos. Por ejemplo, la tonelada de acero tenía un precio de 106 dólares en 1870 y para 1989 había bajado a 17 dólares. Es fácil comprobar que lo mismo ha sucedido en otras industrias en las que la tecnología ha tenido adelantos. De hecho esas tecnologías son en mucho responsables de la elevación de los niveles de vida. Piénsese, por ejemplo, en los impactos de la electricidad, de la medicina y de muchas otras actividades. Uno de los impactos mencionados es la afectación que las innovaciones producen en el mercado laboral, pues son procesos que ahorran mano de obra.”[1]

La baja de costos en la elaboración de productos genera consecuentemente un aumento del salario real de cada trabajador, es decir, incrementa el poder de compra de los empleados, no sólo de los empleados en la industria donde se incorpora la nueva maquinaria, sino en la de todos los otros que, aunque no trabajen en el renglón, son consumidores actuales o potenciales del producto que la máquina fabrica o contribuye a elaborar. Como consecuencia de este proceso lo que antes de la incorporación de la tecnología no se podía comprar ahora si se puede. Si tenemos en cuenta que el fin del trabajo es tener poder adquisitivo para incrementar el consumo, el fenómeno descripto representa un aumento del salario real, con lo cual a menos horas de trabajo el operario o empleado podrá consumir más que antes de la innovación tecnológica.

“Las protestas de los trabajadores son parte de esta reacción, como las manifestaciones en Francia que pedían la destrucción de las máquinas de coser porque se pensaba que ellas quitarían el empleo de trabajadores. Ese temor, dice Skousen, siempre ha existido, pero la verdad es que nunca se ha materializado. Obvio que sí hubo efectos en trabajadores específicos, pero esos efectos fueron temporales. Para entender esto hay que ver el efecto real de las innovaciones: ellas reducen el costo de vida, es decir, ponen más dinero en el bolsillo del consumidor, quien puede comprar más artículos de esos mismos o de otros. Si la demanda del artículo producido con nueva tecnología es elástica, de hecho esa tecnología puede crear más empleos en la misma industria; como sucedió con el automóvil. Si la demanda es inelástica, los consumidores comprarán lo mismo o menos que antes, pero tienen más dinero disponible para comprar otras cosas. El efecto neto de la nueva tecnología es mayor empleo precisamente por el estímulo que las innovaciones de un sector dan al resto de las industrias. No son los mismos empleos, pero son empleos al fin los que se crean.”[2]

Aun en la posición de aquellos que afirman que el empleo vale por el empleo mismo (postura reñida con el hecho económico que el empleo no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir otros fines, a saber: consumir más) la innovación tecnológica lejos de destruir empleo lo crea, ya sea en el mismo renglón donde se produce la mejora tecnológica ya lo sea en otros renglones que nada tienen que ver con el articulo generado por aquella. Los ejemplos abundan por doquier. La antigua máquina de escribir fue desplazada por las modernas computadoras, y en su momento se pensó que quedarían desempleados todos los trabajadores que se encontraban abocados a la fabricación, venta, mantenimiento y reparación de tales artefactos. Pero la realidad demostró que no solamente no sucedió así, sino que la industria de la máquina de escribir experimentó una rápida reconversión, tal como había ocurrido antes cuando de la máquina de escribir manual se pasó a la eléctrica, y de ella a la computadora. En poco tiempo apareció como fruto de tal innovación una floreciente y desbordante laboralmente industria de la informática y de hardware y software que cada vez es más y más impresionante. Lejos de desempleo, la tecnología engendra más y mejores empleos. La clave consiste en comprender que el mito marxista del trabajo por el trabajo mismo sólo origina pobreza, no riqueza.

La mayoría de las legislaciones laborales están inspiradas en este mito, o lo asumen implícitamente, y tratan de establecer normas que dificulten o directamente impidan que estas innovaciones tecnológicas causen despidos de personal que ya no es necesario para desempeñar tareas que ahora realizaría el robot o máquina. Ludwig von Mises incluye a esta reacción legislativa en su definición de destruccionismo:

“Para entender a Mises, primero es necesario definir el término destruccionismo. Esa palabra es la que él usa para calificar la intervención del gobierno en la economía. Coincide con lo que conocemos como política económica. Esa intervención, según Mises, lastima la vida económica. Dentro del destruccionismo, Mises incluye a la inflación, al sindicalismo, a las expropiaciones, al seguro de desempleo y a las mismas leyes laborales. De las páginas que Mises dedica a la ley laboral, pueden destilarse las siguientes premisas de los legisladores y de los sindicatos. Esas premisas explican por qué la ley laboral es parte del destruccionismo.”[3]

Hay que aclarar que el sindicalismo que L. v. Mises ataca es el sindicalismo estructurado corporativamente al estilo fascista, como se lo concibe hoy día en casi todas las legislaciones mundiales, incorporado en las leyes fascistas del duce Benito Mussolini y su Carta del Lavoro de 1922, en la que se han imbuido -solapada o explícitamente- la mayoría de los regímenes sindicales internacionales. Este instrumento legal funda lo que hoy en día se denomina “personería gremial” que, en los hechos, no se trata más que de la plasmación de un monopolio artificial en materia sindical, que deja al arbitrio del gobernante de turno la autorización exclusiva y excluyente a un determinado sindicato o a un grupo de ellos para “representar” coactivamente a los trabajadores, y determinar -de manera también compulsiva- cuales deberían ser las condiciones de trabajo a seguir por todos. Esta figura ha ido expandiendo sus alcances en el transcurso del tiempo, siendo la verdadera causa del desempleo y de los bajos salarios reales.

[1] Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007.  p. 36 comentando a Mark Skousen en su obra El capital, ¿qué es?

[2] García Gaspar, E. ibidem.

[3] García Gaspar E. ibidem. p. 76 comentando a Ludwig Von Mises en “Hay prejuicios detrás de la ley laboral”

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El peronismo y el fascismo

Por Gabriel Boragina Publicado  el 2/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/el-peronismo-y-el-fascismo.html

 

El peronismo es la fuerza política que, desde su fundación en 1945 hasta la fecha, gobernó más veces la República Argentina. Fue la única que tuvo el mérito de captar y usufructuar en su favor una característica que se encuentra presente en la mayor parte de los argentinos. Esto es, una inclinación y tendencia hacia la ideología fascista. El fascismo, surgido en Italia unas décadas antes de la aparición de Juan Domingo Perón en la escena política, prendió rápidamente en tierra argentina, precisamente de la mano de este último, quien fuera un confeso cultor y admirador del Duce Benito Mussolini, de quien se propuso ser su emulador vernáculo, objetivo que, de cierto modo, logró.

Pero, el surgimiento de Perón como importador del fascismo italiano a la Argentina no fue -en modo alguno- un hecho aislado. Militares y políticos, hacia la década del 30 del siglo XX ya simpatizaban con el ideario fascista. Y comenzaron a estructurar y emitir leyes que le daban forma y contenido en muchas áreas y disciplinas, tanto políticas como económicas.

En 1930 comenzaron los golpes de estado en Argentina con el del general Uriburu a la cabeza, un fascista precoz que no llegó (por causas ajenas a su voluntad) a desplegar todo su potencial fascista. De ello se encargó el coronel Perón, quien llega al poder de la mano de otro golpe (1943) dado por otro grupo de militares -encabezado por el general Edelmiro J. Farrel-, integrantes del autodenominado G.O.U. (siglas del Grupo de Oficiales Unidos) con la caída del entonces presidente constitucional Ramón S. Castillo por parte de este grupo militar.

Se continúa y afianza una modalidad de asalto al poder que se consolidará en los decenios posteriores, pero, y esto es para mí lo más importante: se constituye y apuntala -al punto de arraigarse hasta el presente- una forma de pensar y de actuar.

Se legitima un modo de ser que enraizará en la población, y que podemos denominar el “ser fascista”. Es en este punto histórico, donde creo que se pierde la democracia o el “ser demócrata” para dar lugar al fascismo o el “ser fascista”. Y esta triste transformación perdura hasta nuestros días, incluyendo el momento en que escribo estas líneas.

Y si bien, en las formas y en su Constitución escrita, la Argentina sigue siendo una “democracia”, en su otra constitución, la que yo llamo su constitución interna (en el más literal sentido de la palabra), es decir, su estructura constitucional, el argentino promedio es un fascista no asumido como tal, negador de su condición fascista.

Esto explica -a su turno- también a mi modo de ver, los repetidos éxitos electorales del peronismo, ya sea en su versión fundadora (primero, segundo y tercer gobierno de J. D. Perón) como en sus posteriores derivaciones (Menem y los Kirchner). Estas adaptaciones variaron entre si, pero el vínculo común y constante entre ellas, fue el fascismo que, tanto Perón como Menem y los Kirchner practicaron en distintos grados (el fundador se destacó como un extraordinario fascista, y el matrimonio Kirchner estuvo muy cerca de igualar a su líder. Entre ellos, Menem se mostró como un aprendiz de fascista y -hasta un cierto punto- logró pasar desapercibido como tal.

Para entender algo más de lo que hablamos, será de mucho interés recordar la excelente definición de fascismo que nos brinda el diccionario de economía:

fascismo. Movimiento político de gran importancia entre las dos grandes Guerras Mundiales que surgió en Italia, en 1922, bajo el liderazgo de Benito Mussolini. El fascismo se caracterizó por su oposición a la democracia liberal y al comunismo, por su nacionalismo, su culto a la violencia y su actitud proclive al colonialismo y al racismo. Surgido inicialmente como un movimiento de masas sin una definición ideológica muy precisa, aunque siempre opuesto a la agitación sindical y socialista, el fascismo, en Italia y en otras naciones, fue adquiriendo luego perfiles más claros y más amenazantes.

Para el fascismo la soberanía del Estado-nación era absoluta y se erigía, por tanto, como una crítica a la libertad individual, siempre mencionada despectivamente como “individualismo”, ya se manifestase ésta en el campo del pensamiento, las costumbres o la actividad económica. Su lema “Creer, obedecer, combatir” expresaba no sólo esta subordinación del individuo al líder, concebido como encarnación de la voluntad nacional, sino también el espíritu militarista y el apego a la disciplina que tanto contribuyeran al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Los gobiernos fascistas fueron, sin excepción, dictaduras unipersonales absolutas que, en algunos casos, llegaron a convertirse en sistemas abiertamente totalitarios, como ocurrió en la Alemania de Hitler. Aparte de las experiencias italiana y alemana deben mencionarse también los regímenes fascistas o filofascistas que se establecieron en Rumania, España, Argentina, Brasil y otras naciones durante los años treinta, en algunos casos con características sin embargo más próximas al populismo.

El énfasis en lo colectivo en detrimento del individuo hizo que los experimentos fascistas desembocasen normalmente en una u otra forma de corporativismo. Las naciones se organizaron así a través de corporaciones, no personas, que podían ser cámaras de industriales o comerciantes, sindicatos, gremios o cualquier otra institución semejante. Estas corporaciones, representadas en órganos políticos o de dirección económica, eran los auténticos actores sociales, aunque cada una de ellas, en realidad, estaba dirigida férreamente por personeros del partido gobernante que se subordinaban al líder supremo. Ellas decidían la política general a seguir, trazaban planes económicos e intervenían en muchos asuntos cotidianos, convirtiéndose en órganos del Estado de casi ilimitado poder.

La economía se organizaba así mediante consejos generales que dictaban normas de cumplimiento obligatorio para todas las cámaras afiliadas. Estas fijaban precios y cantidades a producir, determinaban los salarios y las normas de trabajo, intervenían sobre las decisiones de inversión, regulaban las ganancias y controlaban toda la actividad productiva, a veces, hasta los mínimos detalles. La propiedad privada de las empresas se mantenía, al menos formalmente, pero quedaba por completo vacía de contenido: no existía ya riesgo empresarial ni posibilidad alguna de competencia, por lo que los dueños de empresas se convertían en una especie de asalariados privilegiados, a veces devengando incluso sueldos, cuyas ganancias se asemejaban más a bonos o compensaciones especiales que a la retribución por el riesgo asociado a la inversión. La política económica general, por otra parte, además de basarse en un extendido intervencionismo estatal, se encaminaba a lograr la autarquía, el desarrollo económico nacional aislado del resto del mundo.

Los fascismos más militaristas, como los de Hitler, Mussolini y la Europa Oriental no sobrevivieron mucho tiempo y fueron devorados por la propia conflagración mundial que tanto contribuyeron a desencadenar. Otras experiencias, como la de Franco en España, fueron evolucionando gradualmente hacia sistemas menos totalitarios, abandonando casi por completo el corporativismo y asemejándose así a otras naciones de economía intervenida y democracia restringida. En América Latina, dentro de este modelo, los experimentos fascistas se convirtieron rápidamente en populismos. [1]

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.